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HISTORIA CRITICA
LITERATURA ESPAÑOLA.
HISTORIA CRITICA
DE LA
LITERATURA ESPAÑOLA,
POR
DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS,
INDIVIDUO DE NUMERO DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA HISTORIA Y NOBLES
ARTES DE SAN FERNANDO, DECANO DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC.
TOMO III.
MADRID.
IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ, FACTOR, NÚM. 9.
1»03.
¡f\\y^
%6
Es propicibíl del autor, quien se reserva
el (lerccho de traducción v de extracto.
6^
V
ADVERTENCIA.
Ue los seis períodos, en que dividimos nuestra historia literaria du-
rante la edad-media, tócanos estudiar en el presente volumen los
dos primeros. Abraza el uno, según mostramos en la Introduc-
ción S desde la aparición de la poesía vulgar hasta la época de
Gonzalo de Berceo, en que empiezan á desenvolverse la poesía y li-
teratura vulgar-erudita: comprende el otro desde Berceo á don Al-
fonso el Sabio, en cuyo glorioso reinado se opera una de las trans-
formaciones del arte y de la lengua j cuya importancia y trascenden-
cia son del más subido interés en la historia de la civilización espa-
ñola. La manifestación poética, bajo tres diferentes aspectos, á cada
cual más digno de estudio; la manifestación histórica, en su pro-
gresivo desenvolvimiento, y la manifestación didáctico-simbólica,
en sus multiplicadas relaciones, logran pues en ambos períodos,
que abrazan desde mediados del siglo XII á fines del XIII [i 140 á
1284] , sucesivo y armónico desarrollo, apareciendo de una manera
clara é inequívoca los diversos elementos que van acaudalando en
distintas esferas la literatura patria.
Es sin duda la manifestación poética la más interior, la más con-
natural á nuestra cultura, si cumple decirlo de este modo; y por
lo mismo la que debía llamar nuestra atención con toda preferen-
cia, pues que determinados convenientemente sus caracteres desde
Tomo I, pág. CIII.
VI
el instante en que empieza á ser escrita, y reconocida en consecuen-
cia su índole especial, no sólo debíamos señalar con toda holgura
las leyes de vida, á que en su propia cuna se sujeta, sino también
las condiciones con que iba á trasmitirse á otras edades, animada
siempre por aquel noble espíritu que le había ínfundido el primer
aliento. Ora la consideremos en los primeros monumentos escritos
(heróico-religiosa), ora la veamos aspirar, aun dentro de la misma
(jrbita, á nuevas conquistas (heróico-erudita), ora en fin pretenda
con fortuna apoderarse de la forma lírico-erudita en manos del Rey
Sabio, ostenta siempre, cual privilegiado titulo de su nacionalidad,
el profundo sello de las creencias y de los -sentimientos que animan
al pueblo español; sentimientos y creencias que brillan con igual
fuerza en todas las esferas del arte.
M era menos interesante, por las mismas razones, la manifesta-
ción histórica: señalar los primeros pasos de esta en los anales y
cronicones vulgares que suceden á los latinos de Sebastian, Sampi-
ro, el Silense y Pelayo; determinar por este medio el desarrollo de
la prosa castellana en las diversas regiones de la Península, donde
se hablaba aquel romance; designar y quilatar sucesivamente los
monumentos de este género que han llegado á nuestros días, tarea
propia era en verdad de quien aspirase á evitar el error de los que
han asentado que es en el orden cronológico la primera producción
histórica de la literatura vulgar castellana la mal apellidada Cróni-
ca General, debida al Rey Sabio. El desarrollo histórico, realizada
esta investigación, no ofrecía ya obstáculo alguno; y cuando el nie-
to de Berenguela emprende su Estoria de Espanna y su Grande et
General Eatoria, si pueden y deben ser consideradas ambas em-
presas como verdaderas maravillas, por la profundidad y extensión
de miras que revelan en medio de las tinieblas del siglo XIII, no
aparecen como obras imposibles y sin antecedentes artísticos. Las
producciones históricas del Rey Sabio merecían no obstante lugar
señalado en nuestros estudios, porque son acaso los más claros mo-
numentos de la literatura patria, durante el expresado siglo; y con
este convencimiento no podíamos menos de poner en ellas nuestras
miradas, aspirando por una parte á reconocer los varios elementos
que en peregrino maridaje las constituyen, y á fijar por otra sus
peculiares caracteres, á fin de averiguar si, trazado ya aquel sende-
ro, fué la manifestación histórica en las siguientes edades conse-
cuente con sus propios orígenes.
De suma importancia para los estudios críticos, y de no poca glo-
VII
ria para la literatura española, era también la investigación de los
orígenes y procedencia de la forma didáctico-simbólica, que hace
á los romances vulgares de la Península Ibérica depositarios del
apólogo oriental, nacido en la India, antes de que empiece á decli-
nar el expresado siglo XIII. Iniciada en los precedentes, por medio
de la literatura latino-eclesiástica , debia despertar vivamente el in-
terés de la crítica la tradición no interrumpida de esta forma, sien-
do este en consecuencia uno de los puntos capitales, á cuyo más
cabal examen hemos aspirado, como que en su ilustración estaba
cifrada la resolución de uno de los problemas literarios que en vano
había intentado resolver la erudición hasta nuestros días. Por for-
tuna, acopiados muy preciosos monumentos, poco ó nada conoci-
dos antes, no será ya lícito dudar del verdadero momento en que
se insinúa y toma carta de naturaleza en las literaturas meridiona-
les aquella peregrina forma, que tan general representación alcan-
za en toda la edad media, penetrando al par en las esferas de la mo-
ral y de la historia.
Egemplos inequívocos de esta verdad ofrecían desde luego las
obras del Rey Sabio, como los ofrecieron también las de sus suce-
sores; punto sobre el cual hemos procurado llamar la atención de
los doctos, al mencionar sus obras científicas. Completan estas, aun
consideradas sólo bajo el aspecto literario, á que nos limitamos, la
idea de aquel prodigioso movimiento de la cultura española, que
halla en el hijo de Fernando III generoso caudillo é ilustrado intér-
prete. Las obras científicas, llevadas á cabo por su mandado y bajo
sus auspicios, no podrán menos de excitar el interés de los sabios,
así por su número como por su importancia, con tanta más razón
cuanto que aun ignorándose los títulos de las mismas y barajadas
las nociones que encierran, han conquistado á aquel monarca dis-
tinguido puesto en la historia de las ciencias. La ordenación crono-
lógica de estos olvidados tesoros era sin duda una de las primeras
tareas que estaban convidando á los que, sin otro anhelo que el de
ilustrarla historia de la cultura nacional, emprendiesen su estudio:
la dificultad era tanto mayor cuanto más desconcertadas y contra-
dictorias aparecían las nociones relativas á los mismos tratados; y
sin embargo no deberá reputarse vana jactancia la afirmación de
que se halla vencida.
Tales son los puntos principales que abraza este tercer volumen:
llevados del deseo del acierto, hemos realizado cuantas investiga-
ciones se relacionan directamente con los mismos, á medida que vá
VIH
ensanchándose el círculo en que giran las manifestaciones artísticas.
La España oriental y la España occidental han venido, en estas im-
portantes disquisiciones históricas, á darnos cumplida razón del es-
tado de su cultura, llamada á reflejarse una y Qtra vez, hasta fun-
dirse del tildo, en la que se elabora y vive en la España Central,
como base y fundamento de la gran nacionalidad literaria de la
Península Ibérica. No abrigamos la presunción de haber acerta-
do en todo; pero ahora, como siempre, confiamos en la ilustrada
indulgencia de los hombres doctos.
HISTORIA CRITICA
DE LA
LITERATURA ESPAÑOLA.
11' PARTE— SUBCICLO I."
TOMO ni.
CAPITULO I.
PRIMEROS M111T0S ESCRITOS DE H POESÍl CiSíELUNJ.
Consideraciones generales sobre la índole y carácter de la primitiva poesía
vulgar *.— Sus condiciones de existencia. — Sus relaciones con las creen-
cias, los sentimientos y las costumbres del pueblo castellano. — Primeros
monumentos escritos. — Poemas religiosos.— El libro de los Reys d'Orient. —
Su examen. — El poema de los Reyes Magos. — Forma especial de esta obra.
— Si puede ser considerada como una representación litúrgica. — La Vida
de Madona Santa Maria Egipgiaqua. — Análisis filosófico y literario de esta
obra. — Importancia y representación de la poesía vulgar religiosa durante
el siglo XII.— Su manifestación heroica. — Noticia de algunos poemas histó-
ricos anteriores á los del Cid.
1 razado el cuadro histórico de la literatura liispano-latina, desde
el momento en que alienta el ingenio español hasta el en que em-
piezan á ser escritas las hablas vulgares, y apreciados conve-
nientemente los distintos elementos que se congregan para dar
{ Parécenos conveniente advertir desde luego á nuestros lectores que las
principales ideas aquí indicadas, respecto de la índole y carácter del primi-
tivo arte espaiíol, fueron ya expuestas en la Oración que sobre el estado de
la crítica literaria en España, durante el siglo XIX, pronunciamos ante el
Claustro de la Universidad Central, al inaugurarse solemnemente el curso
académico de 18S0 á i 85 i. La benevolencia, con que fué la expresada Ora-
don acogida, agotándose en contados dias dos ediciones, nos mueve á creer
que el presente estudio, ya realizado cuando pronunciamos el indicado dis-
4 HISTORIA CRITICA OE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
villa á la nueva civilización, que reconoce por centro el suelo cas-
tellano,— tócanos ya entrar en el verdadero campo de la literatura
que tiene por instrumento las referidas hablas; campo donde á la
luz de la filosofía nos proponemos descubrir líis huellas de cada
uno de los elementos designados, quilatando maduramente su in-
fluencia en el desarrollo de nuestra cultura.
Estriba la primera dificultad de este importante estudio en
fijar de una manera inequívoca la idea del arte que hemos visto
nacer con la libertad y la independencia de nuestros mayores.
Pero tarea tan nueva, como difícil, no sólo nos abrirá la senda
que hemos de seguir en nuestras investigaciones; no sólo jus-
tificará, el respeto que profesamos á, los primeros monumentos
escritos de nuestra poesía, sino que nos dará por resultado el co-
nocimiento exacto de la relación más ó menos íntima y de la afi-
nidad que existe entre la idea y la forma de los mismos, reve-
lando así la verdadera expresión de aquel arte, á que con poca
razón y menos juicio se ha dado desdeñosa é irreflexivamente el
nombre de bárbaro.
No presenta este arte, como el clásico, la unidad, la armonía
perfecta de la idea y de su manifestación exterior, ni en él se re-
vela el espíritu con un carácter particular y finito. Apoyándose en
el gran principio religioso, alma de la sociedad cristiana, que alien-
ta y vivifica el entusiasmo patriótico, se eleva sobre la esfera del
mundo visible, reflejando la idea de lo absoluto y de lo infinito,
y desdeñando la naturaleza exterior para inspirarse en las dos
grandes fuentes que constituyen la creencia. — Dios y la patria'.
hé aquí el doble dogma del arte castellano; dogma sobre el cual
se fundan la religión, la moral y la política, base indestructible
de las costumbres y copioso venero de altos y sublimes sentimien-
tos. El pueblo castellano despierta de su primera infancia al grito
de guerra: la patria gime bajo el yugo del enemigo de Dios: el
sentimiento religioso y el sentimiento patriótico surgen pues para
defensa mutua, produciendo la victoria. El triunfo trae la admi-
ración, y la admiración engendra al arte. Su nacimiento es espon-
curso, no es indigno del lugar que le habíamos dado en la Historia critica de
la literatura española.
II. PARTE, CAP. I. PIUM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. S
táneo: evocado á la voz poderosa de la libertad é inspirado por la
fé, estriba naturalmente en las costumbres, cuya representación
genuina ha de reflejar en cada creación, en cada pensamiento.
Rudo, vago y tal vez caprichoso en la forma exterior, admira y
sojuzga con la fuerza de luz que de su fondo se desprende, sin que
sea posible someterlo á leyes comunes, ni comparar por tanto sus
producciones con las de ningún otro arte, desarrollado bajo dis-
tintas condiciones de vida. Cándido, como la sonrisa de la infan-
cia; sencillo, como los sentimientos que le animan; arte en fin
primitivo, carácter que por una serie de prodigiosos aconteci-
mientos había llegado á tomar también el pueblo cristiano, mues-
tra á menudo la severidad y energía de aquel mismo pueblo, que
levantaba sobre sus hombros el combatido trono de Asturias, de
León y de Castilla. Aquel arte tan ardiente y vigoroso, como las
creencias, no ostentando más galas que la verdad del sentimiento,
ni más encantos que la fuerza invencible de la pasión, si no en-
contraba desde luego la forma más bella, poseia quizá la más con-
veniente y adecuada á la idea que le habia engendrado, adquirien-
do así sus formas parliculares y llenando por tanto las más prin-
cipales condiciones de una existencia independiente *.
Habia roto pues, como natural consecuencia de su nueva vida,
con todas las tradiciones esenciales del arte clásico, cuyas desfi-
guradas formas peregrinaban sin embargo por el mundo, siendo
de todos instintivamente acatadas y recibidas,* bien que de nadie
maduramente quilatadas: la lengua, informe embrión compuesto
de múltiples elementos, si no se prestaba dócil á todas las mo-
dulaciones, si parecía negarse á producir la armenia, pocas veces
se mostraba contraria á bosquejar las costumbres con vigoroso
colorido, y no muchas era rebelde á la expresión enérgica del
sentimiento. Fué el arte entonces lo que debió ser, para merecer
ahora este nombre: reflejó en sus creaciones la sociedad cristiana
con todos sus instintos; reprodujo las costumbres con la verdad y
1 ((La idea de cada época, escribe W. F. Hegel, encuentra siempre su
«forma más conveniente y adecuada, y a esta invención es á lo que damos
wel nombre de formas particulares del arte» {Curso de Eslhélica, tomo II, In-
troducción).
6 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la fuerza que aquellos les comunieaban, y reveló las creencias con
la pureza y el vigor que recibían del dogma. Así, cuando se han
querido someter las primicias de este arte, tan libre en su idea
como en su manifestación, á. las leyes establecidas para juzgar el
clásico; cuando se han condenado sus nativas bellezas á un ostra-
cismo injusto, por no llenar todos los requisitos de la forma vi-
sible, se han perdido de vista lastimosamente sus condiciones
de existencia, condiciones de tan buena ley como lo hablan sido
en Atenas y en Roma las del arte homérico. Ya olvidado por los
críticos y poetas del siglo XYI, ya visto con desden por los del
XYII , no es menos digno de consideración y examen, ni menos
original, rico é independiente.
Sin embargo, ningún arte se ha desarrollado con más varios
elementos, bien que tampoco ha ostentado ninguno tanta unidad
en su ^espíritu y en sus manifestaciones, ni se ha identificado más
profundamente con el carácter de la nación que lo cultiva. Ni
aun en los momentos en que se trasforma, apartándose de sus
primeras fuentes, pierde tan relevantes dotes; porque ni aun en
aquellos instantes quebranta sus condiciones de vida, si bien as-
pira á ostentar generoso el fruto de sus nuevas especulaciones y
conquistas. No era posible en España, durante la edad media, que
la imitación del arte antiguo, aunque no apagados nunca sus vi-
vos resplandores, se sobrepusiera al sentimiento nacional que
daba aliento á la 'poesía popular, ni imprimiese tampoco un ca-
rácter decidido á la erudita, sacándola del ancho y profundo cau-
ce de la civilización española: reinaba aquel noble y elevado senti-
miento sobre todos los demás elementos con fuerza tan irresis-
tible que impulsando la poesía á lo presente, no era dable en
manera alguna que se sometiera esta absolutamente al genio de
ningún arte extraño.
Reducido á sus propios recursos en los primeros dias de su
existencia, si bien aleccionado siempre por la Iglesia en la forma
que dejamos repetidamente advertido, el arte español se funda en
los dos grandes principios, en que descansaba la sociedad castella-
na. La lucha á muerte con el pueblo mahometano, lucha en que se
exaltaban al par el sentimiento patriótico y el sentimiento reli-
gioso, erige en dogma la guerra: el cristianismo bendice las armas
Il/ PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 7
de sus campeones, alienta en las batallas su heroísmo, y corona
sus triunfos con el inmarcesible laurel de la eterna bienandanza.
En esta edad primera del arte (ya lo hemos dicho y nos propone-
mos demostrarlo con la misma historia) el pueblo español rechaza
instintivamente toda influencia extraña; y cuando apagados ya en
parte los odios y rencores que profesaba al islamismo, comienza á
ver sin desvio las artes y las letras arábigas, no por eso reniega
de sus creencias, las cuales conserva con toda pureza, ni se des-
poja tampoco de sus costumbres, bien que admita en ellas suce-
sivas modificaciones.
El elemento arábico-oriental, que según hemos repetido ya,
se ha pretendido ver en todas partes fuera de sazón y sin el debi-
do criterio, no se refleja efectivamente en la poesía española hasta
después de haberse trasformado esta en erudita * ; y lejos de des-
naturalizarla, como se ha supuesto, se somete por el contrario al
irresistible imperio de las creencias, y llega á fundirse por com-
pleto con los demás elementos, que van caracterizando en vario
y admirable conjunto la literatura patria. Igual fenómeno debían
ofrecer á la contemplación de la crítica las diversas transforma-
ciones de la poesía española, y lo ofrecieron realmente. Asi, ya
admita andando el tiempo alguna influencia indo-oriental, ya ca-
balleresca, propiamente hablando, ya provenzal ó lemosina, siem-
pre preponderan en ella sobre toda otra ley de vida el senti-
miento religioso . y el sentimiento patriótico, sin que jamás se
l M. Federico Schlegel se expresa en su Historia de la literatura antigua
y moderna AqI siguiente modo, refiriéndose á este mismo punto: «Los árabes,
))dice, contribuyeron también á enriquecer la poesía española y á embelle-
wcerla; pero no cabe duda en que los antiguos poemas castelli^nos están en-
Mteramente puros de la influencia árabe ó de las inspiraciones orientales: al
wcontrario, su estilo y su lenguaje son severos y uniformes, puros y sencillos.
«Puede decirse con tanta más seguridad que nada liay de árabe en la antigua
«poesía, cuanto que semejante influencia se maniñesla de un modo claro y
«visible en tiempos más cercanos, durante los cuales existió verdaderamente»
(tomo II, cap. XI). Aunque la opinión de Schlegel es exacta, respecto de los
primitivos poemas españoles, no lo es tanto respecto de la verdadera época
en que se insinúa la influencia arábiga en nuestra literatura, como en su lu-
gar notaremos. Quede no obstante asentado aquí que la poesía castellana no
refleja las inspiraciones orientales, hasta después de ser erudita.
8 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
debilite ni menos desaparezca aquel [»rimer impulso del arte en
medio de los vaivenes y borrascas de la política; vaivenes y bor-
rascas que no pueden menos de reflejarse activa y poderosamente
en las esferas literarias.
La poesía española florece pues con vitalidad propia, con bri-
llantez y riqueza progresivas, desarrollando los copiosos y fecun-
dos gérmenes, que llevaba en su seno desde la cuna, y admitien-
do, como otros tantos presentes, los tributos que le ofrecen los
demás pueblos que se acercan en- vario sentido á la órbita de su
acción, para exornar su magnífico manto. En vez de recibir leyes,
como arte del todo derivado ó vencido, aspiró á imponer é impu-
so su yugo á los demás elementos, de que se iba apoderando, si
bien sucesivamente acaudalada en el trascurso de los siglos, lle-
gaba al cabo, por ostentar las galas traídas de otro suelo, áha-
cerse en cierto modo tributaria, trocando sus nativos ornatos por
las vistosas preseas del arte toscano-íatino. Hasta admitir del todo
esta influencia, hecho no realizado en un solo dia, según veremos
al estudiar el múltiple desarrollo de las letras durante el siglo
XV y principios del XVI, no solamente nos parece repugnante
la pretensión, nunca por completo justificada, de aplicar á la
poesía castellana los cánones del arte clásico, error común entre
los críticos formalistas, sino que la juzgamos de todo punto ab-
surda. Las reglas y preceptos de Aristóteles y de Horacio, como
deducidos de un arte hijo de otras civilizaciones, que tenían por
base diversos principios políticos y religiosos, no son en manera
alguna aplicables á la primitiva poesía española, que representa,
como ya dejamos indicado, la nacionalidad del sentimiento y de
las creencias de nuestros mayores.
Sin tener en cuenta las condiciones biológicas de esta peregri-
na literatura, sin apreciar filosóficamente sus relaciones con los
demás elementos de cultura que sucesivamente la rodean, sólo se
logrará caer en lamentables errores, obteniéndose por resultado
de penosos estudios insignificantes observaciones más ó menos
eruditas, si bien, siempre estériles para la verdadera historia del
espíritu humano, que es en suma la historia de las letras. Colo-
cada la crítica en este terreno, forzoso es repetirlo, no basta ya
contentarse con meras investigaciones, ora relativas á la forma
II, PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 9
poética, ora á los adelantamientos del lenguaje: necesario es pro-
fundizar más en estas tareas, elevándose á otras regiones, para
apoderarse del espíritu de los tiempos y descubrir ^en esas vene-
rables reliquias, que como los monumentos de las artes, han lle-
gado hasta nosotros adulteradas por la mano de los siglos, la
manera de ser y de pensar de aquellos varones que echaron los
cimientos á la gran nacionalidad española.
Y tan hondamente se aparta el arte español, si es lícito lla-
marlo así, del arte clásico respecto de las ideas que le animan,
como de la expresión que le representa. La mitología es sola-
mente la religión del arte: sus dioses fueron inventados por los
poetas, á cuyos acordes acentos se congregaban las familias, se
levantaban las ciudades y se constituían las repúblicas. Pero Dios,
según el dogma cristiano, existe en lo increado: á su voz se des-
envuelve el caos, brota la luz, apartándose de las tinieblas, y
brillan los astros en el espacio, trazando el curso de los tiempos.
Al soplo vivificador de sus labios alienta el hombre, en cuyas sie-
nes coloca la corona de la creación, sujetando á su imperio todos
los seres. La idea de Dios es entre los cristianos la idea del Ser
Supremo, Ubre y absoluto: los dioses de Hesíodo y de Homero ',
á pesar del idealismo de que el arte procura revestirlos, no dejan
de ser emanaciones y destellos de la naturaleza. En el politeísmo,
todos los atributos de la divinidad se hallan esparcidos entre mul-
titud de dioses, cuya recíproca independencia constituye otras
tantas individualidades, quebrantando la unidad del sistema teo-
gónico: la religión cristiana revela la existencia de un Dios omni-
potente, sabio é infinito, fuente inagotable de salud y de gracia,
de cuyas manos penden el primero y el último eslabón de la in-
mensa cadena de los siglos. En la religión cristiana no se trans-
forma Dios, como el Júpiter de la teogonia griega, ni en toro
para robar á Europa/ ni en cisne para sorprender á Leda, ni en
lluvia de oro para penetrar en el encierro de Danae ^^. Desciende
al mundo, tomando la carne de su hechura y sin perder su esen-
cia divina, para dar á los hombres el más sublime testimonio de'
1 Herodoto, lib. Il.núm. Lili.
2 Tertuliano, Apologeticus adversus gentes, cap. IX, ele.
10 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
SU amor infinito, para escribir con los raudales de su purísima
sangre su nuevo pacto con el espíritu rebelde de las generacio-
nes, á quienes restituye la libertad, rompiendo el yugo de la ser-
vidumbre que las oprimia. La religión cristiana no admite por
dogma, como la teogonia griega, el fatalismo, ley que gravitaba
al par sobre los dioses y los hombres, y que devoraba sordamente
las entrañas de los últimos: sobre esta palabra terrible y descon-
soladora grabó el cristianismo las de providencia y libre albe-
drio, elevando el espíritu humano á las altas regiones, de donde
le habia lanzado su soberbia, y revelándole de nuevo su origen
divino. La doctrina predicada por el Ilijo de Dios, que es igual al
Padre, trajo consigo la destrucción de la esclavitud y de la men-
tira.
Todo se aparta, por tanto, en el cristiani'Smo de la mitologia
gentílica, no siendo en manera alguna posible que dos artes basa-
dos en tan distintos principios, pudieran tener ni en su expresión,
ni en su forma interna grandes puntos de afinidad y semejanza,
por decisivo é irresistible que fuera el prestigio de la tradición
respecto de las formas exteriores. El arte que nace de la religión
cristiana, ha dicho un filósofo moderno, «en vez de la pluralidad
«plástica, no reconoce más que un solo Dios, un solo espíritu, un
«ser absoluto que no emana más que de sí mismo. En la con-
wciencia de su naturaleza y de su voluntad suprema, nada tiene
»Dios de común con aquellos personajes individuales (los del gen-
»tilismo), cada uno de los cuales aparecía con su carácter propio,
))y desempeñaba un ministerio distinto, formando una gerarquia,
))cuyas relaciones eran dominadas por el poder de una ciega ne-
«cesidad» *, por el destino.
Pero si tan grande es la distancia que existe entre los principios
de la mitologia y los fundamentos del cristianismo, imprimiendo
diversas condiciones al arte que produce el último, condiciones á
quedebia someterse naturalmente la poesía española, no es menos
notable, por cierto, la disparidad de las creencias, los sentimien-
tos y las costumbres que se revelan en el arte clásico, y los que
\ Véase el capítulo III de la sección II.* del segundo tomo del Curso de
Esthélica de \V. F. Hegel.
II. PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC, DE LA POES. CAST. i\
animan las producciones de nuestra literatura. Los héroes espa-
ñoles no pueden sentir, pensar, ni obrar como los héroes griegos
y romanos. Ni se hallan amarrados á la feroz coyunda de un ha-
do implacable, ni necesitan, para sobreponerse á los demás hom-
bres, trocar su naturaleza, convirtiéndose en semidioses, ni han
menester tampoco ser invulnerables, para atar á sus estandartes
la victoria. Los héroes españoles son esencialmente cristianos.
Salidos de la humanidad, hijos de otros hombres, se hallan suje-
tos á todas las condiciones de la naturaleza: frágiles, como el
barro que los viste, se elevan á más altas y felices regiones en
alas de la fé que ilumina su alma, purificándose, no por medio
de abluciones, ni de otros actos externos, cuya virtud sea fruto
de poderes extraños, sino por medio de la oración y del éxtasis,
que los levanta al mundo de los espíritus. Lloran sus infortunios;
pero sobrellevan su quebranto con resignación sublime, sin que
asome á sus labios el acento de la desesperación ni de la saña;
sin que provoquen, ni desafien la ira del cielo, como los héroes y
semidioses del gentilismo. Pelean, sin tregua ni descanso, no
para satisfacer un sentimiento de mundanal venganza, de sensua-
lidad ó de orgullo; no para someter á dura servidumbre naciones
libres que gozaban antes de pacífica y entera independencia; sino
para rescatar la hbertad perdida; para derrocar al opresor extran-
jero que sujeta con vergonzoso yugo el cuello de la patria, y
que profana sus altares, sus sacerdotes, y sus vírgenes; para res-
tituir á Dios, con el culto de sus corazones, la tierra regada con
la sangre de sus mártires.
Estas creencias que tienen por fundamento, como dejamos ya
expresado, el doble dogma político-religioso del pueblo español,
no podían menos de engendrar sentimientos enérgicos y vigoro-
sos, bien que no menos tiernos y apacibles. Una de las cualida-
des, que más resaltan en el carácter de los héroes castellanos,
es en efecto la ternura; porque, entre el estruendo y el sobresalto
de las luchas y de las batallas se despertaban en sus pechos los
más dulces afectos, menesterosos de otros seres en quienes depo-
sitar el amor, la lealtad y la fé que rebosaban en sus corazones.
Los héroes de la Cruz, unidos por el sublime vínculo de la religión,
cuyo lazo se estrechaba á vista del peligro, no solamente amaron
1 2 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESI>aSüLA.
A sus mujeres con respetuoso ardor y ajenos de falaz galanleria,
sino que desde los primeros albores de la restauración sintieron
desarrollarse en su alma, tal vez con mayor fuerza, el fuego san-
to de la amistad; constituyendo este sentimiento uno de los rasgos
más característicos del caballerismo español, tan diverso del ca-
ballerismo de las demás naciones. Á estos sentimientos apacibles,
tan propios délos pueblos belicosos, donde brillan A menudo los
caracteres heroicos, presidian en los caudillos españoles el de la
independencia y el valor individual, produciendo naturalmen-
te el conocimiento de la importancia que alcanzaban en el Estado,
y el de las proezas y sacrificios que tenia este derecho á exigir de
su bravura. Asi el amo)\ la lealtad y el honor llegan á ser entro
los castellanos las prendas de más alto precio, formando el triple
dogma patriótico y sirviendo de base á las costumbres, al fundir-
se en los dos grandes principios, que eran la piedra angular del
edificio político y religioso.
Las costumbres, que necesariamente habrían de engendrar es-
tas creencias y estos sentimientos, no podían tener en manera
alguna puntos de contacto con las de Atenas y de Roma. El pue-
blo español, sometido en su vida doméstica á un gran principio
religioso, y subordinado en la pública á una ley imperiosa y á
un deber supremo, no vivia en las plazas, como el pueblo griego,
ni deliberaba al aire libre en los comicios, como el romano. Mien-
tras en Atenas y en Esparta era el más alto objeto de la civiliza-
ción la vida del Estado, el interés de la patria, las costumbres
republicanas y el patriotismo ardiente de los ciudadanos; mien-
tras en Roma dominaban el espíritu público la turbulencia de las
costumbres, el menosprecio de los afectos domésticos y el sacri-
ficio de la individualidad ante el interés general del Estado ', — eran
en España el recogimiento, la abstracción moral y la práctica de
todas las virtudes cristianas el alma de la vida doméstica; consti-
tuyendo respecto de la pública el único lema, la única necesidad
del pueblo ibero, la defensa de la patria restaurada y la salvación
de la patria oprimida por los mahometanos. Los héroes castella-
nos, que congregados en el templo en nombre de tan caros objetos,
\ Curso de Eslhélica de W. F. Ilcgcl, tomo 11, sección 11.^, cap. III.
II.' PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CASt. 13
y asociados sinceramente al sacerdocio, alientan y sostienen con su
espada y su consejo las bélicas empresas.de los reyes, defendiendo
al par sus inmunidades, compradas con sangre en mitad de las
lides, pertenecían ante todo á la familia; y si durante el peligro
de la patria, era la defensa de esta su único pensamiento y la
única ley de su existencia, cuando libre ya el Estado del enemigo
natural, volvían á sus hogares, entonces el esposo y el padre cris-
tiano se consagraban al cuidado y educación interna de sus hijos,
confiando á la autoridad de los monarcas la custodia de sus fue-
ros y la guarda de las leyes, con la administración de los intereses
públicos.
De esta diversidad de costumbres debia nacer necesariamente
una diferencia colosal en la manifestación artística, diferencia que
hallamos consignada en las ruinas y despedazados monumentos
de aquellos dos pueblos que se alzaron sucesivamente con el impe-
rio del mundo. La vida de los antiguos era toda exterior, y diri-
giéndose las artes á satisfacer esta necesidad pública, aparecían
donde quiera suntuosas y magníficas fábricas que realizaban sus
sueños de saber y de gloría; pero al mismo tiempo que asi daban
en público muestra de suntuosidad y de grandeza, eran en sus
moradas, generalmente hablando, mezquinos y más descuidados
de lo que á su esplendidez con venia, á pesar de vivir en medio
de un • gran movimiento artístico ^ . La vida del pueblo espa-
ñol, más recogida y doméstica, necesitaba por el contrario de ,
otros medios de satisfacción: concediéndolo todo á la familia, se
buscaron con esmero los caminos de la comodidad y del deleite
i Esta es la enseñanza que nos ministra la arqueolog'ia. En los descu-
brimientos que no liá muchos anos se hicieron en Itálica, objeto á que dedi-
camos un dia nuestra atención y consagra hoy nuestro querido hermano, don
Demetrio de los Ríos, largas y útiles tareas, hemos tenido ocasión de confir-
mar estas observaciones, que habíamos ya hecho, al examinar los monumen-
tos de Pompeya y de Herculano, publicados por la munificencia de Carlos III.
Los trabajos de Julio Gailhabaud, relativos á estas dos poblaciones c insertos
en la grande colección de los Monumentos antiguos j modernos, son una prue-
ba mas de la exactitud- de estas observaciones, que amplia Mr. G. Ozanam en
su Cuadro de lai instituciones polHicas, sociales y religiosas de ¡a república
romana.
i\ HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA.
interior, empleáinlose la arquit entura y las demás artes en el lo-
gro de aquella idea, que andando los tiempos, hallaba también es-
tímulo en el egemplo de los árabes. Los palacios y alcázares,
exornados de suntuosos patioi, galerías y jardines, donde gozaban
los caudillos castellanos las caricias de sus esposas y de sus hi-
jos, y donde jamás penetraba el bullicio del mundo, reemplaza-
ban en España, durante los siglos medios, á los pórticos, termas y
plazas de Atenas y de Roma, como testimonio inequívoco del re-
cogimiento, de la quietud y de la mansedumbre que presidian á
las costumbres domésticas de nuestros abuelos ^.
Si pues ni la religión ni la política se fundaron entre los anti-
guos sobre los mismos principios que entre nuestros españoles; si
las creencias, los sentimientos y las costumbres de estos difieren
tanto de las de aquellos, ¿por qué empeñarnos en sujetar el arte
de los unos á las leyes establecidas, ó mejor dicho, deducidas del
\ Nuestros esludios arqueológicos sobre Asturias, Avila, Burgos, Segovia,
Guadalajara, Toledo y otras antig-uas ciudades de España nos han manifestado
la exactitud de estas observaciones. Ya se examinen las venerables moradas de
nuestros abuelos en las comarcas, donde apenas fijó su planta el Islamismo, ya
en las que sufrieron su yugo por más ó menos tiempo, es curioso y de suma
importancia para el conocimiento de las costumbres, el encontrar en todas
partes el sello de aquella vida esencialmente doméstica, con la distribución
dada á las casas y palacios, que por fortuna han llegado á nuestros dias, bien
que con lastimosas alteraciones. Verdad es que semejante recogimiento, es-
pecialmente por lo que atañe al bello sexo, pudo aumentarse con el egemplo
de los árabes, tan celosos de sus mujeres. Pero si bien no serla lícito negarles
cierta influencia en las costumbres de Castilla desde la existencia de los vasa-
llos mudejares, tampoco seria prudente, como queda ya probado, el concedér-
sela en los primeros siglos de la reconquista. La vida interior del pueblo cris-
tiano descansaba principalmente en la creencia: apenas se hallará, por tanto,
un castillo, un palacio, una casa de la edad media que carezca de capilla ú ora-
torio, donde pudiera satisfacerse esta gran necesidad del espíritu. Mas si estos
hábitos, para los cuales no bastaba el culto público, exigían de las artes seme-
jante tributo, no les debian menores cuidados las demás costumbres domés-
ticas, según nos enseña la ingeniosa distribución de estos preciosos y desde-
ñados monumentos, que comparados con los de igual género descubiertos en
Ilerculano, Pompeya, Itálica y otras ciudades del antiguo mundo, muestran
la inmensa distancia que existe entre ambas civilizaciones, por más que sea
la segunda, en lodo lo formal, legítima heredera do la del mundo antiguo.
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 15
arte de los otros? ¿Por qué afanarse en exigir que la poesía espa-
ñola nazca, se exprese y desarrolle de la misma manera que la
griega ó la latina, cuando precisamente en la diferencia de sus ma-
nifestaciones debe encontrar la crítica la razón de su originalidad
y de su independencia? En efecto; si el arte clásico fué grande y
magnifico, si llegó al más alto punto de perfección posible, debido
fué esto única y exclusivamente á la fidelidad con que reflejó las
creencias y costumbres del pueblo que le dio vida, y á la perfec-
ta adecuidad que en él existió entre la idea y la forma que lo
revestía. Porque siendo esencialmente pública la vida de los an-
tiguos, exterior debió ser también en cierta manera su poesía,
viendo por tanto con entera predilección las formas, que como en
los monumentos de la estatuaria y de la arquitectura, adquirieron
todo el lustre y belleza, de que eran en tal sentido susceptibles.
El arte español ni podia ni debia tampoco dar á la forma ex-
terior semejante preferencia: por una parle encontraba pode-
roso obstáculo en la lengua no formada aun, instrumento que co-
mo hemos manifestado arriba, no siempre respondía á todas las
pulsaciones; por otra (y esta observación es más importante) la
quietud y el recogimiento de las costumbres elevaban con fre-
cuencia el espíritu á las regiones de la abstracción religiosa, no
siendo posible que el arte hallara fácilmente la expresión de la
idea de lo absoluto y de lo infinito con medios finitos y particu-
lares. Sin embargo, aun bajo estas condiciones logra la poesía
castellana encontrar no pocas veces la verdadera fórmula de la
idea que la anima, constituyendo esta expresión especial su ver-
dadera originaUdad poética; observación que nos lleva, como
de la mano, al examen de los primeros monumentos escritos de
nuestra literatura.
Dos eran, como queda asentado, los principales sentimientos
que habían dominado en las obras del ingenio español desde el
instante en que la derrota de Guadalete borró del mapa europeo
el imperio visigodo; y estos dos sentimientos que brillan y se re-
flejan al par en los informes y descarnados ensayos de la historia
y en los rudos cantos de la poesía, cuando historia y poesía tie-
nen por único instrumento la ya agonizante lengua latina, brillan
también y se reflejan tal vez con mayor fuerza en los espontáneos
16 HISTORIA CnfTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
cantaros de la úllinia, ciianLlo adoptada por ella el habla vulgar,
recibe exclusivamente el impulso de la muchedumbre. Tenían
ambos sentimientos por símbolo visible la religión y la guerra; y
no otro debió ser el numen de los poetas populares desde el mo-
mento de existir las hablas romances, según antes de ahora deja-
mos advertido. Así cuando llevados los semidoctos del amor que
ya les inspira el habla castellana, y anhelando erigirla en lengua
literaria, comenzaron á escribir aquellas producciones esencial-
mente populares, á que servia de expresión, fueron naturalmente
la devoción y el patriotismo alma de aquellos primeros monu-
mentos, que recogían al par las piadosas tradiciones de los santos
y las generosas proezas de los héroes.
Tan estrecho consorcio, hijo de la misma situación del cristia-
nismo puesto en lucha eterna con el Islam, sobre presentar los
mismos caracteres que hemos reconocido, al examinar los prime-
ros historiadores de la reconquista, muéstranos también que res-
pondiendo la poesíavulgar á la gran necesidad que le daba alien-
to, venia á revelar á. las generaciones futuras, así los deseos y
creencias del pueblo español, como su estado intelectual, descu-
briendo al propio tiempo los gérmenes de vida que atesoraba aque-
lla lengua, por más que apareciera todavía en agreste cuna. Á
tres se hallan reducidos por desgracia los monumentos que han
llegado á nuestros días, para enseñarnos lo que en tan apartada
edad era y significaba el sentimiento religioso; y todos tres han
sido ya mencionados por nosotros, al estudiar los orígenes de las
formas artísticas de nuestra poesía ^ Todos merecen ser deteni-
damente examinados bajo el punto de vista füosófico y literario,
porque como observa con no poco acierto un historiador respeta-
ble, «los primeros padres..., los primeros instituidores de todo
Marte deben ser tratados con cierta particular distinción» 2, lo cual
no sin razón aplicaremos nosotros á nuestros primitivos poemas.
Son estos los dos que llevan por título ^ Libro de los tres Reijs
d'Orient y Vida de madona Sania Maria Egipciaqua, y el que,
i Ilttslraciones III, IV y VI de la 1." Parte, II tomo.
2 Tiraboschi, Storia della Letter. ital., tomo IV, lib. III, cap. III.
3 Códice III, K., IV. de la Biblioteca Esciiiialense.
II. PAUTE, CAP. I. PRIM. MOiS. ESC. DE LA POES. CASI, 17
desconocido hasta ahora en la historia de las letras patrias, se
conserva en la Biblioteca Toletana ', y tiene también por asunto
el nacimiento de Jesús y la adoración de los reyes magos ". Los
caracteres especiales que su metrificación ofrece, presentando
estos poemas, como producciones escritas en el período que me-
dia desde que la imitación latino-eclesiástica se deriva á la na-
ciente poesía vulgar, hasta que propende esta á fijar en cierto
modo sus formas, no pueden dejar duda alguna, tras largo y ma-
duro examen, de su antigüedad respetable. Persuádenla igual-
i Lleva la marca C. 6, n. 8.
2 Tan raro monumento, cuyo valor histórico nos proponemos dar á cono-
cer en el presente capítulo, se halla en un códice en 4.° vitela, escrito á dos
columnas, de letra al parecer del siglo XI, el cual encierra: i.° Glosa super
Cántica Canlicorum; 2.° Glosa super Lamentationes leremiae, ambas obras nu-
tridas de aquella erudición que caracteriza las escuelas eclesiásticas de la
edad media. Digno es de tenerse presente, para comprender cómo se han con-
servado y trasmitido á nosotros muchas de las producciones de época tan
apartada: el poema de los Reyes MagoSy que este título parece convenirle, está
escrito, como si fuera prosa, al final del segundo tratado, donde haló el tras-
ladador ó copiante algunas fojas en blanco, que le vinieron de molde para su
intento. Lástima que no lo concluyera. En el número I de las Ilustraciones de
este volumen lo reproducimos por completo, en la forma más á propósito
para apreciar su valor literario y con la fidelidad ortográfica que exige este
linaje de obras. El facsímile que ofrecemos, dará cabal idea de la época en
que fué escrito, si bien conviene advertir que el trasladador no era gran
pendolista. — Este precioso monumento no ha sido hasta ahora reconocido
con propósito literario: sin embargo, por los años de 1783 lo recogía y tras-
ladaba á sus Memorias y Disertaciones sobre la Iglesia de Toledo el muy dili-
gente don Felipe Fernandez Vallejo, dignidad primero de la misma cate-
dral y después arzobispo de Santiago. Inéditas hasta ahora las Memorias y
Disertaciones referidas, sólo han podido ser consultadas de muy pocos erudi-
tos, debiendo nosotros esta fineza, como otras de igual género que en sus lu-
gares notaremos, al señor don Juan Antonio Gallardo, sobrino y heredero del
celebrado bibliógrafo don Bartolomé José, quien había tenido la fortuna de ad-
quirir el Ms. de Fernandez Vallejo. Este docto prelado copió los versos, que
traslada ala Disertación VI sobre las Representaciones poéticas en el Templo y la
Sijhila de la noche de Navidad, partiendo por sus hemistiquios los que apare-
cían rimados en ellos, y dejando íntegros los que llevaban la rima al final.
Véase sobre este punto cuanto llevamos apuntado (tomo 11, Ilustr. III, pá-
gina 437 y sigs.) y diremos después.
TOMO III. 2
18 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
mentó la rusticidad, aspereza y extraordinaria vaguedad de la
leug-ua, pobrísima todavía de giros, informe en la dicción, y car-
gada de voces enteramente latinas, á, cuya ley parece también su-
jetarse el orden gramatical, si ya es que pueden señalarse en este
punto determinados cánones. Formas artísticas y lengua advier-
ten en estos monumentos que se halla la poesía vulgar en sus
primeros albores, bien que auxiliada ya por la escritura, único
medio que debia conducirla al terreno de la erudición, abierta
así la senda de su perfeccionamiento. .
Sólo alcanzaban la lengua, el metro y la rima á satisfacer la
imperiosa necesidad del canto, teniendo por fiador y norte en
cantores y oyentes el mal educado oido, y dándonos á cono-
cer por la misma naturaleza de estas producciones que, lejos de
acomodarse á un movimiento verdaderamente lírico, debieron
seguir la pauta de las picosas, salmos y antífonas, entonadas
por el clero, universal maestro del pueblo en aquellos dias. Ni
hay dificultad en admitir este aserto, cuando se repara en la ín-
dole de dichos poemas, comprendiéndose que hubieron de co- .
municarse á la muchedumbre las tradiciones piadosas que les
sirven de fundamento, por medio de la misma Iglesia que las
habia conservado y trasmitido hasta aquellos tiempos. Comprué-
base también tan importante observación, al tener en cuen-
ta la extensión que iban tomando estos poemas, á semejanza
sin duda de los escritos en la degenerada lengua latina; extensión
que los sujeta á cierta recitación ó caaturia especial, menos rao-
vida y pronunciada que la musical, destinada á las canciones li-
geras y aun á los mismos cantares de gesta, bien que acaso más
varia, irregular y caprichosa, por la discordancia métrica que pa-
rece resaltar en los referidos monumentos *.
Á estos caracteres exteriores, no indiferentes por cierto, cuando
careciendo de datos positivos, se trata de reducir á época deter-
minada obras, cuyos autores son desconocidos, deben añadirse
otros internos, más decisivos sin duda para la estimación filosó-
fica, pues que aun alteradas de todo punto las formas de expre-
sión, todavía serian aquellos bastantes á revelarnos la sociedad
1 Véanse las lluslraciones IV y V del tomo 11 déla I.'' Parle.
II. PARTE, CAP. I. PRIM. WON. ESC. DE LA POES. CAST. 19
que produce los expresados poemas . Y no nos detendremos ahora
á considerar el modo cómo obedecen estos á la ley suprema del
sentimiento religioso, fuente única de donde se derivan: la inge-
nuidad de las ideas, la candidez infantil con que se exponen y
narran los hechos, la simplicidad exenta de toda maiicia con que
se hacen las descripciones, y finalmente la credulidad que esas
mismas narraciones revelan, así en el poeta como en el público,
á quien destina sus cantos, son todos accidentes que están dando
testimonio de la venerable antigüedad de esos monumentos, im-
primiéndoles cierto sello primitivo, que dominando su exterior
rudeza, les comunica y presta extraordinario interés, trasportan-
do nuestra imaginación á tan remotas edades. Verdad es que no
es dado á estos cantos reflejar las costumbres políticas y milita-
res del pueblo castellano, privilegio alcanzado solamente por los
poemas heroicos, de que más adelante trataremos; pero en cambio
nos ministran amplia idea de la influencia que, andando los tiem-
pos, debian tener las costumbres religiosas en las obras de la li-
teratura española, y nos llevan á conocer bajo su más genuino
aspecto la interpretación que hacían nuestros mayores de los mis-
terios y tradiciones piadosas del cristianismo.
Sin duda al apreciar esta última relación de las creencias, no
faltará quien condene, como supersticiosas y aun allegadas al fana-
tismo, así la credulidad como la excesiva confianza que en la so-
ciedad entera presuponen los mencionados cantos. Mas sea como
quiera, lo que únicamente probaria este juicio, y lo que en realidad
nos importa observar aquí, es que la relación entre los monumen-
tos, de que tratamos, y la sociedad, que los produce, no puede ser
más exacta, dándonos por tanto seguridad de la época en que pa-
recen haber sido escritos. Para nosotros es indudable que si estos
poemas religiosos no preceden en mucho tiempo á los que en
lengua vulgar fueron consagrados á trasmitir á las generaciones
futuras la memoria del Cid, no pueden tampoco ser considerados
como posteriores; porque no solamente lo convence así la histo-
ria de las formas artísticas, tal como la dejamos considerada, al
estudiar sus orígenes ■',sino que nos prestan igual enseñanza todas
i Véanse muy parlicularmenle las Ilustraciones III.* y V.* del tomo II.
20 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAtíOLA.
las cualidades internas, que dejamos mencionadas, Kl brave aná-
lisis de dichas producciones juslilicará sin duda nuestros asertos.
Distinto es el asunto de los poemas que se refieren al nacimien-
to del Salvador, si bien parece á primera vista- ser el mismo. El
Libro de los (res Reijs d'Orient no justifica el titulo, con que se
ha trasmitido á nuestros dias: anunciando el poeta á los lectores
que vá á referirles la historia de los indicados reyes, según mu-
chas veces la oyeron contar, expónela como preliminar á la del
buen ladrón Dimas, que halla en el Calvario la salvación de su
alma, al demandar á Jesús el perdón de sus pecados. Conducidos
por la estrella de Oriente, llegan, en efecto, á Betlen los reyes
magos, dirigiéndose á Herodes, para que les muestre dónde se
halla el Hijo de Dios: ignorábalo este rey; y sorprendido por
a.quQ\\3i r\o\eáaiá, fiz semblante quel' placie, rogando á los ma-
gos que fuesen á buscarle y le comunicaran el lugar donde le en-
contrasen, á fin de ir á adorarlo. No satisfechos de aquella fingi-
da alegría, dejaron los reyes magos la ciudad de Betlen, apare-
ciéndoseles de nuevo la estrella, que los conduce al humilde al-
bergue,
Dó la Gloriosa era, \ el rey del cielo et de la tierra '.
i Debemos advertir que escribimos los versos de este poema y los de la
Vida de Santa Marta Egipciaqua tales como se hallan en el códice escurialensc
según se comprueba por el facsímile núm. I. El señor don Pedro José Pidal»
que los dio á luz en 1841, dividió los referidos metros por el primer hemis-
tiquio, formando dos de cada cual, y reprobando la opinión de Rodríguez de
Castro, que conservó en su Biblioteca Española la forma primitiva de estos
versos (tomo H, pág. 505). Como el señor Pidal no se sirvió dar razón al-
guna que convenza de la exactitud de su dictamen, y como por otra parte
hallamos en la manera de escribir dichos versos la tradición popular de los
llamados leoninos, rimados, como estos, en el primero y segundo hemistiquio,
nos ha parecido acertado y conveniente trasmitirlos á nuestros lectores en la
forma original del Ms. — Sobre lo que respecto de este punto decimos en la Ilus-
tración III del tomo II, paréccnos que justifica también esta resolución nues-
tra el estudio artístico del poema de los Reyes Magos, descubierto en la
Biblioteca Tolelana: en él se hallan mezclados los versos leoninos, de la ex-
tensión y extructura de estos, con los exámetros y pentámetros rimados al fi-
nal, lo cual no hubiera nunca podido hacerse, á considerar los leoninos como
versos cortos pareados. La división, ens.ayada por el señor Pidal, puede rcfc-
11. PARTE, CAP. I. PRIM. MOIS. ESC. DE LA POES. CAST. 2i
Llenos de gozo y humillados ante el Niño Dios, le ofrecen sus
preoiados dones, y cumplidos ya sus mandados, se restituyen á
su patria por otro camino [por otras carreras], dejando así bur-
lada la maliciosa esperanza de Herodes. Airado este al saberlo,
convoca sus vasallos, y les manda degollar todos los niños de su
reino:
Quantos ninyos fallar podvedes \ todos los descabeeecíes.
Su tiránico y bárbaro decreto fué ejecutado cruelmente, no
careciendo de cierta melancolía y ternura, este pasaje del poema:
Quantos ninyos fallauan | todos los descabecauan:
Por las manos los tomauan, [ por pocos que los tirauan;
Sacauan á las vegadas | los brazos con las espaldas.
Rlesquiíias!... qué cuytas vieron | las madres que los parieron!...
Toda madre pued' entender ] quál duelo podrie seyer:
Que en el cielo fué oydo | el planto de Raché *.
Utt ángel se aparece entre tanto á Josef, esposo de Maria, y le
anuncia en sueños el peligro que amenaza á Jesús, previniéndole
rirse con igual razón á todos los metros de este género, debidos á la litera-
tura latino-eclesiástica. No olvidaremos sin embargo que en algunas inscrip-
ciones sepulcrales del siglo XIII llegaron á partirse, como el señor Pidal pro-
pone; pero la incuria ó ignorancia del lapidario no debe servirnos ni de egem-
plo ni de disculpa para apreciar ahora las formas artísticas de estos venera-
bles monumentos.
i Digno juzgamos de ser trasladado á este sitio, para que puedan nuestros
lectores formar por sí entero juicio de la manera cómo se establece y perpe-
túa la tradición literaria, el pasaje en que Gonzalo de Berceo, primer poeta
erudito, cuyo nombre llega á la posteridad, pinta este mismo suceso en sus
Loores de Nuestra Señora (copla 38). Así escribe de los niños inocentes:
Qaando los degollavan, | cada uno lo puede veer.
El planto de las madres | quánd grande podrie seer:
Como dice Ihereinias, ] que bien es de creer,
En Rama fué oydo | el planto de Rachel.
La semejanza no puede ser mayor: Berceo, que habia logrado someter la
metrificación á leyes más seguras y regulares, altera como el autor délos
Reys d'Orient, la última rima, para conservar íntegro el pensamiento. — Este
es uno de los contados casos á que en otra parte hemos aludido, al notar que
el cantor de Santo Domingo y de San Millan usó alguna vez rimas imper-
fectas {Ilustración Ilí del tomo II, pág. 441).
22 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
que huya A Egipto con ambos, según lo mandal)an las Escrituras
[el scn'pto]. Obedeciendo Josef el celestial precepto, dirígese á
aquella región, encontrándose por desgracia con dos salteadores,
O'io robauan los caminos | et degollauan los pek'grinos:
Qui alguna cosa Iraxiese | non á aver quel' valiese.
Pressos fueron muy festino; ] sacáuanlos del camino.
Al dividir entre si la presa, propone el ladrón más fuerte y
desalmado partir en dos al niño Jesús, diciendo:
Des y partamos el más chiquiello [ con el cocliiello.
Asombrado el otro de semejante crueldad, bien que no atre-
viéndose á contradecirle, procura dar largas á la ejecución de
aquel mal pensamiento, y aprovechándose de la circunstancia
de ir ya anocheciendo, logra llevar á su casa á los afligidos ca-
minantes, que son recibidos cordialraente y agasajados por la niu-
jer de aquel caritativo bandido, mientras feroz é inhumano pre-
tende el primero atarlos de manos et picdes, encerrándolos al
propio tiempo para evitar su fuga.
Dios!... qué bien receuiios son | de la moger daquel ladrón;
A los raanyores daua plomaeos | et al ninyo tomaua en bracos;
Et facíales tanto de placer, | cuerno más les podíe fer.
La uespeda nin come nin posa, | sirviendo á la Gloriosa.
Esta mujer solícita y cariñosa, cuyo carácter apenas apuntado,
contrasta con el protervo que se atribuye al ladrón, aparcero de
su marido, ruega á Maria que le permita bañar á Jesús, derra-
mando abundantes lágrimas, mientras tenia al Salvador en sus
brazos:
Desque el agua ouo assaz caliente, | el ninyo en bracos prende:
Mientre lo banya, ál non fas, j synon cayer Jágremas por su faz.
La Gloriosa la catana, I demandó 1' por qué lloraua.
Uespeda ¿por qué Horades? | Non mol' caledes, si bien ayades.
Ella dixo:— .\on celaré, amiga: | ¿mas queredes qué vos diga?...
Yo tengo tamaña cueta | que querría seyer muerta.
Un fijuelo que auia, | que 1' parí el otro dia.
Afelo allí dó jaz gafo j por mi pecado despugato.
Tomando la Virgen Maria al niño leproso, mételo en el agua,
Dó banyado era | el rrey del 9ÍeIo et de la tierra,
II, PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 23
y sacándole sano y limpio c.omo un cristal, lo devuelve á su ma-
dre, que admirada de aquel portento, exclama llena de alegría
que era sin duda Dios el niño que hacia tales milagros. Rebosan-
do de placer, presenta á su marido el hijo sano {guarido) y ente-
rándole de lo ocurrido, le obliga á tomar sobre sí la protección
de sus huéspedes, poniéndolos en salvo en mitad de la noche y
conduciéndolos á Egipto. Entre tanto tiene el mal ladrón otro
hijo; y educados ambos en la escuela de sus padres, diéronles tal
celebridad sus crímenes, que cayendo en manos de Pilatos, fueron
sentenciados á expiarlos en la cruz. Ejecutábase el suplicio el
mismo dia, en que se consumaba la obra de la redención del gé-
nero humano; y colocado á la derecha de Jesús aquel^ mismo
hombre, cuya lepra había desaparecido, al ser lavado en el agua
en que se bañó el Hijo de Dios, reconocía en él al Salvador del
Mundo, y mientras se burlaba el mal ladrón de su fé, obtenía la
celestial recompensa. El hijo del ladrón piadoso es Dimas: el hijo
del salteador cruel y descreído es Gestas.
No es por tanta el asunto principal del Libro de los tres Reys
d'Orient el nacimiento de Jesús, ni la adoración de los reyes ma-
gos: el pensamiento que en esta piadosa leyenda resalta, es digá-
moslo así, la apoteosis de la fé, virtud sublime que debia producir
entre nuestros mayores innumerables maravillas: la fé de aquella
madre que vé á Dios en el niño perseguido por la saña de He-
rodes, limpió á Dimas de la lepra que infestaba su cuerpo: la fé
de Dimas, al ver á Cristo expirante en el último de los suplicios,
purificó su alma de la hedionda mancilla de los crímenes. Grose-
ras y desaliñadas por demás aparecen á nuestra vista las formas
exteriores de este peregrino monumento; pero si su metrifica-
ción, su rima y su lenguaje, imperfectos por extremo, pueden ser
despreciables para los críticos que atienden sólo al follaje de
los ornatos, no por eso perderá á nuestros ojos el precio que
interiormente lo avalora, por más que únicamente descubra-
mos en él remotos gérmenes de aquella riqueza de afectos y sen-
timientos que en siglos posteriores debia colmar las letras espa-
ñolas.
Más dramático, bien que no menos venerable por la antigüe-
dad que respira, es el poema de los Rejjes Mayos, descubierto
24 HISTORIA CnÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
por nosotros en la biblioteca toletana ' ; su acción no parece exce-
der de la adoración de los Reyes ó de la degollación de los Ino-
centes, lo cual no podemos determinar con exactitud, por hallar-
se desgraciadamente incompleto. Nada hay en esta peregrina
producción que pueda tenerse por narrativo: uno de los reyes
magos descubre en el cielo la estrella misteriosa, que le anuncia
el nacimiento del Mesías, y exclama:
Deus criador, quál marauela! | non sé quá! os achesta strela:
Agora primas la ó ueida: | poco tiempo á que es nacida.
Nacido es el Criador | que es de las gentes Sénior:
Non es uerdat nin se qué digo: I todo esto non ual uno Cgo.
Otra nocte me lo calaré; | si es uerlab bine lo sabré.
Bien es uertat lo que io digo; | en lodo en todo lo profijo.
Nin pued seyer otra senyal: achesto es et non es al.
Asegurado ya de que la predicción de las Escrituras se ha cum-
plido, prosigue:
Certas, nacido es in tierra [ aquel qui en pace et en guerra
Sénior á á seyer da Oriente | de todo bata in Ocidente.
Por tres noeles lo ueré | et más de uero lo saberé.
Tal strela non es in celo: [ desto so io bono estrellero:
Bien lo veyo sines escarne: ] uno borne es nacido de carne,
Qui es sénior de todo el mondo, i asi cuemo'el celo es redondo.
Dispuesto á seguir la estrella, que examinada por tres dias, le
produce una y otra vez el mismo convencimiento, se le presenta
i Cuando tenemos ya en prensa el presente volumen, llega a nuestras ma-
nos un Discurso acerca del drama religioso español antes y después de Lope de
Vega, leído por el distinguido escritor don Manuel Cañete en la junta pública,
celebrada por la Real Academia Española en 28 de setiembre de i 862. En este
docto escrito se bace mención del poema deque tratamos, refiriéndose á las Me-
morias y Disertaciones, antes citadas, del arzobispo Fernandez Vallejo (págs. tO
y H). Aunque el señor Cañete no ha examinado el original, de que hemos
dado ya cuenta, nos complacemos en celebrar aquí la diligencia que ha
puesto en ilustrar su trabajo con este y otros datos, peregrinos para la gene-
ralidad de los lectores. La copia que del poema ofrecemos en las Ilustracio-
nes, fue sacada por nosotros del original en el verano de 1849, sin que tuvi^í*
fccmos entonces noticia délas Memorias y Disertaciones de Fernandez ValleJD-
II. PARTE, CAP. I. PniM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 25
el segundo rey mago, dirigiéndole esta pregunta:
Deus uos salue, Sénior: [ ¿Sódes vos strelero?
Emostratme la uertat: | de uos sábelo quiero.
Apoco sobreviene el tercero, deseoso de consultar la misma
duda; y siendo aquel preguntado nuevamente, replica del siguien-
te modo:
— Séniores á mannana | quiero andar.
¿Queredes yr comigo | al Criador rrogar..,.
— ¿Auedeslo veydo?... | lo lo ui sines dubdar.
— Nos ymos otrosy j sil' podremos falar.
— Andemos tras el strela; | ueremos el logar.
— ¿Cuerno podremos prouar | si es home mortal,
ó si es rey de tierra, | ó si celestial?...
— Queredes bien saber | cuémo lo saberemos?...
Oro, mirra et acenso (sic) | á él ofreceremos.
Si fuere rey de tierra, | el oro querrá;
Si fuere borne mortal, | la mirra tomará;
Si rey celestial, | estos dos dexará,
Tomará el encenso | quel' pertenecerá.
— Andemos, é así 1' fagamos | logo sines dubdar.
No sin dar á este rey las merecidas albricias, se ponen todos
tres en camino: en la siguiente escena les sale al encuentro He-
rodes, dirigiéndoles en esta forma la palabra:
—Qué decides?... oydes? ¿Á quin ydes buscar?
De quál tierra venides | ó queredes andar?
Decitme uestros nonbres: 1 nom' los querades celar.
— Á mi disen Caspar;
Estotro Melcbior, ] ad acheste Baltasar.
Rey unic es nacido | ques Sénior de tierra,
Qui mandará el sedo ] en grant pace, sines guerra.
— Es assí por uertat?... | — Sí es, Rey, por caridat.
Et ¿cuémo lo sabedes, | et aprouado lo auedes?...
^-Rei, uertad te disremos 1 que prouado lo auemos.
Herodes despide á los reyes magos, después de rogarles que
vuelvan por su corte, luego que hayan adorado al Salvador; y en-
tregándose á la desesperación y á la ira, prorumpe:
¿Quí uió nunquas tal mal?... | sobre mí otro tal!...
Aun non so io morto | nin so la tierra posto,
20 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Reí otro sobre mí?... | Nunquas atal non uí.
El seglo ía acaga: | ja non sé que me faga.
Por uerlat non lo creio | ata que jo lo veio.
Para aplacar sus dudas, llama á los sabios-de su corte, jun-
tándose en cierta manera de concilio sus abades y podeslades,
sus escribanos y gramáticos (gramatgos), sus estrelleros y retó-
ricos. Interrogados por el rey, comienzan á exponer sus dudas,
mostrándose desacordes en la interpretación de las profecías; pero
en este punto termina elMs. de Toledo, siendo en verdad sensi-
ble que no poseamos por completo una obra poética, cuya signi-
ficación es de no pequeña importancia en la historia de las letras
españolas.
Varias son, en efecto, las observaciones que su estudio nos
sugiere. ¿Debe ser considerada simplemente como una leyenda
piadosa, ó merece acaso ser vista como uno de aquellos misterios
ó representaciones litúrgicas, con que sin duda desde los tiem-
pos de San Isidoro atendía la Iglesia á despertar y tener viva en el
ánimo de la muchedumbre la memoria de los portentos, obrados
por el Salvador y de los milagros de los Santos?... Al reconocer en
la historia de las fiestas y ceremonias del culto el empeño que
puso la Iglesia en apoderarse de todos aquellos elementos del arte
antiguo, que sobreviviendo á la ruina del paganismo, hablan pe-
netrado en el templo; al recordar el anhelo con que procura so-
meterlos al imperio de las creencias cristianas, purificándolos de
todo vestigio de gentilidad '; al tener en cuenta los continuos es-
fuerzos de la misma Iglesia para excitar, enardecer y exaltar por
todos los medios que estaban á su alcance el entusiasmo religioso,
cuando era este el único fiador de la libertad de la patria, ame-
nazada sin cesar por los sarracenos; al reparar por último en la
insistencia con que ya á mediados del siglo XIII atiende el legis-
lador á moderar los abusos y escándalos de semejantes espec-
táculos 2, bien podríamos admitir, apartándonos de los que en
i Véase el capítulo X de la I.''* Parte,
2 La ley 31 del tít. VI de la I.^ Partida prohibe a los clérigos mezclar-
se, como actores, y aun asistir á los juegos de escarnio, ordenando que no se
hicieran en la Iglesia, al mismo tiempo que aprobaba la representación de los
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 27
este, como en otros muchos puntos, nos hacen del todo tributarios
de otras naciones ', que sin salir del siglo XII se hicieron ya ensa-
yos dramáticos en la lengua hablada por nuestros mayores, cuya
devoción debian alentar principalmente los egemplos de santidad,
amor y mansedumbre que encerraban aquellos misterios. Sin
misterios, teniendo por lícito que interviniesen en ella los mismos clérigos.
Es además notable para las indicaciones que hacemos en este lugar, que el
Rey Sabio habla expresamente de la representación «de la Nacencia de nues-
tro Señor Jesucristo,» ade la Adoración de los tres Reyes Magos» y de la
«Resureccion del Salvador,» prueba inequívoca de que todos estos misterios
eran generalmente conocidos, cuando se escribe la ley de Partida. Ocasión
tendremos de volver sobre esta materia.
1 Reparable es por cierto que escritores tan doctos como lo fué Mora-
tin, no pudiendo descubrir entre los árabes y los provenzales los orígenes
del teatro español, hayan ido á Italia para traernos de allí forzadamente los
misterios escénicos. «No es posible (dice) fijar la época en que pasó de Italia
»á España el uso de las representaciones sagradas», etc. {Orígenes del Teatro
Español, pág. 154 déla ed. de Rivadeneira). Mas si no nos constara que du-
rante la dominación visigoda se celebraban ya dentro de los templos saltacio-
nes y otras fiestas profanas, que fueron vedadas desde el tercer Concilio Tole-
dano; si nos fuera desconocido el cuidado que empleó la Iglesia para excitar
el entusiasmo religioso de la muchedumbre, más necesario en España que en
otra nación alguna, podriamos tal vez admitir este no justificado aserto, que
hacia á la Iglesia española en cierto modo tributaria de la italiana. Pero cuan-
do, al fijar la vista en la época en que dicho uso pasó á España, observa el re-
ferido Moratin que «puede suponerse con mucha probabilidad que ya en el s¡-
))glo XI se empezarían á conocer en nuestra península» las representaciones
sagradas, no podemos menos de observar que sólo á fines de aquel siglo co-
menzó á tener el rilo galicano influencia en nuestro suelo, siendo imposible
que su liturgia llegara á generalizarse con la rapidez que se habia menester
para que en el mismo siglo hiciera aceptables esas representaciones á un clero
que se habia opuesto en masa á la derogación de su antiguo rito. Si esto era
humanamente irrealizable, dado que con la liturgia galicana vinieran los re-
feridos misterios escénicos; y si hay motivo para suponer que en el siglo XI
se hicieron por el clero español algunos ensayos dramático-religiosos, claro y
(Jemostrado nos parece que este uso tenia en la península propias raices, sien-
do su rehabilitación un fenómeno que se opera casi al propio tiempo en todas
las naciones meridionales, y concurriendo en España causas tal vez más po-
derosas para darle vida y consistencia. No olvidemos el cgemplo de San Isi-
doro.— El diligente Fernandez Vallejo puso sin embargo este poema en el si-
glo XIII.
28 HISTOniA CRÍTICA DE La LITERATURA ESPAÑOLA.
duda la existencia del poema, que dejamos analizado, despertará
el iülerés de los eruditos, formando la primera página de la his-
loriadel teatro español en los tiempos modernos *: como dejamos
advertido, ni una sola palabra hay en él que pueda tenerse por
narrativa: su forma es la del diálogo; los personajes van apare-
ciendo sucesivamente en la escena, que cambia á medida que la
acción vá adelantando, lo cual, unido á la variación del lugar,
muestra que rehusó sujetarse desde la misma cuna á las leyes del
arte clásico la poesía dramática española.
Si es lícito considerar bajo este punto de vista tan peregrino
monumento, téngase muy en cuenta que su antigüedad no puede
ser más respetable. Sus versos, remedo y trasunto al par de los
leoninos, rimados en ambos hemistiquios y de los exámetros y
pentámetros, rimados en los finales, sobre dar razón cumplida de
la inexperiencia artística del poeta, señalan en la historia de las
formas el momento en que comienzan á ser abandonados los pri-
meros por los cantores populares para fijar la rima al final de los
segundos; observación hecha ya antes de ahora, y que dejaremos
plenamente confirmada en el siguiente capitulo: su lenguaje, más
allegado al latin que el empleado en los primeros poemas heroicos,
no sólo conserva muchas voces de aquel idioma íntegras, ó ape-
nas modificadas, sino que ofrece el mismo estigma en la cons-
trucción sintáxica de la frase, dando á conocer en consecuencia
1 Largos aúos, después de hecho este estudio, vinieron á nuestras ma-
nos las Memorias y Disertaciones, arriba mencionadas, de don Felipe Fernan-
dez Vallejo: en ellas manifiesta osle investigador ¡a opinión de que el poema
que analizamos, es una Representación de la fiesta de la Epifauia, añadiendo
que «si fuesen de fácil reducción ú la imprenta los puntos, señales, círculos,
«semicírculos y cruces que tiene en el original, se percibirian desde lueg'o la
«diversidad de interlocutores, ó personas que forman el diálogo, la diferencia
))de escenas, y las advertencias de inflexiones de voz y actitudes de cuerpo
»que señala. Téngola (añade) por una de las representaciones poclicas del
«templo, de las más antiguas de nuestra nación» (Disertación V/ citada) —
Estas observaciones son muy exactas, y con el examen paleográfico del Ms.
convencen de que era, cuando el poema ó misterio se escribe, respetada y se-
guida aun por los semi-eruditos la tradición Isidoriana, en orden á la for-
ma do escribirse las obras dramáticas. Véanse sobre eslc punto las Ilustra-
ciones.
II. PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 29
el estado de tosquedad y excesiva rudeza en que se hallaba el ha-
bla castellana, cuando esta producción se escribe. — Así pues,
cualquiera que sea el fallo ulterior de la crítica respecto al desti-
no que tuvo desde luego este poema, no podrá dudarse de que
debe ser considerado como uno de los monumentos más antiguos
del habla y literatura castellana, precediendo en nuestro juicio á
la Leyenda y al Poema del Cid, y siendo una de las primeras
composiciones escritas de aquel arte que debia cobrar nuevo
aliento, al reflejar la gran figura del héroe castellano *.
Mas antes de penetrar en el estudio de estos cantos heroicos,
seranos preciso examinar la Vida de Santa Marta Egipciaqiia,
que es indudablemente el monumento de mayor importancia que
poseemos de tan apartada edad, así por su considerable extensión
como por el pensamiento religioso que encierra. El asunto de esta
leyenda es, según manifestó ya -su entendido editor, la conocida
historia de la conversión de aquella santa; pero no tan indiferente
3 Para comprobar, en cuanto nos es posible, estas observaciones, que lo
elevan al siglo XIl, notaremos aquí, que sin salir de los pasajes citados, halla-
mosnúmero razonable de palabras más cercanas al latin que sus equivalentes
en los mencionados poemas del Cid, que en breve estudiaremos. En el que ana-
lizamos selee: Deus,achesta, achesíe, bine, bono, morto,nocte,jo,pace, primas,
posto, certas, sedo, sénior, uestro, uertab, y uertal, Qelo, strela, escarne, etc.,
mientras en el del Cid, por eg^emplo, se escribe: Dios, aqueste, bien, buen y
bueno, muert y muerto, noch y noche, yo, paz, seglo, sennor, vuestro, verdad,
Qielo, estrella, etc., faltando muchas de las voces casi latinas que abundan en
el de los Reyes Magos, poema mucho más breve que cualquiera de los del hé-
roe de Vivar. Ni son de olvidar tampoco las maneras de decir, en donde se
halla el mismo sello: contrayéndonos á los pasajes trascritos, hallamos: da
Oriente ñata in Ocidente; non es in celo; ad acheste, etc., etc., todo lo cual
nos mueve á tener por segura la antigüedad de tan desconocido monumento
literario, recordándonos los giros de los primeros documentos diplomáticos de
la monarquía asturiana, que en la Ilustración II del tomo precedente exami-
namos. Dada pues la respetable antigüedad que por tantas circunstancias re-
presenta, y considerando que sólo podia ser escrito y aceptado por gente de
clerezia, como tan propio de la Iglesia, presupone naturalmente este misterio
no corta ni insignificante vida en la poesía vulgar, comprobando así cuanto
dejamos dicho respecto de este punto en lugares convenientes (I.* Parte, ca-
pítulo XV, é Ilustraciones III y IV).
30 HISTORIA CHlTICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
como supone '. El objeto, el fin moral del poema no puede ser en
verdad mis digno ni cristiano. La humanidad, presa de todas las
pasiones y víctima del estrago causado por los vicios, frágil como
el barro de que se viste, aparece salvada por lafé, hoguera santa
que reanima y restituye á su prístina candidez el esph'itu de los
hombres: el crisol, donde este se purifica, es la penitencia, antí-
doto sublime contra la desesperación y la muerte, fuente de salud
y de vida, de donde manan sin cesar consuelo y esperanza. Que
este pensamiento sublime y característico de aquella edad, en que
no se comprendía siquiera la existencia de la duda, se revela en
la leyenda de Sania Man'a Efjipciaqua, habrá de confesarlo in-
faliblemente todo el que, venciendo la rusticidad y grosería de las
formas, lea por entero el referido poema.
Cierto es (jue no se pintan y cohonestan los pasajes relativos
á la prostitución de Maria con aquel arte y colorido que po-
dían acaso recibir en época más adelantada; pero en esa falta
ostensible de habilidad, en esa ingenuidad, sin duda pueril, con
que están bosquejados los estragos del vicio, hallamos el sello
de las sencillas costumbres de aquella edad lejana, no sin que
el poeta nos advierta de que obraba la pecadora de Egipto
comprisa del diablo, bien que por otra parte descubramos cier-
to deseó artístico de producir en la exposición del poema el mis-
mo contraste, que nos presenta la historia en la vida de la san-
i Ni tan monstruosa, torpe y obscena, como el entendulo Mr. George Tick-
uor asienta en su Historia de la literatura española, dada á luz mucho tiempo
después de terminados estos estudios. Su juicio, aunque inspirado sin duda
por el deseo del acierto, no puede ser aceptado por quien vea en las obias
del arte algo más que el espíritu de la actualidad, en que vive, y anhele ha-
llar en ellas algo más que las formas exteriores. Verdad es que ni aun en esta
parte fué dado al docto escritor anglo-americano ofrecer exacta razón del li-
bro que parecía teaer á la vista: al insertar los primeros versos del poema
y declarar que eran octosílabos, ó no percibió debidamente su armonía, lo
cual no es de maravillar en oídos extranjeros, ó perdió de vista la verdadera
teoría de la métrica española (Véase la Ilustración núm. 111 del tomo 11).
Respecto del juicio que teníamos formado sobre esta leyenda y los demás
poemas religiosos, aquí mencionados, nada hemos tenido que añadir ni mo-
dificar, pues que virtualmente se hallan desvanecidas en nuestro análisis las
indicadas calificaciones del laborioso Ticknor.
11. PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 31
ta. Lejos pues de ser estéril el arrepentimiento de esta, venia
á comprobar prácticamente dos principios religiosos admitidos
y santificados por el cristianismo y consignados ya desde los pri-
meros versos de la leyenda. Primero: que toda criatura está su-
jeta al pecado: segundo, que no hay pecado tan grande ni tan
horrible que non le faga Dios perdón por penitencia. Una obra
poética que gira sobre tales polos y que pertenece al mismo tiem-
po á una época, en que el arte se halla tan en mantillas, lejos de
excitar el desprecio de la critica, debe despertar su interés, si es
que aspira esta al título de ilustrada y se precia de comprender
filosóficamente la historia de las letras, y con ella la del espíritu
humano.
Era María Egipciaca hija de padres honestos y de claro linaje;
pero inclinada desde la pubertad á los placeres mundanos, co-
menzó luego á mancillar la extremada hermosura, de que la habia
dotado el cielo, entregándose á todo género de liviandades, y lle-
nando de amargura á sus deudos, cuyos sanos consejos despre-
ciaba. Maldecida al cabo de su padre, instábale en vano su ma-
dre para que, volviendo en sí, saliera de aquella torcida senda:
Fija cara, dixo su madre, | ¿por qué non creyes al tu padre?
Por tí ruego, fija Maria, | que tornes de buena uía.
Fija, tú eres de grant natura j ¿por qué estás en mala uentura?
Que deues auer onor, | como otras de linatge peyor:
Tu padre te á ayrado: | non será en su vida pagado;
Maldice ess' ora en que naciste, I porque su conseio non prisiste.
Dominada sin embargo de los apetitos carnales y deseosa de
esquivar semejantes amonestaciones, huye de la casa paterna y
por fer más su voluntaf, dirígese á la ciudad de Alejandría,
apenas cumplidos los doce años.
En su camino entró Maria | que no demandaua conpaiiya:
Una avecuela teníe en mano; ] así canta yvierno como verano:
Maria la teníe en grant onor, ] porque cada dia canta d'amor *.
1 La ficción de un pájaro, que canta amores, no solamente se halla en
poemas latinos anteriores á la Vida de madona Maria Epip^-iaqua, sino que
32 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
\l Hogar á diclia ciudad, albérgase entro meretrices, desper-
landü la concupisceucia de los jóvenes, quienes
D' ella avíen grant sabor; I ca tal era commo la flor.
El deseo de poseerla engendra la rivalidad, y tras la rivalidad
viene la discordia ¿ ensangrentar la calle, donde habita, llegando
á conturbar la ciudad entera y aun las villas comarcanas, sin que
dé señales de piedad ó arrepentimiento. Cansada por último de
semejantes triunfos, y viendo acaso desde los muros de Alejan-
dría cierta nave que plena de romeros, de ricos ornes et cauaUe-
ros, se dirigía á Jerusalem, para solemnizar la fiesta de la A.s-
cension, desciende á la playa y se presenta á los peregrinos, no
sin informarse antes del rumbo que llevaban. Invocando la cari-
dad cristiana, logra ser recibida en la nave, que alzadas las velas,
se dá de nuevo á la mar, caminando hacia Jerusalem, mientras
llevada Maria de su no vencida carnalidad, incita con su belleza
á los romeros, que caen todos en pecado, sin que alcance á re-
frenar la liviandad de aquella extraviada hermosura ni la furia de
las ondas, ni el bramar de los vientos, ni el golpear de los tur-
biones. Al cabo (y no sin permisión celestial) aportaba á las pla-
yas de Jerusalem, quedando sola y abandonada en aquellas mari-
nas, lo cual llegó á infundirle no pequeño duelo; mas vuelta á
sus extravíos, penetra resueltamente en la santa ciudad, repro-
duciendo las torpezas con que habia amancillado su cuerpo en
Alejandría, y siendo escándalo de jóvenes y ancianos. Llegado en-
tre tanto el dia de la Ascensión, que solemnizaban todos los pere-
grinos, mézclase con ellos para dirigirse al templo; y mientras
hallan todos expedita la entrada del santuario, ofrécense á su
vista multitud de ángeles, en semejanza de caualleros, que ame-
nazándola con sus espadas, no le consienten penetrar en el sa-
grado recinto. Sorprendida por tan extraordinaria visión, vuelve
pendrando en los cautos populares de las literaturas del Mediodía, aparece
en los poemas caballerescos de los siglos XIV y XV, escritos en Italia, y to-
ma extraordinaria proporción en la Gerusalemme Liberata del Tasso, donde
aparece como una de las maravillasque pueblan los jardines de Armída (Cant.
XVI.ocl. Xlll, XIV y XV).
11.* PARTE, CAP. r. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 33
atrás casi desmayada, y sentándose en una pena, comienza á llo-
rar amargamente sus pecados, mesándose los cabellos é hiriéndo-
se duramente rostro y pecho.
¿Qué faré agora, catiua?... | Tanto me pesa porque so uiua!...
Al exclamar así, levanta la vista y reparando en una imagen
de la Virgen Maria, se alza de la piedra y arrodillándose ante la
Madre de Dios, prorumpe en ardiente plegaria, escogiendo á la
Virgen por intercesora para con su Hijo. Después añade:
Creyó bien en mi creyencia | que Dios fué en tu nascencia;
En ti priso humanidat; | tú non perdieste virginidat.
Grant maravella fué del padre | que su fija fiao madre;
Et fué maravellosa cosa | que del espina sallió la rosa,
Et de la rosa fructo sallió, | que todo el mundo salvó:
Virgo reyna, creyó por tí | que sí al tu fijo rogas por mí;
Sí tul' pides aqueste don, | bien sé que auré perdón.
Un nonbre auemos yo é tí, | mas mucho eres luenye de mí :
Tú María et yo Maria; | mas non tenemos amas una vía;
Tú amaste siempre castidat, | yo luxuría et maluestat:
El diablo fué tu enemigo; | él fué mí senyor é amigo.
Nuestro Senyor amó á tí: | duenya, aue piedat de mí.
Terminada la plegaria, que es más larga de lo que ^aso con-
viene á la extensión del poema, si bien da idea de la ferviente de-
voción que inspiraba la Virgen, siendo en realidad una de aque-
llas cantigas con que el pueblo español ensalzaba sus loores *,
levántase Maria Egipciaca regenerada interiormente, y pene-
trando en el templo sin dificultad alguna, adora la Cruz del Sal-
vador, volviendo luego ante la imagen de la Inmaculada para
demandarle consejo. Una voz misteriosa le anuncia que se dirija
al Jordán para limpiarse en él de sus pecados, encaminándose
después al desierto para consumar su penitencia. Así lo verifica
aquella hermosa pecadora, lavando su cabeza en las aguas del
Jordau [de sant Jordán]; y pasando en unas tablas aquel rio,
1 Véase lo dicho en el cap. XIV, pág. 202 y sig-uienles del tomo II, y lo
que adelante diremos al tratar de Berceo, el Rey Sabio, Juan Ruiz, etc.
TOMO IK. 3
34 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
entra en el desierto, donde hace vida penitente por el espacio de
cuarenta y siete años, conservando los siete primeros sus ricas
vestiduras y^arrostrando la intemperie, de todo punto desnuda, en
los restantes. Tras este largo período de penitencia, se encamina
al Oriente, atravesando ásperas y solitarias montañas, fija siem-
pre su memoria en la imagen de la Virgen, que la alienta y sos-
tiene en medio de tanta soledad y de tan duras privaciones, lle-
gando por último á una abadía de monjes, donde la virtud y la
caridad tenían su asilo. La pintura de estos anacoretas y de sus
austeras costumbres merece ser conocida, por revelarnos lo que
eran en la edad en que se escribe el poema los monasterios de
Castilla, maleados algún tanto en siglos posteriores:
Grandes auien las coranas: | sayas vistíen asaronas.
Non avien cura d'estamonyas, | nin yacen en lechos nin en camenyas;
Por alimpiarge de sus pecados j non calcauan zapatos:
Noche et dia á Dios siruíen: | sabet certo que non durmíen.
Todo el dia estauan en su niester | fastal' ora del comer;
Et quando iuan á comer, ] non queríeti hí muclio seyer.
En pobredat se manteníen; j por amor de Dios lo facien.
Pan d'ordio comíen que non dál, | por derto non echauan hí sal.—
Agua beuien que non es sana, | qua non era de fontana.
■ Entrellos non auíe cobdicia j nin enbidia, nin auaricia. —
Non queríen auer argento ni oro: | que en Dios es todo su tesoro.
Atanl(j eran de sánela uida | que non á orne que uos lo diga.
Yida tan egemplar y difícil aumentaba sus asperezas y rigores
durante la cuaresma [la quarentená]: despedidos por el abad,
después de haberles cantado misa y comulgado , lavándoles los
pies y haciéndoles que se preparasen á vivir en el yermo por me-
dio de la oración, derramábanse aquellos cenobitas en las monta-
ñas para alimentarse solamente de yerbas, volviesdo el domingo
de los Ramos al monasterio, donde eran recibidos cordialmeute
por el abad, que se alegraba con ellos, como el pastor con sus
corderos. Hallábase acaso en el yermo uno de aquellos solitarios,
llamado don Gozimás, cuando al terminar su diaria oración vuelto
al Oriente, descubrió no muy distante la sombra de Maria egip-
ciaca, y sospechando acaso que fuera alguna quimera de su fan-
tasía [alguna antoianca], comenzó á santiguarse, pidiendo á Dios
que le defendiera de toda tentación y asechanza. Seguro de que
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 35
era realidad lo que veían sus ojos, adelantóse sin embargo hacia
Maria, quien huyendo rápidamente, sólo detiene su carrera, al
escuchar que el anacoreta la conjuraba con estas palabras:
Coniúrote, por Dios el grant, ] que non vayas daqui adelant.
Cuarenta y siete años habia que no le era dado contemplar fi-
gura humana ni oir en consecuencia el nombre de Dios. Domina-
da pues de secreto impulso, alza la vista al cielo, y con cierto es-
píritu de profecía, revela á Gozimás su propio nombre y ministe-
rio, lo cual produce no pequeña admiración en el ermitaño, que
despojándose de parte de sus vestiduras [de sus panyos], las ce-
de á Maria para cubrir sus ennegrecidas carnes. Pero tan grande
como habia sido la sorpresa del monje, al escachar su nombre en
boca desconocida, tan profunda fué la veneración que Maria lle-
gaba á inspirarle, cuando refiriéndole su historia, pudo ya quilatar
en todo su valor el arrepentimiento y la penitencia que la habían
purificado de sus antiguos pecados. Arrodillándose á los pies de
Maria, le demanda la bendición con abundantes lágrimas, y le
ruega al par que haga en su compañía vida penitente; mas si in-
voca la santa sobre él la bendición divina, llenándole de nuevo
asombro al elevarse en los aires mientras pronuncia su oración,
no consiente en la demanda de don Gozimás, y suplicándole que
á nadie revele su existencia y que vuelva al siguiente año á co-
mulgarla, se aparta de él, internándose en las espesuras de los
montes. Pasado el año, torna el monje al desierto, encaminándo-
se á orillas del Jordán en busca de Maria, que descubriéndole
desde la otra parte del rio, atraviesa las aguas á pié enjuto, y re-
cibe de sus manos el sagrado cuerpo del Salvador, separándose
luego del piadoso eremita, no sin rogarle que llegada la venidera
cuaresma, la busque en el mismo lugar, donde la halló primero
[on me falleste primero], k este sitio se recoge Maria para pedir
á Dios que la llame á su seno, y terminada su oración, expira
tranquilamente:
El alma es della sallida, j los ángeles la an receñida;
Los ángeles la uan leñando: [ tan dulce son que van cantando.
Mas bien podedes esto iurar, | quel diablo non y pudo llegar.
Esta duenya dá enxemplo | a tod' omine que es en seglo. —
36 HISTORIA aitTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Aquí termina realmente la acción de la leyenda: el poeta quie-
re sin embargo que el egeraplo sea más eficaz, y trayendo de
nuevo A don Goziraás al desierto, le hace descubrir el cadáver de
María con no pequeño prodigio:
Tornó los oios á diestra parle | ovo á oio liuna claridat:
Á aquella lumne se allegó, | vidió el cuerpo, muclios' pagó:
Que yacie contra Oriente, | sus oios floxos fermosamente;
Sus crines tenie por lenzuelo: | á Gozímás priso grant duelo.
Al lado del cadáver habia una inscripción, formada en el cielo,
en que se ordenaba al solitario darle sepultura: para ayudarle en
semejante obra, se le aparece un jabalí, que abriendo la huesa,
cubre el cuerpo de tierra y se pierde después en la montaña. Don
Gozimás exclama, al contemplar tantos portentos:
Agora creyó en mi creyencia | que sánela cosa es penilen9ia.
Restituido al monasterio, refiere á los monjes cuanto le habia
sucedido con Maria, revelándoles al mismo tiempo la vida de esta
feliz pecadora. Su muerte arranca doloroso llanto al abad y á
todos los monjes, excitando su devoción y su piedad tan egem-
plar arrepentimiento.
No otra es pues la Vida de madona Santa Maria Egipciaqua,
cuyo principal objeto se encamina á fortificar el espíritu religioso
del pueblo cristiano, contraponiendo á todas las debilidades y pa-
siones de la tierra la suprema esperanza del perdón celestial, úni-
co refrigerio que puede alentar al corazón humano en este valle de
miserias, inclinándole á la senda del bien, de que le apartan los
mal refrenados instintos de la carne. Cuando nos detenemos á
considerar la singular influencia que este pensamiento alcanza en
nuestra civilización y por tanto en nuestra literatura, no acerta-
mos á comprender cómo ha podido caer el desprecio de los erudi-
tos sobre una obra que tan profundamente lo revela: ni vale de-
cir que fué la historia de Santa Maria Egipciaca conocida en de-
masía por aquellos tiempos, pensando así quitar á esta leyenda el
mérito de la originalidad, que seria aventurado negarle del todo:
porque demás de no ajustarse tanto como se ha pretendido á la
tradición universalmente recibida, dándole color local verdadera-
II.' PARTE, CAP. I. PRIM. MOiN. ESC. DE LA POES. CAST. 37
mente castellano *, cumplía el poeta con .su ministerio, al apode-
rarse de un asunto que podia excitar la piedad y el celo religioso
de la muchedumbre, no curándose de examinar el camino que
dicha historia traia y dándose por satisfecho con saber que era
admitida y canonizada por la Iglesia,
Mas si bajo este punto de vista nos parece poco justificado el
referido desprecio, no tenemos por más acertado el desden con
que se ha procedido respecto de las formas: son los medios ar-
tísticos en esta producción toscos, groseros, imperfectos, como de
un arte naciente que apenas articula las ideas que le dan vida.
De esto puede juzgarse cumplidamente por los pasajes que deja-
mos trascritos; pero sobre hallarse de acuerdo con el estado in-
telectual; sobre satisfacer plenamente las necesidades morales de
la época, presenta el poema de que tratamos, pasajes y descrip-
ciones dignos de alabanza, aun ponderada la pobreza de los me-
dios artísticos y no olvidada la tan encarecida rusticidad de la
lengua. Sorprendente será sin duda para nuestros lectores el si-
guiente retrato de Maria, cuando en la flor de su juventud y her-
mosura, se entrega á los placeres mundanos:
Redondas avíe las oreias; j blancas, comnio leche d'oveias;
Oíos negros et sobreceias, | alba frente fata las cerneías:
La faz leníe colorada, \ commo la rosa, quando es granada;
Boqua chica et por mesura; I muy fermosa la catadura;
Su cuello et su petrina ] tal como la ílor de la espina.
De sus tetiellas bien es sana: | tales son commo maneana.
Bracos et cuerpo et todo lo ál | blanco es como cristal.
En buena forma fué talada; | nin era gorda nin muy delgada.
Hecha esta pintura de la Egipciaca, se describe así el traje que
vestia:
El peyor día de la semana | non vistíe panyo de lana:
1 Prescindiendo de otros muchos rasgos característicos de la civihzacion
española, que resaltan- en toda la leyenda, deberemos advertir aquí que así
como en el poema de los Reyes Magos (de la Biblioteca Toletana) convoca He-
rodes sus abades para pedirles consejo, cosa á la verdad no impropia en los
reyes y aun en los magnates de Castilla, así también en la Vida de Santa Ma-
ria tiene el abad del monasterio, que halla la Santa en las montañas de Pa-
lestina, el nombre de don Johan Ivanyes, mostrando de este modo la fuerza
incontrastable de la vida real sobre las tradiciones histórico -religiosas.
3S HISruRIA CHlTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Asaz premie oro et argento, | bien se vistíe á su talento.
Brial de xamyt se vistíe, | manto erminyo cohríe;
Nunqua callana otras cápalas, | sinon de cordouan taiadas,
Pintadas con oro et con plata, | cuerdas de sedff con que las ata.
Y añadiéndose después algunas cualidades morales, se lee:
Tanto era buena fablador, [ et tanto auíe el cuerpo gencor
Que un fijo do Emperador | la prendríepor uxor.
Pongamos al lado de este retrato, donde no se ha menester
grande espíritu crítico para gozar las bellezas nativas en que
abunda, el que se hace después de la misma beldad, ya peni-
tente:
Perdió las carnes et la color: ( que eran blancas, como la ílor:
Et sus cabellos que eran rubios, | tornaron blancos et sucios;
Las sus oreias que eran albas, | muclio eran negras et pegadas;
Entenebridos auíe los oíos; | perdidos auíe los meneólos;
La boqua era enpelecida, | redor la carne muy denegrida;
La faz muy negra et arrugada | de fiero viento et elada,
La barbiella et el su grinnyon | semeia cabo de ticon:
Tan negra era su petrina | commo la pez et la resina.
Y últimamente veamos cómo aparecía ornada en el desierto:
Non es cobierta d'otro vestido | mas de cabello quel' es crecido:
Sus crines albas como nieves, | dessas se cubre fata los piedes;
Non auíe otro vestimento, | quando aquel cincie el viento.
Ahora bien: si es lícito confesar que los medios artísticos y aun
la misma lengua apenas consienten vuelo alguno al pensamiento,
aprisionándole en tan groseras formas, ¿podrá con igual justicia
negarse cierta intención poética á quien establecía tan singular
contraste entre la juventud, colmada de las gracias de la hermo-
sura y de los dones de la riqueza, y la vejez descarnada, maci-
lenta y pobre, bien que rodeada de la aureola de la virtud, que
la ennoblece y purifica? ¿Podrá decirse con razón que sólo tiene
importancia esta leyenda poética como monumento de la lengua?
Proceder de esta manera no sólo seria olvidar ó desconocer de
lodo punto las nacientes dotes del arte, interior y cxteriormente
considerado, sino cerrar también los ojos á la luz que arroja so-
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 39
bre el estudio de las costumbres y aun sobre la historia indumen-
taria; pues que, no la sociedad, no la época en que vive Santa
Maria Egipciaca, sino la sociedad española y la edad en que vive
el poeta se hallan en la leyenda indirectamente retratadas *.
Cualquiera que sea el punto de vista en que nos coloquemos,
si la crítica ha de ser tan imparcial como aparenta y tan filosófica y
trascendental como pretende en nuestros dias, habrá de reconocer
en la Yida de Santa Maria Egipciaqna todos los gérmenes poé-
ticos que más adelante debian lograr completo desarrollo en el
parnaso español, imprimiendo á nuestra poesía y literatura ese
carácter especial que la distingue en todas sus edades y que cons-
tituye en manos del gran poeta dramático del siglo XYII el ras-
go principal de su original existencia. Exigir á este y á los dos
poemas arriba analizados, que hubieron de. ser compuestos en la
primera mitad del siglo XII % mayor perfección respecto de las
\ No sólo como prueba de esta observación, sino como dato histórico,
para fijar la época en que el poema hubo de componerse, es digna de notarse
la descripción del traje de Maria que dejamos trascrita. Sobre mostrarse desde
el primer rasgo que faltaba á la costumbre general, vistiendo en los dias no
festivos paños de seda y oro, cosa que producirla notable escándalo en oyen-
tes sobrios y morigerados, dadas las costumbres nacionales, se asegura que
llevaba brial de xamet (xamyt) y manto de armiño (erminyo), prendas á la
verdad muy propias del traje castellano en el siglo XII. — Ponderándose en
el Poema del Cid las riquezas allegadas en Valencia por este caudillo, se dice
que su palacio brillaba con
2217. Tanta pórpola et taato xamet é tauto panno preciado.
Pintándose después en las cortes de Toledo al poderoso Asur González,
patrocinador de los infantes de Carrion, se añade que apareció en ellas
33$G. Manto arioino | é un brial rastrando.
El autor de la leyenda que analizamos, vistió pues ala pecadora de Egipto
como una rica-hembra de Castilla en el expresado siglo, asegurando á los
oyentes que
Nin reyna nin condesa | non vieste tal como esta.
2 Grande fué nuestra admiración cuando después del estudio que dejamos
hecho sobre estos poemas, leimos en la Historia de la literatura española del
erudito Mr. George Ticknor «que siendo en ellos las faltas de ortografía y de
nesúlo más frecuentes que en el Lihro de Apollonio (poema que en su lugar
40 mSTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
formas oxtoriores, equivaldría sin duda íi pedir á la encina (iiio
diese sombra al brotar eu el valle, por mis que dotándola de lar-
«examinaremos), infería que son más modernosn, mencionándolos por tan lo
en el orden fortuito que guardan en el códice escurialense; y no fué menor
nuestra sorpresa al verle añadir estas palabras: «Alómenos los Fabliaux
MÍranceses á que imitan, no fueron conocidos en España hasta un tiempo
«posterior a la fecha en que se colocad Libro de Apollonion (Pñmera época,
cap. II). Ante todo conviene advertir que el argumento del sabio Ticknor es
contraproducente: si el estilo es dote característica de cada escritor, cual ma-
nera especial de concebir y de expresarse; si únicamente llega á formarse, en
la acepción más general, á fuerza de trabajo y con el trascurso del tiempo,
principalmente en lenguas que como la castellana se hallaban tan cerca do
su cuna, y si no puede menos de reconocerse desde luego que son más fre-
cuentes en los poemas de que tratamos, que en el de ApoUonio, compuesto
eu la primera mitad del siglo XHI, las llamadas faltas de estilo y aun de or-
íografla, cuando todos tres monumentos fueron trasladados por un mismo
copista en el códice del Escorial, ¿cómo es posible deducir de estas premi-
sas que son más modernos?... Lo que lógica y naturalmente debió deducirse
es que hubieron de preceder al Libro de ApoUonio tal vez en más de un si-
glo, como lo pe'rsuade también el estudio de las formas artísticas de unos y
otros monumentos, ya por nosotros oportunamente realizado (Véase la Ilus-
tración III del tomo II). Pero en el empeño peregrino de traernos de Francia
y declarar imitaciones de los fabliaux estos primeros cantos religiosos de la
musa castellana, empeño que sin mayor razón se ha generalizado respecto
de otros monumentos, no reparó el entendido Ticknor en que incurría en
lamentable contradicción, menospreciando, tal vez á sabiendas, los fueros de
la razón y de la crítica. Su egemplo ha movido sin embargo al docto conde
Th. de Puymaigre á colocar estas obras tras el examen del Poema de Apo-
Uonio, en su interesante libro de Les Vieux Auteurs CaslUlans (tomo I, capí-
tulo YI), esforzándose, y no sin arte, en reconocer la misma influencia gali-
cana; si bien no desconociendo la antigüedad del Libro de Santa María, cuyo
lenguaje compara con el del Poema del Cid. El conde opina en este punto
«que las muchas voces de inmediato origen latino en que abunda el poema,
«indican casi siempre que provinieron, no directamente del latín, sino de los
«idiomas que en Francia se derivaron de esta lengua» {Loco cilato, pág. 2G9).
La indicación, no justificada de Ticknor, no ha podido, en verdad, ir más le-
jos en tan poco tiempo; pero la semejanza de una ó más voces, tratándose
de lenguas nacidas de un mismo tronco y tan cercanas á su cuna, nada ó
muy poco puede probar en pro de la conclusión que de estas premisas se de-
duce, sin que por esto cerremos nosotros el camino á toda influencia legítima
y racional en cuanto puede esta ejercerse naturalmente (Véase la Ilustra-
ción 11 del lomo II). «La leyonda de Sania Maria Egipciaca olduvo gran
II. PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 41
ga vida, la hubiera destinado la Providencia á cobijar con sus se-
culares ramas pueblos enteros.
Hcelebridad en la edad media: su vida fué escrita en el siglo XI en versos
«latinos por el obispo Hildeberto; Ruteboeuf trató poco después el mismo
»asunto en lengua francesa»: no negamos estos hechos; pero de aquí no se
deduce que el poeta español copiara al francés, ni que esta leyenda necesi-
tara semejante itinerario para venir á España. Patrimonio de la literatura
latino-eclesiástica, tan rica en nuestro suelo como hemos probado en los es-
tudios anteriores, al tomar plaza en el aprecio de la muchedumbre semidocta,
para bajar á la muchedumbre iliterata, encarnó profundamente en las creen-
cias populares, y hermanándose con ellas, se connaturalizó en nuestro sue-
lo, reflejando la vida entera del pueblo español en las esferas, á que pudo
llevar su acción inmediata. Esto reconoció sin duda respecto de la lengua el
perspicuo Mr. Dozy, quien no vacila en apuntar que existen en la leyenda
de Santa Maña «tantas palabras antiguas, que podría muy bien ser anterior
))al Poema del Cid)) {Recherches, tomo I, pág. 629), opinión aceptable bajo
diferentes aspectos, como se convence de cuantas observaciones llevamos he-
chas: esto se comprueba sin duda respecto de la antigüedad del Poema, de-
más de lo notado en orden á las costumbres, con una observación de no escasa
importancia, atendida la constante inclinación de los antiguos cantores á
reflejar indeliberadamente en sus obras todo cuanto los rodea. Al pintarse en
efecto la belleza y el inmoderado lujo de Maria Egipciaca, después de darnos
á conocer la riqueza de su traje, superior al de una condesa y aun al de una
reina, se añade que
Tanto era buena fablador ] et tanto auíe el cuerpo genQor
Que un fijo de Emperador | la prendrie por uxor.
Ahora bien: cuando todas las comparaciones se toman de la vida real, y
cuando este símil se halla tan distante del asunto de la leyenda, claro es
que debia referirse, para ser generalmente comprendido, á algún aconteci-
miento reciente, á algún hecho de actualidad en armonía con las nociones
umversalmente recibidas por el pueblo. Dos príncipes habían tomado en efec-
to el título de emperadores en Castilla antes de mediar el siglo XII: Alfonso
YI, según nos lo enseñan el monje de Silos y la Gesta Roderici Catnpidocti
(véase el cap. XIII de la I.^ Parte), y Alfonso Vil, como acreditan numerosos
documentos. Á la magnificencia, al fausto de la corte de uno ú otro soberano
pudo pues referirse, y se refirió sin duda, esta alusión expresiva y palpitante
del poema , que halagando en cierto modo el espíritu de nacionalidad con tan
lisonjera hipérbole, ponía de manifiesto la época en que hubo de formularse la
tradición, de que hablamos, en el habla y suelo de Castilla. Y de que fué es-
crita en esta comarca no queda duda cuando leemos, al acabar el retrato de
María;
■VjsLíe un panyo d'Alexaiidría; ] en mano lien una calandria:
42 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Justificarán sin duda estas observaciones el empeño, con que
hemos atendido á examinar las primicias de la poesía escrita bajo
su manifestación religiosa, pareciéndonos tanto más loable el re-
ferido propósito cnanto que cualquiera que sea el estado en que
han venido á. nuestros dias ', debieron ser y fueron estas pro-
En esta tierra se dis trigutra; | non 3y auc tan cantadcra.
Triguera conlinúa siendo en Castilla la Vieja el nombre de la calandria.
Ni es por último de menor interés la alusión que pareció hacer Gonzalo de
Berceo á esta peregrina leyenda, cuando en la \ida de Santo Domingo, dijo:
María la Egypciaca, ] pecalriz sin mesuro.
Moni raucbo en yermo | logar de grnn presura;
Redimió sus pecados, | sofriendo vida dura:
Qui TÍTe en tal vida | es de buena ventura-
Si, como sospechamos, se refiere en efecto á la Vida de Santa Maria, que
hemos analizado, debia ser esta generalmente conocida en su tiempo. Así
pues todo contribuye á robustecer la opinión apuntada respecto de la anti-
güedad de este poema, siendo abundantes las pruebas morales que nos mue-
ven á sostenerla, á falta de otras más positivas.
1 Ya hemos manifestado la forma, en que se halla escrito el poema de los
Reyes Magos de la Biblioteca Toletana (pág. 17) y la en que aparecen en el
Códice Escurialense las otras dos producciones, publicadas por el señor Pidal
en 1841 (pág. 20). Oportuno juzgamos añadir aquí que no estamos confor-
mes con la opinión de este docto escritor respecto de la antigüedad del citado
Ms. Suponiendo Rodríguez de Castro con escaso criterio que el Libro de Apo-
llonio, la Vida de Santa Maria, y el Libro de los Reys d' Oriente eran parlo de
un mismo ingenio, y apareciendo el códice escrito en el siglo XIII, dedujo que
«su autor pudo ser coetáneo del anónimo que escribió el Poema del Cid ó muy
Mpoco posterior á él» {Dib. Esp., tomo II, pag. 504). Repugnando justamen-
te al señor Pidal la comparación del Libro de Apollonio con el Poema del héroe
de Vivar, negó la antigüedad del códice, para aumentar así la distancia que
los separaba (pág. 2 del pról.). Mas bien pudo advertir que aun siendo escri-
to, como lo fué en realidad el códice de que tratamos, dentro del siglo XIII,
ni autorizaba este hecho la deducción errónea de Castro, ni menos su negativa,
pues que solamente da motivo para creer que fueron recogidos y copiados los
tres poemas por un sólo pendolista: el de Apollonio á poco tiempo de compo-
nerse; los dos siguientes cuando llevaban ya largos años de existencia y se
hallaban acaso expuestos á caer en completo olvido, como sucedió sin duda
con otros muchos del mismo género. Así vemos que mientras en el Libro de
Apollonio hay más cultura respecto del arte y más unidad de lenguaje, son
los otros poemas más toscos y desaliñados, alternando en ellos las voces, ya
entonces anticuadas, con las nuevamente admitidas; circunstancia que convic-
II. PARTE, CAP. I. PRÍM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 43
ducciones el vehículo y senda, por donde se comunicaron á los
discretos ó semidoctos las formas artísticas de la poesía latino-
eclesiástica y descendieron á la muchedumbre las tradiciones pia-
dosas de la Iglesia. Téngase muy en cuenta para comprender el
ulterior desarrollo de la poesía vulgar ya escrita: en estos poe-
mas, donde alcanza la tradición oral fuerza prodigiosa, donde
triunfa la actualidad, con extraordinario vigor, de lo pasado, se
invoca ya la autoridad de la tradición docta, aspirando el poeta á
rodear de cierta aureola los misterios ó las maravillas que revela
al pueblo de las plazas y mercados, á quien dirige la recitación de
sus cantares *. La musa de la religión y de la fé que habia salido
de las basílicas para solemnizar en el campamento las victorias
logradas sobre la morisma por los ejércitos de la cruz; que habia
santificado los himnos guerreros, expresión viva de aquellos triun-
fos, cuando aun no habia llegado á escribirse el habla castella-
na 2, aprovechando ahora para sí y haciendo suya la erudición de
ne tener muy presente tanto en estas producciones como en todas las de la
edad media, pues no sólo eran adulteradas respecto de la lengua las obras
del ingenio por la ignorancia de los copistas, sino que llegan momentos en
que apenas pueden conocerlas los propios autores, desfiguradas en todas sus
partes y trastocadas por entero, según tendremos ocasión de comprobar ade-
lante con sus mismas palabras.
i En el libro de los Reys (TOrient se dice por egemplo: uAsi lo dice el es-
ncripto: en la Vida de Santa Maria:» El su nombre es en escripia; commo dice la
escriptura, etc. Respecto de la publicidad de estos poemas y de la extructura
de la narración, punto no despreciable en la historia de las formas, conviene
notar que el poeta no pierde jamás de vista á los oyentes, dirigiéndoles la pa-
labra siempre que varia la situación ó pasa de un objeto á otro. Así comien-
za reclamando la atención pública con este apostrofe: Oyt varones, etc., y
continúa, después de parecer ya seguro de la benevolencia de los oyentes:
Quiérovos contar; contarvos hé; agora oyt* agora comienga, etc.; contar vase;
nunqua viestes; sabet que, etc., concluyendo con cierta manera de admonición
para que todos se enmienden de sus pecados, la cual termina con estas pa-
labras:
Todo eme que ouiere sen, ] y responda et diga amen.
Dignos son pues de tenerse muy en cuenta estos medios de manifestación,
cuyo desarrollo estudiaremos en las producciones sucesivas de la poesía cas-
tellana, bien que sean comunes á todas las neo-latinas,
2 Véase el cap. XIV de la I.* Parle.
44 HISTORIA CldlICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la Iglesia, partia pues de este principio inagotable de vitalidad,
preludiando ya desde su cuna la imiiorlanle y hasta hoy no bien
estudiada trasformacion que debia experimentar á fines del mismo
siglo XII ó principios del XIII.
Atenta á intereses de no menor estima, procuraba entre tanto
la naciente poesía castellana consignar las altas proezas de los hé-
roes, trasmitiéndolas á la posteridad por idénticos medios. Dis-
tintas eran sin embargo las fuentes inmediatas en que se inspi-
raba, dándole la vida real abundante materia é incentivo, como lo
habia dado á la poesía latino-popular, que iba ya siendo exclusivo
patrimonio de los doctos '. Mas los héroes y caudillos celebrados
por la multitud, no solamente debian aparecer grandes por las
hazañas que los hacían superiores á los demás hombres: crecien-
do en la imaginación del pueblo sus varoniles figuras hasta el
punto de erigirse en colosos, tomaban también inusitadas propor-
ciones las empresas por ellos acometidas; empresas que subordi-
nadas al cabo al deseo y la creencia universal, venian á ser, no
ya preclaro egemplo de personal valor ó de abnegación patriótica,
sino protesta enérgica y eficaz contra todo aquello que ofendía
levemente ó vulneraba en reahdad el noble sentimiento de la in-
dependencia.
Semejante protesta, propia sin duda de todas las naciona-
lidades en análogas circunstancias, convertía á cada uno de ios
héroes en una personificación viva de aquel mismo sentimiento;
y si durante su existencia se llevaron tras sí, con la bravura
de su corazón y el esfuerzo de su brazo, la admiración y el res-
peto de las gentes, al bajar al sepulcro, complacíanse grandes y
pequeños en adherir á su memoria todo lo más noble, elevado y
generoso, levantándolos á una verdadera apoteosis. Fenómeno
moral y político es este, que se opera desde los primeros paladi-
nes, cantados por la musa guerrera de Castilla: Bernardo del
Carpió, bastardo de una infanta de Asturias y de un conde de Sal-
daña, intrépido caudillo cuyas maravillosas proezas han puesto en
duda su existencia, levantado por el amor y la admiración uni-
versal á la esfera superior de los héroes, no solamente es enno-
1 Id. id.
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 45
blecido hasta el punto de traer su origen del mismo tronco que el
emperador Cárlo-Magno *, sino que elegido por el pueblo español
para vindicar la patria de la injuria que le causa la debilidad, con
que pareció admitir por un momento Alfonso, el Casto, la supre-
macía del Imperio, exterminaba en las gargantas del Pirineo los
ejércitos franceses, sostenedores de aquella demanda, y daba
muerte por su propia mano al más valeroso de los Doce Pares ^ .
i La Crónica General, debida al Rey Sabio, dice con este propósito: «Et
Malgunos dizen en sus cantares de gesta que fue este don Bernaldo fijo de do-
»ña Tíber, hermana de don Carlos, el Grande de Francia: ct que vino aquella
wdoña Tíber en romería a Sant-Iag-o; et de su tornada que la convidó el conde
))don Sandias de Saldaña et que la lievó consigo para su logare et ouo allí
))Con ella su fabra et ella otorgol quanto quiso, et ouo estonce este fijo della»
(III.* Parte, fól. 30, v. cap. I, ed. de Valladolid, 1604).
2 A tal punto llegan en efecto las tradiciones populares, no pudiendo ser
más enérgica la protesta del sentimiento nacional contra la pretendida supre-
macía del Imperio de Cárlo-Magno, que dá al cabo por resultado en la penín-
sula la creación de otro Imperio en los reyes don Alfonso el YI y su nieto el
YII, según saben ya los lectores. Después tendremos ocasión de notar cómo
este mismo sentimiento recibe nueva vida respecto de otra invasión más posi-
tiva, personificándose en el hijo de Diego Lainez: el sobrino de Alfonso el
Casto llegaba á ser objeto predilecto de la musa popular mucho antes del si-
glo XIII, siendo por tanto muy racional que precediendo su fama á la de Ro-
drigo Diaz, se ejercitase aquella antes en su elogio. Así, demás de la termi-
nante declaración ya citada que hace el Rey Sabio, en orden á los cantares
que se referían al nacimiento de Bernardo del Carpió, hallamos en la misma
Estoria de Espanna mencionadas las empresas, atribuidas á Cárlo-Magno, las
cuales preparan las grandes hazañas del hijo de don Sancho Diaz en las gar-
gantas del Pirineo, y tratándose de sus proezas y destierro, se vuelven á ci-
tar los cantares de gesta, lo cual se repite hasta tres veces más en lo relativo
ásu vida {Cron. Gen., edición de 1585, fól. 237, cois, i.^ y 2.^). Es por tan-
to posible, conocidos estos datos y los que el arzobispo don Rodrigo nos ofre-
ce en su Historia gothica {De Rebiis Hisp., lib. IV, caps. IX y X), determinar
en cierta manera no solamente la materia, sino también la extensión que hu-
bieron de tener estos primitivos cantos populares de Bernardo del Carpió. Abar-
cando toda su vida, le pintaban pues (y de ellos pasó esta pintura á los cro-
nistas) superior á todos en estatura, rostro, facundia, ingenio, consejo y pe-
ricia (statura, vultu, eloquío, ingenio et consílio et etiam armis fere ómnibus
praeminebat) (don Rodrigo, ut supra): al vacilar don Alfonso, el Casto, respecto
de la obediencia al Imperio, le presentaban, animándole con noble patriotis-
mo á rechazar todo yugo, queriendo antes morir que reconocer la servidum-
46 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
FtM'iian fionzalez, íi quien las crónicas latinas retratan como un
brc francesa (malehal enim mori quam in francorum dcgere scrviluto): resuel-
to el rey de Asturias á rechazar con las armas las pretensiones de Carlo-Mag-
no, Bernardo capitanea el ejército español, y en la famosa batalla de Ronces-
valles (Hospila-vall¡s)«ipse in strage primorum semper astitit Adefonso». He
ariui pues la materia poética que sirvió sin duda de fundamento a los canta-
res de Bernardo del Carpió: al tratar de los del Cid, y principalmente déla mal
llamada Crónica rimada, notaremos las analogías que existen entre uno y otro
héroe, siendo ambos esencialmente populares.
La hazaña de Roncesvalles, tan encomiada en los cantares castellanos y en
las crónicas del siglo XIII, quede ellos se alimentan, animaba al propio
tiempo la musa nacional en otros confines de la Península Ibérica, é inspiraba
notables ecos de dolor á los poetas que florecen allende el Pirineo. Nadie des-
conoce ya la famosa Chanson de Roland, casi contemporánea del Poema del
Cid, según con notable perspicuidad ha notado un diligente crítico de nues-
tros dias (Damas-IIinard, Introd. al Poema del Cid, pag. xxiu); pero no es tan
conocido, y por cierto lo merece tal vez más por su ingenuidad enérgica y
por su rara originalidad, el canto felizmente trasmitido á nuestros dias con
título de Altabiscarren canta (canto de Allabiscar), compuesto en el antiguo
idioma éuscaro y restaurado , con tanto esmero como inteligencia de su idio-
ma nativo, por el escritor vizcaíno don José Maria Goizueta. Traducido á
lengua castellana por el mismo, si bien ha perdido alguna parte de su primi-
tiva rudeza y energía, basta para revelar con toda su fuerza el noble espíritu
de independencia que se levanta así en las montañas vascas como en las as-
turianas, al rumor de la invasión franca, y que como acabamos de indicar
toma cuerpo en la tradición hasta perpetuarse en los cantos populares de
Castilla. Oigamos el Canto de Allabiscar:
«Un grito penetrante ha despertado los ecos de la montaña vascongada. El
»Echcco-jauna * en pié á la puerta de su casa, presta atento oído á este grito.
«¿Quién vá? exclama, ¿quién me llama?
))Y el perro que dormía á los pies de su amo, se despierta con sobresalto,
»y sus ladridos resuenan en las inmediaciones de Altabiscar.
))Un confuso rumor se levanta del valle de Ibaneti; viene rodando, rodan-
»do, acercándose, y chocando á derecha é izquierda en las cavidades de las
Mrocas.
))Es el murmullo, el rebramido Jcjano todavía, de un grande ejército que
uavanza.
mLos nuestros contestan tañendo en las cumbres de las montañas las bocí-
Mnas atronadoras. El Echeco jauna afila sus azagayas y sus dardos.
MjYa llegan! ¡ya llegan! Innumerables, como las hojas de nuestros bosques.
I l{(lieco-jaiiiia, jefe dula (¡imil'i».
II.* PARTE, CAP. I. PRIM. MON. ESC, DE LA POES. CAST. Al
magnate mal avenido con la autoridad real, bien que domeñado
))¡Qué masa de lanzas! ¡Qué de pendones y banderas de abigarrados colores
Hondean sobre los brillantes cascos!...
^¿Cuántos son? Cuéntalos bien, niño.
— ((Yo veo uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, doce, quince, veinte, treinta,
Mciento y muchos miles aun: es imposible contarlos.»
— «Unamos nuestros robustos brazos; arranquemos de cuajo estos peñas -
Mcos; lancémoslos por la rápida pendiente de la montaña; que rueden sobre
• Msus cabezas.
«Aplastemos, matemos al enemigo por cientos de millares. ¿Qué vienen á
«buscar en. nuestras montañas estos hombres del Norte con sus luengas vestes
»y rubias cabelleras? ¿Por qué turban nuestro sosiego y nuestra paz?
«Cuando el oso de nuestras montañas ataca la colmena solitaria, la abeja
«que queda guardándola, clava su aguijón en el lanudo cuerpo de la fiera, y
«muere peleando y defendiendo su morada. Muramos también, si es preciso.
«Las montañas son las barreras naturales que Dios plantó, para que los
«hombres no las rebasasen jamás.»
«Así habló el Echeco-jauna.
«Los peñascos ruedan dando tumbos y aplastan centenares de guerreros: las
«armaduras saltan en menudos pedazos; las carnes palpitan hechas trizas; los
«huesos crujen pulverizándose; la sangre corre á torrentes.
«Mientras tanto Roldan lleva á sus labios el olifante y le hace sonar con to-
«das sus fuerzas. Las montañas son elevadas; pero sobre ellas se eleva la voz
«del ebúrneo olifante; se prolonga y rueda de eco en eco.
«Kárlos y sus condes lo han oido.
— «¡Ah! dijo el rey del Norte: nuestras gentes batallan.» Pero Canelón se
apresura á contestar: «Eso no es nada.» A cualquiera otro que hubiese oido
tal cosa, se le tendría por mentiroso.
»Roldan, en tanto, con gran pena, con gran dolor, prosigue tañendo sin ce-
«sar el olifante. La sangre sale á borbotones por la boquilla del instrumento.
«El cráneo del franco está hendido, y á través de su hendidura se ven pal-
«pitar los sesos. Y el ruido de su bocina resuena á lo lejos.
— «¡Ah! vuelve á exclamar el rey: yo oigo la bocina de Roldan. No la ta-
«ñeria él, si no estuviese en grande apuro.»
«Pero Canelón dice: «No hay semejante batalla. Conocéis demasiado el or-
«guUo de vuestro sobrino. Al presente está echando bravatas al frente de sus
«pares. Caminemos: ¿por qué detenernos? Nuestro pais está lejos aun.»
«La sangre corre con más abundancia que antes de las anchas heridas de
«Roldan. Sin embargo, hace el último esfuerzo, y su bocina resuena coa más
«fuerza que nunca.
«Kárlos lo oye por tercera vez, y con él los demás francos.
— «¡Ah! torna á exclamar el rey: ahora sí que jararia por Dios_vivo que mi
48 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA550LA.
por las armas leonesas ' , es considerado por la poesía cual sím-
bolo de la libertad y de la independencia de Castilla y modelo de
piedad cristiana, vé pelear bajo sus banderas á los mismos santos
para terror de la morisma. Fernando I, el Magno, á quien no
perdona la historia ni el despojo de sus hermanos, ni la división
de los reinos entre sus hijos, despierta el entusiasmo de la musa
castellana, por haber erigido aquel Estado en centro de la naciona-
lidad española, rechazando al par las pretensiones de Enrique II y
del pontífice Urbano. Y finalmente Rodrigo Diaz de Vivar, á quien
pintan los historiadores arábigos como un .hombre feroz y cruel,
es saludado con los nombres de libertador de la patria, defensor
y amparador de la cristiandad, revistiéndole el sentimiento poé-
«sobrino batalla. Volvamos: llamad y reunid vuestras banderas y pendones:
«vamos á socorrer á nuestras gentes que están en peligro.»
«Kárlos hace tañer las trompetas: los francos se cubren con sus armaduras;
«vuelven á bajar al valle á pesar de los erizados picos, de la oscura noche, de
))las gargantas profundas y lóbregas, de los impetuosos torrentes.
))El rey Kárlos cavalga á gran priesa: su blanca barba flota sobre una ar-
«madura brillante: llega al campo de batalla... pero llega tarde.
»¡Huid, huid los que aun tengáis fuerzas y un caballo para ello! ¡Huye, rey
»Kárlo-Magno, con tu capa roja y tu penacho negro!
»Tu sobrino querido, la flor de tus guerreros y barones yace tendida en el
«montón de allá abajo: de nada les ha servido su valor.
— «Y ahora euskaros, exclama el Echeco-jauna, dejemos las rocas; baje-
nmos, como un alud al valle, lanzando dardos contra los fugitivos.
«¡Ya huyen! ¡ya huyen! ¿Dónde está la masa de sus lanzas? ¿Dónde sus
«pendones y banderas abigarradas que flotaban sobre sus cascos?
«Sus armas ensangrentadas no brillan ya á los rayos del sol. ¿Cuántos son
«ahora, niño? Cuéntalos bien.
— «Veinte, diez y nueve, quince, diez, tres, dos, uno... no: no queda nin-
vguno: todos están tendidos: todos muertos. Todo se acabó.»
— «¡Echeco-jauna! ya puedes retirarte con tu perro. Vete á abrazar á tu es-
«posa y á tus pequeñuelos.
«Limpia tus darlos; forma un haz con ellos y la bociwa de guerra, y coló-
«calos bajo la almohada de tu lecho; tu cabeza puede reposar tranquila.
«Las águilas vendrán á disputar á los lobos esas carnes magulladas, y todas
«esas osamentas blanquearán el valle, durante muchos siglos.
»Duerme, Echeco-jauna, duerme tranquilo. El perro morirá de viejo antes
«que con sus la iridos te dé la alarma segunda vez.»
1 Véase el cap. XIII d.- la 1.=' Parte.
II. PARTE, CAP. I. PRIM. MOIS. ESC. DE LA POES. CAST. 49
tico de todos los afectos populares, y presentándole como perso-
nificación magnífica de la doble protesta de la nación entera con-
tra la invasión política y religiosa, de que fué víctima en su
tiempo. Tan viva, tan enérgica y espontánea era en las obras del
arte la manifestación del espíritu noble y belicoso de aquel pue-
blo, que empeñado en larga y dudosa lucha para restaurar su
independencia, no podia consentir sombra alguna de extraña do-
minación, cualquiera que fuese el pretexto ó la legitimidad de su
origen!...
Doloroso es por cierto que duerman todavía en el olvido ó ha-
yan desaparecido para siempre la mayor parte de estos peregri-
nos poemas, no quedando sin duda vestigio alguno de ellos, si los
antiguos cronistas, obedeciendo las leyes de la historia, no los
hubieran puesto en contribución para tejer sus crédulas y pinto-
rescas narraciones ^ Pero si en orden á Bernardo del Carpió y
i Acabamos de ver cómo la Crónica General (la Estoria de Espanna) dá
razón de los cawíflres que se referían á las proezas de Bernardo del Carpió,
aludiendo al origen que esos cantos guerreros le señalaron, y dando á cono-
cer las principales proezas que le atribuían. No es menos importante la noti-
cia que debemos á la curiosísima Crónica de Once Reyes, tejida sobre diversos
poemas, respecto del consagrado á celebrar el glorioso reinado de Fernando I.
Narrando la muerte de este soberano, después de explicar la partición que hi-
zo de los reinos conforme al testimonio del arzobispo don Rodrigo, don Lúeas
de Tuy y Pero Marcos, observa: «Et como quier que esta sea la verdad ques-
))tos onrados omes dizen, fallamos en otros logares en el Cantar que dizen del
)) Rey don Fernando, que en Castil de Cabezón, yaciendo él doliente partió los
»regnos asi como dixiemos et non dio estonce nada á su fija doña Urraca»
(Bibl. Nacional, cód. F 133, ful. 121, v. col. 2). Obsérvese que se emplea ya
la frase fallamos en otros logares en el Cantar, etc., en vez de cuentan los yo-
glares', algunos dizen en sos cantares de gesta, etc.: lo cual nos advierte de
que el Cantar del Rey don Fernando estaba escrito. Pero precedió á los poe-
mas ó cantares del Cid?... Cuestión es esta que sólo puede resolverse por in-
ducción de una manera afirmativa, teniendo presente la celebridad que die-
ron al rey don Fernando sus grandes conquistas, haciéndole señor de toda
España, y no olvidando que aun en uno de los poemas relativos al Cid sé le
tributan no pequeños elogios. A la verdad, no siendo creíble en modo alguno
que antes de dichos monumentos poéticos dejaran de existir otros cantos na-
cionales en lengua vulgar, según ya hemos indicado varias veces, no halla-
mos grande dificultad en admitir, y antes es muy natural y consecuente, que
TOMO III. 4
50 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
del primer Fernando sólo nos es dado vislumbrar el valor y la
significación de estos cantares por el testimonio de los cronistas,
al cual se junta el de los romances, que vienen en siglos poste-
riores á refrescar la tradición heroica, — más afortunados tocante
á Rodrigo Diaz de Vivar y á Fernán González, podemos hoy
apreciar dignamente todo lo que el pueblo castellano creyó y sin-
tió respecto de ambos héroes, si bien hay notabilísima diferencia
entre los monumentos que auno y otro corresponden. Los poemas
que celebran al Cid, perteneciendo á esta primera edad de la poe-
sía escrita, revelan aquel primer impulso del sentimiento patrió-
tico, descubriendo al propio tiempo con admirable candor las con-
diciones de existencia y los medios externos, de que era dado dis-
poner al arle, cercano todavia á su cuna: los monumentos relati-
vos á Fernán González, fruto de más adelantadas époóas, son ya
una derivación lejana de aquellas primitivas tradiciones, y dan en
sus formas claro testimonio de las diferentes conquistas que ha-
bía hecho la poesía castellana, cuando se escriben.
Fijemos pues la vista en los poemas que teniendo por norte las
inauditas proezas de Rodrigo, el Castellano, nos llevan á consi-
derar la poesía vulgar española del siglo XII bajo su aspecto esen-
cialmente heroico; trabajo á que consagraremos todas nuestras
fuerzas, recordando con un sapientísimo varón que es más digna
de cuidado «la planta que comienza á salir del suelo con extra-
nordinario brio, aunque sea una hojica sola, que la que ya se vá
«secando, aunque esté cargada de hojas» ^
la musa guerrera de Castilla celebrase los reyes y caudillos dignos de fama,
en poemas más ó menos extensos, bien que fijados ya por la cscriturA. Lo
sensible para nosotros, lo doloroso para la historia de las letras es que no se
hayan descubierto aun ó hayan perecido á manos de la incuria ó de la igno-
rancia, quedándonos sólo esas no sospechosas referencias de los primitivos
cronistas.
1 Pablo de Céspedes, Discurso sobre la antigua y moderna pintura y es-
cultura.
CAPITULO 11.
PRIMEROS mmmím escritos de la poesía castellana.
Poemas heroicos. — Héroe de los mismos.— Ruy Diaz de Vivar.— Causas de
su exaltación poética. — Estado político de Castilla á fines del siglo XI. —
Los monjes de Gluny y la curia romana. — Introducción del rito galicano
en la Península.— Alianzas domésticas de Alfonso VI. — Tentativas para
establecer en Castilla el feudalismo extranjero. — Protesta del sentimiento
nacional. — Personificación de esta protesta.— El Cid poético. — Épocas de
su vida. — La Crónica ó Leyenda de las Mocedades de Rodrigo.— Juicio y
análisis de la misma. — Su significación tradicional, en orden á las creen-
cias y sentimientos populares. — Su valor literario. — Sus formas artísti-
cas.— Resumen.
Van á cumplirse ocho siglos que oye España con entusiasmo el
glorioso nombre de un caudillo, invocado por los guerreros como
nuncio de victoria, por los patricios como símbolo de libertad,
por los caballeros como espejo de hidalguía, y pronunciado por
todos con solemne admiración y respeto. Aun en los dias de tri-
bulación y de conflicto, cuando peligra la independencia de la
patria, llena ese venerando nombre en himnos marciales los es-
pacios, levantando los corazones á la esfera del heroísmo y des-
pertando al par la ingénita bravura de los castellanos: aun en los
dias del triunfo resuena ese nombre en todos los ámbitos de la
Península Ibérica, presidiendo, por decirlo así, á todas las fiestas
52 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nacionales, y sirviendo de protectora sombra A los regocijos pú-
blicos. El héroe es Rodrigo Diaz de Vivar: el nombre, cuyo
poder misterioso alcanza á lodos los pechos españoles, es el de
Cid, titulo conquistado con el precio de inauditas hazañas y jus-
tificado con el brillaulc laurel de cien victorias ^
Colocado mira el pueblo español á este héroe en los confines
de la tradición y de la historia, iluminando lo pasado, infundien-
do nueva vida á lo presente y fecundando lo porvenir con los ma-
ravillosos gérmenes de sus proezas. Su nombre pertenece igual-
mente á la historia religiosa, á la política, á la civil y á la litera-
ria: su gloria es la gloria del pueblo ibero. Azote y exterminio de
la morisma, ensancha con el hierro de su lanza el territorio cas-
tellano; representante délos fueros y libertades, defiende con vi-
goroso aliento las inmunidades patrias; terrible con el fuerte y
blando con el menesteroso, exaltan sus peregrinas hazañas el en-
tusiasmo de grandes y pequeños, sirviendo de indestructible base
á las costumbres heroicas de nuestros mayores y reflejando po-
derosamente las creencias y los sentimientos de aquellos hombres ^
que hablan levantado sus estandartes para derribar los odiados
pendones del islamismo.
La poesía que hemos visto nacer en brazos de la admiración
de gloriosos hechos y que alienta al grito de libertad, acude tam-
bién á, inspirarse en tan ricos veneros, derramándose después en
copiosos é inagotables raudales, para fecundar el heroísmo de
cien generaciones ^. Y no solamente es el nombre del Cid mági-
i Ruy Diaz de Vivar no es sólo invocado, como numen tutelar de la in-
dependencia, en la Península Ibérica: en los remotos confines del Nuevo Mun-
do, adonde llevaron nuestros padres su religión, su lengua y sus costum-
bres, se escucha también el nombre del Cid en medio de los cantos marciales,
inflamando los pechos hispauo-americanos el recuerdo de tan glorioso cau-
dillo.
2 Aludimos más principalmente al precioso y rico Romancero del Cid, cuya
compilación forma la historia completa del héroe. De esta fuente tradicional,
enriquecida notablemente por los poetas populares y aun eruditos del siglo
XVI, proceden las inspiraciones dramáticas que enaltecen la musa de Juan
de la Cueva, Diamante y Guillen de Castro, según en momentos oportunos la-
tamente observaremos.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 53
co talismán para la poesía castellana, que en todas sus edades
le idealiza y le aclama, y que le presenta grande y magnánimo
bajo todas sus manifestaciones artísticas: las proezas del primer
héroe de España encuentran . en el primer genio dramático de
Francia un cantor entusiasta, que inspirado en el fuego de su pa-
triotismo, ilumina la literatura de aquel pueblo con la radiante
luz de Zamora y de Santa Gadea ' . La gloria de Rodrigo basta
sola para alimentar desde su cuna el arte español en las regiones
más elevadas del heroísmo, y para sacar de su abatimiento y ru-
deza al arte de Corneille. Ningún héroe, por grande y celebrado
que sea, goza de tan extraordinario privilegio, porque ninguno
llega á personificar con tanta fuerza la civilización del pueblo que
le dá vida, excitando tan enérgica y poderosamente la admira-
ción de extrañas naciones.
Mas ¿cuál es la causa de esa veneración profunda, respecto de
un personaje, cuya existencia han osado poner en duda no des-
preciables historiadores?... ¿€uál es el lazo secreto y misterioso,
que uniendo tan íntimamente en la religión y en la política, en
la historia y en el arte á héroe y pueblo, ha venido á formar una
sola entidad, no siendp hoy posible comprender al pueblo caste-
llano, sin el debelador de Valencia?... Ya lo dejamos indicado en
el capítulo precedente: mientras los cronistas latinos, fuera de
la Gesta Roderici, en lugar propio examinada, apenas dan ra-
1 No solamente adoptó el gran Corneille la magnífica figura del Cid para
dar vida al teatro francés: desde 1637 á 1639 aparecieron tres obras dramáti-
cas, debidas á Desfontaines, Chevreau y Chillac, con la pretensión de com-
pletar aquella sublime creación, según oportunamente observa Mr. Adolfo
de Puibusque en el capítulo IV del tomo II de su Historia comparada de las
literaturas francesa y española. Los títulos de estas producciones fueron: La
suite du Cid, La vrai suite du Cid y La Mort du Cid ou l'ombre du comíe de
Gormas. — Las proezas de Ruy Diaz inflamaron asimismo la musa de Voltai-
re, cuya tragedia del Cid, no cede en mérito á sus más valientes producciones.
También en nuestros dias se ha inspirado Casimiro Delavigne en las hazañas
de este prodigioso héroe, mientras lo hacia popular en Alemania, traducien-
do su ñowawcgro, el diligente y concienzudo Herder, y reproducía su Crónica,
con muy doctos comentarios é ilustraciones, el erudito Huber. De estos nota-
bles trabajos volveremos á hablar en momento oportuno.
54 HISTORIA CRITICA [)E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
zon de sus bélicas y arriesgadas empresas; mientras los historia-
dores arábigos las refioren sobrecogidos de terror, ealifioando (i
Rodrigo Diaz de Vivar, acaso no sin algún fundamento, de cruel,
feroz y sanguinario, rodéale el pueblo castellano de la aureola de
su respeto, adhiere á su persona todos los sentimientos generosos
que le distinguen, y levantando su nombre, cual invencible en-
seña, muévela al propio tiempo contra los enemigos de su Dios y
contra los que propenden en cualquier sentido á menoscabar su
dignidad ó á cercenar su independencia.
Y no cede por cierto la nación castellana, al proceder de esta
manera, á un instinto de injustificada aspereza ó de punible indi-
ferencia para con sus reyes: erigida recientemente en centro de
aquellas monarquias, fundadas y defendidas con la sangre de los
españoles, vio Castilla, al declinar del siglo XI, interior y exterior-
mente amenazada la independencia de todas; y fuerte para conju-
rar con sólo el esfuerzo de su voluntad el peligro, que alcanzaba
también á, la corona, protestó contra aquel amago de servidum-
bre, poniendo por escudo la santidad de sus creencias, la firmeza
de su patriotismo y la gloria de sus héroes .
Doble era en verdad el peligro, y doble debió ser en consecuen-
cia la protesta, necesitándose fijar un momento la vista en la
historia de aquellos dias, para comprender las relaciones internas
de las causas políticas y religiosas que la motivan y los resultados
que produce en la esfera del arte. Cuando, cediendo más bien á
los afectos de la sangre que á los consejos de la conveniencia, di-
vidió Fernando I entre sus hijos su naciente imperio, no sospe-
chó siquiera tan afortunado monarca que era aquella desmembra-
ción la manzana de la discordia arrojada en medio de su familia,
para romper los más estrechos y sagrados vínculos, despedazando
así el magnífico manto que cobijaba sus hombros. Anhelaba el
primer rey de Castilla que viviesen sus hijos pacíficamente des-
pués de sus dias ', y empleó para conseguirlo precisamente
medios contrarios á este fin, dando ocasión á los escándalos que
1 Ul posl obilum suum, si fieri possel, quiclam inlor se duccrenl vilaní,
icgnum suiírn filiis suis divirlcrc placuil (Clir. Silcnsc, iimn. 103). Lo mismo
repite el arzobispo don Rodrigo (Cap. XIV dol lii). XVI de su Crónica latina).
Il/ PARTE, CAP, II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 5o
presenció España á mediados del siglo XI; escándalos que en-
sangrentaron las ciudades de Galicia, León y Castilla, y que sem-
brando de cadáveres los campos de Llantada y de Yalpillera, tu-
vieron desastroso fln ante los muros de Zamora, con afrentoso re-
gicidio. Cortaron la traición y la perfidia el nudo que don Fernan-
do el Magno habia querido estrechar entre sus hijos, resolviendo
al par el problema de aquella política tan desacertada como inex-
perta, bien que no faltaban en su propia historia al hijo de don
Sancho, el Mayor, egemplos de lo que puede la ambición y de lo
que vale siempre el derecho de la fuerza. Don Alfonso YI, que ha-
bia mendigado y obtenía, al expirar don Sancho, hospitalidad en
la corte de Almamun-billáh, subió pues al triple trono de León,
Castilla y Galicia, aprisionando á su hermano don Garcia en el
castillo de Luna, casi al mismo tiempo que se veia obligado en
Santa Gadea de Burgos á justificarse, por medio del juramento, de
que no habia sabido ni consentido en la muerte de don Sancho.
Este juramento que sin razón han considerado algunos histo-
riadores como atentatorio á la majestad real, y que era en suma
el más limpio tributo de la lealtad castellana, rendido en las gra-
das del verdadero trono, dejó sin duda honda llaga en el pecho
de don Alfonso, quien ofendido por la altivez de la exigencia, no
comprendió todo el precio de aquella hidalguía tan áspera como
desinteresada, tan exigente como noble; y vio desde entonces no
sin ojeriza las rudas y libres costumbres del pueblo, que antes de
ponerle la corona sobre las sienes, le conjuraba en nombre de
Dios para que no se asentase, siendo criminal, en el trono ensan-
grentado por la alevosía.
Á templar la genial dureza de los castellanos, no acostumbra-
dos todavía al dominio de los reyes; á dulcificar aquellas costum-
bres, que comenzaban ya á formar el carácter de la nación, debía
dirigir Alfonso todos los esfuerzos de su política, empresa que
acometió en efecto y en que tuvo fortuitamente por auxiliares
cuantos elementos podían entonces ser respetados del pueblo
español, é influir también en su futura suerte. Las reformas
que se inauguraban por la Iglesia, trascendiendo inevitablemen-
te á las esferas políticas, sí bien al principio hallaban en don Al-
fonso notable oposición, dominando luego en sus consejos, le
56 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
abrian por último la senda para domeñar la entereza castellana .
Ya don Fernando, su padre, liabia mostrado particular afición
á los monjes de Cluny (Cruniego), quienes obtuvieron de su mu-
nificencia no escasas pensiones; y aquella Congi^egacion, que obe-
deciendo á un movimiento superior en las esferas más trascen-
dentales de la política, habia emprendido denodadamente el camino
de las reformas, envió á España sucesivas colonias para sostener
la severidad de la disciplina monacal, y recabar al propio tiempo
mayores tributos. El mismo Hugo, elevado después al gremio de
los santos, enviaba á la corte de Castilla,- no bien asentado don
Alfonso en el trono, al monje Roberto, cuya sagacidad lograba
en breve apoderarse de su ánimo, granjeando toda suerte de hon-
ras y donaciones, y consiguiendo al cabo que duplicase la pensión
concedida por su padre don Fernando al monasterio de Cluny, co-
me á. cabeza y principal asiento de la Orden ' . Segundaba todos
estos pasos la reina doña Inés, hija de Guido de Aquitania, fo-
mentando su amor en el pecho del monarca la singular predi-
lección, con que trataba á los enviados de Hugo; y el pueblo cas-
tellano, que ajeno de toda prevención, veia con hondo respeto
cuanto se ligaba en algún modo con sus ardientes creencias reli-
giosas, recibía también sin repugnancia á estos monjes, y aunque
venidos de extrañas regiones, los oia con veneración, apreciando
dignamente su virtud y su doctrina.
Pero mostróse bien pronto que aquellas frecuentes expedicio-
nes, si parecían tener por inmediato objeto las reformas mona-
cales, y con ellas el engrandecimiento de la Congr^acion clunia-
cense, se encaminaban á fin más alto, bien que poco acepto en-
1 Sobre una y otra concesión pueden verse el arzobispo don Rodrigo
(Reriim Ilispaniarum Chronica, lib. YI, cap. XIII); elTudense {Chronicon), y
el docto Mariana (Historia general de España, lib. IX, cap. VI). La escritura
de donación otorgada por don Alfonso en 1077 (Era I H5) ofrece la siguiente
cláusula: «Ego Adefonsus... Hugoni Abbati... censum, qucm palcr meus...
sanclissimo loco Cluniacensi solitus eral daré.., in diebus vitae meae dupli-
calum dabo». Consúltese también el privilegio inserto por Yepes en el to-
mo IV, fól. 452 de su Historia de la Congregación de San Benito, y reprodu-
cido por Aguirre en el tomo III, p:íg. 291 de su Collectio máxima Conciiioruin
Uispaniae.
11/'' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. S7
tonces á los ojos de la nación, abriendo las puertas de la Península
Ibérica á la curia romana, cuya influencia habia sido antes escasa
en los dominios españoles. Era, según hemos ya indicado, pen-
samiento capital de la Santa Sede el uniformar en Occidente el rito
eclesiástico, para dar cabo á la grande y más trascendental em-
presa de fundar sobre la base del catolicismo un imperio univer-
sal, con provecho de la civilización y gloria del Pontificado. Ya
Alejandro II habia logrado, no sin instancias repetidas, que abo-
liese en sus Estados don Sancho de Aragón el antiguo oficio vi-
sigodo y sujetase todos los monasterios de su reino á la autoridad
de Roma [1071]: ocupada su silla por el cluniacense Grego-
rio YII, cuya incontrastable voluntad, debia avasallar todos los
poderes del mundo, ganándole el título de ainvicto defensor déla
Iglesia romana» ^, entró resuelto en el camino trazado por Ale-
jandro, exigiendo de Alfonso de Castilla y de Sancho de Navarra
que recibieran también la liturgia galicana, declarada ya como
única digna de la Iglesia Católica por los pontífices cluniacen-
ses [1074]. Contaba Gregorio para esta empresa con el asenti-
miento y aun la cooperación de algunos obispos españoles; pero
tal vez no bien informado de la devoción y el amor que inspiraba
en la Península el nombre del grande Isidoro, desconociendo sin
duda la doctrina y santidad del breviario, que representaba los
gloriosos triunfos de Leandro y Recaredo, de Eugenio é Ildefon-
so, ó lo que es más probable, atento sólo á obtener el fruto del
gran pensamiento que le dominaba, considerólo como libro peli-
groso, ya que no vituperable por sus errores; lo cual, lastiman-
do en inasa al clero y pueblo español, no podia menos de produ-
cir general disgusto y conturbación en el ánimo de todos ^.
i Aguirre, tomo III, pág. 246.
2 Son por extremo notables las palabras de Gregorio VII, dirigidas sobre
este punto á entrambos reyes: «Potsquam vesania Priscillianistarura diu pol-
lutum et perfidia arianorum depravatum et a romano ritu separatura, irruen-
tibus prius g-othisac denium invadentibus sarracenis, regnum Hispaniae fuit,
NON soLUM RELiGio EST DIMINUTA, vcrum cliam mundanac sunt opes labefaetae»
(Aguirre, tomo III, pág. 248, Epíst. III de Gregorio VII). El docto Mariana,
dando razón de la bula especial, enviada por Gregorio al aragonés, manifies-
ta que el Papa califica en ella de abominable superstición el rilo isidoriano
58 nisTORiA criÍTic.v de la literatura española.
Alfonso, i|ue liabia ya cedido en parte á las demandas de Gre-
gorio Vil, ordenando que se permitiese en las iglesias de León y
Castilla el ritual galicano, pareció por un momento responder al
universal clamor de clero, pueblo y milicia, moviéndole la unáni-
me resistencia * á proponer, como medio de todos aceptable, por
estar al propio tiempo enlascreencias yen las costumbres, la ape-
lación al juicio divino por medio del combate. En 9 de abril de 1077
se llevaba á, cabo tan peregrino duelo, siendo vencido de falsedad
el campeón del rito galicano 2,
Pero recusada esta prueba, que hubiera sin duda bastado, á
ser otra la suerte de las armas •*, no pudo menos de producir do-
loroso efecto en la corte de Alfonso, poniendo al mismo tiempo
en claro la irrevocable resolución del Pontífice, decidido á extir-
par en toda España el antiguo oficio mozárabe. Coincidiendo con
este singular acontecimiento la muerte de la reina doña Inés [ju-
(el breviario y misal de los godos), (da cual supe rsticion (anadia el Pontífice)
«tenia, con una persuasión muy necia, deslumhrados los entendimientos» de
los españoles (Hist. gen. de Esp., lib. IX, cap. VII). La autoridad de los con-
cilios toledanos, que hablan recibido y santificado aquel rito, al asegurar en
las Españas el triunfo del catolicismo, alcanzado por Leandro é Isidoro, tanto
como los inmensos sacrificios hechos por reyes, clero y pueblo, así en Ara-
gón como en Castilla, en defensa de la religión, cuya pureza era el más alto
timbre de la civilización, representada primero por los Recaredos y Reces -
wintbs, después por los Alfonsos y Ramiros, no merecían en verdad tan des-
favorables calificaciones. El efecto de las palabras del Sumo Pontífice fué
pues tan doloroso como fundado, y el arzobispo don Rodrigo, á quien segui-
mos, lo expresó perfectamente con estas palabras: aClerus et populus totius
Hispaniae turbatur, eo quod gallicanum ofñcium suscipere a Legato et Prin-
cipe cogebatur» {De Rebus Hispaniae, lib. VI, cap. XXV).
i Esta resistencia la determina el arzobispo don Rodrigo, diciendo: «Fuil
diutius altercalum, clero, niilitia el populo firmiter resistenlibus, üt officiuní
mutaretur» (loco citato, De Rebus Hispaniae).
2 El Cronicón Malleacense dice: «Fuit factum bellum inter duoF milites,
el falíilatis ími viclus miles ex parte francorum». Don Rodrigo escribe: «Mi-
lis Regís ilico victu s fuit, populis exultantibus, quod victor erat miles Officii
Toletani» (De Rebus Hispaniae, id., id.).
3 El mismo arzül)is[)o <lon Rodrigo escribe estas notables palabras:« Rcx
adeo fuit a regina... slimulalus, quod a proposito non disccssit, ducUum iudi-
cans ius non esse» {De Rebus Hispaniae, utsupra).
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. 1\I0N. ESC. DE LA TOES. CAST. 59
nio de 1078], tenían los monjes de Cluny ocasión de ajustar el
matrimonio de doña Constanza, recabando en premio nuevas hon-
ras y prerogativas; y firme Gregorio YII en la realización de sus
grandes y trascendentales proyectos, creyó ser aquel oportuno
instante para enviar á Castilla al cardenal y cluniacense Ricardo,
en calidad de nuncio apostólico y con el principal intento de ter-
minar la obra comenzada. No fué Ricardo tan bien recibido en la
corte como esperaba el Pontífice, atribuyéndose en parte el no
sospechado desvio de don Alfonso á la influencia de Roberto,
prior ya de Sahagun, y aun de la reina doña Constanza. Á las
quejas que sobre este punto elevaba á Roma Ricardo, respondió
grandemente enojado el Soberano Pontífice, execrando de Roberto
y mandando á Hugo que le sacase luego de España, mientras
conjuraba enérgicamente al mismo rey don Alfonso, para que se-
gundara sus propósitos, no perdonada la culpa que en la resis-
tencia se atribuía á la reina doña Constanza [1080] \
Doblado el rey al peso de las conminaciones de Gregorio VII,
rendíase del todo á su voluntad, bien que no sin permitir la últi-
ma prueba, solicitada ya en 1090 por los toledanos, terminándose
tan ruidoso proceso con el juicio del fuego, que vino á dar sin
embargo mayor prestigio y celebridad al breviario mozárabe ^.
1 Véanse en Aguirre las Epístolas X y XI, dirigidas la primera á Alfon-
so VI y la segunda á Hugo, abad de Cluny (tomo III, págs. 254 y 2o5).
2 El docto arzobispo don Rodrigo, ya tantas veces citado, escritor nada
sospechoso respecto de las cosas de la Iglesia, dado á conocer el resultado
del juicio de las armas, anadia: «Cumque super hoc magna seditio in militia
et populo oriretur, denium placuit, ut liber Officii Toletani, et liber Officii
Gallicani in magna ignis congerie ponerentur». Triunfante de las llamas el
breviario mozárabe, mientras igne consumilur liber Officii Gallicani, pareció
exasperar esta prueba al rey don Alfonso; pues «cum esset... suae voluntatis
pertinax executor, neo miraculo territus, nec supplicatione suasus, voluit
inclinari; sed mortis suppucia et direptionem m¿«i7a».s resistentibus, praece-
pit ut Gallicanum Officium in ómnibus regni sui finibus servaretur. Et tune
CUNCnS FLENTIBUS ET DOLENTIBUS, inolcvit prOVCrblum: QüO VOLL'NT REGES, VA-
DUNT LEGES». Téngase en cuenta lo que respecto del valor de este proverbio
y de su importancia, como dato hislórico-litcrario, dejamos dicho en otro
lugar (tomo II, Ilustración V, pág. 520). En cuanto al hecho, considerado
en sí, no puede ser más eficaz la declaración de don Rodrigo; y cuando
CO HIíTOniA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Gregorio colmal)a de alabanzas al rey de Castilla, allanado ya el
camino il sus colosales proyectos con la abolición del venerando
oücio visig-odo ', todo lo cual era canonizado por el célebre Con-
cilio de Leen, que según notamos antes dé abora, anulado el
rito, perseguía también la lefrn isidoriana 2. El pensamiento al-
tamente civilizador de Gregorio Yll respecto de la unidad del rito
se había pues realizado en las Españas: aquella liturgia crea-
da por el espíritu y la ciencia del Apóstol de los visigodos y del
egregio Instituidor del clero católico, cedia el puesto á la li-
turgia de los cluniacenses, que era ya designada con título de
romana. Sólo Toledo, antiguo asiento de los Concilios nacionales
y de los reyes visigodos, alcanzaba en 1090 el privilegio de con-
servar el breviario mozárabe; privilegio que lia sabido conservar
hasta nuestros dias, hallando insignes protectores en sus mismos
metropolitanos ^.
reparamos en que desde la prueba del combate, cuyo éxito fué recibido
populis exuUantibus, hasta la del fuego trascurren trece años (1077 á 1090),
término que demuestra sin género alguno de duda lo empeñado de aquella
lucha, no es ya difícil comprender todo el dolor de clero, milicia (nobleza)
y pueblo, al verse despojados del venerado rito, que hablan defendido to-
dos con tanta sangre y tantos sacrificios. Así se comprende también toda la
amargura de la frase proverbial: Allá van leijs do quieren reys.
i Los cronistas españoles atribuyen a doña Constanza en todos estos he-
chos una parte activa y contraria á los intereses de Castilla: así dicen que el
rey procedió contra el antiguo rito a regina suaso, a regina stimnlatus, lle-
vándole esta persuasión y estímulo á la mayor dureza contra eidero, la mi-
licia y la plebe, que defendian el oficio visigodo (Don Rodrigo, cap. XXV,
lib. VI citados). Sin embargo las cartas de Gregorio VII, ya alegadas, que
han llegado por fortuna á nuestros dias, convencen de que los sucesos, de
que tratamos, llevaron el curso indicado (Aguirre, tomo III, pág. 246 á 257).
La insistencia de los cronistas prueba del modo que la tradición conservaba
la memoria de tan notables acontecimientos.
2 Tomo II, cap. XIII, é Ilustración II, págs. 170 y 378 y siguientes.
3 Aludimos ahora más principalmente á los ilustres cardenales Cisneros
y Lorenzana: el primero, movido de respeto y veneración hacia las altas lum-
breras del catolicismo que fundaron el rito mozárabe, estatuyó en la cate-
dral toledana y dotó de pingües rentas la capilla y cabildo, donde todavía
resuena con aplauso de los fieles el rezo que ilustraron San Eugenio y San Il-
defonso: el segundo hizo imprimir á sus expensas, al propio tiempo que re-
II. PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 61
Fuera pues efecto de la violencia cometida por parte del rey
don Alfonso, pues que aminis et terroribus intonante» allanó al
cabo, en fuerza de los destierros y suplicios, á, cuantos resistían *;
fuera consecuencia de una política sagaz, que provocara de pro-
pósito aquella lucha, tan desigual como empeñada, el pueblo cas-
tellano quedó desposeído del venerando rito que le habia servido
de norte y de consuelo en medio de sus grandes calamidades, por
cogía en suntuosa colección las obras de los PP. Toledanos, el referido Bre-
viario mozárabe, con el ya célebre Himnario visigodo. Sobre la historia del
rito isidoriano en general y muy particularmente sobre sus vicisitudes en la
ciudad de Toledo y sobre la capilla mozárabe de aquella Santa Iglesia, escribe
el docto capellán mayor de la misma, nuestro amado y antiguo amigo, don
José Pedro Alcántara Rodriguez, notabilísimo libro, tan lleno de erudición
como de verdadera ciencia histórica; dotes que le hacen ya muy deseado de
los hombres entendidos.
i Don Rodrigo, ut supra. La universal resistencia del pueblo castellano á
las novedades galicanas, tenia más firme fundamento en el clero que se juz-
gaba, no sin razón, heredero de la doctrina y de la ciencia del grande Isi-
doro, atesoradas en sus Oficios y en las Etimologias, obra que según repeti-
damente hemos advertido, era el libro educador de las escuelas clericales.
Podian los monjes cluniacenses exceder personalmente en ilustración al co-
mún de los sacerdotes castellanos, y sin duda trajeron al seno de la Iglesia
española nuevos elementos de cultura, pagando así la no lejana deuda, con-
traída por Silvestre II y sus discípulos (Véanse los caps. Xlll y XV de la I.*
Parte, págs. 171 y 268 y siguientes del tomo II); pero bien puede asegurarse
que no les fué dado sustituir con obra alguna de igual importancia la doctri-
na de las Etimologias, siendo por tanto natural y muy consecuente que un
clero, criado en las escuelas depositarías de aquella tradición científica, y fiel
guardador de la liturgia isidoriana, repugnara, como repugnó el español, la
abolición del antiguo rito, que lo reducía á cierta manera de servidumbre,
contra la cual habia ya protestado por medio de tres obispos en el concilio de
Mantua (Mariana, lib. IX, cap. V). Y tan legítima fué esta manifestación, re-
velada por el arzobispo don Rodrigo en las ya trascritas palabras (cunctis flen-
tibus et dolenlibus), que los mismos Padres del Concilio de León, mientras
iban hasta el e.xtrcmo de mandar que «de cetero gallicam litteram scripserint
[scriptores»], se vieron en la necesidad de transigir con el espíritu del clero
español, estatuyendo «ut secundum regulam Beati Isidori, Hispalensis archi-
episcopus, ecclesiastica ofñcia in Hispaniam regorentur» (Aguirre, tomo III,
pág. 298). El Concilio de León se celebraba en 1091; el juicio divino relativo
á los breviarios, habia tenido efecto en 1090: la concesión del Concilio,
dados los antecedentes, no podía ser más significativa.
62 HISTORIA CHhlCA DE LA LIIEUATUUA ESPAÑOLA.
el espacio de cuatro siglos y medio (650 á 1090), y herido al par
on sus nobles instintos de independencia, viendo por otra parte
colmados do riquezas y privilegios á. los monjes de Cluny, instru-
mentos inmediatos de la no merecida humillación que tan viva-
mente le lastimaba.
Apoderados entre tanto del monasterio de Sahagun, enriqueci-
do por Fernando I, habíanse aprovechado los cluniacenses del ma-
trimonio de doña Constanza para libertar á sus numerosas pue-
blas de los tributos reales, siendo, los monasterios de Nájera
y San Juan de Burgos las primeras donaciones que recibieron
en premio de aquellos servicios; donaciones que se multiplica-
ron en breve con la venida del monje Bernardo, elegido en
1079 abad de Sahagun y puesto en aquella silla con pompa inu-
sitada. Favorecíalos, demás de esto, la declarada magnificencia
de los reyes con un privilegio de inmunidad absoluta (omne domi-
nium et regiam iurisdictionem), confirmado por trece obispos,
diez y siete condes y multitud de caballeros; y este privilegio,
que se referia á la jurisdicción civil, comprendiendo las cargas de
castilleria, divisa, martiniega, mañeria y mincio, era en breve am-
pliado por el mismo Gregorio VII á la jurisdicción eclesiásti-
ca, quedando exentos los monjes de toda autoridad en uno y otro
derecho (ab omni lugo secularis sen ecclesiasticae potestatis).
Obtuvieron pues los cluniacenses en los reinos de León, Galicia
y Castilla cuantos privilegios é inmunidades eran á la sazón cono-
cidos ', sin que se consultaran al concederlos, las leyes, las cos-
tumbres, ni las tradiciones de los pueblos, acabando de levantar-
los al más alto punto de prosperidad la celebrada conquista de
Toledo. Yeíase el abad Bernardo, al lograrse esta gran victoria,
elevado á la silla de aquella populosa metrópoli, siendo el primer
prelado, para quien se impetró la confirmación de la corte roma-
na -: monjes cluniacenses fueron también los primeros canónigos
i Véase la Hist. de Sahagun, de los Mros. Pérez y Escalona, Escrituras.
2 Hasta esta época se había cumplido exactamente lo dispuesto por el
canon XIX del IV concilio de Toledo, que trataba de las cualidades del que
liabia de ser elegido obispo y de las circunstancias de su consagración, cor-
respondiendo al rey la aprobación do la elección indicada; rcg-alía que fué
respetada conslantcmen le por lodos los concilios posteriores. Pero Bernardo
n.'' PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 63
y dignidades de aquella poderosa Iglesia; y sus chantres, arcedia-
nos y capiscoles salieron en breve á ocupar las primeras cátedras
episcopales de León,- Galicia y Castilla, lo cual se verificaba
igualmente en Aragón y Navarra *. Así, mientras los monjes de
Cluny dominaban moralmente en Europa, merced á la omnipo-
tencia de los pontífices que vistieron la misma cogulla, extendían
también su influencia á todas las provincias españolas, llegando á
ser arbitros de la suerte de aquella Iglesia, que habia producido
en todas edades eminentes varones en ciencia y santidad, y que
tan celosa se habia mostrado siempre de su dignidad y de su in-
dependencia.
Y no llevaban por cierto los acontecimientos meramente políti-
cos más favorable camino respecto de los intereses morales de los
castellanos. Ya fruto del acaso, ya resultado natural de aquella
manera de aversión, con que miró Alfonso YI, las costumbres de
Castilla desde la jura de Santa Gadea, ninguna de las alianzas de
familia, contraidas por este príncipe, fué nacional ^r sus matri-
aspiraba no solamente á recibir de la Santa Sede aquella desacostumbrada
consagración, sino lo que era de mayor efecto, y provocó entonces y aun
después notables contradicciones (cual prueban en aquel mismo tiempo los
ya estudiados Cronicones del obispo don Pelayo) á obtener, como la obtuvo
de Urbano II, monje como él cluniacense, la declaración de la P;7»/«c¿a de
la ig-lesia de Toledo sobre todas las de España. Puede verse la bula, que lle-
va la data de los Idus de octubre del año de i088, en el tomo VI de la Espa-
ña Sagrada, Apéndice V, pág-. 347.
1 Entre los que en Castilla alcanzaron mayores dignidades, deben men-
cionarse: Giraldo, monje moysiacense, chantre y capiscol de Toledo y después
arzobispo de Braga; Pedro, arcediano de la misma metrópoli y más adelante
obispo de Osma; Bernardo, chantre toledano y arzobispo de Santiago, y Ray-
mundo que sucedió á Pedro en el obispado de Osma. También se distinguie-
ron otros dos monjes con el nombre de Pedro, uno de los cuales ocupó la si-
lla de Segovia y otro la de Palencia, contándose entre estos varones honestos
et literatos (que de tales los califica el arzobispo don Rodrigo) otro Bernardo
que sustituyó al obispo don Gerónimo (de quien adelante hablaremos) en la
cátedra de Zamora, recientemente creada.
2 Sobre las mujeres y concubinas de Alonso VI consúltese el Cronicón del
obispo don Pelayo, núm. XIV. Los demás cronistas le siguen casi al pié de
la letra. Véase al propósito el arzobispo don Rodrigo, lib. VI, cap. XX de
su Rer. Hisp. Cliron.
64 HISTOIUA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
monios y los enlaces do su hija legítima doña Urraca y de las
bastardas Teresa y Elvira trajeron á España cinco reinas y tres
condes extranjeros, cuya iníluencia debia ser y fué de gran peso
en la balanza de los negocios públicos.
La conquista de Toledo, que parecía contribuir á exaltar el sen-
timiento patriótico de la muchedumbre, dio ocasión en la parte
política, como la habia dado en la religiosa, para que estas iii-
íluencias tuviesen su más completo desarrollo: los gascones, bre-
tones, pro vénzales, alemanes, griegos y otros muchos negociado-
res de exlraños lenguajes, que hablan concurrido á tan célebre
cruzada, obtuvieron todo género de protección, según ya dejamos
en otro lugar apuntado * , pugnando por penetrar también con ellos
en Castilla aquel espíritu de feudalismo, que tan repugnantes ca-
racteres ostentaba allende los Pirineos. Rodeado en efecto el rey
don Alfonso de los monjes cluniac§nses que habian dado el triunfo
á la curia romana en nuestro suelo; dominado por el amor de prin-
cesas extrañas, ajenas, ya que no contrarias á las costumbres
nacionales; pagado de la bizarría de los condes don Ramón y don
Enrique, sus yernos; halagado por la suerte de las armas, y con-
servando siempre vivo en su corazón el agravio de Burgos, dejó-
se inclinar sin repugnancia á aquel ofensivo sistema, cuya com-
plicada organización era casi desconocida entre nuestros abuelos;
y desmembrando con poco ó ningún acuerdo el poder de la coro-
na, dio algunos pasos para instituirlo con todo el aparato que
presentaba en otras regiones, ya confiando los gobiernos de Por-
tugal y Galicia con absoluto imperio á los referidos condes, ya
concediendo onerosos y desusados privilegios á otros ricos-omes,
cabildos y mpnasterios ^.
i Véase el cap. XIII dol II tomo, pág-. 172.
2 Entre los testimonios irrecusables que pudiéramos presentar, bastará sin
duda la durísima caria-puebla de Sahag-un, dada por el abad don Bernardo en
1095, con la aprobación del rey don Alfonso. Tan pesadas eran las condicio-
nes, á que se intentó someter á los moradores que habian acudido á aquella
villa, que aun siendo en su mayor parte naturales de países dominados por el
más duro feudalismo, no pudieron avenirse á ellas, apelando á las armas en
1087 para sustraerse de tan cruel servidun\bre. Era todavía abad el cluniacen-
se don Bernardo; y enojado el rey don Alfonso contra los pobladores, partió él
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CASI. 65
Mas no era fácil llevar adelante estas novedades, sin ofender
el sentimiento nacional que se manifestó contrario á las mismas,
oponiéndoles acaso más enérgica resistencia que á las reformas
eclesiásticas. La constitución especial del pueblo español, sus cos-
tumbres guerreras, y sobre todo las necesidades públicas, que
mantenían y robustecían sin cesar así la importancia de los gran-
des como la de los pequeños respecto del Estado, rechazaban aquel
feudalismo opresor y contrario á la dignidad del hombre, siendo
diametralmente opuestas á todo sistema que no tuviera por base
y norma el recíproco bienestar de señores y vasallos. De esta ma-
nera se habla formado el reino de Pelayo; con estas condiciones
se hablan poblado sus fortalezas, villas y ciudades, y sólo bajo
estas bases podía perpetuarse aquella íntima alianza entre todas
las clases y gerarquias de la sociedad, abriendo constantemente á
los plebeyos las puertas de la hidalguía y aun de la opulencia; y
esta constitución especial del pueblo, hija esencialmente de la
fuerza de las circunstancias, no podia consentir que existiese en
mismo en persona á castigarlos y á restablecer la hollada autoridad del abad,
sosteniendo en todo sü vigor la opresora carta-puebla hasta la muerte de este
soberano. No satisficieron á los moradores de Sahagun las concesiones que el
abad don Pedro les otorgó en UlO, absolviéndolos de los impuestos de ma-
ñeria y mincio; y libres del azote del rey don Alfonso, tomaron de nuevo las
armas, y dando en el monasterio, obligaron á los monjes á aceptar una carta,
formada por ellos mismos, de que dá noticia el anónimo de Sahagun. Al ca-
bo volvió á restablecerse la autoridad abacial, yéndose tan adelante en los
desafueros y vejaciones, que el emperador don Alfonso VII, noticioso de ellos,
pasó con su corte á Sahagun en 1152 y modificó la terrible carta-puebla.
Casi un siglo habia trascurrido, cuando creciendo otra vez la tiranía de los
monjes, volvieron á sublevarse en 1245 aquellos burgeses, reproduciéndose
la rebelión en 1345, época en que fueron cruelmente castigados, si bien lo-
graron más áníplio fuero. Véase pues cómo estos amagos de verdadero feu-
dalismo, por ser tan contrarios al sentimiento que habia servido de base á la
reconquista, aun respecto de los pobladores extranjeros, lograron solamente
excitar la saña de los vasallos contra los señores, regando de sangre la mora-
da de estos y quebrantando el firme pacto que aseguraba la recíproca inde-
pendencia de unos y otros. Sólo cuando desapareció la dureza y ferocidad de
la carta-puebla de Sahagun, á los doscientos sesenta y nueve años de haberse
otorgado, cesaron sus desastrosos efectos.
TOMO III. 5
fifi HISTORIA CRITICA DE I-A LITERATURA ESPAÑOLA.
(laslilla el feudalismo de oirás naci'oneSy reservado exclusivamen-
le a ciertas razas de privUef/io.
Era la potestad real el único poder que exigían, como regula-
dor absoluto, el estado de continua lucha y. la condición belicosa
del pueblo castellano: por eso la potestad real, aunque nueva en
el suelo de Castilla, se veia ya generalmente acatada, como sím-
bolo de la unidad de acción y de pensamiento, que se requería
para rechazar al común enemigo, y mantener la paz interior del
reino: por eso, aunque levantada sobre todas las gerarquias y po-
deres, no era dado á, la corona el desprenderse de ciertos atribu-
tos, siendo inagenable el derecho de la justicia y de la guerra ^:
por eso en fm fracasaron casi en su propia cuna las tentativas
hechas por don Alfonso Vi para introducir aquellas innovaciones,
depresivas del pueblo y no nada favorables al mismo trono.
Pero no porque no lograran echar profundas raices, dejó de
ofenderse el sentimiento de independencia de nuestros mayores,
bajo el aspecto de la política, como se habían ofendido su celo y
la sinceridad de su fé bajo el aspecto religioso, protestando de uno
y otro hecho en la forma que les era entonces permitido. No ha-
bía á la sazón periódicos, donde se consignara la desaprobación
ó la aquiescencia del pueblo á los actos del gobierno; ni era
tampoco lícito á la muchedumbre el dirigir á los reyes frecuentes
exposiciones, en que se acusara la conducta de sus privados; ni
había congresos populares, donde se hicieran ardientes interpe-
laciones, ó se formularan enérgicos votos de censura contra
los consejeros responsables de la corona. Nacida la censura en
las esferas del sentimiento y por tanto tan libre y espontánea
como él, era desempeñada única y exclusivamente por la poesía,
y ejercida de un modo indirecto, pero no menos público y os-
tensible; y ya elogiando el pueblo en sus cantares cuanto le lle-
naba de admiración y halagaba sus instintos belicosos é índepen-
i El anticuo fuero de la (ierra, retocado y ampliado en diferentes épocas,
ilisponia respecto de este punto lo sis^uiente: «Estas quatro cosas son natura-
))les alsennorio del rey, que non las deue dar á ningund orne, nin partir de
))sí, ca perlencs<jen á sí, por sonnirin natural: .hnti';ia, moneda, fonsadera, c
»)8us yantares.»
Il/ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC, DE LA POES. CAST. C7
dientes; ya condenando sin apelación alguna cuanto ofendía sus
costumbres ó repugnaba á sus creencias, pronunciaba su fallo
amplia y libremente sobre todos los acontecimientos que pasaban
ante su vista; fallo tanto más terrible • cuanto que no sólo alcan-
zaba á los hecbos y á los hombres en una época determinada,
sino que derramándose de una en otra generación con nueva y
creciente energía, estaba destinado á llegar hasta nosotros para
revelarnos el espíritu de los más remotos siglos.
Hé aquí pues la protesta que provocaron los hechos acaecidos
en la corte de Alfonso YI, idealizando el pueblo de Castilla con los
esfuerzos de su imaginación al héroe destinado á personificarla y
dotándole de todas las grandes cualidades que se hablan menes-
ter, para representar dignamente el espíritu nacional, doblemente
ofendido.
Este héroe es Rodrigo, el Castellano; intrépido garzón que des-
pierta al grito de su propio honor, para lavar con la sangre del
poderoso conde de Gormaz la afrenta de su débil y anciano padre;
valeroso patricio, que cuando puede caer sobre la honra de su
pueblo la mancha de la alevosía, es el único hombre que se atre-
ve á exigir en Santa Gadea el terrible juramento de Alfonso, sin
que le arredren ni su poder ni su ira '; ingenuo consejero, que ha-
blando siempre el lenguaje de la verdad, contradice sin doblez ni
temor la falaz lisonja de los cortesanos, recogiendo en el destierro
el fruto de su sinceridad y de su hidalguía; venerable caudillo,
que pagando con acrisolada lealtad las ofensas que recibe de su
rey, mientras extiende la fama del nombre cristiano á lejanas co-
marcas, comparte con él los despojos de sus grandes victorias.
Los monumentos, en que esta doble protesta se halla consig-
nada, son la Crónica ó Leyenda de las Mocedades de Rodrigo '^
\ Cuín nenio vellet ab eo [Aldefonso] recipere iuramentum, ad recipien-
dum se obtulit RodericLis Didaci Campiator. Unde et postea licet strenuus,
non fuitin eius oeculis gratiosus (Don Rodrigo, Be Reb. Hisp. gest., lib. YI,
cap. XX).
2 En la Ilustración III de la I.* Parte indicamos ya que dariatnos en este
sitio mayor noticia bibliográfica de tan raro monumento. Hallólo en efecto
entre los Mss. españoles de la Biblioteca de Paris, bajo el número 9988, "J
tlescribiólo en el Catálogo de dichos Mss., que dio á luz en la referida capi-
68 inSTOniA CRITICA DE l.A LITERATURA ESPAfíOLA.
y oí Poema del Cid, primeras i)roiliicciones escritas de la poesía
heroica (jue lian llegado á nuestros dias, donde apareciendo el
tal el año de 1814 nuestro ¡lastrado ami^o el señor don Eugenio de Ochoa
(páj. 105 al i 10). Dos años después lo sacaba á luz en la misma ciudad el
diligonlc Mr. Michel, y uno adelante lo reproducia en Viena, al final de su
Veber die Romansen-Poesie der Spanier, el docto Wolf, á quien tan señala-
dos servicios debe nuestra literatura. En ambas partes ha aparecido con el
título siguiente: aCrónica rimada de las cosas de España desde la muerte del
nreij don Pelaijo hasta don Fernando el Magno y más particularmente de las
^aventuras del Cid». Como se vé, el título es novísimo, cosa en que no repa-
raríamos, si no hubiese ya inducido á graves errores á personas dignas de toda
consideración y respeto. Es entre todas notable Mr. Dozy, quien señalando
con exquisita crítica la época de esta producción, y teniéndola por anterior
al Poema, se expresa en estos términos: «La Crónica rimada, aunque trata
))del Cid, no es sin embargo un poema, cuyo héroe sea el mismo Ruy Diaz:
»es anacrónica en verso; pero donde sólo se trata de los héroes más queri-
»dos á la sazón de los castellanos» [Recherches, pág. C23). La opinión de
Dozy, aceptada al parecer por nuestro sabio amigo el señor Duran, no puede
en nuestro concepto resistir al peso de las siguientes observaciones: Primera:
Que aun admitido por un instante que el pensamiento del poeta ó juglar que
compuso ó recogió los elementos de que consta esta obra, fuese el de celebrar
los héroes castellanos más famosos hasta su tiempo, no por esto mereeia el
título de Crónica, en la acepción filosófica y verdadera de la palabra. Segun-
da: Que todo lo que antecede en dicha producción á la aparición del Cid, es
indeciso, vago, indeterminado, y aparece lleno de lagunas históricas y de in-
calificables errores, aun respecto de los personajes de más bulto, como sucede
en lo que toca á Fernán González; todo lo cual, así como el olvido de varios
caudillos, siempre populares en España, prueba que no dio el autor la im-
portancia que se pretende á dichos héroes, por no ser este su principal in-
tento. Tercera: Que esta primera parte de la llamada Crónica forma sólo la
exposición, más ó menos oportuna y regular, de los hechos que producen la
monarquía castellana, en cuya cuna se levanta la figura del Cid, que anima
todo el poema desde que en el verso 193 se anuncia su genealogía; no de-
biendo parecer absurda ni peregrina esta manera de exposición á quien co-
nozca las de la mayor parte de los poemas latinos de épocas anteriores,
haya estudiado los castellanos del siglo XHI, en especial el de Fernán
González, y considere en suma la inexperiencia de todo arte primitivo.
Cuarta: Que desde el momento en que aparece el Cid, todo se subordina
.il interés que despierta, rebajada constantemente á su presencia la noble fi-
gura de Fernando, el Magno, quien para valemos de la expresión del mismo
poema, non le salta de mandado (v. 034), queriendo también que los cinco reys
d'España anduviesen por su mano {v. 747). Si pues de 1226 versos que apa-
11.* PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 69
debelador de Valencia, fogoso, magnánimo, espléndido, leal é
independiente, nos es dado estudiar aquel sublime carácter traza-
do por la musa histórica de Castilla, comprendiendo al par los
recea numerados, sólo 192 son realmente ajenos á la persona del Cid, bien
que no al propósito popular de engrandecerlo; si de estos versos deben toda-
vía rebajarse 97, que con otros diez posteriores forman la digresión ó episo-
dio de la invención del cuerpo de San Antolin, de que trataremos luego,
quedando por tanto reducida la parte histórico-heróica á 95 versos; si es muy
creíble y aun probable, según después se dirá, que continuaran tratándose,
con la extensión y absoluta preferencia que en lo conservado, las hazañas de
Cid, anteriores á la época del Poema, en cuyo caso se añadirian millares de
versos á los 1034 que tratan ya de este héroe; y si por último, no hay indicio
alguno por donde se venga en conocimiento de que la mal apellidada Crónica
pasara adelante de la vida del Cid, ¿cómo hemos de asentir á la idea de que es-
te no es el verdadero héroe?... Y no asintiendo á esta suposición injustificada,
¿cómo hemos de admitir, filosóficamente hablando, el título de Crónica, que en
aquel concepto se le atribuye, desnaturalizando así tan importante obra? Sin
duda Mr. Dozy, que dio alPoema del Cid el nombre de Cantar de gesta (Chan-
son de geste), no debió escatimarlo á esta producción, que fuera de los reta-
zos de prosa mal apropiados, y en nuestro juicio posteriores á la primera re-
dacción, ofrece los mismos caracteres que el indicado Poema, respecto de la
popularidad de sus formas expositivas. En efecto, así como en los Libros de
los Reijs d'Orient y de Santa María Egipgiaqua, bien que no aludiendo nunca
á escritura (escriplo) anterior, se dirige el poeta á los oyentes, captando su
atención del siguiente modo:
Oyredes lo que contenió | estonge en aquel aíio, etc.
vv. 131.)
É vedes por qual rrazon, etc.
(v. 190.)
Veredes lidiar á profia | é iDii firiue se dar, etc., etc.
(v. 895.)
Parécenos pues que esta composición no se hizo primitivamente para ser
leída, como el mismo Dozy opina sobre ciertos pasajes de ella; pero por no
aventurarnos en ningún sentido, nos contentamos con darle el título de Le-
yenda de las Mocedades de Rodrigo, nombre que abraza perfectamente la idea
del poema, y que tomado de la literatura latino-eclesiástica, comenzaba á
emplearse por los vulgares en la forma que tendremos ocasión de notar ade-
lante, por más que alguno de nuestros coetáneos asiente que la voz leyenda
es cosa nueva en nuestra literatura. Véase, por último, cómo no era aquí de
lodo punto estéril la cuestión de nombre.
70 IIISroniA CKlTlCA DE LA LITERATmA ESPAÑOLA.
títulos que le dieron tan alto asiento entre los héroes de España '.
La historia del Cid trazada por los cantores del pueblo y_calcaj
da por ios^ronistas sobre los primeros moniiraentos de la poesía
castellana, se divide en cuatro épocas, en cada una de las cuales
aparece el héroe animado de distintos j^ensam] en tpSj representan-
do al par diversos intereses. En todas ellas se reflejan, sin embar-
go, los mismos sentimientos y en todas resaltan aquellos sublimes
rasgos de magnanimidad y de nobleza que forman el í'ondojlol
carácter de Rodrigo y constituyen ía unidad de creación tan ad-
mirable. La primera época, tal vez la más'poétTcairelíís"circ¡Iro,
comprende las mocedades de Rodrigo hasta la muerte de don Fer-
nando, el Mayor, en cuya corte ensaya sus juveniles brios. La se-
gunda abraza todo el reinado de don Sancho, el Fuerte, siguién-
dole el Cid en sus ambiciosas y temerarias empresas, y siendo con-
tra todos los enemigos do don Sancho el mejor de los caballeros,
según la oportuna expresión de uno de los cronicones del siglo
Xin. La tercera comienza con la jura de Santa Gadea y termina
con el primer destierro de Rodrigo, después de sometida Toledo
al Imperio cristiano. La cuarta, finalmente, nos presenta al héroe
desterrado segunda vez de la corte de Alfonso YI, yendo á buscar
la gloria, que le niega la envidia de los cortesanos, en el centro
déla morisma. La primera época es objeto de la Crónica ó Le-
yenda de las Mocedades de Rodrigo: la cuarta del Poema del
Cid, perteneciendo todas cuatro al dominio de la poesía popular
\ No pasaremos adelante sin consignar que dada á luz la ya citada tra-
ducción del Poema del Cid por Mr. Damás-Hinard, é invitados en cierto modo
d exponer nuestro dictánien sobre las cuestiones suscitadas por tan docto crí-
tico, publicamos en la Crónica de 1 \ de abril de 1858 una extensa carta, di-
rigida á nuestro amado discípulo, don Francisco de Paula Canalejas, en la
cual indicábamos ya la forma en que teníamos tratadas aquí las cuestiones
que á los Poemas 6 Cantares del Cid se referían. Allí manifestábamos que
los expresados Cantares tenían una significación viva y directa en la historia
de la civilización castellana, siendo imposible su quilatación y juicio, sin es-
tablecer convenientemente estas trascendentales relaciones: el estudio reali-
zado en este y en los siguientes capítulos, aunque muy anterior á la publi-
cación de la expresada carta, cumple en cierto modo la promesa en la misma
apuntada.
II. PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 7 i
y formando en la lira de nuestros romanceros la magnífica epo-
peya del pueblo castellano K
i A pesar de que sólo se refiere lo que existe de la Crónica rimada ó Le-
yenda de Rodrigo á la primera época, hay razones para creer que pudo lle-
gar hasta la tercera, ea que cambia la posición del héroe en la corte de sus
reyes. Sobre ser todavía virtualmente el mismo personaje que se niega á besar
la mano del rey don Fernando y el que exige con tanta dureza el juramento
del rey don Alfonso, debemos observar que así en la Estoria de Espanna del
Rey Sabio como en la \\oí\xio.á& Crónica del Cid, impresa por Velorado en d512,
y en la Crónica ó Tracfado de los fechos de Ruy Diaz, dado á la estampa en
4498, se hallan repetidos pasajes, donde se conservan casi intactos algunos
versos de la Leyenda y muchos del Poema (según después probaremos), con-
tándose no pocos relativos á las dos épocas intermedias, lo cual produce el
convencimiento de que fueron estas igualmente celebradas en los cantares del
vulgo. En la Leyenda se lee por egemplo, tratándose de las bodas de Rodri-
go y de Jimena,hija del conde de Gormaz:
4'20 I que vos non bese la mano,
Nin me vea con ella | en yermo nin en poblado,
Ffasta que vensa (jinco lides | en buena lid en campo.
En el capítulo IV del Tractado de los fechos de Ruy Diaz, se dice:
I é juró luego en sus manos
Que nunca se \iesse con ella | en yermo nin en poblado.
Fasta que venQiesse | cinco lides en campo.
En orden á los sucesos no comprendidos en la Leyenda, conviene tener pre-"
senté el capítulo lll de la 11.'^ Parte de la Estoria de Espanna, llamada por
Ocampo malamente Crónica General, bien que valiéndonos del Cód. j. x. 4 de
la Biblioteca Escurialense. En el capítulo intitulado De cómo uinieron los leo-
neses el los castellanos al rey don Alffonso, yV regibieron por sennor, et de la
tura queV tomó el Cid, leemos, narrado ya el famoso juramento:
si vos mentira iurades (plega á Dios) que vos mate un traydor
Assí commo mató Vellido (Dolfo) á don Suncho, mió sennor.
Et diziendol': Amen, I mudijirele la color-
Tan buenamientre el Qid | dixo otra vez: Rey ^Ifon,
Por la muerte de d<m Sancho, \ venidesme vos jurar
Que nol' conseiaste, | nin 1' mandaste vos matar?...
Si mentira vos iurastes, | mateos (un vuestro) vasallo á trayfion,
Commo mntó Vellido Dolfo j al rey don Sancho mió sennor.
El rey rcspondiendol': Amen, | cambiógele la color.
También pudieran citarse con el mismo intento los capítulos LIV, LY,
LVl, LXXYII, LXXVÍll y LXXIX de la mencionada Crónica del Cid, trasun-
to en su mayor parte, según. en su lugar probaremos, de la Estoria de Espan-
na, ó más bien de la Crónica de Castiella, compuesta por mandato de Alfon-
72 HISTORIA CRItICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
Uabíase convenido por nuestros críticos en que, siendo com-
puesto el Poema del Cid á mediados del siglo XII, debia consi-
derarse como el más antiguo monumento de la poesía española,
no faltando escritores extranjeros que lo hubiesen tenido como el
primero de cuantos existen en las lenguas vivas '. Pero esta opi-
nión, que podia ser admitida fuera de España antes de darse á luz
so XI. Los vestigios de versificación que en ellos hallamos, son palpables;
pero en orden á los tres úUiínos, que tratan de la jura, es importante obser-
var que descubren ya cierto espíritu más caballeresco que heroico, dando, en
nuestro sentir, razón de otros cantares mas modernos. Aunque en momento
oportuno locaremos este punto, no será mal que traslademos aquí dichos
rasaos, no indiferentes á la observación crítica que vamos estableciendo. Exi-
gida la jura, dice, en boca del Cid:
si vos ende sopisles | parte n mandado
Tal muerte morrades 1 como (morrió) el rey don Sancho:
Villano TOS mate | que non sea fijodaigo.
.Si TOS ende sopistes | parte ú mandado
Tal muerte murades | como (morió mi señor) el rey don Sancho:
Villano TOS mate, | ca fidalgo non:
De otra tierra uenga, | que non de León.
Respondióle el rey: Amen ] é mudógele la color.
Varón Ruy Diez, | ¿por qué rae afincndes tanto?
C« oy me juramentaslea | é eras bes.iredes la mi mano.
Respondió el fid: — Como me fifieredes algoj
Ca en otra tierra sueldo dan ai fijodalgo.
No cabe pues duda en que las dos segundas épocas de la vida del Cid de-
bieron á la primitiva poesía castellana los mismos cuidados que la primera
y la cuarta, y apenas puede haberla en que la Leyenda alcanzó hasta la jura
ó acaso hasta el primer destierro. Á este punto nos lleva el hallar en ella,
después de la victoria obtenida contra los condes traidores y el juicio de los
mismos, los siguientes versos, que ninguna relación tienen con lo que ante-
cede ni con lo que sigue, y que fueron sin duda colocados en dicho lugar por
la inexperiencia de los copistas:
Quando (opieron que Rodrigo | de los rcynos era echado.
Entraron en Falencia por fuerra | que primero era condado,
i. d muy grant desonra | echaron fuera al perlado.
Si estos versos, como parece ser racional, pertenecieron originariamente á
la Leyenda, bien que en distinto pasaje, también lo será el que esta com-
prendiera la mayor parte de la vida del Cid, anterior al Poema.
\ Sismondc de Sismondi, Histoire de la litteralure du midi de VEurope,
tomo III, cap. XXIll.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 73
el Poema de Boecio ' y sustentada en nuestra Península con pro-
babilidad de buen éxito, antes de publicarse la Crónica ó Leyen-
da de las Mocedades de Rodrigo, no parece ya justificable, im-
presa esta obra y tomadas en cuenta las noticias que sobre el
Cantar del rey don Fernando y aun sobre los de Bernardo del
Carpió y Fernán González expusimos en el capítulo prece-
dente 2.
Sin duda son, como ya hemos indicado. Leyenda y Poema los
monumentos de la poesía vulgar heroica de más remota edad que
poseemos: en ellos se sorprende, digámoslo así, la España de los
siglos XI y XII en toda su nativa sencillez y energía, en toda su
rusticidad candorosa, revelándose al propio tiempo la rudeza y
contradictoria lealtad de aquellas belicosas costumbres, la severi-
dad de aquellas fervorosas y puras creencias, y la virilidad de
aquella imaginación, virgen todavía é inflamable á vista de las
altas virtudes de la religión ó de las grandes hazañas de la guer-
ra. Todas estas condiciones y cualidades son en verdad comunes
á uno y otro poema. Mas descubrimos tantos indicios de priori-
dad y de tal bulto en la Crónica ó Leyenda, ya respecto del ar-
te, ya respecto de las tradiciones que se narran en ella y ya en fin
de los sentimientos que animan al héroe, que después de meditar
largamente sobre ambas composiciones, apenas nos queda duda
de que debió preceder la mal llamada Crónica al Poema.
No ocultaremos aquí, que vacilamos mucho tiempo antes de
resolvernos á aceptar esta opinión, faltos, como estábamos, de
pruebas materiales, y habiendo llegado á nuestras manos en tan
miserable estado de corrupción aquel singular monumento. Mo-
víanos por una parte á confesar su prioridad la diferencia que
hallábamos entre los medios artísticos de la Crónica ó Leyenda
y los del Poema, pareciéndonos la metrificación, la lengua y la
manera misma de emplear una y otra mucho más imperfectas,
incultas y groseras en la primera producción que en la segunda;
mas reparando luego en la forma particular de cada palabra, si
i Raynouard, Choix des Poésies originales des Troubadours, tomo II,
pág. 4.
2 Págs. 44 y siguientes.
74 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITERATURA ESl'AJsOLA.
bien nunca podiaraos desconocer en la dicción de la Crónica ó
Leyenda cierto sello de antigüedad muy superior íl la que en su
totalidad representa, nos sentianios inclinados á dar la preferen-
cia al Poema, como documento en que se conservaba más ínte-
gramente la extructura léxica del primitivo romance castellano.
De grande peso era para nosotros, sin embargo, la considera-
ción artística, no habiendo comparación posible entre las formas
poéticas usadas por Berceo, y las que reconocíamos en la Cróni-
ca, según antes de ahora dejamos advertido '. De todo conclui-
mos que este antiquísimo documento de nuestra historia literaria
había sido adulterado sucesivamente por la ignorancia., en mil
partes confirmada, de los copistas y trasladadores hasta llegar al
siglo XV, tan cargado de enmiendas, alteraciones, glosas, aposti-
llas, variantes y todo linaje de retoques " que sólo, ensayando
i l.'' Parle, Ilustración III.^
2 Lamentable es para la crítica que tan dolorosas circunstancias hayan
movido á un diligente historiador de nuestros diasd formular el siguiente jui-
cio sobre este poema, después de declarar que «su descubrimiento es más
curioso que importante»: «Todo él (escribe el erudito Mr. George Ticknor)
))es una versión bastante libre de las antiguas tradiciones del pais, hecha al
«parecer en el siglo XV, á la sazón que empezaban á tener boga los libros de
«caballerías, con el laudable fin de dar al Cid un lugar entre los héroes de
«dicha literatura» (//«/ona de /a liter. esp., prim. ép.'', cap. 11^ nota 14).
Esta apreciación, hecha después de haber expuesto sin grande exactitud la
mayor parte de los hechos narrados en la L¿¿/e«í/a, es un tanto arbitraria
y aun contradictoria con los mismos hechos que respecto de la historia de
las formas reconoce el mismo autor en diferentes pasajes de su obra. Prescin-
diendo de la ¡dea de dar al Cid un lugar entre ios héroes de la literatura ca-
balleresca, y de todas las consideraciones crítico-filosóficas que en el texto
exponemos en orden á la creación del Rodrigo de la Le¿/e«</a comparado con el
Cid del Poema, nos será lícito preguntar simplemente: ¿A qué linaje de poe-
tas del siglo XV es debida la producción, de que hablamos? ¿Á los eruditos?..
No; porque sobre haber desechado ya estos los vérseles de antiguo rimar, co-
lao apellida Ayala á los octonarios (Véanse las Ilustraciones lil.^ y IV.* de la
].^ Parte), no debe olvidar.se respecto de la lengua, por más alterada que apa-
rezca en la Leyenda, que es el siglo XV el siglo del marqués de Santillana,
Juan de Mena y Jorge Manrique; y aunque sabemos que don Iñigo López do
Mendoza escribía a su muerte en metros castellanos la historia del Cid, de
quien se preciaba descender, como nos lo declara su secretario, Diego de
11." PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 73
primero una total descomposición y después una restauración me-
nos artística que filológica, seria dable restituirle todo el carácter
y sabor de la época en que habia sido escrito. No juzgamos de
este lugar el exponer cuantas observaciones históricas y literarias
nos sugirió este penoso trabajo; pero sí conviene advertir, que le-
jos de ser estéril, nos condujo á un punto de convencimiento, á
que no es posible llegar, sin recorrer el mismo sendero '.
Burgos, cuando en el Triunfo del Marqués, obra que en su lugar exami-
naremos, dice:
Por esto el Marqués ] en metro escriuia
Su ystoria. muy llena | de altos loores,
no es posible suponer ni remotamente que dejase de emplear en este poema,
desgraciadamente desconocido todavia, los metros, en que se manifestó tan
atildado. — ¿Á los vulgares ó poetas ínfimos, como los apellida el mis-
mo don Iñigo López de Mendoza?... No; porque no hay dato alguno pa-
ra asentar que los juglares de boca escribieran sus obras, en cuyo caso dejaban
de ser considerados como cantores del vulgo, renegando de su origen y minis-
terio, lo cual no pudo suceder nunca respecto de una obra de mil á dos mil
versos. La suposición del laborioso Ticknor, admitida ó no refutada por sus
eruditos traductores castellanos, no tiene pues muy sólido fundamento; siendo
humanamente imposible que en el siglo XV se compusiera la mal llamada
Crónica rimada, cuyo espíritu, cuya metrificación y cuyo lenguaje nos llevan
auna época muy lejana en la historia de nuestra literatura. — Pero es lo nota-
ble que tras este juicio del historiador angloamericano, un escritor tan dig-
no de estima como el docto Damas-Hinard, aunque reconociendo en parte la
grande antigüedad de la Crónica rimada, asienta que «es difícil figurarse
«nada tan miserable respecto de su valor, ya histórico, ya literario» {Introd.
al Poema del Cid, Apénd., pág. LXXIX). El estudio que exponemos aquí de-
mostrará la poca justicia de ambos asertos.
\ Después de terminado este estudio, llegó á nuestras manos la intere-
sante obra que el perspicuo Mr. Dozy dio á luz en 1849 con el título de Re-
cherches sur Vhistoire politique et litleraire d'Espagne, citada ya por nosotros
en diversos lugares. Tratando este erudito de fijar la edad en que hubo de
componerse la Crónica rimada, según la apellida, asienta que «puede ser más
santigua ó pertenecer, con poca diferencia, á la misma época que el Poema
»(Chanson), pero que no puede ser más moderna». Las pruebas en que se
funda son históricas, filológicas y literarias. Las principales históricas se re-
fieren á la declaración que se hace en varios pasajes de que, al componerse
la Crónica ó Leyenda, habia en España cinco reyes, lo cual acaece desde Wol
á 1230, y ala mención de San Salvador de Monte Irago, en lugar y con pre-
ferencia á Benavente, que sólo se cita una vez fuera de las glosas, inducien-
76 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
Para nosotros (repitámoslo sin reparo) apenas queda duda de
que precedió la Crónica al Poema, aun ateniéndonos únicamente
al estudio de las formas artísticas. Mas lnef,^o que fijamos la vista
en las alusiones históricas que en todo el poema germinan; luego
que sorprendemos en medio de tanto disfraz las costumbres ca-
racterísticas de los siglos XI y XII y traemos á la memoria la co-
nocida observación crítica de que los pintores, estatuarios y poe-
tas de la edad media sólo trasladaron á sus frescos y sus tablas,
á sus estatuas y relieves, á sus cantares y leyendas lo que tenian
delante de sus ojos, en la sociedad á que pertenecieron, no aca-
bamos de admirar cómo en medio de tanta adulteración exterior
experimentada por la Crónica ó Leyenda de que tratamos, ha
podido salvarse el inmenso tesoro de ideas, afectos, usos y hasta
errores y supersticiones que en el fondo resaltan, y que siendo
propios de aquellos remotos siglos, deben ser tenidos en mucho
por todo el que se precie de crítico.
Y sube de punto nuestra sorpresa, cuando desde estos intere-
santes pormenores, que procuraremos poner de resalto en el exa-
men de tan peregrina obra, nos levantamos á la contemplación y
estudio del personaje, que principalmente la llena con sus colo-
do esto á creer que Benavente, cuya fundación ó repoblación se debe á Fer-
nando II (H57 á H88) era poco importante y conocido, cuando se escribe el
referido poema. Las filológicas, que pudieran ser numerosas, insisten espe-
cialmente en el uso de la voz provenzal gensor (genzor), que derivada á
nuestra lengua en los primeros dias de su formación (Véase la Ilustración II
de la I.* Parte), y usada en la yida de Santa Maña EgipQiaqua, sólo se em-
plea una vez en la Crónica ó Leyenda, sustituyéndola la palabra gentil en
todas las obras que se escriben después, incluso el Poema del Cid. Las
literarias se fundan en el desarrollo de las formas artísticas, punto en que
remitimos á nuestros lectores á la Ilustración III de nuestra I.* Parte.
Dozy cree descubrir en la Leyenda algunos cantos guerreros, según adverti-
remos adelante (tomo I, págs. 624 y siguientes). A sus observaciones histó-
ricas podriamos añadir, en orden á la prueba deducida de la preferencia dada
por el poeta á San Salvador de Monte Irago sobre Benavente, que habien-
do comenzado á ser esta villa generalmente conocida en i 176, en que se ce-
lebraron las primeras cortes que llevan su nombre (Salazar, Hist. de ¡a casa
de Lara, tomo lil, pág. 17), parece indudable que la composición de la
Crónica rimada precedió en algunas decadas al expresado año. Sigamos.
II. PARTE, CAP. II. PRIM, MON. ESC. DE LA POES. CAST. 77
sales dimensiones. La figura de Rodrigo el Castellano, tal como
aparece delineada en la Crónica, es en efecto una creación ori-
ginal y verdaderamente primitiva, que jamás pudo existir en la
mente de ningún poeta español, conocido ya y admitido por todos
el tipo del Cid desarrollado en el Poema *. En el Rodrigo de la
{ Circunstancia notabilísima es, bien que aun no advertida, que en este
raro monumento, como en la Gesta Roderici y en el Cantar latino ya exami-
nados (I.* Parte, caps. XIII y XIV), jamás se emplea el sobrenombre, con
que es generalmente conocido el héroe de Vivar, llamándosele siempre Ro-
drigo, hasta la victoria alcanzada en Francia, donde
9G3 De Rodrigo que auie nonbre | Ruy Días le llamaron.
Este hecho, que hermana la Leyenda en cierto modo con los expresa-
dos monumentos latinos, parece persuadir de que á haberse escrito des-
pués del Poema, en que se halla el héroe constantemente designado con el
título de Mío Cid (tan popular después de la aparición de aquel monumen-
to, que trascendiendo á ciertos lugares de su patrimonio, tales como Re-
villa de Mío Cid y otros, fué usado constantemente por cronistas y roman-
ceros),— no hubiera sido ya posible emplear modestamente el nombre de Ro-
drigo, á menos que no supongamos en el autor de la llamada Crónica rimada
grande afectación y estudio, lo cual desmiente en todas sus partes la misma
Leyenda. Ahora bien: si, como observamos ya, fué escrita la Gesta Roderici
Campidocíi antes de d 126 (pág. 177 del tomo II); si el Cantar latino pudo apa-
recer desde iH8 á 1133 ó poco adelante (id., pág. 217); si la Crónica Ade-
fonsi Imperatoris fué compuesta en vida del mismo Emperador, ó lo que es
igual, antes de Í157 (id. id., pág. 220), y en ella se hace ya mención cla-
ra, terminante, indubitable de la existencia de un monumento poético, en
que era siempre llamado Mío Cid el héroe de Vivar {Mió Cid semper voca-
tus), conforme adelante ampliaremos; si el único monumento en que esta cir-
cunstancia se realiza, es el Poema, donde también se cumple por entero quod
áb hostibus fiaud superatur {Poema de Almería, v. 221); si no nos es lícito
finalmente admitir que, dada ya la creación del Cid del Poema, cuyas hazañas
cantaba antes de 1157 el pueblo castellano (de quo cantatur), fuera posible
la creación del Rodrigo, ni menos despojar al héroe de Vivar de aquella es-
pecie de consagración que con el nombre de Mió Cid habia recibido del amor
y del entusiasmo de sus compatriotas, — fuerza es deducir lógicamente, en
orden á la antigüedad relativa de ambos monumentos: 1.° Que la Crónica ri-
mada ó Leyenda de las mocedades de Rodrigo en su primitiva redacción pre-
cede al Poema. 2.° Que en este caso hubo de componerse, bien que no lle-
gara todavía á escribirse, desde el año 1133 á 11 10, si ha de dejarse espacio
racional, para que trazado el Poema, cobrara la popularidad que ya gozaba
7S HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
Leyenda, imberbe garzón que, contra el mandato expreso de su
padro, toma las armas para mezclarse en los sang-rientos distur-
bios de la nobleza, resalta cierta ferocidad ingénita, de que no
hay ya vestigio alguno en el debelador de Valencia. En aquel fal-
tan toJavia el respeto y la veneración casi religiosa con ([ue los
guerreros españoles contemplaban el trono: en este brillan con
admirable fuorza tan generosas dotes, engendrando en el pecho
del héroe los más nobles y elevados sentimientos y produciendo
los más heroicos rasgos de su magnánimo carácter. El Rodrigo
do la Leyenda es de natural altivo y temerario, llevándole á las
más arriesgadas empresas no tanto el sentimiento del deber, res-
pecto de su religión y de su patria, como el febril é insaciable de-
seo de novedades. El Cid del Poema es también esforzado y va-
liente; pero obra siempre impulsado por el honor, ostentando en
todas sus acciones el sello de la piedad, de la mansedumbre y de
la prudencia. Es el Rodrigo de la Crónica el joven impetuoso,
(fue hace excesiva gala de su arrojo y que prodiga acaso sin ne-
cesidad sus hazañas: el Cid del Poema es el hombre amaestrado
ya en la escuela de la experiencia por largos desengaños y curti-
do por el sol de los infortunios. Entre Rodrigo y el Cid se halla,
por tanto, la línea divisoria que existe entre la juventud y la an-
cianidad, constituyendo esta capital diferencia el original carác-
ter del héroe de la Leyenda, cuya espontaneidad de acción y mo-
vimiento de ideas y palabras, puede sólo compararse á la natura-
lidad, frescura y desembarazo de aquel enérgico boceto.
Semejante contraste, que no puede ser hijo del estudio de los
antes de 1157. Sólo de esta manera es posible establecer la cronolog^ia de los
hechos, de las ideas y de las formas artísticas, como a las leyes más estre-
chas de la historia y á los principios, ya asentados para apreciar el sucesivo
desarrollo del arte, interior y exteriormente considerado (I.^ Parte, Ilustra-
ción III del II lomo, páj. 437), conviene; y dada la exactitud de las premisas
y de sus inmediatas deducciones, justo es concluir «qu' il ne doit y avoir do
l'un a l'aulre (poeme) qu'un intervale de vingt ou trente ans» (Damás-Hi-
nard, loco citato, piq. LXXIX), sólo que en sentido inverso de lo que el
docto crítico, á quien aludimos, sostiene. El estudio que vamos exponiendo,
respecto de los caracteres internos de uno y otro monjmcnto, confirma ple-
namente estas observaciones.
Il/ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC, DE LA POES. CAST. 79
monumentos escritos, en que se guarda la memoria del Cid *, ó
supone un prodigioso talento en el autor de la Leyenda, ó (lo que
es más probable) la revelación tradicional y viva aun, del per-
sonaje que con tan vigorosas pinceladas retrata. Porque es lo
notable que, á pesar de la inmensa distancia que advertimos en-
tre Rodrigo y el Cid, mostrando como hemos dicho el abismo que
separa la primera y la última edad del hombre, existe en el fon-
do de ambos caracteres la más estrecha semejanza, dándonos á co-
nocer la unidad interna de la tradición, por más que á primera
vista aparezca entre sí contradictoria.
Igual grandeza de alma, igual lealtad é igual esplendidez y des-
prendimiento descubrimos efectivamente en el Rodrigo de \d. Leyen-
da que en el Cid del Poema: tanta admiración nos inspira el joven
paladín que restituye la libertad á los hijos del conde, ofensor de
su padre, á ruegos de la hermosa y triste Jimena, como el expe-
rimentado guerrero, que después de haber vencido al conde de
Barcelona, le pone en libertad, devolviéndole sus riquezas y col-
mándole de honras: tanto nos maravilla el intrépido garzón que,
por no quebrantar su palabra, se niega á entregar al rey don
Fernando el cautivo moro de Aillon, enviándole á su reino libre
y cargado de riquezas, como el héroe que por no manchar la
lealtad de su juramento, arrostra el enojo de don Alfonso y la
implacable animadversión de los cortesanos.
El Rodrigo de la Leyenda y Cid del Poema son en la esencia
una misma creación, un mismo personaje. La diferencia, como
hemos indicado consiste, en que puesto Rodrigo por la historia y
la poesía en los primeros instantes de la monarquía castellana,
cuando todavía era tenido don Fernando, más que por rey, por
gobernador del condado 2, asociábanse á la juvenil altivez de Ro-
\ Véanse los caps. XIII y XIV del tomo anterior, y en su lugar el rela-
tivo á la Crónica castellana del Cid, escrita en prosa.
2 Fernando I g-obernó á Castilla por algún tiempo con el título de Conde,
según consta de varias escrituras otorgadas á favor de los monasterios de San
Millan, de Arlanza y de Oña: en una donación, hecha al segundo en 1032,
se hace mención de él, sólo como gobernador del condado: «Fredinando co-
mitatum gcrenlo» (Berganza, Antig. de Esp., lib. V, cap. 1). En el concilio ó
80 HISTORIA CRITICA UE LA LITERATURA ESPA55oLA.
drigo los instintos de agreste independencia, abrigados por toda
Castilla; recuerdo poderoso aun en la memoria de sus naturales,
al formularse esta peregrina Leijcnda. No alcanza Rodrigo en
ella grande representación política: ni, aun cuando es en momen-
tos dados salvador de la patria, arrimo y sosten del nuevo trono,
cuyo vasallaje repugna, lleva todavía asociado á su nombre aquel
grande interés nacional, que sublima al Cid sobre todos los héroes
de Castilla. Para Rodrigo no ha sonado aun la terrible hora de la
prueba, poniéndole frente (l frente del trono en el atrio de Santa
Gadea.
Esa varonil, pública y solemne contradicción, que iba á der-
ramar sobre todos los dias de su vida la hiél del infortunio, arro-
jándole del patrio hogar, y dando una y otra vez origen á las
proezas que se cantan por último en el Poema, apenas se halla
indicada en la Crónica ó Leyenda. Rodrigo aunque indócil y al-
tivo por naturaleza, aunque áspero en demasía respecto del mo-
narca de Castilla, cuando su padre le presenta en la corte, ya lo
hemos apuntado, aparece después como el campeón del trono, ora
lidiando y dando muerte á Martin González en defensa de don
Fernando; ora marchando á combatir y desbaratar las preten-
siones del Emperador de Alemania, del rey de Francia y del
Pontífice romano, restaurando así la independencia de su rey y
de su patria. Y sin embargo no puede menos de reconocerse el
mismo héroe en el tierno garzón que juzga deshonrado á su pa-
dre, porque habia besado la mano de un rey, de cuya lealtad duda-
ba, y en el varón esforzado que se opone á que se asiente en el
trono un príncipe, sobre quien recala la sospecha de haber alen-
tado la traición, sin jurar antes su inocencia.
Hasta la época, en que parece terminar la Leyenda, no se ha-
blan enturbiado pues los brillantes dias de Rodrigo: sus haza-
ñas fueron coronadas siempre por la victoria, sin que despertasen
en la potestad real ningún recelo. Sólo habia pensado don Fer-
nando, el Mayor, en cimentar y extender su naciente monar-
•piia, rodeando su trono de todos los más esforzados ricos-ho-
córles (le Coyanza se obligó á guardar los fueros de Caslilla, tales como los
otorgó ol conde don Sancho (caps. VIH y XIÍI).
II.* PARTE» CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 81
mes de León y Castilla, y robusteciéndole con el amor de sus
nuevos vasallos y con el terror de sus antiguos enemigos. Mas
acosado don Sancho por la ambición que le devoraba, sólo curó
del exterminio de sus hermanos, entre quienes habia dividido don
Fernando las joyas engastadas antes en su diadema. Fiel á sus
deberes, sigue el Cid á don Sancho en todas sus empresas: acaso
le aconseja, y tal vez le contradice; pero cuando manda don San-
cho, sólo hay en Rodrigo brazo para ejecutar, ahogando ante la
voluntad de su rey todos sus afectos. Entre la Leyenda y el Poe-
ma media pues todo este turbulento y desastroso reinado: entre
Rodrigo y el Cid existen don Sancho, el Fuerte, con su terrible
ferocidad y su inextinguible sed de combates, y don Alfonso YI
con su implacable ojeriza y su injusta desconíianza. Están Zamo-
ra y Toledo.
Como inmediato y natural resultado de estas diferentes condi-
ciones de existencia en el héroe de ambos poemas, no siempre es
el Rodrigo de la Leyenda consecuente consigo mismo, dejándose
arrastrar de sus fogosos instintos y obrando á menudo conforme
á las impresiones momentáneas que su corazón recibe. Por eso
brilla principalmente en el monumento de que hablamos, por tres
grandes cualidades que son, digámoslo así, la indestructible base
de su carácter: la generosidad, la lealtad y el valor, llevados
al más alto punto del heroísmo. El amor á la patria y el res-
peto á la rehgion son todavía en Rodrigo más bien instintos
indefinidos que lo impulsan constantemente á las arriesgadas em-
presas y á las acciones magnánimas, que nobles y elevados sen-
timientos fundidos en el crisol de la fé, política y religiosamente
considerada.
Esta falta de fijeza y de perseverancia respecto de la doctrina,
y esta sobra de fiereza respecto del hecho son causa por otra par-
te de que haga Rodrigo, al presentarse en la corte de Castilla,
cierta ostentación de ruda independencia, mirando con desden al
soberano que acababa de asentar su trono sobre la silla de los
antiguos condes. Sin embargo, cuando ya han amainado los pri-
meros brios de la juventud, el mismo Rodrigo, que á los doce
años habia salido al campo contra la voluutad de su padre, dando
muerte al conde, su enemigo; el mismo joven que habia afeado al
TOMO III. 6
82 mSTÚUIA CRITICA DE LA LITIHATURA ESPASOLA.
anciano Diego Lainez el que besara la mano al rey Fernando,
funda toda su gloria en la lealtad y en la obediencia á, los man-
datos de su rey, siendo su más franco y cordial consejero; sin
que le repugne, no ya el besarle la mano, sino ni aun colocarse
á sus pies ante tres soberanos extranjeros, como símbolo do su-
misión y de cariño.
Todas estas aparentes inconsecuencias, que en la obra de un
arte adelantado serian bijas do largo y profundo estudio del
corazón humano, aparecen en la Leyenda de las Mocedades de
Rodrigo como otras tantas pruebas de su espontaneidad y de la
antigüedad que no en balde ni sin larga meditación le hemos
atribuido. El rcfi^rido monumento, aunque á primera vista con-
tradictorio en cuanto á la creación del héroe, es en el fondo, y
bajo el aspecto arriba indicado, la verdadera base del Poemas
donde se nos muestra ya más perfecta y acabada la bellísima figu-
ra del Cid; carácter que se desenvuelve todavía con mayor fuerza
en los romanceros de los siguientes siglos y tiene su natural com-
plemento en el teatro. A. ser escrita la Leyenda después del Poe-
ma, no cabe pues duda alguna en que no hubieran brillado en
el héroe tan vigorosos rasgos de inquieta independencia y de no
aprendida hidalguía, ni hubiese tampoco ostentado tan fogosos y
contradictorios instintos. Dominado el poeta por la veneración y
el entusiasmo del pueblo castellano respecto del nobilísimo carác-
ter del Cid, creado ya en el Poema, en vano hubiera osado alte-
rar ninguno de los perfiles de su generosa fisonomía, viéndose,
por el contrario, forzado á fundir su obra en la misma turquesa,
de que había salido el coloso del conquistador de Valencia. El
Poema ha podido en cambio existir naturalmente después de la
Leyenda, modificadas á un tiempo y templadas por los años, así
las cualidades personales que la tradición popular suponía en el
imberbe matador del conde de Gormaz, como aquel primer ardor
de la significativa protesta con que respondía Castilla á la intro-
ducción del rito galicano, ofensivo á la piedad religiosa de sus
padres, y á la repugnante invasión del feudalismo extranjero.
Así que, todas estas observaciones, verdaderamente trascenden-
tales en la historia del arte, tomando el valor de pruebas filosófi-
cas, vienen á robustecer las antes alegadas respecto de las for-
n,* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 83
mas *, autorizándonos á comenzar por la leyenda de las Moce-
dades de Rodrigo el examen de los dos primeros monumentos
que consagra la poesía escrita de los castellanos á la memoria de
su más celebrado caudillo.
A.ntes de entrar de lleno en el estudio de esta preciosa y olvi-
dada joya, para comprobar cuanto llevamos asentado, licito juz-
gamos notar que así como Rodrigo aparece en ella dotado de
cualidades algún tanto diversas de las que se desenvuelven en el
Poema, así también se aparta la narración de sus proezas de la
adoptada generalmente por los romances, bien que se deriven no
pocos directamente de ella. En estos es el héroe invitado por su
anciano padre, para que le vengue de las injurias recibidas del
conde Lozano en presencia del rey de Castilla; injurias que sólo
podían lavarse con la sangre del ofensor, pues que el conde habia
herido el rostro de Diego Lainez 2. En la Leyenda se revela la
existencia de Rodrigo de diferente modo: don Gómez de Gor-
maz, cuya soberbia le ponía en desacuerdo con los demás ricos-
homes de Castilla, en medio de la paz cae de rebato sobre las
tierras de Diego Lainez, robándole el ganado y maltratando sus
pastores. Procurando Lainez tomar enmienda de aquel agravio,
envía á su hermano Ruy sobre Gormaz y poniendo este fuego á
uno de sus arrabales, hace presa en los ganados y vasallos del
conde, restituyéndose á Vivar, si no gozoso de la venganza, des-
agraviado al menos de la injuria. El conde, que no supo prevenir
1 Véase la ya citada Ilustración III.* de la I.** Parte.
2 Así refieren los romances este hecho en boca del Cid:
Non son buenas fecUorias
Que los ornes de León
Fierau el rostro á un anciano,
Y no el pecko á nn infanzón.
La sa noble faz nublastes
Con nube de deshonor;
Mas yo desfaré la niebla:
Que es mi fuerQa la del sol.
En la Crónica en prosa no se menciona la causa del duelo, diciéndose sim-
plemente: «E este Rodrigo, andando por Casliella, ova griesgo con el conde
))don Gómez, señor de Gormaz; é o vieron su lid entre amos á dos é mató
«Rodrigo al conde».
SI HISTÜUIA CalTICA ÜE LA LITEIIATURA ESPASuLA.
íKiuella c¿;[tecie de desquite, sale furiosu tras los soldados de Vivar,
y no pudiéndoles arrancar la presa, desafia á Ruy Lainez, el cual
acepta el reto, conviniendo ambos caudillos en que peleasen por
una y otra parte cien caballeros, y señalándose el plazo de ocho
dias para veriQcar el combate. Aprestábanse ya para llevar á cabo
esta empresa los guerreros de Lainez, cuando Rodrigo, que
nOl Dose annos avie por qüenla | é aun los trese non son:
Nunca se viera en lit, j ya quebrabal' corason,
Cuéntase en los (cien) lidiadores | que quiso el padre ó que non.
Sustaucialmente hallamos aquí al mismo garzón que dice á su
padre, al apretarle este las manos, desconfiando ya de encontrar
entre sus hijos quien le vengue:
Soltedes, padre, en mal hora;
Soltedes en hora mala:
Que á no ser padre, no hiciera
Satisfacion de palabra, etc.
Pero aunque no es fácil determinar dónde hay más poesía,
parece fuera de duda que es más pura y verosímil la tradición de
la Leyenda: más pura, porque revela con mayor naturalidad el
carácter del muchacho, que impulsado por su propio instinto,
quiere dar prueba de su valor; y más verosímil, porque se halla
en más estrecha armonía con el estado político de Castilla en la
época, á que estos hechos se refieren y más conforme con aque-
llas costumbres guerreras; no siendo posible que así mancillara
ningún magnate en presencia del rey á otro rico-home, sin que
fuese luego castigado tamaño desacato. Vengamos ya al examen
de la Crónica, ó Leyenda, de donde han desurgir naturalmente
nuevos testimonios sobre cuantos llevamos asentados.
Comienza este peregrino poema con un prólogo al parecer en
prosa S el cual abraza sumariamente los hechos que supone acae-
\ Nada avenlurariamos, asentando que esta especie de prólogo debió es-
cribirse orijinariamcnle en verso, como todo el poema. De ello parecen de-
poner los abundantes vestigios de metrificación que conserva, tales como:
K dixo al coikIh; | Mm-rlos soino* ;in.il pccciido! ...
C> haevns aquí los poderes | del ri'y iloii S,incbo, mi hermano.
É el cunde tendió los oio5, | á fué lus poderes devisando;
Il/ PARTE, CAP. H. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAÍ^T. 85
cidos desde la muerte de don Pelayo hasta que restituido el con-
de Fernán González á la libertad por el heroismo de la infanta
doña Sancha de Navarra, se presenta á los castellanos que lleva-
ban por capitán su estatua de piedra, para rescatarle. La conocida
anécdota del azor y del caballo, cuya venta produjo la indepen-
dencia de Castilla, la noticia de los condes Garci Fernandez y don
Sancho, la proclamación de don Sancho Abarca, el descubrimien-
to del sepulcro de San Antolin con la fundación del obispado de
Falencia *, y otros varios hechos en que visiblemente se alteran
É conoció los poderes ] é fué ledo é muy pasado.
É dixo...: Esta es Castilla | que me suele besar la uiano.
É la infanta paró las cuestas; \ é cavalgó muy privado.
El conde
Quando lo vieron castellanos, \ todos se maravillaron,
Mas nol' bessaron la mano | nin seunor non 1' llamaron.
Teniendo presente que en los versos con que empieza lo publicado, sigue
el mismo asonante ao, se comprenderá toda la fuerza de nuestra observa-
ción.
i El examen de este episodio, desprendido absolutamente del asunto de
la Leyenda, cualquiera que sea el punto de vista en que nos coloquemos,
nos ha llevado á deducir que este poema debió ser escrito en la ciudad de Fa-
lencia, atestiguando al par de la venerable antigüedad que le atribuimos. E!
cuerpo de San Antolin fué, según la historia, descubierto por don Sancho el
Mayor (no Abarca, como se dice en la Leyenda), por los años de 1030,
con ocasión de perseguir en la caza un jabalí, que se guareció en la cueva,
donde reposaban los huesos del santo: levantado el brazo del rey para arro-
jar el venablo, sintióle don Sancho entumecido y sin movimiento, y reparan-
do entonces en una imagen que allí habia, reconoció ser la del mártir (Pulgar,
Historia secular y eclesiástica de Falencia, tomo II, lib. II, cap. I). El podero-
so monarca restauró á consecuencia de esto la despoblada ciudad, levantó
un templo á San Antolin y erigió el antiguo obispado. Mas como el rey Ber-
mudo III de León solicitara para sí aquel territorio, declaró sufragánea de
Oviedo la silla Palentina, siguiéndose de aquí no pocos altercados y protes-
tas (Id. id., cap. II y siguientes). Los naturales, devotos á don Sancho é in>
teresados en sostener que la Iglesia Palentina no dependía de ninguna otra,
siguiendo á la de Toledo en dignidad, armados con el privilegio otorgado por
el rey de Navarra, conde de Castilla [1033] y robustecidos por la confirma-
ción de don Fernando el Mayor [1059], no solamente defendieron sus dere-
chos, sino que los hicieron valer igualmente contra los obispos de León y de
Castilla (Id , caps. V y VI). La Crónica rimada ó Leyenda dice que invitado
el rey don Sancho por el conde don Pedro, señor del Val de Falencia, para
86 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la verdad y la cronologia, forman, digásraolo así, los preliminares
do la monarquía castellana, erigida por Fernando I sobre el anti-
guo condado. El nuevo rey de Castilla pone su corle en Zamora,
holgar con él unos dias, salieron juntos al campo, y que al pasar un rio [el
de Carrion] se hundió la muía del rey en un subterráneo, quebrándosele am-
bos brazos: reparó el rey en el sitio é hizo entrar después á un caballero lla-
mado Bernardo (que es el nombre del primer obispo), con lo cual se penetro
de lo precioso del hallazgo, comprando al conde aquel territorio. — En el
mismo tiempo fué g-anada Toledo por los moros y echado de ella el arzo-
bispo Miro, que presentándose á don Sancho, obtuvo de él la donación de la
cueva de San Antolin con todo lo comprado al conde don Pedro, dirigién-
dose después á Roma para alcanzar del Papa la Institución de un nuevo obis-
pado, cuya dignidad se le confiere, con la total aprobación del rey. Muerto
don Miro, sucédele Bernardo, que es asimismo confirmado por Roma, y re-
cibido con entera predilección por don Fernando de Castilla. Como se vé, la
situación moral es la misma: el poeta, que no conoce perfectamente los he-
chos, pero que tiene los mismos deseos que abrigaban los palentinos respecto
de su independencia, aspira á legitimarla, ya trayendo de Toledo el primer
obispo de su diócesi (que en realidad es el segundo), ya haciéndole investir
en Roma con aquella dignidad, á semejanza de lo que se acababa de hacer
con el arzobispo don Bernardo. — Y para que no quedase duda alguna de
aquel derecho tan disputado, ó tal vez para que fuera conocido el triunfo de
los palentinos, atendía á hacer populares estas creencias, señalando de paso
con notable proligidad las lindes del territorio que formaba el patrimonio de
aquella Iglesia. Repetidamente decia, bien que con nuevos pormenores:
Desde la haerta del Topo fasta do es la Quinta nidia
Con todo fasta Casticl Redondo, do es Magas llamado, y
Detrás de las cuestas de los Cascajares, do es Sancto Thomé llamado.
Fasta las otras cuestas que llaman Val-Rroyado
Do llaman Val-de-Pero, ca non era poblado.
Ahora bien: ¿qué significa en una obra, como esta, la predilección con que
se emplean 107 versos para sustentar una tradición meramente local, aun-
que parecida á otras muchas de igual interés, tales como la de Alianza y la
de San Antolin de Beon?... ¿Qué ese afán de fijar los términos de las dona-
ciones regias, excediendo en nimiedad y exactitud á los mismos privile-
gios?... Para nosotros no queda duda en que todo esto descubre un interés,
vivo todavía, á favor de Palencia, y un conocimiento menudo, y no forzado,
de aquel territorio y de las pertenencias de su Iglesia. Lo primero nos lleva
á una edad no muy lejana de la repoblación de la ciudad y restauración de
su diócesi: lo segundo nos conduce naturalmente á aquella misma locali-
dad. ¿Seria aventurado deducir que algún clérigo ó calouge ác aquella Iglesia
se apoderó de los cantos populares sobre Rodrigo de Vivar, á quien alribu-
II. PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 87
convocando á esta ciudad todos los magnates del naciente reino:
acuden á este llamamiento Diego Lainez y sus tres hermanos, á
quienes recibe el monarca con particular predilección, consul-
tándoles sobre la empresa que deberla tomar, como soberano de
Castilla, en la siguiente forma:
2bl Oytrae, caballeros, j muy buenos fijosdalgo,
Del mas onrrado aleada | que en Castíella fué nado:
Dísteme á Castíella | é besástesme la mano:
Con vusco conquerí los regnos | de España fasta Santiago,
253 Vos sodes ancianos é | yo del mundo non sé atante:
Mío cuerpo é mi poder | mételo en vuessas manos:
Que vos me conseiedes | syn art é syn enganno.
Rey so de Castíella | é de León assy fago.
Sabedes que León es j cabesa de (todos) los rregnados,
260 É por eso vos ruego | é á vos pregunto atante
Cuál senna me mandadas | faser á tal degrado;
Ca en quanto yo valga, | non vos saldré de mandado.
Díxieron los castellanos: | En buen punto fuestes nado:
Mandat faser un castíello | (de oro) é un león indio pintado.
Don Fernando confirma después los fueros, privilegios y liber-
tades que habia concedido á Castilla su abuelo, el conde don San-
cho; y lisonjeábase ya con la tranquila posesión de sus estados,
cuando las desavenencias que estallaron entre el conde de Gormaz
y Diego Lainez vinieron á turbar la paz que gozaba. Señalado el
dia del combate del modo que arriba indicamos, se encontraron
yeron los palentinos la fundación del hospital de San Lázaro, y los fijó por
medio déla escritura, introduciendo al par en ellos toda esta historia, amol-
dándola á las indoctas tradiciones del vulgo?... El ejemplo del obispo don
Pelayo de Oviedo, ya conocido de los lectores, nos autoriza á creer que no
andamos descaminados (V. el cap. XIII de la I.'* Parte). La alusión erudita
de los tres siguientes versos induce no obstante á juzgar que no era el poeta
de todo punto ignorante: pinta á Rodrigo al entrar en batalla:
667 Ally llamó Rodrigo á Santiago, | fijo del Sebedeo.
Non fué tan bueno de armas | Judas el Macbabeo,
Nin Archil, Nicanor, | nin el rey Tholomeo.
Nótese de paso la invocación guerrera del Cid, y véase lo dicho en el ca-
pítulo XIV de la 1.^ Parle, respecto déla representación del Apóstol Santia-
go, como numen de la guerra.
88 mSTOKIA CKlilCA DE LA LITEUATUMA ESPAÑOLA.
los duscientos caballeros en el lugar cünvenidü, adelatitáiidose á
todos Hüdrig-o y embistiendo al ofensor de su padre:
Los primeros colpes suyos | édel ronde [don Gome] son:
30o Paradas eslan las liasos, | é comienza á lidiaVe:
Rodrigo mallo ai conde, | ca non lo pudo lardar;
Venidos son los ^icnto | é pienssan de lidiar:
En pos ellos salió Rodrigo, | que los non da vagar;
Prissü á dos fijos del conde, | á todo su mal pesar,
310 Ferran Gómez é Alfon Gómez j é Iráxolos á Vivar.
Las tres hijas del conde, Elvira, Aldonza y Jimena, llenas de
dolor por la muerte de su padre y por la prisión de sus herma-
nos, se dirigen á Vivar cubiertas de luto, para demandar á Die-
go Lainez la libertad de los últimos. Esta escena, en que se pin-
tan con sencillos y brillantes rasgos la amargura de las hijas del
conde, la ingenuidad del anciano Lainez y la hidalga y feroz ge-
nerosidad del matador de don Gómez, es sin duda una de las más
importantes de la Leyenda.
Prissieslesnos los lieniianos j étenedeslosacá,
É no? mugieres somos, | que no hay quien nos aupare.
— Essas oras dixo don Diego ' | no devedes á mí culpar:
Pedillos á Rodrigo, | sy vos los quissiere dar,
325 Prométolo yo á Christus, | á mi noni' pode pessar.
Aqueslo oió Rodrigo, j comensó de fablar:
— Mal fessiste, sennor, | de v( s negar la verdal:
Que yo seré vuesso fijo, | é seré de mia madre.
Paral míenles al mundo, | sennor, por caridat.
330 Non lian culpa las fijas | por lo que fizo el padre;
Dalles á sus hermanos, | cá muy menester los han.
CoiUra estas duennas messura | devedes, padre, catar.
Ally dixo don Diego: | Fijo mandátgelos dar.
Sueltan los hermanos; | á las duennas los dan -.
{ Escribimos don Diego, por no apartarnos on demasía de las ediciones
de la Leyenda; mas no sin que juzg^uemos conveniente advertir que en la pri-
mitiva redacción debió decirse simplemente layo ó lagüe, seg^un acreditan
numerosos documentos diplomáticos de aquella edad, y se vé en el Poema.
2 El erudito Tickuor dice que los tres hermanos de Jimena habían caído
prisioneros de los moros y sido libertados por el Cid {Historia de la litera-
tura espcñola, Tiim. época, tomo 1, cap. II),
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 89
No es fácil hallar en obras de otros siglos más cercanos tanta
naturalidad, sencillez y energía al mismo tiempo: el carácter del
intrépido garzón que acababa de dar muerte al conde de Gormaz,
no puede en verdad bosquejarse con más fuerza y vigor, descu-
briendo desde las primeras pinceladas el temple superior de su
alma. Tan terrible como habla sido su brazo en la pelea, tan
ingenuo es el enojo que manifiesta contra su padre, porque no ha-
bía otorgado á las hijas del conde la libertad de sus hermanos,
dudando de su obediencia; y tan generoso aparece con estas des-
consoladas doncellas. Semejante hidalguía y desprendimiento no
pueden menos de inflamar el corazón de Jimena, que se dirige no
obstante á Zamora, llena de amor y de zozobra, para pedir al
rey justicia contra el hijo de Diego Lainez. Hé aquí esta original
é interesante escena:
Liegava á Samora, | do la corte del rey está,
Lorando de los oios | é pidiendo piedat.
345
Orphaniella finqué pequenna | de la condesa, mi madre,
Fijo de Difgo Lainez | físome muclio mal;
Prissom' mis hermanos | é mattom' á mió padre:
Á vos que ssodes rey | vengom' querellar.
330 Sennor, por mereet derecho | [luego] me mandatdar.
Muchol' pessó al rey | é comensó de fablar:
— En grant coita son mios regnos; | Castiella alssárseme ha;
É si se me alsan castellanos, | faserm' han mucho mal.
Quand l'oió Ximena Gomes, ] la mano 1' fué besar:
3o5 Mereet, dixo, Sennor; | non lo tengades á mal;
Mostrarvos he assosegar Castiella ] é á los regnos otro tal:
Dalme á Rodrigo por marido, | aquel que mató á mió padre.
Omitimos hacer comentarios sobre este pasaje, donde se revela
con notable energía la candidez de los sentimientos de la enamo-
rada Jimena, que se ase del temor del rey y de los peligros que
amenazaban á Castilla, para cohonestar la pasión, que le habían
inspirado la bravura y la magnanimidad de Rodrigo. El rey fluc-
túa, no obstante, entre el castigo y el matrimonio que Jimena le
pide y le propone, hasta que consultando al conde Osorio, su ayo
[amo], se resuelve á imponer á la familia de Diego Lainez la
alianza solicitada por la hija de don Gómez. Para llevarla á cabo,
90 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
manila prcsentarso en la corte al padre de Rodrigo, acompañado
de este; mas Diego Lainez:
370 .... Caló las carias | é ovó la color mudado:
Sospechó que por la muerte | del conde quería el rey malallo.
— Oylme, dixo, mi fijo; | mientes catedes acá,
Temóme daqueslas cartas | que anden con falsedat;
É desto los reyes | muy malas costumbres lian.
No puede ser más viva y directa la alusión que hace el hijo de
Lain Calvo á la fatal historia de los condes de Castilla, viva aun
en la memoria de aquellos naturales. Después manda á Rodrigo
que mientras él vá á Zamora, se dirija á Ilaro, donde reside su
tio Ruy Lainez, añadiendo:
— É sy por aventura | el rey me mattare,
380 Vos é vuestros tíos | poderme hedes vengar.
Ally dixo Rodrigo: | Esso no serie verdal:
[Ca] por lo que vos passedes, I por esso quiero yo passar;
Maguer sodes mió padre, ] quiero vos yo conseiar ':
Trescientos caualleros j todos consvusco los levat;
383 Á la entrada de Qamora, | sennor, á mim' los dat.
Essa ora dixo don Diego: | Pues pensemos de andar.
Armados los trescientos caballeros, les arenga Rodrigo en esta
sustancia:
. . . Amigos, parientes, 1 é vasallos de mió padre,
Aguardat vuestro sennor | sin enganno é sin arte.
i Para que pueda ser comparada la manera distinta de expresarse entre
los poetas del siglo XV, á que el docto Mr. George Ticknor quiso llevar este
poema, y de los cantores populares del XII, parécenos bien traer aquí las
notables palabras con que don Alonso de Cartagena se dirige a su padre don
Pablo, Canciller mayor de Castilla, expresando el mismo pensamiento que se
revela en este verso de la Leyenda:
Ser fijo é consejador,
Si al revés tos paresQiere,
Mirad primero, señor,
Que aqael vos sirve mejor
Qae mejor consejo os diere.
{Esludios hisi órleos, polilicos ij lilcrarios sobre los judíos de España, Ensa-
yo II, cap. IX,)
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 91
Tan negro dia aya el rey, | commo los otros que ay están:
395 Non vos pueden desir traydores | por vos al rey matar;
Que non somos sus vasallos, ] nin Dios non lo mande:
Ca más traydor serya el rey, | si á mió padre maltasse.
Con este propósito llega Rodrigo á Zamora: Diego Lainez se
presenta al rey y se arrodilla para besarle la mano, cosa que, por
lo nueva é inusitada, no puede menos de repugnar al osado gar-
zón, cuya espada, sangrienta aun, que sale algún tanto de la
vaina al inclinarse, causa horror á don Fernando, exclamando al
acercársele Rodrigo:
Tlratrae allá esse pecado.
Después añade el monarca:
412 Datme vos acá esa doncella; | despossarémos este losano '.
Don Diego Lainez, sorprendido por tan extraña resolución,
apenas juzga cierto lo que pasa delante de sus ojos. El conde Oso-
rio presenta al rey la hija del muerto don Gómez, y efectuado el
desposorio, prorumpe Rodrigo en estas palabras:
Sennor, vos me despossaste, | más á mi pessar que de grado;
420 Mas prométolo á Christus, | que vos non besse la mano,
Nin me vea con ella 1 en yermo nin en poblado,
Ffasta que venssa cinco lides | en buena lit en campo.
Cuando esto oió el rey, | físsose maraviellado;
425 Dixo: Non es este ome, ( mas figura ha de peccado.
Semejante protesta acaba de revelar el carácter de Rodrigo,
que bien pronto tuvo ocasión de probar su palabra: el rey moro
de Aillon y los arrayaces de Sepúlveda y Olmedo entraron en tier-
ra de Castilla con una hueste de cinco mil caballos, penetrando
hasta Bellorado {Bü forado) y sembrando por todas partes el in-
cendio y la muerte. Don Fernando, á quien hablan causado sor-
1 La circunstancia de emplearse esta voz con harta frecuencia en la Cró-
nica rimada ó Leyenda, dio sin duda motivo á los cronistas y romanceros pa-
ra llamar al padre de Jimena el conde Lozano; observación que no carece de
algún interés en estos estudios, manifestando claramente la prioridad del mo-
numento que examinamos.
92 HISTOIIIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA,
prosii las palabras de Rodrigo, intenta probar su valor, dojAndoli^
entregado á sus propias fuerzas; pero el nieto de Lain Calvo, sin
consenlir eu que despierten á su padre, (pie d la sazón dormia,
toma las armas, reúne bajo su bandera troscienlos caballeros, y
con la rapidez del rayo cae sobre la liueste sarracena, alcanzán-
dola en la Nava del Grillo, donde la desbarata, arrebatándolo
la rica presa í\üq llevaba:
4a0 Ally liilici Rodrigo con ellos | buena lid on el campo:
Uti dia é una noclie | rfasla olro día mediado
hlstuvo en pesso la batalla, | é el torneo mcsclado.
Rodrigo vi^nsió la batalla, ) ¡Dios sea loado!...
Ffasta Peña Falcon, | do es Peña-Fiel lamado.
Las aguas de Duero 1 yvanlas enturbiando.
El rey de Aillon es también trofeo de esta victoria, primera de
las cinco prometidas por Rodrigo, quien se dirige con la rica
presa á Tudela de Duero. La fama del triunfo llega luego á la
corte y regocijándose el rey de tener tan vabeute vasallo, sale en
su busca, prometiéndole entero perdón, si le entrega el quinto
del botin y el reyezuelo que en su poder traia. De esta manera
responde Rodrigo á la demanda del soberano:
471 — «Solamientre non sea pensado:
Que yo lo daré á los mesquinos | que assáz lo ban lasrado:
Lo suyo daré á los diesmos, | que non quiero su pecc;ido;
De lo mió daré soldadas, | á aquellos que me aguardaron.»
475 Essas oras dixo el buen rey: ] «Datme esse moco losano.»
Estonce dixo Rodrigo: | Solamientre non sea pensado:
Demás non vos daré el quinto, | synon d'aver monedado.
Esta respuesta advierte al rey de que es imposible obtener cosa
alguna de Rodrigo por medio de la fuerza: por el contrario sabe
muy luego que ha dado libertad al moro de Aillon, á quien no
debia deshonrar, aunque vencido, devolviéndole al propio tiempo
sus riquezas y donándole cuanto pertenecía á dos arraezes suyos
[arrayaces] muertos en la batalla. Al despedir el nieto de Lain
Calvo al moro de Aillon, le dice:
Sy vos (luissiercn abrir las villas, | synon onbialmc nniidado:
4'JO Yo faré que vos abran 1 á miedo que non de grado.
II, PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 93
El moro de Aillon reconoce al joven guerrero por su señor y
se encamina á su pueblo, donde el nombre de Rodrigo basta para
restituirle en el mando.
Noticioso entre tanto el conde Martin González de que Rodrigo
se halla apoderado de Tudela, donde recibe las parias que le en-
vían los sarracenos, dirígese al rey de Aragón para darle aviso de
semejante hecho, que reputaba como un despojo, ofreciéndosele á
probarlo en singular combate. Autorizado por el aragonés, se
presenta en Zamora y desafia al rey de Castilla, pidiéndole pa-
ladín para hacer armas. Ningún caballero habia salido á la defen-
sa de su rey, cuando llegó acaso Rodrigo á la ciudad, yendo de
romería á Santiago, y se enteró por boca del mismo monarca,
de la situación en que este se hallaba:
520 Rodrigo á los tres dias | á ^amora ovo llegado;
Vio estar al rey muy triste; | ante él fué parado.
Sonrisando se yva | é de la boca fablando:
— Rey ¿quién vos fisso pessar, 1 ó cómmo fué dello ossado?...
De presso ó de muerto | non vos saldrá de la mano.
525 Essas oras dixo el rey: | aSeas bien aventurado;
Á Dios mucho 1' gradesco, | por ver qu' eres aquí llegado.
Á tí digo la mi coyta | donde soy coytado;
Enbióme dessaffiar | el rey de Aragón [priado],
530 Ó quel diesse un iustador | de todo el mío regnado.
QuereiJéme en la mi corte | á todos los fijos dalgo;
[Querelléme en la mi corte:] j non me respondió ome nado.
Rodrigo no vacila en aceptar el desafio; pero no quiere faltar
á su devoción y pide al rey plazo para poder visitar el Padrón
de Santiago ^, señalándole aquel el de treinta dias. No se aviene
Martin González á término tan largo, deseoso de cumplir los man-
datos de su rey, y Rodrigo replica:
Conde, | ¿por que vos quejades tanto?
Á quien diablos an tomar, | chica es possiesta de Maío.
El nieto de Lain Calvo se dirige al sepulcro del Apóstol. Sólo
i Dábase nombre de Padrón de Santiago á la piedra, donde seg^un la tra-
dición fué atada la nave que trajo á Galicia el glorioso cuerpo del Apóstol
SanUago {España Sagrada, tomo III, pág. ]i\).
94 HISTORIA CHlTICA DE LA LITERATUIU ESI'A?ÍÚLA.
restaban ya tres días para expirar los treinta lijados, cuando re-
cuerda el compromiso de su rey, y la solemne promesa que le ha-
bla hecho. Parte, y sin descansar un momento, llega al vado de
Cascajar de Duero, donde encuentra un lepi'oso [gaplio], el cnal
pide por piedad á los caballeros de Rodrigo que le pasen el rio.
Todos se apartan de él, no pudiendo contener el asco que su vista
produce, excepto el hijo de Diego Lainez, quien doliéndose do
su miseria, le hace subir en un valiente mulo, cobijándole con
una capa aguadera, y llevándole consigo hasta Grijalva (Cerra-
to), donde procura tomar algún descanso, para proseguir su ace-
lerado camino. No bien se habia el héroe dormido, cuando lo
anuncia el pobre, á quien habia dado lecho á su lado, que es San
Lázaro, mensajero de Cristo, y que viene á revelarle que llevará
felizmente á cabo cuantas empresas acometiere, siempre que se
vea tocado de calentura.
Hé aquí la fínica consagración, la única unción del héroe cas-
tellano en esta peregrina Leyenda.
Lleno de religioso espanto, despierta y no hallando junto á si
al leproso, cabalga apresuradamente y parte hacia Calahorra,
donde le aguardaban ambos reyes, no sin abrigar el de Castilla la
terrible desconfianza de que compareciese Rodrigo al término
designado. Preparábase ya el anciano Diego Lainez á salir á la
demanda en lugar de su hijo, cuando aparece este, no fenecido
aun el plazo; y entrando en el palenque con Martin González, le
derriba del caballo á los primeros golpes, dándole muerte y de-
clarándose en virtud de este juicio divino, que las ciudades de
Tudela y Calahorra pertenecían al rey don Fernando. El pasaje
en que se refiere semejante duelo, es digno de ser trasladado á
este sitio, por su extraordinaria originalidad y por la sencillez
que respira:
Cavalgar quiere Rodrigo, | non querie detardarlo;
Non le venia la callenlura [ que le avie dicho el malalo.
Dixo al rey: Sennor, datme | una sopa en vino [blancol '.
i Hemos suplido la última palabra. El rasgo de tomar sopas en vino, al
acometer cualquiera ardua empresa, es muy caracten'slico de los siglos XI y
XII. Entre otros testimonios que pudiéramos alegar en comprobación de esta
II. PARTE, CAP. H. PRIM. MON. ESC, DE LA POES. CAST. 93
600 Quando quiso tomar la sopa, | la callentara ovo llegado:
En logar de tomar la sopa, | tomó la rrienda del cauallo;
Enderesó el su pendón, | é el escudo ovo embrasado;
É fuesse pora ally | do estaba el navarro.
El navarro clamó ¡Aragón! | é ¡Castiella! el castellano:
605 Yvanse dar sennos golpes, ¡ los cauallos encostaron;
Dixo el conde navarro: | ¡Qué cauallo traes, castellano!
Dixo Rodrigo de Vivar 1 ¿Quieres trocallo?
Cambíalo conmigo, | sy el tuyo es más flaco. —
Allí dixo el conde: | Non me serva dado. —
610 Partiéronles [ende] el sol | los fieles commo de cabo;
Yvanse dar sennos colpes, | é errol' el conde navarro:
Non lo erró Rodrigo de Vivar [el qui en buen ora foé nado]:
Un colpe le fuera dar | quel' abatió del cauallo.
É ante que el conde s'alsasse | descendió á degollarlo *.
Así acaba este interesante episodio, que contribuye á dar ma-
yor realce al carácter de Rodrigo ^. Nuevos peligros amenazan
costumbre, citaremos el pasaje de la Crónica latina de Alfonso VII, en que se
narra la entrada hecha por Farax Adalí [H43] sobre Peña Negra, que de-
fendían el celebrado Munio Alfonso y Martin Fernandez. «Quia Farax Adalí
(dice) veniebat cum raag-no exercitu ad debellandum eum eís.., consílio acep-
to, comederunt panem et vinum. Deinde exierunt obviam sarracenís» (Núme-
ro 84). Al narrarse en la Crónica de Once Reyes, monumento muy poco co-
nocido de nuestros eruditos, el duelo de don Diego Ordoñez y los hijos del
viejo Arias, obtenida ya la victoria sobre el primero por el paladín del malha-
dado don Sancho, se lee: «Los fieles fueron estonce por don Diego Ordonnez,
»et sacáronle del cerco, el leváronlo para la fueste et desarmáronle á comer
Mires sopas et á beuer del uino» (cap. XXVIII, fól. 108 del Cód. J 133 de
la Bibl. Nac). No puede ser más claro ni palpitante este singular testimonio
de la antigüedad de la primitiva Leyenda, donde se revela esta costumbre,
como cosa de todos sabida.
\ A pesar de habernos propuesto seguir las ediciones de la Crónica ri-
mada, son de tal naturaleza los errores que en este pasaje advertimos, que no
hemos podido resistir al deseo de trasladar aquí los últimos versos, tales co-
mo en nuestro ensayo de restauración resultan rectificados.
2 En esta parte hay una laguna, aunque en nuestro sentir insignifican-
te: sin duda se referia aquí el efecto causado por este juicio divino, como
para contraponerlo en la estimación popular al producido por los dos juicios
relativos al breviario mozárabe, mencionados en la exposición histórica. De
cualquier modo, esta singular tradición del duelo en defensa de la integri-
dad del territorio castellano, no parece del todo ajena á la protesta formulada
96 H15T0IU.V r.lllTir.A de L\ LIIDIIATUIIA ESPAÑOLA.
entre tanto la libortaii de la patria: el moro Jossias ' rompe con
poderoso ejército por las tierras de Castilla, auxiliado de otros
cuatro rí^yezuolos de su ley; y avisado oportunamiMite por el rey
de Aillou, su vasallo, acude Uodrigo d la curte de Zamora, y per-
suade á don Fernando á que se arme y consagre caballero del
Padrón de Sanfiáf/o en el templo del Apóstol, con lo cual le
promete reconocerle como señor, acompañándole después hasta
Mont-Irago, desde donde se torna á Yivar, poniéndose al frente
de sus guerreros, entre los cuales se cuentan sus tres tíos y el
mismo Diego Lainez, su padre. Con la rapidez que exigia lo ar-
duo de la empresa, se dirige aquella pequeña hueste contra el
numeroso ejército de los sarracenos, dando con ellos junto á San
Esteban, y trabándose tan cruda pelea que mueren el padre
y los tios de Rodrigo, lo cual, enfureciéndole al más alto pun-
to, es la señal del exterminio de la morisma. Estuvo no obs-
tante en peso la facienda por el espacio de tres dias, siendo al
cabo derrotados los sarracenos. Rodrigo dá muerte á los reye-
zuelos de Atienza, Sigüenza y Guadalajara, y aprisiona á los de
Madrid y Talavera. Presentados á don Fernando ambos reyes,
corre después á destruir á Redresilla, Bilforado y Grañon, apode-
rándose aquí del conde Garci Fernandez y aprisionando en Siete-
Barrios [Bribiesca] á Jimeno Sánchez, acusado como su hermano,
de haber llamado á los moros contra la patria ^. Ambos son con-
ducidos por el mismo Rodrigo á Zamora y sometidos al fallo de
la ley, llamando este juicio la atención, no sólo por presentar un
por el senlimienlo tiacioiial, en orden á la integridad del mismo suelo, no
respetada por Alfonso VI, según queda ya observado.
\ Es Yuzeph-ben-Texchim ó Texufin, príncipe de los almorávides, á
quien las crónicas vulgares apellidan YuQafe.
2 La injuria hecha por Rodrigo al conde don Ximeno Sánchez, es uno de
los rasgos más propios y característicos de las costumbres que revela en ca-
da verso este monumento. Rodrigo le persigue y lo encierra en Briviesca
[Vil Barrios]:
680 En Sania M^ria la Antigua | se encerró el conde losano;
[Allí] comliatiol' Rodrigo | ainidos, que non de grado:
0»o de roiipiT In ygresia | é entró en olla privadi).
.Sacnl por las barbas al conde | tras el altif con su uinnu.
Al examinar el Poema, volveremos á iccordar este pasaje.
II. PARTE, CAP. IF. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 97
cuadro tan original como verídico de las costumbres de aquellos
lejanos dias, sino también por manifestar el odio con que eran
vistos en el suelo de Castilla los traidores:
695 El rey qnaiido lo oyó, | enbió por todos sus regnados;
Portugaleses é galisianos, | leoneses é asturianos,
[É úines d'J Estremadura [á bueitas] con castellanos;
É ally los mandó el rey | tan ayna iudgar [de grado]:
Los condes que tal cosa fasian | ¿qué muerte merec/a«? •
700 ludgaron portogaleses | á bueitas con galisianos;
É dieron por iuysio | que fuessen despennados.
ludgaron leoneses | á bueitas con asturianos;
É dieron por iuysio | que fuessen arrastrados.
ludgaron castellanos | á buelta con extremadanos,
70b É dieron por iuysio | que fuessen quemados -.
Sentenciados así los condes desleales, el mismo Rodrigo que
loshabia vencido y hecho prisioneros, ruega al rey que los per-
done y obtiene esta gracia del monarca, del siguiente modo:
Sennor, perdona estos condes | syn arte é syn enganno.
i No creemos indiferente, para comprobar la historia de las formas ar-
tísticas de la poesía española, el notar aquí la existencia de este verso, rima-
do en ambos hemistiquios, como lo fueron los leoninos, y desemejante en su
rima de los que le anteceden y le siguen. Esta observación añade no poca
fuerza á las que llevamos formuladas respecto de la antig-üedad de este mo-
numento (Véase nuevamente la Ilustración IH.* del tomo anterior).
2 En efecto; prescindiendo del espíritu que se revela en la sentencia
de esta especie de tribunal supremo, conforme con las prescripciones forales,
que perseguían á los falsarios hasta la destrucción de sus moradas (domus
falsi teslis destruatur a fundamentis, Concil. Legión., año 1012, cap. XIX),
trae su descripción á la memoria aquella manera de concilios mixtos, cele-
brados en todo el siglo XI y primera mitad del XII, germen verdadero de las
futuras cortes de Castilla. Cuando hallamos en los cronistas contemporáneos
las frases: habito magnatorum concilio generali; habito conventu suorum mag-
natorum; fideli concilio regni sui, etc., y reparamos después en la naturali-
dad y sencillez, con que él autor de la Crónica ó Leyenda se refiere á dichas
juntas, no nos es dado dudar de la proximidad de uno y otro hecho. Si la
Leyenda se hubiese escrito en siglos posteriores, ¿hubiera podido prescindir
el poeta de dar á estas congregaciones el aparato y brillo que después pre-
sentaron?... ¿Ni cómo es posible suponer en cantores populares del siglo XV,
«de baxa é servil condición», la ciencia histórica que pedia pintura tan exac-
ta y característica de aquella lejana edad?
TOMO III. 7
98 iiisToniA r.RíTiCA m la literatura española.
[Dixo el rey:]— Yo los perdono | syn arte é syn engarnio,
Por non te salir, Rodrigo, [essa hora] de mandado.
Hasta aquí sólo ha aparecido el nieto de Lain Calvo, como el
genio tutelar de los combates: ua acontecimiento inesperado iba
á darle no poca importancia política, presentándole como el de-
fensor de la independencia de su patria. El rey de Francia, el
emperador de Alemania, y el Pontífice Romano requieren al rey
de Castilla para que reconozca el feudo del Imperio. Don Fer-
nando
Enbia por Rodrigo et | por todos los fijos-dalgo,
y consultándoles ^sobre tan extraordinario suceso, aparecen todos
perplejos, y temerosos al escuchar la demanda del rey, del em-
perador y del pontíQce. Sólo Rodrigo, lleno de patriotismo y do
lealtad, se levanta en aquella asamblea, como se habia levantado
en el consejo de Alfonso, el Casto, el hijo del desventurado conde
de Saldaña, para aconsejar al rey con varonil esfuerzo en esta
forma:
Por ende sea Dios loado;
Ca vos cnbian pedir don, | vos devedcs ottorgarlo:
Aun non vos enbian pedir tributo, | mas enbianvos dar algo.
Sobre lo suyo lo ayamos, | lo nuestro esté quedado.
Sinon liego ff^sta París, | non deuria ser nado.
Hé aquí pues cómo empieza á tomar cuerpo en la poesía herói-
co-popular la protesta producida por los hechos arriba expuestos,
en los cuales habian figurado como instrumentos los monjes fran-
ceses. El sentimiento nacional buscaba en las esferas ideales al-
, gun desquite á la ofensa recibida, cual lo habia buscado contra
Cárlo-Magno, dada la misma pretensión que ahora se imaginaba,
para contradecirla acaso con mayor empeño y energía. Mas no se
crea que la demanda del Imperio, tal como en la Leyenda se for-
mula, carece de cierto fundamento histórico, como no habia care-
cido tampoco la que se personifica en Bernardo del Carpió: tres
cartas de Gregorio Yll, todas notabilísimas, han llegado á nues-
tros dias, donde terminantemente declaraba aquel Sumo Pontífice
que era España propiedad de la Santa Sede, conminando en las
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 99
dos Últimas á todos los príncipes y reyes cristianos para que así
lo reconocieran, é hiciesen sus conquistas en nombre de San Pe-
dro ' . Por grandes que pudieran ser entonces la veneración y el
respeto tributados á los Papas, dada la terrible lucha de cuatro
siglos sostenida contra el enemigo de Dios, y con ella los inmen-
sos sacrificios hechos en aras de la religión y de la independen-
cia, no podía menos de ofender semejante demanda, así el pun-
donor como el interés nacional, haciendo estériles para los espa-
ñoles cuantos heroicos esfuerzos hablan realizado hasta aquella
edad, para rescatar el suelo español del yugo extranjero. Los
cantos populares, hijos de aquel sentimiento, vinieron por tanto
á revelar este universal disgusto; y siendo Rodrigo el héroe más
acepto á grandes y pequeños, natural fué, según arriba indica-
mos, que se asociaran á su nombre, símbolo ya de hidalguía y de
bravura, todos los pensamientos más osados y todos los rasgos
más heroicos que contribuyeran á dar razón de la repugnancia
con que eran vistas aquellas extrañas y expoliadoras pretensiones.
No otra cosa significan, en nuestro concepto, la respuesta dada por
Rodrigo al rey don Fernando, y su expedición á la vecina Fran-
cia, la cual si bien sólo existe en el sentido popular de la poesía,
no deja de tener bajo este punto de vista verdadera importancia
en la historia de la civilización castellana. — Prosigamos pues el
examen de la Leyenda.
Las palabras del nieto de Lain Calvo, que bastarían, cuando
careciésemos de otros pasajes, para bosquejar su originalísimo
carácter, mueven al rey á rechazar enérgicamente la injusta de-
manda del pontífice, del emperador y del rey de Francia, congre-
gando poderoso ejército, á cuya cabeza iban todos los condes y
ricos-homes de España, siendo Rodrigo de todos el mejor, y rom-
piendo rápidamente por los Pirineos, para dar testimonio del eno-
jo despertado en su pecho. Todo este pasaje aparece animado de
extraordinario movimiento, no pareciendo sino que se habia co-
municado al poeta el mismo ardor popular, que dá aliento á
\ Epistolae et decreta Gregorii VII, lib. I, epíst. VI, pág^. 9; Aguirre,
tomo II, pág. 246, epíst. I; 250, epíst. Vil.
i 00 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la supuesta empresa del rey don Fernando, par de Emperador ^.
Al acampar á vista ya del enemigo, exhorta este soberano á todos
sus magnates, representándoles la afrenta que caerá, de ser ven-
1 El movimiento que se advierte al comenzar la nirracion de la em-
presa contra Francia, ha inclinado a Mr. Dozy á creer que desde el verso
758 en adelante puede considerarse «como un canto guerrero que fue ento-
)>nado en las filas de los ejércitos, como la antigua canción de Rolando (Rol-
))dan))). «Debe haber sido compuesto (añade) después del año 1157, porque
))se lee también en él que hai/ cinco reyes en España (v. 786) como en la
)>misma Crónica» {Rechcrches, pújs. 628 y 630). Dozy funda esta opinión
más principalmente en la mención que hace la Crónica general de alg-unos
cantaros populares relativos a semejantes hechos, diciendo: «E por esto dixe-
»ron los cantares que pasara los puertos de Aspa á pesar de los franceses»
(fól. 287, col. I.'*), notando al par que en la Crónica rimada declara el poeta
que no es obra suya dicho fragmento, cuando escribe: uPor esta razón dixie-
nron: El buen don Fernando par fué de emperador)) (págs. 628 y C2í>)- Ad-
mitiendo nosotros: 1.° la existencia del Cantar del rey don Fernando, citado
ya en el capítulo anterior: 2.° la grande influencia de estas poesías popula-
res en la redacción total de la Leyenda, lo cual contribuye á darle esa origi-
nalidad que tanto la avalora; y 3.° la probabilidad de que este y otros pa-
sajes de la misma Crónica rimada ó Leyenda fuesen entonados por los guer-
reros castellanos, en su redacción primitiva, como la canción de los soldados
de Aurelio, citada por Vopisco, no creemos que debe ser considerada esta
parte cual un canto «que celebre los altos hechos de armas de Fcrnan-
wdo», ni aun como un fragmento del Cantar del mismo rey; pues que según
demuestra el análisis que vamos haciendo, aunque aparece en ella como so-
berano, no es el héroe principal, puesto exclusivamente concedido al nieto
de Lain Calvo. — Lo que sobre este punto, y la mayor parte de la Leyenda,
tenemos por seguro es, que el poeta no sólo admitió y siguió la tradición po-
pular, sino que de la misma suerte que lo hicieron después los cronistas,
introdujo en su obra aquellos pasajes que gozaban de mayor aplauso y se amol-
daban más a su intento. Juzga el sabio Duran, sin embargo, en obra poste-
rior á la de Dozy, que pudo componerse la Crónica rimada de romances tra-
dicionales, de lo cual testifica en su concepto el verso 636, que dice: aQue
ndisen Benavente, según diseen el romance». No sólo en este, sino en el ver-
so oi7 se lee: De qual disen Benavente, segunt dise en el romance; pero so-
bre haber ya demostrado Mr. Dozy que uno y otro verso son glosas (por cierto
mal colocadas) posteriores á la primitiva redacción del poema, y aclarato-
rias de la cita de Monte Irago, parécenos claro que no á la composición y sí
á la lengua se referían, denotando el nombre vulgar de Benavente que aquel
sitio habia recibido, para diferenciarlo del de Beneventum que en latin con-
servaba. En cuanto á la fijación del año en que la Legenda hubo de ser cora-
11."* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 101
cidos, sobre ellos y sus descendientes, sin que obtenga ninguna
respuesta.
820 . . . Con la malenconia | el cuer rjueriel' quebrar:
Demandó pora Rodrigo 1 el que nascó en Bivar,
Recudid' Rodrigo ] la manol' vá bessar:
— Qué vos piase, sénior, | el buen rey don Fernando?... «.
El rey le encomienda la guarda de su seña, honra que por lo
subida apenas se atreve á aceptar el hijo de Diego Lainez, quien
le pide en cambio la gracia de los primeros golpes.
832 . . . Besso uestras manos | é pídovos un don:
Q:ie los primeros golpes | yo con mis manos los tome,
É abrirvos é los caminos, | por donde entredes vos.
Essas oras dixo el rey: [ Olórgotelo yo.
Embarazado no obstante con la seña real, y no viendo entre los
trescientos caballeros que le siguen, á quién pudiera confiarla sin
propio sonrojo, pónela en manos de su sobrino Pero Mudo ó Ber-
mudo, personaje cuya viril fisonomía tendremos ocasión de reco-
nocer, cuando examinemos el Poema de Mió Cid. El pasaje á
que aludimos, es digno de ser trasladado á este sitio. Rodrigo
84b Volvió los oíos en alto;
Vio estar un su sobrino, j fijo de suo hermano,
Quel dissen Pero Mudo; 1 á él fué [luego] legado:
Ven acá, "mió sobriilo; | fijo eres de mió hermano,
El que fisso en una labradora | quando andava cassando ^•.'
850 Varón, toma esta senna; | fas lo que yo te mando.
Dixo Pero Bermudo: j Que me piase de grado:
Conosco que s6 vuestro sobrino, | fijo de vuestro hermano;
Mas desque saliestes d' Espanna ] non vos ovo menbrado,
835 Á cena nin á yantar 1 non m' oviestes conbidado;
De fanbreé de frió ] só [d' eslonz] muy coitado,
puesta, nos remithnos á lo ya indicado arriba (pág. 77), no siendo obstáculo
á nuestras deducciones la alusión á los cinco reyes de España que loma Mr.
Dozy como dato tan principal, reconociendo y sosteniendo la antigüedad de
este peregrino monumento.
1 Tan estropeado se halla este pasaje en las ediciones de la Leyenda, que
no hemos podido renunciar á trascribirlo tal como en nuestra restauración
resulta.
2 Tampoco aquí hemos podido en conciencia seguir las ediciones.
i 02 HISTCmiA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
Non he pora cobertura | [nin Ruarni^ion] del cauallo;
Por las crietas de los pies | córreme sangre claro.»
Allydixo Rodrigo: | —Calle, Iraydor, privado.
Pero Beriniido calla y recibe el pendón real, besando la mano
d su tio, y exclamando, al ver en su diestra la referida enseña:
865 — En tal logar vos la porné | antes del sol cerrado.
Do nunca entró senna | de moro, nin de cristiano.
Ally r dixo Rodrigo: | Esso es lo yole mando: •
Agora te conozco qu' eres 1 fijo de mió hermano.')
El conde de Saboya se aproxima entre tanto á los trescientos
caballeros de Rodrigo, enviándolc varios de su ejército para saber
quién era y con qué propósito habia entrado en Francia. Es ver-
daderamente peregrina la respuesta dada por el caudillo castella-
no al poderoso conde 'de Saboya, que se lisonjeaba ya de que
vendría á reconocer su vasallaje:
Tornatvos, dixo, Latinos, | al conde con mi mandado:
Dessilde que aon só rico j nin poderoso fidalgo;
Mas só un escudero, | non cavallero armado,
880 Ffíio de un mercadcro, | nieto de un eibdadano:
Mi padre moró en Rúa, j ó siempre vendió su panno.
Ffmcarom' dos piessas, | el dia que fué fíinado;
É commo él vendió lo suyo, | venderé (yo) lo mió de grado,
Ca quien ge lo conprava | muchol' costava caro.
883 Per ó dessilde al conde, | que dó mi cuerpo á tanto
Que de muerto ó de presso, j non me sairá de la mano.»
Furioso el conde, al escuchar la respuesta de Rodrigo, jura
colgarle de los cabellos en las almenas de su castillo, trabándose
á pocos momentos encarnizado combate, en que sólo quedaban
ya al hijo do Lainez cuarenta y cuatro caballeros, cuando logra
derribar al conde de su caballo, declarándose este vencido. Ro-
drigo exclama, al verle en tierra, de este modo:
Destaguissa vende panno 1 aqueste cibdadano:
90o Assy los vendió mi pad re | ffasta que fué finado;
Quien gelos comprava, | assy les costava caro.
El conde obtiene su rescate, entregando al vencedor una hija,
cuyo retrato hace el poeta con estas pinceladas:
Vestida vá la Ynfanle | de un baldoque preciado:
Cabellos por las espaldas, | commu de un oro colado;
II, PAUTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 103
930 Oíos prietos, como la mora, | el cuerpo bien talado.
Presentada tan hermosa doncella al rey Fernando, esquiva es-
te el abusar de su belleza y Rodrigo le replica, diciendo:
Sennor, faseldo privado:
Enbarraganat á Francia, | syá Dios ayades pagado.
950 Suya serála desonra; | yrlos hemos denostando.
No puede en verdad llevarse más lejos la aversión con que los
castellanos llegaron á ver cuanto tenia relación con la dominación
temporal de España, con los monjes de Cluny y con los magnates
francos que el rey don Alfonso habia traido á Castilla, represen-
tantes del malhadado feudalismo y predominio extranjero *. Des-
1 El docto Mr. Damás-Hlnard, reprobando en el autor de la llamada
Crónica rimada el poco juicio, con que recoge las leyendas populares relati-
vas á la primera edad del Cid, añade aludiendo sin duda á este originalísimo
y característico pasaje: «Nous lui reprocherons en outre, dans les choses de
l'ordre moral, un sentinient dénué de délicatese. En fin, et c'est ce que nous
lui pardonerons encoré moins, M a foUement rapporté, ou peut-étre meme,
sottement imaginé, des contes absurdes relatifs a de prétendues g-uerres qui
n'on jamáis eu lieu entre l'Espagne et la France, et il devient par lá, dans la
litterature espagnole, ile plus anclen représentant des préjugés anti-francais
qui ont causé tant de maux aux deux pays». En nota añade: «D'oü vient
done cette haine aussi absurde qu'injuste, qui exalte notre auteur, el lui
fait accepter ou inventer tant de folies? {Introdut. au Poem. du Cid, pági-
nas LXXIX y LXXX). Locuras serian en efecto, y locuras altamente vi-
tuperables, así la invención de esta empresa contra Francia, como los acci-
dentes injuriosos contra la hija del conde saboyano, y los más sorprendentes
todavía contra el Sumo Pontífice, que verán luego los lectores, si no tu-
viesen verdaderas raices en la historia, y vida real y positiva en las tradicio-
nes abrigadas por el pueblo castellano. Desde la época memorable de Alfonso,
el Casto, en que hemos visto que sus magnates, á cuya cabeza pone la tra-
dición á Bernardo de Saldaña ó del Carpió, «malebant enim mori liberi quam
in francorum degere servitutem» (Don Rodrigo, lib. IV, cap. IX), hasta el
despojo ó abolición del breviario mozárabe, impuesto en la forma que dejamos
tindicada (rege minis et terroribus intonante, — clero, militia et populo cune-
lis ñentibus et dolentibus, — Adefonsus mortis supplicia et direplionem mini-
ans resistentibus), y el amago y aun establecimiento del sistema feudal en
algunas comarcas y pueblas de Castilla, no deja de ofenderse el sentimiento de
libertad é independencia del pueblo español, que á costa de tantos sacrificios
rescataba la patria del yugo mahometano. Y cuando lodos estos hechos tenían
tan dolorosa corona en las no disimuladas pielensiones de la Santa Sede, res-
i 04 iiisruüíA ciilncA de la literatuiia española.-
pues de la dLMTota del conde saboyano, no encuentran ya las
huestes castellanas resistencia alguna, llegando hasta la misma
ciudad de París, donde desafia el nielo de Lain Calvo á los ale-
manes, romanos y franceses, y muy en especial á los descendien-
tes de los célebres Doce Pares *, y aun al mismo rey de Francia,
pecio de la (lopcndencia política de España, y habían sido una y olra vez
francesas las manos auxiliares que en tales sucesos mediaron, no es por cierto
maravilla que el ofendido sentimiento de la muchedumbre indocta estallase
enérgicamente contra Francia, no perdonada tampoco la santidad del Pontífi-
ce Romano, hiriendo así de un solo golpe el doble blanco de sus antipáticas
■ prevenciones. Ni era sola la poesía á reflejar tan vigorosa protesta que pe-
netra al cabo con notable fuerza en la historia (Mariana, Ms/. gen., lib. IX,
cap. V), personificándose siempre en Ruy Díaz de Vivar, como hemos ya in-
dicado, manifestando así que no estaba en manos del poeta popular dejar de
pintar al héroe, tal como el pueblo le habla concebido, y que cualquiera que
fuese la delicadeza del sentimiento universal respecto de Francia y del Pon-
tífice Romano, sólo cumplía al cantor de la muchedumbre el reflejarlo con
entera viveza, para ser su verdadero intérprete. Así, no en «quclque román
fran9ais, composé sur Te-xpcdilion de Charlemagne de ce colé-ci des Pyré-
nées» (Damás-Hinard, ut supra), sino en la general tendencia del pueblo es-
pañol á condenar en las esferas del sentimiento la doblp invasión que vá estu-
diada, y en las hazañas reales del hijo de Diego Lainez, ya hiperbolizadas, si
es lícito decirlo así, por la entusiasmada muchedumbre, halló el cantor de
Rodrigo el sentimiento y la materia poética que revela y desarrolla en la Le-
yenda, sin que sea razonable, ni aun posible, echar la responsabilidad de la
narración sobre persona determinada, aunque nos fuese conocido el nombre
del poeta. El estudio expuesto sobre las dotes internas que resplandecen en
la figura de Rodrigo, prueba, demás de esto, que aun admitido, históri-
camente hablando, lo absurdo de la empresa y lo inverosímil de los acciden-
tes de su narración, todavía es consecuente cuanto el hijo de Lainez ejecuta
en Francia (y por tanto su carácter) con lo que hace y realiza desde su apa-
rición en Castilla. El poeta pues no supone ni imagina neciamente cuentos
absurdos: recoge la tradición popular, y en ella refleja el estado de los áni-
mos en orden a los personajes y a las cosas que son objeto de la Leyenda.
i El sabio Ticknor asegura que «el Cid marcha á París, cuando flore"
»c¡an cabalmente los Doce Pares, haciendo las mismas hazañas que ellos»
{Hisl. de la lil. esp., tomo 1, época I, cap. II). El poeta dice que Ruy Díaz
«Siempre oyó desir que doce pares avia en Francia» (vers. 1 00o), no que fue-
ran los de Cárlo-Magno, a quien se refiere por excelencia aquel título. Esto
prueba lo que ya dijimos al tratar del Poema de Almería, á saber: que durante
el siglo XII comenzaron á ser generalmente conocidas en España las exage-
II / PARTE, CAP. II. PRIM. MOIS. ESC. DE LA POES. CAST. 105
sin que responda á esta demanda ningún combatiente, pretestau-
do el rey que ninguno de los Doce Pares podia lidiar sino con don
Fernando. Temeroso el Pontífice del peligro que tenia delante,
llegado ya el fuerte del ejército, aconseja al rey y al emperador
que soliciten de don Fernando una entrevista, en donde, puedan
arreglarse las diferencias, que se hablan confiado á la suerte de
las armas. Don Fernando concurre á las vistas acompañado úni-
camente* de Rodrigo, el cual se acomoda á los pies de su rey en
presencia de aquellos soberanos. Pero no bien habia manifestado
el Pontífice el gran temor de que estaba poseído, humillándose
ante Rodrigo hasta el punto de ofrecerle la corona imperial de
España, cuando le interrumpió este diciendo:
1067 Dévos Dios malas gracias | ¡ay Papa Romano!...
Que por lo por gannar venimos, | que non por lo ganado.
El rey don Fernando se manifiesta, no obstante, más inclina-
do á la paz, y merced á un hijo habido en la infanta de Saboya
y á los ruegos del Papa, concede con usuras las treguas que se le
pedían; punto en que dá fin la Leyenda, no completo siquiera el
episodio de la famosa expedición nacional, cuya significación mo-
ral y política no puede ser de más bulto. Porque en efecto ¿qué
representa esa singular humillación del Padre de los fieles, ante
un guerrero, que no ha perdido todavía los bríos de la juventud,
humillación ideada y aplaudida por un pueblo altamente católi-
co, y que tenia siempre desnuda la espada en defensa de su Dios
y desús altares?... ¿Cómo se explica esa especie de saña mani-
festada contra Francia entera, hasta el punto de deshonrarla en
la hija de uno de sus condes, por un pueblo en donde el respeto
á la mujer era tan verdadero y noble como extremado, y lograba
la hidalsuia tan elevado asiento?...
radas proezas de los héroes carlowingios: los siguientes versos de dicho poe-
ma no dejan duda alguna. Hablan de Alvar Fafiez, primo del Cid:
Tempore Roldan!, si tercius Alvarus esset
Post Oliveram, fateor, sine crimine rerum,
Sab inga Francorura fuerat gens agarenorum,
Nec socií cari iacaisseat luorle purempti, etc.
106 HISTORIA CníTICA DE LA LITEllATURA ESPAÑOLA.
Necesario era suponer una aberración completa y verdadera-
mente absurda, tanto en orden á las ¡deas religiosas como á las
morales, en el pueblo castellano que así senlia y pensaba, si no
tuviésemos en la historia exiilicauion cumi"Hida de semejantes fe-
nómenos, que vienen á. realizarse en la poesía, intérprete fidelísi-
mo, no de los hechos materiales que altera y aun desdeña con
harta frecuencia, sino de los sentimientos y de las ideas que agi-
tan y conmueven profundamente la sociedad, como protesta viva,
bien que hiperbólica, contra esos mismos hechos.
No se olvide pues la situación moral de Castilla, al formularse
tan peregrinos cantares. Era esta la segunda vez que veia España
amenazada exteriormente su independencia; y si contra las aspi-
raciones de Cárlo-Magno, no repelidas abiertamente por Alfonso
el Casto, habia alentado con las fuerzas de su imaginación el
brazo exterminador de Bernardo del Carpió, que destruye en Ron-
cesvalles el poderío de Francia, contra las demandas temporales
de Gregorio YII, sostenidas por un príncipe francés, las noveda-
des litúrgicas, ya coronadas por el éxito, y las invasiones feudales
en parte realizadas, animaba ahora la terrible figura de Rodrigo,
no contentándose con que libertara á la patria de toda opre-
sión, sino haciéndole penetrar en el suelo de Francia, deshon-
rando en él su nobleza y humillando en las puertas de París á
su mismo soberano, sin perdonar al emperador de Alemania, ni
al Romano Pontífice, quien mendiga ante Rodrigo y Fernando la
paz, que este sólo concede en albricias de aquella misma des-
honra.
Ahora bien: ¿era dable que estas ideas, hijas de una ofensa ó
provocación determinada, y que este espíritu de exagerada ven-
ganza, nacido del sentimiento de independencia, se propagase sin
motivo en el pueblo castellano más acá del siglo XII, conservando
fuerza bastante para comunicar por vez primera á las inspiraciones
de la poesía heroica tan desusado calor y brío?... Ni las crónicas
escritas en el siglo Xlll, ni los romances, compuestos acaso por el
mismo tiempo, ofrecen al referir esta fabulosa empresa tantos y
tan extraordinarios rasgos de originalidad como hallamos en la
Leyenda; siendo para nosotros indudable que todos esos rasgos
vigorosos, todas esas atrevidas ideas, todas esas injui'iosas inven-
II.* PARTE, CAP. II. PRni. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 107
ciones fueron bebidas en la tradición oral, cercana al momento de
la ofensa que así exasperaba el sentimiento patriótico, ó ya toma-
das de otros cantos más groseros sin duda y populares, y por
tanto más enérgicos é hiperbólicos.
De cualquier modo que sea, estas observaciones, unidas á las
anteriormente expuestas respecto del carácter de Rodrigo com-
parado con el del Cid, y al breve análisis que dejamos hecho,
pondrán de resalto la importancia de este raro y original monu-
mento, comprobando al par la exactitud de nuestro juicio, en or-
den á su antigüedad respetable. Lástima que lo enmarañado y
revuelto de la metrificación, lo desquiciado y descompuesto de la
frase, y lo adulterado de la dicción no consientan quilatar exac-
tamente los medios exteriores, de que el arte disponía en aquella
edad, ni menos estudiar con el provecho debido sus aciertos ó
sus extravíos, señalando con toda seguridad sus especiales carac-
teres. La Leyenda de las mocedades de Rodrigo no es sin em-
bargo un poema sujeto á las leyes y condiciones que reconocemos
en los monumentos de un arte adelantado, siendo inútil en tai
concepto todo, el empeño que se ponga por la critica para hallar
en este canto popular la belleza, no ya de los medios simplemente
artísticos, sino de las formas expositivas ó literarias. Ni la natu-
raleza de la inspiración que le dá vida, ni el fin á que pudo aspi-
rar, realizando la ley superior de su existencia, como obra naci-
da en el pueblo y para el pueblo, ni la situación especial del arte
en aquellos primeros dias de su infancia..., nada podia absoluta-
mente prometer en el poeta primitivo (ó en el compilador de los
cantos parciales que la perspicuidad de ciertos críticos intenta
descubrir en la Leyenda) más sazonado fruto, como no lo pro-
mete el árbol más fecundo, cuando no ha llegado todavía á su
completo desarrollo ^.
1 El muy entendido conde de Puymaigre, en su libro Les vieux auteurs
casíillans, después de manifestar grande empeño por descubrir en la Leyenda
ó Crónica rimada algunas reminiscencias de poemas franceses, siguiendo así
el camino trazado por el diligente Damás-Hinard en orden al Poema del Cid,
añade que es la Leyenda cierta especie de mosaico, compuesto por un artista
poco hábil y con materiales diversos, mal unidos, mal pulidos y con frc-
los niSTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
En medio de estas dilicultades, de todo punto invencibles, bien
será dejar no obstante consignado que no carece la Leyenda de
algunas flores nativas, las cuales brillan tanto más á nuestra
vista cuanto es mayor la general rudeza deJ poema: demás de los
cuadros, rasgos, pinceladas y expresiones felices, ya trasferidos
en la exposición del argumento, no escasean en efecto los egem-
plos, donde se descubre verdadera intención poética. Refiriendo
la presentación de Rodrigo al rey en el momento en que le desa-
fia Martin González, se dice que el hijo de Diego Lainez
Sonrisando se yva | é de la boca fablando.
Para pintar el amanecer:
El alvor querie quebrar [ é aun el dia non era claro.
Ponderando los numerosos ejércitos de Francia:
Atantes son franceses | como yervas del campo.
cuencia separados por enojosas lag'unas. «Cela (concluye) pcut intéresser córa-
me objet anlique, niais cela manque d'une beauté rcelle» (lomo I, cap. IV,
paj. 232). En efecto, esa especial belleza que el sabio conde echa de menos,
no podia existir en el Poema de las Mocedades de Rodrigo, si este había de
revelar, como revela, el estado intelectual y literario del pueblo castellano
en la edad que lo produce; y es por extremo peregrino el observar cómo re-
conociéndose y aun exagerándose esa falla de belleza real (artística) y la in-
experiencia y desaliño del poeta, al acopiar y hermanar los materiales que
forman su mal trabada obra, se le concede al propio tiempo talento, erudi-
ción y aun gusto bastantes para buscar en extraños parnasos modelos, y
elegir situaciones más ó menos bellas y felices, enriqueciendo con lales con-
quistas sus propias inspiraciones. La contradicción es palmaria; y sobre mos-
trar cuan arriesgado es el empeño en que se ha puesto el erudito conde, que-
riendo traer de Francia los modelos de un poema, inspirado por el odio y las
preocupaciones populares contra aquella nación, le desarma visiblemente
para sostener la conclusión de que la Crónica rimada es posterior al Poema
del Cid. Porque es indudable: mientras mayor rudeza é incongruencia se ha-
lle en las formas artísticas; mientras más inconsecuencia haya en la concep-
ción y pintura del héroe, y mientras menos regularidad y orden exista en la
exposición de los hechos, mayores serán y más seguras las pruebas de la
prioridad de la Leyenda sobre el Poema, reconocida en este, como lo hace el
ilustrado conde, la ventaja respecto de lodos cslos puntos.
II. PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. Í09
Para dar á conocer la bravura y bizarría de Rodrigo, fuera de
España:
En las puertas de París j fué ferir con la mano.
Y al describirse la batalla, en que se apodera Rodrigo del con-
de de Saboya, se traza el siguiente cuadro, donde con ligeras,
pero comprensivas é ingenuas pinceladas, se trasmite el movi-
miento de aquella suerte de combates:
895 Veredes lidiar á profia | é tan firme se dar;
Atantes pendones obrados | alear et abaxar,
Atantas lancas quebradas | por el primore quebrar;
Atantos caualleros | caer et non se leuantar,
xVtnnto cauallo sin duenno I por el campo andar.
900 En medio de la mayor priesa ¡ Rodrigo fué entrar;
Encontróse con el conde, [ un golpe le fué dar;
Derribóle del cavallo, | non le quiso matar *.
Tal es en general el carácter de las pinturas y descripciones
que nos ofrece la Leyenda. — Del estudio de sus formas se deduce
sin género alguno de duda que, lejos de descender aquel arte na-
ciente á la apreciación de las circunstancias individuales y á los
pormenores de las cosas, se limitaba, como arte primitivo, á, pre-
sentar los objetos en su totalidad y conjunto, percibiendo única-
mente los colores fuertes y decisivos que los exornaban. Prueba
es esta de la antigüedad de toda suerte de producciones literarias,
y no despreciable por cierto, tratándose de una obra como la
Leyenda, pues que depone muy en favor da la opinión que sus-
tentamos. Cuando aparece ya en esos cuadros la mano del pintor,
para darles cierta regularidad y morbidez y dulcificar los objetos
con medias tintas y matices; cuando deteniéndose á reconocer to-
1 El referido conde Th. de Puymaigre halla entre este y otro pasaje del
Poema del Cid notable analogía de arte; pero no es esta la única analogía
que entre ambos existe, aun respecto de las formas meramente artísticas.
Puymaigre quiere fundar no obstante un argumento de prioridad á favor del
Poema, elevándose después al examen individual de los personajes de uno y
otro monumento. Sobre este punto nos remitimos al estudio realizado en el
texto.
lio HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
das las circunstancias y relaciones de las cosas, se aspira á pre-
sentar un todo armónico y agradable, el arle, dejadas ya las
mantillas, camina á su ulterior desarrollo, y ensanchando ilimi-
tadamente su esfera en todos sentidos, necesita para vivir el fruto
de nuevas y seguras conquistas.
Nada de esto sucede todavia respecto de la Leyenda de las Mo-
cedades de Rodrigo, donde á pesar de la tradición scmi-docta,
(lue le ministra las formas poéticas, ni se revelan de una manera
propiamente erudita los sucesos históricos, ni ofrecen mayor se-
t;uridad los conocimientos geográficos, hijos sin duda de la tra-
dición oral, y como tales sujetos á multitud de errores ^.
Acabamos de indicar que las formas poéticas se derivan á esta
obra por medio de la tradición semi-docta, ya escrita; y bien se
advertirá que nos referimos á la literatura latino-eclesiástica,
centro común en esta parte de todas las poesías vulgares de las
regiones de Occidente. Trazada antes de ahora la senda que si-
guen mefro y rima ^, no se nos tildará de parcos, si nos limita-
mos únicamente á observar que en medio del lastimoso descon-
cierto y corrupción en que ha llegado á nosotros la Crónica ó
Leyenda, se distinguen principalmente en ellos, sobre todos los
demás, dos principales caracteres: Primero: en la versificación,
el metro de diez y seis sílabas ú octonario, llamado en siglos
posteriores pié de romance, si bien no escasean los metros de
i Para comprobación de este aserto, y a fin de que forme contraste con
las noticias topográficas, 'relativas á Falencia, pondremos aquí la enumera-
ción poético-jcográfica que se hace de los ejércitos del Emperador de Ale-
mania y del rey de Francia:
700 Apellidóse Francia con gentes en derredor;
Aj)el!ic]iiíe Lombardia. usy comino el agua corre;
Apcdillóse l'avia et otras [gentes de pro];
Apellidóse Alemnñ.i con el Empcrailor,
Pulla i Calabria é Sesilin, la mayor.
!'>■> El toda la tierra de Roma | con quantas gentes son; <
K [apellidóse] Armenia | é l'ersia la mayor
E Flandes c Rrocbella | ¿ toda tierra de Ultramar,
B el |>aIaQiii de Blaya, | Saboya la mayor.
El autor de la Leyenda de las Mocedades de Rodrigo, no era más docto en
goügrafia que el de la Vida de Sánela Maria E(jip{ia(jua.
2 llusiracioms I.^ 111/' y iV." de la í." Parle.
II. PARTE, CAP. II. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. dU
diez y siete, quince y aun catorce sílabas, derivación de los exá-
metros y los pentámetros greco-latinos '. Segundo: en la rima,
la asonancia, ya masculina, ya femenina, sin que por esto dejen
de hallarse también rimas perfectas. — Resaltan igualmente ambos
caracteres en el Poema del Cid, bien que siendo menor el nú-
mero de los octonarios y preponderando sobre los exámetros de
varias sílabas los versos de catorce, que triunfan al cabo en ma-
nos de Berceo y de los eruditos que le siguen. Este progreso de
las formas artísticas, innegable para cuantos examinen su histo-
ria libres de toda preocupación y movidos sólo del anhelo de la
verdad, es por tanto una prueba más sobre las ya alegadas de la
prioridad de la Crónica ó Leyenda respecto a\ Poema, no habiendo
en realidad camino alguno que en estas investigaciones deje de
llevarnos al mismo fin, fortificando cada vez más nuestra resolu-
ción de colocar tan raro monumento entre los primitivos del arte
castellano .
Resumiendo cuanto en orden al mismo dejamos explanado, ob-
servaremos: Primero: que reconocida la importancia de este pri-
mitivo monumento por críticos nacionales y extranjeros, entre
quienes ha excitado extraordinario interés, algo hay sin duda en
i Conviene consigfnar aquí que algunos eruditos, entre ellos el muy docto
Mr. Dumeril, han publicado algunos pasajes de este poema, partiendo sus
metros por los hemistiquios y aspirando así á producir versos de romance.
Tal es por egemplo el trozo que empieza:
El conde don Gómez de Gorinaz
A Diego Laiaez Gso daño;
Ffirióle Ids pustores
Et robóle el ganado.
y acaba:
Paradas eslan las haces
Et comienzan á Üdiar:
Rodrigo mató al conde,
Ca non lo puede tardar,
(Poes. pop. lat., págs. 289 y 90.)
Este procedimiento, que se habia ya aplicado por varios críticos al Poema
del Cid, según en breve notaremos, puede satisfacer únicamente respecto de
ios versos octonarios: los de quince y catorce sílabas no pueden acercarnos á
la idea de las formas métricas de los romances populares (Véase la Ilustra-
ción IV. ^ de nuestra I.* Parte).
\[l HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
él digno de estudio y útil para el de la civilización y literatura
española, cualquiera que sea el estado de adulteración en que
ha llegado á nuestros dias. Segundo: (pie aun á, pesar de esa cor-
rupción lastimosa, se advierte en dicho poema el vigoroso é in-
negable sello de una edad lejana, lo cual se confirma, demás de
la coucepciou y pintura verdaderamente primitiva del héroe, por
las alusiones históricas, en que abumla, no menos que por el ca-
rácter de las formas artísticas, cuyo tipo se reconoce aun perfec-
tamente en medio del desorden y desconcierto en que la versifi-
cación aparece. Tercero: que si bien el lenguaje se halla en gran
modo adulterado y modernizado, razón principal de las dudas ma-
nifestadas sobre la antigüedad de la Leyenda, luego que se pene-
tra en su estudio filológico, se tropieza con número muy conside-
rable de giros, frases y palabras de tan remota fecha, que no sólo
exceden á las voces más rancias de las obras de Berceo, sino que
están mostrando sus inmediatos orígenes. Y cuarto: que pasando
de la apreciación meramente artística y literaria á la filosófica,
ni ha podido ser esta composición fruto de siglos posteriores al
XII, por la significación político-popular que realmente tiene, ni
existir después del Poema, por los rasgos originales y primitivos
que constituyen el carácter del héroe; pruebas morales una y otra
de la mayor fuerza en la historia del arte, y no aducidas todavía
por la crítica.
Lo repetimos: sin esta rara producción de la antigua poesía cas-
tellana pudo sin duda haber sido compuesto el Poema del Cid,
donde el matador del orgulloso conde de Gormaz se ostenta ya
como padre de la patria, y símbolo de la independencia española;
pero compuesto y divulgado este y recibida la consagración po-
pular, juzgamos de todo punto imposible el que se concibiera y
pintara de diferente modo, no siendo tampoco hacedero el que
presentara después la ingenua figura de Rodrigo tan originales
V vivísimos colores '.
1 Tal vez podrá tachársenos de habernos extendido demasiado en las no-
tas, con que hemos atendido á ilustrar este primitivo monumento de nuestras
letras. Después de confesar que hemos omiliilo no pocas observaciones que
nos han parecido de menos bulto que las expuestas, debemos añadir que sólo
II.* PARTE, CAP. lí. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. H3
El examen que hacemos en los siguientes capítulos de aquel
notable monumento, confirmará plenamente todas estas consi-
deraciones.
de este modo nos ha sido posible penetrar en el espíritu de producción tan
apreciable. Nuestro trabajo no ha podido ser estéril en el estado de fabulosa
corrupción en que se halla la Leyenda: mucho hay sin duda añadido, mucho
desfigurado en ella; pero de seguro los que añadieron ó desfiguraron, si pu-
sieron algo de la época en que vivian, ni un sólo rasgo relativo á la his-
toria, ni á las costumbres de otras edades podian introducir, porque sobre no
sospechar que las cosas habían pasado de otro modo, distinto de lo que veian,
ignoraban la historia y desconocían las costumbres de otros siglos. Así el
estudio que hemos hecho, tiene mayor importancia de lo que aparece á pri-
mera vista; y ya que el plan de una Historia critica no consienta mayores di-
gresiones, tal vez adelante daremos á luz, aparte y de una manera conve-
niente, los trabajos que tenemos hechos sobre la Leyenda de las Mocedades
de Rodrigo.
TOMO III.
CAPITULO III.
PRllBOS lIOmESTOS ESCRITOS DE U POESÚ ClSTEllMl.
Poesía heroica. — El Poema de Mió Cid.— Caracteres generales del mismo. —
Juicios contradictorios de la crítica respecto de su significación artística.
— Época en que se compone.— Exposición y examen de su argumento. —
Caracteres literarios del mismo. — Interés que inspira la figura de Mió
Cid, como creación de la musa popular.— Resumen, i
Difícil nos parece hallar en otra alguna de las literaturas de la
edad media monumento poético que revele más espontánea, ge-
nuina y enérgicamente que la Leyenda de las Mocedades de Ro-
drigo la situación moral y política de la nación entera, ni descri-
ba con mayor viveza el carácter del pueblo que lo produce,
aun dado el lamentable estado en que el referido monumento ha
llegado á los tiempos modernos ' . Pero si cumpliendo en tan alto
{ El único poema que bajo este punto de vista pudiera compararse con los
del Cid, que examinamos, es el de los Niebelungos {Niebelnngen Lied), tan ce-
lebrado délos críticos modernos. Pero sobre ser posterior indudablemente al
español, está probado que, como e\ Libro de los héroes, las Crónicas irlandesas
y otras obras que giran sobre análogo asunto, no ofrece una redacción Qriginal
y primitiva, ni es en suma sino la modificación más ó menos osada y feliz de
una tradición ya muy antigua. Sobre este punto es digno de consultarse
Mr. Fauriel, Histoire de la poesie provéngale, tomo I, caps. IX y X.
116 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
grado con las condiciones interiores de su existencia, nos ha sido
dado sorprender en esta producción peregrina el espíritu popular
del siglo XII, rebelándose contra exigencias extrañas, en parte
realizadas respecto de la liturgia y de la política, y humillando
al par, como víctimas expiatorias del enojo público, al Empe-
rador de Alemania, al rey de Francia y al mismo Pontífice Ro-
mano,— no con menor brio nos representa el Poema de Mió
Cid la protesta de esa misma nacionalidad ofendida contra los
intentos feudales, traídos á Castilla íi fines del siglo XI y halaga-
dos por don Alfonso VI y por sus áulicos, en la forma rpie en el
capítulo anterior dejamos indicada.
Y no porque esos amagos de feudalismo fuesen realmente in-
fecundos, perdiéndose sus nocivos gérmenes en la gran corrien-
te de la civilización española, pusieron menos temor y enojo en el
ánimo de grandes y pequeños. Cierto es que el condado de Por-
tugal, concedido al esposo de la bastarda doña Teresa, siguiendo
las leyes que habían creado los reinos de Asturias, León y Casti-
lla, se trasforraa á poco andar en monarquia independiente, aspi-
rando á legitimar su origen con la protección del cielo, otorgada
en la famosa batalla de Urique, y cimentando su derecho en el
amor de la muchedumbre: cierto es asimismo que el condado de
Galicia, donado al marido de doña Urraca, se incorpora á la coro-
na en las sienes de Alfonso VII, desapareciendo así toda huella de
aquellos simulacros feudales. Mas si basta la fuerza prodigiosa é
invencible de los sucesos á producir en el campo de la política es-
tos resultados positivos, no menos importantes ni menos elo-
cuentes debían ser, y fueron en realidad, los que produjo el sen-
timiento nacional, sublevado contra semejantes intrusiones, en
las esferas de la inteligencia, que son albergue y morada del arte.
El voto universal de los castellanos, la fé viva y ardiente del
pueblo, usando esta voz en la recta y bien intencionada acepción
que le dá la ley de Partida ', rechazaban los intentos y desapro-
1 Cuydan algunos ornes que pueblo es llamado la gente menuda, assi
como menestrales ct labradores; mas esto non es assi, ca... pueblo [es] el
ayuntamiento de todos los ornes, comunalmente de los mayores et de los me-
nores el de los medianos, etc. (Partida II.*, til. X, ley II.*).
11. PARTE, CAP. III. PIUM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 117
baban los actos que tendían á refrenar ó menoscabar su indepen-
dencia, á romper el concierto, armónico y fraternal, que unia
en lo presente y para lo porvenir á todas las gerarquias del Es-
tado. La idea de una dependencia humillante y que menoscabara
el nombre asturiano, habia engrandecido ya, según queda adver-
tido, la heroica figura de Bernarda del Carpió, cuya frente, en-
noblecida por el laurel de Roncesvalles, circundaba la doble au-
reola del amor y del respeto del pueblo. Habiéndose menester
ahora de un nuevo héroe, que personificara todos los sentimien-
tos, todos los deseos y aun todos los instintos de la muchedum-
bre; un héroe que fuese, digámoslo así, encarnación viviente de
aquella protesta moral, nacida de los sucesos que tan profun-
damente herían esos mismos instintos y sentimientos, las miradas
de nobles y pecheros se volvieron juntamente, cual vá apuntado,
á Rodrigo Díaz de Yivar, cuyo valor no habia hallado par dentro
de Castilla, y cuyo bélico esfuerzo, domando príncipes y reyes,
habia debelado, con maravilla de la cristiandad y espanto de la
morisma, la famosísima ciudad de Yalencia.
Hé aquí pues cómo y por qué, dado ya el conocimiento histó-
rico de los hechos, que motivan la doble protesta contra las in-
trusiones ofensivas á la dignidad de la patria, á fines del si-
glo XI y principios del XII, ofrece la creación poética de Mió
Cid, como la ingenua figura de Rodrigo, un sentido de actua-
lidad y de interés local, que no podía en modo alguno prove-
nir de extrañas esferas, ni menos del mundo ficticio de la an-
dante caballería. Al dar forma á tan generosa protesta (ya lo
hemos probado con el examen de la Leyenda de las Moceda-
des de Rodrigo), [habla la poesía castellana el lenguaje espon-
táneo y libérrimo del sentimiento; espontaneidad que hallamos
asimismo vivamente confirmada en cada verso, en cada frase del
Poema. Más granado, más circunspecto en sus acciones, como
que modera ya su nativa fogosidad el peso de los años, muéstrase
el debelador de la ciudad del Túria en este monumento estrecha-
mente unido á la suerte del pueblo castellano por el lazo indes-
tructible de Santa Gadea, llegando á ser la bandera, el símbolo
de aquella independencia popular que se irrita al espectáculo de
la predilección alcanzada en la corte de Caistílla por los magnates
^\)}. HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
y prelados extranjeros, y que se indigna de la adulación, con que
lisonjean los palaciegos los no plausibles actos del monarca.
No es la figura del Cid, en esta manera engrandecida por la
apasionada imaginación de la muchedumbre", creación de un solo
ingenio, pudicndo el Poema que tan briosamente la refleja, ser
considerado en tal concepto domo la realización de aquel pensa-
miento nacional, más bien que como el canto de un solo poeta.
Escúchase en él la voz viva y poderosa de la tradición, que es
la voz del pueblo, porque ni los sentimientos que animan al an-
ciano héroe de Yivar ni las empresas guerreras á que dá cima,
eran hechos aislados, de un interés parcial y pasajero. Represen-
taban estas directamente la gloriosa lucha sostenida con sin par
denuedo por el Evangelio contra el Koram, y aquella lucha ter-
rible que, contando á la sazón cerca de cuatro siglos, hubo de
prolongarse otros cuatro, no podia ser más popular ni patriótica:
eran aquellos la viva encarnación de los deseos y de las aspiraciones
de la nación entera. Así, al abrirse las puertas del destierro para
el defensor de los fueros y libertades de Castilla, para el imper-
térrito debelador del mahometismo, corrían tras sus estandartes
hidalgos y pecheros, ganosos de derramar la sangre en su pre-
sencia, siendo todos sus sacrificios y privaciones ofrecidos en aras
de la religión y de la patria, á quien Mió Cid personifica. Así
todos sus triunfos eran los triunfos de Castilla y aun de toda Es-
paña; y eu lugar de un poeta que celebrara solo sus proezas, te-
nia un pueblo entero que le aclamaba por su libertador en mil
himnos de efusión y de entusiasmo *.
No otro es en verdad el Cid que hallamos viril, aunque ruda-
mente, bosquejado en el Poema, y que en mitad de las contradic-
ciones de la ambición y de la política, aparece á nuestros ojos co-
mo el espejo de la caballería. Pero su caballerismo (conveniente
es consignarlo desde luego) es esencialmente castellano: engendra-
do por una guerra santa y i)opular, corresponde igualmente á to-
das las clases, á. todas las gerarquias del Estado, sin que sea pa-
trimonio de una aristocracia, cuyas avenidas estén cerradas á los
1 Véase el Cantar latino del Campeador, cap. XIV de la I.'' Parte, é Ilus-
tración 1.^, núm. XXI.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. H9
guerreros de la religión y de la libertad, ni haya nacido como en
otras comarcas para rescatar al débil de la opresión del poderoso.
En la España Central, según hemos notado antes de ahora, cada
morador es un paladín de la patria, y cada paladín puede ser ma-
ñana un hidalgo, y al dia siguiente un rico-horae ó un magnate.
Tal es, y no otra, la índole del caballerismo de Ruy Diaz de Yi-
var, que no puede en consecuencia hallarse más lejano, así en su
origen como en sus manifestaciones, del caballerismo represen-
tado por los Roldanes y Oliveros ' .
l Cuando trazábamos estos renglones, no podíamos sospechar que un
escritor tan docto como Mr. Damás-Hinard, que tanta y tan selecta erudi-
ción ha sabido acopiar en la Introduction aii Poeme du Cid, tocando magis-
tralmente no pocas cuestiones críticas, dominado del anhelo de hacer hijo
de la imitación francesa este precioso monumento, fuese hasta el extremo de
traer del lado allá de los Pirineos la civilización y las costumbres castella-
nas (págs. XXXIII y LIX). Nosotros no hemos negado, ni queremos escati-
mar en ningún sentido la influencia que en las regiones meramente eruditas
pudieron tener los monjes de Cluny, y aun los pobladores francos, pun-
to en qu« Mr. Damás-Hinard principalmente insiste; pero dando al César
lo que es del César, aunque concedamos á la raza franca el espíritu de pro-
selilismo que el sabio comentador d^ Poema del Cid le atribuye (pági-
na LXIV), en ese mismo espíritu de proselilismo, alguna vez olvidado
por Damás-Hinard (pág. LXXX, not4), hallamos la causa eficiente del dis-
gusto universal producido en la nación, y el fundamento real y positivo
de la protesta que se personifica en el hijo de Diego Lainez, para repre-
sentar, no las creencias, no las instituciones, no la civilización france-
sa, en una palabra, sino las creencias, los sentimientos y las costumbres,
nacidos en el seno de aquella sociedad, cuya ley superior de vida distaba
grandemente de la que regia los destinos de la nación, presa del feudalismo
que amancilla el trono de los sucesores de Cárlo-Magno. Hay en las costum-
bres guerreras de los pueblos meridionales notables analogías (como las des-
cubrimos también al estudiar las costumbres de los pueblos del Norte) y
cunden estas mismas analogías á otras esferas de la vida; pero estos acciden-
tes que, reconociendo sin duda la misma fuente histórica, existen solo
en la superficie de la sociedad, y que no pasan por tanto de la satisfac-
ción de la necesidad que los engendra, no pueden en modo alguno servir de
indestructible fundamento á la vida, ni á la organización política de nin-
gún pueblo, ni trascender tampoco de uua manera activa á sus costum-
bres. El pueblo de Asturias, de León y de Castilla estaba ya. formado,
cuando ese espíritu de proselitismo de la raza franca viene á insinuarse en su
suelo: por eso, lejos de renunciar á sus creencias y á sus tradiciones, de-
120 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Eran los únicos títulos que se^reclamaban y exhibian, para lo-
grar tan noble conquista, la lealtad y el valor, cualidades carac-
terísticas de aquellos tiempos y que son respecto del Poema de
Mío Cid inaj^otables fuentes de bellísimos cuadros de costumbres,
donde aprendemos á conocer con admirable exactitud la manera
de ser, de peasar y de obrar de aquellos esforzados campeones,
cuya noble fisoiiomia, indicada, aunque con breves rasgos, en la
Gesta Rodena Campidoctí ', es para nosotros altamente simpá-
tica. ¿Quién no admira en efecto, la ingenua sencillez de aquella
edad, en que un vasallo desterrado por su rey, deja á este
en depósito su mujer y sus hijos?... ¿Quién no oye con res-
peto de boca del mismo héroe la manifestación de los temores
que le aquejan de enojar al soberano, cuya saña le lanza á des-
hora del seno de su familia, mientras corre en busca de inau-
ditos peligros y de nunca realizadas proezas?... Cuando -al fijar
nuestras miradas en semejante caudillo, la vemos partir el fru-
to de sus victorias con el monarca que le arroja de sus ho-
gares; cuando contemplamos el gozo en que rebosa su alma, al
jando de sentir y de pensar como antes sentía y pensaba, se exaspera y le-
vanta su noble espíritu contra aquella inconsiderada influencia, y busca en
su propia vida y dentro de sí mismo la fuerza que ha menester para re-
chazar, como afrentoso de su dignidad, todo yugo extranjero. Esc «quoi
de plus grave, de plus profund, de plus sombre, de plus ardent et de plus
farouche» que el entendido Damás-Hinard halla en el Poema del Cid, al
compararlo con los caballerescos, especialmente con la Clianson de Ro-
land (pág. XXXI), algo es y significa en las esferas de los sentimientos, de
las creencias y de las costumbres; y reconocido el fenómeno, no hay para
qué negar las causas que lo producen, arrojándonos en lamentables contra-
dicciones. Si, como hemos ampliamente manifestado (tomo II, caps. XI y
Xlli), la organización política de Asturias, León y Castilla descansa en las
bases aquí recordadas, ¿por qué hemos de renegar de sus legítimas conse-
cuencias?... Pasemos adelante.
i Véase el tomo II, cap. XIII, pág. 182. Allí tuvimos ocasión de indicar
los gérmenes históricos del gran carácter de Mió Cid, idealizado por la musa
popular de Castilla en la forma que vamos exponiendo, no olvidando los
guerreros que siguen sus banderas: en el siguiente capítulo veremos cómo se
desarrollan en propias órbitas, desvaneciendo con este estudio no pocos erro-
res de los críticos formalistas.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. J21
saber que ha recibido al cabo su rey con benignidad los reite-
rados presentes que le envia; cuando al ser admitido de nue-
vo en su gracia, le miramos arrojarse á sus plantas, llorando de
alegría, con la idea de que ha conquistado ya su cariño; cuando
dócil á los mandatos de su príncipe, aparece por último á nues-
tros ojos, ofreciendo en aras de aquella reconciliación tan apete-
cida el sacrificio de sus más puros y entrañables afectos, ¿có-
mo no hemos de aficionarnos á la edad que busca su idealización
en este héroe?... ¿Y cómo hemos de ver con indiferencia un mo-
numento, donde no sólo se ha logrado reproducir vivamente el
sentimiento nacional, sino que elevándose á las regiones de la
verdadera creación, «se ha encontrado la idea española, idea ma-
»dre, idea tipo, recogida junto á la cuna del pueblo castellano y
«que vivirá hasta su último dia,» según la afortunada expresión
de un escritor contemporáneo? '
Sin duda todas estas consideraciones han sido parte á que, fi-
jando la critica extranjera sus investigadoras miradas en este sin-
gular monumento, haya sido objeto de largos y maduros estudios,
aspirando cada escritor á descorrer el velo de la sociedad y de
las costumbres en él representadas. Mas si todos han convenido
en que lo exornan y avaloran ciertas dotes originales, caracte-
rísticas de nuestra antigua cultura 2, no todos están conformes
1 Nuestro docto amig-o Mr. Adolfo de Puibusque, Histoire comparée des
Utleratures espagnole et frangaise, tomo I,. cap. II.
2 El mismo Mr. Damás-Hinard que, según hemos yá indicado, aspira á
traernos de Francia la lengua y la metrificación y con ellas las costumbres,
las iastituciones y la cultura representada en el Poema del Cid, escribe estas
notables palabras: «Si le Poéme du Cid a, comrae monument littéraire, une
incontestable valeur, il ne présent pas moins d'lntérét comme monument his-
torique, soit qu'on y étudie les personnages et les événements, soit qu'on y
cherche des renseignements sur la civilisatiun et les mceurs espagnols au
XII.® siécle (pág. XXYIl). Ni es menos notable la declaración que al propó-
sito hace novísimamente el entendido conde Th. Puymaigre, á despecho del
empeño en que le pone el anhelo de probar que e\ Poema del Cid fué inspira-
do por las Chansons de geste francesas, siguiendo así las huellas de Damás-
Hinard: «Si par sa forme, par quelques détails elle [cette oeuvre] rappelle des
influences étrangéres, elle est restée espagnole par le caractere principal, etc.
{Les vieux auteurs casíillans, cap. III, pág. 201).
i2-2 HISTORIA crítica DE LA LITliUATURA ESPAÑOLA.
en señalar sus caracteres, como obra do arte, ni menos se avie-
nen todos, al determinar la época en que hubo de ser compuesto.
Mucho se ha fluctuado, así entre propios como extraños, sobre
si debe ser tenido por una crónica ó nn poema. Oni^^n, sostenien-
do lo primero, lo tilda de seguir nimia y escrupulosamente la
historia, negándole toda invención y condenándolo á tomar plaza
entre los cronicones monolíticos de los siglos-medios: quién su-
poniéndole un compuesto de diversos cantares, más ó menos ar-
mónicos, pretende aplicarle la combatida teoria de las rapsodias
griegas, que dieron por resultado las sublimes creaciones de Ho-
mero, teoria que ha buscado cierta manera de confirmación en el
ya célebre poema do los Niebelungos; quién, reparando en que la
parte más dramática de todo el poema es el episodio de las bodas
de las hijas del Cid y el castigo de los condes de Carrion, lo ha
designado como una especie de epitalamio, compuesto en ocasión
solemne para los descendientes del héroe; y quién, ateniéndose
por último á varias alusiones y circunstancias contenidas en el
mismo, 38 resuelve á apellidarle con el título de Canlar de gesta,
común en aquellos dias á todas las producciones de la musa
heróico-popular, cualquiera que fuese su índole y naturaleza *.
Ningún esfuerzo necesitamos hacer para que comprendan nues-
tros lectores con cuánta razón nos apartamos de los que con ma-
nifiesta contradicción, asientan que es el Poema una crónica, y
i Moralin, Orígenes del teatro español, nota 3; Quintana, Colecc. de poe-
sías selectas cast., Introd ; Soulhcy, Traduce, (inglesa) déla Crónica del Cid,
pról.; Sisraondi, Hist. déla Litter. du Midi, torno III, cap. XXIII; Bouterweck,
tomo único de la trad. casi., pág'. 2; Tapia, Hist. de la civilización de Espa-
ña, tomo I, pág. 268; Huber, Crónica del famoso caballero Cid Ruy Diez Cam-
peador, Introd., págs. XI y sigs.; Wolf, Anales de Viena (Wiener Jaibüchcr),
tomo LVI, pág. 240, y Sludien zur gescliichte der Spanischen und Portugie-
sischen nationalliteratur, págs. 27 y sig.; Clarus, Exposición déla Literatura
españoleen la edad media (Darslellung der spanischen Literatur in Miltelal-
ler), lomo I, pág. 214; Dozy, Recherches sur Vhistoire, ele, pág. 640 y si-
guientes; Ticknor, Hist. de la Literatura española, lomo I, cap. 1; Sanz del
ílio, Trad. cast. de la Hist. l'niversal de Weber, tomo II, pág. 212; Damás-
llinard, Mroduction au Pocme du Cid; Puymaigre, Les vieux auteurs casti-
llans, tomo I, cap. III, etc.
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 123
rechazan al mismo tiempo como apócrifos los hechos, sobre que
su narración poética se funda. Estos escritores, para quienes han
tenido más precio la rudeza de las formas exteriores que la esen-
cia misma de las cosas, hubieran debido probar, antes de asentar
tan poco meditado como frágil aserto, que alcanzó el Cid histó-
rico, tanto en Castilla como fuera de ella, la representación, el po-
der y la influencia que la poesía le atribuye, apareciendo real-
mente dotado de las altas virtudes con que llega la tradición po-
pular á enaltecerlo. Mas ya que esto no era realizable, crítica ni
históricamente hablando ^; ya que por otra parte negaban las
proezas del héroe de Vivar ¿por qué no advirtieron siquiera que
el valor histórico del Poema de Mió Cid se hallaba, no en rela-
ción con los hechos, ni con los caracteres, sino en el sentido de
las costumbres y de las creencias?... Á proceder de esta manera
los críticos nacionales que han emitido semejante opinión, no so-
lamente hubieran evitado los errores en que, por seguirlos, han
caido algunos extranjeros, y abierto al par nueva senda á este
linaje de estudios, sino que habrían apartado del nombre español
la poco satisfactoria calificación de rutinarios , con que otros han
osado señalarnos, declarando inconsideradamente que desconoce-
mos el inmenso valor de esta preciosa joya de la primitiva poesía
castellana ^ .
\ Téngase presente el estudio que dejamos hecho de la Cesta Roderici
Campidocti, cap. XIII de la 1.* Parte.
2 El citado Southey dice: «Los españoles ignoran todavía el valor in-
»menso de su historia métrica del Cid, como poema, y nunca producirán cosa
»de provecho en materias de buen gusto y de artes hasta que, sacudiendo la
Minercia, desechen el rutinario espíritu que les impide conocerla» (QiiarterI//
Review, tomo XII, pág. 64 — 1814). Mr. George Ticknor parece acostarse d
esta opinión (loco citato); pero es lo notable que Southey había manifestado
seis años antes en la traducción de la Crónica del Cid (1808) que «debía el
nPoema ser considerado más bien como una historia que como una novela ó
nromance poético» (Introduce, pág. 26), y que el sabio Ticknor, que sindu-
da debió conocer todos los tesoros de este monumento, no se dignara des-
cubrírnoslos por completo, asegurando al contrario que se refieren en el
Poema los hechos frecuentemente con toda la pesadez y formalidad de una cró-
nica monástica, y pareciéndose en esto más bien á Bouterweck, Duques-
nel y otros, que no á Sismondi, Clarus, Wolf, Dozy, Damás-Hínard, Barct,
Puymaigre, etc., etc.
124 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Ni podoinos tampoco admitir la segunda opinión, por ser con-
traria á la naturaleza misma de toda creación artística. Puede
crear un pueblo, y crea en el concepto que dejamos advertido, un
gran carácter, ennobleciéndolo con sus propias ideas y sentimien-
tos, y levantándolo á las regiones del idealismo; pero al ligar su
existencia á una acción más ó menos complicada y regular, al
colocarlo en diversas situaciones, en las cuales deba conservar la
unidad que le embellece, ha menester sin duda del arte, en cu-
yo momento aparece ya el poeta para revestir esa misma crea-
ción de formas determinadas, purificándola, digámoslo así, de
las inconexiones é inconsecuencias de la tradición oral, y legan-
do á la edad futura un tipo, si no más grande, más definido y
perfecto. Esto, que á pesar del lamentable estado de conservación
en que ha venido á nuestros dias, no ha sido negado del todo á
la Leyenda de las Mocedades de Rodrigo, puede con mayor ra-
zón aplicarse al Poema de Mío Cid, persuadiendo sin esfuerzo
á los citados críticos de que, no á multitud de poetas ó juglares,
sino á uno sólo fué debida su redacción arlística, por más que la
creación del personaje, tal como el poeta logra revelarla, exis-
tiera ya en la mente y aun en cautos más rudos, vagos y pasaje-
ros del pueblo ^.
Más filósofos y menos apegados al fastuoso follaje de los ornatos
exteriores, se han mostrado sin duda los que dan por causa histó-
rica del Poema de Mió Cid «el matrimonio de sus dos hijas y la
))honra que de este suceso le resulta;» pero lícito nos será adver-
\ Demás de estas razones filosóficas, que comprobaremos eo el capítulo
sijuieiile, al considerar los medios expositivos del Poema, debemos observar
aquí que no hay ninguna que autorice la opinión de los rapsodistas, fundada
únicamente en que la metrificación presenta algunas tiradas monorimas.
Porque si es verdad que esto sucede alguna vez, lo que forma el carácter rí-
mico de todo el Poema es la frecuencia, con que cambian las asonancias, sien-
do no menos frecuente el agrupamiento de seis, cinco, cuatro, tres y hasta
dos versos en una rima, circunstancia que unida á lo casual del referido cam-
bio, y aun por sí sola, basta para destruir semejante teoría. Nosotros no co-
nocemos en el parnaso castellano romances de tres y dos octonarios, como los
que resultarían con frecuencia de la pretendida desmembración métrica del
l'oema.
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 12:5
tir que lejos de ser todo el resto del poema accesorio como se pre-
tende, hallamos en él datos positivos deque fueron las desgracias
políticas y las hazañas béhcas del héroe asunto principalísimo del
poeta, cual lo eran ya del pueblo castellano, pudiendo conside-
rarse las bodas referidas como un episodio de las mismas; epi-
sodio muy interesante en verdad, así por los hechos que abraza
como por la extensión que tiene en el poema. Convencerán á
nuestros lectores de la exactitud de este aserto, demás del exa-
men que hacemos de esta producción, los siguientes pasajes, en
que declara el cantor terminantemente el objeto que le sirve de
norte. El verso 1095 dice:
Aquis 'compieza la gesta de Mió Cid, el de Bibar.
El verso 5740:
Estas son las nuevas de Mió Cid, el Campeador.
El primero se refiere á las empresas acometidas y llevadas á
cabo por el Cid, después de vencer y dar libertad al conde de Bar-
celona: el segundo cierra todo el Poema, narrada ya la muerte
del héroe. Si pues el mismo poeta nos dice cuál es su propósito
¿por qué hemos de ponerlo en duda?... No la hay para nosotros
en que el Poema, compartido en varios cantos [cantares], según
después notaremos, tiene por asunto la última parte de la vida
del Campeador, época en que se presenta su segundo destierro
como ocasión inmediata de sus atrevidas y felices empresas, ex-
cediendo por tanto los límites de un mero cantar de gesta, de-
nominación aceptada en general por los críticos extranjeros que
han examinado últimamente el Poema, pretendiendo algunos de-
ducir de ella la derivación de este singular monumento de extra-
ñas literaturas '.
\ Rerailimos á nuestros lectores á lo dicho respecto de metros y rimas
en el cap. XV, pág. 290, con motivo de lo expuesto por Mr. Damás-Hinard
en orden al uso de la palabra gesta, y á la Ilustración III. ^, págs. 440 y si-
guientes del tomo II. La opinión de este docto crítico ha encontrado notable
apoyo en el ya citado conde Th. Puymaigre, quien no se detiene hasta afir-
mar, partiendo de esta denominación, común á todas las lenguas neo-latinas,
y oponiéndose a lo asentado por Mr. E. Baret, en su estudio sobre el Poema
126 HISTORIA crítica üE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Graiulc estudio merece la cuestión relativa á la época en que
este monumento fué escrito. Dos son las opiniones que andan más
autorizadas, tanto entre los escritores naturales como entre los
extranjeros: inclínase la una conforme (l la -afortunada iniciativa
del primer editor, don Tomás Antonio Sánchez, á señalar la mi-
tad del siglo XII como edad en que el Poema se compuso, y ade-
lántase la otra á dar por resuelto que no pudo esto verificarse
hasta los primeros dias del XIIÍ. Fundándose aquellos en la vene-
rable rusticidad de la lengua, en la grande inexperiencia de la
metrificación y en la poca ó ninguna fijeza de las rimas, dedu-
cían, no sin fundamento (conocida la época de Berceo, poeta en
quien lengua, metro y rima muestran ya notable regularidad),
que debió correr entre unas y otras producciones el espacio de
medio siglo.
Entrándose después en el examen histórico-crítico del Poema,
vino á ser puesto en el año 1151, no faltando quien con el apoyo
del muy citado verso
3735 Hoy los Reyes de Espanna sos parientes son,
haya sustentado, como indicamos arriba, que es un epitalamio,
del Cid y la Clianson de Roland, que la pretendida influencia francesa reflejada
en el expresado monumento, se realiza sin la intervención del Mediodía (loco
citato, pág-. 173). Dejemos al sabio conde y al diligente investigador referido
ponerse de acuerdo sobre este difícil punto; y bástenos declarar entre tanto que
ni la existencia de la palabra gesta en la lengua castellana, ni las analogías que
parezcan surgir entre la Chanson de Roland y el Poema que examinamos, au-
torizan en buena ley de crítica á dar por sentada y recibida, respecto de dicho
monumento, esa necesaria y ya casi fatal influencia. La ¡dea generadora del
Poema de Mió Cid, como la de la Leyenda, ya lo hemos indicado, no sólo es
esencialmente española, sino que aparece contraria á toda idea y sentimiento
extraño á la nacionalidad representada por los Alfonsos y Ramiros; las cos-
tumbres que refleja son, por confesión del mismo Damás-Hinard, las costum-
bres españolas del siglo XII; el carácter del principal personaje es allamente
castellano, según reconoce el entendido conde Th. Puymaigre; los medios ar-
tísticos empleados por el poeta tienen valor y significación verdaderamente
tradicionales dentro de la civilización española: ¿cómo pues, dados todos estos
precedentes y reconocidos todos estos hechos, ha de bastar el simple uso de
la palabra gesta, propia de los idiomas neo-latinos, para concluir, sin más
apelación, que «fue inspirado el Poema del Cid por una canción de gesta
«francesa?...))
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. •127
escrito en celebración del matrimonio de Blanca, viznieta del Cid,
con don Sancho III de Castilla *. Sin desconocer abiertamente
el peso de todas estas razones, no las tienen por decisivas los se-
gundos; y adelantándose algunos á sentar que hubo el Poema de
escribirse ya en 1200, ya en 1207, aseguran que no se ha pre-
sentado todavía prueba alguna que desvanezca completamente sus
recelos 2. — Con la circunspección que punto tan debatido exige,
1 Los principales escritores que adoptan la opinión de Sánchez, poniendo
el Poema á mediados del siglo XII ó poco después, son (que nosotros recor-
demos), entre los españoles: Moratin {Orígenes del teatro español, nota 3):
Campany (Teatro de la eloqiiencia española, sig-lo II); Marina {Mem. de la Real
Academia de la Historia, tomo IV, pág. 34); Quintana (Introduce, á la Co-
lección de poesías selectas, art. I); Duran (prólogos á los Romanceros); Martínez
déla Rosa {Anotaciones á su Poética, nota dO); Caveda (Introducción á la
Colección de poesías asturianas); Gil y Zarate {Manual de literatura, cap. II);
Pidal (Introd. al Cancionero de Baena y Revista de Madrid, agosto de 1840).
Entre los extranjeros: Bouterweck {Hi%t. gen. de la lit. moder., trad. cast.);
Sismondi {Hist. de lalitter. dii Midi, tomo IIÍ, cap. XXIII); Schlogel {Hist. de
la liter. ant. y moder., tomo II, cap. II); Menechet {Cours complet de litt.mo-
derne, tomo I, lecc. Xi); Conti {Scelta di poesie castigliane, tomo I, pág. XCIII);
Hallam {Hist. de la litt. d'Europe, tomo 1, cap. 1); Duquesnel {Hist. des lel-
tres au moyen age, cap. XVII); Huber {Crónica del Cid, Introd.); Clarus {Li-
teratura española de la edad inedia); Wolf {Anales de Yiena, tomo LVI, pá-
ginas 250 y sigs.), y los citados Estudios sobre la literatura nacional española
y portuguesa, etc. Debemos advertir aquí que la última opinión indicada en
el texto ha sido expuesta por don Fernando José Wolf, seguida por Clarus,
rebatida por Dozy {Recherches, pág. 643), y reproducida por el mismo Wolf
en sus ya mencionados Estudios. Aunque no adoptamos esta opinión, paré-
cenos justo consignar que está expuesta con aquella perspicuidad y discre-
ción que tanto caracteriza al Bibliotecario de la Imperial de Viena.
2 El número de los que ponen el Poema de Mió Cid en el siglo XIII es más
reducido: entre ellos tienen mayor autoridad Villemain {Tableau de la litt. du
moyen age, lecc. XV) y Dozy {loco laúdalo). El último opina sin embargo
que no pasa del año 1207: Ticknor se refiere al 1200: Du Meril se inclina ¿
lo mismo, poco más ó menos {Poesies latines etpopulaires, Intrcd. , pág. 292)
Otros escritores no se han resuelto á fijar la antigüedad de esta obra, como
sucede al docto conde Th. de Puymaigre, que pasa por esta cuestión como so-
bre ascuas, bien que apuntando las diversas opiniones expuestas sobre la
misma. Puibusque pareció seguir en esto {Hist. comp. des lili, espagn. et
frang., tomo I, cap. II) el egemplo de Sarmiento {Mem. para la hist. de la
poes. españ., núm. 512). Velazqaoz no tuvo noticia de esta producción. Fio-
128 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
vamos pues á. exponer aquí dos observaciones que bastan sin duda
á resolver esta cuestión de un modo favorable á la mayor anti-
güedad del referido monumento, y en el sentido ya indicado, al
tratar de la Leyenda de (as Mocedades de Rodrigo ^
Estriba la primera observación en el pasaje del mismo Poema,
en que mencionando á los magnates convocados por el rey Al-
fonso VI á las cortes de Toledo, se dice al hablar del conde don
Ramón, esposo de doña Urraca:
Aqueste fué padre del buen Emperador.
ranos, escritor muy diligente del sigilo pasado, apuntó la inadmisible idea de
que era debida á la época de Fernando III, fundándose en un hecho equivo-
cadamente interpretado {Colee, de Florones, Real Academia de la Historia,
Est. E. 15). Pero contra esta opinión escribió el ya citado don Tomás An-
tonio Sánchez notable Carta, que tenemos a la vista (todavía inédita), en
que apoyándose en el ya conocido verso
Hoy los reyes de Espanna sos parieutes son,
esfuerza los argumentos antes alegados, para poner el Poema á mediados del
siglo XII, observando que la voz parientes significaba entonces comunmente
padres, del párenles latino que no otra cosa determina. «De modo (añade) que
))lo que el poeta dice en este verso, refiriéndose á las hijas de Ruy Diaz, y
))no al héroe, es que los reyes de España eran padres de aquellas». La ob-
servación no carece en realidad de peso, porque el pasaje del Poema no
puede estar en términos más precisos y positivos, como ha reconocido há
poco el docto Mr. Damás-Hinard {Introd. au Poéme du Cid, pág. XIV). El
poeta exclama lleno de gozo, narrado el segundo matrimonio de las hijas
del Cid:
Ved quál ondra crece | al qae en buen ora nació,
Qnando señoras son sus fijas | de Navarra é de Aragón:
3735 Hoy los reyes de Espanna ] sos parientes son!...
Aunque, como indica el mismo Sánchez, sea en algún modo figurado el sen-
tido de la frase hoy son, es indudable que no puede admitirse la suposición
de Florancs en orden á la antigüedad del Poema, ni menos que sea este fruto
de un Per Abat, chantre de Sevilla, que figura entre los pobladores de aque-
lla metrópoli, llamados por Fernando III y heredados por su hijo el prin-
cipe don Alfonso (el Sabio). Esta indicación se enlaza naturalmente con la
cuestión relativa al único Ms. antiguo del Poema, llegado á nuestros dias.
Mas pasemos adelante, reservándonos tocar dieho punto en momento más
oportuno,
i Véasela pág. 77, nota.
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 129
Parécenos evidente que esto sólo pudo decirse en época en que
este existia ó estaba todavía tan reciente su fama y era sobre
todo su dignidad tan conocida de la muchedumbre, que no se ha-
bla menester añadir su nombre, para que todo el mundo compren-
diera que se trataba de Mfonso YII de Castilla. Muerto este en
1157, no seria descabellado el deducir, atendiendo sólo á esta ra-
cional premisa, que años antes ó después fué escrito y recitado el
Poema. — Nace la segunda observación de un documento coetá-
neo, cuya importancia y autenticidad son ya estimadas de nues-
tros lectores: hablamos del poema latino de la Conquista de Al-
mería, inserto al final de la Crónica de Alfonso VII y ya exa-
minado en nuestra I.^ Parte ''. En este monumento, escrito por
persona que supo y oyó de los que las vieron las cosas relativas al
Emperador, de cuya magnificencia esperaba largos dones, á to-
das horas soücitados 2, se leen, aludiendo á Alvar Fañez, primo
de Ruy Diaz de Vivar, los siguientes significativos versos:
Ipse Rodericus, mío cid semper vocatus,
De quo cantatur, quod ab hostibushaud superatur,
Qui domuit Mauros, comités doinuit quoque iiostros,
Hunc extollebat, se laude minore ferebat.
Ahora bien: siendo este el documento escrito más antiguo , en
que se dá al Campeador titulo de 3Iio Cid, pues que según vá
repetidamente advertido, no lo lleva todavía ni en la Gesta Rode-
rici Campidocti, ni en el Cantar latino, en lugar oportuno ana-
lizados ^; manifestándose que aquel título de excelencia se halla
formulado en lengua vulgar, lo cual quiso sin duda dejar consig-
nado el poeta, no solamente usando la frase característica de sem-
per vocatus, sino presentando después el mismo nombre ya lati-
nizado en esta forma:
Sed fateor virum, quod tollet nulla áierum.
Meo Cidi primws fuit, Alvarus atque secund?/*;
i Cap. XIV, pág. 220 y siguientes.
2 Decláralo así el mismo poeta, diciendo:
Dexlra lahorantis sperat pia dona Tonanth,
Et Bellatoris Uonum petit ómnibus boris.
3 Véase el cap. XIV de la I.^ Parte.
TOMO III.
<30 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA55oLA.
y declarándose que el mismo debelador de Valencia elogiaba so-
bre manera ú, Alvar Fañez, circunstancia que según veremos muy
en breve, se realiza con usura en el Poema de Mió Cid, ¿serA
aventurado acaso el suponer que en estos versos se alude á di-
cha producción, en donde fic canta que no siendo jamás vencido,
domó el Cid á los moros y á los mismos condes rebeldes de Casti-
lla?... Porque si no se alude á esta obra, en que se cumplen todas
estas singulares y privativas condiciones de un modo tan comple-
to y satisfactorio, ¿á qué otra pudo referirse el poeta latino, la
cual estando escrita en romance vulgar, las llenara de igual
suerte?...
Nadie sospechará que pudo el autor del Poema de Almeria re-
ferirse, ni que aludimos nosotros en modo alguno á la Crónica
rimada ó Leyenda de las Mocedades, habiéndose ya advertido
de propósito que sólo es en ella designado el héroe con el nombre
de Rodrigo, y reparándose además en que ni se ha mostrado to-
davía en la escena el generoso Alvar Fañez, caudillo castellano
criado en la escuela del Cid, y cuya celebridad daba motivo á la
feliz conmemoración del cantor de Almeria, que ahora nos ilustra,
ni ha podido mencionarse siquiera en la Leyenda la conquista de
Valencia, citada en el mismo documento latino de esto modo:
Morte Roderici Valenlia plangit amic¿,
Nec valuit Christi fámulo ca plus retinerf.
Ninguna duda parecen d(?jarnos pues estas observaciones de
que al escribirse el de Almeria lo estaba ya, y era cantado ó re-
citado públicamente un poema de Mió Cid, título de excelencia
con que es siempre el héroe apellidado [semper vocatus]. Y como
sabemos positivamente que la Chronica Adefonsi Imperaloris se
compuso en vida de este principe ^, y que el autor, terminada la
narración en prosa, que alcanza hasta el año H47, manifiesta de
un modo irrecusable, que iba á escribir 7?ra(?/m famosa Impera-
loris (la empresa de Almeria), añadiendo la optación de que
Óptima Scriptori, si complacet Imperatori,
Reddantur iura, quod scribat bella futura,
i Caps. XIII y XIV, págs. 183 y 219 y sigruientcs.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 131
lo cual demuestra que el mismo poema latino fué también com-
puesto viviendo el Emperador, no es sino muy natural el que,
tenidas muy en cuenta todas estas relaciones y circunstancias,
deduzcamos, sin ofensa de la sana crítica, que el poema de Mió
Cid, cantado, aplaudido y citado antes de 1 157, es el monumento
llegado á nuestros dias y en cuyo estudio nos ocupamos. Resulta
indubitadamente de esta conclusión, que fué compuesto el Poema
de Mío Cid antes también del expresado año; y como la notabi-
lísima circunstancia ya alegada, de verse en él mencionado el
Emperador, cual soberano existente y de todos conocido (lo cual
es más digno de notarse, al recordar que su abuelo Alfonso YI ha-
bla ostentado el mismo título), nos lleva con igual precisión y
naturalidad á idéntica fecha, mostrando que hubo asimismo de
ser compuesto el Poema en vida de Alfonso VII, tenemos por se-
guro, históricamente hablando, que no puede este sacarse de me-
diados del siglo XII, en que la tradición de las formas artísticas y
el mismo sentimiento poético lo había colocado ' .
1 Sobre lo observado en la Ilustración III.* de la I.* Parte, al tratar de
las formas artísticas de la poesía escrita, llamamos la atención de los lecto-
res respecto del capítulo V del presente volumen, donde procuramos estudiar
con el detenimiento que merece la primera trasformacion erudita de la poe-
sía vulg-ar. — En orden á la manera de plantear y resolver la cuestión relativa
á la fecha probable del Poema, nos complacemos en declarar que hemos ha-
llado con verdadero agrado expuestas por Mr. Damás-Hinard varias de las
razones, en que nos fundábamos para adoptar la opinión de Sánchez, si bien
se presta el docto crítico francés á dar alguna mayor latitud al período en
que hubo de componerse el referido Poema, admitiendo la probabilidad de
que lo fuera antes ó después de la muerte de Alfonso Yll, «dansle temps qui
suivit immediatement..., et oü le souvenir de ce prince était encoré present
á tous les exprits» (loco citato, pág". XIV). Los versos de la introducción
al Poema de Almería que hemos copiado, no consienten sin embargo duda al-
guna respecto de la existencia del Emperador, cuando aquel se escribe; y por
tanto no puede haberla en que antes de H57 lo estaba el Poema de Mió Cid,
tan expresamente mencionado en aquel monumento latino. — La circunstancia
de salir á la luz pública estos estudios después de la obra de Mr. Damás-Hi-
nard les quila sin duda alguna parte de su novedad (ya que tan escaso es su
mérito), habiendo tocado este escritor con tanto acierto varias cuestiones por
nosotros apuntadas. Deber es nuestro declarar no obstante que los presentes
capítulos están escritos desde 1848, habiendo sido consultados Con muy res-
í-32 mSTORIA CRfTlCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Ni ?c tema que este raciocinio sea contrario ¡1 cuanto dejamos
asentado sobre la Crónica rimada ó Leyenda de las Mocedades^
cuya prioridad procuramos comprobar en el capítulo precedente,
colocándola en el intermedio que ofrecen el Cantar latino y el
Poema. Todas las observaciones criticas relativas al Cid tradi-
cional, nos llevan sin violencia hasta la época de la muerte del
Cid histórico, ó penetran acaso hasta su vida, produciendo en
nosotros el convencimiento de que apoderada desde luego la poe-
sía popular de su nombre, y conlraponióndole, en la forma y con
la fuerza que dejamos notado, á las ideas y á los hechos que ofen-
dían el sentimiento nacional, aumentó con maravillosa rapidez
las atléticas proporciones del héroe, trasmitiéndole al segundo ter-
cio del siglo XII con las dimensiones de un coloso. Tal comienza
á mostrarse la noble y simpática, aunque áspera, figura del Ro-
drigo de la Leyenda, cobrando su fisonomia nuevos y más bri-
llantes resplandores en la venerable de Mió Cid, celebrado en el
Poema.
Consideraciones son estas de no escaso valor crítico, que sin
esfuerzo nos movieron á fijar nuestras miradas, quilatadas las
circunstancias históricas ya expuestas, en la condición del perso-
naje que pudo ser autor de este celebrado monumento. Inspirado,
como notamos arriba, por la nación entera, reflejo del sentimiento
meramente popular, háse apuntado si pudo ser compuesto el Poe-
ma de Mió Cid algún tiempo después de su muerte por dos pajes
ó escuderos del mismo héroe; y teniendo en cuenta esta indicación,
decíamos al realizar estos estudios: «Hemos visto, al examiimr los
«críticos que han tratado del Poema del Cid, que sin "desechar
»ni rebatir absolutamente esta opinión, le'dan poca importancia.
wSin pretender que nuestro dictamen sea decisivo, creemos que
potables literatos, entre quienes viven todavia afortunadamente los señores
Hartzenbusch y Ferrer del Rio, y leídos en ISoo á SS. MM. en el Real Sitio
del Escorial, donde nos honraron también, oyéndolos bcnig-namente, los se-
ñores don Pedro de Madrazo, don Fermín Gonzalo Morón, don José de la Re-
villa, don Antonio Gil de Zarate, don Tomás del Corral y Oña, don Ramón
Leandro Malats, don José Gutiérrez de la Vega y otras personas no menos
distinguidas, que durante el verano del expresado año frecuentaban nuestro
estudio en el Real Monasterio de San Lorenzo.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 133
))b¡eii pudieron ser autores del Poema algunos de los más alle-
))gados servidores del héroe. Esta conjetura, á que dá consis-
))tencia el espíritu que reina en toda la obra, parece robustecerse
«en gran manera, cuando se observa que casi siempre que se
«nombra al Cid se le antepone el pronombre posesivo mió, cosa
wque no sucede con los demás personajes, ni se vé repetida en
«otros poemas de la época. La palabra OV/ significa señor: de modo
«que cada vez que se dice en el poema J//o Cid, equivaleá 7??í 5e-
«/ior, pareciendo natural por tanto que quien llama siempre señor
«suyo al héroe de Vivar, fuera en efecto su vasallo. Á esto se dirá
«que el Poema se escribió medio siglo después de la muerte de
«Ruy Diaz, por donde no pudo ser fruto de sus parciales ó servi-
«dores. Los pajes del Cid no debían ser por cierto de edad muy
«probecta; antes al contrario, bien jóvenes: por lo cual no essu-
«posicion aventurada la de creer que cuarenta años después de
«la muerte del Cid, pudiera alguno de aquellos escribir el Po^i?ia.
«El héroe de Yivar murió en 1109: añadiendo á esta fecha cua-
«renta años, resultada que la obra de que hablamos, pudo cora-
«ponerse en 1149, es decir, á mediados del siglo XJI» '.
No hay para qué observar que no expusimos esta opinión de un
modo definitivo, limitándonos á tomar en cuenta una indicación
que en suma no carecía de verosimilitud, reconocidas, no ya la
admiración que respecto del héroe se manifiesta á cada paso en
el Poema, sino el amor y la adhesión que animan constantemente
al poeta hacia todo lo que al Cid pertenece. Y sin embargo, dada
la hipótesi, es fuerza reconocer que produce el mismo resultado
obtenido de las observaciones críticas ya expuestas, en orden á
la antigüedad del Poema, fijando su composición antes de la
muerte de Alfonso YII ^. Ni son tampoco indiferentes respecto
\ Estudios hisí., polit. y lil. sobre los judíos de España, Ensayo II, ca-
pítulo I.
2 Tomando en consideración el erudito conde Th. de Puymaigre estas in-
dicaciones, se ha servido honrarlas con dos objeciones, que nos parecen
muy dignas de atención. Estriba la primara en la observación de que si es
la lengua en el Poema del Cid mucho más antigua que en las obras de Ber-
cco, parece mucho más moderna que la empleada en el Fuero de Aviles,
134 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
de la condición del autor las indicaciones nacidas del titulo dado
constantemente ¡1 Ruy Diaz de Vivar, bien que tampoco es lícito
cuya fecha es de I loo: consiste la segunda en notar que si el Poema del
Cid hubiera sido escrito por uno de los servidores de Ruy Diaz, no aparece-
ría con tanta frecuencia en desacuerdo con la verdad histórica (loco cilato,
pág. 176). A la primera objeción cúmplenos contestar: í." Que si bien el
lenguaje chaneillcrcsco señala de una manera indirecta, y como notamos al
tratar de los orígenes y formación de las hablas romances, los progresos que
van estas haciendo hasta merecer título de idiomas, no puede tomarse co-
mo norma segura de su estado, principalmente en una época en que la
chancilleria se resisto á recibir como lengua oficial los expresados romances,
apegada al bárbaro latin que le servia de instrumento. 2.° Que precediendo
en todos los pueblos al cultivo de la prosa el de la poesía, pues como dice
el Marqués de Sanlillana, «el metro fué antes en tiempo que la soluta prosa»
{Carla al Condestable de Portugal, núm. IV), no es maravilla, y antes sí un
hecho natural y constante, que el lenguaje poético se pule y perfecciona pri-
mero que el prosaico, por lo cual, concedida la espontaneidad del lenguaje
cancelario en el Fuero de Aviles, nunca podría ser comparado con el que
ostenta el Poema del Cid, dada sin embargo su rusticidad y aspereza. —
En orden á la segunda objeción, parécenos bien advertir: 1.° Que si no con-
ciertan en todos los hechos la Gesta Roderici Campidocti, citada al propósito
por el distinguido Puymaigre, y el Poema del Cid, existen virtualmcnte entre
ambos monumentos más relaciones de las que supuso el docto Huber, según
irán viendo los lectores. 2.° Que abundan en el último las alusiones y rasgos
relativos á los países recorridos por Ruy Diaz, en tal manera, que sólo ha-
biéndole seguido era posible, según oportunamente consignamos, dar tantos
y tan curiosos pormenores. 3.° Que ese desacuerdo entre lo que se cree ser
la verdad (avec ce quí semble étre la véritc) y lo narrado en el Poema, no
es obstáculo ni á su antigüedad, ni á la hipótesi de que fuera el autor uno de
los servidores del Cid: á su antigüedad, no, porque como el mismo conde ob-
serva alinadísimamente,«on ne doit du reste pass'étonner que si pende temps
apres sa mort, le Campeador ait été ainsi trasformé» (Id., pág. 178): á que
fuera escrito el Poema por uno de los criados de Ruy Diaz, no, porque tras-
formado ya el héroe, ó mejor diciendo, idealizado por el amor del pueblo
castellano, no era lícito ni posible siquiera que concebida la idea del Poema,
osara nadie, y menos uno de los admiradores del Cid, menoscabar su gran-
deza, contradiciendo lo que todos creían, y rebajando lo que ensalzaban.
Llevado paos de la universal corriente, viendo y sintiendo las cosas como
las veía y sentía el pueblo castellano, pudo uno de los pajes del héroe de
Vivar cantar las populares hazañas de Afio Cid á los cuarenta años de su
muerte. Pero ya indicamos en el texto que ni en nuestros Estudios sobre los
judíos ni en este lugar damos á estas observaciones valor decisivo.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON, ESC. DE LA POES. CAST. 135
atribuirles valor excesivo. Como quiera, estas observaciones, que
procuraremos adelante enlazar con otras relativas á la localidad
en que hubo de ser compuesto el monumento que examinamos,
recibirán sin duda no poca luz de la exposición y juicio literario
del mismo.
Pasando pues al examen de esta obra, tantas veces juzgada
durante el último siglo, comenzaremos advirtiendo que, aun falta
del principio *, se abre la narración con el segundo destierro del
héroe, reconcentrándose todo el interés en esta desgracia y en
las arriesgadas empresas que lleva Mió Cid á cabo, para conde-
nación y vergüenza de sus enemigos. Lanzado de sus hogares por
el enojo del rey don Alfonso ^, abandona ya en edad avanzada.
\ Alg^unos escritores sospechan que puede ser muy considerable esta falta
del Poema, comprendiendo alguna otra de las épocas de la vida del héroe,
por lo cual han llegado a designarlo con el título de fragmento. Bien cree-
mos nosotros (y aun juzgamos haberlo demostrado) que todas las épocas de
la vida del Cid fueron solemnizadas por la poesía; pero ni la extruclura del
Poema dá lugar á que se admita esta suposición, ni la forma del códice ori-
ginal, que hemos examinado en diferentes ocasiones, consiente la de que se
tengan por jierdidas muchas fojas. Floranes apunta no obstante la idea de
que el Poema debía estar escrito en dos diferentes volúmenes, habiendo lle-
gado á nosotros sólo el segundo (loco citato). Adelante añadiremos algunas
indicaciones sobre la extensión probable del Poema y sobre el mismo Ms.
2 La causa del destierro (y por tanto del enojo del rey) es referida po
Martin Antolinez á los judies Rachel y Yidas del siguiente modo:
El Campeador por las parias fué entrado,
lio Grandes aueres priso é muchos sobeianos;
Retobo dellos quanto que fué algo:
Poren vino á nquesto, porque fuú acusado.
Lo que no parece fácil averiguar es si entró el Cid en tierra de moros á cobrar
las parias de sus propios tributarios ó de los tributarios del rey. En el último
caso algún fundamento tenia el destierro; pero no debió ser tanto algo lo que
retuviera, cuando á los pocos dias se vio forzado cá someterse á la usura judai-
ca.— La Gesta Roderici atribuye la causa del primer destierro del Campeador
á la rica presa hecha en el reino de Toledo, donde «inter viros et mulleres
numero VII millia, omnesque substantias et divitias eis [sarracenis] viriliter
abstulit, secumque in domum suam attftlit» (Ed. de Risco, pág. XIX). Al se-
gundo destierro, que tuvo por resultado la confiscación de los bienes del Cid
y la prisión de su mujer é hijos, dio ocasión la no llegada á tiempo de Ruy
Diaz, cuando fué llamado por don Alfonso contra Yuzeph, príncipe de lus
136 rnSTORIA CRÍTICA DE LA LITER ATORA ESPAÑOLA.
el heredailo castillo de Vivar, donde reemplazan el luto y la
desolación la habitual alegria que en él reinaba, anunciando las
puertas abiertas, las perchas vacias, y las falconeras sin azores
mudados el gran desastre que aflige al señor de la fortaleza.
Copiosas lágrimas inundaban las mejillas del héroe, al volver la
vista para contemplar por última vez aquellos lugares: dirigién-
dose á Burgos, seguido de sesenta pendones, es recibido no sin
llanto por los habitantes de esta ciudad, quienes puestos á sus
ventanas, exclaman al verle salir desterrado:
20 Dios! qué buen vasalo, j si oviese buen señor!!
Magnífica pincelada, que revela y compendia al mismo tiempo
el pensamiento de todo el Poema. — Con honda sorpresa y amar-
gura sabe el Campeador que había mandado el rey don Alfonso:
almorávides (\'^éase el tomo II, pag 178), siendo acusado de malo y traidor,
y como tal duramente castigado (Ed. de Risco, pág. XXIX). Naciendo en
uno y otro caso la ira de don Alfonso de las pérfidas acusaciones de los áu-
licos (maiores curiae), que envidiaban el valor y la prosperidad del Cid
(sibi in ómnibus invidentes), no hallamos contradicción en que el autor del
Poema confundiese en un solo motivo las causas de ambos destierros, ex-
presando dpsde los primeros versos el convencimiento que abrigaban Mió Cid
y los suyos de que eran víctimas de las malas artes palaciegas. — Así excla-
ma, al salir de Vivar:
Esto me han buelto | míos enemigos malos.
Doña Jimena le dice al recibirle en Cárdena:
Por malos mestureros | de tierra sodes echado.
Y lo mismo hallamos en boca do los demás personajes del Poema. — Estas
indicaciones nos sugieren una observación de importancia, respecto de la ex-
tensión que debió tener tan peregrino monumento. Si el poeta expuso como
causa del destierro de I\Iio Cid por él cantado, que es el segundo de los pa-
decidos por el héroe, la entrada hecha, en tierra de moros, y si fué realmente
dicha entrada motivo del primer destierro, ó es necesario suponer que trocó
enteramente los frenos, ó lo que parece más natural, que reuniendo todas
las causas de la ojeriza áulica, según hemos indicado, comenzara su obra en
el momento en que Mió Cid recibe los airados mándalos del rey don Alfon-
so, y se prepara á salir del castillo de Vivar, cuna de sus mayores. En tal
caso pierden todo su valor las hipótesis de nuestros eruditos, arriba apun-
tadas.
•II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 137
25 Que á Mió Cid, Ruy¡Dia_z, | que nadi nol'diessen posada,.
É aquel que gela diesse^l sopiese, vera palabra,
Que perderle los averes 1 é mas los oíos de la cara,
É aun demás los cuerpos | é las almas.
Todos los moradores de Burgos, aunque llenos de dolor por la
desgracia de Ruy Diaz, le cierran las puertas de sus casas, no
atreviéndose ni aun á disculpar aquel proceder, por no incurrir
en la saña del soberano. ¡Tan grande comenzaba á ser ya y tan
respetada la autoridad de los reyes!... Sólo una niña de nueve
años se atreve á dirigirle la palabra, en estos términos:
40 Una niña de nuef años | á oio se paraba:
Ya, Campeador, ] en buen hora cinxieste espada,
El rey lo ha vedado, | á noch del entró su carta
Con gran recabdo | é fuertemientre sellada:
Non vos osariemos | abrir nin coger por nada.
45 Si non, perdiéremos los averes é las casas
É [aun] demás los [cuerpos] | é los oíos de las caras.
Cid, en el nuestro mal ] vos non ganadesnada;
Mas el Criador vos vala ¡ con (todas) sus virtudes sánelas.
Comprendiendo el Cid por esta relación todo el enojo de don
Alfonso, resuelve abandonar el territorio de Castilla en el plazo
que se le habia fijado; pero la prohibición dictada por el rey, no
sólo era relativa al hospedaje, sino que se extendía también á
prevenir que no se vendiese en Burgos á Ruy Diaz vianda (con-
ducho) alguna. Esta inaudita manera de perseguir que pone de
relieve por una parte la fiereza de aquellos tiempos y por otra la
saña del monarca y de sus áulicos, fué causa sin embargo de que
encontrara Mío Cid nuevos ayudadores y amigos *. Martin An-
1 Son muy notables estas circunstancias d» rigor: la ley 11.^ del tít. IV
del Fuero viejo de la tierra estaba concebida en estos términos: ((Esto es
))fuero de Castiella: que quando el rrey echa alguna rico-ome de la tierra al'
))á dar treinta días de placo por fuere) et apríís nueve dias, et aprtís tercer dia.
»Et deuel' dar un cauallo. Et todos los ricos-ornes que fincan en la tierra,
))déuenle dar sendos cauallos.» Cualesquiera que sean las alteraciones intro-
ducidas después en la redacción del Fuero viejo, parece prudente suponer que
su espíritu imperaba ya en Castilla, por lo ni*enos en el siglo XII; dcducién-
> dos8 de aquí la dureza con que el poeta supone tratado al Cid por el rey
Í38 HISTOKIA CIÜTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
lolinez, sobriuo del héroe, teniendo en poco la ojeriza de la cor-
te, resuelve suministrarle vituallas para él y para los suyos, in-
corporándose con ellos en el arenal (glcra) de Arlanzon, donde
pasaron la primera noche del terrible plazo. -Lleno de entusiasmo
y noticioso por el mismo Uiiy Diaz de su falla aljsolutade medios,
so ofrece después á depositar en manos de Rachel y do Vidas, lo-
greros judios de Rúrg'os, dos arcas llenas de arena, á fin de pro-
veerse con este ardid del dinero necesario para desalojar el suelo
de Castilla. La palabra empeñada de Mió Cid y la astucia de
Antolinez son los fiadores de aquel peregrino empréstito, reca-
bando de los judios seiscientos marcos de plata y de oro '.
Hecho esto, emprende Ruy Diaz su forzado viaje, dirigiéndose
á San Pedro de Cárdena, donde moraban su mujer y sus hijas,
y llega á aquel monasterio al amanecer del siguiente dia, hora
en que Jimena, acompañada de sus dueñas, elevaba al cielo fer-
vientes votos por la salud de Mió Cid. La entrevista de los esposos
en tal momento y en situación tan critica no puede por cierto
ser más poética, mostrando al par el respeto profundo con que
las mujeres de Castilla veian á sus maridos en una época en que,
como dejamos indicado antes de ahora, el sentimiento puro y apa-
cible del amor no se habia convertido aun en falaz galantería ^.
don Alfonso, quien no reparó en quebranlar los fueros de la tierra para cas-
ligar al que equivocadamente juzgaba malo y traidor. Este injusto rigor ro-
deaba al Cid de cierta aureola popular, que purificándole de toda culpa, le
presentaba como víctima de la perfidia de la corle y déla tiranía del mo-
narca. De observar es que en el primer destierro del Cid, según nota Ber-
ganza en sns Antigüedades de España (lib. V, cap. XV), fué realmente some-
tido el hcroe al Fuero de León, que sólo concedia á los desterrados nueve
días para desalojar el reino; y reparando en que el autor del Poema señala al
segundo este plazo fatal, viene a cobrar nueva fuerza la observación arriba
formulada respecto de la extensión del mismo.
1 El ya citado conde Th. de Puymaigre califica este singular empréstito
de «expediente digno de Guzman de Alfarache» (loco cilato, pág. 184). La
calificación, sobre dura, nos parece injusta é injuriosa para el héroe caste-
llano, cuya palabra valia más que los seiscientos marcos de plata y de oro
recibidos de los judios burgalesas. Al tratar de los caracteres del Poema,
estudio interesante á que consagramos parte del siguiente capítulo, torna-
remos á tocar este punto.
2 Véase la Ilustración V.^ de la 1.* Parle y el capítulo siguiente, donde
11.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. Í39
Afevos doña Ximena ] con sus fijas do vá legando;
Sennas dueñas las traen, | é aducenlas adelante,
Antel Campeador doña Ximena j fincó los hinoios amos;
265 Loraba de los oíos, | quiso!' besar las manos:
— ((Merced, Campeador, | en ora buena faestes nado;
Por malos mestureros | de tierra sodes echado:
Merced ya, [Mió] Cid, | barba tanto complida:
Féme ante vos yo é [las] vuestras fijas;
Infantes son [amas] j é[assaz]de dias chicas.
270 Con aquestas mis duennas, | de quien só yo servida,
Ya lo veo que estades | vos [Mío Cid] en ida
É nos de vos partirnos j hemos en vida.
Dadnos conseio por amor de Sancta Maria.»
Endino las manos ] en la barba bellida;
273 Á las sus fijas en brazos | las prendía,
Llególas al corazón, | cá mucho las queria,
Lora de los oios, | tan fuertemientre sospira:
— ((Ya, doña Ximena, [ la mi mugier tan complida,
Como á la mi alma, | yo tanto vos queria:
280 Ya lo vedes que partirnos 1 tenemos en vida:
Yo iré é vos fincaredes | remanida.
Plega á Dios [Padre] | é á Sancta Maria
Que aun con mis manos 1 case estas mis fijas.
En este cuadro apacible y patético, bosquejado con una senci-
llez digna de Homero y lleno de verdad y de belleza, aparecen al
par el padre y el esposo, dividiendo su generoso corazón entre
sus tiernas hijas y la virtuosa compañera de sus infortunios. No
pueden ser más frescas y felices las pinceladas, con que se halla
trazada esta escena, desapareciendo en ciertos rasgos la rudeza
del lenguaje bajo la verdad de la expresión y la naturalidad enér-
gica del colorido.
Cunde mientras tanto la fama del destierro de Mió Cid, é hi-
dalgos y pecheros corren á engrosar sus mesnadas, dando esto
quizá motivo á que los mandatos del rey sean de cada vez más
terribles y apremiantes. Tres dias restaban al Campeador para sa-<
lir de Castilla, cuando sabe que si es habido en los dominios de
don Alfonso, expirado el plazo de los seis,
procuramos poner de relieve el carácter de Jimena, que es en suma el de la
mujer histórica de Castilla durante los siglos XI y XII.
140 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
31 1 Por oro nin por plata | non podrie escapar.
Dispuesta por tanto la partida para ila madrugada siguiente,
oida la misa de la Santa Trinidad por todos sus guerreros, é in-
vocada por Jimena la protección divina en. devota plegaria, imi-
tada adelante por casi todos los i>oelas castellanos ^, Mió Cid des-
pídese de su esposa y de sus hijas, que deja encomendadas á la
solicitud del abad don Sancho, en estos términos:
370 El Cid á dona Ximcna | y bala abrazar:
Doña Ximena al Cid | la manol' va besar,
Lorando de los oios | que non sabe que se far;
É él á las niñas | tórnalas á catar:
— ))Á Dios vos acomiendo, fijas, 1 é la mugier al Padre Spirilual.
37o Agora nos partimos, | Dios sabe el aiuntar.»
Lorando de los oios, | que non viestes atal,
Assis' parten unos d' otros | como la unna de la carne.
Esta despedida que recuerda la tan aplaudida de Héctor y An-
drómaca ^, es digna del gran caudillo que iba á conquistar en su
destierro tan inmarcesibles laureles. Por donde quiera que Mío
Cid vá pasando, aumentan nuevas lanzas su pequeña hueste, cui-
dando el abad don Sancho de dirigirle los caballeros que vienen
en su busca. Llegado á la Figucruela, pueblo asentado en los
confines de Castilla, reposa allí breves instantes con los suyos,
l La referida oración comienza:
Ya, Señor glorioso, | Padre <]oe en cielo estás,
Fcciste cielo é tierra, el tercero el mar, etc.
Más adelante reconoceremos la tradición de esta pleg-aria en los poemas
eruditos. El docto Mr. Damás-Hinard, en las Notas históricas y literarias, con
que ¡lustra su traducción del Poema del Cid, firme en su empeño de hallar
analogías entre este y los poemas franceses, recuerda dos plegarias, mucho
más breves, de la Chanson de Roland, inspiradas por el mismo espíritu. Pero
esto no puede en verdad maravillarnos, refiriéndose á una misma época y á
pueblos animados de una misma creencia, fuente no agotada de análogos sen-
timientos y aun de muy parecidas costumbres. No otra cosa sucede también
con otros muchos pasajes del Poema, donde la perspicuidad de tan sabio es*
critor halla con frecuencia analogías y semejanzas, que le sirven de funda-
mento á la teoría de una influencia activa y directa que abarca en suma toda
nuestra civilización, lo cual no puede ya admitirse de buen grado.
2 Quintana, Iiitrod. á la Colección de Poesías selectas castellanas. Otra
despedida hallaremos después, en que hay sin duda mayor analogía.
II. PARTE, CAP. m. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. U\
apareciéndosele en sueños el arcángel Gabriel, para anunciarle
entera bienandanza:
4i0 Cavalgad, [Mió] Cid, | el buen Campeador,
Ca nunqua en tan buen punto | cavalgó varón:
Mientra que visquieredes, | bien se fará lo tó.
Satisfecho Ruy Diaz y alentado por semejante aparición, un-
ción única que dá la primitiva poesía española á los héroes que
idealiza *, llega el último dia del terrible plazo á la sierra de Mie-
l Véase lo observado en el capítulo anterior sobre la aparición de San
Lázaro (pág. 94). Debemos sin embarg'o añadir, que entre las calificaciones
que en el Poema se hacen del héroe de Vivar, presentándole como tipo de per-
fección, de valentía y de virtud, y ora apellidándole el lidiador, ora el caboso,
el contado, el leal, etc., llama nuestra atención la muy frecuente formulada
en las frases el que en buen ora nasció, qiú en buen ora cinxió espada, el de la
buena auce, etc. Llévanos esta observación á ver comprobada la doctrina que
antes de ahora hemos expuesto sobre la forma en que se trasmiten y propa-
gan á la edad media los ag^üeros y supersticiones de la antigüedad gentíli-
ca (Véase el cap. X de la I.'' Parte); siendo por cierto muy curioso el sor-
prender en una sociedad, cristiana por excelencia, esos restos vivientes de
paganismo, á pesar de los no interrumpidos esfuerzos de la Iglesia para extir-
parlos. Así en el Poema, de que vamos tratando, no puede menos de causar-
nos cierta admiración el descubrir desde los primeros versos esa influencia
perniciosa, leyéndose:
11 A la exida de Vivar | ovieron la corneia diestra,
E entrando á Burgos | ovieron ia siniestra;
influencia, que si bien no altera en nada las creencias religiosas del héroe,
ni su carácter, no poniendo tampoco obstáculo alguno en la marcha del
Poema, es recibida por el autor, quien apenas deja dar paso al Cid, sin que le
sigan sus buenas aves; y mientras le presenta confiado siempre en el favor
divino, revelado por boca de Gabriel y teniendo parte en Dios, le hace con-
sultar los agüeros, como pudiera verificarlo un héroe griego ó romano. Al
narrar las bodas de los infantes de Carrion con doña Sol y doña Elvira,
dice por egemplo:
2624 Violo en los aüeros, ] el que en buen ora cinxió espada.
Que estos casamientos | non serien sin alguna tacha, etc.
Pero debemos repetirlo: estas preocupaciones, enérgicamente combatidas
por San Isidoro y condenadas después con igual tesón por la Iglesia (Véase
Ili niSTORI.V CRÍTICA DE La LITERATURA ESPAÑOLA.
dos, donde hace alarde de su hueste, compuesta de trescientas
lanzas, con las cuales pasa de noche aípiellas ásperas fraguras,
hallándose al amanecer fuera del territorio castellano y en el
centro de una montaña maravillosa é (jraml. Dá allí algún rer
fresco á sus guerreros; y encaminándose en la siguiente noche
hacia Castrejon (Casteion), fortaleza puesta sobre el llenares
(Penares), se apodera de ella al apuntar el dia; mientras Alvar
Fafiez de Mi naya, su primo, lleva el terror de sus armas hasta
las puertas de Alcalá, volviendo á Mió Cid cargado de ricos des-
pojos. Distribuido el botin del campo y la presa de la fortaleza,
vende el héroe la quinta parte que le corresponde, á fin de aten-
der al mantenimiento de los suyos y determina abandonar el cas-
tillo, para evitar nuevos choques con el rey don Alfonso: hé aquí
cómo habla á sus guerreros con este propósito:
540 Cerca es el rey Alfonso ( é buscarnos verná:
o4o Crás á la mañana | pensemos de cavalgar:
Con Alfonso, mió Señor, j non querría lidiar.
Con las bendiciones de los habitantes de Castrejon, se dirige
Mío Cid sobre Alcocer, castillo puesto á orillas del Jalón (Salón);
y sentando sus reales, le combate por el espacio de quince se-
manas, hasta apoderarse de él por medio de una ingeniosa estra-
tagema. Llegada la fama de sus victorias á Valencia, sale el rey
moro Ferriz á la cabeza de numeroso ejército, y ayudado de
otros dos reyes subditos suyos, contra Alcocer, juzgando fácil
empresa apoderarse de Ruy Diaz y de sus gentes. Cercados ya los
castellanos por los sarracenos, aconseja Minaya á Mió Cid que
asalte el campo enemigo, lo cual verifican con tan recio ímpetu
y buena fortuna que desbaratadas las haces musulmanas y ater-
rados los reyes Gal ve y Ferriz, abandonan el campo de batalla,
huyendo sin concierto, y durando el alcance hasta las puertas de
cap. XIV de la I.* Parle), si dan algún color exterior á la cultura española,
y por tanto á la poesía, no ofenden fundamentalmente á una ni á otra, al-
canzando sí, á darnos testimonio de la grande influencia de la civilización
del antiguo mundo, en los tiempos modernos.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 143
Calatayud, donde logran salvarse los más corredores. Grande fué
el despojo de esta batalla, cuya descripción se hace en el Poema
con breves rasgos y enérgicas pinceladas, de que pueden dar
muestra las siguientes, que forman dos bellos cuadros:
Embrazan los escudos ] delant los corazones:
Abaxan las lanzas j apuestas de los pendones,
72o Enclinaron las caras | desuso de los arzones;
Ybanlos ferir I de fuertes corazones.
Vieredes tantas lanzas | premer é alzar
735 Tanta adarga | aforadar é pasar:
Tanta loriga falsa desmanchar:
Tantos pendones blancos | salir bermeios en sangre:
Tantos buenos cavallos I sin sos duennos andar.
Deseando el héroe desterrado dar á su rey una prueba de fi-
delidad y de amor, le envía con Alvar Fañez de Minaya un pre-
sente de treinta caballos de los ciento que le habían cabido en
suerte, hablando así al primero de sus capitanes, al encomendar-
le esta empresa:
Oyd, Minaya [Alvar Fañez]: | sodes mió diestro brazo:
Daquesta riqueza | que el Criador nos ha dado
820 Á vuestra guisa | prended con vuestra mano.
Embiar vos quiero ¡ á Castiella con mandado:
Desta batalla [ que hemos arrancado,
Al rey Alfonso | que me ha ayrado,
Quierol' embiar ] en don treinta cavallos;
823 Todos consiellas | é muy bien enfrenados:
Sennas espadas | de los arzones colgados.
Dixo Minaya Alvar Fañez: | Esto faré yo de grado.
Al mismo tiempo paga Mió Cid el tributo de bido á la piedad y
á la creencia: Alvar Fañez de Minaya lleva encargo de mandar
decir mil misas en Santa María de Burgos, rasgo que basta para
pintar los piadosos sentimientos y las venerables costumbres de
aquellos esforzados campeones. Movido el rey don Alfonso por
tan insigne prueba de respeto, ya que no le vuelve al seno de su
familia, como parecía aconsejar la justicia, consiente al menos en
que sigan libremente los pendones de Ruy Díaz de Yívar cuantos
buenos é valientes aspiraban á pelear á su lado. La presentación
de Minaya en la corte de Castilla y la respuesta del rey don Al-
144 RTSTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
fonso forman uno de los pasajes más dignos de sor conocidos por
nuestros lectores:
880 Treinta cavallos | al rey los empresentaba:
Viólos el rey, | fermoso soiirrisaba:
—¿Quién los dio estos, | si vos vala Dios, Minaya?...
— Mió Cid Ruy Diaz, | qui en buen liora cinxó espada:
Venció dos reyes de moros | en aquesta batalla:
885 Sobeiana es, Señor, | la su ganancia,
Á vos, rey ondrado, | embia esta prcsentaia:
Bcíavos los pies | é [assy] las manos amas:
Quel' avades merced, | si el Criador vos vala:
Dixo el rey [don Alfon]: ] Muclio es mannana.
Y añade, sin embargo, después de esta delicada negativa, ver-
daderamente dramática:
De todo mió regno, | los que lo quisieren far,
900 Buenos é valientes, | pora Mió Cid liuvyar,
Suéltoles los cuerpos | é quitóles las heredades.
Minaya vuelve á Ruy Diaz con doscientos caballeros y multi-
tud de peones (peonadas), siendo recibido por su primo con la
mayor ternura:
927 Quando V vio Mió Cid | asomar á Minaya,
El cavallo corriendo, | válo abrazar sin falla:
Besol' la boca | é los oios de la cara.
¡Bello y característico rasgo de costumbres! ^ Ilabia el Cid
entre tanto vendido y abandonado el castillo de Alcocer, no sin
lágrimas de sus moradores, distribuyendo el precio entre sus
soldados y poniendo después en tributo á Daroca, Molina y Te-
ruel, desde Monreal, donde habia fijado su campo. Pero au-
1 Para que pueda apreciarse dignamente esta pincelada de las costum-
bres castellanas en los siglos XI y XII, citaremos el saludo hecho por Aben-
galvon, según costumbre mahometana, á Minaya en su ciudad de Molina, al
llegar aquel con la muger y las hijas del Cid:
1525 Quando legó Abengalvon | dont á oiol' ha,
Soiirrisándose de la boca, ] ybulo abrazar:
Eq el hombro lo saluda, | cu tal es sa nsaie.
Mío Cid, como cristiano, no besaba en el hombro, sino en la boca y en los
ojos.
II. PARTE, CAP. m. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. Í4S
mentada ya su hueste con los caballeros y peones, traídos por
Minaya, movióse á emprender nuevas correrlas, internándose
en las tierras de Montalvan y de Huesca y poniendo en conster-
nación á toda aquella parte de la morisma. Llegaron también es-
tas nuevas á Raymundo III, conde de Barcelona, aliado á la sa-
zón de los sarracenos, y revolviendo en su pecho el enojo de pa-
sadas injurias, allegó rápidamente sus huestes (poderes), salien-
do en busca del Cid y alcanzándole en el pinar de Tébar, donde
le dirigió un mensaje de desafio, al cual replicó el castellano, es-
quivando el combate, en esta forma:
995 —Digades al conde | non lo tenga á mal.
De lo so non llevo nada, ( dexein' yr en paz.
Repuso el conde:— Esto non será verdad:
Lo de antes é lo de agora ¡ todom' lo pechará:
Sabrá el salido 1 á quien vino desondrar '.
1 Al examinar la Gesta Roderici Campidocíi, llamamos la atención de los
lectores sobre la carta de desafio dirigida al héroe de Vivar por el conde de
Barcelona (tomo 11, pág'. 179), y parécenos ahora oportuno momento para
notar que si bien creemos con el docto Huber que ni el autor de la Gesta
conoció el Poema ni el del Poema la Gesta, fundándonos principalmente en la
prioridad que en la obra histórica hemos reconocido, no por eso debe dedu-
cirse que no hay con frecuencia verdadera conformidad entre los hechos que
narra la una y canta el otro. Huber manifiesta, limitándonos ahora al pre-
sente pasaje, que «en el Poema el conde de Barcelona queda prisionero del Cid
Msólo una vez, y no dos como en la Historian (Inlrod. á la Chronica del Cid,
pág. XLIl). El hecho es realmente cierto; pero sobre no poder realizarse de
otro modo, pues que en el Poema no se comprende la primera batalla, en
que fué preso Berenguer (Almenara), comenzando su acción con el segundo
destierro, se hace al parecer mención de esta primera desgracia del conde,
poniendo como han visto los lectores, en su propia boca:
Lo de antes é lo de agora ] todo in' lo pechará, ele.
En cuanto á las cartas, el autor del Poema es tan excesivamente sobrio que
se contenta con decir:
983 Del conde don Reinont [venido 1' es mensaie:
Mío Cid qanndo lo oió | einbió pora allá, etc.
La narración de la Gesta aparece por tanto mucho más dramática é intere-
sante, y sin embargo es más popular el espíritu que resalta en el Poema: al
calificar al conde de Barcelona, el poeta dice:
El conde es muy folon ] et dixo una vanidnt, etc.
TOMO Id. 10
146 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAPÍOLA.
Enojado al cabo Ruy Díaz por la obstinación del conde, pre-
séntale la batalla, en que es Rayinundo (don Remont) vencido,
cíiyeudo en poder do un enemigo indiscretamente provocado, y
entregándole, como trofeo de la victoria, la. célebre colada que
valia más de mil marcos de plata. Pero el caudillo castellano,
que no sabia abusar de la victoria, procura después agasajar á su
prisionoro, preparándole un abundante banquete (cocina): despe-
chado don Rayinundo de su derrota, niégase en cambio á tomar
todo género de manjares, detestando una vida que juzgaba ya
vilipendiada:
i 026 El conde don Remont I non gclo precia nada.
Adúcenle los comeres, | delante gelos paraban:
Él non quiere comer, | á todos los sosanaba:
— «Non combré un bocado | por quanto ha en toda España:
1030 Antes perderé el cuerpo, | é dexaré el alma;
Pues que tales malcalzados | me«rencieron de batalla.»
Á tan extraña resolución contesta el generoso Mió Cid, di-
ciéndole>
— Comed, conde, deste pan | é bebed deste vino ':
Si lo que digo ficieredes, j saldredes de cativo;
1033 Si non, en todos vuestros dias | non veredes cristianismo.
Tres fueron sin embargo necesarios para vencer la tenacidad
No se olvide que el conde y s\is catalanes eran designados en la España
Central con el título de francos, que llevaban comunmente los franceses. Así
decia el mismo autor del Poema, al acercarse ambas huestes:
1019 Vieron la cuesta ^uso | la fuerza de los francos, etc.
i Recuérdese lo ya observado respecto de esta peregrina costumbre, re-
velada en la Leyenda (pág. 94). La oferta del pan y del vino, una vez acep-
tada, constituía cierta especie de sacramento, que obligaba estrechamente á
entrambas partes, como servia de lazo indisoluble entre los que acometian,
tras esta suerte de pacto, cualquiera empresa. Mió Cid ofrecía por tanto al
conde de Barcelona su amistad del modo más solemne y sincero, rasgo no-
tabilísimo de carácter y pincelada vigorosa de aquellas costumbres, que tanta
sencillez y encanto nos revelan en cada línea del Poema. — Lástima es que el
docto Damás-Hínard, que tanta y tan selecta erudición ha sabido emplear en
sus curiosísimas Notas al Poema del Cid, no haya fijado su vista en esta sin-
gular costumbre.
II. PARTE, CAP. III. Pimi. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 147
del conde, quien instado vivamente por Ruy Diaz, cedió por últi-
mo al deseo de recobrar su libertad, comiendo de tan buen gra-
do que, satisfecho Mió Cid, le entregó al punto tres palafrenes,
para que acompañado de dos caballeros, vasallos suyos, se pusie-
ra luego en camino la vuelta de su estado. Ni omitió el castella-
no todo linaje de atenciones con Raymundo; y para más honrar-
le, salia á despedirle gran trecho, manifestándole que no le obli-
gaba con aquella conducta á desistir de la venganza de su venci-
miento. No creyéndose libre todavía del poder de Mió Cid,
1085 Aguijaba el conde | é pensaba de andar;
Tornando vá la cabeza, | é catandos' atrás:
Miedo yba aviendo | que Mió Cid se repintrá;
Lo que no ferie el Gaboso | por quanto en el mundo ha.
En estos breves rasgos están bosquejados los dos caracteres de
Raymundo y de Mió Cid, tales como los concibió Castilla en el si-
glo XII. — -Desembarazado el héroe de estos obstáculos, lleva sus
victoriosos pendones al Mediodía de aquellas comarcas, apoderan-'
dose de Burriana, Xerica y Murviedro, donde le asedian los rao-
ros, que son á poco derrotados, dejando el campo de batalla
sembrado de despojos y de cadáveres, entre los cuales se cuentan
dos reyes tributarios del de Yalencia. El terror que se habia der-
ramado por aquellos contornos, sube de punto con esta gloriosa
jornada, cayendo en manos de Mió Cid las más importantes for-
talezas: con esto pudo pensar ya holgadamente en la conquista
de Yalencia, cuyos fértiles campos y apacibles huertas taló y que-
mó por el espacio de tres años, reduciendo á sus moradores al
último extremo, según narra el poeta en estos breves rasgos:
1183 Ñin dá conseio padre | á fijo nin fijo á padre:
Nin amigo á amigo [ nos' pueden consolar.
Mala cuenta es, Señores, | aver mengua de pan;
Fijos é mugieres | verlos morir de fambre:
Delant veyen so duelo, | non se pueden huviar.
Cercada por último la ciudad de Valencia, es entrada al cabo
de nueve meses por los soldados de Mió Cid, quienes se ven col-
mados de riquezas en cambio de sus pasadas fatigas:
1222 Los que fueron de pié ] cavalleros se facen.
Í48 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Mas no bien habian empezado á, disfrutar de tantos bienes,
cuando el rey de Sevilla se ofrece con poderoso ej(3rcito á resca-
tar aquella ciudad celebrada, dando nuevo pábulo á la bravura de
los castellanos y aumentando el botin, de que ya gozaban, con
sus preseas y las de sus capitanes. La primera atención de Mió
Cid, después de esta batalla, en que entró con solos tres mil seis-
cientos liombres, obteniendo innumerables despojos de todos gé-
neros, fué satisfacer la deuda que su lealtad y su cariño habian
contraído con el rey don Alfonso: cien caballos ricamente guar-
necidos, presentados al monarca por Alvar Fañez de Minaya, die-
ron ti la corte de Castilla aviso de las inauditas proezas de Ruy
Diaz y de la conquista de Valencia, y despertaron la admiración y
el entusiasmo en la alborozada muchedumbre, mientras avivaron
el odio que los cortesanos abrigaban contra Mió Cid desde sus pri-
meras hazañas.
Vencido don Alfonso de la generosidad de tal vasallo y pagado
de tan peregrina y sublime lealtad, le restituye al cabo sus bienes
y concede á, Alvar Fañez de Minaya permiso para conducir á Va-
lencia la esposa y las hijas del héroe, entradas ya estas en la flor
de la juventud. Tributándoles cuantas consideraciones exigian por
su sangre y por su estado, ejecuta aquel experto capitán los man-
datos del rey de Castilla, sacando del monasterio de Cárdena á
tan ilustres damas, y dirigiéndose con ellas á la ciudad arranca-
da por la espada de Mió Cid al poderlo de la morisma. Honradas
en el tránsito ya de cristianos, ya de moros, recogen doña Jimena
y sus hijas cuantas muestras de respeto eran debidas al esclare-
cido nombre de Ruy Diaz; y al acercarse á los muros de Valencia,
seguidas de doscientos caballeros que habia enviado el lííroe para
su cortejo *, son recibidas por el clero, á cuya cabeza aparece el
obispo don Gerónimo, elevado por Mió Cid á la nueva silla de
aquella ciudad 2; cabalgando el Campeador en Babieca, fogoso
i Es de nolarsc que ciento de estos caballeros eran cristianos y los otros
ciento moros, enviados por Aben Galvon, régulo de Molina, amig^o y tribu-
tario de Mío Cid, para honrar á su mujer y sus hijas (vers. <469 á 1473).
2 Era este prelado natural de Perig^ueux (Pelrag-orica); le habia traído á
España el arzobispo don bernardo, quien muerto el Cid y abandonada Valen-
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 149
corcel, ganado recientemente ', y haciendo en su edad avanzada
gala de juvenil bizarría. jTan extraordinario era el placer que
inundaba su corazón, al acariciar la idea de que iba luego á es-
trechar en sus brazos las prendas de su amor y de su ternura!
1370 Alegre fué Mío Cid, | que nunqua más nin tanto.
Quando 1' vio doña Ximena, | á pies se le echaba:
«Merced, Campeador, [ en buen hora cinxiestes espada?
Sacada me avedes I de muchas vergüenzas malas.
Gía, le hizo obispo de Zamora (El Arzobispo don Rodrig:o, Eeb.Hisp. Chron.,
lib. VI, cap. XXVI; Mariana, Hist. gen. de Esp., lib. X, cap. III).
i Es notable esta, circunstancia, porque en la Crónica rimada ó Leyenda
de las Mocedades se hace mención del caballo Babieca, si bien sospechamos
que sea en ñola muy posterior á la redacción de la misma. Los versos 993 y
994 dicen:
En el tendal don Rriiy Días | cavalga (aprie.c.n) en el su cauall":
(Bavjeca), el escado ante pechos, | el pendón en la mano.
Si, como pensamos, estos versos, que son el primero octonario y el segun-
do pentámetro, debieron leerse:
En el tendal don Rruy Días | cavalga en el sa cauallu;
El escudo ante pechos, | el pendón en la mano.
no quedará duda de que las voces apriesa y Bavjeca que ponemos entre pa-
réntesis, son apostillas ó g-losas posteriores, debidas á la gran popularidad al-
canzada ya por el Poema. Pero si no fuera así, y formasen parte del verso,
vendría esta coincidencia á dar nuevo valor á las razones que expusimos para
probar la prioridad de la. Leyenda. En el Poema cabalga Mió Cid por la pri-
mera vez, en Babieca, cuando sale á recibir á sus hijos:
jóSt E aduxiésenic á B.ibicca, | poco avie quel' ganara;
Aun no sabie Mió Cid, | el que en buen ora cinxó espada.
Si serie corredor | ó si avrie buena parada.
. Ensiénilanle á Babieca, ] cuberturas le echaban;
Mío Cid salió sobrél, ] é armas de fuste tomaba:
1595 Vistiós' el sobregonel, | luenga trae la barba;
Fiso una corrida; | esta fué tan estranna.
Por nombre el cauallo [ Babieca caualga,
Quando ovo corrido, | todos se marauillauan.
Des' día se preció Babieca | en quan grant fué España.
Dado á conocer ya Babieca por el Poema en ocasión tan solemne, no era
posible que, á escribirse después la Leyenda ó Crónica rimada, le pusiera el
autor en la expedición contra Francia, que corresponde á la juventud de
Rodrigo.
450 HISTOniA CRJtICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
1605 Afeme aqui. Señor, | yo é vuestras fijas amas:
Con Dios é convusco | buenas son é criadas.»
A la madre é las fijas | bien las abrazaba:
Del gozo que avien | do los sos oios loraban.
Tras escena, descrita con tanta sencillez, y mientras celebra-
ban sus guerreros aquel feliz suceso,
1610 Armas teniendo é tablados quebrantando ',
procura el Cid que gocen su mujer y sus hijas del espectáculo
sorprendente que presentaban la ciudad de Valencia y sus alre-
dedores, sometidos al dominio de su valeroso brazo:
Madre é fijas | las manos le besaban:
Á tan gran ondra | ellas á Valencia entraban.
Adelinó Mió Cid | con ellas al alcázar.
Alá las subíe | en el más alto logar.
1620 Oíos volidos | catan á todas partes:
Miran Valencia ( como yace la cibdad:
É del' otra parte | á oio han el mar.
Miran la huerta; ( espesa es é grant:
Alznn las manos | pora Dios rogar.
No bien habian terminado las fiestas y torneos en celebración
de la llegada de .limeña y de sus hijas, cuando sabedor el Cid de
que Yuzeph (Yucef), rey de Marruecos, desembarca en aquellas
costas á la cabeza de un ejército de cincuenta mil combatientes,
exclama lleno de gozo y seguro de la victoria:
Grado al Criador | y al Padre Espiritual,
Todo el bien que yo he | todo lo tengo delant.
Con afán gané á Valencia [ 6 hela por heredal:
A m'^nos de muerto, | non la puedo dexar.
1 Estas costumbres lograban durante el siglo XII grande aplauso: la
CltroiUca de Alfonso VII, coetánea del Poema, narrando las bodas de García de
Navarra y de Urraca de Castilla [1 143], dice: «Hispaniae delccti... equos cal-
caribus currere cogentes, ¡uxta morem patriae, proiectis haslilibus instructa
tabula, adostcndendam tam suam quam cquorum paritor artem et virtuleni,
percutiebant» (Núm. XXXVII). En el Potma se repite igual espectáculo, al
celebrarse en Valencia las bodas de doña Sol y doña Elvira, como después
indicaremos, y lo mismo sucede respecto de los que se escriben durante el si-
glo XIII, al describir las mayores solemnidades en ellos narradas.
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 131
1645 Grado al Criador | é á Santa María Madre;
Mis fijas é mi mugier | que las tengo acá:
Venidom' es (feligio | de tierras d' allent mar:
Entraré en las armas, | nonio podré dexar:
Mis fijas é mi mugier | verme han de lidiar.
Coa este propósito les manda subir á la torre más elevada del
alcázar, y sorprendida Jiraena á vista de tanta muchedumbre,
exclama:
—¿Qué es esto [Mió] Cid, ¡. si el Criador vos salve?...
■1653 — Ya, mugier ondrada, | non ayades pesar:
Riqueza es que nos acrece | maravillosa é grand:
Á poco que viniestes | preseiid vos quieren dar:
Por casar son vuestras fijas | é adúcenvos axuuar.
— Á vos grado, [Mió] Cid, é al Padre Espiritual.
En esta despedida, menos bella sin duda, pero más viril é in-
genua que la citada arriba, no aparece Mió Cid triste y melancó-
lico, como el hijo de Priamo, invitando á Andrómaca á separarse
de los muros de Troya, para que su vista no debilite en el com-
bate el valor de su pecho: confiado en la santa causa que defiende,
seguro de su bravura, muéstrase Ruy Diaz alegre y jovial, llega-
do el momento del peligro, deseando que su esposa y sus hijas le
vean combatir, para que se acreciente su esfuerzo:
1161 Non ayades pavor, | porque me veades lidiar:
Con la merced de Dios | et de Santa Maria Madre,
Crece m' el coracon, | porque estades delant:
Con Dios aquesta lid | yo la he de arrancar.
Como observa cuerdamente un escritor extranjero, el uno es el
héroe pagano á quien la fatalidad persigue y entristece; el otro
el caballero cristiano, que combatiendo por la religión, todo lo
espera del poder divino ' . El éxito de la batalla fué tal como Ruy
Diaz lo liabia predicho, quedando el campo cubierto de cadáve-
res y despojos de la morisma, y salvándose Yuzeph en la fuga.
Terminado el combate, se presenta el Cid á su esposa y á sus
hijas:
1755 Mió Cid fincó anlellas I é tovo la rienda al cavallo:
1 Mencchet, Cour$ complet de litterature moderne, tomo I, lecc. XI.
ir)2 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
A VOS me omillo, dueñas; | grant prez vos he ganado:
Vos teniendo Valencia, | ó yo vencí en el campo.
Esto Dios se lo quiso | con todos los sos sánelos,
Quando en vuestra venida | tal ganancia nos lia dado.
ITtíO Vedes el espada sangrienta | é sudiento el cavallo;
Con tal cum' esto | se vencen moros del campo.
Doscientos caballos
1819 Consiellas é con frenos | é con sennas espadas,
fueron enviados por Mió Cid al rey don Alfonso, como testimonio
de la derrota de Yuzeph, cuya tienda, de imponderable riqueza,
completaba tan magnífico presente, llenando de admiración á to-
da la curte. Sólo el conde don Garcia, trayendo á la memoria
antiguas injurias, se muestra pesaroso de tanta fortuna:
Pesó al conde don Garcia | é mal era yrado:
Con X de sos parientes | aparte daba salto:
1870 — (iMaraviella es del Cid ) que su ondra crece tanto.
En la ondra que el ha | nos seremos abiltados.
Por tan villadamieiitre | vencer reyes en campo;
Como si los falase muertos, ) aducirse los cavallos.
Por esto que él faz | nos avremos enbargo.»
Los infantes de Carrion, 'que alcanzaban entre los proceres de
Castilla no poca valia, codiciosos de las riquezas conquistadas por
el héroe de Vivar, interponen al mismo tiempo la autoridad de su
linaje, para pedir á don Alfonso la mano de doña Elvira y doña
Sol. Lograda sin dificultad la aprobación del rey, después de
manifestar á los enviados de Valencia semejante proyecto, rue-
ga este á Ruy Diaz que venga á vistas con él orillas del Tajo,
lo cual ejecuta aquel en el plazo fijado por don Alfonso, segui-
do de solos quince caballeros. Recibido con inusitada cordiali-
dad y con muestras inequívocas de regocijo, que producen hon-
do despecho en los condes Alvar Diaz y Garcia Ordoñez, le pre-
senta el soberano los infantes de Carrion, que se humillan an-
te Mío Cid, pidiéndole formalmente sus hijas para unirlas con
ellos en matrimonio. A este proyecto se resiste el Campeador,
alegando que son de dias pequcnnas: al cabo cede á las instan-
cias del rey, acallando con varonil esfuerzo sus más tiernos
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 453
afectos, y cambiando sus espadas con los infantes, en señal de
amistad, bien que negándose á entregarles de propia mano sus
hijas:
Yo vos pido merced | á vos, Rey natural;
Pues que casades mis fijas | asi como á vos plaz,
Dad mano á qui las dé, | quando vos las tomades.
Non gelas daré yo (con mi mano) | nin dend non s'alabaran.
2143 Respondió el Rey: — Afe aquí Alvar Fanez:
Prendelias con vuestras manos | é daldas á los Infantes,
Assí como yo las prendo | (de quant) como si fose delant.
Al despedirse de don Alfonso, le regala Ruy Diaz veinte visto-
sos palafrenes y treinta soberbios caballos, usando de igual lar-
gueza con todos los caballeros que al rey acompañaban, á, quie-
nes habia dado antes suntuoso banquete. Restituido el héroe á
Valencia y comunicada á su mujer y á sus hijas la voluntad de
don Alfonso, verifícase la doble boda de don Diego y don Fer-
nando con doña Sol y doña Elvira, colmando Mió Cid y los suyos
de agasajos á los caballeros de Castilla, y ostentando en las fies-
tas, con que por el espacio de quince dias se solemnizaron las bo-
das, todo su poder, su gallardía y su riqueza:
2271 Ricos tornan á Castiella | los que á las bodas legaron *.
Dos años hablan trascurrido pacificamente, cuando vinieron á
convertirse en realidades los tristes presentimientos de Rodrigo
y de Jimena, respecto de las bodas de sus hijas. Dormia ",el Cid
acaso en su alcázar, donde tenia un león sujeto con fuertes ca-
denas: rompiéndolas de improviso y entrando en el salón, donde
el Campeador reposaba, mientras acudían á su defensa los guer-
reros, despavoridos los condes de Carrion y sin reparar en su
{ Con estas fiestas, en que tuvieron Mió Cid y sus guerreros armas en la
glerade Valencia, cambiando el héroe en el palenque hasta tres caballos (vers.
2252), y en que hizo ostentación de sus riquezas en el alcázar ondrado, y se
quebrantaron hasta siete tablados {vers. 2260), termina lo que en general se
ha tenido y se reputa aun por el primer cantar ó primera parle del Poema de
Mío Cid, En su lugar expondremos el estudio que sobre este punto nos ha
sido posible realizar, sin apartarnos de la enseñanza que el mismo monu-
mento nos ministra.
154 niSTOIUA CniTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
honra, corrieroQ á esconder su espanto, rcrugiáudosc Fernand'O
bajo el escaño que servia de lecho á Mió Cid; Diego en un lagar
del palacio, de donde no salió en verdad tan limpio como cum-
plia á su decoro '. Tras este acontecimiento, que atrajo sobre los
dos hermanos las burlas de los guerreros y los sarcasmos de la
muchedumbre, ¿que sólo ponia freno el mandato del respetado
caudillo, cuyo valor habia bastado para encadenar de nuevo la
temible fiera, se vio la ciudad asediada por Búcar, rey de Mar-
ruecos.— Ganosos de gloria é implacables enemigos de la moris-
ma, celebraron los soldados de Mió Cid aquella nueva ocasión
que les ponia delante la de pelear bajo sus invencibles banderas,
mientras los infantes de Carrion, más acostumbrados á fiestas
que á combates, se dolian amargamente del peligro en que su
codicia los habia puesto. Oyó Muño Gustioz los mujeriles la-
mentos de los condes, y poniéndolos en conocimiento de su tio,
reprendióles este su vergonzosa cobardía, exhortándoles á tomar
parte en la lid que se preparaba, y encargando á Pero Bermudez
que cuidase de ellos, durante la pelea. Trabada esta, son derrota-
dos los sarracenos, buscando en balde salvación en el mar, á
donde los persigue la espada de los castellanos. El mismo Búcar
queda muerto ea el campo á manos de Ruy Diaz.
2430 Alcanzo!' el Cifl á Búcar | á tres brazas del mar;
Arriba alzó colada | un gran colpe dadol' lia:
Lascarbonclas del yelmo 1 tollidasse las ha:
1 Los romances, que como veremos en su dia, exageraron la tradición en
todos conceptos, refieren este hecho con más picante colorido. Al entrar el
león en la pieza, donde el Cid dormia:
El menor Fernán González Dic^o cl mayor de los dos
Dio principio al feclio malo: Se escondió, á trecho más largo,
Que cabe el Cid se escondió Hn nn lugar muy lijoso.
Bajo un escaño agachado. Que Don puede ser contado.
Luego que el Cid sujeta al león y echa de menos á los infantes, saca Ber-
mudo á don Fernando debajo del escaño, y Martin Pclaez anuncia al héroe
de Vivar que ya habian logrado sacar á don Diego del lugar, donde se feabia
sumido, añadiendo:
Catadle, señor, do viene;
Empero Taceos á un lado:
Que babrcys para estar par del
Menester un cncensario.
n. PARTE, CAP. m. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. do 5
Cortol' el yelmo | é librado todo lo ál,
Fata la cintura 1 el espada legado ha.
Vuelto Mío Cid á los suyos, oye de boca de Minaya, interesado
más que todos en su felicidad doméstica, que los Infantes de Car-
rion hablan peleado como valientes, cuando en realidad habían
huido de sus enemigos, dando vergonzosas pruebas de cobardía.
Digna es de trasladarse á este sitio la pintura que hace el poeta
del héroe, al avistar á los condes.
2443 La cara froncida, | é [el] almófar soltado,
Cofia sobre los pelos | froncida della ya quanto,
Algo vie Mió Cid | de lo que era pagado.
Alzó sos oíos, i estaba adelant catando;
Él vio venir á Diego 1 é á [su hermano] Ferrando:
2450 Amos [á dos] son fijos | del conde don Gonzalo.
Alegróse Mió Cid, | fermoso sonrrisando:
— Venides, mios yernos; | mios fijos sodes araos.
Sé que de lidiar | bien sodes pagados:
Á Carrion de vos | yran buenos mandados,
2453 Cómo el rey Búcar | avemos arrancado.
La impudencia de los infantes excita el desprecio y la befa de
los que presenciaron su cobarde fuga, y no pudiendo resistir las
sonrisas y sarcasmos de los guerreros, ni las alabanzas de Mío
Cid, que son también para ellos sospechosas, conciben la más
cruel é infame venganza. A fin de ejecutarla sin riesgo, piden li-
cencia á Ruy Díaz y á doña Jimena, para llevar sus esposas á Car-
rion, licencia que les conceden, no sin abrigar alguna zozobra,
considerando aquella inesperada separación como presagio de pró-
ximas desgracias. El Cid colma á sus yernos de riquezas, y des-
pués de entregarles sus dos espadas colada y tizón, les encomien-
da sus hijas en esta manera:
Mios fijos sodes amos, | quando mis fijas vos do:
Allá me levades | las telas del corazón.
Que lo sepan en Gallicia | é en Castieila é en León,
Con qué riqueza embio | mios yernos amos á dos.
2390 Á mis fijas sirvades, | que vuestras mugieres son:
Si bien las servides, J vos randré buen galardón.
Hé aquí cómo se despiden Ruy Díaz y Jimena de sus dos hijas:
2GiO Abrazólas Mío Cid I é saludólas amas á dos.
i 56 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Él fizo aquesto, | la madre lo doblaba:
Andad, lijas, d'aqui; ( el Criador vos vala:
De mí é de vuestro padre ] bien avedes nuestra gracia:
Hyd á Carrion, | do sodos heredadas.
2615 Assí como yo tengo, | bien vos emos casadas,
Al padre é á la madre | las manos les besaban:
Amos las bendixieron | é diéronles su gracia.
Dudoso el Campeador de la sinceridad de los infantes, cuyas
protestas habian despertado en su corazón punzantes sospechas,
manda á Felez Muñoz, su sobrino, que siga cautelosamente la co-
mitiva de los condes, para evitar cualquiera alevosía de los mis-
mos. No se engañaba Mió Cid: la primera proeza que intentaron
fué dar muerte al moro Aben Galvon, que por respeto del héroe
les habia dado hospedaje en su castillo de Molina, con el sórdido
proyecto de apoderarse de sus riquezas. Descubierta la traición
por un sarraceno entendido en el habla castellana (un moro la-
tinado), les reprende Aben Galvon ásperamente tan indigno pro-
ceder, añadiéndoles:
Si non lo dexas' [ por Mió Cid, el de Vivar,
Tal cosa vos faria | que por el mundo sonas';
É luego lebaria sus fijas | al Campeador leal:
2690 Vos nunqua en Carrion | entrariedes iamas.
Los infantes de Carrion, lejos de arredrarse, por esta dura lec-
ción, del proyecto de venganza que en falencia habian concebi-
do, juzgan llegada la hora de realizarlo, al penetrar en los roble-
dos de Corpes, lugar áspero y montañoso, donde las fieras abun-
daban. En aquel bosque, cuyos árboles parecían escalar las
nubes,
2710 Falaron un vergel j con una limpia font:
Mandan fincar la tienda | Infantes de Carrion;
Con quantos que ellos traen | y iacen esa noche;
Con sus mugieres en brazos, | demuéstranles amor:
Mal gelo cumplieron, | quando salíe el sol.
En efecto: no bien habia dorado las altas cimas de los montes,
cuando dieron orden á sus vasallos (los de criazón) de que se ade-
lantasen con la comitiva, para quedarse solos en mitad del monte
con sus esposas; y aquel los cobardes mancelJos,cuya avaricia era el
II.* PARTE, CAP. m. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 157
único móvil que los habia traído á Valencia, olvidándose de su
propio origen y faltando á, todas las leyes de la hidalguía y aun
de la humanidad, cometieron el más vergonzoso atentado, mal-
tratando de palabra y obra á las inocentes hijas del héroe, vícti-
mas sacrificadas por la lealtad en las aras del respeto. Ningún
género de insultos ni denuestos omitieron aquellos desalmados:
después de despojarlas inhumanamente de sus trajes, dejándolas
casi desnudas, armados de las espuelas y de las cinchas de los
caballos, comenzaron á herirlas desaforadamente hasta derribar-
las en el suelo ensangrentadas y sin sentido, llevándose los man-
tos y los armiños que cubrían antes sus cuerpos. En vano doña
Elvira y doña Sol habían pedido una muerte menos horrible y
deshonrosa para los mismos condes, á quienes recordaron el en-
vilecimiento que sobre ellos caía con proceder tan villano:
2738 Dos espadas tenedes | fuertes é taiadores:
Cortadnos las cabezas, | mártires seremos nos.
Atan malos ensiemplos | non fagades sobre nos.
2742 Si nos fuéremos majadas, | abiltaredes á vos.
Satisfechos de su venganza, y creyendo ja muertas á las hijas
de Mío Cid, se alejan los infantes del teatro de tanta infamia, sin
recelar siquiera que no habría esta de quedar impune. Sospe-
choso Felez Muñoz de lo que realmente estaba sucediendo, apar-
tándose de la comitiva, vé pasar solos á los condes, y dirigién-
dose al sitio donde estos habían dejado á sus mujeres, las en-
cuentra tendidas en tierra, desnudas, ensangrentadas y exánimes,
y procura restituirlas á la vida á fuerza de solicitud y de cariño.
Vueltas en su acuerdo las hijas de doña Jimena, se dirige Felez
Muñoz con ellas á la torre de Doña Urraca, y después al próximo
castillo de Santisteban, en que halla benévola acogida *: desde
i Aun cuando aparezca á primera vista no de grande importancia, juz-
gamos digna de alguna atención la manera cómo habla el poeta de los mora-
dores de San Esteban (Santesteban), apellidándoles varones muy pros, mesu-
rados c conoscedores, en esta forma:
2830 Los de Santesteban siempre mesnrados son.
285S Varones de .Santesteban, á guisa de muy pro».
Í58 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
allí envía al Cid mensajeros, dándole cuenta de la desgracia de
doña Sol y doña Elvira y de la alevosía de los condes, sin olvi-
darse de que llegara también esta á oídos del rey don Alfonso.
Irritado Ruy Díaz con tal nueva, jura solemnemente ^ tomar
2862 Varones de Snnlestchan, (juc soilcs conosccdores, etc.
¿Provendrá esta especie de predilección de la conducta que el poeta les
atribuye respecto de las hijas del Cid, ó más bien de alguna otra relación es-
pecial entre el mismo poeta y los moradores de Santisteban?... Una circuns-
tancia no despreciable podria acaso dar alguna luz en esta investigación, á
que presta interés el ignorarse el nombre y la condición del poeta, por más
que se haya fijado la vista en la posibilidad de diferentes autores. Observa-
mos en la narración de todos estos pasajes del Poema cierto conocimiento no
sólo geográfico, sino también topográfico, lo cual no puede suponerse en
quien, viviendo en el interior de Castilla, no conociera prácticamente los lu-
gares y sitios descritos, pues que ni se enseñaba á la sazón científica-
mente la geografia, ni á enseñarse, hubiera sido posible descender á esos
pormenores, insignificantes siempre para la ciencia. Teniendo por otra parte
muy en cuenta que las tradiciones relativas á Mió Cid debían desarrollarse y
conservarse, en cuanto tenían de locales, con más vigor en las fronteras de
las comarcas que fueron teatro de sus hazañas, venimos á deducir que no
seria del todo aventurado el sospechar que el poeta, cuando daba á los mo-
radores de Santisteban esos títulos de e.vcelencia, cedía á alguna razón de
paisanaje. Esto sin embargo no pasa de ser una conjetura, bien que no tan
gratuita que no merezca consignarse. Adelante añadiremos algo sobre este
punto.
1 El juramento del Cid está concebido en estos términos:
1>>li l'or aquesta barb.1 | (]ue nadi non iiicssó,
Non la lograrán [ los ¡nfjntes de Carrion.
Este era pues el juramento más solemne en una sociedad, donde se confir-
maban los contratos civiles con esta peregrina cláusula: aQuod ut ratum etsta-
bile perservet in posternm, presentí scripto sigili mei robar aposui cum tribus
pilis barbae maen. Aun muchos siglos después del en que existió el Cid, pa-
recía serel juramento, hecho por la barba, el más terrible. Hablando el P. Juan
de Mariana de la prisión de don Alvaro de Luna, cuenta que fué el rey don
Juan á comer, después de oída misa, á las mismas casas donde le tenían preso.
«El obispo de Ávila don Alfonso de Fonseca (prosigue aquel historiador) ve-
))nia al lado del rey; y como le viese don Alvaro desde una ventana, puesta
))la mano en la barba, dijo: aPara estas, clerigidllo, que 7ne las habéis depa-
))garn. Respondió el obispo: — Pongo á Dios por testigo qUe no he tenido par-
»te alguna en este consejo y acuerdo que se ha tomado, no más que el rey
»de Granada» {Hist. gen. de España, lib. XXII, cap. XII). — El entendido
Mr. Damás-IIinard, que cii sus crudilísinias Notas históricas y literarias al
11.^ PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 159
venganza de aquella deshonra, y ruega á su primo Alvar Fañez
de Minaya, á Pero Bermudez y á Martin Antolinez que vayan con
doscientos caballeros por sus hijas, sin descansar de dia ni de no-
che, hasta traerlas á Valencia. M aproximarse á los muros de
esta ciudad, sale el Cid á recibirlas y
2900 Besándolas á amas, | tornos' de sonrrisar:
Venidas, [las] mis fijas, | Dios vos curie de mal;
Hyo tome el casamiento, ] mas non osé decir ál.
Plega al Criador | que en el cielo está.
Que vos vea meior casadas [ daqui en adelant.
2905 De mis yernos de Carrion [ Dios me faga vengar.
Después de presentarlas á, Jimena, reunió el Cid sus guerreros,
y manifestándoles en efecto su resolución de tomar venganza de
los infantes, ordena á Munio Gustioz que se prepare á llevar al
rey un mensaje, para pedirle justicia, añadiendo:
2913 Por mí bésale la mano | d'alma é de corazón:
Como yo só su vasallo, | é él es mió Sennor.
Desta desondra que (me) han fecha | los Infantes de Carrion.
Quel' pese al buen rey j d'alma é de corazón:
Él casó [las] mis fijas, | ca non gelas di yo.
2920 Qunndo las han dexadas | á tan grant desonor,
Si desondra y cabe | alguna contra nos,
La poca é la grant | toda es de mió Sennor.
Míos averes se me han levado | que sobeianos son;
Esso me puede pessar | con la otra desonor.
2925 A.dúgamelos á vistas | ó á iuntas ó á cortes.
Como aya derecho | de Infantes de Carrion;
Cá tan grant es la rencura | dentro en mi corazón.
Enojado don Alfonso por la conducta de los condes, otorga esta
Poema del Cid procura recog-er cuantas analogías encuentra entre este monu-
mento y los poemas franceses, cita, al llegar á este punto, algunos ras-
gos parecidos al que mencionamos, siempre con el propósito ya conocido de
los lectores (pág. 266 y sigs.); pero como se vé por el hecho relativo á don
Alvaro de Luna y por la fórmula escrituraria que trascribimos, esta costum-
bre ó preocupación de la barba, tuvo entre nuestros padres un valor real,
y por tanto una significación verdaderamente histórica. El autor del Poema
del Cid no necesitó pensar en otros poemas, para revelarla con la naturalidad
y frecuencia, con que lo verifica.
160 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
demanda, señalando el plazo de siete semanas para que congre-
g-ados en Toledo sus condes é infanzones, satisfagan á Mió Cid
los de Carrion la deuda de su honor, tan villanamente ultrajado.
Llenos de temor y atentos sólo á libertarse de la tempestad que
habían traido sobre sus cabezas, ruegan los infantes al rey que
les exima de asistir á las corles, lo cual les niega don Alfonso,
diciéndoles: -
Non lo feré | sim' salve Dios:
Cá y verná Mió Cid, | el [buen] Campeador.
Dárledes dereclio, | cú rencura lia de vos.
Qui lo fer non quisiese, [ ó non yr á mi cort,
3005 Quile mió regno, | ca del non he sabor.
Cumplido el plazo, acuden á Toledo los magnates y ricos-
homes, no haciéndose esperar mucho Ruy Diaz, quien se presenta
en la corte acompañado de cien caballeros, entre los cuales traia
los más valientes capitanes que le ayudaron en la conquista de
Valencia. El recibimiento que hizo el rey á, tan ilustre caudillo,
poniendo de maniQesto la estimación en que le tenia, fué causa
para que los infantes comprendieran que no les quedaba otro me-
dio de restaurar su valimiento más que el de arrostrar el com-
bate, á lo cual los alentaba don Garcia Ordoñez, tenaz enemigo
de Mío Cid. Después de oir este la misa del alba en el monasterio
de San Servando * y de haber ofrecido sus preces y guardado la
vigilia en aquel sancto logar; es decir, después de haber cumplido
con todos los deberes de la religión y de la creencia, aparece en
las curtes, rodeado de sus guerreros, quienes para evitar cual-
quiera sorpresa llevaban
Velraezes vestidos | por sofrir las guarnizones.
1 El monasterio de San Servando (Servan), puesto á la entrada del puen-
te de Alcántara, fué fundado por don Alfonso VI en j090, poblándolo de
monjes cluniacenses, á quienes doló después de pingües rentas [febrero de
lOOi]. Convertido en tiempo del arzobispo Tenorio en fortaleza, tras largas
vicisitudes, fué una de las llaves de Toledo, conservándose todavía sus ruinas
con el nombre de Castillo de San Cervantes (Yepes, Crónica general de la Or-
den de San Benito, tomo VI, escrit. 43; Toledo Pintoresca, pág. 293). Poco
tiempo contaba pues de existencia el monasterio, cuando fué Mió Cid alojado
en él del modo que el Poema refiere.
II.* PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 161
3085 Desuso las lorigas, | tan blancas como el sol:
Sobre las lorigas' | armiños é pelizones:
Que non parescan las armas, | bien prisos los cordones;
Só los mantos las espadas 1 dulces é taladores.
Hé aquí cómo se présenla el Cid en las cortes: la descripción
de su traje y sus arreos, sobre ser un documento de grande in-
terés para la historia indumentaria de nuestro suelo, forma un
cuadro digno de ser trasladado á este sitio :
Calzas de buen panno | en sus camas metió:
Sobr' ellas unos zapatos | que á grant huebra son.
Vistió camisa de ranzal | tan blanca como el sol;
Con oro é con plata | todas las presas son:
3100 Al punno bien están, | ca' él se lo mandó.
Sobrella un brial | primo de ciclaton;
Obrado es con oro; | parescen por ó son.
Sobre esto una piel bermeia, | las vandas de oro son:
Siempre la viste Mió Cid, | el [buen] Campeador.
3105 Una cofia sobre los pelos | de un escarin de pro:
Con oro es obrada, | é fecha por razón
Que non le contalasen los pelos | al buen Cid Campeador.
La barba avíe luenga, | é prísola con el cordón.
Por tal lo face esto que | recabdar quiere (todo) lo só.
3110 Desuso cubrió un manto | que es de grant valor.
No es menos pintoresca la descripción animada y verdadera-
mente dramática de las cortes ^ formando tal vez el episodio más
interesante de este peregrino poema. Al presentarse Mió Cid en
aquella respetable asamblea, el rey, sus yernos, don Ray mundo y
1 Aunque de diferente naturaleza el crímea juzgado en esta manera de
tribunal y el cometido por los condes traidores, sentenciados en la Leyenda,
parécenos conveniente llamar la atención délos lectores respecto de la forma
de una y otra asamblea. Como vá notado, sólo toman parte en ella los con-
des y ricos-homes, todos los meiores de Castiella (vers. 3017), sin que tengan
todavía representación alguna los cuerpos municipales: la historia no regis-
tra ninguna de estas dos juntas en los anales de laí cortes castellanas; pero
la poesía ha sabido revestirlas de lodo el interés histórico, asimilándolas a
los concilios, conventos ó juntas que á la sazón se celebraban, según adver-
timos en el anterior capitulo. Este es un rasgo no despreciable, para quüatar
la antigüedad de ambos monumentos.
TOMO IJl, 11
i 62 mSTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
don Enrique (don Anrrich y don Rñmond) y lodos los magnates
y ricos-homes se levantan do sus asientos para honrarle: sólo
pormauecieron en sus sillas los infantes y sns partidarios, en se-
ñal de que le despreciaban. — Señalados por el rey los jueces que
hablan de fallar aijuel extraordinario proceso entre el honor ofen-
dido de Rodrigo y la alevosía de los condes; conjurados todos los
presentes para que guardasen el mayor comedimiento , y conce-
dida al Cid licencia para dar principio á su demanda; en vez de
comenzar el héroe manifestando todo el enojo que ardía en su
corazón, pide á. los infantes las espadas lizon y colada que les
habia dado, al despedirlos en Valencia. Ninguna dificultad oponen
don Fernando y don Diego á esta exigencia de Mió Cid, que los
jueces (los aleados) tienen por moderada, y que el conde don Gar-
da, patrocinador de los infantes, mira como preludio de prós-
pero suceso para sus protegidos. Los desvanecidos condes, no
sospechando lo que les esperaba, concertados
Con todos sus parientes | é el vando que y son,
discurrian sobre la demanda de Mió Cid, en esta forma:
317o Aun grant amor nos face | el Cid Campeador,
Quando desondra de sns fijas ] non nos demanda lioy.
Bien nos avendremos | con el rey don Alfon:
Démosles sus espadas, | quando así finca la voz,
É quando las touiere, | partirse ha la cort.
3180 Hya mas non avra derecho | denos el Cid Campeador.
Mío Cid recibe de manos del rey don Alfonso ambas espadas, y
al reconocerlas
319o Alftgros'l tod' el cuerpo, | sonrrisos' de corazón,
depositándolas en manos de Pero Bermudez y Martín Antolinez,
sus sobrinos, y declarando que mejoraban de señores. Hecho esto,
levántase de nuevo para reclamar no menos enérgicamente tres
mil marcos, que en oro y plata habia dado ;'i los condes de Car-
rion, al salir estos de Valencia. Inútiles fueron las quejas de
aquellos menguados proceres, alegando que habían entregado
las espadas, en la inteligencia de que el Cid no les haría otra de-
manda.
II. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 163
3222 Por esol' diemos sus espadas | al Cid Campeador:
Que ál non nos demandase: | que aquí fincó la voz.
Obligados estos por el fallo de los jueces á satisfacer tan cre-
cida suma, contrajeron considerables deudas para conseguirlo, é
hipotecando todos sus bienes, apenas pudieron allegarla. Juzgá-
banse con esto ya del todo seguros del enojo de Mió Cid, midien-
do por su codicia la magnanimidad del héroe; mas alzándose este
por la tercera vez del escaño en que tenia asiento, se dirige con
voz terrible al rey y á los magnates, manifestándoles que aun no
habia cobrado la mayor deuda que era la de su honra ofendida,
é increpando en esta forma á los infantes:
Á quem' descubriestes | las telas del corazón?...
Á la salida de Valencia | mis fijas vos di yo,
Con muy grand ondra | é averes á nombre.
327o Cuando las non queriedes | ya, canes traydorcs,
Por qué la sacábades | de Valencia, sus onores?
Á qué las firiestes [ á cinchas é á espolones?...
Solas las dexastes | en el Robledo de Corpes
Á las bestias fieras | é á las aves del monte.
3280 Por quantoles ficiesles, | menos valedes vos:
Si non recudedes, | véalo esta cort.
El conde don Garcia, lleno de saña contra Mió Cid y gozoso de
su deshonra, pretende justificar la conducta de los infantes, mani-
festando que siendo estos de tal prosapia que ni aun por barraga-
nas debian tomar á las hijas del Cid, hablan obrado cuerdamente
y á derecho, abandonándolas. La circunstancia de traer Ruy Diaz
crecida la barba, hace prorumpir al conde en esta exclamación
epigramática:
3285 Dexóla crecer | é luenga trae la barba:
Los unos le han miedo, | é los otros espanta!...
Á lo cual replica el Cid, recordando la toma del castillo de
Cabra, donde habia hecho prisionero al conde:
3295 Qué avedes vos, conde, | por retraer á mi barba?...
Ca de quando nascó [ á delicio fué criada:
Ca non me priso á ella | fijo de mugier nada,
Nin m' la mesó fijo | de mora ni de Cristiana,
Como yo á vos, Conde, ( en el castiello de Cabra.
3300 Quando pris' á Cabra, | é á vos por la barba.
ifi4 HI5?T0RIA CRtTíCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Non lii ovo rapaz | que non mesó su pulgada:
La que yo mesé, | aun non es aguada ••
Irritado Fernán González de la entereza de Mío Cid, se levanta
CQ medio de la asamblea, para repetir las palabras del conde don
García, llevando su orgullo al punto de asegurar que sólo eran
dignas de unirse á él y á su hermano fijas de reyes ó de empe-
radores. No puede Ruy Díaz tolerar por más tiempo procacidad
tan insensata, y dirigiéndose á. Pero Bermudez, le insta para que
desmienta al engreido conde. El irascible Bermudez, después de
echarle en cara sii cobardía, descubriendo la torpeza de que ha-
bía hecho triste gala en Yalencia, ya cuando la aventura dol
león, ya cuando asedia el rey Bücar aquella ciudad, le apostrofa
de este modo:
3355 Riebtol' el cuerpo 1 por malo é por traydor:
Estol' lidiaré aqui | antél rey don Alfon,
Por fijas del [Mió] Cid j don' Elvira é dona Sol.
Quando fuere la lid, | si ploguiese al Criador,
Tú lo otorgarás, | á guisa de traidor.
Repite contra el Cid el conde don Diego González los mismos
denuestos que su hermano; y Martín Antolinez le reta casi en
iguales términos que Pero Bermudez lo había hecho á don Fer-
nando. Concertado finalmente el duelo de Asur González, y de
Munio Gustioz, no bien había el rey otorgado el campo á los man-
^ Ea el capítulo anterior notamos que este hecho, narrado ya en la Le-
yenda, se refiere al conde Ximeno Sánchez Bureva, hermano de García, ven-
cido por el Cid en Siete-Barrios ó Briviesca. De cualquier modo la tradición
es la misma, bien que en el Poema se recuerda con oportunidad altamente
dramática. En el Cantar latino es enviado el conde don García contra el Cid
por el mismo rey don Alfonso y vencido en Cabra, lo cual se ajusta más'á
la tradición que se invoca en el Poema (Véase la Ilustración I."^ del anterior
volumen, núm. XXI, vers. 80 y sigs.). En la Gesta Roderici aparecen tres
condes, García Ordonez, Lope Sánchez y Diego Pérez, los cuales auxiliaban
al rey moro de Granada contra el de Sevilla, tributario de don Alfonso, y
fueron en efecto vencidos en el castillo de Cabra, quedando prisioneros de
Rodrigo (Véase la pág. i 76 del tomo anterior, «ap. XIII). La ofensa que Mío
Cid recuerda, era por cierto la mayor que podia recibir un hombre bien na-
cido, según hemos indicado arriba.
11. PARTE, CAP. III. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 165
tenedores del Cid, cuando se presentan en aquella respetable asam-
blea los infantes de Aragón y de Navarra, pidiendo al vencedor
de Valencia las manos de sus hijas. El héroe de Vivar, que al
concederlas á los perjuros condes, había obedecido ciegamente la
voluntad de don Alfonso, se apresura á darle en ocasión tan so-
lemne una nueva y más brillante prueba de su lealtad y cariño,
dirigiéndose á él y exclamando:
Afe mis fijas; | en vuestras manos son:
3420 Sin vuestro mandado | nada non feré yo.
Satisfecho el rey de tan hidalgo proceder, levántase en su tro-
no, é imponiendo silencio á la asamblea^ le replica:
Ruegovos, [Mió] Cid, | Caboso Campeador,
Que plega á vos, [ é otorgarlo he yo.
Entre tanto intenta Alvar Fañez de Minaya tomar parte en el
duelo contra los parciales de los condes, respondiendo á su de-
manda Gómez Pelayet, á cuyo nuevo desafio se niega el rey don
Alfonso, señalando el amanecer del siguiente dia para la triple
lid ya otorgada. Los infantes de Carrion, desprevenidos para tan
no esperada liza, ó desconfiados de su propio esfuerzo, piden al
rey tregua para el combate, concediéndoseles el plazo de tres se-
manas y designándose las vegas de Carrion para la pelea. Publi-
cado ya el duelo, como juicio divino ', y puestos bajo la salva-
guardia del rey los caballeros de Mió Cid, desátase este la barba
que traia sujeta con un cordón de oro, atrayendo sobre sí todas
las miradas de la corte:
Allí se tollió el capiello | el Cid Campeador:
3305 La cofia de ranzal ] que blanca era como el sol.
i Esta suerte de juicios, así como el del fuego y la prueba caldaria, es-
taban admitidos por la ley, según hemos visto en el capítulo precedente: so-
bre el duelo para responder á demandas de hurto, asesinato ú otra traición,
decía el Concilio de León, celebrado en 1012, lo siguiente: «Si accusatus fue-
rit fecisse iam furtum, aut per traditionera homicidium, aut aliam proditio-
nem... qui talis inventus fuerit, defendat se iuramenlo et pí;r /¿Íé7« cm/« ar-
mis» (Can. XL). Esta era pues la ley, á que se acogia Mió Cid, ó mejor dicho,
la que sirvió de base á la tradición para crear la situación que examinamos.
466 HISTORIA CRlTICA^DE LA LITERATUílA ESPAÑOLA.
É soltaba la barba | é sacóla del cordón:
Nos' farlaa de catarle | quantos lia en la cort.
Derramando después grandes riquezas entre los caballeros de
Castilla, regala al rey los doscientos marcos de plata que había
recibido de los infantes; y despidiéndose de él, le ofrece su caba-
llo Babieca, presente que no acepta don Alfonso, por juzgar que
no tendría osí tan buen Señor, añadiendo:
3532 Qiiien vos lo toller quisiere, | nol' vala el Criador;
Ca por vos é por el cauallo | ondrados somos nos.
Asi termina este interesante episodio de las cortes de Toledo:
al apartarse Mió Cid de sus caballeros, les recomienda de nuevo
la fortaleza y el valor, de que tantas'pruebas habían dado en cíen
combates, obteniendo de ellos esta enérgica respuesta:
3341 Püdedes oir de muertos, | ca de vencidos non.
Próximo ya el día del duelo, acuden al rey los infantes de Car-
rion, solicitando que no usaran los paladines del Cid de las espa-
das tizón y colada, las cuales para valemos de la expresión de
los romances, habían estado en su poder hambrientas. Indignado
el rey de esta prueba de mujeril flaqueza, les manifiesta que sólo
en el valor de sus pechos podrán encontrar la salvación de su
honra; y llegado ya el momento señalado para el combate, santi-
guan las sillas y cavalgan á vigor los paladines de Valencia,
acudiendo de una y otra parte al palenque. Puestos los mojones
por los fieles, sorteado el campo y partido el sol, embístense fu-
riosamente, cayendo vencidos Fernando y Asur González y sa-
liendo del palenque el conde don Diego, despavorido al brillo de
colada. Decidida asi la victoria por los mantenedores de Mío Cid,
pregonan los fieles el vencimiento y la humillación de aquellos
proceres que se preciaban de igualarse á los reyes * , quedando
restaurado el honor de doña Sol y doña Elvira, y declarados trai-
1 El conde Fcrraii González había dicho en efecto al Cid en las corles
de Toledo:
De nntura so'iios | de condes de Carrion
r>(^bii'iiio9 casar coii Tijas | de reys ó de Emperadores;
Ca non perlenccien | fijas de Inranzniicj.
11." PARTE, CAP. IIl. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 167
dores los condes. Lleno de alegría supo el Cid este feliz resul-
tado del juicio divino, exclamando:
¡Grado al rey del Cielo!... j ¡Mis fijas vengadas son!...
Los paladines de doña Sol y doña Elvira fueron recibidos en
Valencia con grandes regocijos, los cuales se renovaron muy en
breve con las nuevas bodas de aquellas y de los infantes de Ara-
gón y Navarra * .
Ponen estas segundas nupcias término al Poema, cuyos últi-
mos versos contienen el dia en que pasa de esta vida el héroe de
la buena auce ^. Por la exposición que acabamos de hacer de su
1 Á esla cireunslancia lian debido principalmeale referirse el docto Wolf
y el entendido Clarus, cuando asientan que el objeto preferente del Poema
son las bodas de las hijas de Mió Cid, añadiendo que debe aquel ser corwi-
derado como un canto epitalámico. Pero la prueba de que la acción termina
verdaderamente en el instante en que el héroe logra vindicar su honor ofen-
dido, está en la rapidez excesiva con que el poeta pasa por todo lo que
atañe á estas segundas nupcias, invirliendo sólo treinta y cinco versos (3405
á3i40) para exponer la demanda de los príncipes de Aragón y Navarra, y
nueve (372S á 373(j) para relatar la realización de las'bodas, sin que aparezcan
otra vez en la escena ni los infantes referidos ni las hijas del Cid, nuevamente
exaltadas á la dignidad que por su virtud merecían. Sí este Poema hubiera si-
do escrito en la ocasión solemne que el sabio Wolf índica, sobre hallarse en
él más claros vestigios de ello, es indudable que el poeta se hubiera detenido
á referir menudamente las fiestas, con que las nuevas bodas hubieron de ce-
lebrarse, no olvidando el dar á conocer las prendas y virtudes que ilustraban
á los príncipes desposados con las hija§ de Mío Cid, asimilándolas, así como
las de estas, á las de don Sancho y doña Blanca. Cierto que en las bodas
de los príncipes se cantaban á la sazón epitalamios, como vimos ya en las
de don García y doña Urraca, narradas por la Chronica de Alfonso Vil (Véa-
se cap. XIV), siguiéndose asila antiquísima costumbre revelada por San Isi-
doro en sus Etimologías (Véase el cap. X de la 1.* Parte); pero sobre no pa-
recemos muy á propósito para bodas, por más que el espíritu público fuese
altamente guerrero, el asunto del Poema del Cid, todavía su misma exten-
sión debía ser un obstáculo, á menos que admitida la división que propon-
dremos en el siguiente capítulo, no se cantase en el espacio de siete ú ocho
dias. De cualquier modo la nueva exaltación de doña Sol y doña Elvira cum-
plía á la dignidad de Mió Cid y satisfacía al pueblo castellano, haciendo la
apoteosis del héroe, vencedor de áulicos y traidores,
2 Véase la nota de la pág. 141.— El Cid murió, en sentir de los más
^68 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ar^-umenlo, puede fácilmente comprenderse que el asunto en él
CHiitado, sobre elevado é interesante, no podia ser más nacional
respecto del pueblo castellano. Representaba, en medio de aque-
lla tenaz lucha entre la Cruz y el Islam, el martirio y la apoteosis
política del héroe, en quien se hallaba personificada la doble pro-
testa del sentimiento de la libertad y de la independencia de Cas-
tilla. No carecia el Poema, sustancialmente considerado, de cierta
unidad de acción, y sobre todo de cierta unidad de interés, ley
suprema en toda obra de arle, cualquiera que sea el estado de
cultura en que aparezca (bien que poco apreciada y mal definida
en orden al monumento que estudiamos por el común de los crí-
ticos), bastando sin duda para asegurar el triunfo á que podia
entonces aspirar el poeta. Mió Cid interesa, como desterrado (el
echado, el salido), porque siendo víctima de palaciegas envidias
y rencores bastardos, lleva tras sí el amor, las bendiciones y el
voto unánime de un pueblo leal, generoso y magnánimo: interesa
como caudillo porque sus triunfos exaltan poderosamente la fan-
tasía de ese mismo pueblo, impulsándole á inauditas empresas:
interesa como padre ofendido, porque la injuria sufrida por él
ofende también al pueblo, poco avezado aun á llevar en paciencia
los desmanes de los áulicos, que favorecían en la corte á una no-
bleza afeminada é imbele; porque entre los infantes de Carrion y
el debelador de Valencia existían las creencias y las costumbres
de toda una edad, levantándose entre el héroe y los condes, como
barrera impenetrable, la sórdida codicia y las cobardes y negras
tramas de estos y la magnificencia y maravillosas proezas de
aquel, aplaudidas, y si es lícito decirlo así, prohijadas por la mu-
chedumbre. Mío Cid interesa finalmente como caballero, porque
es el espejo de la lealtad, del valor y de la hidalguía; porque los
sentimientos que le animan constituyen el bello ideal de todo cas-
tellano; en una palabra, porque su caballerismo es, como deja-
mos ya notado, esencialmente español, reílejando, con la consti-
cl año de 1099, á 29 de mayo, según se deduce de este verso, que debe tener
valor histórico:
3737 Pasado es de cslc sirglo el dia de Cinquesma.
1
i
II. PARTE, CAP. m. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 169
tucion social y política de Castilla en aquellos apartados tiempos,
los deseos y aspiraciones de la nación entera ^.
Lo mismo puede asegurarse respecto de los demás personajes
que figuran en el Poema, cuyos caracteres no han sido todavía
estudiados dignamente, cayéndose por tanto en el lamentable er-
ror de suponer que no supo el poeta atribuirles propios sentimien-
tos y especial fisonomía, fundiéndolos por el contrario en una
misma turquesa. Los caudillos, que espontáneamente se asocian
á las empresas de Mió Cid, interesan todos, cautivando la admi-
ración universal, porque todos corresponden á aquella naturaleza
heroica, que levantando la doble enseña de Dios y de la patria,
conquistaba con raudales de sangre la libertad perdida, restaura-
ba los profanados altares y restablecía sobre sólidos fundamentos
el trono, despedazado en los campos de Guadalete. Pero ni puede
ya con justicia repetirse que al autor del Poema de Mió Cid falta-
ron colores para bosquejar debidamente aquellos personajes, in-
fundiéndoles ser distinto y peculiar fisonomía, ni fuera tampoco
empleo digno de la crítica el cerrar los ojos á las nativas be-
llezas que acertó á derramar en el Poema la primitiva popular
musa castellana, al revelarnos, todavía inexperta y desprovista
de medios artísticos más esmerados, las condiciones y leyes de vi-
da, á que debían sujetarse aquellos héroes, para tener verdadera
existencia en el amor y el entusiasmo de la muchedumbre.
Considerada tan preciosa obra en su conjunto, expuesto ya y
quilatado el pensamiento que en general la anima, legitimando el
aplauso que logra en una y otra edad la noble figura de Mió Cid,
lícito nos será pues remitir al siguiente capítulo, en uno y otro
concepto, el indicado examen, abrigando el convencimiento de
\ No hay para qué declarar que nosotros no estudiamos aquí al Cid pro-
piamente histórico; y sin embargo conviene repetir que el Poema ofrece un
interés real bajo el punto de vista indicado, siendo este sin duda su principal
mérito. En él se reconoce en efecto la sociedad castellana, no sólo como exis-
tia durante los últimos dias del siglo XI, sino también como anhelaba ser á me-
diados ya del siguiente, bajo todas las relaciones que hemos procurado esta-
blecer en este y el anterior capítulo; hecho reconocido y confesado aun por
los mismos escritores que intentan hacernos tributarios de otras literaturas,
í'Cspecto de estos primitivos monumentos de la poesía castellana.
J7U HISTORIA CRITICA HE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
que no han de ser del todo estériles nuestros esfuerzos, para com-
pletar el estudio de los primeros monumentos escritos de la poe-
sía española '.
1 Al hacer la exposición del Poema del Cid, no solamente liemos aten-
dido á darlo ú conocer cual merece, sino también ú desvanecer los errores
en que generalmente se ha caldo al analizarlo, alterando á placer las si-
tuaciones, dándoles distinto colorido é introduciendo accidentes de todo
punto ajenos á la tradición, y fuera ya del mismo argumento. Citar los auto-
res que hall incurrido en estas fallas y deslices, cuando no hay cn'llco de
bulto que no haya hablado del Poema, seria muy enojoso, y sobre enojoso
acaso impertinente: baste decir con un escritor no despreciable que hasta
1846, en que Mr. Clarus escribió su Exposición de la Literatura espaiíolaen
la edad media, no se habla hecho «un análisis verdaderamente ñel de esle
i)Poeman. Sin embarco, el análisis de Sismoiidi no carece en general de
exactitud, y es más completo que el de otros muchos críticos, posteriores al
año de 1846.
CAPITULO IV.
PRIMEROS IIOIIIESTOS ESCRITOS DE U P0ESÍ1 CÁSTELUM '.
Prosigúese el examen del Poetna de Mió Cid. — Estudios sobre los caracte-
res.—Tipos especiales de los primeros caudillos. — Alvar Fañez de Minaya.
—Pero Bermudez. —Martin Antolinez. — Felez Muñoz. — Muño Guslioz. —
El obispo don Gerónimo. — Los infantes de Carrion y las hijas de Mió Cid.
— El Cid, doña Jimena y el rey don Alfonso, — Condiciones artísticas del
Poema. — Su división. — Medios expositivos del mismo. — .Medios artísticos.
— Resumen.
Cuando, expuesto ya el argumento del Poema de Mió Cid, ad-
vertimos que atesora bajo el aparato de formas rudas y ape-
nas articuladas el espíritu noble y ardiente del pueblo castellano,
bien podemos considerarlo como fruto legítimo y espontáneo de
{ No por vana ó pueril jactancia, sino cual muestra de profunda gratitud
y de respeto, y como inequívoco testimonio de la noble protección con que
S. M. la Reina doña Isabel II.* y su augusto esposo se dignan fomentar el
cultivo de las letras patrias, parécenos oportuno consignar aquí, que según
indicamos en la dedicatoria y en el capítulo precedente, son estos estudios,
relativos á los poemas del Cid, los capítulos que, invitados al propósito, tu-
vimos la honra de leer á SS. MM. en setiembre de 1853, durante su perma-
nencia en el Real Sitio de San Lorenzo.
J7-2 HISTOIUA CHlTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
aquella poesía, que nacida en la cuna misma de la nación, estaba
destinada á reflejar en todas edades el genio peculiar de nuestra
cultura. Nada hay en el Poema de Mió Cid que no sea, en este
sentido, verdaderamente trascendental y esencialmente castellano:
tan puros son y brillantes los colores que matizan los cuadros de
costumbres en él trazados, tan profundas y poderosas las creen-
cias que se revelan en cada uno de sus rasgos, que no sin fun-
damento asientan casi todos los críticos que «nada iguala su au-
i)gusta sencillez, ni el heroismo que en todo él resplandece, ni el
»encanto de sus extraordinarias situaciones^). Y sin embargo esos
mismos escritores que han concedido al Poema de 3/io Cid tan
altas cualidades, presentándole como el símbolo de la originali-
dad é independencia del arte español, han perdido lastimosamente
de vista que una de las grandes dotes de este Poema es la pin-
tura de los caracteres, llegando á dar por cosa fuera de duda el
que todos los personajes son «extremadamente parecidos», se-
gún al terminar el anterior capítulo indicábamos.
Mas cuando de este modo se ha procedido, no sólo se ha dado
una prueba de irrellexion y ligereza, tanto más reprensible cuanto
es mayor la seguridad con que se asientan tales asertos, sino
que se han olvidado también las condiciones de toda obra de arte
que, como el Poema de Mió Cid, presenta esas elogiadas situa-
ciones, llenas en verdad de interés y de vida. Porque ¿qué otra
cosa son en realidad las situaciones más que el resultado de Jos
diferentes caracteres?... Si fuera posible en lo humano que todos
los personajes de una época determinada alx-igasen unas mismas
ideas y pensamientos y tuvieran unas mismas inclinaciones, un
mismo temperamento y una misma educación, inútiles serian de
todo punto los esfuerzos del poeta que con semejantes elementos
se propusiera crear un poema, desarrollando en él grandes situa-
ciones. Son estas siempre natural resultado del choque de las pa-
siones, que nacen, crecen y llegan á su colmo en cada individuo,
conforme a la diversa índole de su respectivo carácter; y sin que
estos caracteres sean esencialmente distintos, ni es posible que
exista ese choque indispensable para que llegue á exaltarse la pa-
sión, ni podrían pensar ni obrar los personajes de un poema de
tal manera que constituyesen, cada cual en su órbita, una ver-
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 173
dadera entidad artística. Si, no pudiendo cerrar los ojos á la ra-
zón, se ha concedido, aun por los críticos que más someramente
han examinado el Poema de Mió Cid ', que encierra este mo-
numento de la primitiva poesía española situaciones de admirable
efecto, donde resalta ya en unos personajes la lealtad, ya en otros
el heroísmo, ora en estos un valor indomable é independiente,
ora en aquellos una prudencia verdaderamente nestoriana, ¿cómo
se ha asentado pues que todos los caracteres del Poema son en-
tre sí semejantes?... Contradicción es esta en que se ha caido con
sobrada frecuencia, porque la crítica, siempre descontenta de la
rudeza de la forma exterior, ha visto con entero desden las be-
llezas que bajo la misma se ocultaban, sin ser bastante á descu-
brir por esta causa los grandes tesoros de aquella poesía, que sólo
podia vivir con las expi'esadas condiciones.
«Los compañeros de Mió Cid se parecen mucho unos á otros:
no hay entre ellos esa variedad que procede del contraste de los
caracteres y que consiste á veces en diferencias delicadas y á,
primera vista imperceptibles». De esta manera se han expresa-
do unos críticos sobre el punto, de que tratamos. «Los compañe-
ros de Mío Cid (añaden otros) son todos guerreros honrados y
valientes: á todos domina el deseo de gloria y el amor de la
guerra; todos son hombres rudos é ignorantes, para quienes no
hay más título de merecimiento que la fuerza física y material:
esta es la razón por que se parecen tanto unos á otros»). Pero
este juicio, donde si bien se han tenido presentes las circunstan-
cias que caracterizan toda obra de un arte primitivo, se han per-
dido de vista las dotes que en ú Poema de Mió Cid resaltan, no
puede ser admitido plenamente por quien haya estudiado con ma-
durez tan precioso monumento.
{ Boutterwek, que es sin duda uno de los escritores que más desdeñosa y
ligeramente han juzgado el Poema de Mió Cid, considerándolo como una
uCrónica rimada en alejandrinos bastante incorrectos», no puede menos de
confesar que «la sencillez caballeresca de su estilo se halla realzada por al-
agunas situaciones bien descritas». Del menosprecio de Boutterwek, que no
careció de imitadores, ha sido al cabo vengado este peregrino monumento por
otros críticos alemanes, entre quienes no podemos olvidar los nombres del
docto Wolf y del discreto Clarus.
174 HIÍ5T0niA CniTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
Los guerreros que siguen los estandartes del caudillo desterra-
do por su rey, los valerosos capitanes que arrostran la ojeriza de
la corte, llevados del amor y entusiasmo que les inspira el héroe
de Valencia, se parecen en aquellas grandes cualidades en que
no podian menos de semejarse. Todos son valientes, todos son
leales, toilos magnánimos y generosos. Anímalos un mismo senti-
miento patriótico: tienen una misma creencia; y caminando á un
mismo fin, representan una misma idea. — Pero habrá de dedu-
cirse de aquí lógica y naturalmente que no existe diferencia algu-
na entre ellos, acusando al poeta de impotencia y de amanera-
miento, dignos de menosprecio ó de severa censura?... Esto equi-
valdría sin duda á condenar al inmortal poeta de Smyrna, porque
entre todos los héroes de la Iliada se advierten las mismas rela-
ciones, deduciéndose arbitrariamente que no habia acertado á
pintar los caracteres de sus personajes con la variedad que el ar-
te y la misma naturaleza exigen.
Los héroes de Homero se parecen todos, porque todos son for-
zudos y valientes, y porque á pesar de estas calidades, aprecia-
das en alto grado por los pueblos primitivos, todos vuelven la es-
palda en medio del combate, cuando encuentran resistencia supe-
rior á sus fuerzas, sin que tal muestra de flaqueza se tenga á
deshonor, ni se juzgue indigna de los hijos de los héroes y de los
dioses. — ¿Y quién habrá que á pesar de esto, confunda en la in-
mortal epopeya griega al astuto Ulises con el fogoso Diomédes,
al prudente Néstor con el temerario Ayax Telamonio?... Aquellos
rasgos de carácter que son hijos de las costumbres y de las creen-
cias de los pueblos, que se refieren principalmente al estado de
su cultura, no pertenecen por tanto á individuo alguno determina-
do: son comunes á todos lo que viven en un mismo siglo, á todos
los que componen una misma nación, á todos los que tienen una
misma moral, y finalmente á lodos los que profesan un mismo
dogma religioso y pelean bajo una misma bandera. El arte que
únicamente reconoce, como legítimos, estos supremos títulos á la
gratitud y á la admiración nacional, fija naturalmente su vis-
ta en^aquellas cualidades eminentes; é idealizándolas, como le es
dado hacerlo en su infancia, las atribuye en cierta manera á to-
das las creaciones, donde recoge y personifica los más gratos sen-
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 175
timientos del pueblo que lo cultiva. Hé aquí pues lo que sucede
en el « Poema de Mió Cid)y respecto de los guerreros que siguen
las huellas de Ruy Diaz de Yivar, llenando de terror á la moris-
ma, y despertando el entusiasmo de los castellanos con sus inau-
ditas hazañas.
Mas cuando después de apreciar convenientemente estas cuali-
dades, que forman por decirlo así, la fisonomía de los siglos XI y
XII, comparamos entre sí á los capitanes del vencedor de Mon-
tes de Oca y de Valencia ¿qué afinidad, qué semejanza puede en-
contrarse entre Alvar Fañez de Minaya y Pero Bermudez?... ¿Qué
de común entre Martín Antolinez y Felez Muñoz?... ¿Qué puntos
de contacto entre Ñuño Bustios y el obispo don Gerónimo?...
Examínense con la madurez y el detenimiento debido los caracte-
res de estos personajes: quilátense los rasgos que constituyen la
individualidad artística de cada uno de ellos; y después que se
hayan dignamente apreciado, se comprenderá sin grave inconve-
niente que existe en realidad ese contraste tan apetecido de los
críticos, quienes deslumhrados tal vez por las grandes virtudes
que caracterizan aquella ilustre familia de héroes, no fijaron la
vista en los perfiles que animan á cada uno de sus individuos.
Alvar Fañez de Mnaya, el inseparable compañero de Mió Cid,
el soldado valeroso, cuya lanza brilla siempre la primera en los
combates, es al mismo tiempo el capitán de maduro consejo que
alienta el espíritu heroico de Mió Cid, y que le inspira donde quie-
ra nuevas hazañas, siendo su voz acatada como ley de la guerra
en los momentos del peligro ^. Es el caudillo, á cuya intehgencia
i Di»no es de notarse que los documentos históricos, coetáneos del Poe-
ma, atribuyen á Alvar Fañez la misma autoridad y nombradla : la Chrónica
de Alfonso Vil, tantas veces citada, le califica de strenuus dux Christianorum ,
dándonos á entender, cuando menciona los capitanes que tomaron parte en
la empresa de Almería, que fué objeto su nombre délos cantos populares. De-
más de los versos citados en el capítulo anterior, hallamos los siguientes, ha-
blando de Alvar Rodríguez, nieto de Minaya:
Cognitus et ómnibus est avus Alvnr: arx probitr.tis,
10 Neo iiimis hoslibus extitit iinpins urbs boiiitatis;
Andio sic dici, quod est Alvanis ille Fanici;
Ismaelitaruní gentes domuit, nec enram
Oppidavel turres potuerrunt stae fortes, etc.
176 HISTORIA CRITICA PE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
confia el nieto de Lain Calvo el éxito de las más arriesgadas em-
presas y el discreto hidalgo que le representa dignamente en la
corte de Alfonso YI, logrando al cabo, venciendo la malquerencia
de los áulicos, desvanecer con su nobleza y discreción el ceño del
irritado monarca. — Los triunfos de Mió Cid "son sus triunfos; los
quebrantos del héroe llenan su corazón de amargura. Sus gozos,
sus alegrías encuentran eco profundo en el pecho de Minaya, cu-
ya lealtad hacia su capitán llega al más alto punto del idealismo,
compitiendo sólo con la que el héroe muestra hacia el rey, que le
echa de sus Estados. Cuanto proviene de Ruy Diaz de Vivar, al
cual se halla también ligado por los vínculos de la sangre, cuan-
to concierne á su familia, es respecto de Alvar Fañez como objeto
de veneración, no perdonando sacrificio alguno para duplicar los
laureles que ilustran su esclarecido renombre. Ya lo hemos indi-
cado: cuando lleno de amargura, acierta apenas Mió Cid á sepa-
rarse de los muros de San Pedro de Cárdena, donde quedan las
dulces prendas de su amor, oye á su lado la voz amiga de Alvar
Fañez que le exhorta y consuela, exclamando:
381 .... Cid, I ¿dó son vuestros esfuerzos?...
Pensemos de ir nuestra vía; j esto sea de vagar:
Aun todos estos duelos j en gozo se tornarán.
Cuando, vencidos los moros de Castrejon, le ofrece el héroe el
quinto del botin recogido por sus soldados, hé aquí cómo se ex-
presa la generosidad de Minaya:
501 Mucho vos lo gradesco, | Campeador contado,
D' aquesta quinta parte 1 que me avades mandado,
Pagársela della | Alfonso el castellano:
Yo vos la suelto 1 é avello por quitado.
Si rodeado de poderosa morisma, convoca Mió Cid sus capita-
Dado que, como creemos, el cognitus ómnibus y el audio sic dici son indicio
seg'uro de que fué Minaya celebrado por los cantores del vulg'o, no es dudable,
como dijimos ya, que el autor de la Chronica se refiere aquí al Poema que
examinamos, donde se cumplen todas las circunstancias atribuidas al carác-
ter de Alvar Fañez, ocupando el primer lugar después de Mió Cid.
22S Meo Cidi prirnus fuit, Alvarus atque sccundus.
II.* PARTE, GAP. IV. PRIM. MON, ESC. DE LA POES. CAST. ill
'nes en medio de la noche para pedirles consejo, sólo se escucha
el voto de Alvar Fañez, aplaudido por el héroe y acogido con en-
tusiasmo por sus compañeros:
680 De Castiella la gentil I exidos somos acá,
Si con moros non lidiaremos, | non nos darán del pan:
Bien somos nos seyscientos, | algunos hay de más.
En el nombre del Criador [ que non passe por ál:
Vayamos los ferir | en el dia de crás. —
68b Dixo el Campeador: | Á mi guisa fablastes. —
Ondrastes vos, Minaya, | ca aun vos lo yedes á far.
Mas quien tan valerosamente aconseja, no se muestra menos
denodado en el combate:
786 Á Minaya Alvar Fañez | bien 1' anda el caballo:
Daquestos moros | mató treynta é quatro:
Espada talador, | sangriento trae el brazo:
Por el cobdo ayuso | la sangre destellando.
Y si leal, generoso, cuerdo y valiente se ostenta ya en el con-
sejo, ya en el campo de batalla, cortés y rendido aparece ante la
esposa y las hijas de Mió Cid, sus primas, cuando conquista dis-
creto el consentimiento del enojado monarca para llevarlas á Va-
lencia, donde el amor de un üel esposo y de un tierno padre las
espera:
— Merced vos pide el Cid, | si vos cayese en sabor,
1360 Por su mugier donna Ximena | é sus fijas amas á dos.
Saldrien del monesterio, | do elle las dexó,
É yrien pora Valencia | al buen Campeador.
Essora dixo el Rey: — | Plaz' me de corason.
Arrodillándose al llegar á la presencia de doña Jimena, ex-
clama:
i406 Salúdavos Mió Cid, [ allá onde elle está.
Sano lo dexé | é con tan grand rictad:
El rey por su merced | sueltas me vos há.
Por levaros á Valencia | que avemos por heredat.
4410 Si vos viese el Cid ] sanas, é sin mal.
Todo serie alegre que | non avrie ningún pesar. —
Dixo donna Ximena:— | El Criador lo mande.
Resuelta ya la partida y lleno Minaya de gozo y de ternura
TOMO III. 12
178 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
respecto de la esposa y de las hijas de su tio y señor, sólo aspira
á que aparezcan estas ante los ojos de la muchedumbre con toda
la dignidad y el decoro que cumple á su nobleza y á la inmarce-
sible gloria del héroe:
El bueno de Minaya | pensólas de adobar:
1435 De los meiores guarnimientos | que en Burgos pudo fallar;
Palafrés é muías | que non parezcan mal. —
Así honra Alvar Fañez á doña Jimena y á, sus hijas; no ha-
biendo género de obsequio que no les prodigue desde San Pedro
de Cárdena hasta Valencia, y resaltando en todas sus acciones
aquel imponderable amor y aquel respeto profundo que le inspi-
raba siempre el nombre de Mió Cid.
Pero donde con más fuerza resaltan la lealtad y el cariño de
Minaya respecto del héroe, donde brilla más noblemente la mag-
nanimidad de su carácter, es ante los muros de Valencia: cobar-
des, como afeminados los infantes de Carrion, mientras todos los
guerreros combaten valerosamente, huyen despavoridos del cam-
/po de batalla, al moverse contra ellos los escuadrones de Búcar:
la victoria corona sin embargo los estandartes cristianos, y der-
rotada la morisma, comparecen ante Rodrigo todos sus capitanes,
cubiertos de sangre y de sudor y hartos de matar sarracenos.
Entonces Alvar Fañez de Minaya, que ha visto huir á los infan-
tes, pero que desea evitar al Cid el amargo sentimiento que ha
de causarle la nueva de la cobardía de aquellos menguados cor-
tesanos, se apresura á presentárselos, asegurando en presencia de
todos los caudillos que se hablan mostrado en la lid como buenos:
2465 Grado á Dios Fijo | é al Padre que está en alto,
É á vos, [Mió] Cid, | que en buen ora fuestes nado,
Mataste á Búcar | é arrancamos el campo.
Todos estos bienes de vos | son é de vuestros vasallos:
É vuestros yernos | aqui son ensaiados,
2470 Fartos de lidiar | con moros en el campo. —
Dixo Mío Cid: — | Yo deslo so pagado...;
Quando agora son buenos | adelant serán preciados.
¿Quién se atreverla á negar lo que Minaya afirmaba pública-
mente?... ¿Quién osarla trocar el gozo de Mió Cid en amargo
quebranto?... Todos los capitanes, todos los soldados hablan visto
en efecto la cobarde fuga de los condes de Carrion, y sin embar-
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. i79
go nadie se atreve á contradecirle, ni aun cuando entran los in-
fímtes á tomar parte (por cierto no pequeña) en el inmenso bo-
tín hecho á los vencidos sarracenos.
Hé aquí pues la noble, gallarda y simpática figura de Alvar
Fañez, bosquejada con tan nativa frescura que apenas se percibe
la mano del pintor que la ha trazado, lo cual contribuye sin duda
á dar nuevo valor á su bello carácter. Prudente en el consejo,
animoso en el combate, discreto en la corte, solícito y respe-
tuoso con las damas, generoso con los afeminados infantes de
Carrion, todo lo subordina al inmenso cariño que profesa al hé-
roe de Yivar, quien le prodiga en cambio las mayores honras,
confesando pública y solemnemente que es Minaya su diestro
brazo ^.
Veamos ahora la figura de Pero Bermudez. Cuando examina-
mos la Leyenda de las Mocedades de Rodrigo, notamos ya al-
gunos rasgos de su popular carácter: contemplámosle entonces
echando en cara á Rodrigo de Yivar el olvido en que le tenia, de-
jándole expuesto á morir de hambre y de frió en extrañas tierras,
y vímosle después prometiéndole llevar el estandarte real de Castilla
adonde jamás lo habia llevado esfuerzo humano. Estas cualidades
indicadas ligeramente, pero con notable energía en la Leyenda,
se desarrollan pues en el Poema de tal modo, que forman ya una
creación verdadera en el carácter de Bermudo. Á diferencia de
Alvar Fañez, si bien no menos leal y vahente, es este sobrino de
1 El Cid le apellida también con frecuencia su fardida lanza, lo cual ex-
plica perfectamente la circunstancia de asegurarse en el Poema de Almería,
que no la hubo mejor bajo el cielo:
2l'J NuUaque sub coelo melior fuit hasta sereno.
Ni dejan tampoco los elogios que Mió Cid tributa á Minaya de darnos ca-
bal idea del valor que tiene en el monumento latino la confesión que se le
atribuye respecto de Minaya:
224 Hunc extollebat, se laude minore ferebat.
Lo repetimos: esta avenencia completa y no intencionada fortalece por lo
mismo más y más nuestra persuasión de que el Poema de Almería se refiere
terminantemente al de Mío Cid, según mostramos en el anterior capítulo.
ÍRO HISTORIA CRITICA PE LA LITF.nATUnA ESPA5!0LA.
Mío Cid Áspero, inqnieto y oxtrcmadamonlo, irascible. — Ya se
nio^a á todo género de obediencia, cuando contradice esta sus
instintos belicosos é independientes; ya se irrita, cuando sospe-
cha que puede dudarse de su agreste ^ld^lidad y de su brusco,
aunque entrañable cariño; y ya en fin remite á las manos cuan-
tas dificultades no puede resolver su lengua. — Determinado el Cid
á dar batalla á los sarracenos que le cercaban en el castillo de
Alcocer, saca fuera de los muros su corta hueste, y al ver quo
se adelantan los moros i)ara acometerle, exclama:
710 Quedas sed, mesnadas, | aqui en este logar:
Non dcsrranclie ninguno | fata que yo lo mande. —
Mas Pero Bermudez, que lleva la enseña del héroe y que no
puede por más tiempo refrenar su indómito esfuerzo, clavando
los acicates á su caballo y dirigiéndose hacia la morisma, replica
al mandato de Mió Cid:
— El Criador vos vala, | Cid Campeador leal:
Vo meter la vuestra senna | en aquella mayor liaz:
715 Los que el debdo avedos, | veremos como laacorredes. —
— Dixo el Campeador: - | Non sea, por caridad.
— Repusol' Pero Bermuez: | Non rastará por íil. —
Espolonó el caballo, é | metíol' en el mayor baz.
Ruy Diaz de Yivar se vé por semejante desobediencia obligado
á empeñar fuera de sazón la batalla, de que le sacan vencedor
su fortuna y el valor sobrenatural de los suyos. — Cuando el rey
Búcar dirige sus numerosas haces sobre Valencia y sabe el Cid
que los infantes tornen arrostrar el combate, fiado en el no des-
mentido esfuerzo de Bermudo, le encomienda la custodia de aque-
llos, diciéndole:
2361 Alá, Pero Bermuez, [ el niio sobrino caro,
Curiesme á [don] Diego | é curiesme á don Ferrando:
Míos yernos amos á dos, ! las cosas que mucho amo;
Ca los moros con Dios | non fincarán en campo.
k esta cariñosa demanda de Mió Cid, donde por una parte se
descubre el gran concepto que tenia de Bernindoz, y por otra la
ternura con que veia ya á los esposos de sus hijas, responde aquel
intrépido guerrero del siguiente modo:
11. PARTE, CAP. IV. PKIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 181
2305 Hyo vos digo, [Mió] Cid, | por todu caridad
Que hoy los lulantes á mí | por amo > non avrán:
Curieios quiquier, | ca dellos poco mim'cal -.
Hyo con los mios | ferir quiero delant:
Vos con los vuesos firme mientre la zaga tengades.
No puede darse más brillante rasgo de feroz independencia ni
que pinte más al vivo el temerario carácter de Pero Bermudez,
llegando al extremo de insultar al mismo Cid, suponiéndole capaz
de quedarse en la zaga. — Y sin embargo el guerrero que
así parece faltar á la obediencia, teniendo en poco los mandatos
de su señor, luego que se ha trabado la pelea, acudo presuroso
á salvar la vida al conde don Fernando, que huia despavorido de
la saña de un sarraceno; y dando muerte á este, entrega al in-
fante el conquistado corcel, para que aparezca el tímido garzón
ante los ojos de la muchedumbre cual lidiador esforzado. Este
mismo guerrero apoya con su silencio la declaración hecha por
Alvar Fañez de Minaya, al manifestar en presencia de todos los
capitanes, que los condes de Carrion habían probado valerosa-
mente sus armas contra los moros, haciéndose dignos del amor
de Ruy Diaz.
De tal manera, siendo en el fondo leal, como ninguno, y pro-
fesando al Cid y á su familia un amor profundo, la aspereza y
natural desabrimiento de su condición, obligan á Pero Bermu-
dez á contradecir y desobedecer á su tio y su caudillo y natural
señor, apareciendo como emblema de la independencia individual
y de la ruda fiereza de los castellanos de los siglos XI y XII. — Y
para que haya más verdad en la creación de tan señalado carác-
ter, á esta ferocidad nativa, retratada con admirable vigor, reúne
Bermudez una calidad física que le exalta y exaspera frecuente-
mente, aamentando el contraste que existe entre él y los demás
1 Amo: ayo, director, pedagogOi
2 Mim'cal: poco me importa á mí. Sánchez escribió ?/«'»' cal. Esta mane-
ra especial de decir se conserva todavía en algunos pueblos de Castilla, es-
pecialmente en la provincia de Toledo: de ella nació si duda, por equivaler
al no me importa, el adjetivo popular mincalero y meiicalero, para denotar al
(¿ue todo lo desprecia y tiene en poco.
182 HISTORIA CRtnCA DE LA LITERATURA ESPA??OLA.
capitanes, que siguen las banderas del nieto de Lain Calvo. Pero
Bcrmudcz es tartamudo, siendo esta imperfección orgánica causa
de que corte su espada, según indicamos arriba, todos los nudos
que pudiera acaso desatar su lengua. Cuando en las cortes de
Toledo apela el Cid al juicio de las armas y se dirige A Ber-
mudez para que tome el primero la demanda de sus primas, ve-
mos terminada en este sentido la ingenua pintura del carácter do
este guerrero: Ruy Diaz le dice:
Fabla, Pero Mudo, ] varón que tanto callas:
33 Id Hyo las lié fijas | é tú primas cormanas,
A mim' lo dicen, | á ti dan las orejadas.
Si yo respondier', | tú non entrarás en armas,
Á tal invitación corresponde Pero Bermudez con la energía y
aspereza que tiene de costumbre. No es su lengua sin embargo,
tan obediente como inflamable su pecho: antes bien no pudiendo
articular las palabras que le inspira su enojo contra los condes, se
enciende en nueva ira, hasta que roto aquel dique, se desata co-
mo impetuoso torrente, no encontrando ya fuerza alguna capaz de
resistirle. — Su saña se desahoga primero contra Mió Cid, cau-
sa inmediata del sonrojo que ante los magnates castellanos expe-
rimenta:
3321 Direvos, [Mió] Cid, j costumbres avedes tales...
Siempre en las cortes | Pero Mudo me lamades:
Bien lo sabedes | que yo non puedo más;
Por lo que yo ovier' á fer j por mí non mancará.
Después dh*igiéndose al conde don Fernando, le desmiente pa-
ladinamente, echándole en cara su cobardía y retándole como
traidor y fementido. En esta ocasión solemne es cuando Pero Ber-
mudez declara á la faz de magnates y caballeros que el infante
don Ferjíando habia huido en Valencia, como una mujer, del cam-
po de batalla, al aspecto de un sarraceno á quien, para salvarle,
derribó él mismo del caballo; triunfo que con la prez del combate
se habia apropiado tan desvanecido, como poco escrupuloso, el
afeminado conde:
Miembrat' quando lidiamos | cerca Valencia la grande,
Pedisl' las feridas primeras | al Campeador leal?...
3330 Vist' un moro, | fustel' ensaiar?...
II." PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 183
Antes fugiste | que á él te alegases.
Si yo non uvias' | el moro te jugara mal.
Pasé por tí, con el moro | me off de aiuntar *;
De los primeros colpes | ofle de arrancar:
Dit' el cavallo, | toveldo en poridad:
3335 Fasta este dia i non lo descobrí á nadi.
Delant' Mió Cid, j (é delant todos) ovistete de alabar
Que mataras al moro | é que ficieras barnax.
Eres fermoso; ] mas mal barragan.
3330 Lengua sin manos | ¿cómo osas fablar? etc.
Tales son los principales rasgos del carácter de Pero Bermu-
dez: compárense con los que animan la expresiva y generosa fiso-
nomía de Alvar Fañez de Minaya, y fácilmente se notará la enor-
me distancia que los separa. Alvar Fañez se distingue entre
todos por su cordura y su prudencia: Bermudez por su feroz in-
trepidez, su voluntariedad irascible y su indómita aspereza.
Igual diferencia se advierte respecto de los demás caudi-
llos: Martin Antolinez, ese húrgales de pro, demás de las
grandes dotes, comunes á todos los guerreros que siguen
las banderas de Mió Cid, presenta desde el instante en que
aparece en escena una cualidad dominante, que constituye á no
dudarlo la verdadera expresión de su carácter. Así como Mi-
naya se distingue por su discreción y su hidalguía: así como
Bermudez es entre todos conocido por su arrojo temerario y
por su excesiva fiereza, así también resalta la fisonomía de Mar-
tin Antolinez por su sagacidad y su astucia. Por estas dotes re-
conocidas y apreciadas de Mío Cid es, como Ulises en la in-
mortal epopeya griega, de grande importancia para el éxito de las
empresas que se propone aquel llevar á cabo en su destierro. —
Después de haber abastecido sigilosamente, contra el expreso
mandato. del rey don Alfonso, á la corta mesnada de Rodrigo de
los víveres (conducho) necesarios para emprender su forzado vía-
je, es elegido por el héroe para procurar el dinero que habían
menester con el mismo propósito. Hé aquí como Martin Antoli-
\ Off. de aiuntar: me hube de encontrar coa el moro. Ofle de arrancar:
le hube de derribar, le hube de vencer.
184 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nez, volviendo á Búrjjos, no sin grave riesgo, se presenta á losju-
dios don Rachel y don Vidas, para ejecutai' las órdenes del nieto
de Lain Calvo:
103 ¿O sodes, Rachel é Vidas, | los míos amigos caros?...
En poridad fablar J querría con [vos] amos.
Retirados al lugar más apartado de la casa, les añade:
106 Rachel é Vidas, | amos me dallas manos.
Que non me descubrades | á moros niii á cristianos:
Por siempre vos faré ricos, j que non seades menguados.
Hecha esta singular preparación, para captarse las benevolen-
cias de los logreros judios, les añade después con no menor mis-
terio, que el Campeador
Tiene dos arcas f lennas de oro esmerado.
Ya lo vedes que el rey | [mocho] le ha ayrado;
iib Dexado ha heredades | e casas e palacios:
Aque las non las puede levar, | sinon serie ventado, *
[Mío Cid] Campeador | dexarlas ha en vuestra mano,
E prestaldé de aver | lo que sea guisado:
Prended las archas e | metedlas en vuestro salvo.
d20 Con grand' iura meted | y las fes amos
Que non las catedes | en todo aqueste anno.
Declarada con tales prevenciones y cautelas la causa de aque-
lla entrevista y movidos los dos judios por su astucia á prestar al
Cid la suma que pareciese justo, con las condiciones referidas, les
presenta Antolinez, á guisa de membrado, las arcas diciéndoles:
166 Carguen las arcas privado:
Levadlas, Rachel é Vidas, | ponedlas en vuestro salvo:
Yo iré con vusco | que adugamos los marches:
Ca á mover há Mió Cid | ante que cante el gallo.
i En el impreso dice: serien ventadas, aludiendo á arcas; pero es error
del copista, no sólo porque así lo persuade el sentido gramatical, dándonos
á entender el poeta que seria Mió Cid descubierto fácilmente, llevándose sus
tosoros, contra lo mandado por el monarca, sino porque el asonante ao que
vá empleando en este pasaje, pide esa correspondencia. De cualquier modo
nótese la propiedad del verbo ventar (hoy ventear) en boca del astuto Martin
Antolinez.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA TOES. CAST. iST)
En su poder ya los seiscientos marcos de plata y de oro que
recibe sin peso,
183 Notólos don Martillo, | sin peso los tomaba,
pide albricias á los judios, por el buen negocio que les habia pro-
porcionado, en esta manera:
Ya, don Rachel é Vidas, | en vuestra mano son las arcas.
Yo que esto vos gané, | bien merecía calzas.
Antolinez recibe por via de alboroque treinta marcos,
19o De que ficiera calzas | é rica piel é buen manto,
quedando don Rachel y don "Vidas satisfechos de su generosidad
y muy contentos del negocio que hablan llevado á cabo con su
ayuda. Las arcas sin embargo estaban llenas de arena *.
1 Este rasgo, recibido por casi todas las crónicas vulgares, es muy ce-
lebrado en los romances, mostrando de una parte la alta idea formada por
ios usureros judios sobre la probidad de Mió Cid, y descubriendo de otra la
religiosidad con que acostumbraba cumplir sus palabras. Un rígido mora-
lista condenarla el engaño; y aun el mismo héroe lo condenaba interiormente,
cuando exclama:
84 Ferio he amidos, | Je grado non avrie nada.
Véalo el Criador | con todos los sos sanctos:
Yo más non puedo | e amidos lo fago;
Los romanceros hacen que el Cid pida á los judios perdón, al entregarles el
capital y réditos, poniendo en su boca estas nobilísimas palabras: *
Aunque cuidan que es arena
Lo que en los cofres está,
Quedó soterrado fn ellos
El oro de mi verdad.
En el Poema no se refiere el acto de la devolución y pago. Cuando Alvar Fa-
ñez, ofrecido á don Alfonso el magnífico presente que disipad enojo del rey,
se dispone á llevar á Valencia la mujer y las hijas del héroe, preséntansele
Rachel y Vidas, reclamándole el empréstito: el primo de Mió Cid les replica:
Hjo lo veré con el Cid, | si Dios me lieva ala;
1443 Por lo que avedes fecho, | buen cosiment y avrá.
Pero conocida la magnificencia y largueza de Mió Cid para con los suyos
y los extra fios, y consignado por el autor que volvieron á Castilla ricos cuan-
ISG HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESrA?50LA.
Con esta sagacidad y singular discreción de Marlin Antolinez
contrastan grandemente la ingenuidad y ternura de Felez Muñoz.
Cuando contempla este la deshonra de las hijas del Cid, sus pri-
mas, cobardemente maltratadas por los condes de Carrion en los
Robledos de Corpes; cuando las halla desnudas, cubiertas de san-
gre y amortecidas, no es el deseo de la venganza el primer sen-
timiento que agita su corazón, Pero Bermudez, en su fogosa bra-
vura y en su irascibilidad temeraria, en lugar de acudir solícito
al remedio de doña Sol y doña Elvira, habría sin duda corrido
contra los condes, bramando de furor y ansiando únicamente su
exterminio, para castigar su alevosia y vengar el honor del héroe
de Valencia, tan villanamente ofendido. Así lo vemos, mientras
Alvar Fañez de Minaya no puede contener el llanto,. al encontrar
en Santisteban á, sus maltratadas primas, dirigir á estas las si-
guientes palabras:
2876 Doña Elvira é doña Sol, j cuydado non ayades;
Quando vos sodes sanas ] é vivas é sin otro mal:
Buen casamiento perdiestes, | meior podedes ganar.
Aun veamos el día | que vos podamos vengar.
Felez Muñoz por el contrario, más sensible, aunque no menos
valeroso, movido de la compasión más viva y generosa, vuela,
lleno de afán, á salvar las vidas de aquellas mujeres nobles, her-
mosas é indefensas, cuya sangre matizaba el inculto suelo, en
que yacian ex animes:
2793 Partiéronsele las telas ( de dentro el corazón *,
tos le visitaron en Valencia, no es racional suponer que dejara sin pag-o y
sin premio á los judios de Burgos; por lo cual, dado que hoy condenemos
esta acción, conforme á los más severos principios de moral (Pidal, Discur-
sos Académicos de la Real. Española, tomo I, pág'. 373), tenemos por hiper-
bólica y ofensiva al noble carácter del Cid la calificación del erudito conde
Th. de Puymaigre, al declarar, no consultado el diverso espíritu y la condi-
ción de los tiempos, que era «cot expiídient dijne de Gusman d'Alfarache».
i Sánchez leyó: de dentro de los corazones; pero no advirtió que este ver-
so no pedia aludir á las hijas del Cid, quienes
Tanto eran traspuestas | que non pueden decir iinda;
sino al efecto que produjo aquel triste espectáculo en Felez Muñoz, al en-
contrarlas sin movimiento ni habla. Este es sin duda uno de los muchos erro-
res, de que adolece el Ms. que ha llegado á nuestros dias.
II. PARTE, CAP. IV, PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 187
Lamando:— Primas! primas!... | Don' Elvira é donna Sol!...
Despertedes, primas, ( por amor del Criador:
Que tiempo es el dia ) ante que entre la noch;
Los ganados fieros non | nos coman en aquest, mont.
Á las cariñosas voces de Felez vuelven en sí las hijas de Jime-
na, creciendo al par la tierna solicitud del hidalgo:
2802 Esforzadvos, primas, | por amor del Criador.
De que non me fallaren | los Infantes de Carrion;
Á gran priesa, [mias primas], seré buscado yo.
Si Dios non nos vale, | aquí morremos nos.
Después de apagar la rabiosa sed que aqueja á las doloridas
damas y de restituirlas á la vida, alentándolas para salir de aquel
lugar montañoso, logra Felez ponerlas en su caballo, y cubrién-
dolas con su propio manto, se aparta del teatro de la crueldad de
los condes y de la deshonra de Mió Cid, llevando su corcel de la
rienda. — Así se expresa y obra este guerrero, cuya fisonomía
tierna y simpática no puede fácilmente confundirse con la de sus
compañeros de armas.
Muño Gustioz es también noble, valiente y generoso; pero so-
bre estas cualidades brilla al más alto grado otro sentimiento que
basta Pitra distinguirle entre sus esforzados compañeros: el senti-
miento religioso, que con tanto vigor anima á aquella raza de pa-
ladines, se halla más pi^ofundamente arraigado en el corazón de
Gustioz. El respeto á las costumbres de sus mayores y la venera-
ción á las cosas sagradas constituyen, digámosla así, el bello
ideal de su heroísmo. Por esta causa, cuando se presenta en las
cortes de Toledo el disipado Asur González,
3386 Manto armiño é un brial rastrando,
le echa en cara su libertinaje, su impiedad y su escandalosa im-
pudencia, al ver que para un acto tan solemne, en que se iba á
apelar al juicio divino y adonde habían concurrido el Cid y los
suyos, guardada la vigiha y el ayuno,
Bermeio viene, ca era almorzado.
Apostrofándole después, condena de este modo su habitual hi-
pocresía:
3395 Cala, alevoso, malo é traidor:
18S HISTORIA CUlTICA DB LA LITERATUIIA ESPAÍÑÜLA.
Antes almuerzas | que vayas á oración:
Á los que (las paz, | fártaslos aderredor.
Non dices verdad | á amigo nin á sennor:
Falso eres á todos | é más al Criador.
Pero en quioii más brilla el eutusiasmo religioso, en quien se
desarrolla con todo el vigor de que era susceptible en los siglos
XI y XII, es en la figura del obispo don Gerónimo. Sabedor esto
de las prodigiosas conquistas llevadas á cabo por Mió Cid, y ani-
mado del más ardiente deseo de sacrificarse por la religión cris-
tiana, vuela en busca de aquel héroe, ansiando honrar sus órde-
nes y sus" manos con el bautismo de sangre sarracena. Este es
pues su sueno dorado y la única aspiración de su vida, constitu-
yendo la idealidad poética de su carácter, que es en suma la base
del carácter del clero español en aquellos dias. Así, después de
obtenido el obispado de Valencia, todos sus pasos se encaminan
al exterminio de la morisma; y ya asedien aquella ciudad las te-
mibles falanges de Yuzeph, ya la cerquen las formidables huestes
de Búcar, no sólo se manifiesta don Gerónimo solicito ministro
del altar, para absolver de sus culpas á los soldados de la Cruz en
la hora del combate \ sino que aparece también como esforzado
1 Ya hemos visto hasta qué punto estaba en las costumbres españolas
canonizadas por la Iglesia el tomar los pecados, al entrar en lid contra los
sarracenos (cap. XIV de la I.* Parte): estas venerandas ceremonias no
se interrumpen en todo el proceso de la reconquista, y en los primeros
dias del siglo XIII desempeñaba el historiador y guerrero arzobispo de To-
ledo, don Rodrigo de Rada, el mismo ministerio, al avistarse en las gargan-
tas deMuradal las huestes de Alfonso VIII con las falanges africanas (Rerum
Hispan. Cliron., lib. VIH, cap. IX). Los soldados de la Cruz entraban siem-
pre en batalla facta confessione, suinptisque sacramenlis, como que peleaban
por su Dios, segaros de lograr la eterna bienandanza, si morian en el com-
bate. Así, personificando en el Poema de Mió Cid el obispo don Gerónimo la
intervención activa y directa del clero español en la obra de la recorvquisla,
aunque venido del otro lado de los Pirineos, reflejaba, al filiarse bajo
las banderas de Ruy Díaz, las creencias del pueblo castellano, título que le
asocia a la gloria del conquistador de Valencia, purificándole de todo ex-
tranjerismo. El poeta pues, al bosquejar el carácter del obispo de Valencia,
trascribe en él los rasgos generales del episcopado y del clero español, sin
curarse de su origen franco: don Gerónimo es por tanto una idealización, no
un retrato.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. ÍSQ
guerrero, pidiendo á 3Iio Cid las primeras heridas, lo cual estaba
úDicaraente reservado á los paladines de más probada bravura.
iliO El obispo don Hierónimo | la misa les cantaba;
La misa dicha, | grant soltura les daba:
— «El que aqui muriere, | lidiando de cara,
Predonl' yo los pecados, | é Dios le avrá el alma.
A vos, Cid don Rodrigo, | en buen hora cinxieste espada:
1715 Hoy vos canté la misa | por aquesta mannana.
Pidovos un don, | é seam' preséntala:
Las feridas primeras | que las aya yo otorgadas. —
Dixo el Campeador: | — «Desaquí vos sean mandadas.»
Así se expresa don Gerónimo, al acercarse á las puertas de Va-
lencia las enseñas del rey de Marruecos: cuando la amenazan las
innumerables haces de Búcar, se dirige al Cid en esta forma:
23S0 Oy vos dix' la misa | de sancta Trinidade,
Por eso salí de mi tierra | é vin' vos buscar,
Por sabor que avía | de algún moro matar.
Mi orden é mis manos | querrialas ondrar;
E á estas feridas | yo quiero yr delant.
2383 Pendón traio á corzas | é armas de señal.
Si pIoguieseáDios, | querrialas ensaiar:
Mío corazón, que pudiesse folgar,
E vos, Mío Cid, | de mi más, vos pagar.
Si esle amor non feches yo | de vos me quiero quitar.
Á tal extremo llega el entusiasmo religioso de don Gerónimo,
cuyo valor no se vé desmentido por el éxito del combate.
2393 Por la su ventura | é Dios quel' amaba
A los primeros colpes | dos moros mató de lanza:
El astil ha quebrado, ] é metió mano al' espada.
Ensaiábase el obispo. | ¡Dios, qué bien lidiaba!...
Dos [moros] mató con lanza | é cinco con el espada.
El carácter del obispo don Gerónimo es completo : el único mó-
vil de sus acciones, la única aspiración de su vida es el triunfo de
la religión cristiana. A este fin encamina todos sus pensamientos,
todas sus palabras y todas sus obras. Si á la fama de las proezas
del Cid ha corrido á Valencia, sólo han movido sus pasos el entu-
siasmo religioso y el odio inextinguible que profesa á los enemigos
de la cruz. Si después de cubrir su consagrada cabeza con el pesa-
do yelmo y de ceñir su pecho con la espesa loriga , duda de que
i 90 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Miü Cid le coaceda romper el primero su fuerte lauza contra las
jazerinas sarracenas, amenaza al debclador de Valencia con apar-
tarse de su lado, creyendo malogradcis sus ardientes esperanzas. —
Don Gerónimo, abriga dentro de su corazón el fuego sagrado
que á la inspirada voz de un oscuro ermitaño , debia en breve in-
flamar á toda Europa, arrojándola sobre el Oriente, para libertare!
sepulcro de Cristo ^
¿Qué puntos do semejanza encuentra pues la crítica entre los
paladines que siguen las huellas del nieto de Lain Calvo, luego
que se comparan sus caracteres y se notan maduramente los di-
versos matices que coloran á cada uno de ellos?... Fuera de las
grandes cualidades comunes á todos los españoles de los siglos XI
y XII ; fuera de aquellas condiciones propias de los que abrazan y
defienden una misma causa (necesario es confesarlo, en vista de
las pruebas que acabamos de presentar) , poca ó ninguna es la
semejanza que entre los capitanes de Mió Cid existe, no pudiendo
en verdad ser mayor ni más evidente la diferencia de sus ca-
racteres.
Para formar contraste con esta naturaleza de héroes, coloca
además el poeta frente á frente de ellos á los infantes de Carrion,
cuyo carácter no se confundirá por cierto con los de tan esclareci-
dos campeones de la religión y de la patria, y á los condes castella-
i El efeclo religioso de la primera cruzada, era ya general, cuando el
Poema se escribe, habiendo concurrido á estas memorables expediciones algu-
nos magnates de Castilla: la Chrónica de Alfonso VII menciona en el año H34
el viaje que hizo con muchos de los suyos el conde Rodrigo González, toman-
do parte activa en la guerra santa, construyendo al frente de Ascalonia, y cus-
todiándolo con sus soldados, el castillo de Toron, que entregó después á los
templarios (núm. XVIII). Aun cuando este egemplo fué seguido por algunos
españoles, como veremos al hablar de la Crónica de Ultramar , debe recor-
darse que Pascual I[ expidió bula, declarando que la guerra de España era
también santa, con lo cual no sólo contuvo la emigración, en gran manera
perjudicial á los fines de la civilización española, sino que encendió de nuevo
en los naturales aquel antiguo espíritu que tantos prodigios de valor habia
producido. Por las razones y los hechos que llevamos expuestos, precedió
pues en mucho á la predicación de Pedro el entusiasmo bélico religioso, des-
arrollado en el suelo de la Península, atrayendo á nuestras lides no pocos
principes extranjeros.
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 19í
nos, enemigos jurados del conquistador de Yalencia. Los de Carrion,
raza ya afeminada por los deleites ; mancebos que ambicionaban
no la gloria del guerrero, fruto del valor y del entusiasmo, sino
el oro que alimentase la disipación y la molicie, no bastando su
patrimonio á saciar sus extravíos, codician la alianza del hijo de
Diego Lainez, para reparar su decadente fortuna, apoderándose
de las riquezas ganadas por él á costa de hazañas. Noticiosos de
las conquistas del héroe por el magnífico presente de los doscientos
caballos, enviados al rey don Alfonso, tratan en secreto (aviendo
su poridat) del partido que más les convenia, diciendo:
1890 Las nuevas de [Mió] Cid | muclio van adelant:
Demandemos sus fijas | pora con ellas casar;
Crezreraos en nuestra ondra | é yremos adelant.
En aquella sed delirante de oro, olvidan sin embargo las con-
diciones , y el precio á que Mió Cid habia comprado su opulencia;
y cegados por la mano de la avaricia que roe sus entrañas , no
preven siquiera que ha de llegar para ellos la amarga hora de la
prueba. Asi, cuando el rey Bíicar pone sus cinqüenta mil tiendas
cabdales delante de Valencia, con verdadero gozo de Mió Cid é de
todos sus varones , llenos de pavor los desalmados infantes , pro-
rumpen á solas (á part) en estas vergonzosas palabras :
2330 Catamos la ganancia | é la pérdida non:
Ya en esta batalla | á entrar avremos nos:
Esto es aguisado | por non ver Carrion;
Vibdas remandrán | fijas del Campeador.
Convencidos interiormente de su infamia, no apelan en su des-
pecho al único medio de restaurar la honra amancillada de sus
mayores, conquistando á fuerza de arrojo el amor y el respeto de
los guerreros de Yalencia. Si han tolerado estos su cobardía, si
han asentido en público, bien que sin poder refrenar la sonrisa
del desprecio, á la declaración solemne de Alvar Fañez, y aun al
cínico atrevimiento del infante Fernán González, cuando dice á
Mío Cid:
2339 Por vos avernos ondra | et avemos lidiado,
debido es sólo al profundo cariño con que miran la familia del
héroe: las burlas (güegos) de que son objeto los condes entre la
192 HISTORIA CUItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
muchedumbre, llegan no obstante á sus oídos y son para ellos el
más duro castigo de su vergonzosa conducta. Mas sus corazones
corrompidos y afeminados únicamente pueden abrigar odio y ven-
ganza: odian como cobardes, y se vengan como crueles; porque
la crueldad es siempre atributo de la cobardía. Lleno pues su
corazón de ponzoña contra Mió Cid y sus guereros, exclaman:
Pidamos nuestras mugieres | al Cid Campeador:
Digamos que las levaremos | á tierras de Carrion.
Después en la carrera ] feremos nuestro sabor.
Antes que nos retrayan ] lo que cuntió del León:
Haberes levaremos (grandes) | que valen grant valor;
2S60 Escarniremos las fijai5 | del [Cid] Campeador.
Daquestos averes siempre | seremos ricos ornes:
Podremos casar con fijas [ de reys ó de emperadores.
La falacia de los infantes, tomado tan inicuo partido, habla á
Mío Cid en esta forma:
Dadnos nuestras mugieres I que avernos á bendiciones:
Levarlas liemos á nuestras | tierras de Carrion:
Meterlas hemos [privado] | en las villas [maiores],
Que las diemos por arras | é [las diemos] ñor onores:
2o7o Verán vuestras fijas ] lo que avernos nos;
Los fijos que ovieremos | en qué avran partición.
Sorprendida la honradez de Mío Cid, obtienen los infantes sus
esposas, cargados al propio tiempo de tesoros. Los Robledos de
Corpes eran mudo testigo de la lealtad de aquellos codiciosos y
disipados proceres, y digno teatro de la única hazaña que era
dado llevar á cabo á aquellos desalmados cortesanos, quienes sólo
hallan calor en los condes que capitanea Asur González, después
de cometido tan repugnante atentado. — Estos personajes comple-
tan el grupo destinado en el Poema k destacar por oscuro, real-
zando más y más á los paladines de Mío Cid. Breves, pero vigo-
rosos y decisivos, son los rasgos que al caudillo caracterizan. El
poeta dice, al [irescntarle por vez primera:
2182 Fvay Asur González | que era bulidor;
Que es largo de lengua, \ mas en lo ál non es tan pro.
II, PARTE, CAP. IV. PRIM, MON. ESC. DE LA POES. CAST. 193
Y al tomar parte en el duelo, á favor de los condes de Carrion,
después de mostrar la poca reverencia con que veia las cosas sa-
gradas, y su falta de respeto al rey y á sus proceres, entrando
en el palacio descompuesto y bermejo con el vino y los manjares
del almuerzo, cuando la solemnidad del acto demandaba, según
arriba vá notado, el más severo ayuno, pone en su boca estas
palabras injuriosas y dichas con poco recabdo:
3390 Quien nos darle nuevas | de Mió Cid, el de Bibar? »
Fues' á Riodouírna | los molinos picar,
E prender maquilas, | como lo suele far.
Quir daríe con los [Gondes] | de Carrion á casar?.;.
Este mismo conde, que así insultaba á Mió Cid en pleno con-
sistorio, pedia después, invocando el nombre de Dios, la vida á
Muño Gustioz, derribado del caballo al golpe de su lanza en el
palenque de Carrion.
Al lado de estas figuras, bosquejadas con tan negras tintas,
para ignominioso padrón de una corte, donde el sentimiento de
la independencia habia cedido el puesto á la lisonja y al falso in-
terés que acariciaba los instintos del feudalismo extranjero, puso
también el poeta las dos bellísimas figuras de doña Sol y doña
Elvira, hijas tiernas, respetuosas y obedientes que se sacrifican
en aras de la reconciliación de su padre y de su rey. Aquellas
Cándidas flores, que hablan crecido en el retiro de Cárdena, ve-
ladas al soplo del mundo, que sólo habían gozado las caricias de
una madre apasionada, ignorando los sinsabores del siglo, ni aun
cuando se ven cruelmente ofendidas y maltratadas por los infan-
tes, pierden la fragancia que las rodea, no logrando marchitar su
lozano brillo el aliento emponzoñado de aquellos crueles ver-
dugos.
2736 Dos espadas tenedes, j fuertes é taladores.
Cortadnos las cabezas, j mártyres seremos nos,
exclaman, al verse azotar inhumanamente por unos hombres que
habían huido, como raposas, del estruendo de las batallas, y que
sólo empuñan las armas, cuando les acosa el temor de vergonzosa
é inevitable muerte.
En doña Sol y doña Elvira se descubre un tesoro de amor y
de virtud inagotables: han llegado á la flor de su juventud sin
TOMO III. 13
194 HISTORIA CntTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
otra idea que la del respeto filial, sin otra voluntad que la de J¡-
mena; y acostumbradas á la obediencia, (lue es para ellas un de-
ber sagrado, no vacilan en presentarse erguidas * al sacrificio
de su libertad, cumpliendo así los mandatos de un padre, que llo-
raban desde la infancia en el destierro. Cuando villanamente azo-
tadas y escarnecidas por los infantes, vuelven al seno de Jimena
y de Ruy Diaz, ni una acusación ni una queja sale de sus labios,
para acrecentar la pena de aquellos desconsolados padres. lié
aquí pues cómo en el Poema de Mió Cid no faltan esos contrastes
vigorosos que señalan en el gran cuadro el valor de cada perso-
naje, brillando estos por la fuerza del claro-oscuro que le dá ver-
dadero relieve.
Entre todas las figuras sobresalen sin embargo la de Mió Cid,
la de Jimena y la del rey don Alfonso. El Cid, á quien algunos
escritores dan el titulo de Aquiles español", aparece sobre la cú-
{ Acaso al examinar la obra de un arte adelantado, no rcparariamos en
esta circunstancia; pero tratándose de un monumento de la primitiva poesía
castellana, conviene notar el modo cómo describe el poeta á las hijas de Mió
Cid, cuando el héroe ordena á Minaya que las despose con los infantes:
223S LcvJntanse derechas, | et metiógelas ea mano.
Adviértase lo que significa levantarse derechas, cuando sólo la idea de la
obediencia las obliga, y se acabará de formar completa idea del carácter be-
llísimo de estas dos hermosas criaturas.
2 Como esta denominación repetida pudiera dar origen en la juventud á
equivocadas opiniones (y á fin de completar en lo posible el estudio sobre
el carácter del Cid), parécenos oportuno observar que sólo hay punto de
analogía en la alta representación que uno y otro personaje alcanzaron en su
nación respectiva. Al considerar las dotes que en cada cual resaltan, se com-
prende en efecto que esta, como todas las comparaciones semejantes, no
puede ser exacta. Aquiles, cuya venganza canta Homero, era una necesidad
del pueblo argivo: sin su brazo invencible, ni podían ser destruidos los mu-
ros de Troya, levantados por Apolo y Nepluno, ni perecer tampoco el joven
Troilo, hijo de Priamo, á cuya suerte estaba ligada por el Destino la fortuna
de la desventurada Ilion. — Aquiles, sacado por la astucia de Ulises del pa-
licio de Deidimia, cede al decreto inexorahle del Hado que le arrastra al Asia,
no como el libertador del pueblo lielcno, sino como instrumento de la ven-
ganza de una familia tristemente fatal para Grecia, hallando ante los muros
de Troya la muerte, á que estaba predestinado y que Tclis, su madre, había
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM, MON. ESC. DE LA POES. CAST. 495
pala del edificio, como la estatua de la fé que ostenta en su dies-
tra el lábaro triunfante. Es como dejamos apuntado en otro lu-
gar, la representación viva del espíritu caballeresco español, el
procurado evitar, bañándole en la Estigia. La cólera de Aquiles, principal
asunto de Homero, le lleva hasta el punto de cebarse inhumana y cruel-
mente en el cadáver de Héctor, inmolado á los manes de su querido Patro-
clo: no es ya entonces el sentimiento nacional ni el ultraje recibido por los
Atridas lo que mueve su iracunda y exterminadora diestra: muévela sólo el
rencor que engendra en su pecho contra los troyanos la desastrosa muerte de
su amigo, quien según la inapelable ley del Destino debia morir á manos de
Héctor. Áquiles, tan impetuoso y terrible como lo presenta el gran poeta
de Smyrna en su inmortal epopeya, es el hijo de la diosa de los mares y
viste las armas que á ruego de la misma Tétis le habia forjado Vulcano. Todo
es fatal en la vida del héroe griego, sin que basten ni su naturaleza sobre-
humana, ni el solícito amor de su madre, ni las armas invencibles que cu-
bren su cuerpo, ni las aguas de la Estigia que le hacen invulnerable, á liber-
líirle del tremendo fallo, escrito en el libro de la Fatalidad por el Destino. —
El Cid por el contrario jamás aparece como una necesidad fatal de la grey
castellana: el enemigo de su pueblo lo era igualmente de su Dios: la religión
y el patriotismo fueron por tanto los poderosos móviles de sus hazañas. Ro-
drigo, considerado en la Leyenda, despierta al grito del ofendido honor de su
padre, para vengar la recibida injuria: después se lanza en mitad de los com-
bates para purgar, por decirlo así, aquella culpa venial de su caballerismo;
y en esta carrera de gloriosas jornadas, donde avasalla reyes enemigos, con-
quista la admiración de sus compatricios y el cariño de su monarca, colo-
cándose al frente de la nobleza castellana. Cuando puede, 'caer sobre el ho-
nor de su pueblo la negra mancha de la traición de Vellido, el Cid es el úni-
co hombre que se atreve á exigir el juramento de Alfonso, sin que le mueva
á tan ardua empresa el fallo de una divinidad inexorable, ni le arredre tam-
poco la ira del soberano, tan generosa y noblemente provocada. Si Aquiles
a^)andona á los griegos cuando el capricho de Agamenón le despoja de su
esclava Briseida, el Cid, desterrado de Castilla, desposeído de sus bienes y
separado de su esposa y de sus hijas, parle con su rey el fruto de sus vic-
torias, anhelando su amistad y no parando hasta conseguir su gracia. — No
es Ruy Diaz de Vivar de la prosapia de Júpiter ni de Venus, ni ciñe su cuer-
po con una armadura templada por los cíclopes: es el hijo menor de Diego
Lainez, á quien la primera nobleza de Castilla echaba en cara la humildad
de su estirpe, y sólo cubre su pecho espesa loriga, tejida por mano de otro
hombre. Ki es tampoco invulnerable: sólo se le ha revelado en sueños que
obtendrá el premio de su fé y de sus virtudes; revelación que no sale de su
pecho y que basta para encender el fuego de la creencia y del patriotismo
en el fondo dé su alma, impulsándole secretamente en la senda de la gloria.
196 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA KSPAJÍOLA.
símbolo de las libertades y de la independencia castellana, y en
una palabra el héroe de la relip^ion y de la patria; pero no un hé-
roe inllexible, para quien nada significan las flaiiuezas de la hu-
manidad, para quien son estériles los sentimientos de familia. El
Cid es vasallo, es padre y es esposo, al mismo tiempo que ciñe
sus sienes con el inmarcesible lauro de cien victorias. Cual vasa-
llo de un rey, á quien considera ya como dado por la mano de
Dios, ni puede ni debe contrariar sus mandatos, por más que re-
pugnen á sus naturales instintos, ni le es dado tampoco exami-
nar la justicia ó injusticia de los mismos. La idea de haber exci-
tado su enojo le aflige sin embargo en el destierro; y su único
deseo, su único afán se dirige á disipar el ceño de su rostro.
Cuantas pruebas de respeto y de cariño puede imaginar su acri-
solada lealtad son tributadas por Mió Cid al rey Alfonso, no cre-
yendo solemnizar sus maravillosos triunfos sin compartir los des-
pojos del campo con el monarca que le tiene desterrado. Así,
cuando sabe que vencido el rey de su heroísmo y de su genero-
sidad consiente al cabo en restituirle su cariño, rebosa su alma en
la más pura alegría, levantando las manos al cielo para rendirle
gracias por tan señalada ventura. ^
1930 ¿Cómo son las saludes | de Alfonso, mío sennor?.,.
[Decilme] si es pagado, j ó si recibió el don?...
Dixo iMinaya [Alvar Fañez]: j D'alma é de corazón
Es pagado [don Alfonso] | é davos su amor.
Dixo Mió Cid: | Grado al Criador.
No puede en verdad trazarse con más breves pinceladas cuadro
tan completo, ni donde resalte más vigorosamente la no desmentida
lealtad de Ruy Diaz,como vasallo del rey de Castilla. — Como padre
y como esposo, llora copiosamente, al separarse, tal vez para
siempre, de su triste Jimena y de sus inocentes hijas; pero su
El Cid no es grande á pesar suyo, sino en virtud de su libre albedrio, que
aun viéndole consultar los agüeros, le separa de los demás guerreros y cor-
tesanos y que le presenta como una individualidad altamente heroica, en
torno de la cual se agrupa todo lo más noble, todo lo más valeroso y todo lo
más independiente del pueblo castellano. Creemos por tanto que hay cierto
peligro en designar al primor paladin de España con el nombre de Aquilet,
y no entera exactitud en el sentido verdaderamete crítico.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 197
llanto no es el llanto del hombre afeminado y cobarde, cuya ver-
gonzosa debilidad repugna al sentimiento de lo grande y de lo su-
blime: el Gid llora con la ternura apasionada del héroe, á quien
persigue la ira de su rey; con la simpática espansion del guerre-
ro que vuela desde los brazos de su esposa á coronarse de laure-
les en el campo de batalla. Y á estas cualidades, que constituyen
en el fondo el admirable carácter del hijo de Diego Lainez, se
agregan también,' en medio de una honrada credulidad que bur-
lan torpemente los infantes sus yernos, una generosidad y esplen-
didez sin límites y una prudencia y cordura propiamente nesto-
rianas, siendo ineficaces cuantas alabanzas pudieran hacerse de su
esfuerzo: su espada jamás se mira fambrienta. Mió Cid es, en una
palabra, leal con su rey hasta el idealismo; tierno y cariñoso con
su esposa y sus hijas; generoso y magnánimo con los vencidos:
dadivoso con los suyos; espléndido para con los extraños; pru-
dente y moderado en el triunfo; terrible y exterminador, como
el rayo, en los combates.— Y si lleno de heroico entusiasmo, con-
sagra todo su valor en aras de la independencia y de la religión
de su pueblo, también responde con varonil entereza al grito de
su honor ofendido, siendo éste móvil no menos poderoso de sus
grandes hazañas. En la Leyenda de las Mocedades le pone en
la diestra la injuria recibida por el anciano Diego Lainez la ven-
gadora espada, quehabia de brillar triunfante en el suelo de Fran-
cia: en el Poema le incita á tomar venganza de los condes de
Carrion la torpe mancha que osan estos echar sobre su clarísima
fama en los Robledos de Corpes. Así, el honor ultrajado de Mió
Cid, siendo en su juventud el aguijón que despierta su heroísmo,
le mueve también en los últimos dias de su vida á recurrir al jui-
cio de Dios, excitando una y otra vez la admiración y el entu-
siasmo del pueblo castellano. Por eso el honor viene á ser la más
firme base de su elevado carácter, animando desde entonces este
sentimiento á los héroes españoles, y siendo el tema favorito de
los poetas populares ' .
i Este sentimiento penetra por último en el teatro, produciendo las más
preciosas joyas de la dramática española. Al estudiar pues el arte de Lope
y de sus discípulos, veremos compi-obada esta observación, debida á los pri-
meros monumentos de la poesía castellana.
198 HISTORIA CRlTir.A l)B LA LITERATURA ESPAÑOLA.
.limeña es el modelo de las esposas. Obediente, sumisa, cari-
ñosa y tierna para con Mió Cid, no es todavía la mujer, á quien
levanta sobre los altares de la galantería un caballerismo exa-
gerado. Ni la rodea el fingido respeto que los provenzales tribu-
tan á sus damas, al mismo tiempo que ponen á prueba su que-
bradiza virtud, ni la asedian tampoco los voluptuosos deseos que
halagan la imaginación ardiente de las mujeres orientales. El
amor que une d Jimena con el conquistador de Yalencia no ha
menester revestirse de formas hiperbólicas para ser puro, grande
y verdadero, bien que no menos respetuoso, tierno y apacible:
se expresa con la sencillez y la espontaneidad que recibe del sen-
timiento; y sin exigir un culto idólatra, tiene en el honor su más
firme escudo y so cobija bajo el manto de la religión, que le presta
al par su magnifica y brillante aureola. Jimena es por tanto la
mujer histórica de España en los siglos XI y XII, no pudiendo
existir en el arte con diversas condiciones de las que ostentaba
en la vida real; vida notablemente poética por multitud de acci-
dentes y circunstancias, nacidas de las costumbres y engendradas
por los sentimientos y las creencias.
Objeto constante del cariño y del respeto del héroe, no se des-
deña de reconocerle como á su natural señor, ni juzga quebrantar
los fueros de la belleza, humillándose ante él y besándole las ma-
nos ^. En semejantes actos de sumisión y de acendrado cariño, no
es posible pues encontrar la mujer idealizada por el arte, cuando
admite ya este la influencia del elemento caballeresco; porque en
aquellos dias de heroísmo, siendo el amor un sentimiento verda-
dero y profundo, que bastaba para purificar el corazón, derramando
en él raudales de felicidad y brindándole segura bienandanza , ni
se sospechaba siquiera por los guerreros españoles que para santi-
ficar aquella pasión noble y pura, necesitaban entregarse á los
desvarios y extravagancias que la adulteraban y desfiguraban en
los paises propiamente feudales 2.
i Véase el capítulo anterior, págs. 140 y 150.
2 Para no amonlonarnucvos testimonios, remitiremos á los lectores á la
lluslraciou VI.* de la I." Parle, donde queda ya reconocida la mujer ideali-
zada por los trovadores, no menos que el amor por ellos cultivado y sometido
11.* PARTE, CAP. IV. PniM. MON. ESG. DE LA POES. CAST. 199
Mas no sólo es Jimena la esposa sumisa que refleja en sí
todas las dotes, todas las virtudes de las mujeres castellanas de
los siglos XI y XII : en el Poema que vamos analizando, apa-
rece también como el modelo de las madres cristianas. Solícita,
tierna y apasionada para con las prendas de su amor, consa-
gra en el retiro de Cárdena toda su existencia á inocular en sus
corazones aquellas mismas virtudes, logrando así su asiduo des-
velo formar el alma purísima de doña Sol y doña Elvira. —
Si, cuando los infantes de Carrion solicitan la mano de estas,
recela y desconfia de la probidad de aquellos disipados mancebos,
el respeto profundo que le inspira la voluntad de Mió Cid y la cos-
tumbre de la obediencia sellan sus labios, comprendiendo como
prudente y discreta que debia doblar el cuello al sacrificio impuesto
por el rey á la lealtad de su esposo. Su amor adivina , al dejar á
Yalencia los infantes para restituirse á Castilla, la deshonra que á
sus queridas hijas amenaza: la veneración con que oye siempre los
mandatos de su esposo, le arranca no obstante el consentimiento,
sin que en el punto de la despedida dé muestra alguna de flaque-
za. Hé aquí la simpática y expresiva fisonomía de Jimena, en la
cual, según vá insinuado, se contempla el brillante bosquejo de la
mujer española del siglo XI, con todas sus virtudes y sencillos
encantos .
El rey don Alfonso, aunque ofendido por la indomable entereza
de Mío Cid, aunque airado después por la noble franqueza del va-
sallo que osa contradecirle , en nombre de las libertades y fueros
de Castilla, y siempre excitado contra el héroe por la torcida é
implacable envidia de los áulicos, todavía oye con generoso agrado
los maravillosos triunfos de Ruy Diaz ; y sorprendido á vista de
tanta lealtad y cabaUerismo, se envanece de ser rey de un caudillo
á quien pagan tributo otros reyes, volando la fama de su nombre
de uno á otro confín de España. Don Alfonso duda entre el herido
orgullo, la dignidad de soberano y la admiración que experimenta
su pecho al contemplar la grandeza del héroe: fluctúa en verdad
entre la influencia de los áulicos y el predominio extranjero que
á un código tan repugnante como contrario á las leyes del decoro y aun de la
misma naturaleza.
200 HISTORIA CRItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
habia recibido en su corto, más inadvertido que prudente, y la
preponderancia popular de Mió Cid ; pero al cabo triunfa la recti-
tud de su alma de las sugestiones de menguados cortesanos , que
envidian el valor y la gloria de aquel guerrero ; y dando rienda
suelta ásus nobles sentimientos, le restituye su mujer, sus hijas y
sus riquezas , conservándole en su gracia hasta que pasa de esta
vida. El más claro testimonio de la sinceridad, con que el rey don
Alfonso recibe en sus brazos al debelador de Valencia, reconcilián-
dose de esta manera con los ofendidos instintos de su pueblo, existe
en la indignación con que sabe la bastarda conducta de los condes.
Cuando á presencia de los grandes y prelados del reino, se dirige
á Mió Cid, para que exponga su queja contra aquellos, diciéndole:
3154 Agora demande j Mió Cid, el Campeador:
Sabremos qué responden | Infantes de Carrion,
y el Cid le replica :
Por mis fijas quem' dexaron 1 yo non lié desonor:
Ca vos las casastes, Rey, 1 sabredes que fer hoy;
comprende don Alfonso la alta prueba de hidalguía que el hijo de
Diego Lainez exige de su lealtad; y tomando por suya la ofensa
recibida en los Robledos de Corpes, acoge bajo la salvaguardia
real á los guerreros que en nombre del héroe apelaban al juicio
divino, para convencer de traición á los alevosos infantes. El triunfo
completo que aquellos obtienen en las mismas tierras de Carrion?
colmando las esperanzas de Mió Cid, llena también de gozo al
monarca, quien receloso de los condes, emplea todas las precau-
ciones que le sugiere su nobleza, para poner á salvo de cualquier
golpe airado {saltó) á los paladines de doña Sol y doña Elvira.
Véase pues cómo no es la variedad en los caracteres la prenda
que menos resalta en este poema heroico, que tan dignamente re-
fleja la cultura del pueblo español en los siglos XI y XII. Si des-
provisto el poeta de la experiencia propia de un arte adelantado,
no ha podido desarrollar plenamente estos caracteres; si conten-
tándose con la belleza extraordinaria de los personajes, tales como
los habia creado la imaginación del pueblo y los conservaba la
inmediata tradición, no concibe siquiera la necesidad de atribuirles
II,* PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 201
nuevas prendas, no por esto podrá decirse con justicia que no
supo distribuir convenientemente los colores en el cuadro que
pinta, logrando darle esa viril armonía, que tanto seduce á los
que aciertan á examinar con verdadero espíritu crítico tan pere-
grino monumento. Lo que se nota en este atrevido bosquejo del
heroísmo castellano es sin duda que son demasiado brillantes los
colores que dan vida á los personajes, echándose al par de menos
la dulzura y morbidez de las medias tintas. Pero ya lo hemos indi-
cado: esos colores primitivos, tan brillantes en el Poema de Mió
Cid como en las tablas bizantinas, son los únicos de que puede dis-
poner un arte que se halla todavía en sus primeros albores. Ha
bastado no obstante esa brillantez y extraordinaria frescura para
arrancar de los críticos la confesión de que abundan en tan pre-
ciosa joya de la poesía castellana , rasgos verdaderamente subli-
mes, no faltando escritores que en la nativa sencillez de estos
mismos rasgos hayan descubierto todo el candor y toda la gran-
deza de Homero .
El Poema de Mió Cid no debía sin embargo llenar respecto de
su conjunto las condiciones deducidas del estudio de la epopeya
clásica: antes de ahora hemos visto cuáles son los fundamentos del
arte cristiano, observando también que apartándose grandemente
de los que constituyen el arte homérico, no era posible que hubiese
semejanza alguna en los medios de manifestación por entrambos
empleados. La epopeya griega admitía lo sobrenatural , como ele-
mento indispensable para su completo desarrollo , haciendo inter-
venir á los dioses en las cosas de los hombres de una manera
personal y activa, de donde han sacado los preceptistas la necesi-
dad de ese recurso artístico denominado máquina. También la
epopeya cristiana debía fundarse en lo maravilloso ; pero sin nece-
sidad de que se dividiesen en opuestos bandos las potestades
celestiales, para decidir de la suerte de dos ejércitos enemigos, ni
se expusieran tampoco á que la pica de un caballero derramara su
sangre en mitad de las batallas *. Lo maravilloso, lo sobrenatural
estriba en la omnipotencia de un solo Dios y en la fuerza del sen-
timiento religioso y patriótico, móviles que impulsando á los guer-
1 Riada, lib. V, vers. 334 á 340.
202 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
reros á lodo liniijo de empresas, patentizan la terrible lucha del
IViiiíil barro que los viste y del levantado espíritu que los intlama.
Dios envia alguna vez sus ángeles ó sus santos para confortar ese
mismo espíritu; pero sin anular jamás el libre albedrio, ni con-
ti'aponer tampoco su iníinito poder al de otra divinidad alguna.
Tal es la inagotable fuente de las situaciones, ya terribles, ya
patí^ticas, ya cómicas y apacibles, que en el Poema de Mió Cid
encontramos. No hay en él episodios ni incidentes fantásticos, que
alterando frecuentemente el orden de las cosas, den forzada varie-
dad á la narración, cargándola de galas excesivas ú ornaraen-
tos extraños : fuera de la aparición del arcángel Gabriel , expuesta
con suma sencillez, no puede mostrarse el poeta más sobrio, al
referir los hechos que le inspiran, tal vez convencido do que sójo
há menester de su propia grandeza para excitar con ellos el entu-
siasmo de la muchedumbre, á quien dirige sus cantares. Por
esta razón ni invierte ni trastorna los sucesos (lo cual ha sido
causa de que se dé al Poema el título de Crónica), ni busca á
sabiendas la contraposición de estudiadas y facticias situaciones,
ni se mortifica para hallar en medio de su entusiasmo la belleza
de la frase; y sin embargo sorprende y conmueve el ánimo del
lector muy á menudo con la novedad é interés de las situaciones,
no menos que con la ingenua sublimidad de los pensamientos.
Fuerza es pues convenir en que, si carece el Poema de Mió
Cid de aquellas ficciones y perfiles, propios de una poesía más ar-
tística y adelantada, no faltan en él ciertas condiciones que, en
estrecha armonía con la sociedad que lo produce , podrían acaso
colocarle entre los poemas épicos, aun admitiendo la idea que
dan los preceptistas de este linaje de composiciones. No falta en
él en efecto unidad de acción, y se cuentan cosas de reyes y de
egregios caudillos, pudiendo aplicársele, como notó el diligente
don Tomás Antonio Sánchez, el precepto de Horacio:
Res gestae regumque, ducumque et trislia bella '.
Y observaremos más: siguiendo las doctrinas de los grandes
1 Horacio, Episl ad Pissoncs, ver. 73; Colee de poes. cast., tomo I,
Páír. 230.
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 203
críticos de nuestros dias, es decir, admitiendo que la epopeya debe
revelar un pueblo, una religión y una historia, tampoco seria gran
despropósito el clasificar este peregrino poema entre las epopeyas
primitivas. Sin embargo, á pesar de reflejarse en él de un modo
sorprendente las creencias y las costumbres del pueblo castellano;
á pesar de revelarnos las maneras de explicarse aquellos infanzo-
nes de luenga é bellida barba , para valemos de la feliz expresión
de su primer editor, no llena cumplidamente el Poema de Mió Cid
las condiciones que ha impuesto la crítica á este género de poe-
mas. La civilización española, que se enlaza estrecha y directa-
mente con la de los tiempos modernos, aparece en este raro mo-
numento todavía en su cuna: el carácter nacional personificado, y
si es lícito hablar así, reconcentrado en Mió Cfd, se halla todavía
en germen. Verdad es que sin la idealización de su historia, idea-
lización realizada casi enteramente en el Poema, ni hubiera tenido
aquel completo desenvolvimiento , ni habría llegado á ser el nieto
de Lain Calvo tipo á un tiempo del valor y del honor del pueblo
castellano. Pero en aquella primera mañana del arte, sólo podía
ofrecer pueblo tan hidalgo como valiente en aras de la religión y
de la patria el sacrificio de sus h'ijos, sin que abrigase aun la espe-
ranza de un triunfo cercano y decisivo: peleaba para lo porvenir,
y guiado de la fé, caminaba paso á paso por la difícil y sangrienta
senda de la reconquista. Las victorias portentosas del Cid exalta-
ban su entusiasmo; pero no podían asegurar definitivamente la paz
de sus hogares, restaurando la patria de la opresión, ni rescatar
del todo las reliquias de sus mártires, restituyendo al culto divino
todos los altares profanados por los sarracenos. Así, la civilización
cantada en el Poema de Mió Cid, no es una civilización triunfan-
te, pudiendo asentarse sin grave riesgo, con arreglo á los princi-
pios arriba indicados, que no debe ser considerado como la epope-
ya española propiamente dicha, sino como la primera página de la
epopeya, trazada después vigorosamente, aunque sin entera unidad
artística, en los romances históricos.
Tales son pues las principales relaciones de esta joya de nues-
tra primitiva poesía respecto de la cultura castellana y del arte
que esta produce. Pero si importante es en la historia de las letras
españolas el descubrir todos los vínculos que unen al poeta con la
204 H]<?TORfA CRÍTICA DE LA LITERATURA EfPAÍiOLA.
sociedad, ó de otro modo, todos los tesoros de esa poética interior,
tan poco apreciada hasta ahora, no menos interesante y curioso
será el estudiar las relaciones que existen entre el poeta y los rae-
dios del arte, ó lo que es lo mismo, el desarrollo de la poética
exterior, tan despreciada, al tratar de esa lejana edad, por los re-
tóricos ^
Meditando sobre la extructura general del Poema, han vacilado
los escritores de más nombradia , al señalar las partes de que se
compone, opinando los que mayor seguridad han mostrado, que se
divide en tres, comprendiendo la primera hasta el verso 1093,
hasta el 2287 la segunda y todo el resto la tercera *. Á la verdad
05ta división nos parece algún tanto desproporcionada, descubrién-
dose en el mismo Poema vestigios de otra más conforme con la
naturaleza del asunto y aun con la índole de estas producciones
heroicas , sujetas á ciertas y determinadas pausas, por la misma
necesidad de la recitación ó del canto. Siete son, en efecto, las
partes que, en nuestro sentir, ofrece: abraza la primera todos los
sucesos narrados desde la salida de Burgos hasta el vencimiento y
libertad de don Raymundo, conde de Barcelona, momento en que
alentados Mió Cid y los suyos por el éxito de sus correrlas, se dis-
ponen á llevar sus armas al centro de la morisma (vers. \ — 1092):
tiene la segunda por objeto la conquista de Yaiencia, con todos los
incidentes que preceden á esta empresa memorable, alcanzando
hasta la reconciliación del héroe con el rey don Alfonso y el viaje
á Yaiencia de la esposa y las hijas del Cid, que vé de esta manera
satisfechos todos sus deseos (1093 — 1626): abarca la tercera
1 Nos referimos á la frecuente y no explicada calificación de &ár¿'ffro y
grosero, con que designan todo lo concerniente á esta época, y no creemos ne-
cesario traer aquí nombres ni títulos de obras. Sin embargo, cuando escritores
de tan alta nombradia como lo es Moratin, declaran que todo es deforme en
este Poema, y no dan otra razón del valor de sus palabras, bien merece su
opinión ser conocida {Orígenes del teatro español, nota 3).
2 Generalmente sólo se reconocía la división en dos partes, notada ya por
don Tomás Antonio Sánchez (vers. 2287). Dozy , siguiendo acaso la indica-
ción de Mr Magnin {De la chevalerie en Espagne, Révue de deux mondes,
agosto de 1847), ha añadido la tercera {Reclierches, pág. 640); pero sin des-
cubrir en el Poema las cuatro restantes, que á continuación señalamos.
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 205
desde la invasión del rey Yuzeph de Marruecos hasta la magnífica
embajada que envia Mío Cid al rey don Alfonso y el proyecto de
matrimonio de los infantes de Carrion, formando uno de los episo-
dios más acabados del Poema (vers. 1627 — 1887): contiene la
cuarta las bodas de las hijas de Mió Cid, celebradas en Valencia,
donde permanecen los condes de Carrion, honrados y contentos, por
el espacio de dos años (vers. 1889 — 2288): encierra la quinta la
aventura del león y la breve campaña del rey Búcar, dando motivo
ambos acontecimientos á la cobarde venganza de los infantes , y
comprendiendo hasta la despedida de estos y sus mujeres de Mió
Cid y de doña Jimena (vers. 2289 — 2651): ofrécenos la sexta el
infame atentado de los Robledos de Corpes, con el dolor de aque-
llos amantísimos padres, que reciben con admirable ternura á sus
deshonradas hijas, jurando tomar enmienda de tan horrible inju-
ria (vers. 2652 — 2950); y preséntanos, finalmente, la sétima el
espectáculo original de las cortes de Toledo, cerrando todo el
Poema con el juicio divino y la simple conmemoración de las se-
gundas bodas de doña Sol y doña Elvira y de la muerte del héroe
(vers. 2951—3741).
Y no se crea en modo alguno que esta división, nacida de la
naturaleza misma del asunto cantado por el poeta, carece de fun-
damentos exteriores, fuera de los que la misma acción nos minis-
tra. El verso 1093, primero de la segunda parte, dice:
Aquis' conpieza la gesta j de Mío Cid, el de Bibar.
Los versos 1627 y 1628, con que dá principio la tercera, es-
tán concebidos en estos términos:
El ibierno es exido, | que el Marzo quiere entrar:
Decirvos quiero nuevas | d'alent partes del mar.
El 1888 es como sigue:
De los Infantes de Carrion yo vos quiero contar;
debiendo tenerse muy presente que ni una vez siquiera han sido
mencionados antes los referidos condes, terminándose del todo la
narración de la embajada, que trajeron al rey don Alfonso Mina-
ya y Pero Bermudez.
20(5 HISTOIIIA CRITICA DE LA LITERATUUA ESPASOLA.
Los versos 2280 y 2287, con que termina la cuarta parte, for-
man la conocida despedida que hace el autor de sus oyentes, en
esta manera:
Las coplas deste canlar ( aqiiis' van acabando;
El Criador vos vala | con todos los sus sánelos.
No aparece tan clara y terminante la división material de las
dos últimas partes; y sin embargo, no la tenemos nosotros por
dudosa: el verso 2652 y siguiente determinan la diversa índole
de la narración, diciendo, después de pintarse en el anterior de
una manera patética la despedida de Jimena y de sus hijas:
Hyas' tornó pora Valencia | el que en buen ora nasció
Piénsanse de yr | los infantes de Carrion, etc.
La introducción de la última parte es todavía más sensible,
pues que presentando á los mensajeros de Mió Cid en el momento
de salir de Valencia,
Salten de Valencia | é andan quanto pueden,
cambia luego la entonación, describiendo los dominios del rey
don Alfonso, á cuya corte se dirigen, circunstancia no muy na-
tural y aun del todo ociosa, á no tomarse la narración de nuevo,
dándole mayor fuerza y como refrescándola con estas noticias y
recuerdos '.
Semejante división, palpable para quien estudie este monu-
mento con la madurez debida, demás de convencernos de lo ab-
surdo de la opinión que le dá el apellido de Crónica, anulando
al par la teoría de los rapsodistas, no favorece más á los que han
supuesto que es el Poema de Mío Cid un solo Cantar de ges-^
I La variación de toao no puedo ser más sensible: al mencionar de nue-
vo al rey Alfonso en el cuarto verso, se dice:
Rey es <le Castiella ] et rey es de León,
2935 E de las Asturias | bien á San Salvador
Fasla dentro eii Santiago | de todo es Señor;
Et los condes gallicianos ¡ á él tienen por Señor, etc.
Esla enumeración era innecesaria é impertinente, á no comenzarse aquí
nuevo canlar, como la naturaleza misma de la acción reclama.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 207
ta. Y no porque dicha denomiüacioii sea contraria, en su acep-
ción histórica, á la naturaleza de esta obra '; sino porque el
mismo título pudiera darse sin repugnancia á cada una de las
partes indicadas, fundándose en las mismas razones expuestas
})or los que han adoptado el referido nombre. Apóyanse prin-
cipalmente en los versos 1095 y 2286, ya citados, donde pre-
tenden que se emplean las voces gesla y cantar como cali-
ficativos de todo el Poema; pero luego que se repara en el lu-
gar que ambas voces ocupan y en la significación que tiene la
última en la estimación poética de la edad media, equivaliendo
á la de cantOy usada en nuestros dias -; luego que se advierte
1 Téngase presente lo apuntado en el capítulo anterior, porque la voz
gesta, si denotó al principio toda hazaña, hecho prodigioso ó historia, en la
acepción latina y en sentido político ó guerrero, siendo usual en todas las
regiones meridionales, como nos persuade el verla aplicada á determinar la
vida de los santos, tales como la Vda vel Gesta Saiicti lldefonsi {España Sa-
grada, tomo V, pág. 485), etc., significó después en las lenguas vulgares todo
suceso, cualquiera que fuese su naturaleza. Así, por egemplo, Berceo dice,
hablando de Santo Domingo de Silos y de sus milagros:
La gesta del C.oufesor en cabo la tenemos.
(Copl. 754.)
Y en el Sacrificio de la Misa, al. explicar lo que significan las tres segun-
das cruces que hace el sacerdote sobre la hostia:
Las tres cruces tras esta, | retienen otra gesta.
(Copla 245.)
El autor del elogio {loor) del mismo Berceo escribia:
Quiero fer una prosa | que noble gesta encierra,
D'au trovador famado | de Rioxa la tierra.
(Copl. i.)
Y después añade:
Qui contarle la gesta | et la cosa sobeiana
Del preste don Gonzalo | et la cosa certana?...
(Copl. 43.)
No parece pues quedar duda de nuestra observación. En el sentido propia-
mente militar conservó no obstante la palabra gesta el valor que le hemos
atribuido, al tratar de los orígenes de las formas de la poesía popular (I.^
Parte, Ilustración 11.^).
2 No solamente en nuestra literatura tiene la voz cantar este significado:
en el poema italiano titulado Buovo d'Antona, originario acaso del libro fran-
cés Le ClievaUer Beiives d'Anlhone et ¡a belle Josienne, y escrito sin duda en
208 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
que la alusión es meramente local, refiriéndose en uno y otro
caso á la parte á que pertenece cüila uno de los mencionados ver-
sos, parece indudable que el conjunto de todos estos cantares, so-
metidos il un plan y animados por un solo pensamiento, recibie-
ran nombre distinto que denotara el conjunto y diese cumplida
razón del asunto que se cantaba. Al menos abora, con las dudas
que naturalmente ocurren y perdido el principio del lib7'o, nom-
bre con que tal vez fué designada esta producción, luego que
llegó á, fijarse por la escritura, tenemos por aventurado señalarla
con otro cualquier título que el de Poema, generalmente reci-
bido *.
Y si curiosas nos parecen todas estas observaciones relativas á
la general extructura del mismo, no menos interesante es el es-
la primera mitad del siglo XIV, se Ice indistintamente:
1 lo vi la lasciai ne l'altro ■inio cantare.
(Canto V.) etc.
1 Signori, tí tasciaí ue 1' altró canto,
(Canto III.)
Lo mismo observamos en otro poema caballeresco del propio siglo que
tiene por título La Spagna:
Signori, io dissi nell' altro cantare.
(Canto V.)
Signori, io to finir queslo cant.-ire.
(Canto VI.)
Nel cauto sequente diró la danza, etc.
(Canto VII.)
No puede en consecuencia darse la extensión que se pretende á esta voz,
a no ser que se use en el plural, como lo hacen las Crónicas, diciendo más
comunmente Cantares de gesta. El agrupamiento de estos cantares es lo que
puede determinar el Poema, donde descubrimos claramente la personalidad
artística del autor, como á continuación advertimos.
1 Los críticos franceses que han escrito últimamente del Poema de Mió
Cid, declaran que este título es demasiado solemne, mientras rechazan como
denigrante el de Crónica rimada (Puymaigre, Les vieux auteurs castillans,
tomo I, cap. III). Al mismo tiempo se deciden á darle sin reserva el nombre
de Chanson de Geste ya indicado, siguiendo el egemplo de algunos poemas
escritos allende los Pirineos. Las razones expuestas en el texto y notas ante-
riores no nos consienten aceptar del todo esta opinión, que hallamos muy
autorizada largos años después de terminado este estudio sobre el Poema de
Mío Cid.
11. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 209
tudio de los medios expositivos empleados por el poeta. Á la ver-
dad no difieren de los ya reconocidos por nosotros, al tratar de
los libros de los Reys d'Orient, la Vida de Sánela alaria Egi'p-
ciaqua y la Leyenda de las Mocedades de Rodrigo: el cantor 6
yoglar se dirige con frecuencia al público que le escucha, para
despertar su atención con las voces: sennores, afe,afevos, felos,
evay, evades, odredes, veredes, veriedes, sabet, avríedes, vos
-vala, non viestes, etc. *; pero dando razón de su personalidad,
como tal narrador, y aun interesándose vivamente y á menudo en
el relato de los hechos. Así, demás de los versos citados arriba,
hallamos los siguientes, en que se muestra esa entidad artística:
1315 Dexarvos hé las posadas, j non las quiero contar.
1430 De los otros quinientos | decirvos lié que face.
1784 Quierovos decir | lo que es más granado.
2774 Mas yo vos diré | daquel Muño Gustioz.
3682 Los dos íian arrancado: | dirévos de Muño Gustioz.
' 3719 Dexémonos de pleytos | d'Infantes de Carrion.
3721 Pablemos nos d'aqueste | que en buen ora nasció.
Los rasgos en que el poeta manifiesta interés por el héroe son
muchos. Sobre los que hemos citado en el discurso de estos estu-
dios, sólo añadiremos algunos: al llegar Mió Cid á San Pedro de
Cárdena, y recibirle benévolamente el abad, exclama:
243 ¡Dios, qué alegre fué | el buen abat don Sancho!...
Al pintar la desconfianza del conde de Barcelona, parece in-
dignarse, diciendo:
1088 Lo que non farie el Caboso j por quanto en el mundo ha.
1 Los versos en que se hallan estas referencias ó apostrofes son: 70, 152,
170, 188, 262, 374, 482, 493, 618, 693, 705, 734, 776, 1032, 1150, 1187,
1206, 1223, 1264, 1318, 1423, 1431, 1439, 1460, 1507, 1576, 1784, 1844,
1888, 1992, 1268, 2185, 2218, 2287, 2317, 2378, 2410, 2440, 2547, 2656,
2762, 2774, 3220, 3254, 3365, 3405, 3546, 3603, 3682, 3712, 3720, 3721.
3733, 3739. No creemos que esta repetición de exhortaciones, por medio de
las cuales logra el poeta dominar la atención del auditorio, llevándolo á pla-
cer de una partea otra, deje duda de la índole del Poewa, principalmente
Luando no la hay para nosotros, en que fué recitado ó cantado en público.
TOMO IH. 14
210 HISTOHIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Describiendo ¡i los infantes de Carrion, muestra así la descon-
fianza que le inspiran y su fingida mansedumbre, al presentarse
en el palacio de Mió Cid:
2223 De pié é á sabor, ¡Dios qué quedos entraron!...
Celebrando los regocijos de Valencia, al verificarse las bodas,
exclama:
2233 Dios!. . qué bien tnuioron armas | [Mió] Cid e sus vasallos!
Tres cauallos carneó | el que en buen ora násco.
Tomando parte en la desgracia de las hijas del Cid, dice por
último, al dar por consumada la alevosía de los condes:
2763 Quál ventura serie, | si asomas' (esora) el (Cid) Campeador!...
De esta persistencia en ostentar su personalidad, ya en uno ya
en otro sentido, á consignar su nombre en la misma narración
habia sólo un paso; y no tardaron en darlo otros poetas castella-
nos. El autor del Poema de Mío Cid, que revela en tal forma
pretensiones artísticas, apenas indicadas por los que le preceden,
recuerda sin embargo á cada momento las fuentes en que se inspi-
ra, dando á conocer la índole popular de sus cantos: en contraposi-
ción de lo que observamos respecto del Libro de los Reijs d'Orient
y de la Vida de Sancta Maria Egipciaqua, lejos de declarar que
se atiene á lo escripto, para fundar sus narraciones, nos manifiesta
que sólo refiere las nuevas de Mió Cid, denotando que se apo-
yaba esencialmente en la tradición y que recibía de ella tan pe-
rei^rina historia y tan magnánimo carácter ^ Esta confesión im-
\ Esta observación, tan conforme con todas las expuestas, desvanece la
opinión de un erudito moderno, quien sospecha que jamas fué popular el
Poema de Mió Cid (Du Meril, Poesies poptilaires ¡aliñes, pág. 29í). Prescin-
diendo del escaso fundamento que ofrecen, en nuestro sentir, las razones que
alega para justificar su opinión, y olvidándonos por un ins.tante de cuanto
vá dicho sobre las indubitables referencias del Poema de Almería, sólo con fijar
la vista en que el poeta invoca únicamente la tradición oral [las nuevas de
Mío Cid], bastaría á demostrar lu aventurado de la opinión referida. Además,
el examen detenido del mismo Poema nos ministra observaciones tales, que
no consienten en nuestra opinión duda alguna. Un poeta que indica de con-
II.* PARTE, CAP. IV. PRIM, MON. ESC. DE LA POES. CAST. 211
por tantísima, así por lo ingenua como porque viene á comprobar
cuanto dijimos al exponer la idea capital que brilla en el Poema,
pone en claro la situación del poeta respecto de los elemen-
tos interiores del arte, obligándole á someterlos al pensamiento
de sus coetáneos, pensamiento que viene al cabo á ser el suyo
propio.
De los medios expositivos pasamos sin dificultad á los mera-
mente artísticos: poco es por cierto lo que nos resta decir sobre
el metro y la rima, después de cuanto sobre este punto dejamos
oportunamente observado ^: conveniente nos parece sin embargo
advertir, que á pesar del estado en que el Poema se ha trasmi-
tido á nuestros dias, si puede tenerse la alteración y aun la cor-
rupción de los metros como seguro síntoma de la ignorancia de
los trasladadores, no es tan arbitraria ni tan bárbara su variedad,
como se ha supuesto generalmente por los críticos, así naciona-
les como extranjeros ^. Proviniendo de la imitación de los exáme-
tínuo tener delante determinado auditorio, cuyos sentimientos halaga é inter-
preta á cada momento, ni una vez sola se atribuye el título de juglar ni de
trovador, mientras los ya conocidamente eruditos, tales como Berceo y As-
torga, se ufanan con él á cada paso. ¿Qué significa pues este silencio? Para
nosotros no cabe duda alguna: el autor del Poema de Mió Cid no se apellida
juglar, porque lo era realmente y nadie necesitaba que él lo dijera, para sa-
berlo: Berceo y Juan Lorenzo, siendo realmente eruditos y escribiendo sin
embargo en lengua vulgar, toman para sí una denominación que en verdad
no les correspondía: quieren ganar una popularidad que sólo les podían con-
ceder los semidoctos, y para ello se asemejan, siquiera fuese sólo en el nom-
bre, á los cantores populares. Todo nos persuade por tanto de que no es lí-
cito negar al Poema de Mió Cid, sin manifiesto riesgo de error, el mérito de
la actualidad respecto del pueblo castellano, confesada en la ya repetida frase
del Poema de Almería, de quo cantatur.
\ I.^ Parte, Ilustraciones 111.^ y V.*
2 Siempre hemos creido que el Poema del Cid ha llegado á nuestros
dias no poco adulterado, así respecto de la metrificación como del lenguaje.
El estudio que hemos hecho del mismo bajo uno y otro aspecto, y el examen
del Ms., que vimos primero en poder del entendido bibliólogo don Pascual
de Gayangos y después en el del docto crítico don Pedro José Pidal, nos han
convencido de que no nos engañábamos. El códice, de que se valió Sánchez,
escrito indudablemente en 1207, como lo persuade demás de la suscripción
final, ya tantas veces reproducida, el examen paleográfico del mismo, aun-
51 2 HISTORIA CHlTICA I)F. LA LITF.IUTUHA ESPASüLA.
Iros y pentámetros, cuyo inariiUije era en la poesía latina harto
i-ogular y frecuente, morced á la índole y naturaleza de la proso-
dia de tan armónica lengua, determina en la historia de las for-
que mucho más esmerado q\ic el de la Leyenda descrito, cual arriba indica-
mos, por el diligente Ochoa, 'contiene ya multitud de palabras modernizadas
«I enteramente dcsfig-uradas, así en el centro de los versos como en las rimas,
dando claras señales de que, sacado tal vez de segundos traslados, se han
introducido sucesivamente en los versos, quitado de ellos ó trastrocado pala-
bras que los alargan ó acortan inmotivadamente. Ni creemos (sea dicho con
toda consideración) que fué Sánchez tan afortunado y exacto como debiera,
al publicarlo, de lo cual pueden dar alguna razón las enmiendas que hemos
propuesto en varios de los versos citados en este capítulo, y nos convence
palmariamente el examen de una copia sacada con esmero paleográfico por
nuestro amigo el cutemlido don Florencio Janer. Para nosotros todos los que
en el Poema de Mió Cid pasen de diez y siete sílabas, como todos los que ba-
jen de doce, están visiblemente adulterados. Acaso algunos de once puedan
tenerse por genuinos; pero es indudable que todo el Poema fué escrito bajo
ciertas leyes de difícil apreciación en la actualidad, y siempre con el pro-
pósito de seguir la tradición lalino-eclcsiástica por nosotros reconocida, sin
la cual no se concibe la historia de las formas artísticas en ninguna de las
literaturas meridionales. Sobre las observaciones que añadimos en el texto,
remitimos á nuestros lectores á las Ilustraciones III.*, IV.* y V.* de la I.*
Parte, donde no solamente procuramos dar á conocer históricamente y bajo
el doble aspecto erudito y popular el natural y progresivo desarrollo de las
formas métricas y rímicas de la poesía española, sino que atendimos á rec-
tificar la opinión últimamente emitida por el erudito Damás-Hinard respecto
del origen de los metros castellanos deducid.o del Poema del Cid (pág. 290).
Digno es de consignarse en este punto que aun recibida con aplauso por los
críticos franceses la teoría del docto ilustrador del indicado Poema, la exor-
bitancia de sus consecuencias, que anularía toda la historia de los siglos pre-
cedentes, no ha podido menos de hallar cierto correctivo aun en el mismo
conde de Puyraaigre, quien confiesa que el autor del Poema del Cid conser-
vó ¡as libertades de la versi/icacion española (loco cítalo, pág. 181). Esta de-
claración, que presupone la existencia de un sistema de metrificación, des-
arrollado ya en nuestro suelo cuando el Poema se escribe ó compone, des-
truye radicalmente la teoría de Mr. Damás-Hinard, quien asegura que la
versificación española vino del lado allá de los Pirineos {¡ntrod. , pág. XXXIV).
Lástima es por cierto que el docto conde, descubierta ya alguna luz, no hu-
biese vuelto de lleno sus miradas á los verdaderos orígenes de las formas
artísticas de la poesía española, para librarse del lodo de los peligros, á
que lleva el empeño de sacar triunfante la teoría de las iuíluencias francesas
en el primitivo desarrollo de nuestra cultura. Continuemos.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 2\3
mas (le la poesía vulgar una de sus primeras edades, probando ya
desde entonces que sustituida la cuantidad por el acento silábico
en todas las hablas romances, era humanamente imposible her-
manar los versos de doce, catorce ó diez y seis silabas con los de
trece, quince y diez y siete. Una circunstancia, notada antes por
nosotros, señala en esta producción, bajo tantos- aspectos intere-
sante, el progreso de la forma: abundando en ella los pentáme-
tros más que los otros metros, demuestran con toda evidencia
que se propendía naturalmente á dar más regularidad á la ver-
sificación; empresa acometida sin duda á flnes del siglo XII y lle-
vada á cabo en los primeros años del XIII ^. i
No juzgamos necesario el detenernos respecto del estilo y len- /
guaje, del Poema de Mió Cid, cuando habrán ya formado cabal
idea de uno y otro los lectores, en vista de las numerosas citas
que llevamos hechas. Debemos añadir no qbstante, que á pesar de
la inexperiencia y rudeza que revelan, á pesar de la bajeza y pue-
rilidad de algunos símiles y comparaciones, defectos que se pro-
pagan á los poetas ya eruditos de las siguientes centurias, no son
tan deformes como han asegurado ciertos escritores, hallándose
á menudo maneras de decir no poco graciosas y elegantes, y gi-
ros verdaderamente poéticos ^. Enredados en la rudeza de la di<3-
1 Véase el siguiente capítulo.
2 En la producción que analizamos no son tan frecuentes los símiles ba-
jos y triviales en demasía como en los poemas del siglo XIII: tampoco en
los monumentos anteriores abundan. La Vida de Santa María Egip^iaqua los
ofrece tan contados, que sólo recordamos el siguiente, hablando del traje de
la santa en el desierto:
Non dariedes por su vestidura | una luaocana madura.
En el Poema leemos en boca de Antolinez, para ponderar el amor con que
sigue las banderas del Cid:
Si noa quanto dexo | non lo precio un figo.
Ponderándose después el rendimiento del héroe, al ser restituido á la gra-
cia de su rey, dice:
Las j-erbas del campo | á dientes las tomó;
Los finólos et las manos | en tierra las fincó.
En cambio tiene el poeta el privilegio de pintar un cuadro con un solo
2U HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATUnA ESPA?5oLA.
cion, no advirtieron dichos críticos en esas modestas, bien que
nativas llores, perdiendo al par de vista que siendo la poesía pri-
mera cultivadora de todas las lenguas, debieron buscarse en las
primitivas producciones de la castellana los"g6rmenes de nuestro
lenguaje poético, distinto siempre del prosaico, por más que lo
hayan negado los retóricos, despojando así del sentimiento de
toda belleza á nuestros antiguos cantores *.
rasgo, ya narre, ya describa. De uno y otro tienen ya los lectores varios
ejemplos; y sin embargo citaremos los dos siguientes versos que, recordan-
do análogo pasaje de la Leyenda de Rodrigo, prueban cómo se expresa siem-
pre, un arte primitivo. Pinta el amanecer:
461 Ya quiebra^ los albores | é veníe la mañana: *
Yxie el sol. ¡Dios, | qué fcrmoso apuntabal... etc.
{ Cualquiera que, libre de ese espíritu infecundo de los ultra-clásicos,
penetre en el santuario de la antigua poesía española, comprenderá que de-
bieron nacer y crecer con ella esos bellísimos giros y maneras de decir, tan
enérgicos y vigorosos, que son en siglos posteriores gala de la verdadera
musa castellana. Pero cuando más resalta la diferencia que existe desde lue-
go entre el lenguaje de la poesía y el de la prosa, es al comparar los prime-
ros cronicones escritos en lengua vulgar y los poemas que llevamos anali-
zados. Y no hablamos de los documentos diplomáticos ó cancelarios de esta
edad, porque lo trivial y doméstico de los asuntos baria sin duda la compa-
ración sospechosa. Mas tan palpable y grande es esta distancia como grande
y palpable es la que existe entre la edad, en que la poesía se apodera del ha-
bla popular y la en que se emplea esta, como instrumento de la historia,
punto que trataremos adelante. A un error ha inducido no obstante el no
haber hecho esta observación: críticos tan perspicuos como Mr. Dozy (á quien
sigue el distinguido conde Th. de Puymaigre, según notarán nuestros lecto-
res por lo dicho ya en otro lugar), han creído por egemplo que el lenguaje
del Poema de Mió Cid no se remontaba á mediados del siglo XII, por pare-
cerles más adelanHido que el de los Fueros de Oviedo, dados por Alfonso VII
en H4o [Reclierches, pág. 642); pero sobre perder de vista las modificacio-
nes sufridas en esta parte por el Poema, según arriba indicamos; sobre no te-
nerse en cuenta la diversa índole de uno y otro documento, no advirtieron
tampoco el largo trecho que debia llevar andado (y lo llevaba en efecto) la
lengua vulgar, cultivada por la poesía, desde el instante en que se hace pa-
trimonio de la muchedumbre hasta que es escrita por los semidoctos. En este
punto llamamos muy formalmente la atención de nuestros lectores sobre los
estudios hechos ya en los últimos capítulos y en las Ilustraciones de \a. 1."^
Parto.
II. PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 2if)
Llegamos ya al término del estudio que nos propusimos hacer
del Poema de Mió Cid , fuente en cierto modo , como notamos
arriba, de las crónicas posteriormente escritas y origen de otros
mil cantos populares, de que iremos tratando en ocasiones opor-
tunas. Del examen crítico-fllosóflco, en que hemos procurado fijar
las relaciones que existen entre los elementos de cultura que abri-
ga la nación y los que se reflejan en el Poema, hemos deducido la
originalidad y el alto precio de esta peregrina joya de nuestra pri-
mitiva poesía * : conforme á estos principios, se ha mostrado á
1 Aun sabedores de que corremos el riesgo de parecer impertinentes, al
insistir en este punto, juzgamos necesario manifestar aquí cuan deleznable y
quebradizo es el raciocinio de los que, siguiendo la bandera levantada por el
sabio Mr. Damás-Hinard, intentan arrebatarnos la gloria de haber dado vida
en la cuna de nuestra moderna civilización al poema que dejamos estudiado.
El ingenioso traductor y sus parciales dicen: «El Poema del Cid por lo auste-
»ro, sombrío y feroz del sentimiento religioso es esencialmente español. Res-
wpirando continuamente odio y venganza contra los enemigos de la religión
«cristiana, preludia ya que si, andando el tiempo, debe la Inquisición echar
»raices en alguna parte con mayor fuerza y energía, será de seguro en el suelo
«donde ha nacido el autor del Poema». Y añaden: «Este monumento ofrece
«grande interés histórico: en él se reflejan vivamente la civilización y las cos-
«tumbres españolas del siglo XII: el carácter de Ruy Diaz es altamente espa-
«ñol». Y concluyen: «En el Poema hallamos algunas analogías con otros fran-
«ceses, ya con relación ala lengua, ya á la metrificación, ya en fina las costum"
«bres que revela: luego fué sin duda inspirado por nuestras canciones de gesta
afrancesas» (Cette ceuvre fut sans doute inspirée par nos chansons de geste
francaise s). Es decir, en otros términos: Lo esencial, lo duradero y propio del
pueblo y de la civilización española, aquello que nace del fondo de su nacio-
nalidad para caracterizarla, y vive y se trasmite á los siglos futuros con fuerza
y extraordinaria energía, es en el Poema de Mió Cid genuinamente español:
lo relativo á sus formas exteriores, lo accidental y mudable, aquello que de-
bía trasformarse muy en breve, como sucede en efecto primero en manos de
Berceo y después en las del Rey Sabio, ofrece algunos puntos de semejanza
con las formas délos poemas escritos, no ya en lengua provenzal, como antes
se pretendía, sino en lengua francesa : luego el poeta no pudo cantar las ha-
zañas de Ruy Diaz, ni inspirarse con los sentimientos del pueblo castellano, ni
reflejar aquella civilización que en su obra tan vivamente resplandece , sin
tener delante una canción de gesta francesa. — Y esto se escribe y se repite de
buena fé y con mucha ciencia; pero sin reparar en la historia de la cultura
española, y desatendiendo de igual suerte la historia de las formas artísticas
(metro y rima) ya en la relaeion popular, ya en la erudita. Nuestros leetoresi
516 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nuestros ojos el liéroe de Vivar como el verdadero representante
de la nacionalidad española, á cuya voz prodigiosa se exaltan to-
dos los instintos generosos de! pueblo que combate al par por su
religión y por su independencia. Agrupada á-su alrededor la raza
de héroes que sigue sus victoriosas huellas, y cuya especial fisono-
mia hemos bosquejado , nos ha sido posible comprender la vida
activa y belicosa que llevaban nuestros mayores, sorprendiendo,
digámoslo así , las libres y pintorescas costumbres , los tiernos y
magnánimos sentimientos, y finalmente, las vigorosas y ardientes
creencias ' , que sirven de base al caballerismo castellano , dife-
recordaudo cuanto llevamos estudiado respecto de ambos puntos, y teniendo
en cuenta lo añadido en este capítulo, decidirán si puede admitirse, y menos
sostenerse tan extraño raciocinio, por más que llegue á deslumhrar á los inge-
nios fáciles y á seducir á los semi-doctos.
i Hemos procurado, tanto al examinar este singular monumento como la
Leyenda de las Mocedades de Rodrigo, dar á conocer los principales rasgos de
creencias, sentimientos y costumbres, propios de la edad en que fueron aque-
llos compuestos. Nuestras observaciones, como subordinadas á la necesidad
de no exceder de límites determinados, están muy lejos de revelar todos los
tesoros especiales que en orden á dichos puntos encierran las expresadas
obras. El muy entendido Mr. Damás-Hinard, con una diligencia digna de todo
aplauso, ha procurado en las Notas literarias é históricas, que avaloran su tra-
ducción del Poema, ilustrar esta parte interesantísima de tan raro monumento.
Fijas sus miradas en el ya anunciado propósito de buscar y establecer analo-
gías con las costumbres reveladas por los poemas ultrapirenaicos, tarea en
que se le han hermanado ya otros críticos, respecto de la Chanson de Roland,
tantas veces citada, ha perdido sin embargo de vista muchos y muy preciados
veneros de las costumbres, de los usos, de las creencias y de los sentimientos,
nacidos en el seno de la civilización española, como flores espontáneas de
nuestro suelo. El Poema de Mió Cid, así como la Leyenda, convidan por tanto
á los doctos con sus no quilatadas riquezas arqueológicas, á ensayar una edi-
ción crítica de entrambos monumentos, donde demás de sus nativas bellexas
literarias, se den á conocer todas esas inestimables relaciones de la vida civil,
política, religiosa y militar de nuestros mayores. — Dícese que la Real Acade-
mia de la Lengua tiene resuelto algo sobre este punto: ninguna corporación
está en efecto más obligada á ilustrar los primitivos monumentos déla poesía
española; y si la resolución indicada fuese cierta, podrían felicitarse al cabo
las letras patrias de poseer una edición perfecta del Poema de Mió Cid, pro-
bando que no es esta obra tan menospreciada en España como han pretendido
ciertos críticos extranjeros.
11." PARTE, CAP. IV. PRIM. MON. ESC. DE LA POES. CAST. 217
rente, como dejamos repetido, del caballerismo de otras naciones.
Quilatados también los medios expositivos del arte , reconocidas
sus formas exteriores, hemos admirado en el Poema de Mió Cid
á pesar de la aparente irregularidad y rudeza de las mismas , si-
tuaciones en suma interesantes, escenas verdaderamente patéticas,
y frescas y enérgicas pinceladas. Estas situaciones, estas escenas
y estos rasgos nos han dado idea elevada de aquella poesía, que
aun luchando contra tantos y tan poderosos obstáculos, logra so-
breponerse á ellos, preparándose de esta manera á recibir bajo sus
victoriosos pendones todos los elementos que han de contribuir muy
luego á enriquecerla (bien que apartándola de su nativo cauce) y
á hacer ya más conocidos sus autores ' .
1 Entre las muchas hipótesis de más ó menos importancia hechas hasta
ahora sobre el Poema de Mío Cid y sobre su autor ó autores, recordamos arriba
la que ofrece como probable que fué escrito por dos pajes del héroe : añádese
que fueron estos de raza árabe, suponiéndose que entraron á su servicio en la
primera juventud, cuando frisaba ya Ruy Diaz con los últimos años de su vi-
da. Si dada la verosimilitud de la primera hipótesi, pudiera admitirse por un
momento la segunda, y lo fuera igualmente la indicación que hace Rodríguez
de Castro respecto de los Libros de Isaaque y de las Cartas de Rabbi Samuel
Jehiidi {Biblioteca Rablnica, tomo I, arts. corresponds.), presentaría la litera-
tura española el raro fenómeno de deber los primeros monumentos en prosa y
uno de los primeros y más importantes en verso, á los dos pueblos que mora-
ban con nuestros mayores en la Península Ibérica y á quienes más entrañable-
mente odiaban. Pero ni la indicación de Castro puede sostenerse, según antes
de ahora hemos probado {Estud. hist., polít. y lit. sobre los Judias de España,
Ens. 11, cap. I), ni existe documento ni vestigio alguno por donde pueda au-
torizarse la relativa ala naturaleza arábiga de los indicados pajes. Ni hay mayor
fundamento en la lengua empleada en el Poema, pues aunque escritores poco
reflexivos han pretendido en él hallar por todas partes las huellas de la influen-
cia mahometana, estudiado maduramente el referido Poema, bajo esta impor-
tante relación (y en esta parte coincidimos en un todo con la opinión del docto
Damás-Hinard), no pasan según ya advertimos (Ilustración 11.*, pág. 399 del
tomo precedente), de un breve número las voces arábigas que descubrimos en
toda la obra(/«/r. au Poeme du Cid, pág. XLVIII). En cuanto á la hipótesi re-
lativa á los servidores del héroe, la cual ha podido hallar cierto apoyo en la
anécdota en que se funda la redacción de la Crónica en prosa, conforme en su
lugar veremos, parécenos bien indicar que pudo tener nacimiento en la cir-
cunstancia, ya notada por nosotros, de mencionarse con elogio, especialidad y
frecuencia, así las principales poblaciones de las comarcas de Aragón y Va-
218 FUSTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Estudio es este que nos cumple comenzar en el siguiente ca-
pitulo.
Icncia, como los castillos, fortalezas, torres y casas fuertes fronterizas de Cas-
lilla. Pero justo es repetirlo: todo esto, que no carece de algún valor respecto
de haber sido ó no compuesto el Poema de Mió Cid por alguno de sus partida-
rios ó admiradores, y aun respecto del territorio en que pudo ser escrito,
punto que arriba tocamos con la circunspección que pide este linaje de inves-
tigaciones, nada ó muy poco signiñca en cuanto, á la invención de los pajes
árabes.
CAPITULO V,
nmm hoiwnios eboditos de u poesíi vclgar.
Primera trasformacion del arte vulgar.— Causas que la producen. — Movi-
miento general de la civilización española á fines del siglo XII y principios
del XIII. — Maravilloso progreso de la reconquista.— Nueva dirección y
desarrollo de los estudios. — Establecimiento de escuelas públicas; — en
Castilla, — en León, — en Aragón.— Influencia de tan memorables sucesos
en la sociedad y en la esfera del arte.— Carácter de esta influencia. — Con-
tradicciones entre el instinto de la ciencia y la actualidad poética de Cas-
tilia. — Divorcio entre doctos y populares: en el fondo; en las formas. —
Monumentos intermedios. — Examen del poema anónimo sobre la Disputa-
ción del Cuerpo y el Alma. — Primer poeta erudito de nombre conocido:
Gonzalo de Berceo.— Sus obras. — Medios expositivos de las mismas. — Si-
tuación literaria de Berceo. — Su representación moral y religiosa respec-
to de la sociedad española. — Su mérito literario. — índole principal desús
producciones. — Formas poéticas que en ellas dominan. — Formas de len-
guaje.— Nueva fisonomia del habla castellana, erigida ya en lengua litera-
ria.— Resumen.
llíl estudio de los primeros monumentos escritos de nuestra lite-
ratura, dándonos á conocer los verdaderos albores de la civiliza-
ción, que llega á tener por centro la monarquía castellana, nos
ha mostrado al mismo tiempo hasta qué punto y con cuánta fuer-
za se reflejan en las referidas obras todos los elementos de vida
220 inSTOmA CRITICA DE LA LITERATURA E?PA?ÍOLA.
lie aquel pueblo, que reconquistaba al par su libertad y sus ho-
gai'es. Mas cuaudo examinadas ya detenidamente estas interesan-
tes primicias, lijamos nuestras miradas en las producciones de fi-
nes de aquel siglo, en que habían comenzado á escribirse los
cantos de la musa castellana, y comparadas con las de los pri-
meros dias del siguiente, advertimos que se ha trocado la fisono-
mía de unas y otras, sometiéndose virtual y formalmente á nue-
vos cánones artísticos, no podemos menos de comprender que se
ha operado en el mundo de la inteligencia algún extraordinario
fenómeno, digno en verdad de ser maduramente quilatado. La
poesía religiosa, que al tomar por instrumento el habla de la mu-
chedumbre, estribando principalmente en las creencias populares,
bien que inspirándose en las piadosas leyendas eclesiásticas, se
habia revestido de formas groseras é imperfectas, ostenta ya una
metrificación más regular y esmerada, confiando del todo el éxito
de sus producciones á la erudición de los que merecían por ex-
celencia el título de clérigos: la poesía heroica, que aumentán-
dose de sus propias conquistas, y nutriéndose con los sentimientos
de actualidad, sólo habia tenido por norma y fin de sus cantares
la vida real del pueblo, cuyas hazañas engrandecía la tradición
oral, pronta siempre á infiamarse, como la imaginación y la pa-
labra,— menos original ahora, desdeñando los héroes nacionales
y buscando otros en la historia de los antiguos tiempos, tiene
por única fuente la tradición escrita, no contentándose ya con
sus propios tesoros y anhelando recorrer de un vuelo todas las
edades y todas las regiones. ¿Cuáles han sido pues las causas de
esta peregrina trasformacion, que mientras ensancha considera-
blemente las esferas de la poesía, la despoja de no pequeña parte
de su primitivo vigor, sujetándola respecto de las formas exterio-
res á fijas y determinadas leyes?...
Cambio tan significativo y sorprendente en la historia de nues-
tras letras, era natural consecuencia del progreso que en todas
vias alcanzaba la civilización española. Robusteoido el poder real,
que tantas contradicciones habia experimentado hasta entonces;
asegurado y ensanchado el territorio con nuevas y dilatadas con-
(piistas; logrados en las regiones de la inteligencia útiles é im-
l»ortanlísimos adelantos, no parecia sino (]uo el siglo XIII estaba
II.'' PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 221
destinado por la Providencia á recoger el fruto de los grandes
sacrificios, que desde la memorable restauración de Toledo había
hecho la cristiandad para acrecentar su cultura y sostener en la
Península la supremacía que le dieron las armas de Fernando I y
de Alfonso VI. Desesperadas y colosales fueron durante el mismo
período las tentativas de la morisma para reparar aquellas terri-
bles quiebras, convocando una y otra vez las feroces tribus deí
África contra el creciente poderlo de Castilla; y si las discordias
civiles que afligieron á nuestros mayores en el último tercio del
siglo XII, alimentaron por un momento en el ánimo de los sar-
racenos la esperanza de aherrojarlos de nuevo al carro de sus
triunfos, al comenzar el XIII recibían las falanges africanas inusi-
tado descalabro, rechazadas, ó mejor dicho, encerradas otra vez
más en los abrasados arenales, de donde la debilidad y el apo-
camiento de los árabes españoles las hablan traído. Era la bata-
lla de Muradal, apellidada vulgarmente de las Navas de Tolosa,
el acontecimiento más fausto y de mayor bulto que habla aplau-
dido Castilla en el largo espacio de ciento veintisiete años [1085
á 1212]: enlazándose, cual fortísimo eslabón, á la empresa de
Toledo y á la celebrada hazaña de Calatañazor, no solamente apa-
recía esta gran victoria como fruto del común y exclusivo esfuer-
zo de todas las monarquías españolas, congregadas y acaudilla-
das por Alfonso YIII *, sino que asegurando para siempre la po-
i Oportuno juzgamos observar aquí, para mayor ilustración de estos he-
chos, que predicada por el ilustre arzobispo de Toledo don Rodrigo XimeneZ
de Rada, del lado allá de los Pirineos, la cruzada queda por resultado el glo-
rioso triunfo de las Navas, respondieron á su llamamiento algunos «magna-
tes de partibus Galliarum, Burdegalensis et Navatensis episcopus multisque
Varones de eisdem partibus et Italia», contándose también entre los cruza-
dos «venerabilis Arnaldus qui... tune regebat ecclesiara Narbonensem», to-
dos los cuales fueron recibidos «decenter» por el rey de Castilla (Don Rodri-
go, Rerum Hispaniae Chron., lib. VIII, cap. II). Pero todos estos ultramon-
tanos, á excepción de Arnaldo de Narbona, «qui cum ómnibus quos habere
potuit,.. a bono proposito non dicessit», se tornaron á sus tierras después de
la recuperación de Calatrava, sin que tomaran parte en la batalla referida.
«Rccedentibus itaque (añade don Rodrigo) his qui Crucem Domini in Anga-
ria attulerunt, son Hispani cura paucis ultramontanis... proficisci coeperunt
ad bellum Domini confidenler» (Id., cap. VI). El concurso dclos extranjeros
222 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sesioQ de la Extremadura manchoga, mientras anadia á los
dominios castellanos las fértiles comarcas que se extienden desdo
el subterráneo Guadiana al olivífero Guadalquivir, dejaba abier-
tas las puertas de Andalucía á los ejércitos cristianos, borrada
del todo la desastrosa afronta de Alárcos.
Y no trascurrieron muchos años sin que se diese principio por
una y otra parte de la Península d la grande y meritoria empresa
que estaba convidando á los monarcas de Aragón y de Castilla:
en 1224 inauguraba Fernando III la conquista de la antigua Bé-
tica con la toma de Baeza y todas las villas y fortalezas de aquel
reino, nacido como otros, de las ruinas del Califato andaluz; y
poco más de un lustro después arrancaba Jaime I de manos de
los árabes la isla de Mallorca [1250]. Á estos triunfos, recibidos
por toda España como feliz augurio de otros mayores, siguieron
en breve la afortunada sorpresa, que sometió al imperio castella-
no la patria y silla de los Califas españoles [1256], y la restau-
ración de la ciudad querida del Cid, que veia, con asombro del
islamismo, volar sobre las almenas de Alibufat los estandartes
aragoneses [1237]. No habia mediado aun el siglo, cuando ren-
dido el reino de Murcia al primogénito de Castilla [1242], y so-
metido el de Jaén á las huestes de Fernando [1246], movíanlas
Tué por tanto en tan solemne ocasión insignificante, cuando no dañoso para
España, pues que tanto al venir como al volver vejaron y maltrataron las
mismas poblaciones de Castilla, en cuyo auxilio habían tomado la cruz. Véa-
se pues cómo al solo esfuerzo de los españoles se debió la maravillosa y tras-
cendental victoria de las Navas, cual se debió después la del Salado, causán-
donos verdadera oxtrañeza el hallar en escritores respetables, que pelearon
en las gargantas de Muradal asoixante mille auxiliaires, accourus d'outre les
Pyrénées» entre los cuales se contaba Gavaudan, el "Viejo, trobador que ha-
bia segundado la predicación del arzobispo don Rodrigo, y á quien se supo-
ne «l'un des héros de 1' (íxpedicion, don il avait été le Tyrtée» (Fauriel,
Hist. de la Poesie proveníale, tomo 11, cap. XX). Gavaudan excita en efecto
á los reyes de Inglaterra y Francia, á los condes y barones ultramontanos,
para que lomen parle ea la cruzada (Raynouard, CUoit, tomo IV, pág. 8o);
pero si es verosímil que pasara los Pirineos, no consta ni puede deducirse
de su prezicansa, que pasara de Calutrava, con los pocos extranjeros (paucis
ULTRAMOM.^Nis) quc uo arrojaron la cruz, tomando la vuelta de sus casas. Yol-
veremos en lugar oportuno á meacionur á GavuuUau.
11.* PARTE, CAP. V, PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 223
rey y príncipe con irresistible pujanza contra la república de
Abul-Hassan (Axataf), que estrechado por todas partes y redu-
cido al último extremo, entregaba las llaves de Sevilla al esfor-
zado monarca, que á tanta prosperidad habia levantado el cristia-
nismo [1248].
Sorprendentes, inmensos eran pues los triunfos de las armas
cristianas, que en el espacio no cumplido de cinco lustros despo-
jaron á la morisma de más dilatadas comarcas que las restaura-
das antes á costa de inauditos sacrificios y en muchas edades. —
La reconquista no se hacia ya ciudad á ciudad y castillo á casti-
llo, como en siglos anteriores: extendiendo al par sus brazos,
endurecidos en una lucha de quinientos años, por el Ocaso y el
Oriente, estrechaba y comprimía al antiguo coloso del islamismo,
que acorralado en las partes más orientales de la Bética, lograba
sólo algún respiro, confesándose vencido y tributario. No á otro
estado quedaba reducido el reino de Granada, fundado sobre los
escombros de numerosas monarquías al mediar del siglo XIII.
Pero si de tal manera se exaltaba en aquel venturoso periodo
el sentimiento de la independencia, fuente de todo lo grande en-
tre nuestros mayores, no con menor brio entraban los reinos
cristianos, á cuya cabeza se habia colocado Castilla, en las nue-
vas sendas de cultura, que obedeciendo á la ley del progreso hu-
mano, les abrían sus propios reyes. Reducidas al retiro de los
monasterios y acogidas al asilo de los claustros catedrales ^f ha-
1 Sobre lo que en diferentes pasajes dejamos advertido respecto de las
escuelas eclesiásticas, conviene recordar que denriásde las monacales, en don-
de recibían educación literaria, no solamente los monjes, sino también los
que simplemente se dedicaban al sacerdocio, se contaron las escuelas cate-
drales y aun las parroquiales. Prueba eficaz de la existencia de las primeras
ofrecen casi todas las Constiluciones de las iglesias españolas, en las cuales,
después de mencionar las dignidades de capiscol y maestrescuela, general-
mente se previene que el «obispo aya y su tesorero et cathedrático», cuyo sa-
lario debia ser satisfecho por todos los clérigos de la respectiva diócesi, sin
exceptuar los de las Ordenes militares. Curiosas son en este punto varias bu-
las, cartas y composiciones, que de fines del siglo XII y principios del XIII
hemos registrado en el archivo catedral de Toledo; pero para no hacer de-
masiado prolija esta nota, citaremos únicamente las Conslituliones de dicha
metrópoli, refundidas durante el siglo XIV, en las cuales, retrayéndose á la
22 i HISTORIA CRlTIf-A DE LA LITERATURA ESPaSoLA.
l)¡;iii vivido las ciencias y las letras, aunque lejanas del mundo,
desdeñadas de los poderosos y tal \h escarnecidas de la muche-
dumbre. Las antiguas escuelas, creadas por el lY Concilio de To^
ledo, salvando las calamidades y trastornos íjue llenaron de lutoá
la Iglesia española, conservaron no obstante como en sagrado de-
pósito la venerable doctrina de Isidoro ^: respetadas por el episco-
pado y clero español, rodeadas de aquella aureola, que les comu-
nicaban la autoridad del tiempo y la claridad de su origen, sólo
cuando suplanta el rito galicano al oficio visigodo, se ven forzadas
á. modificar algún tanto la forma de sus enseñanzas, para cumplir
con las nuevas prescripciones de la liturgia 2. El celebrado libro
de las Ethymologias, que dio á Silvestre II claro, ya que no cabal
conocimiento de Aristóteles ^, si antes era tenido por único orácu-
lo de la ciencia, y siempre aparecía como cuerpo de doctrina más
antigua organización de la escuela, se ordenaba mantener «sufficientem et
idoneum raag^islrum, qui apud civitatem toletanam in grammatica, et dia-
léctica scholas publice lejat». Mientras los escolares tenian el derecho de
recibir gratis data la enseñanza dictis facultatibus, contraían la obligación de
enmendar y restituir á su pureza libros ecclesiae continentes errores, corri-
giéndose mutuamente los non béne legentes seu acentuantes, todo con ánimo
de ir restableciendo poco á poco los buenos estudios (De officio scholaslici).
Estas escuelas, alteradas por las vicisitudes de los tiempos, eran en realidad
las establecidas por el concilio IV de los Toledanos, como escribimos en el
texto. En orden á las parroquiales, indicaremos que su influencia no podia
tener en modo alguno valor literario: su principal asunto érala enseñanza de
la doctrina cristiana, y su misión por tanto puramente evangélica. Consta sin
embargo que en algunas iglesias parroquiales llegaron á existir numerosas
bibliotecas (Colmenares, Hist. sec. y ecl. de Segovia, Part. I, cap. XIII). De
la existencia de estas escuelas dá testimonio todavía, entre otras provincias,
el principado de Asturias, en cuyos pórticos parroquiales reciben instruc-
ción y doctrina los moradores de aquellas montañas.
i Véase el cap. VI ÍI de la I." Parte.
2 Cúmplenos repetir aquí que, á pesar de esta inevitable modificación de
los estudios, continuó gozando la doctrina de San Isidoro la estimación del
clero: de esto deponen los trabajos que se hicieron en el siglo XIII y siguien-
tes sobre el libro de los Orígenes, y más que todo la traducción castellana,
de que en el cap. VIH de la I." Parte hicimos mención. Al bosquejar la
feliz época de Alfonso X, volveremos á tomar en cuenta tan importante
monumento.
o Véanse en el cap. XY de la I.'* Parle las págs. 2C8 y sigs.
n. PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD, DE LA POES. VULG. 225
completo que otro alguno, compartía ahora su imperio con otros
tratados, recibidos por los discípulos de Fulberto de Chartres,
Lupo de Ferrieres y Lanfranco, cuyas aplaudidas doctrinas ha-
bían procurado acreditar en nuestro suelo los favorecidos clunia-
censes. Esta inevitable innovación de los estudios, resistida pri-
mero por el clero español y recibida al cabo, merced á las memo-
rables circunstancias en que se halló la Iglesia española á, fines
del siglo XI y principios del XIÍ, imprimiendo sin duda cierto y
determinado sello á la ciencia y literatura eclesiástica, no podía
ser indiferente ni estéril para la civilización, cuyo principal des-
arrollo dejamos reconocido, al considerar los caracteres de la poe-
sía híspano-latina en aquella época * .
Al movimiento de los estudios litúrgicos y teológicos, al impul-
so dado á la enseñanza de las artes liberales, no olvidadas en los
días de mayores tinieblas, siguióse en efecto la rehabíhtacíon len-
ta, vaga, incompleta, no determinada, pero eficaz en el deseo y
en la aspiración de los eruditos, de aquella prodigiosa cultura,
cuyos inmortales resplandores jamás llegaron á oscurecerse entre
los escombros de sus portentosos monumentos. Admiradas, bien
que apenas comprendidas y menos saboreadas las bellezas que ate-
soraban las obras de la antigüedad clásica; evocados sus recuer-
dos con harta frecuencia, iba descubriéndose insensiblemente á
la contemplación de los doctos un mundo desconocido, cuyas di-
latadas regiones pensaron recorrer fácil y holgadamente, cuando
ni lograban guia seguro para salvar los escollos de su inexpe-
riencia, ni tenían fuerza bastante para asentar la planta en tan
resbaladizo y desconocido terreno.
Pugnando con estos elementos, y parahzando hasta cierto pun-
to su acción civíhzadora, habían tomado plaza en la estimación
de los discretos las producciones de otro arte, que trayendo dis-
tintos orígenes, estaba llamado á ejercer no poca influencia en la
futura suerte de las literaturas vulgares. La oriental, cerrada
hasta entonces á las miradas de los cristianos por los odios de la
religión y los peligros de la independencia, había comenzado ya
i Cap. XIV.
TOMO III. 15
220 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESI'AÍ^üLA.
á mostrar sus tesoros ', y no distaba mucho el momento en que
debía hacer de ellos completo alarde. Así que, acumulándose du-
rante el siglo XII en el suelo de Castilla tan varías intluencias,
ensanchado en la esfera de las ciencias y de las letras el estrecho
círculo en que antes giraban, fenómeno que se opera igual-
mente respecto de las artes -, abiertos por último nuevos hori-
zontes á la política y á las armas cristianas, presentó una faz
nueva y en alto grado interesante la cultura española, cobrando
i Enticiidase bien que este aserto sólo se refiero á la clase docta: la Dis-
ciplina Clericalis, con que Pero Alfonso dio osle primer paso, estaba escrita
en latin, y como di'jamos cun oportunidad advertido, se dirigía exclusiva-
mente al clero (cap. XIV de la I." Parte). Y no sera fuera de propósito el
advertir, que si bien los judios españoles habian comenzado ya á dar se-
ñales de vida en el cultivo de las ciencias, la naturaleza misma de sus es-
tudios los alejaba de los cristianos. Véanse los caps. I y II del Ensayo II de
nuestros Estudios sobre los judios, donde procuramos caracterizar los que en
esta edad hacen.
2 La historia de la arquitectura española cobra en efecto nueva vida y
ofrece nueva faz á la contemplación del artista-arqueólogo desde mediados
del siglo XII. — Todos los miembros que constituían antes las fábricas de
aquella maravillosa arle, y en particular de los templos, presentan diferente
ñsüiiomia: las columnas se estiran y levantan en colosales proporciones; los
arcos se ensauchan y se elevan con majestuosa grandeza, propendiendo á la
forma ojival, que más adelante tiene completo desarrollo; las ventanas es-
trechas y cerradas al punto de dar escasa luz al santuario, se rasgan sobre
el muro, cubriéndose de pintadas vidrieras, que en siglos posteriores debían
aparecer como otras tantas maravillas; las cimbrias, las archivoltas, los pila-
res que van sustituyendo á las columnas, se pueblan de vistoso follaje, sal-
picado de figuras y representaciones alegóricas, mostrando inusitada riqueza;
la planta y la distribución del templo se alteran, finalmente, obedeciendo á
la misma ley; y el arle romúaico, que sucede al latino-bizantino, y que hasta
aquella edad habia conservado entre los cristianos el dominio de la arquitec-
tura, trasforniado por nuevas ideas y nuevos elementos, lo cede en España,
como en todo el Occidente, al arte ojival, que durante los siglos XIII, XIV y
XV puebla de verdaderos portentos nuestras antiguas ciudades. — Véase có-
mo no puede ser mayor la unidad que realmente existe entre el movimiento
que presentan, en la misma edad, las artes y las letras: cuando nos toque
trazar el cuadro que la civilización española ofrece, mediado ya el siglo, es-
tableceremos (luevas relaciones entre la manifestación artística y la manifes-
tación literaria.
Il/ PARTE, CAP. V. PIÍIM. WON. ERUD. DE LA POES. TLLG, 227
las ciencias y las letras mayor extensión, y propendiendo desde
aquellos dias á ostentar cierta independencia, saliendo de los
claustros, donde hasta entonces vivieron.
No brillaban todavía los gloriosos laureles de las Navas en la
frente de Alfonso YIII, cuando este esclarecido monarca, ya mo-
vido de propio convencimiento, ya cediendo á los ruegos del obis-
po palentino don Tello, ó ya á los consejos del respetable varón
que, para bien de la nación entera, se asentaba en la silla de los
Eugenios é Ildefonsos, dio el primer paso en tan nobilísima car-
rera. «Este rrey (dicen los antiguos cronistas) enbió por todas las
«tierras por maestros de las artes, et fizo escuelas en Falencia
«muy buenas et ricas; et daua soldadas conplidas á los maestros,
» porque los que quisiessen aprender que non lo dexassen por
«mengua de maestros» '. Era esta pues la vez primera que los
reyes de Castilla ponian mano en la dirección de los estudios para
satisfacer las necesidades intelectuales, producidas en su pueblo
por la asociación y uniforme desarrollo de todos los gérmenes de
civilización laboriosamente allegados en tiempos anteriores: para
hacer más fecundo su ilustrado intento, llamaba también Alfonso
distinguidos varones de Italia y Francia que restaurasen en su
reino la disciplina de la sabiduría, cobrándose en esta manera de
la antigua deuda contraída por una y otra nación respecto de
nuestra España -; y la famosa escuqla que se preciaba de ser ma-
i Crónica de Once Reyes, cap. XXY de Alfonso VIII, fól. 190 del cód. Y,
I., 12 de la Blbl. Escurialense. El arzobispo don Rodrigo escribe: «Sapientes
a Galiis et Italia- convocavit, ut Sapientiae disciplina a regao suo nunquam
abesset, et magistros omnium faeultatum Pallentiae congregavit, quibus et
magna stipendia est largius, ut omni studium cupienli quasi nianna aliquan-
do iu os inílueret sapienlia cuiuslibet facultatis» {Rer. Hisp. Gest. Clir., li-
bro VII, cap. XXXIV). Don Lúeas de Tuy pone la fundación de estas escue-
las en 1211: sin embargo el referido arzobispo la coloca en la era de 1247,
que equivale al año de 1209. Pulgar declara que no halla oposición entre
ambos historiadores, pues «bien se tardarla tres años en componer lodo lo
onecesario para que estuviese la Universidad con toda perfección» {Hist.
sec. y ecles. de Falencia, tomo II, lib. II, cap. XIV). Lo que está fuera de
duda es que precedió á 1212.
2 Véase lo que dejamos asentado en el cap. XV de la 1.^ Parte, pág. 26o,
228 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
dre de San Fructuoso antes de la invasión mahometana, y que
restaurada en el siglo XI por el obispo don Poncio, acababa de
dar al mundo en Domingo de duzman uuo dé los más ardientes
propagadores de la palabra divina ', erigida yá eu Estudio Gene-
ral y centro de la enseñanza pública, obtenía al cabo la gerarquia
etc., en orden á Teodulfo, Claudio, Prudencio Galindo y Silvestre II. Difícil,
cuando no del todo imposible, es señalar hoy los nombres de los sabios italia-
nos y franceses que congre^^ó en su reino Alfonso VIH. Los historiadores más
señalados de la primer nación sólo citan á Gerardo de Creniona, cuya patria
les disputan algunos ilustres españoles (Nicol. Ant., Bib¡. Veh, tomo II, pági-
na 263 y sijs.), concediendo otros escritores italianos que fué en efecto natu-
ral de Carmona en España [Giornale d'i Letterati, an. 1713). Gerardo, que se-
gún prueba Tiraboschi con la autoridad de Muratori {Stor. Litt. de Ital., tomo
111, pág. 293 y sigs.), pertenece á Italia por su nacimiento, lejos de pasar á
la Península Ibérica para derramar la luz de la sabiduría, vino á ilustrarse,
aprendiendo en Toledo la lengua árabe, y dedicándose luego á traducir cuan-
tos tratados de astronomía, fdosofia y medicina hubo á las manos. No es ve-
rosímil que Gerardo de Cremona, si alcanzó los tiempos de Alfonso VIH y
pudo conocerle y apreciar su amor á las ciencias, fuese uno de los sabios por
él llamados, y menos uno de los maestros de la escuela palentina. Pero no
debían faltar estos por cierto en Italia, donde eran ya celebradas las Univer-
sidades de Bolonia, Mantua y Pisa por el número de los hombres distingui-
dos que de ellas salían, y donde desde los tiempos de Irnerío habían tomado
grande incremento los estudios de la jurisprudencia civil, estimulando al par
los de la canónica y los de la teología. — Tampoco faltarían á Francia hom-
bres respetables que enviar á nuestro suelo, después de haber tenido por
maestros en uno y otro decreto, en la dialéctica y en la teología á varones
tan señalados en aquellos tiempos como el Placentino, el Maestro de las Sen-
tencias (Pedro Lombardo), Leodulfo de ^'ovara y Bernardo de Pisa. En el
flujo y reflujo de las ideas y de los estudios no creemos indiferente el cono-
cer los nombres de los que les sirven de noble vehículo, cualquiera que sea
su verdadero mérito: por esta razón sentimos no poder consignar aquí los de
los sabios convocados por Alfonso VIII, bien que ninguna puede ser nuestra
culpa, cuando los callan nuestras crónicas y no los apuntan las historias de
sus respectivas naciones,
i Pulgar, en su Hist. sec. y ecles. de la ciudad de Palencia, no sólo prue-
ba con testimonios abundantes quí estudió el fundador de los predicadores
en la escuela catedral de Palencia, sino que comenzó allí su predicación, to-
davía en la juventud, aspirando al lauro del profesorado en la misma escue-
la, de donde salió para combatir los delirios de los albigenses (tomo II, li-
lífo II, cap. XI, pág. 208).
II.' PARTE, CAP. V. PRIM. MO¡N. ERUD. DE LA POES. VULG. 229
y los privilegios concedidos por la Santa Sede á los tan celebra-
dos de Paris, si bien no estaba destinada como ellos á larga y
floreciente vida *.
Á rivalizar con la de Falencia, y á eclipsarla del todo, andando
los tiempos, vino en breve la escuela clerical de Salamanca: cono-
cida desde el siglo XII por el crecido número de sus alumnos, lle-
gó á principios del XIII á despertar la atención de Alfonso IX de
León, quien ora respondiera al movimiento intelectual de su pue-
blo, ora atendiese sólo á seguir el loable egemplo de los castella-
nos, convirtióla en Estudio General, estableciendo nuevas cátedras
y dotándolas de amplios privilegios, en que al paso que se confir-
maban los ya concedidos por los antiguos fueros municipales, se
otorgaban á los escolares [escolanos] otras no menos peregrinas y
preciadas exenciones ^. La unión definitiva de las coronas de León
1 Cumple á nuestro intento observar que si bien tuvo la escuela palentina
algún contratiempo, después de su erección (Concil. de Valladolid, 1228,
can. III, § S) perseveraba por los años de 1243, en que el arzobispo don Ro-
drigo pareció acabar su historia: «Et licet (escribe) hoc fuit studium inter-
ruptum, tamen per Dei gratia adhuc durat)) (Lib. VII, cap. XXXIV). Veinte
años adelante, y en el segundo de su pontificado, la elevaba Urbano IV á
la misma categoría de la Universidad parisiense, declarando que no sólo Pa~
lencia, sino toda España, recibía de ella grandes beneficios: «Et quia per
hoc, non solum Pallenlia, sed tota Híspanla spiritualis el temporalis solebat
percipere commoditatis augmentum... tuis supplicationibus inclinati, et sin-
gulis doctoribus et scholaribus, quibus in eadem civitate, in quaqumque fa-
cúltate studere contigerit, quod lilis privilegiis, indulgentiis et inmunitatibus
gaudeant, quibus magistri et scholaslici gaudent Parisiis,... authoritate prae-
sentium indulgemus» (Pulgar, Hist. secul. y ecles de Patencia, tomo II, lib. II,
pág. 279). Se vé pues que toda la primera mitad del siglo XIII y algún
tiempo adelante produjeron los Esludios Generales creados por Alfonso VIII
el efecto, á que aspiraba tan ilustrado monarca.
2 Como advertimos ya en el capítulo XIV de la primera Parte, (pág. 237)
gozaban los escolares durante el siglo Xll, de ciertos privilegios, consigna-
dos en los fueros y cartas-pueblas, bien que de un modo indirecto. Los am-
pliados por Alfonso IX, y ratificados por San Fernando en orden á los escola-
res salmantinos, se encaminaban principalmente á eximirlos de los portazgos
y ampararlos contra toda injusticia y fuerza, mientras seguian los esludios.
Esta política protectora dio por de pronto excelentes resultados; mas con el
tiempo llegaron á ser gravosas á las demás clases las exenciones é inmuni-
dades do la estudiantina.
230 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
y Castilla en las sienes de Fernando 111, daba por último extraor-
dinario impulso á estos gimnasios de las letras, brotando al par
en otros punios de la monarqnia lan generosa semilla: y mientras
veia Yalladolid, ciudad predilecta de doña Berenguela, ensancha-
do el circulo de sus esludios clericales bajo los auspicios de esta
gran matrona, sometida ya á su esfuerzo gran parle del Andalu-
cía, derramaba Fernando sobre los salmantinos gracias y privile-
gios [1242,] que espléndidamente ratificados al mediar del siglo
por el ilustre monarca que lleva el título de Sabio, conquistaban
á esta escuela lugar señalado entre los tres primeros Estudios Ge-
nerales del Orbe '.
En esta forma se fecundaba en Castilla aquel ilustrado pensa-
i Asi aparees en tabula de Alejandro IV, expedida en Ñapóles á "29 de
abril de 1253, donde al mencionar las escuelas de París, Oxford y Bolonia,
se apellida á la de Salamanca, unum de quatuor Orbis generalibus studiis.
üon Alfonso la organizó y dotó sus catedráticos del siguiente modo: «De los
«maestros mando... que ay.i uno en Icys; et yo le dé quinientos moravedis
))de salario por anno, et que aya y un bachiller legista. Otrossy mando que
»aya otro maestro en decretos, et yo le dé trescientos moravedis cada anno.
«Otrossy he por bien que aya dos maestros en fysica, et yo les dé doscien-
Mtos moravedis cada anno. Otrossy mando que aya dos maestros de lógica
i>el yo que les dé doscientos moravedis cada anno. Otrossy he por bien que
))aya dos maestros en gramática, el yo que les dé doscientos moravedis
«cada anno. Otrossy mando que aya un estacionario, et yo que le dé cient
«moravedis cada anno et que aya los excmplares bien correttos. Otrossy
«mando que aya un maestro en órgano et yo que le dé 9inqüenta moravedis
«de cada anno». — Esta cédula fué expedida en 1234: á 9 de noviembre de 52
habia confirmado las anteriores de su padre y abuelo. Se ha dicho, y lo repi-
ten modernos historiadores que, al engrandecerse esta Universidad, desapare-
ció la escuela regia de Patencia, refundida por Fernando 111 en aquella: este
error queda desvanecido con sólo observar, como lo hacemos arriba, que
once años después de fallecer el Rey Santo, recibía el Estudio palentino la
aprobación pontificia. Las rentas adjudicadas áesta escuela pasaron en tiem-
pos posteriores á engrosar las de la Universidad de Yalladolid, lo cual ha da-
do también ocasión para suponer que á esta fué en efecto trasladada. El eru-
dito don Rafael Floranes, aunque sin apurar las causas de la decadencia de
los Esludios palentinos, ni fijar la época de su extinción, prueba que nada
hay de ciertu ni aun de fundado respecto de las pretendidas traslaciones {Ori-
gen de lOH eüuáios de Castilla, Culeccion de documentos inéditos para \d His-
toria de Entina, tomo XX, pág 33)
U. PARTE, CAP. V, PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 231
miento que abrigado al par en Aragón por el discreto don Jaime
el Conquistador, imprimia determinado sello á la escuela clerical
de Zaragoza, y daba nacimiento á los Estudios de Lérida y de la
rescatada Valencia ' . España entera, movida de un mismo impulso,
ufrecia pues en todas partes el mismo espectáculo; y saliendo
del estrecho recinto de los claustros monacales, donde si no ha-
bían permanecido estacionarias, no pudieron tampoco hacer las
ciencias y las letras largo camino, no solamente se mostraron lim-
pias de toda sospecha á los ojos de la indocta muchedumbre,
cobijadas á un tiempo bajo el manto de la Iglesia y de los reyes,
sino que traspasando los límites de las disciplinas liberales y de
las ciencias litúrgicas, se convirtieron igualmente á las esferas de
la verdadera teología y de la legislación civil y canónica, fructifi-
cando muy en breve la salutífera doctrina para admiración de
Europa y gloría de España, en el código inmortal de las Parti-
das ^. Dado estaba el primer paso de las ciencias y de las letras
en la carrera de su exclaustración é independencia, comenzando
á brillar en el siglo, donde habían de tener con el tiempo grandes
y tenaces contradicciones, insinuadas estas desde luego en la Or-
den de Predicadores, que nacida en medio de aquel movimiento de
la cultura y de los estudios, aspiró á heredar la antigua gloría de
los benedictinos, apoderándose de la enseñanza, y procurando en-
caminarla por determinado sendero^. Abiertos, sin embargo, nue-
1 La primera noticia que hallamos de las escuelas de Valencia, después
de la reconquista, se refiere al año 1240, en que el obispo Ferrar de San Mar-
tí, distribuyéndolas rentas asig'uadas por don Jaime á la Ig'lesia, señala al
preceptor doscientos besantes anuales, poniendo bajo su cuidado el aula de
la ciudad: «ítem, asignamus ei scholam civitatis» dice el obispo (Villanueva.
Viaje Literario, t. II, pág. 94). Esto prueba que el rey conquistador la habia
establecido antes de aquel año. Respecto délos Estudios de Zaragoza pueden
consultar los lectores la apreciable obra que con el título de La instrucción pú-
blica en España, publicó en l8o3, escritos ya estos capítulos, nuestro distin-
guido amigo don Antonio Gil de Zarate, cuya reciente pérdida lloran las le-
tras patrias (tomo II, Secc. IV, caps. II y III).
2 Véase el cap. XII del presente volumen.
3 La Orden de Predicadores activa, militante y armada siempre de la pa-
labra para discutir, no podia renunciar en modo alguno á la palabra que se
dirigía á la enseñanza; y dado por el fundador el cgemplo, aspiró á recabar
232 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
VOS veneros científicos en aquellas escuelas, base y fundamento de
nuestras Universidades literarias; refrescados los estudios grama-
ticales y dialécticos, y en una palabra, ampliados cuantos conoci-
mientos caian bajo la jurisdicción de las artes liberales (trivio y
quadrivio), recibió la civilización española desde los primeros dias
del siglo XIII extraordinario incremento, comparable sólo al rá-
pido progreso de las armas cristianas, y claro precursor de la
gloriosa Era que simboliza el nombre del Rey Sabio.
Que este doble n^vimienlo de las armas y de las ciencias hubo
de reQejarse con no escaso vigor en la literatura vulgar, y más
propiamente en la poesía, no hay para qué intentar demostrarlo,
cuando se advierte que. modificando en cierto modo las costum-
bres de una parte de la sociedad, y borrando en ella añejas preocu-
paciones, produce un cambio sustancial en la manera de considerar
las letras, antes desdeñadas, llamando por último á su cultivo á
los hombres de más elevada gerarquia. Pero el arte que recibe
inusitado impulso de aquellos memorables sucesos, si aparece con-
secuente con los elementos que contribuyen á darle nuevo des-
arrollo, no guarda la misma fidelidad á los que originaria é inte-
riormente le habian constituido. Cultivado en sus primeros dias
por los cantores meramente populares ; patrimonio , al fijarse por
medio de la escritura, de los semidoctos, que acariciaban las tra-
diciones de la muchedumbre, preparábase ahora á pasar al domi-
nio de los eruditos, quienes viendo con cierto desden cuanto
estaba al alcance de todos, y no tan doctos que pudieran emplear
con aplauso la lengua latina, ya en parte regenerada con los es-
tudios clásicos 1, descendían al cabo al terreno de la poesía
vulgar, para hablar la lengua de los joglares de boca.
para sí la misma gloria que ambicionaban las escuelas seculares, ya difun-
diendo por sí misma la doctrina en sus propios conventos, ya acudiendo a las
Universidades para disputar este lauro á los doctores y maestros que en ellas
se distinguían. El ascendiente que alcanza duranife los siglos XI II, XIV y XV,
aunque legítimo y debido principalmente á su ciencia y á sus virtudes, fué no
despreciable contrapeso de la estimación y fama de nuestras antiguas es-
cuelas.
1 Digno es de repararse: á medida que los buenos estudios se restablecen,
vá siendo menor el número de los cultivadores de la lengua latina, aumenta-
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 233
Pero digno es de ser contemplado maduramente el espectáculo
que ofrecen á los ojos de la filosofía y de la crítica : con el temor
de perder todo su prestigio y de confundirse entre los ignorantes;
con el deseo de dar testimonio de los conocimientos laboriosa-
mente adquiridos en las escuelas, pusieron igualmente en contri-
bución la moral y la teología , la historia sagrada y la profana,
recorriendo al par los tiempos antiguos y modernos; y como niños
que no hablan podido digerir la nueva doctrina, se desvanecían tal
vez en incoherentes sueños, perdiéndose ^ otras en extraviadas y
torcidas sendas. Afectando olvidarse de cuanto les rodeaba, bus-
caron los asuntos y los héroes de sus cantos ya eñ los libros sa-
grados y las leyendas eclesiásticas, ya en la historia del Asia y de
la Grecia, que adulteraban y corrompían fantásticas tradiciones y
groseros errores; é impotentes para discernirlos y para pintar con
verdadero colorido lo que no conocían prácticamente , dotaron á
la antigüedad de las costumbres de sus coetáneos, y atribuyeron
á sus personajes los sentimientos, las creencias y hasta las mis-
mas cualidades que brillaban en los vencedores de Muradal y ea
los debeladores de Córdoba y Sevilla, vistiéndolos y ataviándolos
con las mismas galas y preseas. No siéndoles dado en su inexpe-
riencia trasportarse á la sociedad y al tiempo á que se referían,
ni menos levantarse á las regiones del idealismo, y aquejados de
aquel afán que persigue á la juventud, impulsándola á hacer in-
das las dificultades de poseerla en el grado de perfección que los más doctos
demandaban. Esto dá naturalmente por resultado, que mientras es palpable el
prog-reso de la literatura latino-eclesiástica, próximo ya el momento de un Ro-
drigo Ximenez de Rada, un Lúeas de Tuy y tantos otros como en la primera
mitad del siglo XIII florecen, se vé la Iglesia obligada á reproducir sus anti-
guos decretos para estimular en la muchedumbre del clero el simple estudio de
la gramática. De otra manera seria imposible comprender el canon III del Con-
cilio de Valiadolid, celebrado en 1228, bajo la presidencia del Cardenal de
Santa Sabina: «Stablecemos (dice) que todos los beneficiados que non saben
))fablar latin, sacados los vicios, que sean constrennidos quel' aprendan, et que
))non les den los beneficios fasta que sepan' fablar latin» {Esp. Sagr., to-
mo XXXVíI, pág. 217). El número de los beneficiados que ignoraban la len-
gua latina debia ser muy crecido; y sin embargo los estudios latino-eclesiás-
ticos estaban recibiendo un verdadero impulso. La necesidad de emplearla
lengua patria, era por tanto de cada dia más apremiante para los semidoctos-
23 1 HISTOIUA CniTIf.A DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
oportuno alarde de sus no sazonadas nociones, tropezaron por
último, sin sospecharlo siquiera, en el escollo de la pedantería,
formando este precoz anhelo muy peregrino contraste con la lla-
neza y pueril trivialidad en que á nienuilo se extremaban.
Pero estas sensibles contradicciones, que trascienden también á
los cultivadores de la historia desde el momento en que emplean
deliberadamente la lengua castellana, si desnaturalizan á nuestros
ojos aquel arte que habia nacido espontáneamente en el seno de
la sociedad española, hacen patente su enérgica vitalidad, mos-
trando que eran inútiles todos los esfuerzos de los eruditos para
sofocarla *. Mientras, apartándose estos de las primitivas fuentes
i Llamamos en este punto muy formalmente la atención de los críticos
que aspiran á poner en cierta especie de tutela al ingenio español desde los
primeros instantes de su manifestación castellana. Sin la espontaneidad enér-
gica que hemos reconocido, al examinar los primeros monumentos escritos de
la poesía vulgar, espontaneidad que refleja aquel primer impulso del senti-
miento nacional que dá vida á los cantos populares de la reconquista, seria de
todo punto imposible que los poetas eruditos se mantuviesen fieles á los gran-
des intereses de la civilización española, careciendo además de toda represen-
tación é importancia en la historia de las letras patrias. Los primeros monu-
mentos escritos de la poesía vulgar, preludiando ya la trasformacion que ahora
estudiamos, ora bajo su aspecto raeramenle religioso, ora bajo sus varias re-
laciones de actividad, en orden á la vida intelectual y política, traían profun-
damente impreso el noble estigma de la nacionalidad, que nace al grito de
independencia en los valles asturianos. Confundirlos ciegamente con los poe-
mas propiamente eruditos, seria error tan vituperable como desconocer en estos
lo que se trasmite y propaga de aquellas primitivas fuentes de la poesía espa-
ñola. El impulso estaba dado: partiendo de la? fuerzas internas de la sociedad
fundada por los Pelayos y los Alfonsos, no podia fácilmente ser anulado por
extrañas influencias, aun dadas las causas legítimas que las alientan y deter-
minan. Así, fijados con la claridad posible los caracteres de unos y otros mo-
numentos [escritos y eruditos), no recelamos ya que puedan ser sometidos á
un mismo criterio respecto de su representación en la historia de nuestra cul-
tura, ni menos que reconocida en los segundos la influencia de extraños par-
nasos, se abrigue la ambiciosa y no justificada pretensión de hacer á los
primeros (principalmente los poemas del Cid) tributarios de otras literaturas *.
* Cuando trazaiiint eslos renglones, cülábainos lijos de suponer "luc U ciciic¡.i y lo eru-
dición de Mr. Djiuis-llitiurd se li.iLiidn de afanar en |icrsuadir lo contraria. Véjuse los cu|iilulos
(•rcwtdKOlCí.
II. PARTE, CAP. V. PRIM. MOIS. ERUD. DE LA POES. VULG. 235
de la poesía popular, se afanaban por conseguir que se prestara
dócil á celebrar extraños héroes y acontecimientos, el arte por ellos
mismos cultivado, ya sujeto por su erudito afán á nuevas leyes,
era espejo fiel del pueblo en que vivia, sobrenadando en medio de
todas las conquistas de los discretos los dos grandes principios
que constituían fundamentalmente su dogma político-religioso.
Instrumento que sólo podia producir cierta manera de sonidos,
simpático sólo á cierto orden de ideas y de sentimientos, en vano
hubiera aspirado á sustraerse al poderoso influjo de actualidad que
lo dominaba, sin renunciar á todas sus condiciones de existencia
y romper en un solo dia cuantos vínculos le ligaban con la España
del siglo XIII.
Así pues, lejos de abjurar ciegamente de su nacionalidad polí-
tico-religiosa, mereciendo título de apóstata ó tornadizo, el arte
erudito, aunque animado ya de pretensiones ajenas á todo arte
primitivo , aunque tocado de reprensible pedantería y en exceso
pagado de sus costosas adquisiciones, guardó con toda integridad
y pureza los tesoros del dogma, y tributó, como creyente, el cul-
to de su adoración, culto profundo y sublime , ante aquellos dos
principios , que alentaban y engrandecían sin cesar la obra de la
reconquista. Y no á otros títulos logra ser escuchado y entendido;
porque los pueblos que, como el español, fortifican y juzgan san-
tificar sus creencias en mitad de las batallas ; los pueblos que tie-
nen siempre delante un enemigo poderoso, amenazador y tenaz,
que lo es igualmente de su Dios y de su independencia, ni com-
prenden que haya más fé que la suya, ni conciben otra doctrina,
ni sospechan siquiera la existencia de otras más santas costum-
bres , rechazando vigorosamente cuanto no se halla conforme con
su vida real ó no presenta análogo colorido.
Hé aquí las fuentes naturales de las inconsecuencias , anacro-
nismos y errores, que tan desfavorable juicio han inspirado á la
mayor parte de los críticos, cuando han fijado la vista en los mo-
numentos que produce la poesía vulgar, operada ya la importante
trasformacion que vamos estudiando. Ganosos los eruditos de re-
vestir al arte de las nuevas galas laboriosamente adquiridas por
ellos en aquella remota edad, no consideraron que sobre expo-
nerse á que llegara un momento en que fueran reprobados sus
'23C HISTOniA CRITICA DK LA LITIÍKATUHA ESPAÑOLA.
esfuerzos por otros más eruditos, debilitaban ^'randemenle la fuerza
y vigor primitivos de la musa castellana, convirtiéndola á extra-
ñas reg-iones que desconocía , y divorciándola ilel todo de los po-
pulares. Pero este divorcio, notable sobremanera respecto de la
materia poética , no lo ora menos i-especto de las formas extorio-
res, en especial de la metrillcacion y de la rima. Yagas, indecisas,
sin norma al parecer ni ley segura, bien que devotas de sus oríge-
nes latinos, se habían mostrado hasta entonces una y otra en los
poemas castellanos, bien cantasen los misterios y piadosas tradi-
ciones de la religión, bien celebraran los héroes de la patria. Apro-
vechando ahora los visibles progresos de la poesía latino-ecle-
siástica, que habia ya perfeccionado en todas partes las rimas,
distribuyéndolas oportunamente en grupos de cuatro versos "^ ; y
cediendo á la inclinación que desde luego manifestaron los doctos
á los pentámetros, en lugar del asonanle y semi-monorimo de los
cantares del Cid , pusieron el consonante riguroso ( ley á que no
\ Para comprobación de este aserto, citaremos algunos pasajes de poesías
latinas anteriores ó contemporáneas al primer poeta castellano, que pareció
ordenar los pentámetros en grupos de cuatro versos con una misma rima. Pre-
ferimos el poner ejemplos de poetas extranjeros, para que se comprenda que
el indicado movimiento era general en los dominios de las letras latino-ecle-
siáslicas: recordaremos pues el poema titulado: Fons Philosophiae, debido a
Uodofredo de San Víctor y citado por Du Meril. Empieza de este modo:
Praesident his etiain qui hoc ineruWuut
Et qui siiigulariler grallain hauseruiit,
Cuius partes alus quoquc coutiilerunt;
Niliil eiiiin possident quud non acceperuiU. ■'
Sedent emiuentius ínter hos pinccruae
Veteres memoriac viri sempitcrnae,
Quibus niultitudines assideut niodernae
Haustu quoque gratiae saturi supcrnac.
O la sátira do Felipe Gualtcro de Chatillon, sobre el estado del mundo, dada
á luz asimismo por Du Meri!. En ella leemos:
Missus suui in \ineain circa Loram nonaiu;
.Suam quisque nitítur agere personain;'
Ergo quia cursitaiit omnes ad coronam
Seniper ego auditor tantum, nunquainne reponam.
Lo mismo nos advierten otras muchas composiciones de aquella edad, re-
cogidas por el indicado Du Mcril en sus Poesies populaires latines. Pueden
verse principalmente las págs, 153, Íli5, 103, etc.
IT. PARTE, CAP. V, PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 237
siempre fueron fleles), colocándolo en cuartetos de catorce sílabas,
con lo cual quedaron también divorciados los exámetros y pentá-
metros, por más que algunos poetas de este y del siguiente siglo
procurasen usarlos promiscuamente "•.
Modificación tan palpable en orden á las formas artísticas no
podia dejar de tener legítima correspondencia en las del lenguaje:
indiferente el clero al habla castellana, sólo empleada hasta en-
tonces en los cantos de la muchedumbre y escrita por los semi-
doctos, descendía en aquel momento al terreno antes vedado por
su propio orgullo, y se consagraba con desusado ardor á su cul-
tivo. Y si grande. era el camino que habia hecho desde que em-
pezó á ser hablada, á pesar de las contradicciones que dejamos
reconocidas ^, mayor fué el desarrollo que obtuvo, al consu-
marse aquella primera trasformacion del arte vulgar, acauda-
lada con los tesoros allegados por los latinistas y levantada ya
á la categoría de lengua literaria. Desde este punto á ser pro-
clamada oficialmente, cual digna depositaría de las leyes, de los
privilegios y de los fueros, sirviendo de único vínculo entre los
ciudadanos, faltaba sólo un paso; y no tardó en darlo, dentro del
mismo período en que se verifica el cambio que examinamos, un
rey tan celebrado por sus victorias como digno, por su ilustra-
ción, de eterna alabanza ^.
1 Justificaremos esta observación, al estudiar las obras del archipreste de
Hita y del gran Canciller de Castilla Pero López de Ayala.
2 Véanse los capítulos XIV y XV de la I.* Parte, y sobre todo las Ilus-
traciones.
3 Convenimos con el académico Lafuente en que Mariana, y después Mon-
déjar, Sarmiento y otros, se equivocaron, difiriendo esta novedad cancelarla
hasta el tiempo de don Alfonso el Sabio. Muchos son los documentos que así lo
acreditan, seg-un mostramos en \a Ilustración II del tomo II de nuestra I.^ Par-
te. Pero no podemos en modo alguno conceder que la lengua se fijara sólo
por medio de los instrumentos públicos, debiéndoles su principal incremento.
Cuando el habla castellana llega á ser declarada lengua oficial, es porque ha
tomado ya el valor y consideración de lengua literaria, como sucede también
con el lemosin ó catalán en el antiguo Principado (y no en Aragón, conforme
generalmente se supone). Escrita por los eruditos, leida por los cortesanos,
aplaudida por los reyes, generalizada en fin en las esferas superiores de la
sociedad, se vio naturalmente adoptada por la cancillería, que la hizo, sí no
238 HISTORIA CKlTICA HE LA LITERATUÍtA ESPAÍSOLA.
Abandonando pues sus antiguas inspiraciones populares, y obe-
deciendg la ley del progreso que impulsaba á la sociedad, babia la
poesía española trocado sus formas exteriores, ganando en perfec-
ción artística cuanto perdia en espontaneidad y fuerza, si bien
conservando siempre el sello de las creencias, de los sentimientos
y de las costumbres nacionales. Era ya erudita, y como tal iba á
contar entre sus cultivadores, si no los hombres de más ciencia,
al menos los que más afectos parecían á la lengua vulgar y á la
cultura que representaba. Al frente de estos se coloca general-
mente el nombre de un clérigo, nacido en Berceo al declinar ya
el siglo XII, educado desde la niñez en el monasterio de San Millan
de Suso ^, aplaudido en su tiempo como poeta religioso y celebrado
más general, más respetable al menos. A don Alfonso el Sabio cupo la glo-
ria de enriquecerla en la forma que muy en breve advertiremos, explanando
las observaciones que expusimos ya en la Ilustración citada.
1 Hablamos de Gonzalo de Berceo: el mismo dice en uno de sus poemas
[la Vida de San Millan, copla 489):
Gonzalo fué so nomne | qui fizo este tractado,
lili .S»ii Millan de .Suso | fue de niñez criado.
Natural de Berceo, | ond San Millan fué nndo.
De aquí han sacado algunos escritores, y entre ellos Sismondi y Duquesnel,
que fué monje y después clérigo, perdiendo de vista lo que significaba la pala-
bra criado, é ignorando tal vez la organización especial de los monasterios y
desús escuelas en aquella época. Criado vale tanto como discípulo: aüemandó
al maestro licencia el criado» dice Berceo en este sentido (San Millan, copla 24);
y así lo notó ya don Tomás Antonio Sánchez en el Glosario que puso á las
mismas poesías. De donde se deduce que Berceo fué enseñado, adoctrinado
desde la niñez en San Millan de Suso, como se testifica en el Loor del mismo
Berceo, escrito cuando más tarde a fines del mismo siglo XIII:
4 De que fu peonciello al cniívieuto fo aducho
Üaqueltos clautterus que li dieron conducho,
£t li amaestniron bien tanto como mucho,
Semnaroa bona tierra, ovieron largo Trucho,
(i Koronli amaestrando en la lengua latina,
Que á poco de niigero li Toé paladina;
biérunli de.sende mucho buena doctrina.
Mucho m/is provechosa que caldo de gallina.
8 Ue«pue» do latinado, la sancta leulugia
Apriso niuch afirmes dentro de la uioi.gia.
Manifiesta asimismo que abrazó la clerisia con loda femencia (copla 10); y
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 239
por la posteridad, como cantor de la devoción y de la virtud '. Mas
dado el movimiento general que desde mediados de la expresada
centuria se insinúa, y tenidas en cuenta la extensión é importan-
cia de los poemas debidos á Gonzalo de Berceo, racional parece
que si el afortunado cantor de los Santos logró llamar con sus
producciones la atención de sus coetáneos y conquistar el aprecio
de las edades futuras, presentando ya realizada en sus mismas
obras la trasformacion artística que ahora examinamos, no fuera
solo en una empresa, cuya realización solicitaban juntos tantos
intereses, ni el primero á iniciarla, señalada la única senda que
podia conducir al término apetecido.
Anterior á Gonzalo de Berceo se maestra en efecto otro poeta
hasta ahora de todo punto desconocido, bien que citado en anti-
quísimas escrituras con el título de trovador, que usado por ex-
celencia, indicaba ya claramente la inclinación, que siguiendo el
movimiento de los estudios, hablan tpmado los joglares de peñóla
en el suelo de Castilla. Apellidábase este trovador con el patroní-
mico de Gómez, y era ya designado como tal en H97, época en
que Berceo debia hallarse todavía muy en la infancia ^. No logra-
conio, según declara Yepes diferentes veces en su Chrónica de San Benito, mo-
raban unidos los clérig-os con los monjes de esta Congregación en una misma
casa, nada tiene de extraño ni peregrino que, siendo ya Gonzalo clérigo, per-
maneciera en el monasterio de San ¡Millan sin necesidad de vestir la cogulla.
Lo notable de todo es que se insista todavía en esta opinión, cuando Sánchez
puso fuera de toda duda el simple clericato de Berceo, no sólo con la publica-
ción de su Loor, casi coetáneo, sino con los preliminares del tomo III de su
Colección, probando con testimonios del mismo archivo de Suso, que en <220,
21 y 22, se contaba entre los diáconos seculares, y que en 1237 y 40 firmaba
entre los clérigos adscriptos al mismo monasterio. La insistencia en el error
nos ha obligado á combatirlo.
\ Moratin, Orígenes del Teatro español, nota 3.
2 El nombre de este poeta ap,'irece entre los testigos de una escritura de
Aguilarde Carapóo (H97), alegada por el P. Sota en su Crónica de los princi-
pes de Asturias y Cantabria , T^ig . 447, col. 1.^ — Usando ya, al poner su firma,
el título de trovador, es probable que estuviese entrado en edad viril, mientras
Berceo, que obtenía el diaconato en 1220, en que contaba de veintitrés á vein-
ticinco años, sólo podia tener muy corta edad en 1197. Que Berceo era
240 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
raos en verdad obra fehaciente de su mano ; y aunque pudiera con
algún fundamento atribuírsele una larga composición poética, es-
crita sobre ciertas palabras que dix Salomón respecto de las va-
nidades del mundo, composición donde resaltan todos los caracteres
de la poesía erudita , tales como quedan ya reconocidos, una ob-
servación de importancia en este género de investigaciones nos
mueve ^ suspender nuestro juicio. En efecto, mientras las formas
artísticas, esto es, el metro y la rima, ofrecen en la obra de Gó-
mez mayor vaguedad, indecisión y rudeza que en las de Berceo,
mezclándose todavia con algún desconcierto los exámetros y pen-
támetros, como en los cantares del Cid, y confundiéndose al propio
tiempo asonancias y consonancias; mientras aparecen los mal me-
didos versos en grupos de dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis,
manifestando que no estaban aun sujetos ú leyes fijas y determi-
nadas, si bien propendían visiblemente á regularizarse en este
sentido, parece presentar el lenguaje mayor desarrollo, así en la
dicción como en la frase , pudiendo con razón decirse que si per-
tenece esta obra por sus formas artísticas á los últimos años del
siglo XII, corresponde por su extruclura léxica tal vez á mediados
ó fines del XIII.
No olvidamos que estas adulteraciones del lenguaje, ya debidas
al espíritu de la novedad, ya á la ignorancia de los trasladadores,
fueron harto frecuentes en toda la edad media ; y considerando
que la producción de que tratamos , fué recogida en el códice
donde existe, á principios del siglo XIY, no se nos oculta que pudo
adulterarse más de una vez, hasta perder el primitivo sello de la
lengua que habia servido de intérprete á los pensamientos del
poeta, como sucede en los cantares del Cid, ya examinados. La
idea que preside y domina en toda la composición, nos inclina, sin
embargo, á creer que no puede sin riesgo concedérsele la anti-
güedad indicada: inspirándose en el libro de la Sabiduría, con-
todavia diácono en el precitado año, sobre los documentos citados arriba , lo
prueba la siguiente copla de su Loor:
1 1 Mili ce ct veinte corrie estonce la Era
Ocl Fijo de la Virgo, esto es cosa vero,
Qaaailo el buen don Gonzalo de diaconia era;
De send ritosc preilc, cerceno la mollera.
ÍI.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 241
templa el autor como cosas pasajeras y deleznables las grandezas
y pompas de la tierra , acusando el orgullo y crueldad de los
poderosos, y condenando la soltura y protervia de las costumbres
en clero y pueblo. No diremos que esto no pudo hacerse á fines
del siglo XII, por falta de modelos, atendido el estado de las co-
sas y comprendido el espíritu anárquico de aquellos tiempos;
pero ni la musa vulgar castellana alcanzaba entonces autoridad
bastante para ejercer tan noble censura de un modo directo, ni el
arte se habia tampoco revestido de la forma severamente didáctica
que esta producción presenta; razones en nuestro sentir muy aten-
dibles para abstenernos de atribuir al Gómez, trovador de 1197,
el poema indicado, que bajo el nombre áQPero Gómez ha llegado
á nuestros dias *.
Mas si la prudente reserva con que es necesario proceder al fi-
jar la cronología literaria en aquellos lejanos siglos, nos mueve á
dudar en tal forma, no es lícito abrigar la misma indecisión res-
pecto de otros poemas que pertenecen visiblemente á la edad in-
termedia ya insinuada, si no es que pueden competir en antigüedad
con los monumentos más populares arriba examinados. Hablamos
en especial de un notable fragmento poético, sacado á luz en junio
de 1856, largo tiempo después de terminados los presentes estu-
dios ^. Este singular documento literario llama en efecto la aten-
1 La circunstancia de constar en este poema que el Gómez trovador tenia
el nombre de Pero, cuando en la escritura que trae el P. Sota sólo se inscribe
con el apellido, nos ha suscitado también no despreciables dudas. El códice
que contiene la poesía indicada, de que insertó Sánchez la copla XXXV, aun-
que sin expresarlo ni determinar la época del autor (tomo I, pág. 114), se
guarda en la Biblioteca Toletana, caj. 17, núm. 6: tiene por título Vocabulario
antiguo, y al folio 25 la obra de Pero Gómez, que daremos á conocer por com-
pleto más adelante. El papel, la letra y demás caracteres del MS. son del
siglo XIV.
2 Dio á luz este fragmento, ilustrado con algunas observaciones críticas,
el entendido marqués de Pidal en el núm. 1239 de El Diario Español: hallólo
entre los pergaminos recogidos y custodiados por la Real Academia de la His-
toria el erudito don Tomás Muñoz y Romero , en el reverso de una donación
hecha por el abad de Oña á Miguel Domínguez (Dominici), Era 1239, año
de 1201. Aunque escrito como prosa, suerte que ha cabido á muchos de
nuestros monumentos poéticos, bien pronto notó la perspicuidad de aquel en-
TOMO III. 16
212 HISTORIA CRÍTICA ÜE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
cion de la critica, tanto raspéelo de la idea (jue le anima, como de
las formas que reviste, cumpliéndose en él, bajo uno y otro con-
cepto, cuanto en orden al desenvolvimiento y trasformacion de la
poesía vulgar castellana, aun sin conocerle, teníamos observado.
Aspirando á. elevarse íi las regiones de la erudición, y careciendo
todavía de aquel discernimiento y fino tacto que caracteriza á los
poetas doctos, cuando buscan estos pensamientos ó asuntos fuera
de su propia nacionalidad, apoderábase el autor del poema, á que
el referido fragmento pertenece, de un asunto, nacido acaso en las
esferas populares (tras el terror derramado entre los pueblos de
Occidente por la espantable creencia de que iba á perecer el
mundo, al consumarse el año 1000 de la Era cristiana), y acari-
ciado después por los cultivadores de la literatura latino-eclesiás-
tica, que lo difunden entre sus admiradores y adeptos. Era el
indicado asunto la famosa Disputación entre el Cuerpo y el Alma,
que debia reproducirse una y otra vez en las literaturas meridio-
nales ', y que lograba sin duda, al componerse el poema de que
tendido académico que era dicho frag-menlo parte de un poema, copiado por
persona imperita, que no tenia empeño en guardar la debida fidelidad al ori-
ginal, y que lo trascribía sin duda de memoria, no completando ni aun lo
que podía contener el pergamino. La copia, si bien se hizo después de 1201,
en que se otorga la referida escritura, pertenece á la primera mitad del mismo
siglo XIII (Véase el facsímile). El distinguido Wolf lo incluyó en sus ya cita-
dos Estudios sobre la liíeratura espaTiola y porlmji/esa (púgs. 53 y 56), siendo
mencionado después por el diligente Puymaigre (Les vieiix auteurs castillans,
cap. V del tomo I); pero considerándolo cual fruto del siglo Xllí y como una
prueba más de la influencia de los troveras. Sigam.os el comenzado estudio.
1 Los doctos marqués de Pidal y don Fernando Josef de Wolf han citado
ya los poemas latinos, y principalmente el Dialogas inter corpas etanimam, ó
Rixa aniíni et corporis, recogido por Wright y Dumeril {Latin Poems commonly
attribiUed lo Waller Mapes, Londres, 1841; — Poesics populaires latines anté-
rieures au douziéme siécle, Paris, 1843); también han tenido presente uno y
otro, y reproducido el segundo parte de un poema francés, que se reputa
anterior ó coetáneo del castellano, mencionando el erudito marqués hasta seis
versiones del mismo asunto en la nación vecina. A estas noticias, demás de
las reproducciones latinas que se derivan á la literatura italiana, podemos
añadir la del poema, escrito en esta lengua por Fra lacopone da Todi, en la
segunda mitad del siglo Xllí, publicado con sus poesías en 1490 (Floren-
cia, 4.°), y reproducido en 1558 (Koma)y 1C17 (Vcnccia). El pensamiento de
II. PARTE, CAP. V. PIUM. MON. EIIUD. DE LA POES. VULG. 243
tratamos, ser ya interpretada por la musa vulgar de otros pueblos
neo-latinos. Respetando la tradición literaria, ya proviniese direc-
tamente de la gente de derezt'a, ya se derivara de los juglares de
;;^/ío/a, acomodábase pues el poeta español al argumento, de todos
recibido con aplauso, limitándose en consecuencia á la posesión
de aquella singular joya poética, y reputando legítima su con-
quista *.
Pero al tenerla por de buena ley, revelando asi la invencible
inclinación de los cantores vulgares á salir de la órbita en que
antes giraban, no renunciaba, ó mejor diciendo, no podia hurtarse
lacopone es el mismo generalizado en toda Europa: su poema empieza:
Sozo, inalvascio corpo,
Luxorioso, engordo, etc.
En él sin embargo triunfa el Alma del Cuerpo, flagelándolo crudamente, lo
cual revela en cierto modo la vida de lacopone, dando alguna originalidad á
sus versos. Dante no olvidó sin duda esta leyenda, al pintar en el canto V del
Purgatorio la lucha del Ángel y de Luzbel sobre el alma de Buonconte de Mon-
tefeltro. De las reproducciones españolas trataremos con la oportunidad que
pide la exposición histórica.
i El diligente marqués de Pidal, comparando este fragmento con los
primeros versos de la versión francesa que se juzga más antigua, observa:
«Es indudable que una de las dos composiciones se tuvo presente, al escribir la
Motra. Cuál imitó á cuál es difícil decidirlo, pues si por un lado el itinerario, si
Mpuedo expresarme así, de la leyenda que parece venir del Norte, aboga por
))la prioridad de la composición francesa, hay en ella un cierto sabor español
))quc casi nos induce á sospechar lo contrario. La falta de los pronombres
«personales, tan contraria á la índole de la lengua francesa, como propia de la
wcastellana (v. g.: Que soleies numbrer; une ne fis rien, etc.) ; el empleo de
«algunas voces y frases (como ou siitit ore U diner; te soleien doner, les copes
y)de argent, etc.) que tienen cierto aire castellano más que francés, y algunas
Motras circunstancias por el mismo estilo, pueden inclinarnos á dar nuestro
»voto al juglar español». Las observaciones del Sr. Pidal son dignas de res-
peto: sin embargo, no deduciremos de ellas la prioridad de la versión espa-
ñola, teniendo en cuenta cuanto dejamos observado respecto del movimiento
erudito de los estudios: en esta edad de las letras se aspira sólo á enriquecerse,
sin repararen los medios, y á esta ley, que se cumple igualmente enlodas las
literaturas, cada cual en su dia, no podia sustraerse la española. La dificultad
de la crítica está en no confundir ni equivocar el momento, punto principa-
lísimo á que hemos consagrado toda atención y cuidado.
iw msToniA CRITICA nE la literatura española.
á la necesidad de emplear las formas artísticas tales como á la
sazón existían, ni menos le era dado olvidar que liabia menester
de las formas expositivas adoptadas por los populares, para des-
jiertar la atención de la muchedumbre. Llevado de ambas necesi-
dades, mientras manifestándose por extremo devoto de la metri-
ficación latino-eclesiástica, adoptaba los versos leoninos, rimados
en ambos hemistiquios de la misma suerte que en los poemas de
Madona Marín Egipciaqua y los Reys d' On'ent, se dirigía, al
comenzar su obra, al auditorio, expresándose de esto modo:
Se querelles o//r | lo que vos quiero de;/r,
Dizré uos lo que vi, \ nul' uos i puedo fa//ir, etc.
Pero digno es de repararse, porque algo significa en la historia
de las formas artísticas de la poesía española, y contribuye á con-
firmar la observación antes de ahora expuesta, respecto del camino
que llevan aquellas hasta llegar á la época de Berceo ': si el poeta
acepta y sigue en orden á las rimas el sistema de la metrificación
latino-eclesiástica, que habia sido y era todavía imitada, así en la
Península Ibérica como en las demás naciones meridionales, incli-
nase más que los autores de los poemas hasta aquí examinados,
al uso de los versos pentámetros, si bien admite alguna vez los
octonarios, y con más frecuencia los exámetros de quince sílabas.
Manifestaba esta inclinación un progreso real respecto de las
formas; y por más que el lenguaje de este singular fragmento
parezca mostrar mayor rudeza que los cantares del Cid, persuáde-
nos esta circunstancia, unida á las indicaciones arriba hechas
tocante al asunto del poema á que pertenece, de que no puede
este sacarse de la segunda mitad ya declinante del siglo XII, in-
duciéndonos al par á suponerlo escrito fuera de Castilla -.
1 Tomo 11, Ilustración HI.'"', púg. 437.
2 El citado señor marqués de Pidal observa, al indicar con excelente
acuerdo, la antigüedad posible de este documento poético, que «se usan en él
))los participios activos exient, amanescient , dormient, etc., al uso latino , en
))vez de los gerundios castellanos en do, exiendo, amaiiesciendo, dormiendo,
))que desde muy temprano y casi generalmente los sustituyeron. Esto (añade)
»lo vemos en el Poema del Cid, donde desde los primeros versos lial laníos usa-
»dos aquellos gerundios, v. g.: De los sos oios tan fuertemientre ¡orando— \.or-
Il/ PARTE, CAP. V. PRIM, MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 245
Como quiera, aspirando el poeta á lomar plaza de erudito, no
deja dudar del intento que le animaba , ni carece de cierto mérito
al traer al romance de los vulgares aquella leyenda tan aplaudida
de los doctos. Así comienza por ejemplo el diálogo entre el Alma
y el Cuerpo ,\\QQhd. la exposición del asunto, por medio de un sueño:
De ti lieuo mala fama:
Tot siemprel' maldizré, | ca por ti penaré:
Que nunca facist cosa | que semeiás fermosa,
15 Nm de nog nin de dia j de lo que yo quería:
Nunca fust á altar | por y buena oferda dar,
«naba la cabeza é estáualos catando. Esta circunstancia siempre denota mucha
Mantig^üedad en el escrito». Sig'uiendo el raciocinio del Sr. Pidal, fundado en
buena ley de crítica, no seria despropositada la consecuencia de hacer por lo
menos coetáneo áeXPoema de Mió Cid el fragmento que analizamos. Mas repa-
rando primero en que no es sola Castilla la región ibérica, donde se habla el
romance que recibe con el tiempo título de lengua española, y reconociendo
después los caracteres especiales, que ofrece en el suelo de Aragón y Navarra ,
donde, según hemos notado anteriormente, se descubren ciertos cambiantes y
matices característicos que debían trascender á las obras literarias (tomo lí,
pág. 594), parécenos bien advertir que, en nuestro concepto, el poema á que
el fragmento de que tratamos pertenece, pudo ser y fué sin duda compuesto
en uno de aquellos antiguos reinos. Ni deja de contribuir á este juicio el que
teniendo cierta popularidad entre los semidoctos en la comarca que lleva el
título de Encartaciones, por serlo en realidad de las tres monarquías, fuese
escrito en un documento civil, sin pretensión alguna literaria, manifestando
que pudo venir de los países inmediatos, con los cuales era frecuentísimo todo
género de comercio. Tienen estas indicaciones natural fundamento en las ob-
servaciones apuntadas por el mismo Sr. Pidal en orden á participios activos y
gerundios: más amplio y llano, más inclinado desde luego á las terminaciones
graves y sonoras, el romance de la España Central que el hablado en las
extremidades, prefiere desde luego el uso de los gerundios en ando y endo al
de los participios en ant y ent, si bien no deja de emplearlos (completando la
terminación ante y ente) en el trascurso de la edad media. Así, atendiendo las
razones una y otra vez alegadas por nosotros, al señalar las diferencias que
separan el romance de Castilla del de Aragón y Navarra, y no olvidadas las
circunstancias especiales del fragmento que estudiamos, no tenemos por des-
acertado el apuntar que pudo este poema ser escrito fuera de Castilla , incli-
nándonos á dar la preferencia á Aragón, por reflejarse en su lenguaje cierto
sabor catalán, no ajeno de los mismos documentos diplomáticos de más anti-
giiedad formulados en romance, y conforme con las continuas y domésticas
relaciones de ambas comarcas.
2 ir. HISTORIA CHtnCA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
Nin diezmo nin primidd | nin buena penitencia,
Nin fecist oración | nunca de corazón:
Cuando iuas all egreia ( asenláuaste á conseia
20 E fazies tus conseios | en todos todos trabeios;
Apóstol, nen inartyr | nunca qucsist servir,
Juraut por la tu tiesta | que non curaries fiesta,
2o Mesquina [mal fadada] | en mal ora fuest' nada, etc.
La poesía vulgar, obedeciendo las leyes generales de la civiliza-
ción, y acomodándose á las particulares de la cultura española, so
preparaba á una trasformacion erudita que alcanzara igualmente
al fondo y á los medios artísticos, de que el arte popular, ya escrito,
se habia hasta entonces valido. Que existe un desarrollo interme-
dio, el cual llena el notable vacio que advertimos entre los poemas
del Cid y las obras de Berceo, no hay para ponerlo en duda,
cuando demás de persuadirlo la razón natural , nos es ya dado
alegar testimonios que, como el fragmento de la Disputación entre
el Alma y el Cuerpo, así parecen demostrarlo.
Gonzalo de Berceo, que florece en la primera mitad del si-
glo XIII *, continúa no obstante siendo el primer vate castellanoe
cuyas obras explican satisfactoriamente este cambio trascendental,
consumado en la esfera del arte. Nueve son las principales que
poseemos debidas á su pluma, las cuales forman naturalmente dos
diferentes grupos: la Vida de Santo Domingo de Silos, la de San
i Don fray Prudencio de Sandoval en sus Fundaciones (Monast. de San Mi-
Uan, ful. 57), y don ¡Nicolás Antonio, que nioslró no conocer las obras de Berceo,
equivocando las citas que do ellas pone {Bibl. Yet., tomo II, lib. YII, cap. I),
y el padre fray Ambrosio Gómez en su Moysen II, Vida de Santo Domingo de
Silos, le hacen coetáneo de don Alfonso YI de Castilla y aun del mismo Santo
Domingo. Este error, que rechazó Sarmiento en sus Mems. (nums. 573 y sigs.),
y después Sánchez en el prólogo de las obras de Berceo, se desvanecerla ple-
namente por los documentos citados arriba, si la crítica no fuera siilicienlc i'i
fijar la época en que el cantor de los Santos escribe. Demás de las escrituras
mencionadas, dio en 1782 noticia fray Plácido Romero, archivero de San Mi-
Uan de la Cogulla, de existir otras en que consta que Gonzalo vivia en 1242 y
40, siendo probable que pasase de esta vida en 1202 ó C3, pues que en me-
moria de 1204 se hace mención de ól por referencia y como si ya no existiera
iColecc. de poes. cast., pról. del tomo III). Una de las escrituras citadas por
fray Plácido, existo ahora en el Archivo de la Real Academia de la Historia.
11.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 247
Millnnde la Cogulla, el 31 ar tirio de San Lorenzo, los Milagros
de Nuestra Señora y la Vida de Santa Oria constituyen el pri-
mero, cuyo principal fundamento es la historia: el Sacrificio de la
Misa, los Loores de Nuestra Señora , los Signos del Juicio y el
Duelo de la Y ir gen determinan el segundo, cuya base es la tradi-
ción piadosa ya escrita y aun la misma liturgia. Á estas composi-
ciones, en cuyo estudio entramos ajenos de toda preocupación, se
añaden los tres himnos al Salvador y á su Madre, en los cuales no
se mostró el clérigo de Berceo menos devoto de la literatura latino-
eclesiástica, si bien al escribir todas sus obras en el idioma del vul-
go, era hasta cierto punto inconsecuente con las tradiciones de su
ciasen Para disculparse de esta falta, tiene la ingenuidad de con-
fesar en el primero de los citados poemas que no era tan letrado
que pudiese emplear la lengua de los doctos :
2 Quiero fer una prosa | en romaz paladino,
En qual suele el pueblo | fablar á su vecino;
Ca non so tan letrado | por fer otro latino.
Y sin embargo , apelando á las mismas tradiciones clericales que
en parte quebranta, dá á sus poesías el nombre ÓlQ prosas (título
con que la Iglesia designaba y designa aun cierto linaje de salmo-
dias, que exornan los oficios divinos), denotando así el verdadero
origen erudito de sus obras -.
\ A excepción de los Himnos se citan todas estas producciones en el Loor
de Berceo, ya mencionado. Con el erudito Sánchez creemos que, lejos de ha-
ber repugnancia en atribuírselos, son muy propios de su musa religiosa, é
idénticos á los demás poemas en estilo y lenguaje.
2 No solamente empleó Berceo repetidas veces la palabra prosa para de-
notar la índole de sus poemas. En el Loor del mismo se lee:
1 Quiero fer una prosa \ que noble gesta encierra
n' un trovador famado | de Rioia la tierra.
Y después, habiendo ya hablado de sus obras:
30 Pora fer sues prosas \ non clamó las deidades,
Caeino la geut pagana | con las sas vanidades, etc.
Un siglo más tarde escribía Pero López de Ayala en su Rimado del Palacio:
S20 Pues otra sQionQia \ ninguna non cabe
248 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No partían ya estas directamente de la vida real del pueblo es-
pañol, ni se encomendaban por medio del canto a la memoria y
estimación de la muchedumbre: escritas para los discretos, no
sólo reconoeian por fuente las historias latinas de otros siglos, sino
que mostraban en el poeta extremado respeto á esas mismas nar-
raciones, teniendo por reprensible osadia y aun pecado mortal, el
modificarlas sustancialmente, añadirlas ó adulterarlas, ó poner en
duda la veracidad de sus relatos ^ . Así , mientras en los primeros
En la mi cabera, | compongo mi ü^rujiu.
Loando á aquella | que es pura llave
De el parayso | et flores ct rosas,
Y otro adelante, pintando Juan del Enzina en su Triunfo de Amor la morada
de Venus, dccia:
Tañiaii los tañedores
Mili instrumentos diversos,
E rantauan los cantores
Con mili cónsonos dulzores
Muy dulQes prosas y versos.
[Canc. de Juan del Enzina, ed. de Zaragoza, fól. 5i).
Ahora bien, ¿que era lo que se entendía en toda la edad media por prosa?
Esta voz, que tiene aplicación en todas las poesías meridionales, y que en
todas señala el mismo origen latino, designaba en general toda composición
narrativa, y á veces hasta los poemas heroicos. Así por ejemplo vemos decir
al Dante en el Cant. XXVI del Purgatorio, tratando de Arnaldo Daniel, á quien
declara el primero de los trovadores provcnzales:
Versi d' amore c prose di romanzi
Soverchió tutti; e lascia dir gli sciocbi.
Che quel di Lemosi credon che avanri.
Cuando Berceo emplea esta palabra, refiriéndose inmediatamente al arte
que imitaba, aludía pues al carácter narrativo y aun heroico que intentaba
dar á sus poemas, que eran en verdad prosas de noble gesta, valiéndonos de la
expresión del anónimo que escribió su elogio.
\ En la copla 751 de la Vida de Santo Domingo leemos, al narrar uno de
los milagros, en que dá aquel libertad á un su devoto, sacándole de la cárcel:
De qaal guisa salii'i | de(ir non lo sabría,
Ca falleció el libro | en que lo aprendía:
Perdióse un quaderno, ) mas non por culpo mia;
Escrivir n ventara | serie grand folia.
En efecto, Berceo pone luego fin al poema, dejando por romanzar ó poetizar
^ste milagro, que es el XXVI del libro II de la vida latina deGrimaldo, y con
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. EKUD. DE LA POES. VULG. 249
monumentos escritos de la poesía castellana se usa con frecuencia
la voz cantar, dándose á conocer con ella su propia índole y natu-
raleza, emplea ya Berceo las de dictado, ystoria y liJfro para fijar
el carácter de sus producciones, cuidando de advertir á cada paso
que cuenta, dice ó refiere, para ser leido, si bien á semejanza de
los cantores del vulgo, toma alguna vez el título de yoglar con que
aquellos se distinguían, y supone dirigirse á los oyentes para captar
su atención y benevolencia ' . No puede por tanto ser más clara la
él los restantes de dicho libro hasta el número de LX, y todos los cuarenta y
ocho del III. — En la copla 203 de la Yida de Santa Oria, escribía:
Qai esto dubdare ] que nos versificamos.
Que non es esta cosa | tal como nos contaraos.
Pecará duramiente | en Dios que adoramos;
Ca nosquanto decimos | escripto lo fallamos.
\ La importancia de estas observaciones exige claros comprobantes ; y
aunque no es posible traer aquí todos los que las obras de Berceo nos ofrecen,
citaremos algunos. En la copla 5.* de la Yida de Santo Domingo, dice:
Sennor Sancto Domingo, Jizh la escriptura.
Natural fué de Ctmnas, etc.
En la 73 hallamos, confirmando lo dicho en la nota anterior:
Dizlo ¡a escriptura, \ ca yo non lo sabria,
Quando non lo leyese, \ decir non lo querría;
Ca afirmarla dubda | grand pcccado avria.
En la 123:
Tovo el priorado, | dizlo el cartelario,
Como pastor derecho, 1 non como mercenario.
En la 239 dice que entre las gracias que Dios concedió á Santo Domingo
se contaba la de
Oyr tales promesas, ] quales vos he leídas.
En la 533, con que acaba el libro II:
El segundo librieUo \ avernos acabado:
Queremos empezar | otro á nuestro grado.
Que sean tres los libros; \ et uno el dictado,
Y en la siguiente:
Como son tres personas, 1 et ana diuinidat.
Que sean tres los libros, \ una certenidat.
En la 537, ponderando el número de los enfermos sanados por el santo:
Non podriemos los menos [ nos meter en dicladiK
2-;0 mSTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
modilicaciou de los medios expositivos del arte , manifestando el
diferonle origen de sus creaciones, no menos <iue el distinto objeto,
á cuyo logro se encaminaban: la musa popular de Castilla, que
aun escritos ya sus cantos , liabia dirigido su acento d grandes y
pequeños, á doctos é ignorantes, se veía de nuevo forzada á asen-
tar su imperio en las plazas públicas y los mercados, sin otra
inspiración que el recuerdo de los héroes acariciados por ella
desde la cuna, ó las proezas diariamente llevadas á feliz término
por los guerreros do la patria : la musa de licrcco , aparentando
En la 581:
De otra paralitica | uos queremos contar.
Ea la C09 añade:
Caeció y un ciego, ) de qual parte que vino
Non departe la villa | luui bien el pergamino ,
Ca era mala letra, \ en cerrado latino;
Entender non lo pudi | por sennor San Martino.
El pueblo á que alude aquí Berceo era, sin embarg-o, Aikozar (aikozarcnsi
castro, dice Griraaldo). En la copla 644 leemos:
Un precioso mirado j vos queremos </<■«>, etc.
En la 701 , señalando la distancia que le separaba de los yoglares de boca,
e.\clama:
£1 escripia lo cuenta, | non ioglar nin cedrcro.
La \ida de San Millan nos presenta iguales datos: la I.* copla está eoncc-
bida en estos términos:
Qiii la vida quisiere | de San Millan salier,
Et de la stx /storia | bien certano ster.
Meta mientes en esto | que yo quiero leer.
Y en la siguiente prosigue:
En cabo quando fuere | lejjo el dictado, etc.
;.\. qué hacinar más pruebas?... Vean nuestros lectores en la Vida de San
Millan las coplas 108, 100, 321, 362, 468, 482, 488 y 489; en el Sacrificio de
la Misa y los Signos del Juicio las primeras; en los Milagros, la 49, 75, 625, etc. ;
en la Pasión de San Lorenzo\:\ 2; y en la Yida de Santa O/va la 2, 7, 10, 25, etc.;
con lo cual adquirirán entera convicción del cambio, introducido por Borceo
en los medios expositivos del arle.
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 251
tener en poco á estos mismos héroes y empresas, y desdeñando
realmente el aplauso de la muchedumbre , busca sólo la aproba-
ción de los claustros y acaso la de los estudios generales, confe-
sando á menudo la importancia de las ciencias nuevamente apor-
tadas á estos focos de cultura *.
Mas es lo notable, que así como Berceo (siguiendo la ley antes
indicada respecto de los caracteres generales de la poesía en esta
primera trasformacion) no puede en modo alguno sacudir el yugo
de las costumbres y de las creencias populares, que le exaltan y
fortifican, así tampoco le es dado levantarse de un vuelo á las re-
giones desconocidas adonde se dirige , cuando aceptado ya el
idioma vulgar para sus obras , se vé obligado á tomar del mismo
vulgo las formas del lenguaje, cuya rudeza contrastaba grande-
mente con el intento que guiaba su pluma. Poníale esta necesidad
en situación contradictoria, haciéndole iluctuar entre los dos prin-
cipios que daban vida al arte erudito , é inclinándole alternativa-
mente á uno y otro, al paso que le llevaba á ser pueril y trivial en
los pensamientos, bajo alguna vez y grosero en las imágenes,
humilde y descuidado en la dicción ^ , infundíale cierta afectación
1 Una de las ciencias que más incremento recibieron en los estudios ge-
nerales, fué sin duda la jurisprudencia, que tanto vuelo habia tomado en Ita-
lia: Berceo para encomiar el saber y la prudencia de sus héroes, dice que eran
preciados legistas, y cuando quiere llevar al último extremo la alabanza, añade
que mas parecen legistas qae monjes. Así, en la Vida de Santo Domingo, recha-
zando este la demanda hecha por don García de Navarra, para que el monas-
terio de San Millan le ayudase en la guerra contra los moros, le replica el rey
Monge... sodes muy razonado
Legisla semejades, | ca non monge travado, etc.
{Copla 149.)
2 Don Tomas Antonio citó ya algunos ejemplos (prólogo al tomo II de
la Colee): á los mismos puede añadirse en la Vida de Santo Domingo, co-
pla 490, pintando el gozo que experimentó el santo al reconocer las señales de
su próximo fin:
Mas le plpgo con ellas ] que con truchas cabdales.
Ponderando en la Vida de San Millan (copla 2) lo grato que seria esta ¡ústo-
ria á quien la leyese, observa que
De dar las tres raeaias ] non ti será pesado.
232 HISTORIA CRITICA DE LA LITEP.ATUllA ESIWÑOLA.
reprensible , despojándole de las nativas ^alas que atesora en no
pocos pasajes de sus obras, y constituyendo á pesar suyo dos di-
ferentes poetas. Digno es en verdad de repararse, porque corres-
ponde exactamente, en el circulo de la cxpiosicion literaria, á
las consideraciones filosúíicas que dejamos expuestas en orden á.
los elementos que altemn y truecan la fisonomía de la musa de
Castilla : siempre que Berceo olvida sus pretensiones de hombre
docto, siempre que apartando la vista de los autores que le sirven
de guia, se apoya en las tradiciones vivas y palpitantes de su pueblo,
aparece en su verdadero terreno, describiendo ó contando con
notable facilidad y desembarazo; porque entonces es el poeta que
se alimenta de las creencias y aun de los errores de la muche-
dumbre, y que ostentando la misma simplicidad y rudeza, respira
y vive en su propia atmósfera. Mas cuando recuerda que pertenece
á la clase docta del Estado, cuando procura ilustrar con su erudi-
ción el título de maestro, de que hace alarde en sus poemas ',
Hablando de las tentaciones, con que Luzbel procuraba afligirle (copla 53),
escribe:
Mas non 1¡ vnlió tarilo | como tres caüasveras.
Describiendo los ejércitos cristiano y sarraceno en la batalla de Simancas
(copla 420), indica que ambas partes pensaban en
(Jual podrie á la otra \ sobar el espinazo.
Y narrada la derrota de los moros, añade que mucho guerrero ilustre de los
mismos (copla 450)
A malas dineradas | pagó el ostalage.
En los Milagros de Nuestra Señora, dice que un senador romano (copla 238)
Avie en prendo prendis \ bien usada la mano.
Y para no producir hastio, notaremos que en el Duelo de la Virgen (copla 42)
pinta la escena, en que los judios se mofaron de Jesús, manifestando que
Dabanli los garzones | quisque sn pfscuzada.
I En los Milagros de Nuestra Señora dice:
Yo maestro Gonzalo de Oerceo noninndo, etc.
En su fjCor ya citado se Icc:
.Mat-stre don Gonzalo, cu lodo Lien nodrido, ele.
II. PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 2a3
perdiéndose en el intrincado laberinto de la historia, confundiendo
los tiempos, alterando las costumbres, y atribuyendo indistinta-
mente los sentimientos del siglo XIII á los personajes de otras
edades, nos advierte que está fuera de su centro, y que es entonces
el escritor pretencioso, que desvanecido por él brillo de su mal
digerida ciencia, no acierta á encontrar los colores que ambiciona
para animar sus cuadros *.
Pero á pesar de esta contradicción palpable , hija al par de las
circunstancias generales que rodean á Gonzalo de Berceo y de su
misma educación literaria, luego que penetrando más allá de las
formas exteriores, nos detenemos á estudiarle cual merece, ha-
llamos en él un fondo de admirable unidad, brillando en todas sus
poesías, como único elemento de vida, como única ley de existen-
cia, el sentimiento religioso. Á este sentimiento, que exaltado por
los grandes triunfos obtenidos sobre la morisma , dominaba en el
siglo XIII sobre todas las clases de la sociedad española, levantán-
dose sobre todos los intereses de la tierra, están sometidas todas
las producciones, todos los pensamientos, todas las ideas del poeta
de Berceo. Para él solo existe una supremacía, basada en un prin-
cipio único: la supremacía sacerdotal, emanada directamente de
la autoridad divina. Ante esta autoridad se humillan todos los
poderes del mundo : en nombre de este principio desaparecen á
\ Esto se nota principalmente en los Milagros de Nuestra Señora, tomados
en su mayor parte de la historia de otras naciones, si bien, como veremos
después, no carecen de mérito en la estimación meramente artística. Debe
también advertirse que cediendo á la erudición histórico-caballeresca, cuando
trata de los héroes reales de Castilla, sólo halla en la corte de Carlo-Mag-no
modelos, á quienes compararlos. Así en la \ida de San Millan , narrando los
preparativos de la batalla de Simancas, dice al presentar en la escena al rey
don Ramiro (copla 412):
El rey don Remiro, | no noble cauallero
Que nol' venzrien d' esfuerzo | RolJun, nin Olivero.
Obsérvese de paso cómo la celebridad de los paladines carlowingios iba ex-
tendiéndose y arraig-ándose entre los eruditos, trayendo á la memoria lo que
dejamos dicho en las págs. 104 y 10o, cap. II de este volumen, respecto dr.l
Poema de Almería. Todos estos hechos aislados producirán el fruto natural en
momento oportuno.
254 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
vista de Bercoo todos los vínculos do la sociedad, y desdeñando la
autoridad humana, cuya potestad desconoce á menudo, la desafia
y tal vez la vilipendia.
El efecto de semejante creencia no puede ser más trascen-
dental en la pluma del cantor de los santos: impulsados por
ella, abandonan los garzones á sus familias para retirarse al
centro de las montañas, y huyen las doncellas de la casa pa-
terna para encerrarse en el retiro del claustro, sepultando por
siempre su juventud y su hermosura: bajo su escudo provocan
y tienen en poco el enojo de los reyes aquellos austeros cenobitas,
que fijas sus miradas en la eterna bienaventuranza, anhelan el
momento de desprenderse del barro que en el suelo los aprisiona.
Asi, Santo Domingo de Silos y San Millan de la Cogulla, tipos de
perfección monástica y religiosa , eficaces intercesores para con
Dios y abogados ambos del pueblo castellano, dejando á su placer
en mitad de los montes el ganado de sus padres, se recogen al
desierto para consagrarse de lleno á la vida ascética : así Santa
Oria (Áurea), desdeñando las caricias de su tierna y anciana ma-
dre, y hurtándose á sus desvelos, corre á ocultar la flor de sus
tempranos años en la soledad de una celda ; así también el prior
de Silos, anteponiendo los intereses del claustro á todos los más
altos y sagrados del mundo, niega al rey don Garcia de Navarra
el subsidio ó ayuda que le pide para proseguir la guerra con-
tra los sarracenos, y sin reparar en la santidad de la empresa ni
en la legitimidad de la demanda, no vacila en excitar con su ne-
gativa la cólera de aquel soberano ^ Los héroes de Berceo abju-
rando pues de cuantos sentimientos mantienen la sociedad hu-
mana, rompiendo todos sus lazos, constituyen un mundo aparte
en medio de la sociedad misma, dominados de aquella idea exclu-
siva que absorbe toda su existencia.
i La escena cnlre el rey y Sanio Domingo es notable y caracteriza la épo-
ca. El rey, irritado al fin, exclama:
150 Don Mungc (IrnodaJn,
Faldailcs coin' qui sietlc | cu caslicllo alzailo;
Mas ti [ircndcr vos puedo | do fuera del sogrndo,
9cadr8 bien segaro | f)ucjf redes coleado.
II. PARTE, CAP. V. PRIM. MON, ERUD . DE LA POES. VULG. 255
La fé que anima á estos personajes, trasportándolos á, ese mundo,
donde sólo resplandecen las virtudes de la vida contemplativa, no
es sin embargo la fé puramente evangélica. Berceo cree y siente
como creian y sentían el siglo y la nación á que pertenece: aunque
conservando aun parte de aquel primitivo candor que brilló en
los primeros dias del cristianismo , exaltábase su fé en presencia
de la contradicción, extendíase y arraigábase profundamente en
razón de los sacrificios que exigia y de los peligros que la rodea-
ban, y era, en una palabra, la fé de un pueblo empeñado en una
guerra santa, cuyos sacerdotes ennoblecían y canonizaban sus ór-
denes sagradas, al entrar en lid sangrienta con los enemigos de su
Dios y de su patria. Así, no es ya la fé pasiva y sublime de los
mártires, que sólo aspira al dominio del corazón para iluminarlo y
vivificarlo con su antorcha; sino la fé, que luchando ardientemente
para alcanzar un triunfo material por medio de las armas, todo lo
avasalla y somete á su imperio , llegando á menudo á rebajar la
naturaleza divina hasta el cieno del mundo, y transigiendo á veces
con todas las flaquezas y miserias de la carne. Con tal colorido
aparece la creencia de Berceo, que haciendo intervenir á los San-
tos, á la Yirgen Maria y al mismo Hacedor Supremo en los más in-
significantes accidentes de la vida, ha sido tildada, bien que no con
entero fundamento, de rebajar la religión cristiana hasta el punto
de asemejarla al politeísmo ^.Pero ni era posible en modo alguno
que para hacer sensible á la muchedumbre la protección divina,
ideara y trasladase á sus libros más elevadas concepciones que las ya
recibidas por la tradición de doctos y vulgares, ni le era tampoco
dable mostrar más apacibles y dulces afectos, cuando la religión,
que en aquella edad, como en todas, era un sentimiento enérgico
del corazón humano, se había también trocado, según ya conocen
los lectores, en elemento político, cuyo desarrollo fomentaban gran-
demente las interminables guerras que conmovían en sus más
profundos cimientos á la sociedad entera. Armada pues del hierro
para extender su dominio, santificaba la religión todos los actos
de la guerra, sirviéndole al par de bandera y de escudo, y co-
municando á todos los sentimientos por ella engendrados cierto
1 Sismonde de Sismondi, LHt, du Midi, tomo III, cap. XXIV.
2b6 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
vigor y rigidez, que los hacian ai par inlolei'aiites y exclusivos.
Ni ¿qué otro urden de ¡deas podia representar la poesía erudito-
religiosa después de la gran victoria de las Navas , que no sola-
mente habia restaurado la libertad del suelo- español , sino que
fruto de una cruzada, levantada también en nombre de la religión,
salvaba de las amenazas del Islam al conturbado cristianismo?...
Mientras el poeta erudito, avasallado por los hábitos y las preocu-
paciones de escuela, desdeñaba celebrar directamente en sus ys-
ton'as y dictados aquel extraordinario triunfo , dominado por el
maravilloso efecto que en toda España produce, no pudo menos
de exaltarse al verse libre de tan formidable peligro; y reconcen-
trado en su creencia, fortificóse en ella con la meditación y estudio
de los antiguos egemplos de piedad, comunicándoles nueva fuerza
y más decisivos colores. He aquí la situación moral de Berceo: su
entusiasmo religioso ardiente, poderoso, superior á todo otro sen-
timiento, muestra que es en él indivisible el imperio de la fé, como
lo eran el principio que le servia de base y las consecuencias que
de él emanaban, aun aplicado ya á la vida activa y penetrando en
el terreno de la política. Por esto, cuando en el Himno al Criador
exclama :
Un Dios é tres personas, | esta es la creencia;
Un regno, un eraperio, ¡ un Rey, una esencia,
no solamente revela el dogma religioso de su época, sino que ex-
plica y desenvuelve también el dogma político del derecho divino,
que partía directamente del primero, y que canonizado ya por la
teología, comenzaba á ser reducido á verdad práctica por aquellos
tiempos. Berceo crédulo, intolerante y hasta fanático, es el poeta
religioso del siglo XIII , sin que sus aspiraciones eruditas templen
ni modifiquen el fondo de su carácter, apareciendo á nuestra vista
cual legítimo intérprete de aquella edad tan digna de madura con-
sideración como ligeramente juzgada por algunos escritores mo-
dernos *.
i Aludimos á BouUerwock, Sisinondi y á los que han seguido sus hue-
llas. El úllirao, que sólo halló en liorcco «las ideas de una religión mona-
cal», declara «que habla y piensa como un monje de todos tiempos, sin que
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 257
La significación de este poeta , así respecto de la historia del
arte, en que logra señalado lugar, como respecto de los elementos
de cultura que en sus obras revela , exige pues que nos detenga-
mos algún tanto á examinarlas, confirmando por una parte cuanto
llevamos observado y completando por otra el estudio literario de
las mismas. Divididas del modo arriba expresado (si bien todas
ostentan una misma erudición y domina en todas un inisrao senti-
miento) y abarcando los poemas en que prepondera la forma his-
tórica, toda la vida de Berceo, pues que las de Santo Domingo y
Santa Oria son probablemente el primero y el último de sus es-
critos^,— fácil nos parece comprender la índole literaria de aquella
musa, que volviendo los ojos á los monumentos levantados por la
piedad de otros siglos, sacábalos del dominio de la historia para
traerlos al de la poesía docta, de la misma manera que los canto-
res populares tomaban de la tradición oral el asunto de sus pro-
ducciones. Gonzalo de Berceo es por tanto un poeta esencialmente
narrativo, aspirando en todas sus obras á sostener aquel tono
épico-heróico , de que habia hecho constante gala la literatura
nada caracterice sü época con más exactitud que otra alguna» {Híst. de la Hit.
du Midi, tomo 111, págs. 132 y 53, ed. de 1829). Sismondi , como nota un
crílico francés de nuestros dias, se dejó cegar en tal manera por el espíritu
enciclopédico, que no supo contemplar las costumbres ni apreciar los senti-
mientos del siglo XIll, quilatando en consecuencia al poeta religioso de aque-
lla época. Negando á Berceo la verdad del sentimiento, que es en suma la
verdad poética, no reparó Sismondi en que negaba el carácter de la civilización
española en el siglo XIII y con ella la historia: no comprendiendo la situación
del escritor, le culpó de no reflejar con la misma fuerza que el Poema del Cid
el sentimiento de la guerra, que era el patriótico; y puesto en esta pendiente,
pasó adelante sin explicar lo que Berceo representaba ni en la esfera de las
ideas, ni en la esfera del arte. El cantor de la piedad y de la virtu3, cual Mo-
ratin le apellida, no puede ser conocido por la crítica de Sismondi y sus parti-
darios, bajo ningún aspecto.
i Sánchez opina, y procura probarlo, que la Vida de Santo Domingo fué la
primera' obra rímica de las que se conservan de Berceo (prólogo al tomo II,
pág. XX); y como en la de Santa Oria dice el mismo poeta:
2 Quiero en mi vejez, 1 maguer só ya cansado.
De esta sancta virgen | rom.inzar su dictado,
no hallamos repugnancia alguna en admitir la opinión que presentamos sólo
como probable. De todos modos la consideración crítica tiene el mismo peso.
TOMO III. 17
258 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPASoLA.
latino-eclesiáslica , y emploaado en todos los versos peutámetros,
única metrilicacion digna en su concoplo de la elevación que pre-
tendía comunicarles '. Al seguir esta senda, sola tal vez para los
eruditos de aquellos dias, servíanle de pauta las historias religiosas
más celebradas entre los mismos : Grimaldo, coetáneo y admirador
del monje de Silos , le ofrecía la vida de este virtuoso varón , co-
nocida ya de nuestros lectores; Braulio, discípulo de San Isidoro,
la de San 31 Ulan de la Cogulla -; Munio, monje benedictino, á
quien confiaba Santa Oria todos sus secretos , la de esta bienaven-
turada virgen; Prudencio la del mártir español San Lorenzo, sem-
brada ya de prodigiosas anécdotas; brindándole por último los
legendarios y santorales no menos que las tradiciones locales de
Castilla, con aquellos maravillosos sucesos que la piedad calificaba
de milagros y que la devoción atribuía á la Madre del Salvador,
amparo y refugio de los pecadores. Y lo mismo sucede respecto
de las demás composiciones : el Sacrificio de la Misa y los Loores
de Nueslra Señora reconocen por fuente y raíz el Antiguo y Nuevo
Testamento, no desechadas en orden al primero las enseñanzas
de la liturgia; los Signos del Juicio hallan su origen en la expo-
sición de los profetas, debida á San Gerónimo ^; y el Duelo de la
\ Sólo en dos momentos faltó Berceo á este propósito, a saber: en la can-
tiga de los judíos, que pone al final del Duelo de la Virgen, y en el epitafio de
Santa Oria, que mencionamos ya en el Ilustración IV de la I." Parte. La cantiga
de los judíos, hecha á semejanza de los cantares del vulgo, tiene cierta esti-
mación tocante á la historia de la poesía popular en el siglo XIII, según opor-
tunamente advertiremos.
2 Es notable que Berceo se atuviera en lodo á la Vida de San Millan, es-
crita por San Braulio, bien que dividiéndola en tres libros, ampliando la nar-
ración y añadiendo muchas circunstancias poéticas: cuando escribió este poe-
ma, habia recogido ya un monje del mismo monasterio, llamado Fernando,
todos los milagros obrados desde la traslación del cuerpo de San Millan (1053)
al año de 1 105; obra que debió ser conocida indudablemente do Bcrcoo, se-
gún después notaremos, y que en el siglo XV fué puesta en castellano por
otro monje.
3 Berceo escribe:
Qaerriavos contar | un poco de raliello
Un scrmun que fué priso | de un sancto libriplln,
Que fizo Sant llieronimo, | un precioso calidiello. .
Nuestro p.idre Iberoniíno, | pastor <}uc nos L-iitíeiida.
II.* Parte, caí», v. prim. mon. erud. de la poes. vulg. 25í>
Virgen tiene por fundamento la vida de San Bernardo , cuyas
grandes virtudes se llevaban tras sí la admiración del Occidente.
Pero no porque al estudiar esta importante trasformacion del
arte, procuremos recorrer el camino andado por Gonzalo de Ber-
ceo ; no porque él mismo se precie de ser fiel intérprete de los
libros que le sirven de norma; ni porque al fijar, finalmente, los
principales rasgos que le caracterizan , confesemos que sigue la
pendiente de los escritores eruditos, apareciendo sobre todo como
narrador, carácter que ofrecian también los yoglares de boca,
resolveremos con un crítico respetable que « se ciñó con poca in-
vención á los asuntos históricos que se propuso desempeñar *», ni
menos le despojaremos del lauro debido á su verdadero talento
poético, cuando le vemos rodear de circunstancias nuevas y ori-
ginales los mismos cuadros que toma de las historias latinas, ani-
mándolos de una manera propiamente dramática, ó bien le con-
templamos añadiendo libros enteros á esas mismas historias,
fundado en la tradición popular, aunque ya escrita, del pueblo
castellano 2.
Leyendo en ebreo | en esta sa leyenda.
Trovó cosas extrannas | de exlranna fácienda:
Qui las oyr quisiere, | tenga que bien merienda.
i Moratin, Orígenes del teatro español, nota 3.
2 Dejamos advertido que en la Vida de San Millan añadió Berceo muchas
circunstancias poéticas, ajenas á la obra de San Braulio; y debemos observar
aquí que hizo otro tanto respecto de todas sus composiciones. En orden á la
sustancia, no alterable sin exposición de caer en error, fué tan exacto como ya
hemos consignado; mas en lo que se refiere á la exornación artística, puso de
su cosecha cuanto su ingenio le consentía (lo cual no fué por cierto cosa des-
preciable), haciendo otro tanto respecto de los sentimientos y costumbres del
siglo en que vive. Bíijo esté punto de vista Berceo es un poeta original y no
ajeno de inventiva, como se ha escrito por respetables autores. Lástima que
el intento, meramente religioso, que le anima al referir la batalla de Siman-
cas, no le consienta dar mayor vuelo á su imaginación, pagando más ingenuo
tributo al sentimiento patriótico; pero Berceo halló ya narrado, conforme á
los privilegios que guardaba el monasterio de San Millan, este suceso por el
monje Fernando; y obedeciendo á la tradición escrita, no fué arbitro de alte-
rarla fundamentalmente, contentándose con enriquecerla de accidentes más ó
menos bellos, bien que subordinados, según después veremos, á sus propias
5f,0 HISTOIllA Cr.lTICA DE L\ LITKRATÜRA ESPaSüLA.
Ni putliera sin grave injusticia negársele, (i pesar de la situa-
ción contradictoria en que le hallamos colocado y de la rudeza
de la lengua , el que dando vuelo á su fantasia y remontándo-
se á las regiones del mundo invisible, traza á veces maravillo-
sas y pintorescas descripciones, donde caldeada su imaginación
por el fuego de la creencia, contrasta grandemente lo elevado de
la concepción con lo sencillo de las formas. Elogiada es de todos
los críticos la bellísima alegoría con (jue principian los Milagros
de Nuestra Señora, y tenida por lo más acabado y feliz que sale
de la pluma de Berceo ^ ; pero no es en verdad el único pasaje do
sus obras digno de ser tomado en cuenta para juzgarle y quilatar
las dotes poéticas, de que le habla dotado la Providencia. Sin pa-
sar de la Vida de Sanio Domingo de Silos, donde ya nos presenta
á este varón lumne de las Espannas, armado del báculo pastoril,
dedicado al cultivo de las letras y consagrado al sacerdocio, ya
retirado al yermo y recogido después á la vida monástica, en que
obtiene las primeras dignidades del claustro, hallamos cuadros
copiosamente enriquecidos por la musa de don Gonzalo, ó rasgos
de no escaso mérito , enteramente originales. Entre varios que
pudieran citarse para egemplo de los primeros , bastará traer
aquí la visión de las tres coronas, revelada á los monjes de Silos
por el mismo santo :
229 Vedíame en suennos [ en un fiero logar,
Oriella de un flumen, | tan fiero como mar:
creencias y al sistema poético que de las mismas emanaba. En cuan^to a la
batalla de Simancas, que algunos han tenido por obra distinta de la Vida de
San Millan, y que otros juzgan una perífrasis ácl privilegio de los votos, des-
echado como apócrifo por casi todos los historiadores (Sarmiento, Memor.
para la hist. de lapoes. cast., núm. 590), repeliremos con Sánchez fjnc forma
parte de diclia vida, sobre lo escrito por San Braulio. La Historia de los votos,
debida al monje Fernando á fines del reinado de Alfonso VI, existe, traducida
al castellano, entre los Mss. de San Millan que posee hoy la Real Academia
de la Historia, señalada con el núm. 61 de los mismos.
i Este pasaje, citado en compendios y manuales, comienza:
Yo maestro Gonzalvo | <lc Ccrceo nomnado,
Irndo rn romcria, ( r.ioci en un prado.
Verde, et bien sencido, | de (lores bieu poblado,
Logar cobdiciadurro | pora oinc cansado, ele.
II.' PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 261
Quiquiere avríe miedo ] por á él se plegar,
Ca era pauoroso, ( et brauo de passar.
230 Ixien delli dos ríos, | dos aguas bien cabdales;
Ríos eran muy fondos, | non poco regálales:
Blanco era el uno | como piedras de cristales;
El otro plus vérmelo I que vino de parrales.
231 Vedia una puente | enna madre primera;
Avíe palmo et medio, | ca mas ancha non era;
De vidrio era toda, | non de otra madera;
Era, por non mentirvos, | pauorosa carrera.
232 Con almátigas blancas | de finos ojolatones
En cabo de la puent | estavan dos varones-,
\ Los pechos obresados, | mangas et cabecones;
N(Mi dizrien el adouo | loquele, nec sermones.
233 La una deslas ambas [ tan onrradas personas
Teníe enna su mano | dos preciosas coronas
De oro bien obradas: | omme non vio tan bonas,
Nin un omme á otro | non dio tan ricas donas.
234 El otro teníe una | seys tanto mas fermosa,
Que teníe en su cerco | mucha piedra preciosa;
Mas lucíe que el sol | ¡tanto era de luminosa!...
Nunqua omme de carne | vido tan bella cosa.'
23i) Llamóme el primero | que teníe las dobladas,
Que passasse á ellos, | entrasse por las gradas:
Díxeli yo que eran | aviessas las pasadas;
Díxo él que sin dubda | entrarse á osadas.
23ü Metíme por la puente | maguer estrecha era,
Passé tan sin embargo | como por grant carrera;
Recibiéronme ellos | de fermossa manera,
Veníendo contra mí | en medio la carrera.
237 Fravre, plaznos contigo, | dixo el blanqueado:
Tú seas bien venido | et de nos bien tronado;
Veniemos por decirle ) un sabroso mandado:
Quando te lo dixieremos, | temaste por pagado.
238 Estas [tres] que tú vedes 1 coronas tan onrradas,
Nuestro Sennor las tiene | pora tí condesadas:
Cata que non las pierdas, | quando las has ganadas,
Ca queríe el diablo ] auértelas furtadas *.
i Para comprobación de las observaciones hechas arriba, y porque sea
más fácil á nuestros lectores comprender la sig-nificacion de Berceo como
poeta erudito, pondiemos aquí algunas cláusulas de esta visión, narrada por
Grimaldo:
«Vidcbam., . in visione hac nocle me iuxta quemdaní fluvium stare. De quo
262 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Y para muestra de felices pinceladas, trascribiremos la pintura
(jue hace el clérig^o de Berceo de la oración cristiana, llevada á los
cielos por la Caridad; pensamiento que andando los tiempos , de-
bía producir uno de los más celebrados cantos de la musa religiosa
de Castilla '. Santo Domingo intercede por un cautivo, y
368 La oración del padre | de la grand sanctidat
Levóla á los cielos | la sánela Caridat;
Plegó á las oreias | del rey de Magestat:
Escapó el captivo j de la captividat*.
Pero este linaje de cuadros y pinceladas abundan en los poemas
histórico-religiosos de Berceo, sin que la nieve de los años bastara
á apagar el entusiasmo que en su pecho despertaba la contempla-
ción de las regiones celestiales. El poema de Santa Oria, escrito
como ya sabemos en los últimos dias de su vida, se compone en
fluvio cmanabant dúo niag^ni rivi nimium profundi, unus retincns ad instar
laclis coloretn candidum, alter vero ad simiüludinem sanguinis, sanguineum.
Et dum ambo rivi de supra dicto fluvio procederé michi viderentur, aller ta-
men alteri non ¡ungebalur. Super fluvium vero videbatur michi esse pons vi-
treos, spatium palmi et dimidii habens amplitiido illius, in cuius pontis extre-
mitate stabant dúo viri, ultra huinanam pulcritudineni pulccrrimi, vestibus
albis induti, quorum poctora zonis aureis, miro fulgore fulgentibus, erant pro-
cinta. Et unus ex his duas coronas áureas, nimio et incredibili splendore splen-
dentes, in manu tenebat: alter vero unam solam ferebat, qua septiplici fulgore
illas duas, quas alter tenebat, supcrabat», etc. {Vida y Milagros del Tliaumaturgo
español, etc., págs. 345 y 3i6).
Obsérvense pues las circunstancias originales que ingiere Berceo, debiendo
no obstante tenerse entendido que es esta visión uno de los pasajes, en que
con mayor exactitud sigue el Ms. de Grimaldo.
i Hablamos de la magnífica personificación que ya en el siglo XVII hizo
de la oración fray Diego de Hojeda en el lib. II de la Cristiada, poema que en
lugar oportuno examinaremos.
2 No pasaremos adelante sin notar que si bien es grande la consideración
que nos merece la edición de Sánchez, restablecemos algunas lecciones de
este y otros pasajes conforme á los Mss. más antiguos de Berceo que tene-
mos á la vista. Entre otros nos sirve aquí el que fué de la Bibl. de Monserra-
te, y hoy posee la Real Academia de la Historia (Est. IV, grad. I.'', H. 18).
Este códice, escrito en pergamino y papel á principios del siglo XIV, consta
de 18 fojas fól. mayor, á dos columnas, y es uno de los más aprcciablcs de
Berceo, por lo cual creemos que no será mal recibido su facsímile.
II.* PARTE, CAP. V. PKIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG, 2C3
la mayor parte de místicas visiones , donde pintando los goces de
la eterna bienandanza, parecen preludiarse las beatíficas aparicio-
nes de la Divina Commedia. En la primera visión, de que sólo nos
es dado presentar ligeros extractos, se muestran á la santa las vír-
genes Ágata, Olalla y Cecilia, brillando como estrellas y osten-
tando en sus diestras sendas palomas, más blancas que la nieve no
tocada : todas tres la invitan á seguir sus huellas hacia las mansio-
nes celestes, y Olalla le añade :
37 Guarda esta palomba, | todo lo ál olvida:
Tú vé do ella fuere; | non serás decebida.
Levantada la paloma en los aires, sígnela Oria, llegando con las
otras vírgenes á desusada altura, donde
"Vieron un buen árbol, | cimas bien compasadas,
Que de diversas flores [ estauan bien pobladas.
4 i Verde era el ramo j de fojas bien cargado;
Facía sombra sabrosa [ et logar muy temprado:
Tenía redor el tronco [ marauilloso prado;
Mas ualia esso solo | que un rico regnado.
45 Estas quatro doncellas, | ligeras mas que viento,
Ovieron con este árbol | placer et pagamiento:
Sobieron en el árbol | todas de buen taliento:
Ca auían en él folgura, | en él grant complimienlo.
40 Estando en el árbol j estas duennas contadas,
Sus palombas en manos, | alegres et pagadas
Vidieron en el cielo j finiestras foradadas;
Lumbres salian dellas, | de dur serian contadas.
47 Salieron tres personas | por essas aberturas,
Cosas eran angélicas | con blancas vestiduras;
Sendas vergas en manos j de preciosas pinturas:
Vinieron contra ellas | en bumanas figuras.
Trasportadas al cielo por estos cuatro varones, se ofrece á vista
de Oria el maravilloso espectáculo de aquella corte, que se rego-
cija con la venida de essa serraniella; y dejados atrás diferentes
coros de sacerdotes, calonges y obispos, entre los cuales reconoce
algunos virtuosos prelados de Castilla, fallecidos en su tiempo,
llega al de las vírgenes , quienes saliendo á recibirla de vohmtat
payada, le dan testimonio de cordial amor y alegría :
67 El coro de las Virgines, | una fermosa az.
2üi HISTORIA ClltTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÍOLA,
niéronli á la freyra | lodas por orden paz;
Dixéronli: — Contigo | mucho [virgen] nos plaz:
Para en esta compaña | digna eres assaz.
tíS Eslo por nuestro mérito | nos non lo ganariemos;
Esto en que somos, | nos non lo mere^iemos:
Mas el nuestro Esposo, | á quien voto fieicmos,
Fizónos esta gracia [ porque bien lo quisiemos.
Después de saber que existe en aquel feliz coro Urraca , su maes-
tra, cuya voz oye á lo lejos, sin que logre descubrir su semblan-
te, y ya
77 En cabo de las Vírgines, | toda la az posada,
Falló muy rica siella ] de oro, bien labrada;
■ De piedras muy preciosas | toda engastonada:
Mas estaba vacia 1 el muy bien seellada.
79 Una duenna fermossa, | de edat mancebiella,
Voxmea auia nombre, | guardaua esta siella:
Daría por tal su rcgno | el rey de Castiella,
El seria tal mercado | que seria por fabliella.
91 Vistia esta manceba | preciosa vestidura:
Mas preciosa que oro, | mas que la seda pura;
Era sobresennada | de buena escritura;
Non cubrió ome vivo | tan rica cobertura.
Los mártires y los apóstoles, cuya corona es Jesús, forman las
últimas gerarquias celestiales, que aparecen á vista de Oria; pero
fija en la mente de esta la imagen de aquella silla de admirable
belleza, que
Como rayos de el sol | assi relampagaba,
pregunta á Voxmea su destino, sabiendo que le estaba preparada
[lOco después de la muerte. Vivo deseo de poseerla desde luego se
apodera de la virgen reclusa, á cuyos oidos llega la voz del Hace-
dor Supremo, anunciándole que aun no ha sonado para ella la
hora de habitar en el cielo. Oria despierta en aquel punto :
109 Abrió ella los oios, ) cató en derredor,
Non vido á las mártires | ovo muy mal sabor;
Vídose alongada j de muy grande dulzor;
Avia muy grande cuyta | et sobcio dolor.
Enojoso creemos el multiplicar los pasajes , en (juc brilla l;i
II. PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 205
musa de Berceo, deleitándose en fantásticas descripciones, y ma-
nifestando que si logra á menudo el acierto, no es menos osten-
sible la lucha entre sus facultades poéticas y los medios que el
arte podia á la sazón ministrarle, según queda antes advertido.
Mas tan acostumbrado estaba á este género de pinturas, que aun
al bosquejar las escenas de la vida activa, logra sólo animarlas
con la intervención sobrenatural de los santos , obedeciendo de
esta manera al principio de acción que servia de base á todas sus
producciones. Los cantores del Cid, teniendo por objeto principal
las proezas de este héroe, hablan trazado de mano maestra , con
vigorosos aunque breves rasgos, los terribles combates, en que el
valor de los castellanos sacaba triunfante los pendones de la cruz
sobre las enseñas de la morisma : Berceo, que á pesar de verse
obligado á emplear en sus poemas religiosos el lenguaje bélico de
los españoles "•, atendía exclusivamente á ensalzar las virtudes do
los santos, somete esas mismas hazañas á su poderosa é incontras-
table intercesión en mitad de las lides, siendo estas por tanto cosa
secundaria en su consideración, lo cual no puede menos de tras-
cender á sus versos. Al recordar por egemplo en la Vida de San
Millan la batalla de Simancas, no escribe ya como cantaban los
yoglares de boca, para excitar el entusiasmo de la muchedumbre ,
ni para elogiar el esfuerzo de don Ramiro, ni para traer á la me-
moria del pueblo castellano el indomable heroísmo de Fernan-
Gonzalez: el único intento que le mueve es recordar cómo, ayu-
dado por el patrón de las Españas , ovo ganado San Millan los
votos, que hacian tributarios del monasterio de Suso gran número
de pueblos de Castilla, procurando al propio tiempo despertar la
devoción, que supone algún tanto resfriada 2. Asi describe, pues,
i Aunque no creemos ser los primeros en hacer esta observación, paréce-
nos conveniente notar que Berceo llama el adalU caboso á Santo Domingo (co-
pla 441), diciendo para ponderar la muchedumbre de una clase: mesnadas de
clerecías (copla 530), fonsado de enfermos (copla 537), fonsudo de bispos et
abades (copla 668), y apellidando alferiz del Criador á San Mig-uel (copla 683);
prueba evidente de cuánto podia en su ánimo, á pesar de su eruditismo, la
vida real del pueblo castellano.
2 El poeta exclama:
47'J Si eslos votos fueseu | Icialmonte enviados.
266 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tan memorable suceso, puestas ya las haces sarracenas al freiiLe de
las cristianas, y adelantándose contra aquellas el rey don Ramiro
á la cabeza de sus leoneses :
433 Moviéronse las huestes, ¡ tovicron sue carrera
Por acorrer al rey, | ca en porfazo era;
Mas quando aplegó | la punta delantera,
Ya pisaban los reys | el suelo de la era.
431 Ya eran en el campo | entramas las partidas,
Avian ambos los reys | mezcladas las feridas;
Las azes de los moros | ya eran embaydas,
Ca la ira de Xripsto | las avie confondidas.
435 Sennores et amigos, | quantos aqui seedes,
Si escuchar quisierdes | entenderlo podedes
Quál acorro lis traxo | el voto que sabedes,
Et Dios como lis fizo | por ello sues mercedes.
436 Quando estañan en campo j los reys, azes paradas,
Mezclauan las feridas, | las lanzas abaxadas;
Temíense los cristianos | de las otras mesnadas,
Ca eran ellos pocos, | et ellas mui granadas.
437 Mieutre en esta dubda | sedíen las buenas yentes,
Asuso contra el cielo ) fueron parando mientes:
Vieron dues personas | fermosaset lucientes;
Mucho eran mas blancas | que las nieves recientes.
438 Viníen en dos caballos | plus blancos que cristal,
Armas quales non vio | nunqua onie mortal:
El uno teníe croza, | mitra ponlilical.
El otro una cruz, | eme non vio tal.
439 Avíen caras angélicas, | celestial figura;
Descendíen por el aer | á una gran presura.
Catando á los moros | con turva catadura.
Espadas sobre mano, | un signo de pavura.
Nótese cómo sólo al aparecer Santiago y San Millan, cobra
Berceo la brillantez de colorido y la animación que su entusiasmo
religioso comunicaba (l esta manera de narraciones. La victoria es
debida exclusivamente á la intervención de los santos :
440 Los christianos con esto | fueron mas esforzados;
Fincaron los ynoios | en tierra apeados:
Kilos iaiictos (ircriosos | serien niivslros pagadcis;
Avrieiiios pan ¿ vino, | trinporulcs teinprailns ;
-Non irrinnios, como somos, | de tristicia menguados.
II. PARTE, CAP. V, PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 2G7
Firíen todos los pechos | con los puños cerrados,
Prometiendo emienda | á Dios de sus peccados.
441 Quando cerca de tierra [ fueron los caballeros,
Dieron entre los moros | dando golpes certeros;
Ficieron tal domage ( en los mas delanteros
Que plegó el espanto | á los mas postremeros.
442 A vuelta destos ambos | que del cielo vinieron
Aforzaron chrislianos, | al ferir se metieron:
luraban los moriellos, | por la lei que prisieron.
Que nunqua en sos dias | tal priesa non ovieron.
El esfuerzo de leoneses y castellanos desaparece ante la protec-
ción divina, volviéndose contra los soldados de Abd-er-Rahman
las mismas flechas que lanzaban sobre sus enemigos. — Berceo no
podia, aun bajo este punto de vista, ser más consecuente con la
creencia por él abrigada, punto capital en que insisten todos sus
poemas. Las tradiciones populares que logran penetrar en ellos,
á pesar de la resistencia erudita, les comunican sin embargo cierto
interés y movimiento que se propaga á la exposición literaria,
conforme vá indicado arriba. Sucede esto en los milagros que
exornan las vidas de Santo Domingo y San Millan , y más princi-
palmente en los de Nuestra Señora : nacidos casi todos entre la
muchedumbre, son breves cuentos ó anécdotas, donde se ha re-
cogido la memoria de algún singular beneficio, obtenido por la
mediación de los indicados santos, y aparecen en consecuencia
destinados á vivir en el afecto del pueblo , perpetuándose de edad
en edad con notabilísimas creces. Semejante privilegio alcanza
más por entero á los 3Iilagros de Nuestra Señora, madre de
amor y de misericordia, símbolo de piedad constantemente invo-
cado por un pueblo tan religioso como el español, y tierno objeto
de aquel reverente cariño , cuya interpretación fué confiada á la
poesía antes y después de existir las hablas vulgares , según en
lugar oportuno dejamos consignado *.
Y no sólo trascienden esas piadosas leyendas á los demás can-
tores del siglo XIII, de lo cual nos dá el Rey Sabio claro testimo-
nio en su libro de las Cantigas , precioso monumento que procu-
raremos examinar en breve ; sino que propagándose á los siglos
1 I.'' Parte, cap. XIV.
268 lUSTÜRIA CIÚTICA UE LA LITi:ilATUUA ESPAÑOLA.
vouideros, llegan tambiou á nuestrus días [lara dar nuevo aliento
ú la musa castellana é inspirar algunas de sus más felices produc-
ciones al máts afortunado narrador de nuestros tiempos '. Pero si
no pueden menos de llamar la atención por el "interés de las tradi-
ciones que encierran, mayor es todavía la importancia de estas
devotas anécdotas respecto de la forma literaria en que aparecen.
Digno es de observarse: cada uno de los milagros ya de Sanio
Domingo, ya de San Millan, ya de Nuestra Señora, es como un
l>equeño drama, con su exposición, nudo y desenlace, si bien par-
ticipando algo del apólogo en la manera de exponei" la doctrina,
lo cual parecía ya preludiar la nueva ¡nlluencia que se disponía á
recibir la literatura vulgar, acaudalándose con los tesoros de las
orientales. La forma dramática, que es por cierto, después de la
narrativa, la que más caracteriza al arte de Berceo, resalta sin
embargo con mayor fuerza y claridad en el Duelo que fizo la Yir-
(jcn María el día de la passíon de su fijo : este poema, en el cual
uü lian podido menos de reconocer los críticos que más ligera-
mente han juzgado al cantor de los santos, grande sencillez y ter-
nura, es un verdadero Coloquio, donde á los ruegos de San Ber-
nardo aparece la Virgen para manifestarle cuan grande fué su
amargura en la pasión del Salvador, y más principalmente al pié
de la cruz, desde la cual toma el mismo Cristo parte en el diálo-
go. Sólo la invocación, el final y algunas estrofas ó versos inter-
medios revelan la presencia del poeta, quien al bosquejar tan
interesante cuadro, nos dá sin duda próxima idea de lo que fue-
ron en su tiempo y siglos adelante las escenas y el lenguaje de
los misterios, representados por los ministros del altar, para so-
lemnizar las festividades de la Iglesia.
■1 Cuando examinemos las Cantigas del Rey Sabio, fijaremos las semejan-
zas y puntos de contacto que tienen con los Milagros de Nuestra Señora; pero
sin perjuicio de ir reconociendo el itinerario de estas piadosas leyendas hasta
nuestros dias, citaremos ariiií las dos que en las obras de don José Zorrilla
llevan por título: Margarita la tornera y Á buen Juez mejor testigo. Son d II y
el XXIII de los Milagros, en que ostentó Berceo, tal vez mas que en los res-
tantes, sus dotes de narrador. Las leyendas de Zorrilla son admirables bajo
este punto.
11.^ PAn-TE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA PGES. VULG. 200
73 Ai! fiio querido ! sennor de los sennores!...
lo ando dolorida, | tú padeces los dolores;
Dante malos servicios | vasallos traydores;
Tú sufres el lacerio, | io los malos sabores.
74 Fiio, el mi querido | de piedat granada,
Porqué es la tu madre | de tí desmamparada?...
Si levarme quisiesses, | sería tu pagada:
Que fincaré sin tí ] non bien acompannada.
75 Fiio, cerca de tí | querría yo finar;
Non querría al sieglo | sin mi fiio tornar:
Fiio, sennor, et padre, 1 denna de mi catar:
Fiio ruego de madre | nol' deue refusar.
70 Fiio, dulz et sombroso [ tiemplo de caridat,
Arcba de sapiencia, | fuente de piedat,
Non dcxes á tu madre | en tal soc'iedat,
Qua non saben conoscer j messura nin bondat.
78 Fiio, siempre oviemos | io et tú una vida;
lo á tí quissi mucbo 1 et fui de tí querida:
lo siempre te crey | et fui de tí creyda;
La tu piadat larga | agora me oblida!...
79 Fiio, non me oblides | et liévame contigo:
Non me finca en sieglo | mas de un buen amigo;
Juan qu' m' dieste por fiio, | aquí plora conmigo:
Ruégote qu' m' condones | esto que yo te digo.
81 (Recudió el Sennor \ dixo palabras tales):
Madre, mucho me duelo ] de los tus grandes males;
Muévenme [las] tus lágrimas | los tus dichos capdales:
Mas me amarga esso | que los colpes mortales.
82 Madre, bien te lo dixí, | mas aslo oblidado;
Tuélletelo el duelo | que es grant et pessado,
Porque fui del Padre | del Qielo enuiado.
Por recibir martyrío, | seer crucifigado.
Así concebia la devoción del siglo XIII el dolor de la Yírgen y
los últimos instantes de su Hijo. El Duelo termina con una plega-
ria, llena de fé y de amor, donde invocando el poeta la protección
de la reina de gloria, desplega cierto movimiento' lírico, no dese-
mejante del que ostentan los tres himnos anteriormente citados.
Verdad es que en todos los poemas, debidos al clérigo de Berceo,
existen oraciones, plegarias y apostrofes, en los cuales resalta vi-
270 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
vamenle el espíritu especial do la oda '. Pero esta circunstancia,
que niiis que en otra alguna de las obras de que tratamos, se cum-
ple en los Loores de Nuestra Señora, era más bien hija del es-
tado en que el arte se encontraba (jue del intento deliberado del
poeta. Leyes común á todas las literaturas modernas, á excepción
de la provenzal, en que las circunstancias artificiales que rodean
á los trovadores , dan en breve á la poesía propio y determinado
carácter: aspirando todas á reflejar en conjunto la cultura inci-
piente de los pueblos, adoptan generalmente tras la forma fugaz do
los cantos meramente populares, la forma heróico-narrativa , y sin
tiempo ni criterio para definir ni analizar, acopian y reúnen en un
solo cuadro todos los géneros que existen todavía en germen, re-
produciendo así el antiguo fenómeno de las primitivas epopeyas.
Tal habia sucedido con los primeros monumentos escritos de la
poesía castellana: semejante á un inmenso y clarísimo lago, de
donde en momento dado se desprenden caudalosos rios que van á
fecundar extendidas y risueñas comarcas, entraña al par la oda,
la epopeya y el drama, conforme han podido ya notar los discre-
tos lectores, al juzgar los poemas que tienen por héroe al debelador
de Valencia. Cuando Berceo acomete ó coadyuva á la empresa de
convertir el arte popular en arte erudito, no era otro en verdad
el caí-ácter de aquellos cantos , viéndose obligado á someterse á
esta condición suprema, que se cumplía al mismo tiempo en las
producciones de la literatura latino-eclesiástica, para ser conse-
cuente al estado de la cultura general de la sociedad, en que vive
y de la clase privilegiada, á que pertenecía. Así pues al presentar
repetidas veces esos arranques realmente líricos , que matizando
narraciones y descripciones, alternan en sus poemas con las situa-
1 Esta circunstancia se cumple muy principalmente en las oraciones, que
ya pone Berceo en boca de sus héroes, ya en la suya propia; oraciones, que
son por lo común verdaderos himnos. Muchas pudiéramos citar: nos contrae-
remos á las dirigidas por él á Santo Domingo (copla 761 y siguientes de su
Vida), á la Virgen (copla 204 y siguientes de los Loores), y á la pronunciada
por el pueblo en el milagro XIX de Nuestra Señora (copla 4o3). La última nos
recuerda sobre todo la que atribuye el cantor del Cid á doña Jimena, cuando
sale Ruy Diaz desterrado, plegaria que llamó ya nuestra atención en el capí-
tulo JIl de esta II. " Parte.
II.* PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 27J
ciones dfaináticas, ya sin dialogar, ya dialogadas, no habia me-
nester hacer extraordinarios esfuerzos , llevado únicamente de su
instinto poético , lauro que sin razón ni fundamento han osado
negarle sus mismos encomiadores *.
i Notable es que hombres de tanto juicio como Sánchez nieguen á Bercco
el título de vate, «porque la mitología, que es como el más esencial adorno
y el axuar más indispensable de un poeta... eslá del todo desterrada de sus
poesías , que son puramente históricas, místicas y sagradas» (pról. al
tomo III de la Colección). Pero, ¿qué necesidad (preguntaremos) tenia
Berceo, en medio de un siglo altamente cristiano, de la mitología greco-
latina, ni con qué objeto habia de emplearla? Aunque poeta erudito, contaba
con recursos de más subido precio para sus obras: hallaba admitidas en las
leyendas sagradas los sueños, las visiones, los sucesos sobrenaturales, las pro-
fecías, los éxtasis, y empleó á veces esta riquísima máquina del arte cristiano
con brillantez y oportunidad, mereciendo entonces el lauro délas musas. Más
acertado que Sánchez, á quien extravió en esta parte el estéril exclusivismo
de su época, se mostraba sin duda el autor del elogio de Berceo, cuando alu-
diendo acaso á los poemas heroicos, en que se celebraban asuntos de la anti-
güedad, decía:
39 Los ioglares christianos que pora fer sues prosas^
Demandan el acorro á deidades mintrosas,
Seineian paganismo, que ora dioses el diosas
Et precia más follias que verdades feruiosas.
40 Estos malos ioglares tienen á Dios grant tuerto;
Van por camin errado, errado que non cierto,
Dcxan por las deidades al que fó por nos muerto!
Merescen los átales colgar en un veluerto.
Ni aprovecha, para negarle el título de poeta, recordar, como lo hace
Mr. Adolfo Puibusque {Hist. des Lili. comp. tomo I, pág. 376), que Berceo se
apellide simplemente versificador, cuando dice (Vida de Santa Oria, co-
pla 184):
Gonzalo li dixeron al Tersificador;
porque esta palabra designaba entonces y siguió designando algún tiempo
adelante al verdadero poeta. Aquella manera de confesión nada significa en
cuanto á la cuestión suscitada por Sánchez: también se llamó Berceo juglar
cuando dijo en la Vida de Santo Domingo (copla 775):
Ca ovi grand laliento de seer tn ioglar;
y sin embargo, abundan en sus poemas los pasajes en que declara que es todo
lo contrario. El título de poeta ha de salir del fondo de sus obras; y cuando
comparadas con las que le sirven de pauta histórica, se advierte que accidea-
272 HISTORIA CntTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Mostraba efectivamente (ionzalo de IkM'ceo en esa triple mani-
festación (Je la forma poética que , por más contradictoria que
fuese su situación, luchando entre el respeto que le inspiraba la
tradición clerical y el deseo de ser entendido de (oda la (jent , no
sólo era digno de estima, considerado con relación íi la historia
del arte y al sentimiento religioso de aquellos días, sino que me-
recia también atraer sobre sí las miradas de la crítica, como culti-
vador de las musas, que tenian por instrumento de sus inspira-
ciones el habla castellana, — Pero la misma lengua vulgar, al ser
adoptada por los eruditos, habia cambiado también su fisonomía,
según por punto general advertimos y conviene aquí notar con
mayor detenimiento. Siguiendo el impulso de los estudios, em-
pleada por hombres para quienes no eran del todo peregrinos sus
orígenes, é intérprete de obras escritas primitivamente en el latín
de la Iglesia, natural parecía que difiriese de la hablada y usada
en sus cantares por la ignorante muchedumbre, como se difej'en-
ciaban ya de estos las producciones de los doctos. Y en ninguna
parte se comprueba esta verdad histórica con mayor exactitud que
en los poemas de Berceo: dicción, frase, locución, todo se modi-
fica, amolda y acaudala en este poeta conforme á las leyes de la
lengua latina, ensanchando visiblemente las esferas de la castella-
na, y dándole una flexibiüdad, abundancia y elevación, deque antes
no habia podido hacer gala *. Sin duda esta innovación tan clara
tes, formas y sentimientos reciben dó sus manos nueva vida, á pesar de su
propósito de extremada fidelidad, no hay coociencia para negarle el galardón
que nosotros le concedemos, bien que sólo bajo el punto de vista y con las
condiciones indicadas en este capítulo.
•1 Poco estudio se há menester para dejar comprobada esta observación,
cuando en nuestra historia literaria se reproduce con frecuencia semejante
fenómeno, no teniendo época alguna de esplendor la lengua castellana, sin
que venga a fecundarla en todo ó en parle el estudio de la latina. Sin embar-
go, es sensible que por no haberse detenido á examinar bajo este punto las
obras de Berceo, se haya dado margen al error de suponerlas anteriores al
Poema del Cid, donde no resallan con tanta abundancia y claridad los latinis-
mos. (Jue Berceo aspiró á escribir (y se preciaba de ello) en un lenguaje que no
era simplemente el de la muchedumbre, lo prueba demás del número crecido
de voces que modula sobre las latinas, tales como qui por quien, lis por ¡es,
esli por este, secundo por según, diclt por decid, jnisi do pressi, frido por frió,
II. PARTE, CAP» V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POESt VULG. 273
y palpable, bien que no reconocida todavía por los críticos, te-
niendo no escaso interés en la historia de nuestra misma lengua,
debia ser de gran provecho para la expresión poética ; lo cual se
confirma con no menor evidencia, cuando se repara en las muchas
bellezas parciales que el clérigo de Berceo derrama en todas sus
composiciones, ya sembrándolas de oportunos símiles, ya de gra-
ves sentencias, ya en fm de naturales antitesis ó graciosas traspo-
siciones. De esta manera, mientras el cantor de los santos y los
demás poetas que siguen su egemplo en la primera mitad del si-
glo XIII, acuden á las principales fuentes de la lengua patria para
refrescarla , multiplicar sus tesoros y legitimar hasta cierto punto
su cultivo, logran darle la estimación y el carácter de lengua lite-
raria, que no le habia sido posible recibir hasta entonces de los
cantores populares. Galardón es este que nadie se atreverá á dis-
putar con fundamento á Gonzalo do Berceo, á quien tampoco es
lícito negar la gloria que debe corresponderle como reformador,
ó mejor dicho, perfeccionador de las formas artísticas, sujetando
metro y rima á las leyes de la quaderna via , tan celebrada por
los discretos en todo el indicado siglo y buena parte del siguiente ^.
Poniendo ya fln al estudio del primer poeta castellano que me-
rece el nombre de erudito, cúmplenos consignar que ora conside-
rándole bajo el aspecto filosófico, ora bajo el meramente Hterario,
autoriza y confirma con sus obras cuantas observaciones generales
hicimos en el ingreso de este capítulo, para explicar cómo se co-
munica á las letras vulgares, imprimiéndoles nuevo sello, el mo-
vimiento extraordinario que desde fines del siglo XII ofrecía la
fecisti T^OT feciste, quisque T^or cada uno, etc., la declaración que él mismo
hace en el Milagro XIV de Nuestra Señora (copla 321), diciendo:
Colgaba delant della | un buen aventadero:
En el seglar ¡enguate \ dicinli moscadero.
El clérigo de Berceo no escribía pues en el seglar lenguage, sino en el de cle~
recia: de modo que cuando leemos que pone la Yida de San Lorenzo (copla 1.*)
En romaz que la pueda | saber toda la gent
se ha de entender toda la gente que, sabiendo leer, comprendía el lenguage de
clerécia, no el mero vulgo,
1 Véase la Ilustración IV.* de la I.* Parte.
TOMO m. 18
274 mSTÚKI.V CUlTlCA DE L.V LITEiíATUIÍA ESPAÑOLA.
civilización española. Operándose la peregrina trasformacion, que
hemos procurado reconocer en todas sus partes, dentro del círculo
de la poesía religiosa, como más cercano á la clase privilegiada
que la realiza , no por esto se ha libertado Bcrceo de las inconse-
cuencias, contradicciones y aun errores que Iraia consigo tan úrdua
empresa, encaminada d hermanar y fundir en un mismo crisol
desemejantes, ya que no contrarios, elementos. La lucha que este
empeño produce entre el anhelo de la ciencia y la necesidad de
conllevar los instintos y preocupaciones generales ' , no puede es-
1 Para que comprendamos cómo se van propagando de edad en eda.1 los
errores heredados de remolos tiempos, será bien que en las mismas obras del
cantor de la virtud reconozcamos la fuerza que en el siglo XIII tcnian entre la
muchedumbre los agüeros, sortilegios y encantamientos. Hablando en la Vida
de Santo Domingo de un ladrón que robaba las mieses a sus vecinos, escribe
(copla 420):
Si por su auzc mala | lo pudiesEen tomar»
Por avcr inoncilajo | non podrie escapar.
"Narrando más adelante la enfermedad incurable de tres mujeres, sanadas por
el santo, exclama (copla 640):
Guarir non las pudieron | ningunas maestrias,
Nin cartas, nin escantos, nin otras eresias.
Al referir el mal efecto de una entrada hecha por ciertos cristianos en tierra
de moros, observa (copla 701):
Mas non foron guiados de sabio aaorero.
Numerando en los Loores de la Virgen las excelencias del domingo , dice
aludiendo á la festividad judaica (copla 10o):
Vaia dormir el sábbado, ca ya j-crdió el fado.
Tratando de pintar en los Milagros de la Virgen á un judio, detestable por
sus malas artes, dice (copla 722):
Era el trufan falsso, | pleno de malos viQíos,
Sabie encantamientos | ct otros raalefi(ios,
Facie el malo cercos | et otros artifiQios:
Bclcebnd lo guiaua [ en todos sus ofiQios.
Finalmente (y este pasaje es el más importante de lodos) en la Vida de
Santa Oria, cuando subida esta al cielo, desea en vano permanecer en aquella
morada, pone Bcrceo en boca de Dios estas palabras, con que procura consolar
á la predilecta rcclusa (copla lOo):
Con lo que has lazrcdo | gnnnsli el mi amor;
Il/ PARTE, CAP. V. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 27o
tar más clara en los poemas del cantor de los santos, anulando á
veces sus más estimables dotes poéticas. De esa lucha ha salido
triunfante sin embargo, y en gran manera robustecido, el senti-
miento religioso , que era una de las bases capitales en que estri-
baba el edificio de la poesía castellana y la fuente única de las
inspiraciones de Berceo, mientras cobraban en ella las formas ex-
teriores nueva fuerza y brillo, enriqueciéndose, regularizándose y
logrando la perfección posible en aquellos tiempos. — No es fácil ni
discreto el determinar si esta revolución literaria fué en sentido
absoluto favorable ó adversa á la musa de Castilla ; pero sí debe-
mos dejar sentado que, al consumarse semejante divorcio entre
doctos y populares , perdió ya la poesía vulgar de su primitiva y
ruda energía cuanto hubo de ganar en perfección externa, some-
tiéndose la erudita á una ley superior, que tiene cumplimiento en
cada una de las épocas en que el expresado fenómeno se repro-
duce. Porque á medida que el arte ensancha la esfera de sus
conquistas, á medida que adquiere nuevos trofeos, traídos de otras
literaturas, vá perdiendo su originalidad y genuino carácter, ha-
ciéndose verdaderamente cosmopolita. Los poetas que bajo el
aspecto épico-heróico segundan en la primera mitad del siglo XIII
el movimiento abanderado en Berceo ^ no pueden sin embargo
Quitar non te lo puede | ni'nguiid cscantador.
Recuérdese lo que observamos en el capítulo III de este volumen, pági-
na 141, y no se olvide cuanto en el X de la I.* Parte advertimos.
1 Casi todos los que desde 1780 han tratado de literatura española, tanto
dentro como fuera de España, mencionan á Berceo; y antes de la publicación
de Sánchez le habían citado con elogio, demás de los escritores ya indicados
arriba y otros de menos valer, fray Juan de Castro en su Glorioso Taumatur-
go español [Mcidrid, 1688], donde pone algunos fragmentos de la Vida.de
Santo Domingo, fray Sebastian de Vergara, que la dio á luz entera en su Vida
y milagros de Santo Domingo Manso [Madrid 1736]; y el celebrado Sarmiento
en sus Memorias (núm. 572, etc.), llamó la atención de los literatos sobre las
producciones del clérigo don Gonzalo, á quien tuvo por benedictino. La cele-
bridad de Berceo es por tanto considerable en la república de las letras; y sin
embargo nadie se habia parado á estudiarle bajo el punto de vista de la eru-
dición, del arte, de las creencias y de las costumbres. Causa ha sido esta omi-
sión y descuido de los doctos de que hayamos necesitado detenernos en su
examen tal vez más de lo que en gtro caso fuera conveniente, bien que abre-
276 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA>Í0LA.
sustraerse á, la fuerza do actualidad que domina en el suelo es-
pañol á todo elemento extraño, ofreciendo por tanto no escaso
interés el examen de sus obras.
Pasemos á este importante estudio.
viando en lo posible el estudio que de sus obras teníamos formado. Pero si
por ventura hubiéremos logrado el acierto, dando á conocer con la claridad
que anhelamos, la trasformacion artística que el clérigo de feerceo representa,
sobre dar por bien empleadas nuestras vigilias, estamos seguros de obtener la
indulgencia de los hombres ilustrados.
CAPITULO VI.
nmm uonu^eüios groditos de u poesíí \m\h
Poesía heróico-erudita. — Errores de la crítica al juzgarla. — Poemas coe-
táneos de Berceo. — Los libros de ApoUonio y de Alexandre: su antigüedad
respectiva.— Fuentes literarias del libro de ApoUonio. — Modificación de las
mismas por el sentimiento nacional. — Examen y exposición de este poe-
ma.^— Su juicio. — Su influencia en las literaturas modernas. — Episodio y
carácter de Tarsiana. — Caracteres de Apolonio y su esposa. — ^nchitras-
tes y Antinágoras. — El poema de Alexandre. — Su representación entre los
doctos. — Su autor. — División y análisis de este monumento. — Situación
del poeta.— Carácter de Alejandro. — Sus analogias con los héroes castella-
nos.—Carácter de Darío. — Dotes poéticas que en el poema se revelan. —
Pasajes y rasgos notables del mismo. — Observaciones generales sobre el
estado de la lengua castellana en esta edad.
Jlíscritores, cuya erudición es generalmente aplaudida, y cuyo ta-
lento honra sobremanera al nombre español, tienen por extraor-
dinario fenómeno que en el siglo XIII, siglo de grandes victorias
para las armas cristianas y de irreparables quiebras para la mo-
risma, hallen acogida entre las musas de Castilla otros pensa-
mientos que los inspirados por la guerra, y se presten estas á
celebrar otros héroes que los nacidos en nuestro suelo y acla-
mados por nuestros mayores. Admíranse también, no sin que
alguna vez asome á sus labios desdeñosa sonrisa, de que traídas
27S HISTOniA CUlTICA Dli LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ya íi nuestra patria esas historias peregrinas, imperen en ellas las
costumbres y aun las creencias de los castellanos; y sin reparar
en lo que realmente significan en la de nuestra cultura, acusan
de ignorancia á sus autores y las condenan fifnalmente al despre-
cio. Pudo esta manera de critica tener explicación, ya que no
cumplida disculpa, en la segunda mitad del siglo pasado, en que
llegó á pedirse al arte de la edad media, cuyo carácter y condi-
ciones de existencia eran desconocidos, los mismos frutos que
hubiera de producir, ya más desarrollado y dotado de larga ex-
periencia. Mas cuando, abandonado felizmente el camino que así
conducia á la negación de la historia de nuestra cultura, fijamos
nuestras miradas en el prodigioso impulso que esta recibe en los
primeros años del expresado siglo; cuando examinamos, en la forma
que lo hicimos en el capítulo anterior, las causas que produjeron
la primera trasformacion de la poesía vulgar; y cuando, finalnjen-
te, advertimos que ese importante cambio se opera primero en el
terreno de la poesía religiosa, guia y maestra de las vulgares; ni
tenemos á maravilla que la musa de los doctos busque sus inspi-
raciones y sus héroes fuera de la guerra y de la Península Ibé-
rica, luego que ambiciona el lauro de la epopeya, ni nos sorpren-
de tampoco que refleje poderosamente en sus cantos las costum-
bres, los sentimientos y las creencias de nuestros abuelos, siendo
para nosotros uno y otro hecho consecuencia inevitable de la ex-
traordinaria situación, en que las letras se encontraban. El es-
tudio de esos monumentos no traerá pues á nuestros labios la
sonrisa del menosprecio: confirmación de cuantas observaciones
dejamos expuestas, nos. pondrá por el contrario muy de relieve
todas las conquistas y preseas, todos los errores y extravíos de
aquel arte, que dominado por los elementos que tenían vida pro-
pia y enérgica representación en el suelo de Castilla, no podia
menos de reflejarlos en sus obras.
Dos de las más importantes que han salvado el olvido de los
tiempos, son indubitadamente los poemas de Apollonio y de Ale-
xandre: coetáneos ambos de las obras de Berceo, á quien fué el
segundo atribuido por alguno de nuestros historiadores ^, des-
1 Esla ¡dea fué apuntada primero por cl cistcrciciisc fray Francisco Bi-
11.^ PAUTE, CAP. VI. PRIM. MON. EKUD. DE LA POES. VÜLG. 279
piertan la atención de la crítica, asi por su extraordinaria exten-
sión, el carácter y calidad de sus héroes, como por los medios
artísticos en ellos empleados. Difícil es á la verdad el resolver
con acierto cuál de estas dos producciones hubo de aparecer pri-
mero en la república literaria, bien que no escasean las razones
para creer que precedió el libro de Apollonio al poema de Ale-
xandre, por más que, llevada acaso de las palabras del célebre
marqués de Santillana, haya asentado una corporación respetable
que era este anterior al siglo XIII *. Muévenos en primer lugar á
exponer la opinión indicada la declaración que hace el mismo au-
tor :del libro de Apollonio en la breve invocación, con que dá
principio á su obra, diciendo:
\ En el nombre de Dios 1 et de Sánela Maria,
Si ellos rae guiassen, | estudiar quería
Conponer un romance, \ de nueva maestría,
Del l)uen i'ey Apollonio | et de su cortesía.
Comparada esta copla, en su extructura métrica y rímica, con
las de Gonzalo de Berceo; reconocido el propósito de escribir en
el mismo lenguaje adoptado ya por los eruditos, que no otra cosa
significa la frase quería componer un romance ^, y reparando por
var {Coment. de Marco Máximo, pág. 336), y recibida después por el benedic-
liao Sarmiento {Mem. para la hist. de la poesía, núm. 558); pero sólo para
que no se teng-a por desconocida, puede ya mencionarse en la histoi-ia lite-
raria.
1 El referido magnate decia en su Carta al Condestable: aEnlre nosotros
»usóse primeramente el metro en assaz formas: asy como el Libro de Alexan-
ndre», etc. (Núm. XIV). — Estas palabras, y el hallar en los Comentarios de
Bivar, citados arriba, que en 1651 era dicho poema «tantaé antiquitatis ut
quing-entos anuos exaratura, quot quot eum viderint, credant» (eodem lo-
co), fué sin duda causa de que la Real Academia de la Lengua le colocara
en su Catálogo de autoridades íxniQs del aiío 120!) [Dice, déla leng. cast., ed.
de 1726, pág. LXXXIX).
2 No lo creyó así el docto señor Pidal, primer editor de este poema: «£1
))libro de Apollonio (dice) es un Romance, como el mismo autor le llama, de
«pura invención» (Introd. al mismo, pág. 3). Ni tampoco Mr. Ticknor, quien
anadia al citar estas palabras: «Romance significa sin duda ninguna en este
«caso historia, cuento, que es el sentido primitivo de aquella voz» {Hist. de
la Ut, esp.y tomo I, cap. 11). Mas para convencernos d« que esto no es así.
280 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESI'A5!oLA.
Último en que el arto que el poeta se propone emplear recibe co-
mo por excelencia el título de nueva maestría, título con que re-
comienda aquel su trabajo á la estimación de los lectores, — no
hallamos violencia alguna en admitir que debió escribirse esta
obra poco después ó acaso en los momentos en que se verificaba
la primera trasformacion de la poesía castellana, tal como pro-
curamos explicarla en el anterior capítulo ^ Toman fuerza ma-
y de que se alude única y exclusivamente al lenguaje vulg^ar, que en todas
las naciones occidentales recibió por contraposición al latino el nombre de
romance, bastará recordar lo que observamos antes de ahora {Ilustración V.**
de la I." Parte), teniendo además en cuenta que lo mismo sig-nificó en las de-
más literaturas neo-latinas. Sin apartarnos de los poemas que examinamos
en este capítulo, vemos por eg-emplo que los autores franceses del de Alejan-
dro, y en especial Li Cors, ó Le Court, dijo:
Lambert li Cors Tscrit
Qui (le 1' /alin le traist, et en román le mit.
El autor del poema provenzal de Gerardo de Rosellon, al dar cuenta del
héroe y del asunto que vá a cantar, escribe:
Lb crnnique en latín I ainsi le me raconle:
Cilz qui fíl le román I en fait nog altre conté.
Pudiéramos multiplicar las citas; pero para que nuestra observación quede
plenamente confirmada, tenemos por muy suficientes los versos que siguen
de Berceo, tomados del Sacrificio de ¡a Misa (copla 296):
El romance es complidn, I puesto en buen logar
Dias ha que lazdrnmos I queremos ir folgar.
¿Habrá quien califique de novela, cuento ó historia el Sacrificio de la Mi-
sa?... No es pues el que se supone el sentido primitivo de la palabra roman-
ce. Adelante volveremos á tratar esta cuestión.
I Nuestro docto amigo el sabio don Fernando José de Wolf, llevado de
estas observaciones, antepone en sus Estudios {Studien zur Geschichte der Spa-
nischen Nationaliiteratur, pág. 50 y sigs.) el Poema de Apollonio á las obras
ya estudiadas de Berceo, en lo cual le sigue el erudito conde de Puymaigre
(Les vieux auteurs, tomo 1, pág. 247), manifestando que debe preceder «les
poesies de Gonzalo de Berceo et suivre d'assez pres le Poéme du Cid». Sen-
timos no participar de la misma opinión: para nosoiros no hay duda en que
este poema de Apollonio es anterior al de Alexandre, que pertenece á la pri-
mera mitad del siglo XFII; pero aunque escrito, como procuramos probar, por
un hombre de clerezía, manifiesta claramente que el sistema poético, á que
pertenece, estaba ya adoptado; y como en la doble manifestación de la poesía
castellana (la religiosa y la heroica) vemos claramente que la religiosa an-
tecede á la heroica, cual inevitable consecuencia de las leyes internas de
II.* PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 281
yor estas consideraciones, cuando se advierte que en la introduc-
ción del poema de Álexandre, al dar razón del intento altamente
erudito que le pone la pluma en la mano, no solamente manifiesta
ya el autor que acepta una metrificación sujeta á determinadas
leyes, sino que era esta generalmente conocida.
2 Mester trago fermoso | non es de ioglaría;
Mester es sen peccaclo, | ca es de clerezia;
Fablar curso rimado | per la quaderna uía
Á síllauas cuntadas, 1 cá es grant maestría.
Nadie habrá pues que al fijar la vista en las circunstancias par-
ticulares que resaltan en esta copla, tan interesantes para la in-
vestigación que varaos haciendo como preciosas para la historia
del arte, no reconozca en la protesta contenida en el primer ver-
so y en la confesión del segundo que se escribió el poema cuando
la clerecía, es decir, la clase letrada de la nación, se habia ya
apoderado exclusivamente de las formas ensayadas ó acreditadas
por Berceo, á las cuales se refieren palpablemente los dos últimos
versos. La quaderna vía, las síllauas cuntadas y la grant maes-
tría del poema de Álexandre presuponen mayor desarrollo, si no
mayor conocimiento de los medios artísticos recibidos por los dis-
cretos, al hacer suya la lengua castellana, que la nueva maestría
del libro de Apollomo; pareciendo por tanto racional que hubo
este de precederle por el espacio de algunos años. Y decimos de
algunos años, porque no puede ser muy grande la distancia que
los separa, escrito el poema de Álexandre al mediay el siglo XIII,
según lo persuaden varias razones, expuestas antes de ahora y
generalmente aceptadas por los bibliógrafos. A.poyándonos en la
autoridad de Sarmiento, que pone la introducción del papel en
nuestra civilización, y es por otra parte más ingenua y significativa la de-
claración de Berceo, en su lugar alegada, respecto del intento que le guia al
escribir en romaz paladino, no hallamos razón bastante para despojarle del
lauro, si lo es, de iniciar ó segundar en primer término la innovación erudita
que examinamos, la cual se refleja en sus poemas religiosos más vivamente
que en otra alguna producción de aquella edad, bajo tan varios y multipli-
cados conceptos, como hemos indicado. De cualquier modo, puede asegurarse
que el Poema de ApoUonio es uno de los primeros monumentos eruditos de la
musa vulgar castellana.
282 mSTOFlIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA55oLA.
España por los años de 12G0 ^; teniendo présenle que al referir
el poeta las visiones de Alejandro, nianillesla para ponderar su
número, que
2306 No cabrien en carias | de quince cabrones,
lo cual determina el uso universal del pergamino de cuero; y con-
siderando que al señalar el valor de alguna cosa, no hace mención
de los bu r gal eses, moneda acuñada por el Rey Sabio en el primer
año de su reinado, mientras cita con frecuencia los pepioncs , á
(jue aquellos sustituyeron, no sin fundamento nos resolveriamos á
juzgar que esta fastuosa joya de la poesía erudita de Castilla hubo
do aparecer antes de 1252, en que subió al trono de sus mayores
don Alfonso X 2. Si pues no es lícito desconocer que precedió el
libro de Apollonio al poema de Alexandre , cuerdo será también
colocar la composición del primero en los últimos dias del primer
tercio, ó á lo más comenzado el segundo del mismo siglo, cuando
1 Mein, para ¡a hist. de la poes., núni. 289. Conveniente creemos no
obstante advertir que la introducción, del papel en los dominios de Castilla,
debió preceder á la fecha que señala Sarmiento. Escritas las Partidas de d25G
á 1263, según demostróla Ueal Academia de la Historia (pról. alas mismas,
pág. XXVII), y siendo muy probable que lo fuese la III.* en 1258, tercero
de los años empleados en dicha empresa, no cabe duda de la exactitud de
nuestra observación, cuando en la ley V del título XVIII de la expresada
Partida hallamos ya establecida la diferencia que habia entre las «cartas que
se facen en pergamino de cuero» y «las que deuen seer fechas en pergamino
de panno». Si pues el papel no se habiu aun admitido generalmente en Cas-
lilla, al escribirse el poema de Alexandre, y en 1238 llega el legislador á dar
su uso como cosa de todos oficialmente aceptada, no seria descabellado el
concluir que debió preceder, por lo menos, unos diez ó doce años á esta
fecha.
2 Esta deducción, lógica y natural, ocurrió ya al erudito Sánchez (Colee,
de poesías casi., tomo lll, pág. XIX): como apoyo de la misma pueden con-
sultarse Garibay, Comp. hist., lib. XIII, cap. Vil, y Mariana, Hist. gen., li-
bro XIII, cap. IX. Debemos notar aquí que, á pesar de estos fundamentos his-
tóricos, un distinguido escritor de nuestros dias, cuya amistad tenemos en
mucho, declara que «no es presumible, si se examina el estado de la lengua
»en la primera parle del siglo XIII, que el poema de Alc.vandro sea anterior al
»año 1276» (Puibusquc, Hist. comp. des litt. espagn. etfranc. , lomo I , i'ági-
na 381). Sentimos no estar conformes con su diclámen.
11.^ PARTE, CAP. Vi, PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VüLG. 283
ya las primeras poesías de Berceo habían hecho aceptable entre la
gente docta ó clerical la nueva maestría, que procuraba ensayar
el autor de, la mencionada obra ^ Acogida esta con aplauso por
los discretos , lograba entre ellos cierta popularidad , que propa-
gándose á las generaciones venideras, debía producir en la lite-
ratura española sazonados frutos ^.
Y que no debió suceder de otñ) modo lo comprendemos sin
grave obstáculo, al poner nuestra consideración en el argumento
del libro de Apollonio y en la idea moral que lo anima, idea y ar-
gumento muy del sabor y gusto de la clerezia, que dada á la in-
vestigación y estudio de la historia antigua, prefería naturalmente
aquellas narraciones que más lisonjeaban su curiosidad y más se
acercaban á lo peregrino y maravilloso. Mucho tenia en efecto de
uno y otro la leyenda de Apollonio, que halló sin duda el autor
del poema castellano ya extendida entre los latinistas, y que debía
ser conocida en nuestra Península desde siglos anteriores , como
lo era acaso, ó lo fué más adelante, en los demás pueblos de Eu-
ropa ^. Originaria del Oriente, y consignada por el mismo Apolo-
{ Imposible es de todo punto designar el nombre del poeta que trajo á
nuestra literatura este estimable libro: de creer es sin embargo que fué clérig-o,
no sólo por la naturaleza del asunto por él elegido, sino también por la predi-
lección con que habla siempre de la clerezia. Para él no hay saber sino en esta
clase, á la §azon tan privilegiada, llegando hasta el punto de poner en boca
de Tarsiana la siguiente exclamación, cuando Apolonio le adivina 1ú¡s enig-
mas (copla 510):
Parece bieu que eres | clérigo entendido!...
Adelante haremos alguna observación sobre la comarca, en que acaso mo-
raba el poeta.
2 Sin apartarnos del siglo Xill, hallamos testimonios de la popularidad y
boga que alcanzó el libro de Apollonio entre los doctos. El entendido Alonso
de Fuentes pone en la dedicatoria de los Quarenta Cantos uno muy notable
debido al Rey Sabio, cuyo final, copiado también, aunque con ciertas varian-
tes, por Garibay (Comp. hist., lib. XIII, cap. XHI), es como sigue:
Ya yó oy otras vezes ] de otro rey^assy coiitarj
Que con desamparo que ovo { se metió en alta mar
A se morir eu las ondas | las aveiituras]busc.ir:
Apollonio fué aqueste, | et yo faré otro que tal.
3 Para prueba de esta observación, recordaremos que la historia da Apollo-
nio fué incluida en el peregrino libro titulado: Romuleoii ó Gesta Romanortim,
2S4 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ilio, según se pretendo por sus traductores *, después de dar vida
A un poema griego, escrito con toda probabilidad durante aquella
compilado por B^nvcnulo de Imola á ruejos de Micer Gómez de Albornoz,
al mediar el siglo XIV, y cuya celebridad llegó á ser grande en toda la edad
media (cap. CLIIl, fól. LXXl). Pero si este dato fehaciente no existiera, nos
bastaría el advertir que apenas hay una literatura, á que no haya logrado ser
trasladada la indicada leyenda. Mencionada varias veces por los trovadores
provenzales, no cabe duda de que fué adoptada por ellos. En ol poema de Fla-
menca, publicado en parte por Raynouard {Lexiqíie Román, tomo I, pág. i),
se lee :
L' aatre cantona d' Apolloine
Cou si reteiic Tyr de Sidoine.
Y Arnaldo de Marsan compendiaba sus aventuras en estos versos, citados por
Fauriel {Hist. de la poes. prov., tomo III, pág. 48G):
D' ApolIoÍDCS de Tyr
Sapchatz comtar e dir
Comél fos perilbat
El ct tot son barnat
En mar pcrdet ses gens...
E pueis issic en terre
On li fun obs acquerrc ■
Vianda, dont hoin vien
Cniu un paure cailieu...
Mas pueis n' ac gran honor
C amor li rendet say
Mas que non pcrdet lay...
E fó rey com denans
Fort é ricx é presans,
(Raynouard, Cfioix, tomo 11, pág. 301.)
No recordamos haber visto en ninguno de los historiadores literarios que la
poesía italiana prestara sus formas eruditas á esta leyenda; y sin embargo te-
nemos á la vista un poema, dividido en seis cantos ó cantares, escrito en len-
gua toscana sin duda en la segunda mitad del siglo XIV. Guárdase el original,
con un fragmento del libro de Fiorio é Blanca Fiare, y otros versos latinos é
italianos, en la Biblioteca Toletana, caj. 40, plut. 10, núm. 28: el poema de
Apollonio de Ttjro está en octava rima, y ya se ofrecerá ocasión de reconocer
su mérito en las siguientes notas. Respecto de Inglaterra, conviene tener pre-
sente que Gower recogió también en su Confessio Amantis dicha leyenda, la
cual, con las demás de la Gesla Romanorum, tradujo últimamente Swan (1824),
habiéndose mucho antes ingerido en el drama de Pericles, atribuido á Sha-
kespeare. En la literatura francesa hubo también de ser admitida en los tiem-
pos medios, dando origen en el pasado siglo á una novela que apareció en 1710
con el título ile Les avenlures dWpolloniíis de Tyr. En Alemania fueron estas
igualmente conocidas.
1 En la versión latina más antigua que ha llegado á nuestras manos, se
II / PARTE, CAP. VI. PñlM. MON. ERUD. DE LA POES. VLLG. 285
feliz era de renacimieiito de las letras helénicas, á que dá impulso
el ilustrado celo de Justiniano , fué puesta en lengua latina por
Celio Symposio dentro del mismo siglo YI , tomando así plaza en-
tre las aplaudidas ficciones de Tacio, Longo y Heliodoro, que re-
conocían sin duda la misma fuente ' . Halláranla en la corte bizan-
tina Leandro de Sevilla y los demás obispos católicos desterrados
por Leovigildo , trayéndola á España al ser llamados por Recare-
do 2, ó viniese más adelante con los primeros cruzados que vuelven
de Palestina, cierto parece que desde fines del siglo XI ó princi-
pios del XII merecía ya en la Península Ibérica la estimación de
los eruditos, conservando el carácter de la narración primitiva, si
bien reflejando en parte las costumbres escolásticas de aquellos
dias. Demuéstralo así la existencia de un códice, escrito sin duda
en la citada época, y compuesto de varias leyendas sagradas y
profanas, entre las cuales se cuentan algunas que tienen su raiz
en el Oriente, ocupando el quinto lugar el libro de Apollonio "\
lee: «Universos cassus suos, suorumque ipse descripsít et dúo volumina, ununí
Dianae in templo ephesiorum, aliud in bibliolheca sua exposuit». Esta decla-
ración es sin embargo de poco precio en la estimación crítica.
{ MarcosVelsero,quedióáluzenNurembergelaño de 1682 una traducción -
latina de la misma historia con el título de: Narralio eorum quae contingerunt
Apollonio Tyrio, declarando que la tomaba ex membranis vetuslis, opina que se
escribió tal como la dá á luz en los últimos tiempos del imperio romano: Barthio
juzga que en la época de Casiodoro (470 á 562) , atribuyéndola á Symposio (Co-
lect. crit., lib. LVIII, cap. I): el marqués de Pidal añade que las dos opiniones
pueden concertarse, resultando que la vida de Apollonio pertenece al siglo IV
ó V {Revista de Madrid, Z.^ serie, tomo V, pág. 7). Nosotros sin embargo cree-
mos más conforme con la historia de las letras en el imperio de Oriente la
indicación que dejamos hecha: en cuanto á Symposio, no tenemos duda de
que hubo de ser el traductor, por las razones que después expondremos. Sobre
estos puntos pueden consultarse con provecho los Estudios {Studien) del docto
Wolf, tantas veces citados (pág. 50 y siguientes), que llegan á nuestras ma-
nos muchos años después de escritos estos capítulos.
2 Véase el cap. VII de nuestra I.^ Parte.
3 En la Biblioteca Nacional existe un precioso códice en 4." vitela, de letra
delsigloXII, señalado F. 152, que encierra los tratados siguientes: 1. "Epístola
Turpini archiepiscopi ad Leoprandum (fól. 1); 2.° Historia famosissinii Karoli-
Magni, qui tellurem hispanicam et galecianam a potestate sarracenorum libe-
ravit (fól. i); 3." Gesta Alexandri Magni (fól. i9); 4." Relatio cuiusdam de -
286 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Niní^iin esfuerzo liubo mcncstor el poeta castellano para que la
ficción por él aceptada fuese bien recibiila de los que á la sazón
se preciaban de entendidos , cuando los más doctos del Estado la
tenían de antiguo colocada entre las leyendasiuás selectas y aplau-
didas: llevado del misino impulso que Berceo , buscaba pues su
inspiración y sus héroes, no en la tradición oral, que habia dado
vida á los cantares del Cid , reflejando la nacionalidad española,
sino en los libros raíls estimados de la clerezia, no doliéndose do
pasar por imitador á trueque de aparecer ilustrado.
Mas si al desentenderse de cuanto le rodea, apartando la vista
del estado político de Castilla y desdeñando sus grandes victorias,
toma para su poema un héroe de la gentilidad, que oráculo de sa-
ber y modelo de prudencia , esquiva cuerdamente los peligros de
las armas, mostrando en las adversidades y quebrantos de la vida
altíi veneración y respeto á los dioses, no se olvide que al traer á
la lengua nativa tan preciada leyenda, se vio forzado á infundir en
ese mismo personaje el espíritu del siglo XIII , animando los inte-
resantes cuadros de aquella singular historia con la luz de las
creencias y las costumbres de nuestros abuelos. El sentimiento
religioso que brilla en ApoUonio , no es ya como en la leyenda
latina, el sentimiento teogónico del mundo antiguo; el prófugo
rey de Tiro cree, piensa y habla como un príncipe cristiano de la
Inrliae regionc et de brajmanis eorunique conversationc (fól. o5 vuelto.);
5.° Hystoria ApoLtoMi Tmn (fól. 66); 6.° Epístola presbiteri Johannis ad ro-
manum Imperatorem (fól. 76); 7.° Vita Amici et Amelii (fól. 79); 8.° Gesta
Salvaloris (fól. 84 vuelto); 9." Visio (fól. 83); 10. Altera Vislo (fól. 105);
11. De Infantia Salvaloris (fól. 107); 12. De purgatorio Sancti Palricii (fo-
lio 118 vuelto); 13. Vita Beatorum Barlaam et Josaphat (fól. 124); l4.Passio
Bcati Amasii (fól. 136); 15. Historia Sanctorum scptem dormicnliam (fo-
lio 14 1); 16. Gesta et passio Bcati Mathiae apostoli (fól. 143); 17. Gesta fran-
corum et aliorum jerosolimitanorum (fól. 146); y 18. Un tratado incompleto
de plantas, piedras preciosas, aves, etc., que puede ser acaso el presentado á
Alfonso VI por Alfonso de Letesma ó Ledcsma. Este repertorio, curioso bajo
todos aspectos é interesante por más de una razón para nuestros estudios, dá
á conocer el genero de erudición que alcanzaban nuestros mayores en los tiem-
pos, áque nos vamos refiriendo. Del libro de ApoUonio, que ofrece una ver-
sión distinta de todas las demás que dejamos mencionadas, daremos razón en
las notas siguientes.
ll/ PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 287
edad media; y este anacronismo, reprensible en toda producción
de un arte ya maduro, dando especial color á los demás persona-
jes, viene á ser la fuente más fecunda de las bellezas que exornan
el poema, y el mayor y tal vez el único título con que puede aspirar
al lauro de la originalidad el autor castellano. Pero, sobre ser esta
condición inherente á toda poesía que anhele representar algo en
el pais que la cultiva, porque «todo poeta verdadero describe en
lo pasado su propio siglo, y hasta se representa á sí mismo bajo
cierto aspecto» % era también en aquellos momentos ley suprema
del arte erudito, á la cual ni el autor del libro de ApoUomo, ni
otro alguno de cuantos entonces ambicionan la protección de las
musas, podia sustraerse, si habian de ser leidas y apreciadas sus
obras, aun por los que se contaban entre los discretos. Cediendo á
este linaje de fuerza, y teniendo presente que escribía un poema
heroico, fijaba al par sus miradas en las epopeyas populares, y á
diferencia de Berceo, recogía los rasgos más brillantes de los pa-
ladines españoles, y acomodándolos á sus héroes, procuraba darles
en esta forma legítima carta de naturaleza. Al saber, por egemplo,
el Cid Campeador la afrenta de sus hijas en los Robledos de Cor-
pes, deja crecer y ciñe su barba en son de luto , hasta restaurar
con las armas su honor ofendido: menos belicoso, jura Apolonio,
al llorar perdida á Tarsiana , no cortarse la barba hasta que el
cielo le restituya aquella única prenda de su amor ; y cuando lo-
gra tanta ventura, manda á sus caballeros alzar tablados para
quebrántanos, lo cual hace también repetidas veces, para so-
lemnizar sus alegrías, el debelador de Valencia '^.
Con estos contrarios elementos que pugnaban por amalgamarse
y fundirse en casi todas las naciones meridionales , acometió el
poeta castellano la empresa de escribir el libro de ApoUomo, héroe
que, como vá insinuado, no era un guerrero de los tiempos me-
dios, pronto á exaltarse en defensa de la patria oprimida, ni á
tomar venganza con sus propias manos de las injurias que en su
honor recibe. Desde la segunda copla se vé ya expuesto el argu-
1 Schlegel, Hist. de la lit. arit. y mod., tomo I.
2 Véase el cap. TU del presente volumen, págs. ISO, 153, 163, iGQ, ele.
288 HISTOFIIA CRItIC.V DE LA LITERATURA ESPAÍ'ÍOLA.
nwnlo qup en todo el poema se desenvuelve , é indicado también
su especial carácter:
2 El rey ApoIIonio, | de Tiro natural,
Que por las aventuras | visto grant terlporal,
Cómo perdió la fija | et la muger capdal,
Cómo las cobró amas, | cá les fué muy leyal.
Noticioso en efecto el rey de Tiro , cual otros muchos prínci-
pes, de que tenia Antíoco una hija de tan extremada belleza que
no hallaba en el mundo compañera , presentóse en la curte de
aquel monarca á solicitar su mano, no sospechando la criminal
pasión que habia concebido por ella su desalmado padre. El bár-
baro amor de este , no satisfecho con el vedado logro, buscaba
todos los caminos de perpetuarse; y para aterrar á los pretendien-
tes de su hija, proponíales intrincado enigma, cuya errada solución
fué á muchos señal de muerte, pues no otro era el contrapeso que
habia puesto á la mano de la princesa. Lleno de indignación y ar-
repentido de su demanda, oyó ApoIIonio el enigma, que le revelaba
la torpeza de Antíoco ; mas como hombre de letras profundado,
y por no ser tenido por bavieca, dio al rey tan cumplida respuesta
que desconcertado primero é irritado después, intentó quitarle la
vida, como á los otros desafortunados pretensores i. La fuga es el
único medio de salvación que halla Apolonio contra aquel omi-
noso tirano; y no creyéndose seguro en su propio reino, dirígese
á Tarso con numerosas velas, cargadas de riquezas y bastimentos,
mientras le busca en Tiro un capitán de Antioco, ministro de su
venganza. Poderosa armada apresta, al no hallarle, el enojado
1 Debemos notar aquí, para mayor ilustración, que existió también du-
rante la edad media otia versión de los amores de Antíoco. Apasionado este
de Estratónica, mujer de su padre, se resuelve á morir por no cometer el cri-
men que traia consigo aquel desvario; mas noticioso el rey de su terrible si-
tuación por medio de un astuto médico, le cede la hermosa Estratónica, sal-
vándole así la vida. De esta historia se escribió al cabo un romance, que puso
Alonso de Fuentes en sus Quarenta Cantos (Parte III.*, canto VII), el cual
empieza:
Fatigado está de amores
Antiocbo y inallratadn;
Por su lirrinos.i madrastra
Está y Tire lasliin.ido.
II.* PARTE, CAP. VI. PIUM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 289
tey contra Apolonio, quien buscando en Tarso asilo á su desgra-
cia, sabe allí de boca de un «orne bueno, layco et de dias ancia-
no», que estaba puesta á precio su cabeza, viéndose forzado á
esconderse, como un malhechor, en casa de Estrangilo *, si bien
socorrida el hambre que padecía la ciudad con el trigo de sus
bajeles, merece ea premio de su largueza que le erigiesen los tar-
sianos una estatua (ydolo). Nuevas persecuciones vinieron entre
tanto á inquietarle, y aconsejado por Estrangilo, dióse á la vela
para Pentapolin; pero con tanta desventura que no había nave-
gado dos horas, cuando
108 Voluiéroiise los vientos, | el mar fué conturbado;
Nadauan las arenas | al cielo leuantado,
y destruida toda la flota, sólo Apolonio logró arribar á, la deseada
playa, desnudo y sin sentido, hallando al volver en sí hospitalaria
acogida en un pobre pescador, quien partiendo con él sus vestidu-
ras, le dio seguro albergue, encaminándole después á la ciudad
vecina. Su destreza en el juego de la pelota y su extremada ha-
bilidad en la música y el canto, le ganan allí en breve el aprecio
del rey Architrastes y el amor de Luciana, su hija, quien tomán-
dole por maestro, acaba por confesar á su padre la pasión que
Apolonio le inspira ^, no sin caer en peligrosa enfermedad de
1 El pasaje, en que se narra la entrevista de Apolonio y Estrangilo, es
en la leyenda latina mucho más dramático. En el cód. F. 1S2, se lee: «Ac-
césit [ApoUonius] ad eum [Strang-ilionem] e prolinus et ait: — Ave, Strangilio.
Strangilio ait: — Ave, domine Appollonie. ¿Quid itaque his locis turbata raen-
te moraris? AppoUonius ait: — Proscriptura vides. Stiangilio ait: — ¿Quis te
proscripsit? Appollonjus ait: — Rex Antiochus. Strangilio ait: — ¿Qua ex cau-
sa? AppoUonius ait:— Quia filiam eius immo et, ut vcrius dixerira, coniu-
gem in matrimonio pecii. Itaque, si fieri potest, in patria vestra latere voló».
'En la. Gesta Romanorum se halla el mismo pasaje, concebido en estos tér-
minos: «Accésit ad eurtí protinüs et ait AppoUonius: — Ave, Strangilio. Et
ipse ait: — Ave, domine mi, rex Appollonie; et rursus ait: — Die mihi: ¿Quare
in his locis turbata mente versaris? Ait AppoUonius: — Quia filiam regis, n*
verius dixeram, coniugem et in matrimonio petiui. Peto itaque, si fieri po-
test, in patria ucstra voló latere», etc. (fól. LXXII, ed. de 1468),
2 Esta escena, en que el poeta español ingiere varias circunstancias ori-
ginales, debe ser conocida de los lectores. La Gesta Romanorum dice: «Rex...
iussit sibi tradi liram, et egresso foras corona capitis eum decoravit; acci-
TOMO III. 19
290 HISTORIA CRÍTICA DE LA LlTERATl'RA ESPASOLA.
aniurcs, y rechazadas una y otra vez las solicitudes do varios
príncipes que la pretendían. Al cabo, reconocida la regia gorar-
qiiia de Apolonio, consiente Architrasles en el enlace de ambos
piensque lirara, intrauil Iriclinium, pnlsabal ante regern tanta dulcedine ut
omncs non AppoUonium, sed AppoUinem crederent. Discurabcntes cum re-
ge dixerunt quod nuuquain melius audissent ncc vidisscnt. Filia rcgis hoc
auditus, respiciens iuuenem capta est in amore, et ait ad patrem suum: — O
pater, permittas me daré iiiueni, quod mihi placet. Ait rex: — Permitió»
(fól. LXXíII). Eo el poema italiano, citado arriba, leemos (canto II):
E prese I a)pa é corninzó á sonare
Ke tntta zcnte fa roaranigliaie.
Sonando sí, cintú una balista
Si romo que lo ke lino mageslro,
F, la donzella ka nome Archistrata
^el cuore la ss^itto senza ballestro.
Duuanti lo re se fo inzenogiata
Et disso: Padre (con parlare adestró',
Qucslo uaron he tanto píen d ingeni;
Se lo ue i grado, voglio kél meisegni.
• Lo Re 11 disse: presente costpy
Lu douverisi e^ser niagislro da scola,
Se tú e suffiziente, ben vorey
Che tú insegnasti aquesta mia figliola.
Et ello rispuose: Quando placo á ley,
1 li farú impararc alpa é viola
E cosí staró per raag^straniento
E g-li mostraró sonare ogni islrumcnto.
Como uo dito Apolonio demoro
De bona Qde, como se conuiene,
E la donzella de luí se inamora
E si I acende d amoroso bcne, etc>
En el libro castellano se halla la misma situación del siguiente modo:
1S7 Quando el Riey de Tiro j so vio coronado.
Fué de la tristeza | ya quanto amansado;
Fué cobrando el Besso, | de color meiorado,
Pero que non oviesso | el duelo olvidado.
1S3 Alzó contra la duenya | un poquiello el geio;
Fué ella de uergüenza | prisa un pequilleio;
Fué radiendo el arquo | égual et muy párelo:
Alies cabíe la duenya | de gofo en su pelleio.
1S9 Fué levantando 1 unos tí-n dulces sones
Doblas et dobayladas, | temblantes, semisones:
A todos ategraua | la voz los corazones;
Fué la duenya tocada | do malos aguijones.
190 Todos por uua boca | dezien et aCncauan
Oqo Apollonio Coteo | nicior non violaua:
El cantar de la duenya, ] que mocho alabanan,
Contra el de Apollonio | nada non lo pre(;iauan.
II.* PARTE, CAP. VI. PRBI. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 291
jóvenes, siendo mayor el gozo del rey de Tiro, al saber que^
muerto ya Antioco, puede restituirse á su patria sin sobresaltos
ni peligros. Con la bendición de aquel padre afectuoso toman
pues la via de su perdido reino, sin abrigar sospecha alguna de
las nuevas amarguras que los esperaban. Mas ya en medio de la
n]ar, dio á luz la hermosa Luciana una niña con tanta desdicha,
que apareciendo en trance tal m"uerta á los ojos de Apolonio y de
los suyos, y movido el rey de los ruegos del piloto {marinero),
fundados en la extravagante creencia de que habia de perderse
toda nave, en que se hallara un cuerpo muerto, determínase en
medio de la mayor pena á arrojarla en la mar, con la esperanza
sin embargo de que hallase honrada sepultura. Á este propósito
manda colocar á Luciana en un féretro {armario), de tal manera
embetunado y cerrado que fuera impenetrable á las ondas; po-
niendo dentro del mismo un plomo, con las siguientes palabras:
290 Yo, Rey Apollonio, ] eiibío merced perür:
Qniquier que la fallare, ] fágala sobollir;
Lo que [nos] nol' pudiemos ( sobre la mar complir.
291 El medio del tresoro | lleve por su lacerio;
Lo ál por la su alma | preste al monesterio;
Sallir le Imn los clérigos ] meior al cimenterio,
Rezaran mas de grado | los ninyos el salterio.
292 Si esto non compliere, | plegué al Criador
Que nin en muerte nin en vida ] non aya valedor.
191 El rey Architrastes | non sería más pag^ado
Si ganasse uu reg'no ( o hun rico condado.
Dixo á altas voces: — Desque yo fui nado
Non ■vi, segunt mió sesso, | cuerpo tan acabado.
192 — Padre, dixo la duenya | al rey su seiiyor,
Vos me lo condonaste j que yo por uuestro amor
Que pensasse de Apollonio | quanto pudiese meior,
Quiero desto que va. digades | cómo auedes sabor.
193 Fixa, dixo el rey, | ya vos 1 é mandado;
Seya uuestro maestro: | auetlo otorgado.
No creemos que se neg-ará al autor castellano el lauro de haber embellecido
con poéticas circunstancias este pasaje, del cual suprimió, sin duda porque
se acomodaban mal á nuestras costumbres, las pruebas que dio Apolonio,
después de cantar, de buen cómico y trágico. El códice F. 152, decía no obs-
tante: «Post hoc, deponens lirara, induit stratum comicuní et inauditas ac-
íionesexpressit. Delude induit tragcdiam, in qua non minus ómnibus placuit».
292 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Tres tli.os anda el féretro sobi'C las olas, al cabo de los cuales
es arrojado 4 las marinas de Éfeso, donde hallado por un sabio
médico, lo abre, y vencido de la suplica de Apolonio, pone al
cuidado de uno de sus discípulos el embalsamamiento de Lucia-
na. Mas no bien se preparaba este á ungirla, cuando descubrien-
do en ella síntomas de vida, particípalo á su maestro, logrando
ambos á fuerza de exquisitos remedios y esmero imponderable que
la recobrase por completo. Admirada primero de su desventura,
y resignada después con su mala suerte, recogióse Luciana á un
monasterio, consagrado á Diana, donde «con otras duenyas de
orden» la deja encerrada el poeta, para que
325 Sierva su eglesia | et reze su salterio,
mientras nos lleva en busca de Apolonio, dando con esto fin á la
primera parte del poema *.
Dominado de profunda amargura, habia aportado entre tanto
el desafortunado príncipe de Tiro á la ciudad de Tarso, donde sin
darse á conocer de los naturales, deja encomendadas á Estran-
gilo y su mujer Dionisia la tierna infanta y su aya Licórides; y
jurando no cortarse barbas ni uñas, ni entrar en Tiro, «hasta
que pueda dar á Tarsiana, su hija, buen casamiento», se retira
al Egipto, viviendo allí ignorado por el espacio de trece años,
tiempo en que crece en hermosura, virtud y ciencia la nieta de
Architrastes.
350 Criaron de grant vicio | los amos la mozuela:
Quando de syete anyos | diéronla á la escuela,
Apriso bien gramática | et bien tocar viuela:
Aguzó bien como fierro | que aguzan á la muela.
332 Quando ya á doce anyos ¡ fué la duenya venida,
Sabia todas las artes, 1 era maestra complida;
i Esta división aparece hecha por el mismo poeta, cuando escribe:
325 Dexpinosvoí la dur-ny.i; [ guarde su munestcrio
Sirra su eglesia | e reze su salterio.
En el TCj Apollonio | tornemos el ministerio.
Que por las auenluras | Itró tau grant lazerio.
11.* PARTE, CAP. VI. PIUM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 293
De beltad companyera [ non auíe conoscida;
Avíe de buenas manyas ] toda Tarso uencida.
De tal modo prepara el poeta á esta nueva heroína para los
infortunios que muy en breve la persiguen. — Licórides, á quien
profesaba tierno cariño, pasa á la sazón de esta vida, y descu-
briéndole al expirar su misterioso nacimiento, la entera de la
desdicha de su madre y del juramento de Apolonio, quien de
«recio cabdaleroD, rey y señor de Tiro, se habia convertido en
pobre y errante ((palmero». La envidia que anidaba en el alma
de Dionisia, vino á turbar los sueños de esperanza que estas gra-
tas nuevas h.ibian despertado en el pecho de Tarsiana. Preferida
esta públicamente por su belleza y virtud á una hija de aquella,
concibe el pérfido proyecto de asesinarla, eligiendo el momento
en que, fiel á la memoria de su aya Licórides, le tributaba reli-
giosa ofrenda, rezando al pié del sepulcro «los salmos del Salte-
rio». Teófilo, asesino pagado al intento, escondido en el cemen-
terio, se lanza sobre Tarsiana en el instante en que
376 Comienza de rezar | con toda mansedumbre;
y asiéndola de los cabellos, le muestra con la espada desnuda su
alevoso propósito. Cediendo sin embargo al ruego y llanto de la
huérfana, le dá Teófilo cortísima tregua para invocar la clemen-
cia divina, y en su dolor exclama la desdichada princesa:
381 Senyor... que tienes | el cielo á tu mandar
Et fazes á la luna | crecer et enpocar,
Senyor tú me acorre | por tierra et por mar, etc. *
1 Esta oración, aunque breve, es original, pues no se halla en ninguna
de las versiones latinas, que tenemos á la vista. El poeta italiano escribe,
nvás esclavo de la autoridad que el español (canto IV):
Ma contra que) villan pessimo e río
Non li valea niente á far questione;
E quando ella vid! pur lo so desío,
Humelmente se mise a genugioiie
E disse: lo te prego por l'amor de Dio
Che tu me lasi á lay fare oratione,
E poy moridi, sil convicit che mora;
E il Tillan per pieta li disse: Adora.
Devotamente Tarsia adorando
Et una nave zouse de corsali, ele.
294 HISTORIA CIUtICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Y aquel Dios de piedad, quo en nada so parece á las deidades
gentílicas, enviólo tan á tiempo el socorro, que sorprendido por
unos piratas, cuando alzaba segunda vez el acero para degollarla,
huyó Teófilo despavorido, dejando á Tarsiana en poder de los
mismos. Pero si quedó así libre do aquel peligro, fuélo su extre-
mada hermosura ocasión de nuevos sobresaltos; pues llevada á
Mitelena y puesta en venta pública por los corsarios, prendóse de
ella Antinágoras, príncipe de la ciudad, y ofreciendo crecida su-
ma, dio motivo ¿L que un «señor de soldaderas» aprontara otra
mucho más alta, haciéndose dueño de la inocente princesa, cuya
flor virginal pusoá infame precio *. Acudió el primero Antinágo-
ras; mas dolido de las súplicas, del llanto y de la juventud de Tar-
siana, y recordando sobre todo que tenia una hija de la misma
edad que podia verse en tal afrenta, no sólo abandona su carnal
intento, sino que entrega á la esclava el precio de su honra, egem-
plo seguido por cuantos garzones anhelaban gozar las gracias de
su belleza. Pagado se mostró el codicioso rufián con la excesiva
ganancia -: Tarsiana, quo comprendía sin embargo la magnitud
del peligro, le ofrece mayor logro con uotro mester más sin pe-
cado», recordando su habilidad en la música y el canto; y acep-
tado su ofrecimiento, sale al dia siguiente á la plaza pública á
violar por soldada.
427 Comencó unos viessos | et unos sones tales,
Que traien graiit dulzor, | et eran naturales:
Finchiense de ornes | apriesa los portales,
Non les cabíe en las plazas, j subíense á los poyales.
428 Quando con su uiola | Iiouo bien solazado,
A sabor de los pueblos j liouo assaz cantado.
i Debemos aquí notar que el autor castellano despojó esta parte de la le-
yenda de accidentes repugnantes, los cuales ofendian grandemente las cos-
tumbres de nuestros padres: «Perrexit cum Icnone in salualorium, ubi habuit
I'riapum aureumet gcmmis adornatum, clait: — Puclla, adora istum. Aitilla:
Nunquam tale adorem».
2 Sin embargo, en la leyenda latina se muestra el rufián deseoso de ma-
yor ganancia, y para lograrlo «vocans villicum puellarum, dixit:— Duc cam
ad te, et frange nodum virginitatis eius. Cui villicus ait:— Dic mibi si virgo
os. At illa: — Quandiu vult Deus, virgo sum ».
II.* PARTE, CAP. -VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 239
Turnúlfs á rezar ¡ un romanze bien rimado
De la su razón misma, | por lió avíe pasado.
Más de cien marcos recoge en este primer ensayo la infeliz
huérfana, que respetada y acariciada al mismo tiempo por la mu-
chedumbre, llega á ser el encanto de Mitelena, segura ya su vir-
tud de torpes asechanzas. — Cumplido entre tanto el plazo que
Apolonio se había impuesto, vuelve á Tarso en busca de su hija,
vivas aun las señales de la honda pena que le produjo la pérdida
de Luciana; mas engañado por la astucia de Dionisia y Estran-
gilo, sube de punto su desconsuelo, al mostrarle el sepulcro, en
que suponían aquellos encerrado el cadáver de la princesa, resol-
viéndose por último á volver á Tiro, donde quería ser enterrado
entre sus parientes.
451 Non quiso Apollonio | en Tarso más estar:
Que auíe recebido | en ella grant pesar.
Tornóse á sus ñaues | cansado de llorar;
Su cabeca cobierta, [ non les quiso fablar.
Una tempestad le arroja á las playas de Mitelena; y mientras
sumido en el dolor, se retira Apolonio al último rincón de su na-
ve, sallan los suyos en tierra para tomar el necesario refresco,
siendo visitados por Antinágoras, quien preguntándoles por su
señor, forma decidido empeño de conocerle, al tener noticia de
sus peregrinas aventuras. En vano se esfuerza aquel humanitario
príncipe, llegado á presencia del rey de Tiro, para alejar de su
corazón las nieblas que lo cubren: ni porque le invita á ver su
ciudad, ni porque le recuerda lo mudable de las cosas humanas
y la grandeza de la piedad divina, logra sacarle de su abati-
miento y su retiro. Apolonio le replica á las reiteradas demandas:
479 . . . Só j)or mis pecados | de tal guissa llagado,
Ouc el coracon me siento I todo atrauesado:
De cielo nin de tierra | veyer non c cuydado.
Aun más interesado Antinágoras con esta respuesta, trae á la
memoria la he\\a.juglare.sa, que llamada por su mandato, se pre-
senta luego en las naves, gentilmente vestida, y pronta á disipar
0on sus cantos la amargura de Apolonio. Puesta ya delante de
296 HISTORIA CRfTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
este, y después de manifestarle que no es una «juglaresa de las
de buen mercado»,
493 Movió en su uiola | un canto natural,
Coplas bien assenlad;is, | riinaiias á senyal:
Bien entendie el rey | que non lo facíe mal.
Dándole «diez libras de oro escogido», la despide no obstante
sin que alcanzara á desarrugar su dolorido ceño; pero advertida
de Antiuágoras, devuélveselas Tarsiana,
S02 faciendo sus trobetes,
Tocando su uiola, | cantando sus uersetes,
y proponiéndole después difíciles enigmas, que más bien por que
Tarsiana reciba el oro de ella desdeñado que por hallar pasatiem-
po, descifra Apolonio con desembarazo admirable ^ Cansado fi-
nalmente de aquel ejercicio, le ruega de nuevo que le deje solo;
mas dominada por oculta simpatía, insiste la esclava juglaresa en
el propósito de consolarle, y apurados ya cuantos recursos le mi-
nistra su ciencia,
327 Con grant coyta que ouo | non sopo que asmur,
Fuéle amos los brazos j al cuello á echar.
i Indicamos arriba que teníamos razones para creer que fué Symposio
el traductor latino del libro de Apolonio: de ello nos persuade el encontrar
ing-eridos en el mismo algunos de los enigmas, que en la colección titulada
Opera et fragmenta veterum poetarum latín, proph., tomo II, pág. 1609 de la
edición de Londres, 1713, lleva el nombre de aquel autor. En efecto, el pri-
mer enigma del poema es el XII de los de Symposio, el II el II; el III es
el XIII; el IV el LXXXVII; el V el LXI; el XI aquivale al LXIII; el VIII al
LXIX, y el IX al LXXXVII. Debemos advertir que el poeta castellano aña-
dió dos enigmas al cód. F. 152 y seis á la Gesta Romanorum. Para que los
lectores puedan compararlos con los de Apolonio, trasladaremos alguno de
los enigmas de Symposio. Veamos el XII, intitulado Flumen et piscis:
Est domns ia terris, clara qaae voce resultat,
Ipsa domus resonat, tacitus sed non snuat hospes;
Ambo tamen cnrraut, hospes simal et domas una.
Y el LXXVIII, que se denomina: Rotae seu Quadriga, último de los del
libro de Apcllonio:
Qualuor srquales currunt ex arte sórores.
Sic qnasi certantrs, quin sit labor ómnibus unu«
Ductor ubique sequcns, nee 6C contiogerc possuiil.
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 297
Esta acción, que aparece á los ojos de Apolonio cual punible
desenvoltura, arma su diestra de ira contra la infeliz Tarsiana,
asestándole en el rostro tal bofetada ' que bañándoselo en san-
gre, le hace prorumpir en amargas quejas, lamentando su triste
soledad y abandono, y refiriendo al par sus desventuras. Al ver
tan extraño dolor, confiesa Apolonio que «erró con fellonia», y
despertando de repente en su pecho una esperanza que juzgaba
muerta del todo, procura aclarar con nuevas explicaciones el du-
doso sentido de las palabras por él oidas: con este intento pre-
gunta á la desconsolada Tarsiana el nombre de su aya; y cuando
sabe que era Licórides, estalla su alegría coa el ímpetu de ar-
diente frenesí, saltando fuera del lecho, y exclamando, al estre-
char á su hija entre sus brazos:
544 . . . Ay mi fija, | que yo por vos muría!...
Agora he perdida | la cuyta que auía.
Fija, non amanesgió j para mí tan buen dia.
545 Nunqua este dia | non lo cuydé veyer;
Nunca en los mios bracos | yo vos cuydé tener!...
Oue por uos tristizia: | agora hé placer:
Siempre auré por ello j á Dios que agrade9er.
546 Venit, los mis uasallos,
Sano es Apollonio; ferit palmas et cantos:
Echat las coberteras, corret nuestros cauallos:
Alzat taulados muchos, pensat de quebrantaüos '.
1 Tanto en las leyendas latinas como en el poema italiano maltrata Apo-
lonio á Tarsiana, dándole un puntapié. El códice F. 252 dice: «Et calce eam
percussit, et impulsa virgo cecidit, et de genu eius coepit sangfuis effluere».
La Gesta Romanorum: «Et puellam cum pede percussit. Impulsa vero cecidit,
virg'o, et g'enibus eius ruptis, coepit sanguis effluere» (fól. LXXVI, v.). El
poema italiano:
Ond Apolonio, vegandosi á tal serr.i,
Deli un tai calce che la gitto á térra.
2 Como advertimos arriba, estos rasgos están tomados de las costumbres
españolas, así como otros muchos que habrán ya notado los lectores. En
las leyendas latinas se dice solamente: en el cód. F. 152: «Currite, famuli;
currite amici et anxietati patris finem imponito». En la Gesta: «Currite, fa-
muli, currite amici, currite omnes et miseriae meae finem imponite. Inveni
<iuam perdideram, sed unicam filiara meam» (fól. LXXVII). En la edición
de Velsero: «Currite, famuli, currite amici, anxietati meae finem imponite».
298 HISTORIA CRITICA DE LA LITI'UATURA Ei^rAÑüLA.
Después do esta animada peripecia, no interesa ya lauto el resta
del poema. Sin embargo, reconocido Apolonio á los cuidados de
Anlinágoras, y noticioso del amor que profesa á Tarsiana, los
uncen matrimonio, dirigiéndose con ellos" á Tiro, no sin casti-
gar duramente al rufián, que habia pretendido abusar de la ju-
ventud de la princesa. Ya en la travesía, se le aparece un ángel,
ordenándole que tome la vuelta de Kfeso, en cuyo templo de
Diana hallará la perdida esposa, completando su felicidad y de
los suyos. Asi lo ejecuta; y encaminándose á Tarso, donde casti-
ga la perfidia de Dionisia y de Estrangilo, parte luego para An-
tioquia, cuyo imperio le habia legado al morir la hija de Antioco,
dejando alli por reyes á Tarsiana y Antinágoras, y volviendo fi-
nalmente á Pentapolin, para visitar al anciano Architrastes. En
esta ciudad le nace un hijo, destinado á heredar á su abuelo; y
r:''cordando ios beneficios recibidos del pescador que partió con
él sus vestiduras, tras el primer naufragio, le colma de riquezas
y heredades, dándole
033 De campos é de viiiyas ¡ mnclns grandes .nncliuras,
Monlanyas et ganados ] ct muy grandes pasturas.
Restituido por último á Tiro , muere en medio de las bendiciones
de su pueblo.
6j0 Finó Cuino buen rey | en buena fin coinplida.
Tal es el Poema de Apoltonio , cuya sabrosa historia fué reci-
bida en toda la edad media como lección práctica de la instabilidad
de las cosas humanas, fecundando el principio altamente cristiano
y consolador de que las tribulaciones temporales se truecan final-
El poema italiano trasfiere el reconocimienlo de Tarsiana y las palabras que
le dirige Apolonio, de este modo:
Tú e la mía figliola e la iiiia speinr;
Tci c colvy |ief clii langiitr iioii vuolo».
Le lücriinc á Tarsia per li ochi guiiie
Corsé r tier liiy el abraQolo.
De tciiLTCza paiigiaiido iiisciiic
Tegiicnilo ['1111 al altro 1 krace 3 cnlo,
B regraliaiidu la virtud divina,
Clin alrgreza asciii de la sciUiuj, ele.
II.* PARTE, CAP. VI. PRDÍ. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 299
mente en sempiterno gozo '. Considerado como obra de arte, pa-
récenos justo observar que ya fuera por la misma regularidad de
la primitiva leyenda , ya porque no careciese el autor castellano
de ese talento creador, que todo lo subordina al logro de una idea
principal y verdaderamente poética, ofrece en su conjunto cierta
armonía inusitada hasta entonces, caminando la acción á su fin de
un modo fácil y desembarazado. Los repetidos obstáculos que se
oponen á la felicidad del héroe , formando el nudo de la misma
acción, no son sin embargo tan naturales como fuera de apetecer;
y aun examinados simplemente, cual medios artísticos, exceden los
límites de lo verosímil, en especial el hermético encerramiento de
Luciana, su viaje marítimo y resurrección en Éfeso, así como el
inmotivado retiro deApollonio, ideado sólo para dar margen al be-
llísimo episodio de Tarsiana 2. Yerdad es que este peregrino episo-
dio constituye la parte más interesante del poema. Aquella hermosa
niña, criada en la ignorancia de su propia grandeza , y arrojada
al primer albor de su juventud en medio del oleaje y de las ini-
quidades del mundo, rechazando con el escudo de su virtud todas
las asechanzas , y comprando con el tesoro de sus lágrimas el se-
guro de su inocencia, es una creación altamente simpática , que
embellecida por el poeta español con las gracias del cristianismo,
se ostenta á nuestros ojos cual pura azucena sacudida por contra-
rios vientos, los cuales inclinan acaso su misterioso tallo, sin que
logren jamás troncharlo ni deshojarla. Su pureza es como su her-
mosura; y su alma, nacida para el bien, se fortifica y acrisola en
medio de los peligros que la rodean y combaten.
Al llegar á este punto asáltanos una idea, que ocurrirá sin duda
i En la Gesta Romanorum lleva el capítulo de ApoUonio este título: «De tri-
bulatione temporali, quae in g-audium sempiternum postremo commutabitur».
2 Debió ya conocer esta inverosimilitud el ing-enioso Juan de Timoneda,
cuando hace en su Patrailuelo, obra de que vamos á hablar, que en vez de
consumir ApoUonio en el desierto los doce ó catorce años necesarios para que
su hija llegue a la juventud, los emplea en organizar el imperio de Antíoco,
que le habia negado la hija de aquel tirano, y eu rescatar el reino de Tiro, que
gemia bajo el yugo de un usurpador, entronizado durante su ausencia. Ver-
dad es que con estas variaciones perdía el carácter de ApoUonio su primitiva y
peculiar índole, convertido ya en un rey valiente y guerrero.
300 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?Í0LA.
íi todo el que fije la vista en este precioso monumento de la lite-
ratura española: hablamos do la estrecha semejanza que existe
entre la Tarsiana del libro de Apollonio, la Preciosa áe la Gita-
nilla de Madrid, debida á la pluma de Cervantes, y la Esmeralda
de yotrc Dame de París, obra de nuestros dias que enaltece el
talento de Yictor Hugo. Ya antes de ahora tuvimos ocasión de
comparar la gitaniUa española y la bohemia francesa; pero cuando
hicimos este cotejo no se habia dado á luz el poema de Apollonio,
y aunque teníamos alguna noticia de él *, no siendo tampoco para
nosotros desconocido el Patrañuelo de Timoneda , como aquella
era algo incompleta, y veíamos desfigurado en parte por este el
carácter de Tarsiana ^, no pudimos remontarnos al origen de la
bella creación que aclimató en nuestro suelo el inmortal autor
del Ingenioso Hidalgo ^, y que ha enriquecido en más amplia es-
cala la novela del siglo XIX.
Conocido el camino que hace la tradición oriental de Apollo-
nio y de su hija, cúmplenos ahora añadir que guardan en efecto
con ella la mayor semejanza, así la Politania del Patrañuelo,
donde más se altera aquel delicado tipo , como la Preciosa y la
Esmeralda. Todas nacen en ilustre cuna; todas son hermosas,
se hallan dotadas de virtud, pureza y valor, y expuestas á las in-
1 Habíala dado Rodríguez de Castro en su Biblioteca española (tomo II,
pág. 504, col. 2.*); pero tan incompleta, que no era posible formar juicio
aljuno. Sólo cuando publicó en el tomo IV de la 2.^ serie de la Revista de
Madrid el Sr. Pidal el libro de Apollonio, que imprimió por separado en 18 il,
pudimos completar este curioso cotejo, indicado en la traducción castellana de
Sismondi, que con anotaciones y aditamentos dimos á luz en el mismo año.
2 Véase la Patraña oncena, que tiene por epígrafe estos versos :
Apolonio por casar
Con la hija de Antioco
Grandes infortanios toco
Oue pasó por tierra y mar.
3 Don Antonio de Solís, celebrado autor de la Conquista de Méjico , puso
en escena después de la muerte de Cervantes la GitaniUa de Madrid, conser-
vándole el mismo título. Es una de sus más aplaudidas comedias, y ocupa en
la Colección á&dA á luz en 1714 el octavo luf^ar, habiéndose sostenido en el
teatro hasta los tiltimos años (Gil y Zarate, Manual de literatura, ed. de 1831,
páb'. 471).
II.* PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 30í
j lirias del mundo, luchando con entereza y constancia contra la
adversidad de la suerte, rechazando el oro y las amenazas de sus
perseguidores, y conservando ilesa la flor de su virginidad, ar-
dientemente codiciada. Y para que la semejanza sea más comple-
ta, todas ganan el sustento en medio del tumulto de las plazas
públicas con el encanto de su voz * y las melodías de los instru-
mentos poi' ellas pulsados; y mientras despiertan en unos carnales
apetitos, ó mueven en otros compasivos afectos, inspiran profunda
pasión en los nobles pechos de Antinágoras y Palimedo, de don
Juan de Cárcamo y del capitán Febo.
La menos pura, la más sensual de todas es sin duda la Esme-
ralda de Victor Hugo, á quien seducen ó deslumhran al cabo la
juventud , la gallardía y la nobleza de su amante ; pero no llega
sin embargo á marchitarse su frescura, siendo en verdad heroico
el tesón con que rechaza las tenaces importunaciones de Frollo,
encendido por ella en amor irresistible. También es la Esmeralda
la que está reservada á un fin más desastroso, sufriendo al propio
tiempo las más duras pruebas : Victor Hugo escoge el desenlace
terrible que pone fin en un suplicio á los dias de su heroína,
mientras en ApoUonio , en el Patramelo y en la Gitanilla se
purifican Tarsiana, Politania y Preciosa por medio de los padeci-
mientos, para conquistar la felicidad en la tierra. Pero en esto
precisamente debemos notar cómo las ideas de unos siglos se mo-
difican y someten á las de otros, y cómo el arte de unas edades,
1 Ninguna de las leyendas y poemas de la edad media dá razón de los
versos que Tarsiana cantaba en el mercado: sólo el cód. F. 152 incluye los
que dirigió á Apolonio, que trasladaremos á este lugar para completar en lo
posible la noticia que hemos dado de esa versión desconocida hasta ahora.
Dicen :
Per sonles gradior, si sordes conscia non sum,
Sic rosa in spinis nescio conpnngi mucrone:
Piratae me rapuerunt gladio ferientis iniqui.
Lenone nanc uendita, nanquam violavi pudurem:
Si fletas et laciimae aut luctus de amicis inerent,
Nulla a me nobilior patri, si nosset ut essem.
Regio sum genere, stirpe procréala priorum:
Ut, deo volente, nubear qnandoqae laetari.
Redde coelo faciem, ánimos ad sidera tolle,
Aderit nempe I>eus, Creator omnium et auctor,
Qui non sinit líos flelus, casso labore relínquo. "
302 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
empleando diferentes medios, desenvuelve las concepciones do
otras; ejerciendo grande inllnjo en este linaje de elaboración no
solamente el espií'itu nacional de cada pueblo, sino aun el pasajero
capricho de la moda. Seguia Yictor lingo la escuela apellidada
romántica, que pretendía emancipar las letras de la autoridad do
los cltisicos; y aunque la hermosa figura de Tarsiana no habia
nacido cu el arte clásico propiamente dicho , al lijar sus miradas
ya en la Gitanilla de Cervantes, ya en las leyendas de los siglos
medios, creyóse obligado, para ser consecuente, á cortar el hilo
de la vida de su Esmeralda con una horrible catástrofe , todavía
más terrible por los dolorosos gritos de la triste madre , que sólo
en aquellos desgarradores momentos logra estrechar, ya cadáver,
A la perdida hija.
Confesamos que, á pesar de la brillantez sorprendente con que
están trazadas estas escenas, no puede menos de repugnarnos
el arte que se complace en bosquejarlas á menudo, sólo para
ser trágico y sanguinario , cayendo en brazos del más descon-
solador fatalismo. La Preciosa, la Politania y la Tarsiana, infun-
dirán tal vez al fin de la jornada un interés menos vivo; pero
hallarán sin duda mayor numero de simpatías, especialmente la
última, que guarda, digámoslo así, más pura fragancia, como
más cercana á la fuente primitiva. Digno es sin embargo de ob-
servarse que el mayor desarrollo de esta idea corresponde á la li-
teratura francesa, postrera que ha llegado á ensayarla ': en el libro
de Apollonio y en el Paírauuelo forma la historia de Tarsiana y
(le PoUtania un solo episodio ; bajo la pluma de Cervantes , es la
Preciosa heroína de una novela de cortas dimensiones ; en A^'oíre
Dame de Pan's toma ya proporciones colosales, llenando la Es-
meralda el gran cuadro, en que se agrupan extraordinarios suce-
sos, animados todos por el espíritu filosófico del siglo XIX, bien
que conservando el colorido especial de la corte de Luis XI, tea-
tro de los mismos.
1 Don Gabriel Estrella, joven poeta sevillano, ha reproducido en el teatro
el mismo asunto de la Gitanilla de Madrid, y al imprimir estas líneas vemos
anunciada una zarzuela, debida á don Francisco García Cuevas, sobre el mis-
mo lema.
II.' PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. .303
No están pintados con tanta verdad y gracia todos los caracte-
res del libro de Apollomo, ni interesan en grado igual todos sus
episodios. La historia de Luciana y su bello carácter llamarán no
obstante la atención de todo crítico que no detenga sus miradas
en la rudeza ó brillantez de las formas. La hija de Architrastes
ama en Apolonio la virtud y la ciencia, y por su ciencia y su virtud
le antepone, pobre y náufrago, á todos los príncipes que solicitan
su mano. Su amor es constante y duradero, como el principio que
le dá aliento, y ni lo debilita el aparente abandono de su esposo,
ni lo resfrian los años de aquella forzada ausencia, gastada en
oraciones y plegarias por la salud y bienandanza de Apolonio en
el retiro del claustro. Sólo es grato á Luciana volver á la vida,
porque nace en su pecho la esperanza de tornar algún dia á los-
brazos del hombre sabio y morigerado , que dominando su razón
con el poderio de su virtud y de su ciencia, le hizo posible la fe-
licidad en la tierra; y semejante idea, nada vulgar entre los espa-
ñoles del siglo XIII, debió ser altamente acepta á los eruditos,
contrapuesta como estaba á las preocupaciones generales , que
sólo reconocían mérito y valer en la fuerza de las armas ó en el
aparato de las riquezas. Y esta misma consideración daba sin duda
subido precio entre los doctos al carácter de Apolonio : un hom-
bre, que armado de la doble antorcha de la prudencia y del saber,
corre por todas partes en busca de la felicidad, la cual huye de-
lante de sus ojos, y que después de apurar la copa del infortunio,
alcanza esa misma felicidad, que derrama con mano generosa so-
bre cuantos le rodean, si no podia despertar en aquella edad el
interés de la muchedumbre, pagada sólo de sus propios héroes,
excitó las simpatías de los discretos, que hartos de escenas de
violencia y de sangre, ambicionaban acaso tales egemplos y ense-
ñanzas.
Y no hubieron de serles menos gratas las figuras de Architras-
tes y de Antinágoras : el amor á la virtud y el amor paternal son
las prendas que más resaltan en el primero, mientras caracterizan
al segundo la generosidad y la hidalguía. Llevado de aquellos
sentimientos, acoge Architrastes al náufrago y desconocido rey, y
colmándole de beneficios, le entrega al fin su propia hija, seguro
de que puede labrar su felicidad, norte único de sus deseos. Ava-
304 ínSTORlA CUItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sallado Antinágoras por la inocencia y el dolor de Tarsiana, con-
trae el deber de respetarla y defenderla , teniendo en él la desva-
lida huérfana, asi como la Preciosa de Cervantes en don Juan de
Cárcamo y la Esmeralda de Víctor Hugo en el capitán Febo, efi-
caz protector que, siguiendo todos sus pasos, le sirve en su
abandono de verdadero escudo. Al cabo alcanza Antinágoras la
no sospechada fortuna de restituirla á su padre, obteniendo en
recompensa su envidiada mano ; recompensa que contrasta me-
recidamente con el duro castigo del codicioso rufián *, de Estran-
gilo y de Dionisia, así como son de todo punto desemejantes las
cualidades de unos y otros caracteres.
Digamos pues al terminar el estudio del libro de ApoUonio, y
dejando para luego el examen de sus formas meramente artísticas,
que este raro monumento de la poesía erudita española es una do
las más interesantes conquistas que la preparan para adquirir
nuevos laureles en la única senda que le era posible recorrer, dado
ya el impulso, en la manera antes de ahora examinada. Mas si al
apoderarse de esta singular historia, pudo el poeta español comu-
nicarle el colorido de las creencias y de las costumbres del si-
glo XIII, introduciendo en ella los aditamentos y alteraciones que
hemos notado oportunamente, llevado de ese instinto de regula-
ridad, ya reconocido por nosotros, ó careciendo tal vez del lleno
de conocimientos que poseían los más sabios, no le fué dado sem-
brarla de aquellas múltiples digresiones científicas y literarias, que
en pedantesco maridaje caracterizan la mayor parte de las pro-
ducciones coetáneas.
En ninguna de las obras poéticas escritas por aquellos tiempos
en la Península Ibérica, se ostenta este aparato de ciencia con tan-
ta profusión como en el Poema de Alexandre ; prueba suficiente
sin duda para demostrar que aspiraba su autor á mayor lauro
que el obtenido por el de Apollomo , y causa naturalísima de la
grande celebridad que alcanza, al aparecer su libro en la república
i Juan de Tiinoncda, que allcrú ó halló alterada en muchos puntos esta
tradición, según vá notado, hace que Lcnio el mesonero (Leño) solicite y ob-
tenga perdón de Polltania, odándole sin esto doblado precio de aquel que
pagi'j á los rorsarios por ella».
ÍI.* PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 303
de las letras. Nada hay en efecto que se oculte á las miradas del
escritor erudito, quien pone en contribución todo género de cono-
cimientos y noticias para acaudalar y llenar de portentos su obra
maestra. Teología y filosofía, astrologia y astronomía, ciencias
políticas y naturales, geografía é historia... cuantas nociones te-
nían algún precio entre los doctos de la primera mitad del si-
glo XIII, sin perdonar las que ministraban los estudios clásicos,
hallan acogida en el Poema de Alexandre, modificando y enrique-
ciendo extraordinariamente el libro latino de Gualtero deChatillon,
que le sirvió sin duda de principal base, y adjudicando así al vate
castellano el galardón de la originalidad por él ambicionado *.
Poseído de esta manera de pasión erudita, le vemos pues hacer,
cual astrólogo, misteriosos vaticinios sobre el nacimiento de Ale-
jandro ; explicar con tono de maestro las causas que en su enten-
der producen los eclipses ; enumerar largamente las virtudes de
las piedras preciosas; describir , como entendido cosmógrafo, las
comarcas reales y las fantásticas regiones, adonde lleva sus hé-
roes, ya levantándolos en rápido vuelo sobre las nubes, ya con-
duciéndolos por las oscuras cavernas del mar y del averno ; diser-
tar con la gravedad del teólogo y la autoridad del sacerdote sobre
la religión, la moral y las costumbres; y discurrir finalmente por
los dominios de la historia, repitiendo al propio tiempo la inmor-
tal narración de Homero y los desastres de Príamo.
A.1 compilar y fundir en una sola producción estas varias nocio-
nes, siguiendo la ley general de los estudios, mostraba en verdad
el autor del poema de Alexandre que ni le eran peregrinos los es-
tudios hechos ya desde el siglo XI por la raza hebrea respecto de las
ciencias astronómicas y naturales, ni habla olvidado las respetadas
enseñanzas de San Isidoro, consignadas en el libro de los Origines,
ni era tampoco ajeno al movimiento clásico de las letras latino-
1 Demás de las observaciones que adelante expondremos, parécenos bien
llamar la atención de los lectores sobre las expuestas por Sánchez en los nú-
meros 30, 31 y 32 del prólogo á la edición del mismo poema, tomo III de su
Colee, depoes. ant. al siglo XV. Posible y aun probable es que el autor del cas-
tellano conociera la Alexandriade de Lamberto Le Court y Alejandro de Ber-
nay, dado á luz por vez primera en 1861 (Paris, por F. Le Court Yillethassetz
y E. Talbol).
TOMO III. 20
300 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
eclesiásticas, siéndole por el contrario muy familiares así los es-
critores sagrados como los poetas latinos, (]ue alcanzaban enton-
ces mayor estima en las escuelas. Pero en medio de ese alarde do
ciencia, que aun no sazonado por la sobriedad de la reflexión ni
por la madurez del juicio, parecía preludiar en nuestro suelo la
memorable época del Rey Sabio, cayó el poeta en lodos los ana-
cronismos, contradicciones é inconsecuencias, comunes al mundo
erudito en aquella edad, y que determinamos ya al explicar la pri-
mera trasformacion del arte vulgar español: en el libro de Ale-
xandre resalta sin embargo más que en otra alguna de las obras
del siglo \ni la enérgica vitalidad del pueblo castellano, destinada
á dominar en todas edades cuantos elementos extraños vienen á
fecundarse en la Península, por más que reconozcamos que esto
notable monumento pertenece fundamentalmente al mundo eru-
dito '.
i Sin el temor de dar excesivo bulto á estas ¡nvestig'aciones, expondría-
mos aquí cuanto han observado eminentes críticos sol>re las tradiciones rela-
tivas al liijo de Olimpias y sobre los poemas, ya escritos en lenguas orientales,
como los de Ferdusí, Aizamí, Abú Thaher, Abd-al-Salam, etc., cuyas hue-
llas, aunque muy inciertamente, parecen seguir Calístencs, Julio Valerio y
sus propagadores en las literaturas modernas; ya compuestos en las len-
guas clásicas, en que fueron consultados y tenidos principalmente por guias
Arriano y Quinto Curcio, a cuya escuela perteneció Gualtero de Chatillon (el
maestre Gaitero), cuya Alexandriada, dada á luz en MDXXXXl, cuní gratia et
privilegio, sirvióde base principal al poeta castellano. Nuestros lectores pueden
consultar sobre este punto, harto ilustrado: 1." la Histoire litter. de France,
tomo XV, pág. Í60 y sigs,; 2.° la edición de \a Alexandriade de Lamberto Li
Cors (ó le Tors), por el docto Enrique Michelant; 3." el prólogo de la edi-
ción del mismo poema, debida á los eruditos F. Le Court de la Villethassetz y
Eugenio Talbot; 4.° los memorados Estudios del docto Wolf, pág. 67 y sigs.;
y con ellos los trabajos parciales de Langlet {Uiograph. tiniv., tomo XIV);
Molh [Colleclion oriéntale, Livrc des Rois); Sacy [Biogruph. unív., tomo XXX,
pág. 302);Cardonne {Bibliolhéquedes Romans, tomo I, pág. 24 y sigs.); y otros
mencionados novísimamente por el diligente Puymaigre [Les vieux auteurs,
tomo I, pág. 3 14 y sigs.). De todos estos estudios se deduce, como indicamos
arril)a, que Juan Lorenzo de Astorga se inclinó á la tradición clásica, si bien
mostró no desconocer las orientales, que acaso echaban en España más pro-
fundas raices que en otra de las naciones meridionales, como advertiremos al
examinar la Grande el General Estoria del Rey Sabio, todavía desconocida do
os eruditos.
II." PARTE, CAP. VI. PRUI. MO]N. ERUD. DE LA POES. VULG. 307
Mucho se ha dudado sobre el nombre del verdadero autor de
este poema, cuya breve exposición nos dará cabal idea de su mé-
rito, confirmando las observaciones ya indicadas: los más escri-
tores que le mencionan, lo atribuyeron al Rey Sabio, error desva-
necido por Sánchez, su primer editor, y que provenia de no haber
tenido exacto conocimiento de toda la obra *. Esta, que es sin
duda la de mayor extensión de cuantas se escribieron en su tiem-
po, fué debida á un clérigo de x4.3torga, oriundo de Segura, lla-
mado Juan Lorenzo -; y aunque no aparece compartida en cantos
1 Los escritores más notables que cayeron en este error, suponiendo ade-
más que el poema de AJexandre estaba escrito a en sextillas y aun en varias
especies de versos», son: don José Pellicer y Ossau, Informe de la casa de
los Sarmientos, fól. 35; don Kicolás Antonio, Bibl. Vet., lib. Vlíl, cap. V;
el marqués de Mondéjar, Memorias históricas del rey don Alonso, el Sabio, li-
bro YI, cap. XI; Velazquez, Orígenes de la poesía castellana, pág-. 43 de la
ed. de Malag-a, y Rodríguez de Castro, Biblioteca española, tomo II, pág. 631.
Digno es de repararse en que todos creyeron que el supuesto poema del Rey
Sabio comenzaba con la copla:
Subiujada Egipto \ con toda su grandia, etc.
2 Esta es la opinión que ha generalizado Sánchez, no sin fundamento:
sin embargo, un hombre respetable por su mucha lectura y buen juicio, don
Ramón de Loaisa, bibliotecario de la arzobispal de Toledo, cuya pérdida la-
menta el profesorado español, nos manifestó hace algunos años que abrigaba
vehementes dudas respecto de la opinión de Sánchez. Fundábanse estas en
que en los III."^ Anales toledanos, después de mencionar al arcediano de To-
ledo, que lo era al mediar del siglo XIII el Mtro. Jofre García de Loaysa, se
le designa apellidándole el dicho Alixandre {Esp. Sag., tomo XXIII, pág. 418).
Y como este parezca un título de excelencia, pues no hay duda en el nom-
bre del arcediano, constando por otra parte que escribió una Crónica castella-
na, según en otro lugar veremos, deducía el don Ramón que era su ascen-
diente autor del poema de Álexandre. Puestos en el terreno de las congetu-
ras, necesario es confesar que esta se halla bien fundada; pero. admitida, es
necesario suponer: 1.° que Juan Lorenzo fué sólo copiante, como Pero Abat
en el Poema del Cid, dando á la voz escribir, usada en la copla 2oi0, con que
el libro de Álexandre termina, la común interpretación de aquellos tiempos:
2.° que Jofre ó Gofredo escribió el dicho poema muy en la juventud, sí han
de tener aplicación las pruebas históricas que sobre la época en que el poe-
ma se escribe dejamos alegadas, pues que el arcediano vivía en 1290. Una
observación crítica de mucha importancia debilita sin embargo todas estas
30S FfISrOFlIA CRITICA DE I.A LITERATURA ESPAÑOLA.
ni libros, como la Alexandreida de (jualtcro, lo cual puede no sin
fundamento atribuirse á ignorancia de los Irasladadores, admito
una división natural y cómoda para la inteligencia del análisis,
resultando de ella nueve tliversos libros de regulares dimensio-
nes. El primero, que comprende la exposición de todo el poema,
mostrando que el autor
5 Quiere leer un libro | de un Rey noble pagano,
abraza desde el nacimiento de Alejandro, que adoctrinado por
Aristóteles en toda arte de clerezia, sabe al entrar en la juventud,
que estaba su patria sometida á tributo de los persas, lo cual
enciende en su pecho ardiente deseo de venganza, asemeján-
dole al
28 chicuelo león
Cuando iaz en la cama | et vee la venación,
Non la pueda prender | et baleiel' coracon.
Excitada esta bélica disposición de Alejandro por los consejos
de su maestro, resuélvese á recibir la arden de caballería, y c¡-
ñendo una espada, templada por Yulcano, la cual
83 Avíe grandes virtudes, j ca era encantada,
y armándose de maravilloso escudo, viste delgada camisa, tejida
por dos «fadas en la mar»), cubriendo no menos precioso brial y
suposiciones: refiérese al carácter particular del lenguaje usado en el libro
de Alexandre. Como demuestra Sánchez, lejos de ser la lengua de las quatro
calles de Toledo, que el Rey Sabio seüalaba, en vida del arcediano, como
norma de la castellana (Véase la Ilustración II.* de la I.'' Parte), la empleada
en el poema es la hablada en el reino de León, donde todavía se conservan
muchas voces con la misma forma. Asi, no siendo creíble que un arcediano
de Toledo, nieto de un alcayde de Écija {España Sagrada, tomo XXXII, pá-
gina 420), y que anduvo siempre en la curte de Castilla,' adoptase por ca-
pricho los provincialismos leoneses, nos inclinamos a seguir la opinión au-
torizada por Sánchez, observando además que la voz escribir tiene en el libro
de Alexandre un sentido especial, pues que el poeta dá terminantemente el
nombre de escribanos á los escritores que cita, y declara que si logra su ol>-
jelo se tendrá por bueno entre ellos: hé aquí sus palabras:
5 Terne, si lo coinplicre, | que soe bon escribano.
Il/ PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 309
manto, que le precavían con aquella de toda lujuria, frío y calor,
haciéndole al par infatigable. Con estos arreos llega el hijo de
Oh'mpias al pié del altar, y ofrecidas allí «sus donas», eleva á
Dios ferviente plegaria, exclamando:
108 Sennor... que tienes | lodo el inundo en poder,
A quien cielo et tierra | deuen obedecer,
Tú guia mi facienda, | si te cae en placer,
Que pueda lo que asmo | por tí acabecer.
109 Tú dá en estas armas | la tu benediction,
Ca sin ti non val nada | ninguna guarnición.
Que pueda fer con ellas | atal destruycion
Porque saque á Grecia | desta tribulación.
Quinientos caballeros armados de su mano, se aprestan á se-
guirle, en busca de aventuras, preparándose de este modo para
la grande empresa que habia concebido; y hechas las primeras
pruebas, con muerte de Nicolás, rey poderoso, que se opone á
sus correrías, torna á su patria, donde niega á Darío las parias
que á la sazón exigían sus mensajeros, acometiendo después la
conquista de Armenia y castigando la traición de Pausanías, que
apresura su advenimiento al trono de Macedonia. — Desde este
instante dirige ya todas sus fuerzas contra el coloso del Asia; y
convocando primero en su ayuda todos los pueblos de Grecia, y
domeñando después á los atenienses y tebanos, que se oponían
á sus proyectos, logra ser acatado como señor por todas las na-
ciones del archipiélago, llevando sus armas al imperio de Darío,
cuyas costas saluda, lanzando sobre ellas una envenenada saeta.
Comienza el segundo libro, haciendo una descripción geográ-
fica de todas las partes del mundo, á la sazón conocidas, si bien
fijándose principalmente en el Asia: el espectáculo sorprendente
de aquel hermoso y desconocido pais despierta en el ánimo de
Alejandro gratas sensaciones y alegres esperanzas, y sometida
en breve á su esfuerzo toda la Frigia, sube de punto su entusias-
mo, al contemplar desde una colina los venerables escombros de
Troya, cuya historia refiere á sus capitanes, ambicionando la glo-
ría de Aquiles. En esta relación, que forma uno de los episodios
más largos del poema, no solamente dá á conocer Juan Lorenzo
el fruto de sus estudios clásicos, con la lectura de íloraero, Vir-
310 HISTORIA CniTIC.VDE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gilio y Ovidio *, sino que cediendo al influjo de actualidad más
de lo que pudiera imaginarse, convierte el palacio de Deidimia en
un monasterio de monjas, donde encierra entre ((Sorores>) al hijo
de Peleo; reviste con la dignidad de condes y vizcondes á los cau-
dillos de Troya y Grecia, y haciéndoles recordar que les «dieron
pescozada», es decir, que habian recibido orden de caballeria, los
arma á la usanza de Castilla, y les atribuye finalmente las ideas,
el lenguaje y los sentimientos religiosos de nuestros mayores; con-
dición que alcanza igualmente, aun respecto de las costumbres, íi
las mismas deidades del gentilismo. Así vemos por egemplo quo
Yénus se adereza, para presentarse al juicio de Páris, como una
dama del siglo XIII:
334 Por mostrar que non eran | las otras sus párelas,
Alcaforó los oíos | linnió las sobreceias,
Cobrióse de colores | de blancas et bermeias;
Metió en sus manos | d'oro muchas sortcias.
Asi también que aparece Héctor armado como un Cid ó un
Fernán González:
430 Armós' el buen cuerpo | ardido et muy leal;
Vestió á corona | un gambax de cendal,
Desuso la loriga | blanca cuerno christal:
— Fijo, dixo su padre, | Dios te curie de mal.
431 Calcó las brafoneras | que eran bien obradas,
Con sortijas d' a<;ero | sabet, bien enlazadas:
Asi eran presas [amas] | et bien trauadas
Que semeiaban calzas ( de la tienda taladas.
1 En efecto, Gualiero de Chatillon ó Castillon pono sólo en boca lie
Alejandro, ya al final del primer libro de su Alexandreida, un apostrofe di-
rigido á Aquilcs, al contemplar su tumba, mientras el poeta castellano le
hace contar menudamente toda la guerra de Troya, ó como si dijéremos de
fondón, según la frase del mismo Juan Lorenzo (cop. 311). Lo que en la
Alexandreida consta sólo de veinticuatro versos (lib. I), tiene en el libro de
Alexandre mil seiscientos diez y seis en cuatrocientas cuatro coplas de a cua-
tro (de 312 á 716).— Verdad es que antes de este episodio, tan erudito como
impertinente, habla ingerido ya algunos otros pasajes de su cosecha, entre
ellos la expedición de ^'icolao (cop. 116 á 128), que tomó sin duda del poe-
ma de L¡ Cors {Cotnment Mccaudres ala contre le roi Nicolás, pág. 34, ed. do
Le Court, etc.).
11." PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VüLG . 311
432 Pues fincó los inoios | et cinniós' lespada:
Qui toliergela quissies' i auerlaíe conprada:
Cobriós' el almófar | de obra adiana,
Dessuso el yelmo | de obra esmerada '.
El libro tercero nos dá ya cuenta de Dario, quien al saber que
Alejandro ha invadido sus dominios, le envia una embajada para
que se vuelva á su reino, amenazándole con que le entregará á
los rapaces de su imperio para que le deshonren, si insiste en su
temerario propósito:
736 Eres ninno de días | et de sesso menguado;
Andas con grant locura | et serás mal fadado;
Se te fuesses tu uía, 1 seríes bien acordado;
Se te guias por otro, | eres mal conseiado.
737 El árbol que se coyta | temprano florecer,
Quémalo la gelada | non lo dexa crecer...
739 Se tú en esla porfía | quisieres porfiar,
Non porná en ti mano | nul onie de prestar:
Facerte he á los rapaces | prender et desonrar,
Cuemo á mal ladrón | que anda por robar.
Grande fué el sobresalto de los griegos, al recibir este mensa-
1 No puede ser mayor la exactitud de estas observaciones en orden á las
costumbres; mas para que se forme aun más completa idea, veamos cómo
se pinta la tristeza délas troyanas, al presentarse Aquiles segunda vez en
el campo:
340 L,is madrones de Troya | fecieron luego cirios;
Vistien todas sacos ] et ásperos cíÜQios; '
Ornaron los altares | de rosas et de lirios;
Por pagar los sanciones, | todos cantaban quirios.
Después Héctor, al entrar en lid con el hijo de Peleo:
633 Acomendó su alma | al Padre [eterno et] sancto.
Y cuando los griegos vieron destruidos los muros de Troya:
665 . . . con el gozo | todos palmas ferieron.
Todos á una voz Deo gracias dexieron.
Echando el bofordo et feriendo laulado.
No hizo más el Cid, cuando ganó á Valencia. Obsérvese también que no
de otro modo solemnizó Apolonio el hallazgo de su hija, firiendo palmas y
quebrantando tablados.
312 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAJSOLA.
je; pero encendido por las palabras de Darío el esfuerzo de Ale-
jandro, los exhorta ¡1 despreciar la altaneria del persa, cuyas ri-
quezas les ofrece como seguro galardón de la victoria, mandando
al propio tiempo ahorcar los mensajeros, lo cual no ejecuta, mer-
ced al ruego de sus capitanes ^ La respuesta del hijo dePhilipo
advierte al coloso del Asia que es inevitable la guerra; pero mien-
tras reúne innumerables ejércitos, torna á amonestar á los grie-
gos que abandonen á su rey, enviándole^s una manga henchida
de mostaza y manifestándoles que
766 Tanto podríe nul orne ] mió poder asmar,
Ouanto esta semiente j vos podriedes cuntar.
Alentados de nuevo por Alejandro, le devuelven los griegos la
misma manga, llena de pimienía. Entre tanto sigue el macedón
su marcha victoriosa, dá muerte á Memnon, general de Dario,
se apodera de Sárdis, donde corta el nudo gordiano, toma á An-
chira y Capadocia, y se mueve por último contra Dario, que ve-
nia ya en su busca. La descripción verdaderamente poética del
carro de este gran príncipe, el asalto de Tarso, donde enferma
Alejandro en el baño, el desaliento de su ejército, sus sueños,
la batalla de ísus, en que Dario es vencido por vez primera, el
episodio de Coceas y Alejandro y la expugnación de Damasco,
Tiro y Gaza forman el tercer grupo de acontecimientos, con que
termina el libro referido.
Principia el cuarto, pidiendo Alejandro á los judios el tributo
que pagaban al emperador de Persia; demanda que rechaza Ja-
dus, soberano pontífice (maoral de la ley), lo cual excita la ira
del hijo de Olimpias, dirigiéndose rápidamente contra Jerusalem,
con ánimo de cercarla. Mas aplacado su enojo por el recibimiento
que le tuvieron los judios, cubriendo
i Este rasgo parece original de Juan Lorenzo, pues no se halla en Gualtero
ni en Li Cors: el último presenta á los mensajeros de Dario con extraña mag-
nificencia, y cumplido su encargo ante Alejandro, y obtenida la gallarda
respuesta de este, añade:
Li mesagenl n docl de :ou qui' il lor respont;
Congic prisent au roí, en Prrsr s'en revont.
11 / PARTE, CAP. Vi. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 3i3
1093 las carreras ] de ramos et de flores
Que parecien fremosas | et dauan buenos olores;
y noticioso de que se cumplian en él las palabras de Daniel, que
le destinaban al imperio del Asia, se dirige á Samarla y al Egipto,
comarcas que sojuzga con la misma fortuna, encaminándose des-
pués á Libia para visitar la fuente de Baco; fábula á que mezcla
Juan Lorenzo varias tradiciones y costumbres cristianas. Allí sabe
Alejandro que repuesto de la pasada derrota, habia congregado
Darlo nuevo y más poderoso ejército, y volviendo por el Egipto,
vuela á su encuentro con la rapidez del rayo. Un eclipse de luna
llena de terror á los griegos, quejándose amargamente de que
van derechos á su perdición; pero explicado aquel fenómeno por
la sabiduría de Aiistandro, en la forma que lo oyó tal vez el
poeta castellano de algún clérigo de escuela, cobran el perdido
aliento, decidiendo segunda vez en la batalla de Arbelas la suerte
de Dario, que abandonado de los suyos, vé en grave riesgo su
vida, perseguido por el mismo Alejandro, el cual
1262 Iba uertiendo fuegos, | á Dario alcanzando,
Cuerno estrela que vá [ por el cielo volando;
Cuerno faz el Rhuedano, ) quando cae espumando.
El libro quinto se abre con la descripción de Babilonia; y ha-
ciendo Juan Lorenzo ostentosa gala de sus conocimientos en cien-
cias naturales, habla largamente de las piedras preciosas ', pon-
dera la abundancia de los ríos y fuentes, la variedad y belleza
de las aves, la frescura y lozanía de los árboles y demás produc-
tos de aquella feliz comarca, y explicando la confusión universal
de las lenguas, acaba celebrando la multitud, elevación y gallar-
día de las torres y la fortaleza de los muros de aquella ciudad,
magnífica obra cuya pintura
1342 Serie pora Omero | grave, ca non rafez.
1 Aunque pudo valerse del lapidario, que según veremos en su lugar
tradujo Rabbí Mosca, todavía sigue y cita la autoridad de San Isidoro, di-
ciendo en la copla 1314:
Ca assi lo diz San Esidro 1 que sopo la materia.
311 HlSTOIllA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
babilonia recibe al debelador del A.sia con tal entusiasmo y
alegría, que
1373 Nunca tal gozo ouo | fuera de parayso.
Allí recoge pues Alejandro el lauro de sus victorias; y reor-
ganizado su ejército, dándole
1388 . . . fueros novos | que non solien usar;
Que podiessen las yenles | mas cierto andar,
torna á sus empresas belicosas, apoderándose al primer golpe de
Susa y cstrccliando á I'xios de tal manera, que su rey Metadcs
se vé forzado á rendirse, pidiéndole perdón é interponiendo para
obtenerlo á Sisigámbis, madre de Dario. Rendida esta ciudad,
nido de piratas, envia á Parmenion en busca del emperador per-
sa, mientras él se dirige á Persépolis, «cabeza del rcgnado»; y
encontrando en ella tres mil soldados griegos, horriblemente mu-
tilados por sus enemigos, entrega á las llamas aquella hermosa
ciudad, en donde se le reúne Parmenion, cargado de riquezas.
Desde Persépolis se encamina á la India, sabedor de que Dario se
liabia refugiado en aquella región, y de (jue procuraba formar
nuevos ejércitos para probar fortuna; pero tanta era la desdicha
de aquel monarca, terror antes de las naciones, que al acercarse
las huestes de Alejandro, se desvanecieron como el humo los
cincuenta mil combatientes por él allegados, siendo víctima de la
traición de Narbazano y Beso, en quienes principalmente con-
liaba.
En el libro ó canto sexto llega á noticia de Alejandro la ale-
vosía de ambos magnates, y aquel guerrero que era
130b tesoro de proeza,
Arca de sabieza, | enxenplo de nobleza;
Que sienpre amó prez 1 mas que otra riqueza,
lleno de saña contra los traidores, procura libertar á Dario de
sus manos, declarando en medio de los suyos que
iri7;> . • • el oine Iraydor I es tic mala natura;
.Non lia entro las bestia? | tan mala crea tura.
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. EKUD. DE LA POES. VULG. 315
AI aproximarse, huyen del vencedor, intentando llevarse á Ba-
rio, cuya resistencia es causa de su muerte; crimen que lamenta
y llora Alejandro, mientras dá al cadáver de su enemigo suntuosa
sepultura, exclamando:
1618 Tú feziste el enxenplo | que fizo la cordera,
Que temió los canes, | exió de la carrera,
Fuyó contra los lobos, | cayó enna lendera:
Tu fuste engannado j por esta misma manera.
La descripción del sepulcro dá á Juan Lorenzo motivo para ex-
planar algún tanto sus conocimientos astronómicos y geográficos,
llevándole á meditar sobre la poquedad é inconstancia de la gran-
deza humana, y á reprender los vicios de su tiempo, sin perdonar
clase ni gerarquia; ocasión en que declara pertenecer al estado
eclesiástico '. Los griegos entre tanto intentan, acabada la con-
quista de Persia, volver á su patria; pero irritado Alejandro al
saber semejante resolución, que destruía sus nuevos proyectos,
les reprende y afea su inconstancia, logrando al cabo despertar
en sus pechos el amor de la gloria. El castigo de Narbazaiio y
después el de Beso, el raro episodio de Calectrix, reina de las
amazonas, que se presenta en los reales griegos vestida de
1710 . . . preciosos pannos | de bona seda fina,
Azor en su mano | que fué de la marina,
Serie al menos | de doz mudas aina,
y la quema de las riquezas á tanta costa allegadas por sí y por
sus soldados, cierran el libro sexto, preparándose Alejandro en
esta forma para su expedición á la India, con tanto ahinco de-
seada.
Antes sin embargo de acometerla, nos le presenta el canto sé-
timo domeñando á Ciciha, cuyos moradores le echan en cara la
ambición que le devora, diciéndole:
1 Este pasaje queda citado en la Ilustración YI.^ de la I.'* Parte, to-
mo II, pág'. 567. — Es todo él una reprensión grave, aunque inoportuna, de
la soltura en que iban cayendo las costumbres, fijándose muy principalmenle
en la simonía que contaminaba al cloro de su tiempo. — Yéase adelante la
pena que dá en el infierno á los que vendían los oficios eclesiásticos y tra-
ficaban con la erracia .
OJ8 HISTORFA CIÚTICA DR ^A Ll tl-llATUKA ESI'A?50LA.
1702 Semeias al iilróiiico | que muero pnr beber,
Quaulo más vá bcuiendo | él más puede arder;
y tomando luego por mujer á
179o . . . Rasena la geiita, I fembra de graiit (htiiario.
Celebradas las bodas, cuya fama cunde hasta la (¡recia, donde
en honra de Alejandro
Í80o Metieron en canciones | las suscauallerías,
Onde serán contadas | fasta que venga Helias,
apresta sus ejércitos y loma la vuelta de la India para sujetar al
rey Poro, que á la cabeza de innumerables combatientes le sale
al encuentro junto al llidáspis. — Tenaz y porfiada lucha de quin-
ce dias, en que halla lugar el tierno episodio de Nicanor y Sima-
co, victimas de la amistad mas acendrada, y en que pierde Ale-
jandro su caballo Bucéfalo, derriba el poderio del más temido
rey del Oriente, que abandonado de los suyos, sólo encuentra
salvación en la fuga. — Alejandro, vencedor de los hombres, de-
bía también triunfar de la naturaleza; y atravesando las sierras
Caspias, donde el hambre, la sed y todo linaje de insectos y rep-
tiles parecen conjurarse para acabar con él y sus soldados ^ llega
i Lícito nos parece observar, que Si bien no olvida Juan Lorenzo las ma-
ravillas de los montes Cáspios, es mucho más sobrio en su relaciort que Lam-
berlo Li Cors y Alejandro de Bernay en su Mexandriade. Los eruditos edi-
tores de este poema escriben al llegar á este punto: «Nous quiltons, en cet
endroit, le domaine de la fiction historique, pour onlrer dans celui des pró-
digos et de mervcilles. L'ópopée chevaleresque cede la place a la féeric el
menaje au Iccleur les surprises les plus imprévues du monde enchantc» (pá-
gina 200). No es impertinente añadir que en esta sobriedad de Juan Lorenzo
descubrimos cierta repugnancia á recibir abiorlamenle las maravillosas 'fic-
ciones del mundo romancesco, nacida de la misma fuerza de la actualidad
poética de Castilla, á pesar del movimiento erudito que estudiamos. Este li-
naje de ficciones, que penetra fuera de España en los libros históricos, según
nos muestra el Specultim Nisturiale de "Vicente Beauvais, ya repetidamente
citado (iib. IV), y otras obras del mismo siglo XIII, logran también acogida
en nuestro suelo, conforme en oportuna ocasión probaremos, produciendo
al cabo efecto real en las obras literarias; pero cuando Juan Lorenzo escri-
be, no hablan llegado á verdadera sazón, por lo cual no es maravilla el
11.'* PARTE, CAP. VI. PRDI. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 317
por último á los palacios de Poro, cuya magnificencia y riqueza
no pueden satisfacer el afán de gloria que le anima, empeñado
en vencer en singular batalla [lil soltera] al poseedor de tanta
grandeza. Hallarle pues es todo su anhelo; y emprendiendo nue-
vas marchas, en que el hambre y la sed ponen otra vez á prueba
las altas virtudes de aquel
2021 I guerrero natural,
Plus duro que el fierro, | nin quel pedernal,
encuéntrale por último en Bractea, allanando el mismo Poro el
camino de sus deseos, desafiándole á particular combate. Que este
fué terrible, no hay para qué decirlo; pero derribado de su ca-
ballo el rey Poro y pedida la merced de la vida al magnánimo
debelador de Dario, obtiene perdón completo, y con él más vasto
imperio que el antes perdido *.
Sólo quedaba ya en toda el Asia una ciudad que no se recono-
ciera tributaria de Alejandro, y su difícil expugnación dá princi-
cipio al libro octavo del poema. El primero que salta dentro de
la ciudad es el rey de Macedonia; pero herido por una flecha, hu-
biera acabado allí su carrera, si Thimeo, Pencostes, Leonato y
Astrion no hubiesen penetrado por entre millares de enemigos,
para salvar su vida. Mientras la ciencia de Aristóbulo la asegura,
son pasados á cuchillo los habitantes de Subdracana; y restable-
que se muestre algún tanto escaso, al relatar dichas ficciones. El entu-
siasmo que el héroe le inspira, le mueve no obstante á dar cabida en su
poema á las hazañas fantásticas, que en el texto mencionamos.
1 La descripción de los palacios de Poro parece del todo original, así co-
mo este incidente caballeresco del desafio entre Poro y Alejandro. El mismo
Segura lo advierte en estos versos (cops. 1935 y 1936):
Pero Galter el bnno, | en su versificar
Seie ende cansado, | do querie destaiar.
De Poro comol fizo, ] él non escrebíó nada,
Nen como fizo torneo ] á la segunda vegada, etc.
En el poema de Gaitero (lib. IX) halla el caudillo macedonio á Poro en
la batalla de Hidáspis, cubierto de heridas y moribundo, y pagado de su en-
tereza y valor le recibe en su amistad y benevolencia.
318 HISTORIA Cl'.lTICA HE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
oido en breve Alejandro y sediento de nuevas conquistas, se pre-
para á pasar los mares más al Oriente, ti fin de
210G Dusciir otras yonles | de otro scmeiar,
Por sosacar innnora | nueva, pora guorrcíir.
En vano intentan disuadirle, como otras veces, sus capitanes: su
voluntad de hierro los domina y los arrastra á tan Ardua empre-
sa; y dándose llenos de entusiasmo á la mar, llega el momento cu
que baja al centro de los mares dentro de una cuba de cristal
aquel invencible guerrero, nacido para sojuzgar á la misma Natu-
raleza '. Irritada esta de tanta osadia, desciende al infierno para
demandar á Luzbel consejo y ayuda, y alzándose entre todos los
espíritus del averno una su criadiella que
2282 Tenie cara alegre, [ la voluntad podrida,
Mas la mano seniestra | teníela ascendida,
se ofrece á poner término á la ambición de Alejandro. La Traición
viene pues á la tierra, y albergándose en el pecho de Antipatro,
prepara la venganza de la Naturaleza.
El libro noveno y último nos presenta al vencedor de Dario y
de Poro animado del propósito de sujetar á su yugo el África y la
Europa, para lo cual consulta el oráculo de Diana. Este le replica:
2327 Matarían traedores; | morras apozonado:
El que tiene las yerbas j es muclio tu priuado.
1 También este viaje submarino falta en la Alexandreida de Chalillon:
sin embargo la Alexaudriade de Li Cors lo refiere, y sus eruditos editores no-
tan, que esta singular victoria se halla en Schah-Nameb (tomo JI, pág-. 4o).
Semejante cuha de cristal trae también á la memoria el ataúd hermético de
Luciana en el Poema de Apollonio, ya examinado. El incidente de la Naturale-
za,que irritada contra Alejandro, evoca la Traición del averno, parece de la co-
secha del poeta español, y no carece de mérito. Juan Lorenzo advierte que lo
toma de la tradición, en esta forma:
21-11 Unas r.icianas suelen | l.ns ycnles retraer.
Non yaz en escrito | ct es grave <Ie creer!
Si es verdal ó non, | yo non he y <]ué ver;
l'rro non lo quiero | en oMido poner.
11. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 310
Mas no por esto desiste de su intento; antes bien para conocer las
regiones, cuyo imperio ambicionaba, se apodera de dos grifones,
y metiéndose dentro de un cuero, sujeto á las garras de los mis-
mos , emprende el más peregrino viaje que pudo imaginar la fan-
tasia , dando así pábulo á la ciencia cosmográfica de Juan Loren-
zo *. Al poner término á semejante ascensión, recibe Alejandro
embajadores de todas las partes del mundo que le acatan como á
señor, á la fama y ruido de sus triunfos, y vuelve á Babilonia,
donde es recibido con grande aplauso. Viéndole lleno de alegría,
exclama el poeta :
23(;6 .... Rey Alexandre, ] corpo tan acabado,
Vas recebir grant gloria, I mas eres engannado!.;.
Tal es la lu ventura | et el to principado
Como la flor del lilio, | que se seca priuado.
En efecto, el hijo de Olimpias dá, en medio de su grandeza y
cuando se creia más feliz, un espléndido banquete á sus capitanes;
pero en él le alcanza la ponzoña que le ofrece Antipatro por mano
de Yolas, poniendo fin á su ambición y á su vida. El poeta no dá
por terminada su obra sin mencionar la división del imperio y la
discordia que estalla entre los sucesores de aquel gran príncipe,
entregándose por último, así como el autor del libro de ApoUomo,
á graves reflexiones sobre lo deleznable y pasajero de las pompas
y grandezas del mundo ^.
1 Sobre lo ya indicado en la nota anterior respecto del viaje submarino,
conviene añadir que esta ascensión aereostática parece provenir del ya citado
Schah ó Scharaf-Na?neh, obra debi'Ja al poeta Nizamí, que murió en 576 de la
égira (H80 de J. C). Kei-Kaus, esto es, Kembrod, se eleva en los aires de la
misma suerte que Alejandro (Herbelot, Mefatilhalólim, Bibl. orient., tomo III,
pág. 32). Si como nos refiere Juan Lorenzo al hablar del primer viaje , este
segundo non yazia en escripto, cuando llega á su noticia, habria algún funda-
mento para creer que oyó la relación de boca de los juglares; y como en la
corle de Fernando ill lograron estos singular acogida, conforme luego com-
probaremos, podria conjeturarse que recitando ó cantando dichos juglares al-
guno de los poemas que á Alejandro se referían, se aprovechó Juan Lorenzo de
sus ficciones para enriquecer la narración de Gualtero, como repetidamente lo
verifica. Este procedimiento era consecuente, dada la situación en que el autor
sehabia colocado, aspirando á realizar en su obra todo género de conquistas.
2 La división del libro de Alexandre que hemos establecido, no sólo se
320 HISTORIA CRlTFCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No en Ixilde hemos procurado dar á conocer, en cuanto la bre-
vedad lo consiente , el argumento y desarrollo del poema de Ale-
xandrc, que un crítico distinguido do nuestros dias califica como
apoya como hemos visto en la misma naturaleza de la narración, sino quo
tiene también fundamentos materiales. El segundo canto empieza en la co-
pla 254, diciendo:
La mnicria lo niaada: | p6r fuerza de razón
Auemos á decir | unu rescripcion.
Cuerno se pjrle el mundo | per trcb parlifion.
Cuerno face la mar | en todas división.
Acabado el relato de Troya, comienza el tercero en la copla 729:
Echaron las algaras | á todas las partidas, etc.
Y el cuarto después de lomada Gaza, en la copla 1083, de este modo:
El re^ Alexaadre | con toda su mesnada, etc.
El quinto se determina todavía con mayor precisión con esta copla, que es
la 1299:
Quierovos un poco | todo lo ál dexar:
Uel pleyto <le Babilonia | vos quiero contar;
Cnemo iaz assentada | en tan noble logar,
Cuerno es ahondada | de rios et de mar.
No menos claro se muestra el comienzo del sexto en la copla 1358:
El rey Alexandre, | una barba fjcera,
Vienol' en esta comedio I barronta verdadera, etc.
Y lo mismo el del séptimo en la 17b0:
Bien avie guerreado | el bon emperador;
Era bien prouado | por bon bataiador, etc.
El octavo principia en la copla 20o3 de este modo indubitable:
Avie toda su cosa | el Rey bien acabada.
Y finalmente, el noveno (copla 2294), después de la imprecación que el poeta
dirige á Antipairo por la traición que medita, se abre así:
El rey Alexandre, | corpo tan acabado
Avie en este comedio ] todol mar buscado, etc.
Se vé pues que el poeta castellano, aumentando notablemente los hechos
que forman su poema, los agrupó de otra manera que Gualtero, que los habia
distribuido en diez libros, apartándose igualmente de Lamberto Li Cors y Ale-
jandro de Bernay, que subdividieron la fábula hasta en cuarenta y cuatro
II,* PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERÜD. DE LA POES. VÜI.G.' 321
«la obra capital del siglo Xlíl en España^, mientras otros la con-
denan al desprecio, acusando á su autor de ignorancia profunda * .
cuadros. Pero si Juan Lorenzo añadió hasta duplicar el número de los versos
de Gualtero, justo es decir también que abrevió muchos pasajes y suprimió
notables incidentes de la Alexandriada, por ofender sin duda el sentimiento
religioso de los españoles. Entre otros episodios y pasajes que se hallan en
uno y olro caso, citaremos: i.°La aparición y discurso de la Fortuna, en el II
canto del libro de Gualtero. 2.° La supresión de la areng-a de Alejandro antes,
de la batalla de Isus, en que se abrevia también la de Darío. 3.° La imperti-
nente genealogía de Darío, que trunca el interés de la misma batalla; todo en
el libro III. 4.° La descripción del templo de la Victoria y el sueño de Ale-
jandro. 5.° El episodio de Menonides Phidias en la batalla de Arbelas. Y 6.° La
canción de Mazzeo á los persas (lib. V). Unidas todas estas supresiones á los
aditamentos que notó Sánchez y á los que hemos apuntado de pasada, se
comprenderá por último que Juan Lorenzo hizo algo más que traer á la lengua
escrita de Castilla la obra de Gualtero. De estas indicaciones se deduce también
cuánto se han aventurado los orientalistas que han supuesto al Poema de Ale-
xandre (¡tosca traducción» del que dicen con error haber «dedicado al mismo
héroe en su Scandeo {Schah-Nameh) el persa NezzamÍD (El conde de Noroña,
Poesías asiáticas, pág. 58). Si Nizamí florece muchos siglos después , según
notamos arriba, ¿cómo pudo presentar ni dedicar su obra al mismo Alejan-
dro?... En cuanto al poema de Li Cors, conviene advertir que no hay confor-
midad alguna ni en el orden, ni en la apreciación de los hechos, lo cual llega
á persuadirnos con la indicación arriba expuesta, de que no llegó á n\anos de
Juan Lorenzo copia alguna del mismo , pareciendo lo más racional que sólo
tuviese noticia por vagas recitaciones, si ya no es que las ficciones en que se
asemejan, traían otro camino. La averiguación es ahora por extremo difícil,
cuando no imposible.
1 El primero es el entendido Mr. Adolfo de Puibusque, Hist. comp. des
Ult. espagn. et franc, tomo I, cap. I; los segundos Mr. Sismonde de Sismondi,
Hist. de la litl. du Midi, tomo III, cap. XXIV, y Mr. Amedco Duquesne!,
Hist. des lettres au moyen age, pág. 325. — Duquesnel, sin otro enjuiciamien-
to, asegura de un modo irónico que basta «para dar la idea que de la ciencia
))de la antigüedad tenían los escritores españoles del siglo Xlll». — Sin embar-
go, más adelante se vé obligado á declarar por boca de Villemain que en la
A/exa«dnflde francesa recita Helínant, poeta de la corte de Felipe Augusto,
un cántico, mientras come Alejandro, y que la reina Isabel, esposa del mismo
Felipe, borda la tienda de Darío (XXVI, págs. 392 y 93). Hablando de Cha-
tillon con la ligereza que le distingue, añade que el conquistador de Per-
sia fué con frecuencia un caballero de la edad media (Ib., pág. 397). Si ha-
bía de hacer estas confesiones, ¿por qué no dijo, y hubiera acertado, que
todos los escritores de esta edad se vieron forzados á revestir las nociones
TOMO \\\. 21
322 ' HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Su exposición nos enseña con toda exaclilud cuál era el anhelo
constante del poeta y cuál la situación del arte que cultivaba. Va-
cilando entre la noción histórica de la antigüedad, las tradiciones
fantásticas y misteriosas de la edad media. y la enseñanza de las
ciencias, recibida en las escuelas; deseoso de mostrar á sus com-
patriotas los tesoros recónditos de su múltiple erudición, y de aco-
modarse al par á los instintos, á los sentimientos, á las costumbres
y aun al lenguaje de su pueblo, si alguna vez atiende á seguir las
huellas de Arriano, Diodoro Sículo, Plutarco y Curcio, si otras se
aviene á la heroica narración de Gualtero , ó se inclina á las tra-
diciones nacidas en los siglos precedentes, venciendo en él, como
en todos los poetas de aquellos tiempos, la incontrastable fuerza
de la vida real á todo otro elemento de acción y de cultura , no
sólo imprime interiormente (l esa portentosa historia del antiguo
mundo determinado sello, sino que llega también á desfigurar aun
las mismas formas, con que habia últimamente aparecido. De aquí
proviene que sembrando la acción, grande por sí y digna de los
cantos heroicos, de multiplicadas digresiones, apostrofes ' y epi-
sodios, en que, separadamente considerados, no falta ni invención
ni belleza., camine á su ün entre escollos y tropiezos; y cargada
de tan extraños ornatos, aparezca á nuestros ojos despojada de
regularidad y armenia. Pero no olvidemos que ese excesivo apa-
rato de erudición, por más repugnante y pedantesco que sea en
(le la antigüedad con el colorido de las costumbres y de los sentimientos
<[ue en la sociedad dominaban?... Esto sucedió en todas las naciones mo-
dernas, sin que sea lícito despreciar los laudables esfuerzos hechos para
conquistar la luz de las ciencias y de las letras en aquellos tenebrosos días.
Expliquemos las cosas con el noble anhelo del filósofo: no desdeñemos con
la sonrisa del incrédulo, que es á veces la del ig'norante.
1 Estos apostrofes, dirig^idos con frecuencia a todos los personajes, hacen
aparecer á Juan Lorenzo como el clérigo dogmatizador, que intenta corregir
las costumbres con el egemplo de los desastres ajenos. Pero es lo notable que
entonces desaparece el escritor narrativo, mostrándose el poeta lírico, satí-
rico ó didáctico; porque como notamos en el examen de Berceo, esta primera
edad de la poesía erudita ofrece en sus producciones la amalgama de todos
los géneros, no llegado todavía el momento en que deben separarse, ley co-
mún a todas las literaturas en iguales momentos y circunstancias.
11.^ PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERÜD. DE LA POES. VULG. 323
realidad, por más que dificulte hoy la lectura del libro de Ale--
aoandre, debió ser y fué de seguro el más brillante título de la
celebridad alcanzada por él en la edad media *; no impidiendo
tampoco que el héroe macedonio fuese amado por la gente de cle-
rezia, como amaba la indocta muchedumbre sus más simpáticos
y esforzados paladines.
Y á la verdad no carecía el Alejandro de Juan Lorenzo de cua-
lidades y condiciones que pudieran hacerle popular entre los que
se preciaban de entendidos: en su sed inextinguible de gloria, en
su ardiente espíritu de independencia, en su aversión terrible á
los enemigos de su patria, necesario es reconocer ciertas virtudes
comunes á los castellanos, virtudes que no podian menos de li-
sonjear el sentimiento de nacionalidad, frecuentemente excitado
aun entre los mismos eruditos. Porque si la patria de Alejandro
gime en vergonzosa servidumbre, no pequeña parte de la Penín-
sula Ibérica tiene todavía sobre su cerviz el yugo sarraceno; si el
hijo de Olimpias se exalta, al contemplar el vilipendio de los su-
yos, determinado á quebrantar tan ominosas cadenas, los héroes
castellanos, movidos por el aguijón de la afrenta que padecen,
ven con invencible ojeriza el odiado imperio de los usurpadores 2;
i En el siguiente capítulo demostraremos el efecto que en la esfera de
la poesía heróico-erudita produjo instantáneamente el eg-emplo del libro de
Alexandre: este, trasformado ó íntegro, llegó al siglo XVI, dando á Cervan-
tes motivo para que pusiese á Alejandro, bien que por boca de don Quijote,
entre los héroes caballerescos. Adelante veremos cómo cunde entre los eru-
ditos la devoción respecto del héroe y del Poema.
2 Este sentimiento es tan vivo y enérgico entre nuestros padres, que no
sólo en los antiguos cronicones se halla consignado, como advertimos en el
cap. XIII de la I.^ Parte, sino en los poemas de esta edad y en los libros de
los siguientes siglos. En el Poema de Ferran González, que en breve exami-
naremos, se lee, aludiendo á los sarracenos:
440 . ' gente renegada
Heredan naestra tierra, | et tienenla forzada.
El celebrado don Juan Manuel deeia un siglo adelante, en su Libro de los
Estados: «Et por esto ha guerra entre los xristianos et los moros; et aura fasta
»que ayan cobrado los xristianos las tierras que los moros les tienen forza-
))das)) (cap. XXXi fól. 61, col, 1.* del cód. S. 34 de la Biblioteca Nacional).
324 HISTOIllA CIUtICA DE LA UTEUATURA ESPAÑOLA.
y si ul espíritu de hi independencia lleva al Asia las huestes del
caudillo macedonio para derribar al tirano, este noble y rege-
nerador sentimiento enciende el entusiasmo de los guerreros de
la Cruz, animándolos sin cesar á la venganza, y arrojándolos sin
tregua sobre la decadente morisma. Con su altivez é indepen-
dencia, con su espíritu aventurero, con su anhelo de reparación
y de venganza halaga pues Alejandro la idealidad poética del ca-
ballerismo español, recordando sus hazañas las inauditas proe-
zas de Bernardo del Carpió, de Fernán González y de Ruy Diaz,
el Castellano. Asimilado en esta forma á los mismos héroes de
Castilla el carácter del vencedor de Darío y de Poro, ¿qué mu-
cho que la poesía erudita le revistiese de todos los sentimientos
y creencias del siglo XIII, atribuyéndole las costumbres de nues-
tros mayores y haciéndole hablar su mismo lenguaje?... No de
otra manera se explica el que Alejandro reciba la orden de caba-
Ueria el dia de San Antero y que vea bendecir las armas, con que
se prepara á romper la tiranía de su patria: así se comprende
también cómo en vez de invocar al Júpiter del gentilismo, levanta
siempre su corazón y sus palabras al aCriador», y cómo respi-
rando en todos los momentos de su vida la atmósfera de las creen-
cias cristianas, se rebela contra el fatalismo griego, al saber del
oráculo [ariol] que seria envenenado, deseando conocer el nom-
bre del traidor, para burlar el fallo del Destino:
2328 I si me quieres pagar,
Demuéstrame so nombro | de quien me deue matar:
á lo que el adivino le replica:
2329 I Si fueses sabidor,
Faríes descabezar j luego al traedor:
El astro del fado | non aurie nul valor.
Así, finalmente, se alcanza cómo lega en su testamento mil ta-
lentos de oro
2478 Pora los sacerdotes | et pora los convientos,
siguiendo la piadosa costumbre de los caballeros españoles del si-
glo XIH.
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 325
Estas circunstancias, que desfiguran ciertamente al personaje
histórico, completan sin duda el carácter del Alejandro de Juan
Lorenzo: á la portentosa fortaleza de ánimo del guerrero mace-
donio y á la intrepidez que desde su juventud despliega, se asocia
la generosidad y perseverancia verdaderamente heroicas de los
caudillos castellanos, resaltando asi con mayor fuerza la magna-
nimidad del domador del Asia. Para él no hay obstáculos ni di-
ficultades: lo mismo avasalla á los hombres que triunfa de la na-
turaleza. Cuando sus soldados dudan del éxito de los combates,
su voz los arrastra á la lid para darles la victoria; cuando pugnan
con la sed en medio del desierto, arroja el agua reservada para
él, fortaleciéndolos con su egemplo y sus palabras. Su noble fi-
gura debió por tanto ser- grata á los ojos de los eruditos y de
los caballeros del siglo Xlll, no por los rasgos de verdad histórica
que en ella se descubren, sino á pesar de esos mismos rasgos,
amoldados en parte á las costumbres y á las creencias españo-
las; condición que llega á comunicar no escaso interés á la mis-
ma figura de Darío. — El poderoso rey de los persas, que oprime el
cuello de los griegos, interesa en efecto á pesar de su calidad de
tirano; y no porque le abrume la desgracia con la pérdida y ruina
de su temido imperio, sino pof la resignación que muestra en
mitad de sus grandes desastres; resignación que está revelando
al príncipe cristiano, dotado de verdaderas creencias religiosas,
Darío es en el poema castellano el monarca, á quien sujeta la
Providencia á las más terribles pruebas en la vida: no el rey de
la antigüedad, á quien predice el Destino la destrucción suya y de
su imperio; y si no temiéramos que se nos tuviese por osados,
añadiríamos aquí que descubrimos ya en la obra de Juan Lorenzo
los primeros gérmenes del bellísimo tipo, trazado por Calderón
en su Principe Constante ^.
i Láslima es que dominado Juan Lorenzo de la grandeza de Alejandro,
no fijara la vista en las fig-uras de Sisig^ámbis y Rasena: en el terreno en que
coloca a los héroes de su poema, le hubiera sido fácil revestir aquellas prin-
cesas de cierto interés, que estaba en armonia con las costumbres. La esposa
y la hija de un rey poderoso, reducidas á cautiverio, eran en el siglo XIII
un espectáculo, que dcbia excitar ardientes simpatias en Castilla, donde á
326 mSTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
lié aquí pues cómo la poesía heróico-emdita, que aparece á.
nuestros ojos desde su cuna llucluando entre el mundo antiguo y
el mundo moderno, entre lo pasado y lo presente, vencida del
superior impulso de la actualidad, se vé forzada á alimentarse,
digámoslo así, do la misma sAvia que habia nutrido los primeros
monumentos escritos del arte castellano, y que nutria á la sazón
los cantos populares. Sólo acatando esta suprema ley, podia legi-
timar su existencia, siendo no poco sensible que ese afán de eru-
dición que la domina, ahogue con frecuencia entre las malezas
escolásticas sus más preciadas flores. Esta convicción produce en
nosotros el estudio del libro de Alexandre: aun encerrado en ese
círculo, donde la espontaneidad de la inspiración era tenida en
menos, es Juan Lorenzo un escritor^ á quien no falta verdadera
intención poética, y que dotado del sentimiento de la armonía,
presta á los objetos por él pintados agradable colorido, sembran-
do al par sus descripciones de pensamientos elevados y no pocas
veces profundos * . Justo es consignar que en estas dotes literarias
excede á todos los poetas de su tiempo, bastando para justificar
nuestra observación la simple lectura del poema, salpicado todo
él de rasgos atrevidos y delicados, que deben ser tenidos como
otras tantas bellezíjLS. Mas para que no pueda dudarse de nuestra
exactitud, citaremos particularmente, demás de los pasajes apun-
tados en la análisis, la descripción del carro de Darío -; el cam-
cada paso se corría el riesgo de ver cautivas las hijas y las mujeres de los
magnates y de los caballeros. La clemencia de Alejandro hubiera contrastado
grandemente con estas situaciones, apenas tocadas en el poema. De estas
faltas, hijas de su inexperiencia, adolece el arte erudito del siglo XllJ, mos-
trando en semejante olvido que todavía no se habia verificado en nuestro
suelo la tan ponderada apoteosis caballeresca de Yíl mujer.
, i Sismonde de Sismondi ni aun le concede el sentimiento de la armonía,
asegurando que «en su triste convento no exporimcntó, como Berceo, ningu-
na délas inspiraciones de la naturalczai) {Litl. dit Midi, tomo III, cap. XXIV).
Los pasajes y rasgos que nos proponemos citar, y otros muchos que pueden
alegarse, responderán por nosotros respecto de este punto. En lo del triste
convento, sólo diremos que Sismondi no leyó la introducción de Sánchez, y
que sólo hojeó el poema; achaque de otros muchos escritores modernos.
2 Coplas 810—817.
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MOIS. ERUD. DE LA POES. VULG. 327
pamento del mismo, donde se hace su retrato *; la batalla de Isus,
en que aparece Alejandro «más yrado quel rayo, más bravo quel
león» 2; la pintura de la amazona Calectrix, á que pone ñn, ma-
nifestando que
La rosa del espino | non es tan genta flor;
El rocío á la mannana | non parece meior ';
la del magnífico palacio del rey Poro ^; la del Infierno, «cibdat
mal complida», donde en siete distintas moradas sufren perdura-
ble tormento las almas precita»^, y finalmente la de la maravi-
llosa tienda do Alejandro, en la cual se ingiere la fresca y agra-
dable descripción de los meses del año, ya algún tanto conocida
de la generalidad de los lectores. Bien será que, pues no pode-
mos trasladar aquí todos estos pasajes, no peregrinos á la verda-
dera poesía, pongamos algún egemplo de los mismos, ó ya sa-
quemos de ellos algunos breves rasgos. Al dar á conocer la si-
tuación que ocupaban, al avistarse la vez primera Darío y Ale-
jandro, describe así un pequeño collado que los separaba:
889 Estaua en medio 1 un lorer anciano;
Los ramos bien espessos, | el tronco muí sano:
Cobrie toda la tierra | un uergel mui lozano;
Siempre estaua uerde | inuierno et verano.
890 Manaua de siniestro | una fuente perenal,
Nunquas mingüaua | ca era natural:
Auíe só el rocío \ fecho un regaial,
Por hy facíe su curso, ] cuerno una canal.
892 Exíe de la fontana | una blanda fríor,
De la sombra del árbol | un temprado sabor:
Daua el arbolorio ] sobre buena olor;
Semeiaua que era [ huerto del Criador.
893 Que por buena solombra, | et que por la fontana
Allí veníen las aves | tener la meridiana:
Allí facíen los cantos ] dulces á la mannana;
\ Coplas 888—907.
2 Copla 935, etc.
3 Coplas iH0—lli6.
i Copla 1057, etc.
5 Copla 2170, etc.
32S HISTORIA CIllTICA ÜE LA LITEHATURA ESPAÑOLA.
Mas non cabrío liy ave, | si non faes palaciana.
8!)4 El agua de la fuente | descende á unos prados;
Tiénclos siempre uerdes, | de flores colorados:
Avíe liy grand ahondo | de diuersos uenados,
De quantos en el mundo | podían ser "asmados.
Narrando la batalla do Isus, presenta de este modo el choque
de ambas huestes:
•
935 Ya se mouíen las aces, 1 yuanse allegando,
Iban los balesteros | de las saetas tirando;
Iban los caualleros | las caLezas abaxando,
Iban los cauallos | las oreias aguzando.
9üC Eran de tal guisa | mezcladas las feridas
Que eran de los golpes [ las trompas enmoedicks;
Volauan por el ayre | las saetas texidas;
Al sol tollíen la lumbre: [ tan veníen descosidas!...
957 De piedras et de dardos | iban grandes nubadas
Cuerno si fuesen enxambres | de abeías aiuntadas.
Ponderando la riqueza de los palacios del rey Poro, sustenta-
dos por cuatrocientas columnas de oro puro, dice que pendia de
ellas una rica vid, la cual «llenaba foias doro grandes, como la
palma)), y continúa:
1964 La unas eran fechas | mui de grant femencia,
Piedras son preciosas ] todas de grant poten9Ía;
Toda la peior era | de grant magniücencia:
El que plantó la vinna | fú de grant sapiencia.
d96o Cuerno todas las uinnas | son de diuersas naturas,
Assi las piedras son | de diuersas figuras;
Las unas eran uerdes | et las otras maduras:
Nunca les facen mal | gielos, nen calenturas.
1966 Allí fallaríe ome | las honas cardeniellas,'
Et las otras maores | que son más tempraniellas:
Las blancas alfonsinas | que tornan amariellas,
Las alfonsinas negras ¡ que son más cardeniellaí^, etc.
Viniendo á la pintura del infierno, anterior medio largo siglo
á la terrífica del Dante, debemos ante todo observar que Juan Lo-
renzo escribe y habla como poeta cristiano, olvidando de todo
punto las de Homero y Virgilio, que no debian serie peregrinas.
Bosquejando en ella las islas, que preceden á esa «cibdad non
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 329
complida», la cual está rodeada de inmenso y frígidísimo arenal,
exclama:
2177 Silvan por las riberas | muchas malas serpientes;
Están dias et noches | aguzando sus dien-tes;
Assechan á las almas, | non tienen en ál mientes:
Por estas peligraron | los primeros parientes.
217 Quando veen venir | las almas peccadrices
Páceles encornar | sen grado las cervices...
Nunqua fartarse pueden: | están muertas de fama.
En aquella triste y dolorosa comarca
2180 I Non nacen nunqua flores,
Se non spinas duras | et cardos ponnidores;
Tovas, que facen fumos | et amargos sudores;
Peníscales agudos | que son mucho peiores.
Al pintar la Ira, á quien supone ciega, dice:
2194 Estaual á los pies 1 Heredes, su criado.
El que ouo con yra | los ynfantes malado:
Daual' grandes muessos | al seniestro costado
A don Lamec, el que ouo | á su yerno malado.
Mencionando los simoniacos, los castiga, afirmando que
2202 El plomo regalado | beuerán todos los dias:
Non creo que gusanos | los echen de las encías.
Á la Lujmia la presenta
2208 Sucia et escarnida, | más ardiente que cal.
De los que se entregan al vicio de la inmundicia, condenado
por San Pablo, asegura que
2213 Estos tienen las lenguas de gusanos cargadas.
Y por último, mostrando lo terrible de los dolores infernales,
declara que las almas de los condenados
2251 Ardiendo en las llamas, | tremen de grant friura,
laciendo ennas nieves, | muerren de calentura.
Negar pues á Juan Lorenzo las dotes que en él reconocemos,
330 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
más parece temeridad de quien no ha leído el poema de Alexan-
dre que discreción y rectitud de critico. Como el autor del libro
de Apollonio, es digno de alabanza por el impulso que comunica
al arte vulgar, segundando en el terreno de la poesía heróico-
erudita los esfuerzos de Bcrcco, al aceptar las formas artísticas
por él ensayadas, y emplear el romance castellano * con prefe-
rencia á la lengua latina, que le era muy familiar, según persua-
den su grande erudición y lectura. El metro y la rima de uno y
otro monumento ofrecen los mismos caracteres, adoleciendo ara-
bos poetas de ciertos descuidos en el uso de consonantes y aso-
nantes, que no pocas veces colocan promiscuamente, como suce-
dió alguna al cantor de los santos-, manifestando así que no ha-
blan logrado todavía entero dominio sobre la lengua.
Iba esta sin embargo enriqueciéndose de dia en dia y cobrando
nueva tlexibilidad y soltura, al mismo tiempo que se fijaba y ad-
quiría mayor consideración y estima entre los eruditos de las dife-
rentes comarcas que hablaban el romance castellano, bien que os-
tentando diversos cambiantes y caracteres. Gonzalode Berceo, es-
cribiendo en la Rioja el lengiiagede /a c/^r^;;/rt, mostró á pesar su-
yo que el comercio habitual con el reino de Navarra, donde era
inevitable el influjo transpirenaico, por las razones históricas antes
alegadas ^, imprimía cierto sello al habla de la muchedumbre, se-
i Tanto el autor del libro de Apollonio como Juan Lorenzo mostraron que
se inspiraban, así como Berceo, no en la tradición oral, sino más principal-
mente en las obras escritas de tiempos anteriores. Así por ejemplo, mientras
el ses;undo citaba a Gualtcro de Chatillon (coplas i4o2 — 193jj, decia el
primero:
372 Su nombre fué Teófilo \ si lo saber queredes;
Catatlo en la estoria, | si á mi non me creycdes.
Pero si en esta parte se sujetaba la poesía heróico-erudita á las condiciones
de existencia de la erudito-religiosa, no podia menos de someterse á la mis-
ma ley que aquella al adoptar, para ser entendida, el lenguaje de la muche-
dumbre; rasgo característico que procuraremos reconocer, al terminar el es-
tudio de los monumentos producidos en esta primera trasformacion del arte.
2 Para no caer en el error que sobre este punto presenta como una teoria
aceptable el docto anglo-americano Ticknor, véase la Ilustración Ul.'^ i\c la
I.'' Parle.
3 Véase la Ilustración 11."* del anterior volumen y suS Aditamentos.
H. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VÜLG. 331
lio que no pudo borrar de sus propias obras: el autor del libro de
ApoUonio, que no sin fundamento podría ser tenido por arago-
nés, conforme al crecido número de voces catalanas que recibe,
lo cual indujo á uno de nuestros más apreciables bibliólogos á su-
poner escrita dicha obra en lemosin *, daba á conocer que si en
aquella parte de la Península experimentaba el habla romance
cierta modificación, no desatendible para la consideración de la
crítica, había conquistado el aprecio de los doctos hasta ser em-
pleado para trasferir á la literatura vulgar las más estimadas jo-
1 El erudito Pérez Bayer, anotador de don Nicolás Antonio, decía: «Ano-
nimus hispanus lemosinus, qui Apollomi regis historian! versibus pentedeca-
syllabis, et alia metrice scripsit» {Bibl. Vetus, tomo II, pág-. d06). Sobre
las muchas voces catalanas que en el libro de ApoUonio encontramos,
voces comunes á los documentos castellanos escritos en Aragón (Véase la
Ilustración II.* de la I." Parte), debemos advertir que hallamos en dicho poe-
ma ciertas circunstancias que nos confirman en el expresado juicio. Así como
Berceo y Juan Lorenzo de Astorga dicen, para ponderar el valor de cual-
quier objeto precioso, que no habia oro en Castiella para comprarlo, ó que va-
lia más que Castiella, advertimos que el autor del libro de ApoUonio acude al
vecino reino de Francia, para expresar la misma hipérbole, exclamando:
54S Auu si gonasse el imperio de Francia,
Non serie mas alegre, etc.
5S3 Si lú eslo ficieres, ] ganaras tal ganancia
Que más la preciarás | que el rcgno de Francia.
Así pues, no mencionándose una vez sola á Castilla y sí al reino de Fran-
cia, lindante con el de Aragón, nos parece muy verosímil que este mo-
numento pudo ser escrito en aquella comarca, con la cual tenían navarros y
aragoneses continuo comercio. Y no se crea que este hecho es peregri-
no entre los poetas de la edad media: los juglares de la Provenza, así como
los troveras franceses, citan á cada paso los reinos de España en el mismo
concepto; y toda región ó ciudad fantástica, toda riqueza extraña, todo caba-
llo, traje, arma, etc., que exceda de lo ordinario, es asemejado á lo que
existe, cuando no llevado de la Península, lo cual sucede una y otra vez en
la Alexandriade de Li Cors y Bernay. Críticos, más aventurados, sacarían
de esta observación osadas consecuencias: para nosotros sólo prueba, así en
los poetas españoles como en los franceses, que llegado el momento de co-
municación entre ambos pueblos, no les es posible desasirse de la mutua y
natural influencia que exige el desarrollo de su respectiva cultura; pero no
anulando su nacionalidad, como sin razón se ha llegado á suponer, según sa-
ben ya los lectores.
31)2 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍÍULA.
yas de la lalino-eclesiáslica: Juan Lorenzo, nacido en Astorga y
casi fronterizo de los antiguos reinos de Asturias y Galicia, en-
seña por último que no dejaban de refluir sobre León y Castilla
los despojos del dialecto bable y del //r/Z/íY/o,' destinado el primero
á reflejar en sencillos cantares la vida interior do las montañas,
cediendo por último el puesto al habla de Castilla ', y llamado el
segundo á traer muy en breve, así como el catalán, mayores ri-
quezas al centro mismo del imperio castellano.
Estos matices claros, palpables para todo el que estudie los
monumentos en que se revelan, sobre infundir cierta fisonomía á
la lengua hablada en cada una de las comarcas referidas, son de
DO escasa importancia en la historia de la misma lengua, y por
tanto en la de las letras y de la civilización españolas, más armó-
nica y uniforme de -lo que hasta ahora se ha sospechado. Digno
es por último de advertirse que aun tenidas en cuenta estas no-
tabilísimas circunstancias, luego que se desciende á la compara-
ción filológica de unos y otros monumentos, se descubre cierto
progreso relativo, que confirmando la cronología por nosotros es-
tablecida, indica ya que los poetas eruditos se iban poco á poco
alejando del terreno á que Berceo habia conducido el habla cas-
tellana, convenciéndonos al par de que eran mutua ó sucesiva-
mente conocidos los esfuerzos que en tan apartadas comarcas se
hacían para llevar el arte erudito á su mayor altura ^. Mas todas
i Adelante tendremos ocasión de dar á conocer algunos de estos sing'u-
lares cantos, reproduciendo el estudio que al visitar las montañas asturianas
hicimos, respecto de tan peregrino fenómeno, y que en carta publicada por la
Revista de Berlin {Jahrbuchs für Romanische und englische Lileratur) y repro-
ducida por la Revista Ibérica y otros diarios espaüoles, dirigimos á nuestro
docto amigo, don Fernando José Wolf.
2 Muchas locuciones, frases, giros, hemistiquios y aun versos podríamos
citar para comprobación de este aserto. A fin de no ser tildados de prolijos,
nos contentaremos con el siguiente cgemplo, que no solo señala el camino
que llevaba la tradición artística, sino el progreso de la lengua. Berceo, en
la Vida de Santo Domingo, cop. 232, dice:
Non dizrirn el adobo loqiiele ncc smiioiics.
El autor del libro de Ajwlloiiio, en la 558:
Que nun podrán cantarlas loqúclas, nin seriuoiici.
II. PARTE, CAP. VI. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. VULG. 333
estas observaciones adquirirán sin duda nuevo peso, cuando he-
cho el estudio de los demás poemas, escritos por aquellos tiempos
y bajo la misma pauta, podamos apreciar en todas sus fases el
desarrollo de la poesía heróico-erudita.
Asunto será este del siguiente capítulo "•.
Juan Lorenzo escribe, copla -1376:
IVon lo sabrien (Ie(¡r paraulas ncn sermones.
Las modiricaciones sucesivas determinan pues el conocimiento de las obras
anteriormente escritas y el desarrollo parcial del romance castellano en cada
una de las comarcas, en que se hablaba.
i Cerraremos el presente, tributando al señor marqués de Pidal el debido
aplauso por la publicación del libro de ApoUonio , y recordando al par con lite-
raria g-ratitud el nombre de Sánchez, que dio á la estampa el de klexandre. La
imparcialidad, que en todos nuestros trabajos guardamos, nos mueve sin em-
bargo á insinuar que en caso de hacerse nuevas ediciones, seria muy conve-
niente consultar los códices orig-inales. El de ApoUonio se guarda en la Biblioteca
Escurialense, lU. K. 4.°, y es un volumen 4.° mayor, escrito en grueso papel
coptí, letra del siglo XIII, como el facsímile de la Vida de Sania María Egip-
giaqua: consta de ochenta fojas útiles. El áeAlexandre, que se conserva en la
selecta librería del duque de Osuna, donde existen la mayor parte de los Mss.
que fueron del Marqués de Santillana, es también un tomo 4." prolongado, de
letra defines del siglo XIII ó principios del XIV, según demuestra el facsími-
le que damos de él, y está escrito en vitela, constando de 153 fojas útiles. A
pesar del esmero de Sánchez, mostrará el calco del original que no fué tanta
su escrupulosidad como en la pág. XII del prologo de su edición declara; y en
cuanto al libro de ApoUonio probará el examen comparativo que la copia de
que dispuso el señor Pidal, estaba muy lejos de ser exacta. Para que no se nos
crea por nuestra palabra, citaremos algunas lecciones visiblemente pervertidas:
tales son: cazones por criazones; va fez por rafez; mano aflblando por manto
afiliando; yviero por yuierno; terrer por tener; capter por captener; avió por
auino; non vi á tal por non vio atal; roto por rota [instrumento músico]; vymen
por vinien; reyer por seyer; nascida por nada; ropa ofrescida por ropa ofres-
sada; companya rascada por companya raneada; pena va é grisa por pena vera
et grisa; el astro so por el astroso; asino por asmó; consejo por conceio; fablar
por fallar; manya por manyera, y otras muchas que omitimos.
CAPITULO VII.
PRIMEROS JIONDIIEMOS ERUDITOS DE U POESÍA CASTEllMi.
Prosigue el examen de la poesía heróico-erudita.— Influencia de los poe-
mas ya examinados en los escritos durante la primera mitad del siglo
XIII. — El Poema de Ferran González. — Época y comarca donde se escribe.
— Opiniones de los críticos nacionales y extranjeros.— Pruebas sacadas
del mismo poema, en comprobación de que es posterior al de Alexandre.—^
Gerarquia de su autor. — Examen literario del mismo.— Carácter de Fer-
nán González, comparado con el de Alejandro. — Puntos en que discrepan.
— Nueva faz de la poesía heróico-erudita. — Relaciones entre los vasallos
mudejares y los cristianos.— Segundan los primeros el movimiento litera-
rio, inaugurado por Berceo. — El Poema de Yusuf. — índole erudita del mis-
mo.— Tiempo y región en que hubo de ser compuesto. — Exposición de
su argumento. — Caracteres artísticos del Poema. — Influencia de las cos-
tumbres cristianas. — Carácter de Jacob: — de Joseph. — Tipo de Zaleikha.
— Comparación entre la mujer árabe y la cristiana: — doña Sancha en el
Poema de Ferran González. — Considera'ciones generales sobre la poesía
heróico-erudita.
A medida que vamos adelantando en las investigaciones críticas,
presenta el arte cultivado en nuestro suelo nuevas y más variadas
fases, dignas por cierto del mayor estudio. Los poemas de Apo-
llonio y de Alexandre nos han enseñado á conocer la forma en
que se realiza en el terreno de la poesía heróico-erudita la tras-
336 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fürraacion operada, respecto de la hcrúico-rclijjiosa, por la musa
de Berceo; y en medio de los anacronismos, contradicciones é in-
experiencia que en los referidos monumentos resaltan, y cuyo orí-
gen dejamos oportunamente designado, hemos sorprendido vivo,
enérgico, poderoso el espíritu de la nacionalidad española, pro-
bando así que todo elemento extraño se sometía á la invencible
fuerza de actualidad, que impulsaba nuestra creciente civilización
en las vias del verdadero progreso. — Tócanos ahora examinar
cómo esos ensayos, estériles en el concepto de algunos críticos *,
son de grande efecto en el desarrollo del arte que toma por ins-
trumento la lengua castellana, no solamente porque en todas las
comarcas, donde es hablada, le imprimen determinado sello, pre-
parándola á mayores conquistas, sino porque van también sir-
viendo de norma y modelo á las producciones sucesivas, esta-
bleciendo la tradición literaria. Pero es lo notable que semejante
comprobación crítica ha de hacerse, no en un poema que tenga
por asunto las hazañas ó aventuras de un héroe extraño, como en
los de .i;;o//o?n'o y áeAlexandre, sino un caudillo nacido en el suelo
de Castilla y aplaudido por grandes y pequeños, ignorantes y dis-
cretos, cual fundador de aquella nacionalidad y paladín de su in-
dependencia, así contra el enemigo común del nombre cristiano
como contra los demás reyes españoles, que aspiraban á señorear
el pueblo de Lain Calvo y de Ñuño Rasura. Este guerrero, cons-
tante ídolo de los cantores populares, que alentados por la tradi-
ción oral habían alterado y enriquecido al par en el trascurso de
dos siglos y medio la narración histórica ^, era pues Fernán Gon-
1 Bouttcrweck juzga con tal desprecio el Poema de Alexandre, que no
vacila en declarar que «es indiferenle para la historia de la poesía española
»el que pertenezca al siglo XII ó al XIII, que sea original ó traducido». Lás-
tima es que el celebrado autor de la Historia general de la literatura moderna
se dejase dominar del espíritu de escuela hasta el punto de negar su verda-
dero precio á este monumento del arte erudito del siglo XIll, siendo muy de
notar que ni aun acertara á establecer una cronología racional, pues que lo
antepone d las obras de Berceo. Despreciado por él ó no leido siquiera, fuélc
impos¡I)le discernir la influf^ncia que ejerció el libro de Alexandre en las de-
más obras de la poesía heroico-erudita, según notaremos en breve.
2 Véase el cap. XIII de la í.* Parle, pág. 151
II. PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 337
zalez, cuyas proezas fueron una y otra vez comparadas á las del
Cid Campeador, permaneciendo el lauro dudoso entre ambos ada-
lides durante toda la edad media.
Y no se crea, al escuchar el nombre de un caudillo castellano,
tan popular y simpático á la muchedumbre (la cual sólo podia cono-
cerle bajo el aspecto meramente mítico), que es debido el Poema
de Ferran González á la inspiración libre y espontánea del pue-
blo, como lo hablan sido un siglo antes los cantares del Cid, ya en
su lugar analizados. Erigido sin duda por la gratitud, reconocía
este monumento, todavía peregrino en la república literaria, las
mismas fuentes que hemos señalado á los que le preceden, fun-
dándose por tanto en la tradición escrita, y mostrando el autor
el mismo respeto que tributaron Berceo y Juan Lorenzo á la au-
toridad en que se apoyaban. La narración poética del libro ó his-
toria de Ferran González descansa por consecuencia en lo que
dice el escripto, en lo que refiere el dictado, ó enseña la leijen-
da^;y partiendo de este principio, admite todo lo que halla con-
signado por la piedad ó sancionado por el respeto religioso que
domina al poeta, legitimando en esta manera y sólo con este tí-
tulo esas mismas relaciones míticas ó fabulosas, que teniendo
tal vez su primitivo origen en el vulgo, llegaban al cabo á ser
patrimonio de los doctos. Colocado ya en esta posición del todo
erudita, no solamente quiso el autor del Poema de Ferran Gon-
zález seguir las huellas de los que habiau inaugurado aquel
{ Frecuentes son las alusiones que hace el poeta á los libros, de que to-
ma las noticias: en la copla 15 observa que vá a referir los sucesos
Como el escripto diz | nos aiisi lo fablainos.
En la 103 advierte que debe ser creida su narración, bien que
Semeia fiera cosa, | mas dizlo el dytado.
En la 136 asegura que narra
Como diz la escriplura, | et esto bien creades.
Y finalmente, para no ser prolijos, en la 688 recuerda que expone los mis-
mos hechos,
Seguiid nos lo leemos ] et dizlo la lehenda.
TOMO IH. 22
;j38 HISTOIIIA CIUIICA Iti: LA Ll 1 lülATUl'.A liSI'AÑÜLA.
lüoviinicQlo lilerario, adoptando el mismo sistema poético y los
mismos medios artísticos, sino que fijando su vista en la magni-
tud de los héroes celebrados por aquellos ingenios, aspiró indu-
bitadamente á, oscurecerla ó emularla. Observación es esta que
surge naturalmente de la simple lectura del indicado poema, cuan-
do estudiado ya el de Alexandre^ recordamos la situación y el
carácter del héroe macedonio y los comparamos con la situación
y el carácter del castellano; pero esta investigación, tan nueva
como importante en la historia de la literatura española, demás
de robustecer cuanto dejamos advertido sobre las causas del
aplauso que logra entre la clerezia el libro de Juan Lorenzo, nos
lleva como de la mano á fijar la época, en que fué compuesto el
Poema de F erran González.
Respetables escritores españoles asientan que vivía su autor «al
acabar el siglo XII y cuando menos al principio del Xlll», fun-
dándose en el metro y estilo del poema, cuya venerable antigüe-
dad los induce á mencionarlo antes que el libro de Alexandre *.
Con mayor conocimiento de causa opinan otros que apareció «du-
rante el periodo trascurrido desde unes del siglo XII hasta me-
diados del siguiente», dando por cosa probada que es posterior á
las obras del clérigo de la Rioja -; y no satisfechos del todo, pro-
ponen otros por último á la investigación crítica la cuestión si-
guiente: ¿El autor desconocido del Poema de Ferran González ,
es anterior ó posterior á Berceo?. . . -'. Estas legítimas dudas de los
i Sarmionto, Memor. para la ///?/. de la poes, y poet. esp., núm. ob2.
2 Gil y Zarate, Resumen de la literatura española, cap. II de la edición
de 1851.
3 Don José de la Revilla, onleiidido académico de la Lengua, cuyo tem-
prano fallecimiento lamentamos sus amig-os, diú á luz en el lomo IV de la
Revista de Madrid (tercera serie, 1842) un razonado artículo sobre la Historia
en verso del conde Ferran González, sacado de las Lecciones de literatura espa-
ñola, explicadas i)or él mismo en el Ateneo de esta corte, en años anteriores.
En dicho artículo propone el señor Revilla esta cuestión de crítica, tal como
nosotros la apuntamos, resolviéndola en el sentido histórico, es decir: «con-
jeturando que el Poema de Ferran González, es posterior á los de Berceo, ó
cuando más contemporáneo suyo». Lástima es que quien tan buen juicio
mostró en punto tan interesante de nuestra historia literaria, sólo sacara á
luz este breve estudio de los que sobre la misma tenia hechos, sin que apa-
II. PARTE, CAP. Vil. PRIM. ¡VION. ERUD. DE LA POES. CAST. 330
escritores nacionales no han sido obstáculo á que algunos extran-
jeros, olvidados de las condiciones artísticas del citado poema, ó
ya desconociendo las leyes, á que en esta edad aparece sujeta la
poesía^ heróico-erudita, hayan colocado aquel monumento un siglo
adelante, ya en la época del rey don Pedro y de su favorecido acon-
sejador Rabbí don Sem Tob ^. La sana razón de nuestros eruditos
ha triunfado esta vez sin embargo de la crítica extranjera; pues
que el Poema de F erran González, maduramente examinado,
ofrece abundantes pruebas para resolver de un modo satisfactorio
la cuestión propuesta, dándole el lugar que legítimamente le cor-
responde en la historia de la literatura española. Para nosotros
no cabe pues duda en que habiendo sido escrito en la primera
mitad del siglo XIII, es posterior á las obras de Berceo y á los
poemas de ApoUonio y de Alexandre. Una sola observación nos
bastará para dejar comprobado este aserto: Juan Lorenzo de As-
torga,, que empleó la quaderna via después del autor del libro
de ApoUonio, ponia en boca de Alejandro, al replicar este á las
amonestaciones pacíficas de sus capitanes, los siguientes versos: ^
rezca por tanto en relación con los demás monumentos de la poesía heroico -
erudita del siglo XIII.
1 El docto Mr. George Ticknor coloca en efecto el Poema de Ferran Gon-
zález después de la Danza de la muerte y de los Consejos y documentos al rey
don Pedro, obras atribuidas á Rabbí don Santo {Hist. de la lil. esp., I.* época,
cap. V), en lo cual le sigue, confesándolo así, el erudito conde Th. Puymai-
gre (Les vieux auíeurs castillans, cap. XVI). Verdades que también había
ya Ticknor antepuesto el libro de ApoUonio á las obras de Berceo (cap. II) y
pospuesto á las de don Alfonso el Sabio el Poema de Alexandre. Lástima es
por cierto que tan respetable historiador se atuviera sólo para fundar la cro-
nología, respecto de los poemas de ApoUonio y de Ferran González, á la for-
tuita circunstancia de haber hallado el primero á la cabeza del códice que
encierra los de Sancta Maria EgipQÍaqua y de los Reyes magos, mencionados
por él en el orden que tienen en dicho Ms., y de ocupar el segundo el pos-
trer lugar en el volumen de las poesías de Rabbí don Santo. Esta manera de
establecer la cronología literaria, rechazada alguna vez por el mismo Puy-
maigre, que respecto del Poema de Ferran González la adopta, está sin duda
sujeta á muy graves errores y puede conducir, como en el caso presente, á
la oscuridad más profunda. En cuanto al hecho de hacer posterior al Rey
Sabio el libro de Juan Lorenzo, juzgarán en breve los lectores.
3 JO msTOi\iA cniriCA de la liteíiatIí'Ra f.spaííüla.
2<2i Non ruiito yo mi vida | por anuos iicn por dias,
Mas por lionas facioiiiias | et por cauallorias:.
Non oscrihió Omero | en las sos elegías '
F.os meses de Achiles, | mas las sus barraganías.
Aconsejando los guerreros de Castilla á. Fernán González que
se (iiire las heridas que ha recibido en la batalla de Era Degolla-
da, y disuadiéndole de entrar en nueva lid con los condes de
Poitou y de Tolosa, exclama:
350 Non cuentan de Alcxandrc | las nociies nin los días;
Cuentan sus buenos fechos j et sus cauallerías;
Cuenlan del rey Dauyd, | que mató á Golías,
De Judas Macabro, | fijo de Matatías.
A.quí no sólo hay referencia é imitación, sino copia clara, ter-
minante, textual de las frases atribuidas por Juan Lorenzo al hé-
roe macedonio, lo cual no consiente dudar por más tiempo de que
fueron escritos estos versos, y en consecuencia el Poema de
Forran González, después del libro de Alexandre. Mas aun
faltando esta prueba tan concluyento, todavía nos ministra el
mismo Poema otros datos no menos seguros y luminosos para
sustentar con buen éxito el aserto indicado: después de la primera
rola de Almanzor, asegura el poeta que el Conde y los suyos
272 Fallaron en las tiendas | sobeiano tesoro,
Muchas copas et uasos | qu'eran de fino oro:
Nunqua vio tal riqueea ( nin xripstiano, nin moro;
Serien ende ahondados | Alexander et Poro.
Narrando la segunda algara que hizo el referido Almanzor en
tierras de Castilla, dice que
433 Teníe el rey Alexandre | muy gran pueblo sobeio:
Ksso mesmo Almoncore | fuerte pueblo moreio;
Nunqua en la sue vida | ayuntó tal conccio.
Y dando d conocer las virtudes y dotes de Fernán González, le
vemos por último declarar que
3Í4 Avia granl conplimyento I del scsso de Salomen:
Nunqua fué Alexandre | de más grant corazón.
Alegrías imprimió Sánchez, pero con visible error.
II.* PARTE, CAP. Vil. PRIM, MON. EUUD. DE LA P0E3. CAST. 34 1
Fresco estaba pues en la mente del autor del Poema de Fer-
raii González el libro de Juan Lorenzo, llevándole á imitarlo el
entusiasmo con que fué este recibido de los eruditos, y no te-
niendo reparo en atribuir á su héroe las mismas cualidades que
resplandecían en Alejandro, según veremos muy luego. Queda
per tanto críticamente demostrada nuestra opinión, no cabiendo
duda en que si el monumento, de que tratamos, es posterior á
las obras de Berceo y á las dos producciones en el capitulo ante-
rior examinadas, fueron coetáneos todos cuatro autores, conside-
rada la época en que vivió y liubo de pasar de esta vida el can-
tor de los Santos ' .
1 Véase el cap. V de esta II.* Parte. Oportuno juzgamos observar que
el sabio autor anglo-americano de la Historia de la lil. esp. apunta, al
dar por sentado que el poema de Ferran González se escribió al mediar el si-
glo XIV, que era posterior á la Crónica General del Rey Sabio, lo cual esta-
ría probado ipso facto wfK sólo demostrar que el poema era fruto del referido
siglo ó fines del precedente. Ticknor sin embargo apoya su dictamen en la
copla 350, ya trascrita, del citado poema, comparándola con el siguiente
pasaje de la Crónica: «Non cuentan de Alixandre los dias nin los años, mas
«los buenos fechos et las sus cauallerías qu'el fizo, et otrosy de Judas Ma-
))cabeo)), etc. (111. ^^ Parte, cap. XVIII, fól. CCXLIV, col. 1). Al mismo tiem-
po cita otros pasajes con este propósito ; pero únicamente pueden pro-
ducir contrario efecto del que se propoite, una vez demostrado, como va
arriba, que esos versos no son otra cosa más que uu vivo recuerdo y aun
reproducción de los trascritos del Poema de Alexandre, si bien trocando en los
dos últimos la erudición clásica por la bíblica, lo cual se trasfiere á la lla-
mada Crónica General. Para que fuera aceptable la opinión de Mr. George
Ticknor, debió probarnos antes que el Rey Sabio había tomado por fuenle
histórica para su crónica nacional este poema de Alexandre, donde por vez
primera se formula aquel pensamiento; y como esto seria empeño vano, y
más que vano absurdo, atendidos los hechos sobre que la obra de Juan Lo-
renzo se funda, y principalmente después de haber puesto el mismo Ticknor
el referido libro de Alexandre tras las obras del rey don Alfonso, parece lo
más prudente el concluir que la Crónica siguió al Poema de Ferran González,
de cuya narración apenas se aparta en todo lo relativo á tan celebrado guer-
rero. De otra manera, no solamente desconoceríamos la verdad de los he-
chos, sino que llegaríamos á contradecir la índole misma de la poesía he-
róico-erudita y la tradición del arte, cuya enseñanza no puede ser perdida
para la crítica. En cuanto á nosotros es indudable que si el erudito Ticknor
imbicra tropezado con la copla 212i del libro de Alexandre, comparándola
312 HISrOKIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Mas ¿á quién debe atribuirse el libro de Fcrran González"!...
Señalar el nombre de su autor, empresa es de todo punto insu-
perable, cuando no sólo carece el códice escurialense de la parle
con la 3S0 del de Ferran González y con el pasaje de la Crónica, no le hu-
biera parecido «lo más verosímil que la narraciog en prosa fuera la más an-
Mligua de las dos y la que. suministró materiales para la composición poé-
Mtica»: esta por el contrario sirvió de base á la Crónica hasta el punto de
conservarse en ella multitud de versos, todavía intactos, siendo innumerables
los hemistiquios que se salvaron de la descomposición del metro y de la
rima. Como no queremos ser creídos por nuestra palabra, y esta demostración
corta toda disputa, trasladaremos aquí algunos ejemplos. Narrando el primer
consejo, habido por el Conde con los castellanos, dícele Gonzalo Diaz, que se
inclinaba á la paz:
Mas si .niguna carrera | poJiesstiuos fallar
Por do sn podiessc I esta lid cstorunr.
Tenerlo ya yo por bien, | etc.
El conde le replica entre otras cosas: ^
por pecharles algo
De seüon;s que somos | facernos hemos siervos.
Los donde nos venimos | guardaron lealtad.
El monje Pelayo le ofrece hospedaje, diciendo: ,
Darte lie pan de ordio | [que comas) que non tengo de trigo.
Refiriendo el prodigio que le anuncia dicho monje, se lee:
Un caballern de los sujos orne muy arreciado
et mny valiente caballero.
Cabalgó en un caballo | may (valiente el) fermoso et ligero
Et firiol' délas espuelas | por [salir adelante)
Et abrióse la tierra | et sumióse el cauallero.
En el poema dice esta desfigurada estrofa:
257 Uno de los del conde, | valiente caballero,
Caualgó en un cauallo | muy fermoso et ligero,
nioT de las espuelas | por 9Íma d' un otero,
Et abrióse la tierra | et sumióse el cauallero.
Esforzando á los suyos, exclama el conde en la llamada Crónica:
Ca por cienl langas buenas | se ven(;e la farienda .
Ya ei) la batalla de Hacinas:
Saquemos á Cisliella | de la premia en que csln.
II.* PARTE, CAP. Vil. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 343
final del poema, sino que ha desaparecido por desgracia, acaso
en nuestros propios días, el que se guardaba en San Pedro de
Arlanza, que era sin duda el manuscrito primitivo *•. Pero si el
Y después, llamado á León por doa Sancho, repite en su oración á Dios:
Señor, pidote merced \ que me quieras ayudar
Por que yo saque á Castiella | de la premia en que está.
Visitado en la prisión de Navarra por doña Sandia, que lo propone la fuga,
El conde quando lo oyó | touose por guurido.
Sorprendido en el monte por el arcipreste, le habla así:
Ruégovos amigo | que nos tengades porid;it,
el prometovos si lo f acedes
Que yo vos de eu Castiella i una cibd.-it
de las mejo-es que yo ouiese.
Que sien.pre la aj.ides por liered;.t.
En el Poema se lee (copla 642):
Por Dios «era tu boni'at
Que nos quieras a entramos I teñir aq^iesla poriJat;
En medio de Castiella j darle be ana cibdat
De guisa que la ayas | siempre por beredat.
Las citas pueden multiplicarse ilimitadamente; pero juzgamos que bastan
las alegadas para producir en nuestros lectores el convencimiento de que la
Crónica siguió extriclamenle al Poema, bien que cortando, desfigurando y
trastrocando los versos, alterando ó ampliando á veces algunos hechos, según
iremos notando. La historia de Fernán González, unida á los sucesos gene-
rales de España, se contiene en los caps. XVII, XVÍII, XIX y parle del XX
de la llamada Crónica General.
\ Citando fray Gonzalo Arredondo y Alvarado, cronista de los Reyes Ca-
tólicos, abad de Arlanza y prior de Bóveda, en su Chronica de Fernán Gonzá-
lez, lag coplas 160 á 172, ambas inclusive, dice que utanta era la mayor
))verdad de aquellos metros quanto son más antiguos, pues que paresce, ansy
))por coronicas como por otras escripluras, que los tales rimos se usaban é
))aun dellos se preciaban en tiempo del infante don Pelayo y del rey don Al-
))fonso, el Católico, y del rey don Alfonso, el Casto, y de otros reyes suce-
))sivamente hasta el rey don Fernando el Magno». — Dejando aparte la inex-
periencia crítica del abad de Arlanza, y teniendo en cuenta que antes habia
declarado que su Crónica estaba sacada «con gran estudio de muchos, singu-
))lares y ciertos libros de dicho monasterio» (pról., fól. 4), parece indudable
(]ue existia entonces el Poema de Ferran González en aquel archivo, donde
lo halló sin duda don fray Prudencio de Sandoval, cuando escribió su Libro
344 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAPÍOLA.
nombre no, pueden con fundamento deducirse de la misma obra
la condición social del poeta y la comarca y aun el sitio en que
escribe, no aventurándonos mucho al tener por cierto que fué
monje del mencionado monasterio de Arlanza, en el cual hubo de
dar cima á su obra, tributando esta ofrenda de gratitud á la me-
moria de aquel fundador magnánimo. Persuádenos de todo, no
solamente el género de erudición por él empleada y la excesiva
predilección con que habla de Castilla, sino también las referen-
cias que hace de continuo á la iglesia y monasterio de San Pe-
dro, mostrando que al escribir residía en aquella casa. Cuando le
vemos por egemplo sostener que
58 I Castiella la preciada
Non sería en el mundo | tal provincia tallada,
y asegurar después que
159 De toda Espanna | Castiella es lo meior,
añadiendo con no menor ahinco que
160 Aun Castiella la vieia | al su entendimiento
Meior es que lo al ;
cuando al describir los trofeos alcanzados en la primera batalla
que gana Fernán González de los sarracenos, revela al lector que
las «arquetas de marfil muy preciadas», recogidas en la tienda
de Almanzor,
de los Cinco obispos, calificándolo de historia antiquísima (pág. 289 de la edi-
ción de 1634). Siendo pues Arredondo muy anterior á Gonzalo Argotc de
Molina, que citó el poema en su Discurso sobre ¡a poesía castellana, manifes-
tando que le lograba en su musco (Núm. XI), no tenemos por descaminado
el suponer que el códice extractado por el abad de Arlanza era el primitivo;
lo cual no es maravilla, pues como después veremos, debió escribirse la his-
toria poética de Fernán González en aquel monasterio y por mano de algún
monje, devoto á la memoria del fundador. En orden al Ms. de Argote, no
será impertinente advertir que hubo de ser otro que el escurialense: ni aun
consiente suponerlo copia la circunstancia de notarse que la primera estrofa
de las cuatro trascritas por el autor de la nobleza de Andalucía se halla com-
pleta, cuando en el ISls. escurialense falla el tercer verso '^Véase copla 17'{)-
11.' PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. EIíUD. DE LA POES. CAST. 3'*»
274 Fueron para Sant Pedro | las daquellas donadas;
Están en este día | en el su altar asentadas,
manifestaudo finalmente que así el conde como sus vasallos
27o Con toda su ganancia | á Sant Pedro venieron; —
no es ya lícito, en nuestro juicio, abrigar duda alguna sobre la
clase á que pertenece, sobre la religión en que nace, ni sobre la
localidad en que vive el cantor del primer conde independiente de
Castilla ^ La veneración y el cariño, con que habla siempre di
i Nuestro amado discípulo don Miguel Morayta, para quien no eran
peregrinos estos estudios, pues que asistió á nuestras explicaciones de litera-
tura española durante el curso de 1849 á 1850, en que examinamos los siglos
medios, ha dado últimamente á luz dos curiosos artículos en la revista inti-
tulada La Razón, sobre la época en que debió escribirse el Poema de Ferraii
González. Prescindiendo de que por huir del j'a indicado error del erudito
Ticknor, exagera algún tanto en el primer artículo la antigüedad de este mo-
numento, haciéndolo anterior á Berceo, llama nuestra atención en el segundo
la indicación que sobre su autor expone. Citada la autoridad de Sandoval,
cuyo juicio ya conocemos, añade: ((Hablando de la batalla de Hacinas que
wnarra (Sandoval) guardando casi entera conformidad con el poema, escri-
»be: Deste cauallero don Pelayo dize la historia del Sevillano que ha casi
«trescientos años que se escribió, que era tan ualientc cauallero que por miedo
»de la muerte no dexaria el camino á ninguno». Es de notar que en el poe-
))ma se aplican casi idénticos dictados á este valeroso caudillo, y por tanto
«en estas palabras parece que se descubre una noticia acerca del autor del
nPoeman. Nuestro estudioso discípulo no olvida que habiendo llevado la
composición de esta obra á los primeros dias del siglo XIII, y ganada Sevi-
lla en 1248, pierde por sí gran fuerza la conjetura de que pudo ser natural
de Sevilla el autor del poema, y no desconoce que el fondo, la forma y el
lenguaje de esta obra la hacen esencialmente castellana; por manera que no
le es posible explicar satisfactoriamente las palabras de Sandoval que tras-
cribe. Y no era fácil, tenidos en cuenta los precedentes históricos: Sandoval
dio á luz su Historia de los Cinco obispos en Pamplona, el año de 1615: su-
poniendo que la escribía cinco antes, podemos tomar el de 1610 como el en
que trazaba el elogio trascrito dé don Pelayo: quitando de esta fecha no casi
los trescientos años, sino los trescientos años íntegros, que él dá de antigüedad
á la historia del Sevillano, resulta que esta se hubo de escribir en 1310, ó lo
que es lo mismo, un siglo después de la fecha que nuestro entendido discí-
pulo asigna al Poema de Ferran González, y 02 años adelante de la toma
de Sevilla. Es evidente que ya en aquel tiempo pudo haber escritores sevi-
llanos que historiasen los hechos de Castilla como propios, y que allí como
34C UISTOUIA CUlTICA l)l£ LA LITIinATUUA ESPAÑOLA.
tan celebrado caudillo, asi como el empeño que pone en sublimar
todas las escenas relativas íl la fundación de aquel poderoso mo-
nasterio, serian también no despreciable testimonio de su gerar-
ijuia, si careció>>cmos de los datos expuestos '. Natural do Cas-
tilla la Vieja, monje y habitador de San Pedro de Arlanza, docto
á la manera de su tiempo, filiado en la escuela autorizada por
Bercoo é imitador de Juan Lorenzo de Astorga, es digno de toda
e.>lima el autor de! poema de Forran González; obra que aparece
á nuestros ojos como el primei- paso dado por la clerczia para re-
anudar la historia de la epopeya nacional, í'undúndola ya en la
tradición escrita, si bien no tuvo por desgracia dentro del siglo
cu todas las comarcas de la España Central, gozaba Fernán González do gran
prestigio, merced al mismo Poema, a la Estaría d' Espanna, de que en
breve trataremos, y aun á las tradiciones populares. La indicación de San-
doval respecto de la historia del Sevillano, si acaso pudo referirse á la Cró-
nica de don Jofre de Loaisa, hijo de un alcaide de Ecija, que fué uno de los
conquistadores de Sevilla, no ofrece luz alguna en ór leu á la investigación del
autor del Poema que estudiamos, dado el punto de vista en que el señor Mo-
rayta se coloca; y las palabras, con que aquel historiador se refiere clara y
terminantemente al indicado monumento, la extravian todavía más, pues que
lo alejan de la fecha señalada por nuestro discípulo. Por nuestra parle, sólo
añadiremos que mientras no aparezca un documento fehaciente que nos revelp
el nombre del autor del Poema, nos limitaremos á las indicaciones expuestas,
fundadas en el detenido examen de tan interesante obra.
\ Demás de estas observaciones, conviene reparar en la manera de cru.
(lición que en todo el poema resalta; erudición enteramente bíblica y mona-
cal, que aun después del progreso ya reconocido de los estudios, era en la
primera mitad del siglo Xlll patrimonio de uno y otro clero. Ni debe olvi-
darse la forma, en que alude á las demasías de los poderosos de su tiempo,
para conocer la extracción humilde del poeta y la posición que en la socie-
dad ocupaba. Hablando de la prosperidad de los godos, decía:
40 Ves<|uiaii de su lafcrio | toüus los Libradores:
Las graiijc's pülestaües | non eran robadores;
Guardauan birtí sus pui-blos | como- titics sennnres;
Todos vesipiian de sus dcrecbos | los grandes ct menores, etc.
El tono de esta reprobación de los desmanes de la nobleza, es muy seme-
;antc al empleado por Juan Lorenzo, al condenar los extravíos de las costum-
linrs castellanas, dando á conocer visiblenaente que el autor era ajeno á las
•iMilticiones del mundo, y prelndiaiiilu la enérgica protesta que más adelante
f'K-mula la elocuencia sagrada.
II.'' PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. ERUD. DE LA P0E3. CAST. 3Í7
XIII numerosos imitadores, inclinada la poesía, según en breve
advertiremos, á otras menos ásperas y difíciles sendas *.
Tiene el Poema de F erran González por objeto principal y
único el celebrar las ínclitas hazañas, atribuidas á tan valeroso
conde de Castilla; y obedeciendo la general costumbre de los poe-
tas doctos, comienza invocando el favor divino de modo tan se-
mejante al de Berceo en la \ida de Santo Domingo, que no es
dudable el que tuvo su autor presentes, al escribir, las obras del
cantor de los Santos.
1 En el nombre del Padre | que fiso toda cosa,
El que quiso nascer ] de la Virgen preciossa
Del Espirito Santo | que es ygual de la Espossa,
Del conde de Castiella | quiero facer una prossa.
i Digno es de tenerse muy presente que en la misma edad á que el Poe-
ma de Ferran González pertenece, despertaba es Le héroe el entusiasmo de los
mas esclarecidos varones de Castilla, para quienes no eran sin duda desco-
nocidos los primitivos cantares que ensalzaron las proezas del primer conde
independiente (Yéase cap. I, pág. 46 y sigs. de este volumen). Los ilustres
historiadores don Rodrigo Ximenez de Rada y don Lúeas de Tuy, cuyo tes-
timonio hemos invocado con frecuencia, y cuyo juicio expondremos en breve,
preciándose de poetas latinos, le consagraron cada cual un himno, no exento
de movimiento lírico, donde resplandecían la veneración y el respeto que le
profesaban. El del arzobispo toledano comenzaba así:
Comes bellicose,
Gigasque precióse.
Tu fortior leone
Validior dracone,
Hinc SuiDini regis ducis
Vexillum Sanctae Crucis,
Cum quo hostes temporales
Vincis et infernales, etc.
El del obispo tudense empezaba:
o decus iniütiae
Comesque letitiae^
Oimiis mundas te hiudet.
Qui per maltiim bellando
Deum quiescis laudando, etc.
Ambos himnos fueron conservados por el docto Luis Tri baldos de Toledo é
insertos en el prólogo que puso á cierta Crónica inédita de Fernán González,
de que daremos oportuna noticia (Bibl. Nacional, cód. F. 68). Lásliraa que
estas poesías no fuesen compuestas en castellano.
318 IIISiUKIA CIÚTICA ÜE L\ LITEUAiUKA ESPAÑOLA.
2 El Seiinor que crió | la tierra el la mar
He las cosas passadas | que yo pueda contar,
fil que es l»uon mai-slro | me dcue demostrar
Cómo cobró la tierra | toda de mar á mar '.
No puede el intento del poeta estar anunciado cuii mayor cla-
ridad y precisión; y sin embargo, ya porque lo creyese indispen-
sable para pintar con mayor fuerza la situación del héroe, ya
porque cediera á la tentación erudita de hacer gala de sus coiio-
cimienlos históricos, anadia en la siguiente copla:
I Contaruos lié primero | como la perilieron
Nuestros antecessores | que en graiU coyta visquieron:
Como ornes desheredados | foydos andodieroii, etc.
\ Aljatiüs exlraiijoros reprenden en nuestros poetas del siglo XI I í que den
jtrincipio á sus obras con invocaciones, como esla, diciendo que semejan en-
cabezamientos de homilías. Eslo se ha escrito principalmente de Berceo; pero
con excesiva parcialidad y dureza, pues que se ha querido hacer defecto suyo
y de los que le imitan lo que ora costumbre general de los poetas cristianos
en las regiones meridionales. Recuérdese en efecto el modo de empezar los
libros provenzales el Fierabrás, la Guerra de Pamplona y la Albigense, citados
ya oportunamente, pareciéndonos bien observar, en orden á la poesía
italiana, que no sólo imperú en ella esta costumbre, mas que también lle-
gó á repetirse la invocación en todos los cantos de un mismo poema. De lo
primero nos dará egemplo el antes de ahora mencionado de Apollonio, que
comienza así:
Oiniiipotrnle i nío, srgiinre stip(*riio,
Senz.n coininzauíento v senza ñne, ele.
De lo segundo hallamos testimonio en el libro de Douvo d' inloiia, uno de
los primeros poemas caballerescos, et cual empieza:
o Giesu Chrislo clie |ji'r il peccato
n (|U(il fcce Era, priin.'i iio^tra iiuxlrc,
In sulla croce fusti coiirici.ilo, etc.
Y después principia todos los cantos del mismo modo, repitiendo con poca
diferencia:
Eterno Pailre, cliii' il mondo creasli
E pe'l peccato tu moriste ¡n troce, etc.
lo cual repite asimismo al terminar cada uno de dichos cantos. Igual sucede
con los demás poemas italianos del siglo XIV, tales como La Spagna, Im Re-
gina d' Xncroya, U Mambrianu, etc., y no otra cosa con los franceses úi esla
edad y de la anterior centuria.
íl.* PARTE, CAP. Vil. PP.ni. MON. EUUD. DE LA POES. CAST. 3-iO
completando por último la idea que le animaba, con estos versos:
6 yruos lie yo contando
Como fueron la tierra | perdiendo et cobrando
Fata que fuera el Conde [ que disen don Ferrando.
Movido pues de tal propósito , retrocede á narrar los sucesos
indicados , manifestando que los españoles profesaron la ley evan-
gélica desde su predicación ; y dada breve noticia de nuestros pri-
meros mártires y de la venida de algunos santos apostólicos á la
Península, apunta el origen, conversión y catolicismo de los go-
dos, á, quienes compara el conde de Castilla, en lo cual daba á en-
tender que no olvidaba su principal asunto:
24 Alearon Xripstiandat ] haxaron paganysmo;
El Cond Ferran González | fiso aquesto mismo.
El primer rey visigodo que menciona es R€oes^Yinto [don Cidus],
memorando luego por completo la anédocta de Wamba y dando ra-
zón deEgica, Witiza [Vautizanos] y don Rodrigo, en cuyo reinado
se consuma la destrucción de España. Digno es de notarse que des-
conociendo la fabulosa leyenda de Florinda [la Cava], atribuye el
poeta semejante fracaso á la venganza de los hijos de Witiza, de
que fué instrumento la perfidia del conde don Julián [Ulan], aconse-
jando al inexperto don Rodrigo quemar todas las armas de sus va-
sallos ó convertirlas en arados y estevas, hachas y destrales. Des-
armados ya los visigodos, no fué difícil la ejecución de aquella ter-
rible venganza, cayendo sobre las regiones de la Bética las falan-
ges mahometanas, que á orillas del Guadalete derrocan el trono
de Ataúlfo con muerte de don Rodrigo '; y recogidos á Asturias,
aterrados de la ferocidad africana, que cocia en calderas y devo-
raba á los vencidos, elevan estos á Dios ardiente plegaria, á fin de
\ Curioso nos parece advertir que el autor del poema de Ferran Gonzá-
lez hubo de tener presente en esta parte el cronicón de Sebastiano, recor-
dando con cierta fidelidad el epitafio de don Rodrigo, que el obispo dá por
hallado en su tiempo dentro de Viseo. Así lo formula el poeta castellano:
Aquí yaz don Rodrigo, 1 un rey de gran natum.
El que perdió la tierra I per la su desventura.
3IiO HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
que se apiade de lautas desdichas, alcanzando que les envié un
ángel para mostrarles la cueva , donde hallaba asilo el valeroso
don Pelayo. Con la visible protección del cielo di principio este á
la restauración de España, segundados sus maravillosos triunfos
por Alonso el Católico, y más adelante por el Casto, con cuyo
reinado enlaza el poeta la expedición de Carlo-Magno y la fa-
mosa rota de Ronces valles, pagando culto á las tradiciones popu-
lares ya escritas, que enaltecian el valor y las inauditas aventuras
de Bernardo del Carpió. — Una agradable y poética descripción de
España, cuyo más preciado florón es Castilla, teatro de las proezas
del Conde, prepara finalmente la narración de las mismas, cerrán-
dose toda esta parte preliminar con la institución de los jueces,
de donde sale la autoridad de los condes y la familia de Fernán
González.
Tras semejante preparación , no del todo ociosa , bien que ex-
cesivamente extensa y prolija, comienza el verdadero poema ',
1 La estrofa en que realmente empieza el interés del poema es aquella
tan conocida, que puso Argole de Molina en su Discurso sobre la poesía cas-
tellana:
173 Estonce era C-isliella | nii pequeiino rencoii;
Era (le castellanos | Montedoca moion, etc.
la cual nos trae a la memoria otra de Berceo, en que describiendo el imperio
de don Fernando el Mayor [Vida de Santo Bomingo, cop. 130), manifiesta
que
«Era de los sus regnos | Monte-Doca moion.
Uno y otro pasaje guardan analogía con el proverbio vulgar, recogido por
Fcman-Nuñcz Pinciano en sus Refranes glosados (ed. de 1516, pág. 51), que
dice:
Farta era Castilla | de chico riúcon
Cuando Amaya era cabeza | c Ilitero el mojón.
De observar es que un escritor tan docto como Mr. Damas Hinard, hablan-
do del Poema de Ferran González, afirma que sólo existen las «qualre cou-
plets de qualrc verses», conservadas por Argote de Molina, y deduciendo no
obstante de su examen que dicho poema se remonta á la segunda mitad del
siglo XII. Respecto del primer punto, no puede menos de sorprendernos que
no haya llegado á manos de tan diligente investigador el único tomo de la
traducción castellana de Bouterweck, donde insertaron Cortina y Hugaldc
extensos extractos (pág. IjI y siguientes): respecto del segundo punto, con-
viene advertir que aun desconociendo Mr. Damas Hinard el Poema de Fer-
ran González, se acercó más á la verdad que otros críticos extranjeros, que
H.* PARTE, CAP. VJI. PRIM. MON. ERÜD. DE LA POES. CAST, 3ol
dando á conocer cuál era la situación de Castilla y sus morado-
res, al levantar por señor al nieto de Ñuño Rasura. Hurtado este
á los peligros que corre en su infancia por la lealtad de un carbo-
nero , es criado en el monte , donde vive ignorante de su cuna y
gerarquia hasta llegar á la edad juvenil, en que advertido por «el
pobreciello que lo auia criado» del estado de opresión de su patria
y do lo ilustre de su linaje, se resuelve á entrar en poblado , no
sin invocar antes , con fervor propio de más granados dias , la
protección divina. — Reconocido y acatado por sus vasallos, como
cabeza del condado , dá nuevamente gracias á Dios , y como Ale-
jandro, demanda el celestial auxilio para libertar á Castilla do
sus opresores:
488 Señor, tú me ayuda, | só mucho peccador:
Que yo saque á Castiella | del antigo dolor!!
El cerco y toma de Carazo, «muy firme castellar», dá aviso á Al-
manzor de que no se ha extinguido en Castilla el espíritu de la
independencia, y de que ha renacido en el aquel fogoso rapaz el
valor de los antiguos paladines del cristianismo. Orgulloso y pagado
de su inmenso poder, piensa sin embargo á la manera de Darío,
que era fácil cosa castigar los desmanes que comenzaba á come-
ter el conde, y al frente de grueso ejército se dirige con este pro-
pósito á Castilla. El rumor de aquella temible algara reúne en
breve la corta mesnada de Fernán González ; y consultados sus
caudillos se alza entre todos Gonzalo Diez, «sesso debuen varón»,
para aconsejarle que esquive toda lid con Almanzor , tenido por
invencible, esperando más favorable sazón para hacerle guerra.
Esta sospecha de engaño excita el heroísmo del joven Conde, quien
declara solemnemente que jamás entrará en lid con falsía, pues
que
214 Por defender engarnio | morió el Salvador,
se precian de haberlo examinado. Hecho el estudio, tal como nosotros lo ex-
ponemos, abrig-amos el convencimiento de que tanto este señalado escritor
como el conde Th. de Puymaigre que le contradice (tomo lí, ca^. XVI de
Les vienx auteurs) en el sentido del erudito Ticknor, reconocerán que no pue-
de el Poetna sacarse del tiempo que media entre la aparición del libro de Ate-
xandre y la publicación de la Crónica General ó Esloria de Espauna del Rey
Sabio.
3:í2 historia CUlTICA DE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
niíinifeslando al propio tiempo la íjenerosa resolución de morir
en defensa de la patria. — Esforzados los castellanos al oir sus pa-
labras , se preparan á recibir con las armas al coloso del Medio-
día, dirigiéndose á Lara para esperarle. Allí "se ejercitaba el con-
de en la caza, espejo de la guQrra, cuando persiguiendo un jabalí
[puei'co], se acoge este 1 una cueva, viéndose el joven forzado á
descender del caballo para darle alcance. Extraordinaria fué su
admiración al verse dentro de una ermita , á cuyo altar se habia
acogido la acosada fiera; y lleno de temor religioso, cayó de rodi-
llas, implorando el perdón de Dios por haber profanado aquel santo
retiro. — Pelayo, uno de los tres monjes que en él se albergaban,
saliendo á poco á su encuentro , le pregunta la causa de su veni-
da; y enterado de quién es y del incidente que allí le ha traido,
le ofrece cordial hospedaje, exclamando:
237 Darte e yo pan dordio, | ca non tengo de trigo;
El darte e yo del agua, | que non tengo del vino.
Aceptado tan modesto ofrecimiento, escucha el denodado garzón
de boca del venerable ermitaño el vaticinio de los grandes triun-
fos que ha de concederle la Providencia , no sin que le revele al
par los infortunios que le están reservados.
239 Dixo don fray Pelayo \ esconlra su Señor:
—Fagote, el buen conde, j de tanto sabydor
Que quiere la tu fazienda | guiar el alto Criador:
Vencerás todo fl poder | del moro Almocor.
240 Faras grandes batallas | en la gente descreyda;
Muchas serán las gentes, ] á quien quitarás la vida;
Cobrarás de la tierra j una buena partyda;
I.a sangre de los reys | por ti será vertida.
241 Non quiero más decirte | de toda la tu andanza:
Será por lodo el mundo j temida la tu lanza:
Quanlo que yo te digo | tenio por seguranza;
Dos veces serás presso: | creyme sin dubdanza.
Vuelto á los castellanos , que desconfiaban ya de su tardanza,
llega el momento del combate, operándose antes algunos prodi-
gios, que son para el Conde señal segura de la victoria. El códice
escurialense ofrece en este punto sensible laguna , pues que no se
halla en él la narración de tan señalada pelea, y sólo nos advier-
11.* PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 333
te que viendo Almanzor la destrucción de los suyos, sale de su
tienda á repararlos, siendo también derrotado , y prorumpiendo
al huir de esta manera:
266 . . . Ay Mofamat | en mal ora en lí fío!...
Non vale tres arueias | todo tu poderío.
267 El mi grande poder ¡ es muerto et cativo:
Pues ellos muertos son | ¿por qué finco yo vivo?
Dueños del campo y del inmenso botin que en él dejan los sar-
racenos, ofrécenlo el Conde y los suyos á San Pedro de Arlanza,
que con esta advocación fué desde entonces conocida la ermita, á
donde se había acogido el jabalí , despidiéndose luego del monje
Pelayo y dirigiéndose á Burgos para curar los heridos.
Poco descanso habla tomado Fernán González , cuando supo
que mientras él «facía á Dios placer», corría el rey de Navarra
las tierras de Castilla, robando los pueblos y yermando los cam-
pos: tal fué su sorpresa que
313 Por poco con pesar | non salió de sentido,
Et como león bravo | ansy díó un gemido.
Para evitar el escándalo y daño de la cristiandad, envía el joven
caudillo un mensajero al rey don Sancho, proponiéndole tratos de
paz y desafiándole á singular batalla, en caso de que estos no fue-
ran aceptados. Menosprecióle el rey y túvole por loco, replicando
á su demanda que no se le «escaparla en torre nin en cerca»; con
lo cual perdida toda esperanza de avenimiento, congregó el Conde
sus guerreros, y mostrándoles la ofensa recibida, logró despertar
su bravura, declarando que serla «muerto ó vencedor», mas que
no quedarla sin venganza. En Era Degollada se avistaron las nu-
merosas huestes de Navarra y las cortas mesnadas de Castilla,
trabándose cruda y sangrienta lucha: al fm se afrontaron en me-
dio del combate rey y conde, librando ambos la suerte de los su-
yos en la destreza y brío de sus brazos:
313 El buen conde et el rey | buscándose andudieron
Fasta que uno á otro | á oio se ouieron:
Las armas que trayan j arteros las fecieron;
Fuéronse á ferir | quan de recio podieron.
314 Entramos uno á otro | tales golpes se dieron
TOMO lu. 25
354 HISTOKIA CRITICA DE LA LITEUATÜIIA ESPAÑOLA.
Que fierros tic las lanzas | á una parle salieron:
Nunqua en dos caualleros | tales golpes se vieron;
Todas sus guarniciones | nada non les valieron.
3i5 Cuytado fué el rey j de la mala ferida
Entendió que del golpe | ya perdiera la vida:
La su grant ualenlia | luego foé abatida:
Mano á mano del cuerpo | fué el ánima sallida.
316 El conde fué del golpe ] fieramente golpado,
Ca tenie grant laucada I por el diestro costado:
Lainaua Castellanos!, | mas non era escucliado;
Ya de sus caualleros | era desmamparado.
Socorrido sin embargo y puesto en otro caballo, ejecuta el
alcance de los navarros, haciendo en ellos terrible matanza y en-
viándoles por último el cadáver de su desventurado rey. Los con-
des de Poitou (Pitcos) y de Tolosa, que venian en busca de don
Sancho, su deudo, saben entre tanto su derrota y muerte; y ani-
mados por el deseo de vengarle, se dirigen contra el castellano,
cuyos capitanes, semejantes así en el seso y madurez como en el
esfuerzo, á los del héroe macedonio, le aconsejan y ruegan que
evite aquel nuevo trance, para curar de sus peligrosas y recientes
heridas. Animado del mismo espíritu que hemos admirado en
Alejandro, rechaza el conde de Castilla aquellos prudentes conse-
jos, doliéndose de perder inútilmente el tiempo reservado para
conquistar duradera gloria.
34C Un dia que perdamos I nol' podremos cobrar:
Jamás en aquel dia | non podemos tornar ':
1 Para que los lectores comprendan con cuánta razón traemos aquí el
recuerdo de Alejandro en el Poema de Juan Lorenzo, no será malo trasladar
las palabras, con que vence el héroe griego la repugnancia de sus capitanes
á entrar en lid contra los ejércitos de Darío:
722 Sipmprc qnieii la grant cosa | quisíer aciibcQer,
Por pierda qael' venga | non ileue recrecer:
El oine que es firme | todo lo puede nenferí
Podemos csla cosa f por muchos enxemplos ver.
726 Oesque orne de morlc I non puede cstorcer,
P.l bien daqueste mundo I lodo lo ba á perder:
Se Don gana pre(io I por decir ii por faCer,
V^lerlia mucbo más | que ou¡e&' por na(er.
Y en otro lugar, después de herido en Subdracana y de mostrar que no
«cuenta los años nin los dias», etc., añade:
II. PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 355
Sus palabras alcanzan, como las del hijo de Olimpias, el privi-
legio de encender el entusiasmo de «caualleros et peones», en-
trando en nueva lid orillas del Ebro con los condes tolosano y
<vpetavino)); lid que nos trae á la memoria la batalla del Gránico,
narrada en el libro de Alexandre. Los castellanos vadean final-
mente el caudaloso rio , y mientras destruyen , como impetuoso
2128 Los oines que non saben ] bon prez aprender,
Et se tienen en gloria | et en valde yacer.
Mas diz assi el maestro, ] mándalo retener:
Quien proeza quisiere, ] afán deue sofrcr.
El monje de Arlanza pone en boca de Fernán González, en la situación que
el texto indica, las siguientes razones:
347 Si orne su tiempo quiere | en ualde lo passar,
Nun quiere deste mundo ] otra cosa leuar
Si non estar tíqíoso | et dormir et folgar".
Oeste mueren sus fechos, | quando viene n fínar.
348 £1 vicioso et lazrado | amos 3n á morir;
El uno nin el otro | non lo pueden foyr*.
Quedan los buenos fechos, | estos han de vesquir;
Uellos toman eaxiemplo | los que han de uenir.
34"J Todos los que grant fecho | quisieron acabar
Por muy grandes traba ios | ouieron á passar
Non comen quando quieren | nin Qenan, ni' an yantar:
Los víqíos de la carne | Snlos á oblidar.
350 Non cuentan de Alixandre, ] etc.
La iiíiitacion en el fondo y aun en las formas es visible. La llamada Crónica
General dice: «El orne que quisiere estar vicioso, et dormir et folgar, et non qui-
»siere ál llenar deste mundo, deste atal, mueren los sus buenos fechos el dia
))que se sale su alma del cuerpo — , et el vicioso et el lazrado amos han á morir ,
«et non lo puede escusar el uno nin el otro; mas los buenos fechos nunca mueren
))et siempre es remembranza aquel que los fizo en que tomen del exemplo los
wotros que vienen del — ; et todos los que grandes fechos fizieron, todos pasa-
vron por trabajos mmj grandes, et non comieron quando ellos quisieron á cenar,
nnin á yantar et ouieron á oluidar los vicios de la carne (Parte III. ^, cap. 18.)»
Separamos por medio de un guión cada una de las tres coplas contenidas en
estas líneas, y subrayamos los versos trastocados por el autor de la Crónica,
y cuya reconstrucción pueden hacer fácilmente los lectores, con sólo tener
presentes las estrofas trascritas del Poema de Ferran González. Nadie habrá
pues que desconozca la fuente, en que el autor de este libro se inspira; y es-
tablecida la tradición, á nadie se ocultará tampoco la evidencia de que la
Crónica General reconoció por base en este punto el monumento poético que
examinamos, como tuvo en otros pasajes los Cantares del Cid y otros mera-
mente tradicionales que no han llegado á nuestros días.
35G IIISTOIUA CalTICA DE l.A LITIiinATUnA ESPAÑOLA.
torrente, las haces extranjeras, busca Fernán González al conde
lie Tolosa, ganoso de probarle la pujanza de su diestra:
364 Metióse por las azes | muy ruorte espoleando;
La lani;a sobre la mano, | el su pendón aleando:
— «Dónde estás, el buen conde,» | diz grandes voces dando,
«Sal acá, ai campo, sal: | cala aquí á don Ferrando.»
Encuéntrale, en efecto, dándole muerte de una lanzada; y ha-
ciéndole después magnificas exequias, entrega el cadáver á los
tolosanos , quienes lo llevan á su patria con las mayores señales
de dolor y de vergüenza. El poeta dice, narrada la catástrofe del
conde de Tolosa:
. . Desguarneciorel cuerpo ¡ el niesmo con su mano
Non le fis menos onrra | que si fuesse so hermano.
374 Et quando ya le ouo | del lodo despoiado
Levóle el vistióle | un xamcle preciado;
Echol'en v\n escanno | solilmcnle labrado;
Ovol en la batalla | de Ahnozore ganado, etc.
Nadie habrá que , teniendo noticia del poema de Alexandre,
no descubra en esta escena una imitación de la en (pie el héroe
macedonio tributa iguales honras al cadáver de Darío ' .
Entre tanto vuelve Almanzor, repuesto de la pasada rota, á
tentar fortuna «con muy fuertes fonsados» , penetrando hasta las
inmediaciones de Lara [Ñuño], Bajo sus banderas vienen los mo-
radores del África y las tribus guerreras de Andalucía , llenando
los valles y colinas ciento treinta mil «lorigados» é innumerable
multitud de peones: contra ellos reúne el Conde sus guerreros, y
1 Sin embargo, para desvanecer toda sombra de duda respecto de las
frecuentes imitaciones del poema de Alexandre, pondremos aquí los versos,
en que este manifiesta su dolor y respeto sobre el cadáver de Darío:
tolo Fiíol el rey grant íIupIo | sobre! emperador;
S¡ fuse su licrmaiio, [ nol" l';iríe inaor...
1611 Tollienge la sangre | et los pannos untados;
Vesticronle Tremosos | blancos et ordenadoí;
Calzáronle cspocras | con zapatos dorados...
1012 Pusiéronle corona | cl.ira et bien bruñida.
HilS ti rry Alpxandrr | j'úsol en su Iccbo, etc..
II.* PAKTE, CAP. Vil. PRIJI. MÜN. ERUD. DE LA POES. CAST. 357
mientras Almanzor se dirige sobre Hacinas, vuelve el héroe de la
religión y de la independencia á la ermita de San Pedro, sabiendo
con dolor que ocho dias antes habia pasado de esta vida el monje
Pelayo , á quien pensaba consultar sobre la futura suerte suya y
de su pueblo. Devota plegaria, dirigida al Criador, parece templar
la amargura del Conde, que, rendido de la fatiga, se queda al fin
dormido , apareciéndosele en sueños Pelayo para anunciarle la
victoria:
402 ün sucnno muy sabroso | al conrle faó tomanrlo:
Con sus armas guarnido | asy se fué acostando;
La carne adormida | asi yace soñando.
403 Non podrie el conde | aun ser bien adormido,
El monje Sant Pelayo | de susol' fué venido:
De pannos, como el sol, | todo venye vestido:
Nunqua mas bella cosa | veyera orne nascido.
40i Llamólo por su nombre | al conde don Ferrando;
Disol: — ¿Duermes ó velas? 1 ¿Cómo estás assy callando?
Despierta et ve tu vya, | ca te cresce grant vando;
Vete para el tu pueblo | que te está esperando.
405 El Cryador te otorga | quanto pedido le as:
En los pueblos paganos | grant mortandat farás;
De tas buenas compannas | mucho ay perderás:
Pero con todol' danno | el campo vencerás, etc.
Esta segunda profecía, confirmada por San Millan, se cumple
como la priuiera: el Conde torna á los suyos, los anima y exhorta
á la pelea, declarando que se dará muerte con sus propias manos
antes de entregarse á los sarracenos, y maldiciendo á todo el que
vuelva el rostro en el combate. Ordenado su ejército , más nu-
meroso que nunca , cuya descripción no carece de cierto movi-
miento poético ' , arma caballeros veinte donceles escogidos , y
asignado el puesto de cada capitán para entrar en lid al siguiente
dia, se retira á sus tiendas á fin de tomar algún descanso. Una
serpiente de fuego aparece aquella noche en los aires, llenando de
terror á los cristianos, como habia esparcido el espanto el eclipse
1 Esta piutura, animada por abundantes rasgos originales, nos recuerda
la que hizo Juan Lorenzo de las huestes de Darío, desde la copla 1 140 á 1 144
inclusive. La Crónica general ó Estarla de Espanna la adopta por entero, bien
f|uc despojándola de algunas circunstancias poéticas.
338 HISTORIA CRItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
de luna que precedió á la batalla de Arbelas en el campo griesjo.
Fernán González, nuevo Aristandro, disipa de los suyos todo te-
mor, despreciando á los astrólogos [estrelleros], cuya vana cien-
cia habia fingido aquella visión aterradora:
479 — Algund moro astrólogo | que sabe encantar
Fiso aquel diablo | en syerpe fegurar
t'ür amor que podiesse | á nosotros espantar:
Con este tai eiiganno | coibdaron rcuoltoniar.
•i80 Como sodos sessudo, | bien podedes saber
Que non ban ellos poder | de mal á nos faser,
Ca quitóles Jbesu Xpto | el su fuerte poder:
Veades que son locos [ los que quieren creyer.
Aquietados los ánimos, hecha general oración, confesadas por
cada cual sus culpas y recibida la «hostia consagrada» ', trábase
con igual bravura y encarnizamiento la batalla, que suspensa por
tres dias, dá finalmente la victoria al denodado Conde, no sin la
intervención divina, que le hablan prometido Pelayo y Millan en
la pobre ermita de San Pedro. — Grandes fueron sin embargo los
peligros de Fernán González, quien perdido el caballo y cubierto
de heridas, vio caer á su lado la flor de sus guerreros, y con ellos
ásus más esforzados caudillos. El poeta, que logra amenizar esta
gran batalla con la descripción animada de interesantes episodios,
en los cuales descubre que no era peregrino á la lectura de los
1 Sobre la verdad de esta costumbre bélico-religiosa, puede verse lo que
dijimos ya, al tratar del poema de Almería y de los Poemas de Mió Cid: en el
que analizamos, dice:
480 Todos grandes et chicos ) su oración fiQÍeron;
Del mal que auien fecho | todos s' arrepintieron:
I.a hostia consagrada | todos la rebebieron;
Todos de corafuu | á Dios merced pidieron.
Esta preparación, que infunde no poco interés al pasaje de que hablamos,
descansaba en la creencia de que los que morian en la guerra contra moros,
«auiendo coraplido los mandamientos de Sancta Eglesia, eran martyrcs et
))eran las sus ánimas por el martyrio quitas del pcecado que fizieron» (Don
Juan Manuel, ¡ibro délos Estados, fól. 61, col. 1.^ del cód. S. 34 de la Bi-
blioteca Nacional).
II. PARTE, CAP. Vil. PlllM. WON. ERUÜ. DE LA PÜES. CAST. 330
vates de la antigüedad, nos presenta en tan recio combate la fi-
gura del nieto de Ñuño Rasura, diciendo:
488 El conde don Ferrando, | esle leal cabdiello,
Parecía entre todos | un fermoso castiello;
Auíe en la az primera | abierto un grant portiello.
489 Rompía todas las azes | que fronteras esiauan:
A la parte quél yua, | todos carrera 1' dauan:
Los golpes quél fasía | bien á lueñe sonauan.
49 Andana por las azes | como león fambriento;
De vencer ó de morir | teníe fuerte talíento;
Deíxaua por do yua i todol campo sangriento, etc. '.
Obtenido tan maravilloso triunfo, y encendida de nuevo ía de-
voción del Conde con la aparición de Santiago, que al frente de
celestial milicia habia peleado contra los sarracenos, recoge los
muertos, y llevándolos á la ermita de San Pedro, les dá en ella
sepultura «mucho onrradamente», colmando de riquezas aquel
venerable retiro.
Don Sancho Ordonez, rey de León, le participa en este tiempo
que le estaba esperando para las cortes que tenia convocadas en
la capital de su reino; y aunque no de buen grado, porque «era
muy fuerte cosa la mano le besar», pasó el Conde á la ciudad re-
ferida, siendo recibido de todos con el aplauso y respeto que le
1 Debemos advertir que en esta y en las demás batallas, descritas por el
monje de Arlanza, hallamos ciertos incidentes personales, que dando gran
movimiento á la narración, despiertan verdadero interés en el ánimo. Entre
otros, que enriquecen la descripción, de que tomamos estas copias, recorda-
mos el del valeroso doncel Gustio González, sobrino del héroe, que deseando
probar su valor con uno de los más esforzados reyes de África, cae muerto
ú los pies de su tio, en el momento en que llega este á libertarle de la pu-
janza africana. Este bello cuadro, digno de un arte más adelantado, nos trae
a la memoria el bellísimo, en que Tasso pint^ la muerte de Lesbino, que ex-
pira al rigor del hierro de Argilan en e! instante en que Soüman juzga socor-
rerle (Canto IX). Lo mismo el rey de África que Argilan hallan, el primero
en la espada de Fernán González y el segundo en la de Solimán, el fin de
sus dias. De esta manera se reproducen por el arle en diversos pueblos y
edades las más simpáticas concepciones, probando que no faltaba al vate
castellano del siglo Xill verdadero instinto poético.
360 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
leniau conquistados sus grandes victorias. En esta visita pone el
poeta la tan conocida anécdota del azor y el caballo, cuya venta
fué el cimiento de la independencia de Castilla ^ Disponíase ya
Fernán González para restituirse á su patria,, cuando la reina de
León, hermana de don Sancho de Navarra, deseosa de vengar su
muerte, proponéis con fingido cariño el casamiento de doña San-
cha, su sobrina; partido que aceptó el Conde sin recelo alguno,
cayendo así en la celada que la reina le habia preparado. Avisado
oportunamente don Garcia, mientras el castellano, como quien
iba de bodas, lleva consigo solos cinco caballeros, sale á su en-
cuentro con numeroso séquito, y apoderándose de él, no sin re-
sistencia, ni prodigio -, le encierra en Castro-viejo, lo cual pro-
duce en el Conde profunda amargura. A sus ruegos permite don
Garcia sin embargo que vuelvan á Castilla los cinco caballeros re-
feridos, quienes contada la prisión de Ferran González, derraman
en todas partes honda amargura:
Nunqua tan mal mensaie | castellanos res^ebieron:
i Véase en el cap. H del presente volumen el análisis de la Leyenda ó
Crónica de las Mocedades de Rodrigo, donde se hace ya mención de esta pe-
regrina venta.
2 El Conde se acogió ú una ermita inmediata, donde fué cercado por el
rey: al entregársele bajo el seguro de la vida,
592 Parlióse el altar por medio | de soino fasta fondón,
añadiendo el poeta en la siguiente copla, con referencia á su tiempo, que
Está aquella cglesia | oy en el día perdida.
Es de notar que la Crónica General añade en este pasaje algunas circuns-
tancias, que no se hallan en la narración poética: tales son la de arrojar á la
iglesia un escudero del Conde «por una finiestra» espadas para que él y los
cinco caballeros se defendiesen; la de oirse una voz aterradora en el aire, al
caer el Conde en poder del rey de Navarra, partiéndose al par la ermita por
medio «desde arriba fasta ayuso»; y muy especialmente la de mezclar Fernán
González en la oración que dirige al cielo, preso ya en Castro-viejo, arrogan-
tes fanfarronadas, indignas de la humildad de un cristiano. Esto prueba que
el historiador, ó consultó otras fuentes demás del poema, ó añadió de su co-
secha esas circunstancias, para hacer más vario su relato: en uno y otro caso
parece evidente que si el monje de Arlanza hubiera escrito después del cro-
nista, no las habria olvidado, como no se olvidaron en otro poema que tiene
el mismo asunto, según en el siguiente volumen, cap. XXI, advertiremos.
II. PAUTE, CAP. VII. PRIM. MOIS. ERUD. DE LA POES. CAST. 361
Por poco de pessar | de sseso non salieron.
600 Fisieron muy grant duelo | estonce por Castiella;
Mucho uestido negro, | rota mucha capiella;
Rasgadas muchas fruestes, | rola mucha maxiella;
Tenia cada guno | en su cuer grant manciella.
Un conde de Lombardia, romero de Santiago, y admirador del
esfuerzo de Fernán González, sabe al pasar por Navarra su injusta
prisión; y determinado á visitarlo, gana con oro las guardas del
castillo, y después de hablar largo espacio con él, se despide «de
los oíos llorando» y animado por el intento de salvarle. Para lo-
grarlo, se presenta á la infanta doña Sancha, causa inocente de
todo, y viéndola tan «apuesta que era maraviella», no duda ya del
éxito de su empresa, invitándola á libertar al Conde con tan bue-
na fortuna que, arriesgando vida y fama, penetra la princesa en
el castillo, sacándole de la torre en que yacia, y huyendo con él
á Castilla. Sola una condición le habia impuesto, al partir, doña
Sancha, segura de que no podia el Conde serle perjuro, al verle
invocar el nombre de la Virgen, exclamando:
Si desto faleseiere | falescame la Gloriosa.
Cargado de hierros, apenas le era dado caminar, circunstancia
que obliga á doña Sancha á llevarle gran trecho- sobre sus hom-
bros, acogiéndose después á la espesura de un monte, donde son
descubiertos por los perros de un arcipreste que andaba á caza.
Para traerle á su devoción, le promete el nieto de Ñuño Ra-
sura una ciudad en Castilla; pero tomado de carnales deseos,
sólo consiente en vender su silencio al precio de la prostitución
de la infanta, infame propuesta que subleva la dignidad é hidal-
guía del Conde, quien la rechaza indignado. Doña Sancha di-
simula no obstante la ira producida en su pecho, y aparentando
ceder á los torpes deseos del arcipreste, se aparta con él algún
tanto del conde; y cuando juzgaba aquel logrado su grosero ape-
tito, le coge y sujeta de la barba, llegando á la sazón el injuriado
castellano y dándole muerte con un cuchillo. Libres asi de seme-
jante peligro, prosiguen su difícil camino hacia Castilla, temero-
sos de nuevos sobresaltos y contratiempos.
Resueltos sus vasallos á conquistar con las armas la libertad de
302 IIISTOIUA CIlhlCA DE LA LITKUATUKA ESPA?5uLA.
Fernán González, y movidos por las palabras de Ñuño Lainez,
liabian en tanto hecho á su semejanza una estatua de piedra, y
poniéndola sobre un carro, llevábanla por guia y capitán, cual si
fuera el mismo Conde '. Hasta Velorado [Yilforadü] llegaron en
esta peregrina forma; mas á poca distancia de sus muros, fueron
divisados por los fugitivos, que llenos primero de zozobra y col-
mados después de alegría, al reconocer las enseñas castellanas,
se vieron recibidos por el ejército con el mayor regocijo, y aca-
, tados, como naturales señores, por los capitanes y ricos-hombres
de la tierra. En Velorado quitaron al rescatado prisionero los
hierros que le agobiaban, dirigiéndose luego á Burgos, «cabeza
del condado», y celebrando allí sus bodas con toda solemnidad y
pompa, conforme á la usanza de Castilla:
rt83 Alanzauan taulados | todos los caualleros; ,
Atabal el cantares | sonauan escuderos;
Et avíe muchas cíiolas | ft muclios violeros:
De otra parte matauan | los toros los monteros, efe,
Pero no bien hablan terminado las fiestas, cuando hubo me-
nester Fernán González empuñar de nuevo las armas para recha-
zar al rey don Garcia, que deseoso de tomar venganza de su fuga,
se habia metido con poderoso ejército en los dominios castella-
nos. La suerte del combate es una vez más favorable al Conde,
quedando vencido de su diestra y prisionero el rey de Navarra,
que es conducido á Burgos, donde le tiene encerrado por el es-
l)acio de adoce meses». — Semejante dureza ofende al cabo la hi-
dalguía de doña Sancha, hermana del navarro, la cual, auxiliada
por algunos caballeros de Castilla, parece restituirlo á la libertad,
aun á despecho del Conde. Y decimos parece, porque en esta parte
del Poema advertimos varias lagunas, que truncan y hacen inco-
herente la narración *; presentando después á Fernán González,
1 Este pasaje dio origen al tan conocido romance que empieza:
Juramento llevan hecho
Todos juntos á un.'i voz, etc.
Es de los contrahechos en el siglo XVI, y según Duran perlcnece á la úl-
tima decada del mismo {liom. Gen., tomo I, pág. 461, col. I, ed. de Rivad.).
2 La más notable laguna del cód. oscur. existe entre la estrofa 701 y 702
Il/ PARTE, CAP. VII. PHIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 303
ya en guerra con los moros cordobeses, que huyen de él, como
de «águila fambrienta», ya declarándose del todo independiente
del rey de León, ya en fln en nueva lucha con don Garcia, que
avistándole en Yalpir, junto á Cirueña, intenta saldar las quiebras
pasadas, bien que con no mejor fortuna, á juzgar por los últimos
versos que se han conservado:
7-íl Quiso Dios al buen conde I esta gracia faser:
Que moros nin xripstianos | non le podyan vencer.
El rey debió en consecuencia ser nuevamente humillado. — Esta
sencilla exposición de la historia poética de Ferran González,
demás de probar á nuestros lectores cuan incompleta ha llegado
la misma á nuestras manos ^ los convencerá de la exactitud de
nuestras observaciones, así respecto del lugar que le corresponde
en la cronología literaria, como de las frecuentes imitaciones del
poema de Alexandre, con que, descubriendo la índole de la es-
cuela, en que se filiaba, quiso enriquecer y refrescar las tradicio-
nes escritas, que le servían de fundamento. Digno es de tenerse
muy en cuenta: en todas las situaciones que le ofrecen alguna
semejanza ó analogía con la historia por él narrada, procura el
de las que se conservan — Toda la parte final adolece sin embargo de estas
interrupciones, cuya ilación puede suplirse por la Crónica General ó Estoria
de Espanna, tantas veces citada.
1 El último hecho, mencionado en el Poema de Ferran González, es la
batalla de Valpir ó de Aronia (y no Moret, como equivocadamente dice un
historiador moderno): acaeció por las años de 965, tres antes del fallecimiento
del Conde. — Los susesos comprendidos en este período, son: el nuevo llama-
miento que el rey de León hace á Fernán González; la mala acogida y segunda
prisión de este; el duelo de los castellanos y astucia de dolía Sancha, que se
disfraza de romera para salvar al Conde; la demanda que este hace del ré-
dito de la venta del azor y del caballo, que no puede pagar el rey; la exen-
ción del condado de Castilla; la entrada que hace Fernán González en tierras
de León, y su muerte. Debemos notar que en todos estos pasajes, comprendi-
dos en los capítulos XIX y XX de la Crónica General, se descubren vestigios
de versificación, así como en lo que precede, según dejamos probado; y esto
convence de que el poema abrazaba hasta la muerte del Conde. — Digna de ad-
vertirse es también la circunstancia de no mencionarse ni en el Poema ni en
la Crónica la célebre batalla de Simancas, en que Berceo hizo intervenir á
Fernán González, con don Ramiro II: el Conde alcanzó, según el Poema y hi
fónica, los reinados de Ordoño III, Sancho 1 y Ramiro III.
36 i Hisruiii.v ciiincA ue la lmeiiatuka española.
uutor seguir las huellas de Juan Lorenzo, y aspirando sin duda al
mismo aplauso, atribuye al conde de Castilla aquellas dotes que
nitis resaltan en el gran rey de Macedonia. Aml)üs llegan á edad
juvenil, ignorando la opresión en que yace, su patria, y ambos
conciben, al sabor su afrenta, el irrevocable proyecto de romper
tan pesada coyunda. El ejército de uno y otro se compone de es-
caso número de combatientes, cuyos capitanes, amaestrados en
el arte de la guerra, quisieran más bien obtener la victoria por
medio de la astucia que luchar cuerpo á, cuerpo con un enemigo
l)oderoso, cuyas falanges no tenían cuento. Mas alentados por
a(|uel valor sobrenatural que los hacia invencibles, desechan en-
trambos todo linaje de consejos que puedan contrariar sus altas
empresas, arrastrando á la lid con el imán de sus palabras á los
mismos guerreros, que dudaban antes del éxito. Alejandro es en
el poema de Juan Lorenzo un ((guerrero natural, tesoro de proe-
za, arca de sabiduría y egemplo de nobleza»: Fernán González es
en el libro del monje de Arlanzaaun natural guerrero
o 17 I corazón sin flaqueza,
Sennor de enseñamiento, | cimiento de nobleza,
sin que jamás se hubiera mostrado ((de más grant corac^on» el
hijo de Olimpias, según ya dejamos advertido. Y si llora Alejan-
dro sobre el cadáver de Darlo, después de haber destruido su im-
perio, haciéndole suntuosas exequias, también el nieto de Ñuño
Rasura derrama compasivas lágrimas sobre el conde de Tolosa,
muerto á sus manos, honrándole con regios funerales.
En el pensamiento patriótico que los anima, en la indomable
fortaleza de su pecho y de su brazo, en el arrebato de sus palabras
pensó encontrar, ó mejor dicho, aspiró á fundar el autor del Poe-
ma de F erran González estrecha semejanza entre este y el héroe
macedonio, si bien la ch^cunstancia de ser el Conde personaje po-
pular en el suelo de Castilla le obligaba á desechar aquellos ras-
gos y cualidades que repugnaban abiertamente al sentimiento na-
cional, ó contradecían el tipo creado por la tradición y aceptado
ya por los eruditos. Un cantor meramente popular se hubiera
atenido de un modo absoluto á lo que el pueblo castellano sabia,
pensaba y creía respecto de tan celebrado caudillo: el poeta doc-
to, llamado á ostentar sus conocimientos bíblicos é histórico*,
ÍI.* PARTE, CAP. VII. PRIM. MON, ERUD. DE LA POES. CAST. 365
teniendo muy presentes las relaciones piadosas que sobre el mis-
mo Conde se conservaban dentro y fuera del claustro, y fijando la
vista en lo que eran las producciones de aquel arte aplaudido
por los discretos, contraía el empeño de hermanar, en cuanto sus
fuerzas lo consintieran, lo popular y lo erudito; pensamiento que
naciendo espontáneamente de la naturaleza del asunto y de la po-
sición literaria del autor, hubiera podido dar sazonado fruto, á
ser otra la edad de la poesía castellana y los medios de exposi-
ción que le era dado emplear en aquellos dias.
El Poema de Ferran González, aunque incompleto y despro-
porcionado *, aunque fundido, digámoslo así, en la misma tur-
1 Aludimos principalmente á la introducción, que comprende i72 coplas,
número excesivo con relación al resto del poema, aun supliendo lo que falta
relativamente á los tres últimos años de la vida del Conde. — En lo demás ad-
vertimos cierta regularidad, no despreciable, pudiendo dividirse el Poema,
tal como existe, en siete parles diferentes: la seg^unda, conforme antes apun-
tamos, empieza en la estrofa d73, que dice:
Estonce era Castiell.i \ un pequcnno reiicun:
la tercera en la guerra primera de Navarra, con la copla 280:
Mientra que estaua el conde | fasiendo á Dios plaQer.
La cuarta con la invasión segunda de Almanzor, en la copla 380:
Dexemos tolosands ] tristes et desonrrados
Que eran ya en Tolosa | con su sennor llegados:
Tornemos en el conde | de los fechos granados.
Cómo avíe oydo | otros malos inan<lados:
la quinta con la convocatoria á las cortes de León, en la copla 564, de este
modo:
Enbió Sánclio Ordonnes I al buen conde mandado
Que quería facer cortes | et que fuese priado:
la sexta con la resolución tomada por los castellanos de ir en busca de su
señor, llevando su imagen de piedra en un carro, en la copla 653:
Oexemos aquí a ellos ) entrados en carrera;
Decir de castellanos I vos; é, gente ligera, etc.
y finalmente la sétima en la copla 702, tras la reparable laguna que deja-
mos ya notada arriba, en la cual hubo de comprenderse todo lo relativo á la
libertad del rey de Navarra y á la tercera invasión de Almanzor, rechazada
por el Conde. La división referida no sólo se apoya en la naturaleza y orden
déla narración, sino también en las declaraciones terminantes del poeta.
3C6 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
quesa quo los precedentes, encierra sin embargo crecido número
de bellezas que le son propias, y refleja con mayor energía que
otro alguno la vitalidad poética del pueblo castellano. 0'»ítale el
anhelo de la imitación erudita aquella fuerza y nativa frescura,
que hemos admirado en los Cantares de Mió Cid, el Campeador,
debidos exclusivamente al fiaf poderoso de la muchedumbre; pero
la misma fama del héroe y el respeto que inspira su nombre en
las clases privilegiadas le comunican cierto interés, ajeno á los
libros de Apollonio y de Alexandre, dando á sus narraciones y
descripciones más propio y verdadero colorido, y animándolas al
par con bellas pinceladas, características de la civilización y del
pueblo, á que el libro pertenece ^ Hé aquí pues cómo presentan-
do el Poema de Ferran González una faz nueva en la historia
del arte erudito, parecía inclinarlo á un campo más dilatado y
fecundo; pero si era contraria á este movimiento la misma índole
de aquel arte, que sólo podia acaudalarse con los tesoros de ex-
trañas literaturas, no por esto dejaba de tener trascendencia la
leyenda de las proezas del Conde, tal como la formula en sus ver-
i Lícito creemos trasladar aquí algunos de estos rasgos. Hablando de la
primera batalla contra Almanzor, se lee:
Allí fue demostrado | el poder de Mexias;
El Conde fui! David I Alinozore Golías.
Pintando la hueste vizcaína, se retrata así á su capitán:
Fué dado por cabdiello I don Lope el vizc.iyiio;
Bien rico de mnnzanas, | pobre de pan et vino.
Y de Fernán González se dice por boca de los suyos, ponderando su bra-
vura y espíritu emprendedor, que
A Sitanás semeia | el nos á sus pecados.
Ya en mitad de la lid aparece,
Facieudo In que fa(e I el lobo en los rediles,
siendo tan recio el combate que
A los golpes que dauan | lús sierras retefíian,
Ó
I.os montes ot Ins valles I semeialian movidos.
La hipérbole continúa siendo uno do los principales caracteres del ingenio
español, cual en los tiempos de Lucano.
II.* PARTE, CAP. Vil. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. gf)?
SOS el monje de Arlanza, tomando primero plaza en la historia y
dando más adelante vida á otros poemas y cantares ' .
Mas al paso que es interesante estudiar en este libro, escrito
en la España Central, los plausibles esfuerzos hechos por los cas-
tellanos para emular la gloria alcanzada por Berceo , Juan Lorenzo
y el autor del libro de Apnllonio, llama también la atención de la
crítica el contemplar el empeño que ponen las razas vencidas que
vivian bajo el amparo de nuestros reyes en apoderarse de las for-
mas artísticas de la poesía heróico-erudita , mientras la enrique-
cían con sus más estimadas leyendas y tradiciones. — Próximo es-
taba en verdad el momento en que , respondiendo á la generosa
voz del Rey Sabio , acudieran árabes y hebreos á dotar nuestra
creciente civilización con los despojos de las ciencias , de largos
años cultivadas por sus ulemas y rabbinos. Antes de que esto
sucediera con no poca gloria del nombre español, quisieron, sin
embargo, una y otra raza dar inequívocas señales de su actividad
intelectual en los dominios cristianos; y en tanto que los judíos,
con mayor anhelo de ciencia , cultivaban la teología y la medi-
cina, la filosofía y la astronomía, bien que sometida á los extra-
víos de la cabala, inclinábanse los vasallos mudejares, olvidada
su lengua nativa y consignadas sus propias leyes en el idioma de
sus dominadores ^, á formular también en el mismo sus ínspira-
1 Ya hemos notado cómo la Crónica General, de que visiblemente se sacó
la particular de Ferran González, reconoce por fuente principal el Poema de
que vamos hablando. En cuanto á la poesía, al tratar del siglo XIV haremos
mención del poema todavía desconocido que fué dedicado á refrescar la tra-
dición de las proezas del conde, debiendo añadir en este lugar que á fines
del siglo XV ó principios del XVI se compuso por el abad fray Gonzalo Ar-
redondo otro poema, que con el título de la ArlanÜna tenia el propósito de
sublimar las hazañas del fundador de su monasterio, comparándolas con las
del Cid, libro á que, además de los romances populares, aludíamos al indi-
car que anduvo el lauro dudoso entre uno y otro héroe en toda la edad me-
dia. El primero de estos monumentos está escrito en versos de ocho sílabas:
el segundo en coplas de arte mayor: de ambos hablaremos respectivamente.
2 Nos referimos á las Leyes (le Moros, que recogió el erudito don Manuel
Abella en el tomo VIII de su Colección, y que ha dado á luz últimamente la
Real Academia de la Historia {Mem. Hist., tomo V., pág. H). Abella , cuyo
voto alcanzó grande autoridad en estas materias, opina que la letra del códice
3C8 IIlSTOm.V CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ciones poéticas , pagando este tributo de respeto á la cultura cas-
tellana.
.\i se croa que al emplear los mahomelanüs la leng-ua y las for-
mas artísticas, autorizadas por Borcoo y sus imitadores, deja-
ban de reconocer la ley suprema, impuesta por la Providencia á
todos los pueblos colocados en situación análoga. Era la existen-
cia de los vasallos mudejares , reconocida en la bistoria de la
reconquista desde el año de 1058 con lá capitulación de Sena
otorgada por Fernando I ', la prueba más clara y terminante de
la supremacia que desde principios del siglo XI comenzó á ejercer
en la Península el cristianismo; supremacia que vá en aumento
durante toda aquella centuria, bien que no sin rudas y terribles
contradicciones, y llega á su colmo en la siguiente ^. Favorecida
por la potestad real, respetada en sus propiedades y en el ejer-
cicio de su religión y de sus leyes, preciosas garantías que lle-
gan á consignarse al mediar el siglo XIII en la ley de Partida
y en el Forum valentinum, vuelve pues aquella raza la vista á
su antigua literatura, para demandarle inspiraciones con que en-
riquecer espontáneamente la castellana , mientras le pide los me-
dios artísticos y expositivos por ella elaborados, lo cual se veri-
original, de que sacó un facsímile, es del siglo XIII, bien que ya á los fines:
de modo que poniendo la formación primitiva de esta manera de código cin-
cuenta años antes, no parecerá infundado eldeducir que los mudejares tuvie-
ron ya escritas en castellano sus leyes especiales, al principiar el segundo ter-
cio del referido siglo.
1 Narrando el arzobispo don Rodrigo este hecho memorable, escribe al
numerar las conquistas que Fernando el Mayor llevó á cabo en las regiones
occidentales: «Primo ingressu caesis pluribus, cepit Senam, eo pacto ut in-
wcolae rcmanerent et essent subditi sub tributo» (libro VI, cap. XI). Es la vez
primera, según dejamos advertido, que se hallan estas notables cláusulas en
nuestros cronistas.
2 La conquista de Toledo, que tanta importancia tuvo en la historia do
nuestra civilización, inclinó, cual vá repelido, k balanza al lado de los cris-
tianos, quedando bajo su dominio la población árabe en masa, lo cual se re-
produjo en las conquistas posteriores: en Aragón se insinúa este hecho en ios
primeros dias del siglo XII con la toma de Zaragoza, Tudcla, Tortosa, etc.,
á cuyos moradores maliomctanos protegió don Alfonso, el Batallador, deján-
doles sus leyes y sus jueces, como en Castilla.
II.* PARTE, CAP. Vil. PRIM. MON. EKUD. DE LA POES. CAST. 369
ficaba también en cierta manera respecto de las artes ^. Y este
acaecimiento, importante por más de un concepto en el estudio de
la civilización española, y que jamás hubiera podido realizarse sin
la templada y cuerda política de nuestros reyes respecto de los
mudejares, viene á tomar plaza en la serie de los fenómenos li-
terarios , que vamos examinando, con el Poema de Yusuf, sim-
pática leyenda consignada en el Génesis, introducida en el Ko-
ram, y acariciada constantemente en las regiones orientales -.
1 Alg'unos años después de formalizados estos estudios (que lo estaban
ya en 1848), pronunciamos ante la Real Academia de Nobles Artes de San
Fernando (19 de junio de 1859) un discurso sobre el Estilo mudejar en la his-
toria de la arquitectura española. En él procuramos quilatar el origen y des-
arrollo de aquel peregrino estilo, que tantos monumentos produjo en nuestro
suslo desde el siglo XII en adelante, fijando al par los caracteres que le dis-
tinguen, y que hacen hoy fácil aun para los menos entendidos en la historia
de las artes españolas, la cksificacion de los expresados monumentos. Consi-
derado este desenvolvimiento de la arquitectura, donde hallamos todos los
elementos del arte arábigo, sometiéndose á las leyes superiores de la civiliza-
ción cristiana, y comparado con el que ofrecen las letras, de que es ya insig-
ne muestra, aunque no única, según en breve advertiremos, el Poema de
Ytisuf, no puede ser mayor, ni más significativa la unidad que en esta doble
manifestación del ingenio español advertimos. Ni pudiera ser de otro modo,
conocidos los antecedentes histdiücos que llevamos expuestos. En su lugar
volveremos á fijar nuestras miradas en la historia do las artes del siglo XIII.
2 Entre los pueblos orientales era Joseph tenido por el hombre más
hermoso de los nacidos, siendo varios los poemas, en que se narra su histo-
ria, y muy frecuentes las alusiones que hacen á la misma los poetas, con
aplicaciones particulares. Son dignos de mencionarse los poemas que Amak,
Abd-el-Rahman y Nizamí, mencionado antes de ahora, escribieron sobre este
asunto, y entre otras muchas citas' que pudieran hacerse, recordamos aquí las
Gazelas II.* y III. '^ de Mohamed Sheras-Eddin (trad. lat. de Revizky), en las
cuales este celebrado cantor, que generalmente es conocido con el nombre de
Hafiz, pondera la pasión de Zaleikha, y dando á Joseph el título de Lu72a
Cananea, le llama su querido, y figurando que es Egipto su corazón, le brin-
da con su imperio, aplicando en este sentido metafórico la peregrina leyenda
¿el hijo de Israel. Los lectores no iniciados en los estudios orientales pueden
consultar la versión francesa del poema de Nizamí, debida á Cardonne (Biblio-
theque des Romans, 1778), y \a.s Poesías Asiáticas del conde de Noroña (pági-
nas 230 y 2oa, Paris 1833). Sin salir de nuestra España podemos citar tam-
bién la historia de Joseph narrada en el Quiteb almazahelic vhalmelic (libro
de los caminos y de los reinos), escrito por uno de los reyes de Niebla, según
nos advierte don Alfonso el Sabio , y veremos adelante.
TOMO III. 24
370 mSlDItlA CRtriCA UE LA LITEUATL'IU ESPAÑOLA.
Tan peregrino monnmcnlo, escrito en caracteres arábigos, co-
mo todos los que llevan entre los orientalistas el título de alja-
miados, tiene por asunto la vida de .losoph, hijo de Jacob, y no
simplemente los amores de Zuleiklia ó ZaleicA, mujer de Putifar,
como ha supuesto algún escritor de nuestros dias, creyéndolo
tal vez imitación ó trasunto del poema debido al persa Noraddín
.lamí, poeta que tlorece en la corte de Moharaed II, dcbclador de
Coaslantinopla *. Mucho más antiguo que esta producción, tenida
por una de las más delicadas joyas de su lengua, parece recono-
cer por fuente la tradición consignada en la sura ó capítulo Xíl
del Koram, que es sin .duda uno de los más elegantes que en-
cierra el extraordinario libro del falso profeta.
Pero al confesar el autor, en la misma forma que Bercco y
Juan Lorenzo, que escribe more erudito, sujetando su narración
á lo que le prescribía el dictado ^, no por esto renuncia al galar-
dón de la originalidad, introduciendo en tan aplaudida historia
accidentes y episodios, por él ideados para darle mayor variedad,
según notaremos en la exposición del mismo poema. Obedecía en
esto la ley general, que reglaba las obras de la poesía hcróico-
erudita (ley acatada por todos los poetas castellanos de aquella
época), si bien presentaba una faz nueva del arte, preludiando su
próxima trasformacion, al recibir de lleno la influencia oriental,
cuyos primitivos gérmenes llevaba dentro de sí desde la edad más
remota ^. Difícil es sin duda el determinar la en que se escribe el
1 Véase la Gramática persa de W. Jones, y al final el catálogo de los
poemas de más celebridad, escritos en esta lengua.
2 Hablando por egcmplo de la segunda venta de Joseph, escribe que el
esposo de Zalija
50 Sa peso de plata | por rl daba biro pessado,
Kt otro que tal faQia | de oro esmerado
Et de piidras preciosas, I loiuo diQe el dictado, etc.
Debe notarse que csla segunda venta no so menciona en el Koram, siendo
el mercader que recibe á Joseph de sus hermanos el mismo que después im-
pera en Egipto (vcrs. 21 y 23). En el cap. XXXVII del Génesis, vers. 36, se
refiere este suceso, manifestando que los mercaderes madianilas vendieron al
hijo de Jacob en Egipto.
3 Véase lo que en los caps. VI, ÍX y XV de la I.* Parle dojamos dicho
sobre la ihflucncia de la Biblia en la literatura hispano-latina.
II. PARTE, CAP. VII. PniM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 371
Poema de Yusuf, señalando al par la comarca, en que su autor
florece: los medios expositivos y artísticos; el lenguaje, salpicado
de frases y maneras de hablar que sólo hallan semejanza en los
más antiguos monumentos de la poesía escrita de Castilla; la cir-
cunstancia no despreciable de ser este reino el primero que ad-
mite los vasallos mudejares; en una palabra, cuanto se refiere y
atañe á las formas exteriores, cuanto se relaciona con los carac-
teres especiales de las diversas regiones en que liabia logrado el
idioma castellano la consideración de lengua literaria, todo nos
lleva sin embargo á poner esta rara composición entre los poemas
heróico-eruditos, que forman la primera época de nuestra poesía
docta, resolviéndonos á creer que fué escrito en las provincias
castellanas *. Pero estas observaciones han menester compro-
i No han opinado así el académico de la Historia don Serafín Estébanez
Calderón en su Discurso inaugural de la cátedra de árabe del Ateneo Matri-
tense {Sem. Pint., núm. 46, 1848) ni el ya citado Mr. George Ticknor, en su
Historia de la liter. csp. {\.^ ép., cap. I), á quien siguen algunos escritores
extranjeros (Puymaigre, Les vieux anteurs, cap. XVI). Uno y otro suponen
que se escribió en Aragón, adelantándose el segundo a dar por sentado «que,
»el autor del poema fué alguno de los muchos moriscos que á la expulsión
))de sus compañeros quedaron-escondidos en el norte de España», y añadiendo
«que se encuentran en él no sólo voces, sino hasta frases enteras propias del
))pais confinante con la Provenía». — En cuanto á las frases no cita ninguna,
y seria muy difícil: respecto de las voces, únicamente pone como aragonesa
la palabra mercadero; pero de propia autoridad, porque no solóse halla usada
en las obras de Berceo, escritas en la Rioja, sino también en el poema de
Alejandre, compuesto en el reino de León, según vá advertido. Berceo decia
en los M/a^ros de Nuestra Señora, copla. Q83:
Andido un gran tiempo, | ganó muchos dineros.
Comprando et vendiendo | á ley de mercaderos, etc.
Juan Lorenzo, en la copla 368:
Fazte camiar el nombre; | ve cuerno, mercadero.
Non te entienda ome 1 que eres cauallero.
En Castilla se decia indistintamente mercadero, mercader y mercador, como
se lee en los poemas citados y en el de Yusuf, en el Fuero Juzgo y las Parti-
das, en la llamada Crónica General y en la Grande et General Estoria del Rey
Sabio. Contándose en esta última la misma historia de Joseph, ajustada á la
tradición oriental del poema, se lee: aEt passauan essora unos mercaderos
))quc uenien de Galaal»: — Estos mercaderos parientes eran de Josep»: — Los
nmercaderos de Madian quel compraron», etc. — Pues que Josep fue vendida á
372 mSTOIUA CUlTICA DE LA LITEKATimA ESPAÑOLA.
barse por t'l único medio que lioy lioue á su alcance la crítica,
habiendo llegado ¡i nuestros dias el Poema de Yusuf falto de prin-
cipio y de fin, y no ofreciendo por tanto dato aly:uno propiamente
histórico para ilustrar esta cuestión interesante: hablamos de la
exposición analítica di^l expresado monumento.
Como vá indicado, no descansa en la tradición bíblica, si bien
alguna vez apartándose del Koram, parece recordarla. — Ynsuf, ó
Joseph, todavía niño, revela á, su padre delante de sus hermanos
el misterioso sueño que «vido en los altos» y que le auguraba
cierta supremacía sobre los mismos, llenando sus corazones de
siniestra envidia, la cual les infunde el proyecto de asesinarle ^
Para conseguirlo, piden á Jacob que les consienta llevarlo con-
sigo, á fin de enseñarle á guai'dar el ganado y cazar las fieras;
mas presintiendo el anciano la desgraciada suerte del tierno Jo-
))los mercaderosn, etc. (I.'"" Parte, lih. VIH, caps. I y III, Tols. 01 á 02 v.).
Y no se diga que no escribía don Alfonso en castellano. Sobre que esto .
á nadie ocurrirá, en los mismos capítulos decia, respecto de algunas vo-
ces arábigas: «Que quiero dezir en el nuestro Icnguage de CasticUa: — Que
nmucstra en esta nuestra lengua de Casticlla: — Que diz en esta fabla de Cas-
Mliella», etc. De la misma forma usó don Juan Manuel dicha palabra en el
Conde Lucanor, en el Libro de hs Estados y en otros diversos. Siendo tan
frágil el fundamento del erudito Ticknor, que no descubrió en ei libro de
Apollonio los caracteres que busca en vano en el Poema de Yusuf, perdiendo
de vista la situación de los vasallos mudejares de Castilla, no puede ser su
opinión más respetada. — Las maneras de decir, harto frecuentes en el monu-
mento aljamiado, tales como: esa ora por entonces, en este instante; barba
onrada, barba canosa, bella barba, por hombre honrado, anciano, gentil; ve-
nir meciendo las cabezas, por dar señales de dolor profundo; llorar de los
olhos, por llorando abundosamente; venir con apellido, por venir con un solo
grito, etc., son altamente castellanas, como que tienen en el Poema de Mió
Cid otras muchas análogas ó del todo semejantes, según pueden ver los lec-
tores en los versos 1, 13, i9, 2(i8, 038, 1700, 1706, etc., del indicado poe-
ma. Estas observaciones, las expuestas en el texto y las que apuntaremos
luego, no solamente hacen castellano al autor mudejar del libro de Yusuf,
sino que parecen acercarle al primer tercio del siglo XIII.
1 Tanto en el Koram como en el Poema de Yusuf, se omite el sueño de los
hacecillos (manipuli) que menciona el vers. 7 del cap. XXXVII del Génesis,
y sólo se habla de las once estrellas que con el sol y la luna adoraron á Jo-
seph {Kor., vers. IV, cap. XII).
II.* PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. EUUD. DE LA POES. CAST. 373
seph, se niega á esta demanda, siendo al cabo vencido de los
ruegos y promesas de sus vengativos hijos:
7 Atanto le dixeron | de palabras fermosaí,
Tanto le prometieron [ de palabras piadosas,
Que él les dio e! ninno | et dixoles essas oras,
Qup, lo guarde Alláh | de manos engannosas.
8 nióseles el padre, | como non debia far,
Fiándose en sus filhos | et non quis más dubdar:
Dixo: Filbos, los mis ñlhos, | lo que vos quiero rogar
Que me lo catedes | et me lo querades guardar.
9 Et me lo bolbades luego 1 en amor del Criador;
A él faredes placer | et á mí mayor sabor:
En esto non fallezcades, [ fdlios, por mi amor;
Encomiéndelo á d' Alláh, | poderoso sennor.
En pago de esta sentida súplica, los hermanos de Joseph, que
lo llevan en hombros mientras los divisa el anciano, le maltratan
después impiamente, desoyendo sus lamentos y negándole el agua
que ansioso demanda, para templar la sed que le devora. — Ce-
diendo á los consejos de Judá, [Jahudá], determinan arrojarle en
un pozo, donde fuese pasto de las fieras, burlando la ternura de
Jacob, á quien intentan convencer de que ha sido víctima de un
lobo. La amargura del afligido padre no tiene límites, cayendo
al suelo sin sentido, y despertando la compasión de Judá, quien
propone en vano que le restituyan el perdido infante. Vudto en
sí, les manda cazar el lobo, que traido á la presencia de Jacob,
declara, para confusión de aquellos malos hijos, que no .habia
dado muerte al futuro profeta [nabíj. Al ver tanta perfidia, llega
á su colmo el dolor de Jacob, invocando sobre los culpables la
justicia divina; pero lejos de producir en ellos arrepentimiento,
excita nuevamente el deseo de la venganza; y sacando á Joseph
de la cisterna de Azariel ó Zarayel, donde le tenían, le arrojan
en otro pozo, del cual le extraen fortuitamente unos mercaderes,
maravillándose de la hermosura de tan «bella barba». Sobrevi-
niendo de nuevo sus hermanos, reclámanlo como su cautivo, y le
venden al jefe de aquella caravana por veinte dineros, obteniendo
al par su desprecio. El mercader dirige al triste niño estas pa-
labras:
35 Eslo es raarabellia
374 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que ellos te án beiidiilo, | como si fues obellia,
Dixiemlo que eras ladrón | el de mala polcllia!...
Yo i>or tales semiores | non daría una arbelha.
Despedido de sus hermanos, no sin perdonarlos y derramar
abundantes y tiernas lágrimas, pasa Joseph junto á la huesa de
su madre, y descendiendo de la camella en que le llevaban, se
arrodilla piadosamente, exclamando:
40 .... Madre sennora, | perdóneos el Sennor:
Madre, si me vidieses, j de mí abrías dolor:
Boy con cadena al cuello, ( calibo con sennor;
Bendido de mis ermanos, | como si fuese traydor.
41 Ellos me lian bendido, | non teniéndoles tuerto:
Partiéronme de mi padre ¡ ante que fuese muerto!...
Un negro, á quien iba confiada la custodia de Joseph, le echa
entre tanto de menos, vuelve atrás, le encuentra al lado del tú-
mulo de su madre «llorando que es marabelha», y dándole una
terrible bofetada, le prodiga los mayores insultos. El maltratado
cautivo le replica:
44 Ruego á d' Alláh del Cielo | et á él fago oración,
Que si colpa non te tengo, | te envié su maldición.
Proseguía la caravana su camino, cuando en medio del dia le-
vantóse furioso vendabal, oscureciéndose el sol y dejando envuel-
tos á los mercaderes en profunda noche. La sospecha de que se
habia cometido algún crimen, que demandaba expiación, asalta
entonces al jefe, y ordenando que todos publiquen sus pecados
para aplacar la ira del cielo, confiesa el negro la injuria hecha al
indefenso Joseph, cuyo perdón obtiene, cuando esperaba el casti-
go, calmándose en aquel punto los vientos y volviendo á resplan-
decer con nueva claridad la luz del dia ' .
1 Todo este episodio, así como la escena del lobo, parece original del poe-
ta castellano, bien que en nuestro juicio ambos accidentes son derivados de
alguna otra leyenda oriental, y tal vez del Qiiiteb almazahelic vhalmelic, ya
citado. Ni en el Génesis ni en el Koram hay la más leve alusión á estos su-
cesos verdaderamente maravillosos: el último episodio aparece como inter-
medio de los versíc. 2« y 29 del cap. XXXVII del Génesis y del 20 y 21
del Koram.
II.* PARTE, CAP. VII. PKIM. MON. EKUD. DE LA POES. CA3T. 37o
Llegado al fin de su viaje, hace el mercader lavar al hijo de
Jacoh, y vistiéndole ricos paños, le pone en pública venta con ad-
miración de los moradores de la ciudad, que le tienen por un án-
gel ó un «orne santurero». — Zalija ó Zaliha, mujer del rey de
Egipto, lo compra á peso de plata, oro y piedras preciosas, crián-
dole con esperanzas de hijo, amor que se convierte al cabo en
verdadera pasión, siendo rechazado por el joven con digna ente-
reza. No era Zalija mujer que se dejara vencer tan fácilmente:
antes bien encendida en mayor deseo con la negativa de Joseph,
consulta con una de sus criadas los medios de ganar su cariño,
labrando al intento magnífico palacio, cuyos muros exornados de
representaciones que incitan á los placeres sensuales, hicieran en
el ánimo del casto hebreo lo que su persuasión no habia logrado.
Llamado Joseph y requerido de nuevo por Zalija, que le promete
delicias y riquezas sin cuento, duda un instante deslumhrado por
las seductoras pinturas que por todas partes le rodean; pero re-
puesto al punto, huye de su incontinente señora, la cual, asién-
dole al fin de la túnica y prorumpiendo en descompasadas voces,
atrae al ofendido rey, cuya sorpresa no puede ser mayor, al en-
contrar á Joseph con la «falda rota», y ver á Zalija
79 tendidos los cabellos,
En manera de forzuda | con sus olhos bermellos '.
Joseph es acusado, en efecto, por la infiel esposa, cuya Uvian-
dad, reconocida por las mujeres de la ciudad, despierta contra
ella graves murmuraciones. Para acallarlas, convídalas aun ban-
quete, y dándoles á comer ricas viandas y «vinos esmerados»,
les ofrece por último' hermosas toronjas, presentándoles en el acto
el garzón, suntuosamente vestido:
81 Ellas de que lo vieron, | perdieron su cordura:
Tanto era de apuesto | et de buena figura:
i El poeta mudejar oraile la circunstancia de haber uolado un deudo de
Zaleiklia que el girón de la túnica de Joseph estaba detrás, circunstancia quo
se halla en el Koram, poniéndose en boca de dicho pariente estas palabras:
«Si la túnica ha sido desgarrada por delante, la mujer dice verdad, y Joscplí
es el mentiroso» (vers. XXVII y XXVlü). «El marido examinó la lúnica y
vio que estaba rota por detrás: ¡He aquí tus infamias , dijo el marido , y en
verdad que son grandes tus infamias! .»
376 HISTORIA CIjItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
PiMisaban que era un ángel | et lornabnn pii locura;
Cortábanse las manos | o[ non de ál abion cura.
S2 Que por las toronjas | la sangre iba añilando:
Zalija quando lo bido, | toda se fué alegrando;
Díxoles Zalija:— ¿Qué far, locas, non coijjdando
Que por buesas manos | la sangre iba andando?...
La astucia de Zalija le dá completo triunfo sobro sus detracto-
ras, que, invitadas por ella para servir de medianeras, atienden
sólo á ganar para sí el afecto de Joseph , en cuya limpieza y cas-
tidad se estrellan todas aquellas carnales tentaciones , caracterís-
ticas de la mujer pintada por la poesía oriental desde los tiempos
más remotos. El hijo de Jacob es conducido, sin embargo, á la
cárcel, donde vive largos años, á pesar del arrepentimiento de
Zalija; debiendo á la tardía memoria del escanciador [escanciano]
del rey el ser llamado á interpretar los sueños del príncipe, así
como habia explicado con éxito seguro los del mismo copero. Jo-
seph, que no halla dificultad en revelar á este la significación de
las visiones del monarca, se niega á comparecer en su presencia
sin que antes quede comprobada 9u lealtad con la confesión de
sus seductoras; y Zalija y las demás «dueñas^) que habían aten-
tado contra la castidad del joven hebreo , declaran paladinamente
SQ torpeza; enviando el rey á la cárcel crecido número de «caba-
lleros» para que saquen de ella á Joseph en son de triunfo, y re-
cibiéndolo en su palacio con todo linaje de distinciones. Expli-
cado el mistecioso sueño de las catorce vacas' y las catorce espi-
gas, no comprendido por los sabios de Egipto, y notando las du-
das producidas en el rey, se brinda su antiguo cautivo á disponer
lo necesario para evitar los estragos del hambre, que debía suce-
der por siete años á la abundancia de los siete primeros , siendo
en consecuencia revestido de la autoridad suprema, á que se so-
mete el mismo soberano, bien que á condición de que le devuelva
el reino, pasado ya el peligro:
loO . • . Ruégotc, amigo, | que seyas en amiganza:
Que me buelbas mi regno | el non pongas dubdanza,
Al cabo de diclio tiempo | non finques con mal andanza.
Recogido en anchurosos trojes, fabricados de propósito, todo
jbI trigo producido en los años de abundancia, y vedado el sembrar
Il/ PARTE, CAP. VII. PIUM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 377
en los siguientes, comienzan la sed y el hambre á derramar la
aflicción en todos los pueblos, que, agotadas sus riquezas, no sólo
venden sus hijos para comprar el sustento, sino que se entregan
á Joseph, como esclavos, para libertarse de rabiosa muerte. El
cautivo de Canaan, probada la verdad de sus vaticinios, muestra
al rey' entre tanto deseos de restituirle su imperio; pero lejos de
consentir en ello, le confirma este de nuevo en la potestad que
ejerce, cumpliendo así los decretos de la Providencia ', Presa la
familia de Jacob de los horrores del hambre, sabe en efecto aque-
lla «barba onrrada» que habia en Egipto un príncipe «bueno é
berdadero», á cuya piedad era debida la salvación de los pueblos
comarcanos, y envía á sus hijos para que, informado de su cuita,
se digne venderles el trigo que han menester. Llegados á la ciu-
dad, donde Joseph reside, condúcelos á su presencia un «escu-
dero» que tenia á su cargo la venta del «pan y la cebada», no
sin enterarle antes de la tierra y nombres de aquellos hebreos, á
cuya vista aparece el vendido hermano rodeado de dos mil «ca-
balleros» y regiamente ataviado;
188 Los bostidos quo traya | eran de grant balor;
Eran de oro et de seda | et de fermosa labor;
Et traya piedras preciosas 1 de que saiia claror:
Más traya algalia | et muy rico golor.
Tres días retiene el príncipe de Egipto á, sus hermanos , quie-
nes llegan á recelar de sus intenciones, al verse halagados «ansi
como filhos», sin atinar la causa. Al cabo tomando en sus manos
la medida [mesura] del trigo, que tenia la rara virtud de revelar-
le la verdad de todo, les hace ciertas preguntas sobre su padre,
cuya exactitud confirma la medida , insistiendo en saber cuántos
hermanos eran, á lo cual satisfacen, añadiendo que uno de ellos
habia sido devorado por un lobo, y que el último permanecía con
el anciano. Sólo el respeto que inspiraba á Joseph el nombre de
i También este como otros muchos rasgos , que por evitar prolijidad no
apuntamos, parece orig-inal del poeta castellano. El Koram pasa desde el ver-
sículo 55, en que Joseph pide á Faraón que le instituya intendente ó director
de los pósitos de Egipto, al 58, en que habla de los demás hijos de Jacob ,
que vienen en busca de trigo.
378 mSTOUIA CKlTICA DE L\ UTEUATÜIIA ESPA550LA.
Jacob, pudo libertar A los hebreos de la cadena que merecían por
haber mentido; pero al consentir en que vuelvan á la tierra de
Canaan, les impone la obligación de traerle (i Benjamin , man-
dando que entre tanto quede en rehenes uno do ellos, suerte que
toca á Simeón, cuya impiedad habla cortado la soga que ligaba
al hijo de Raijuel, cuando le arrojaron en el pozo. Al despedirlos,
previene á los suyos que oculten en cada saco el precio del trigo;
y vueltos á Jacob , á quien refieren cuanto les ha sucedido , sube
de punto su asombro, al encontrar el dinero: recordando el an-
ciano la desgracia de Joseph, so niega sin embargo á entregar-
les el tierno Benjauíin, si bien cediendo á sus repetidas súplicas y
protestas, lo envia con ellos al rey de Egipto, á quien dirige
afectuosa carta , contándole sus cuitas y dolores. — Con la carta y
el deseado garzón se presentan á Joseph de nuevo sus herma-
nos , siendo agasajados ¡wr él con espléndido banquete , en el
cual dispone que coman de dos en dos, asi como habian nacido:
todos se mostraban contentos , á excepción de Benjamin , cuyos
ojos se cubrieron de lágrimas con aquel espectáculo, hasta que,
ahogado por la congoja , cayó al suelo sin sentido. Adivinando
Joseph lo que en su corazón pasaba, lo levanta cariñosamente, y
sentándole á su lado , no sin despertar la envidia de los otros,
le dice:
241 Piios quo lú fincas sólo, | ábrete de acornpannar;
En lugar de tu hermano ¡ contigo quiero yantar.
Imponderable fué la alegría de Benjamin al saber que era el
poderoso príncipe que tenia delante, su hermano Joseph, á quien
lloraba perdido; pero obedeciendo sus deseos, guarda profundo
silencio respecto de los demás hijos de Jacob, conviniendo en que
ocultada al partir en su saco la medida del trigo , cuyo valor era
extremado , quedaría en poder del rey de Egipto , como esclavo,
en castigo del supuesto crimen ^ Asi lo ejecutan en efecto; y
i En el Génesis (cap. XLIV, vcrs. 2 y sijuicnles) y en el Koram (ver-
sículo 70, cap. úl.) es una copa de oro lo que Joseph manda ocultar en el
saco de Benjamin, sin que tenga este noticia alguna. La medida, de que se
valió Joseph para sorprender en una y otra ocasión la ignuraucia y maldad
de sus hermanos,
1U3 de oro era ubrada
II.'* PARTE, CAP. VII. PRIM. BION. ERÜD. DE LA POES. CAST. 379
mientras enojados contra Benjamín, le echan sus diez hermanos
en cara el infamante robo, recordando el de una «cinta», acha-
cado á Joseph en su edad primera , se apoderan de aquel los mi-
nistros del rey, conduciéndole á manera de forzado, escena que
se trueca en acto de consideración y respeto al penetrar en el
palacio, donde vestido magníficamente, comparte con el valido de
Faraón la grandeza por este alcanzada. De nuevo se presenta Jo-
seph á los desconsolados hebreos , manifestándoles que el miste-
rioso sonido de la recobrada medida los condena á todos como
ladrones; mas interponiendo el nombre de Jacob , se ofrecen á
que en lugar de Benjamín sea reducido uno de ellos á la esclavi-
tud; propuesta que al ser rechazada por el hijo de Raquel , des-
pierta el enojo y saña de Judá, quien no sólo declara que no vol-
verá á su padre sin Benjamín , sino que llega á proponer á sus
hermanos el uso de la fuerza, para rescatarle.
Conbatiremos el castieüo | el la ci!)clacl entrando.
286 Yo fallo en la cibdat | nueve barrios granados,
Et el palacio del Rei | que es al su costado:
Yo conbatiré al Rei | et matarle y lie á recabdo;
Et vosotros la cibdad ¡ cada guno á su barrio.
Animado de esta idea, vuelve sólo á Joseph, y exigiéndole que-
le restituya su hermaro, enciende la negativa su furor, y hacien-
do alarde de sus fuerzas prodigiosas , lanza á la ciudad por enci-
ma del muro una gruesa rueda de mohno «como una manzana».
Lejos de intimidarse, se acerca el ministro de Faraón á la piedra
y metiendo el pié en el agujero del centro, la arroja con mayor
violencia fuera de la ciudad, mandando al propio tiempo á su hijo
que, llegándose á Judá, le toque levemente, con lo cual pierde el
irritado hebreo todas sus fuerzas. Lleno de espanto torna á sus
hermanos, que, enterados de aquel nuevo prodigio, corren á im-
plorar la misericordia de Joseph, quien les manifiesta que la me-
dida le ha revelado el tratamiento dado por ellos al primer hijo
lít de piedras preciosas | era estrelada;
Et era de ver toda | coh guisa enclabada.
Que facía decir al rey I la verdad apurada.
Esta ficción es de no escasa importancia en el Poema, porque contribuye
á dar cierto interés dramático á las escenas entre Joseph y sus hermanos.
3S0 HISTORIA CRlriC.V Ui: LA LITIMIATUIIA ESI'ASoLA.
(le Raquel , mostríindoles al par la caria de venta otorgada al
mercader que le sacó del pozo y descubriéndoles que vive aun su
injuriado hermano. Convencidos del crimen , les manda el rey
cortar las manos, como li-aidorcs '; pero humillados á sus plantas
y dando señales de verdadero arrepentimiento, los perdona final-
mente, aunque sin declarárseles, disponiendo que pai'tan ocho en
busca de Jacob para traerle á. Egipto. Yiéndolos el anciano llegar
sin Judá, Simeón y Benjamín, prorumpe en amargas quejas;
mas sabedor de cuanto les ha ocurrido y de la voluntad del que
tonian por rey, ordena A sus hijos que busquen de nuevo á Jo-
seph, punto en que termina desgraciadamente el manuscrito -.
Tal es en suma este peregrino monumento poético , debido in-
dudablemente á la raza mudejar, única que hablando en los do-
minios de la Cruz el idioma de Castilla, podia seguir la autoridad
del Koram, bien que alterando y enriqueciendo en la manera no-
tada la referida leyenda. De los breves pasajes que hemos trascrito,
se habrá podido deducir con cuánta razón ponemos el Poema de
Yusiif en la primera mitad del siglo XIII ó en los primeros años
do la segunda, no faltando tal vez quien, estudiadas concienzuda-
mente las formas del lenguaje, cuya inexperiencia en la dicción
llega al punto de no seguir las irregularidades ya establecidas en
las voces conjugables ^, se decida á creer (jue hubo de escribirse
i Ninguno de eslos accidentes existe en el Koram, ni menos en el Gene-
sis, siendo en verdad muy difícil, cuando no imposible, el señalar lasfuenleis
donde pudo inspirarse el poeta. Algunos de estos rasgos parecen sin embar-
go hijos de las costumbres de la edad media , mientras otros son entera-
mente orientales, é indican que se refieren a tradiciones primitivas. De cual-
quier modo, el Poema ofrece en todos estos pasajes verdadero interés y nota-
ble originalidad.
2 El Poema alcanza hasta el versículo 88 del referido capítulo del Koram,
cuya narración difiere en esta parte, como habrán notado los lectores, de la
del Génesis. Falta pues todo lo contenido desde el citado vcrs. al 102, en
que realmente acaba la versión mahometana de la historia de Joscph, siendo
por tanto de no escasa consideración esta pérdida. Tal como el Ms. aljamiado
existe, solo cuenta 319 coplas, y no cerca de 400 como equivocadamente ase-
guró el académico señor Calderón, en el discurso mencionado arriba.
3 Tales son las voces fació por fizo, sabo por sé, cabio y sttpiendo por
cupo y sabiendo, así como otras muchas de igual género que salpican todo el
poema.
II.* PARTE, CAP. Vlt. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CA3T. 381
muy al principio de la misma centuria, no habiendo en verdad
dificultad alguna histórica que lo contradiga. Y será mayor el
fundamento, cuando se repare en el crecido número de frases y
giros primitivos que hallamos en toda la obra, lo cual toma toda-
vía mayor consistencia al fijar la vista en los medios puramente
artísticos. Metro y rima son efectivamente en el Poema de Yusuf
dignos de estudio; pues que abundando el primero de versos octo-
narios y exámetros , y notándose mayor irregularidad que en los
libros de Apollonio , Alexandre y Peroran González , no seria del
todo gratuito el suponer, de acuerdo con la historia de las formas
poéticas, que se halla el expresado poema más cercano á los pri-
meros monumentos escritos de la literatura castellana. Ni parece-
ría aventurado el obtener la misma deducción del examen de la
rima: dispuesta á la manera de Berceo, y sometida á las leyes de
la quaderna vía , ofrece con tal frecuencia el uso de las asonan-
cias, que á juzgar por este solo hecho, seria necesario concluir
que aun excede en antigüedad á las mismas producciones del can-
tor de los Santos, — Considerando no obstante la condición social
del autor del Poema de Yusuf, que á pesar de su manifiesto em-
peño de imitación, debia naturalmente alejarle de los circuios de
la clerezia, donde era cultivada la poesía heróico-erudita, lícito
nos parece reconocer que todos estos caracteres de antigüedad
deben reducirse á la época ya designada , sin que sea posible lle-
var tampoco este monumento un siglo adelante, como se ha pre-
tendido por alguno de los que hasta ahora lo han mencionado *.
1 Aludimos á los eruditos Calderón y Ticknor anteriormente citados: el
primero sobre todo dice estas notables palabras: «Según los sones de esta com-
posición y los términos y giros empleados en ella, recuerda la época y ma-
nera del Rabí don Santos» {Discurso inaugural, cit. arr.). Siguiendo el len-
guaje poético de la edad media, que debe ser muy respetado por la crítica,
la palabra son significa la música, á que se ajustaba una composición cual-
quiera en el canto; porque la música, según la define el Rey Sabio, «es el
arle de cantar et de facer sones» {La Grande et General Estoria, I.* Parto,
lib. I, cap. 16); de donde se dijo asonar, esto es, componer la música pro-
pia de una poesía; y como no sepamos que el Poema de Yusuf haya, llegado
á nosotros asonado, no podemos entender lo que el docto señor Calderón
quiso decir, en el sentido histórico, con la palabra sones. Si se referia al me-
3S2 nisTORiA crítica de la literatura española.
Mas si al delermiiiar la edad, á que el libro de }«.v»/' correspon-
de, creemos necesario tener presente la situación especial del poeta,
no olvidemos que dominado este del espíritu de la nacionalidad
castellana, presta el color de las costumbres- de nuestros abuelos
i\ los personajes bíblicos que figuran en su obra, haciéndoles hablar
de la misma suerte que aquellos lo acostumbraban. — Así, mien-
tras en la carta de venta de Joseph, en los cuadros y pinturas con
que Zalija exorna su libidinoso palacio, en las palabras del rey de
Egipto , que tiene al cautivo hebreo por digno de « mandar un
condado » , en el proyecto bélico de Judá, y en otros diferentes
rasgos *, vemos palpable la influencia de nuestra antigua cultura
tro y á la rima de Rabbí don-Sem-Tob , debemos observar que no hay
punto alg'uno de contacto, pues esto Rabbí escribió sus poemas en coplas de
siete, ocho y doce sílabas (si se le adjudican la Doclrina Cristiana y la Danza
de ¡a muerte), y sus rimas aparecen cruzadas de varios modos, lo cual no
sucede en los exámetros, octonarios y pentámetros del libro de Yusuf, donde
camina sólo de cuatro en cuatro versos. En orden á los términos, es decir, á la
dicción yá los giros, véase la nota de la pág. 371. Ticknor, que tuvo
acaso presente el Discurso 'del señor Calderón, se veia obligado a confesar,
que «si el poema hubiera sido escrito en el centro de la Península, lo rudo é
inculto del lenguaje serian prueba de más remota antigüedad» que la que sin
razón le señala. Sus traductores castellanos, llevados de no probadas conjetu-
ras respecto del lenguaje del Poema de Yusuf, se apartaron tanto de lo asentado
por Ticknor, que trajeron aquel monumento á la mitad del siglo XVI (to-
mo IV, pág. 417 y sigs.); pero de esta opinión nos hacemos cargo mas ade-
lante, al tratar de otros poemas aljamiados (mudejares), bastándonos por.
ahora añadir que las supuestas razones de lenguaje, insuficientes y contra-
rias para la prueba, no son las únicas en este linaje de cuestiones, como cre-
yeron tal vez los traductores referidos.
i Ninguno de los indicados existe en el Koraní: respecto de las pinturas
del palacio, debe tenerse muy presente el género de ornamentación empleado
en este tiempo por el arle cristiano, así en los templos como en los alcázares
de los magnates y los reyes; y con este conocimiento de la historia del arte,
se verá que el poeta se refiere á una época en que imperaban todavía en el
gusto los ricos ornamentos de la arquitectura románica, que sigue al desar-
rollo alcanzado en el Occidente por la bizantina, sirviéndole ya la pintura de
au.viliar poderoso. Esto nos llevaría nalurahnentc á deducir que el estilo ojival,
no se había desarrollado todavía por completo cuando el Poema se escribe, y
que por tanto podría este colocarse á principios del siglo Xill, pues que
el primer desarrollo de la arquitectura íy7i/fl/ aparece ya operado en España
II, PARTE, CAP. VII. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 383
sobre la raza sometida, llama nuestra atención el escuchar á lo:?
hijos de Jacob jurar «á fé de caballeros» , deseando estar «fuera
del reino de León » al ser acusados por el que contemplaban como
rey de Egipto '. Injustos seriamos si desconociéramos no obs-
tante en la venerable figura de Jacob , movida siempre por dolo-
rosos afectos, los primitivos rasgos con que la tradición bíblica lo
presenta á nuestras miradas , brillando en él constantemente el
más apasionado amor paternal respecto de Joseph y de Benjamín,
y la mayor tibieza y desconfianza respecto de sus restantes hijos,
á quienes devora el cáncer de la envidia. Y más todavía que en el
de Jacob se conservan en el carácter de su hijo predilecto aquellas
cualidades, que le han conquistado desde el Génesis la simpatía de
al mediar del referido sig'lo. De notar es que esta manera de ornamentación
pictórica se hermana grandemente con el estilo mudejar, á que en la esfera li-
teraria responde el Poema.
i Véanse las coplas 230 y 275: en la primera pregunta Joseph á Benjamin
si le conoce, en estos términos:
Oixole el Rev: | — ConoQesme, escudero?...
Et él le tlixo;— Non, | a fé de caballero.
La circunstancia notada en el texto respecto del reino de León no debe pasarse
por alto: Judáh, después de ser vencido por Joseph y por el hijo de este, con-
forme vá notado, dice á sus hermanos (copla 2^8):
Querría que fucssemos fuera | del Reino de Leou,
¿Qué significa pues esta especie en el Poe7«a (/e I'msíí/'.'*... Ni Joseph ni sus
hermanos tienen relación alguna con la historia de este antiguo reino ; y lo
que únicamente podria conjeturarse, teniendo presente que los mudejares vi-
vian al ñn (así en León como en Castilla) bajo yugo extraño, es que este modo
de hablar optativo se referia á sus deseos de recobrar la libertad en otro terri-
torio. A esta observación se añade la mención del condado, dando este título
por excelencia al reino de Egipto (copla 173); y como la denominación de
gOndado en la forma expresada y con relación al reino de León, sólo conviene
á Castilla, no parecerá forzado el deducir que siendo al poeta familiar la his-
toria de estas comarcas, en ellas hubo de vivir y escribir su libro. Unidas
pues estas indicaciones á las ya expuestas en el texto y notas anteriores, toma
nueva fuerza la opinión que indicamos, pudiendo acaso llevarnos en orden d
la época en que fué compuesto el Poema en cuestión, hasta la en que existían
divididas las coronas, que unió para siempre doña Berenguela en las sienes d(}
Fernando IIL Mas si los fundamentos históricos que alegamos nos conducen
á tan remota antigüedad, el deseo de no pasar por exagerados nos mueve á
no sacar tan peregrino monumento de la edad, en que le dejamos colocado.
38t HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
todos los pueblos y de todos los siglos : obligado el falso profeta ¿i
respetar el tipo creado por Moisés para deducir la doctrina que
pretendia dar á sus sectarios ' , puede asegurarse que esta bellí-
sima concepción pasó por el Koram sin mancha ni losion alguna,
llegando al poeta mudejar del siglo XIII con toda pureza. Aun
cuando su ingenio poético le lleve á colocar á Joseph en nuevas
situaciones; aun cuando aumente la dureza de sus hermanos y la
amargura de su esclavitud, y sean mayores las artes de Zalija para
vencerle, el autor del Poema de Yimif lo pinta siempre cual mo-
delo de piedad, amor y mansedumbre, llorando sobre la ingratitud
y maldad do sus hermanos, y derramando generoso perdón sobre
cuantos le injurian y maltratan.
Era este resultado hijo más bien del respeto que el nombre de
Joseph infundía que del espíritu erudito que impulsaba al poeta
mudejar, así como á los escritores cristianos, á modificar las pro-
ducciones de las antiguas literaturas, imprimiéndoles el sello de
las creencias y de las costumbres populares. Confirmación de esta
verdad es en el Poema de Yusuf, demás de las circunstancias ya
notadas, el carácter de Zalija: la incontinente esposa de Putifar
aparece animada en la narración del Génesis con verdadero colo-
rido homérico; la hermosura de Joseph despierta en su pecho carnal
apetito, y sólo se cura de satisfacerlo, disponiendo de su esclavo
como tal señora: la Zuleikha del Koram, empleando la cautelado
cerrar todas las puertas para lograr su intento , y congregando
después todas las mujeres de la ciudad para disculpar con la ajena
su flaqueza, mostraba ya que aquel tipo bíblico se habia refundido
en la turquesa de la mujer musulmana, centro de liviandades y
artificios : la Zalija del Poema de Yusuf forma por último el ideal
de la mujer y aun de la esposa árabe, tal como la hallamos bos-
quejada por los historiadores y los poetas de la edad media , tal
como tendremos en breve ocasión de considerarla, al estudiar la
introducción del apólogo oriental en las literaturas europeas. L&s-
civa, astuta, cautelosa, osada, ningún medio perdona para lograr
1 Mahoma introdujo la historia de Joseph en el Koram, para salisracer y
persuadir á los koreichilas, rjue con el ánimo do suscitarle obstáculos, le pi-
dieron la interpretación de ella.
n. PARTE, CAP. Vil. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 383
el fin de sus deseos, procurando corromper primero con el atrac-
tivo del vicio el corazón á cuya posesión aspira, para que sea más
fácil y segura su victoria. El tipo primitivo de este carácter se
halla visiblemente alterado, conforme á la idea que el pueblo ma-
hometano tenia formada de la mujer, pareciéndonos licito apuntar
aquí, para empezar á combatir una preocupación harto vulgar
entre nuestros eruditos, cuánto se apartaba de la idea de la mujer
entre los cristianos.
Fijemos si no la vista en la mujer histórica del siglo XIII , que
es por cierto la mujer del Poema de F erran González; y mien-
tras vemos á la Zalija del poeta mudejar exornando de impúdicas
representaciones los muros del palacio, teatro de su adúltero
amor, para manchar el alma pura de Joseph , contemplaremos á
doña Sancha de Navarra, que cediendo á un impulso noble y ge-
neroso, penetra en la prisión del hombre que padece por ella, y al
darle libertad con peligro de su vida, sólo exige de él, en nombre
de la Virgen Maria, que respete su honra. La palabra del Conde
de Castilla, empeñada al invocar el patrocinio de la Madre de Dios,
es para la infanta de Navarra prenda segura de la no desmentida
lealtad del caballero; y aquella mujer, nacida en los palacios rea-
les y mecida en dorada cuna, mirándole desde este instante como
legítimo esposo, no vacila en confiarle de lleno la guarda de su
honor, llevando la honesta sumisión que hemos reconocido ya
en las bellas figuras de Jiraena y de sus hijas, al punto de con-
ducir sobre sus débiles hombros al mismo conde de Castilla, para
libertarle de la saña del rey, su hermano. Ninguna semejanza
descubrimos pues entre la mujer libidinosa de la literatura arábi-
ga, imitada en esta parte por el poeta mudejar, y la mujer caste-
llana del siglo XIII, para quien las ideas del honor y del respeto
debido al esposo, hallaban en las creencias rehgiosas consagración
y escudo.
El Poema de Yusuf, considerado bajo este interesante aspecto,
viene á significar en la esfera de la poesía erudita la desemejanza
que existia en el fondo entre la arábigo-oriental y la castellana, des-
mintiendo desde luego la infundada opinión que deriva la galan-
tería española de la cultura sarracena, y preludiando el género de
influencia que podia ejercer esta en nuestra literatura, llegado el
TOMO III, 25
386 msTOiiiA ciUrir.A de la i.itI'P.ah'ua i:?PAf!oLA.
momento de acercársele. Descubriendo el estado intelectual de los
vasallos mudejares de Castilla, que lenian olvidada la lengua do
sus padres, circunstancia que so cumplia ya ig-ualmente con el
común de la raza hebrea, completa asimismo la breve poro impor-
liüUe galcria de los monumentos poéticos que de la segunda época
del arte vulgar escrito se han trasmitido ó. nuestros dias \ siendo
también su estudio del mayor provecho para reconocer el nuevo
matiz que prestaba al itlionia aquel linaje de pobladores. Las obras
do Bcrceo, el libro de Ápollonio y el Poema de Alexandre, escri-
tos en la Rioja, Aragón y el antiguo reino leonés, nos han ense-
ñado ;l estimar las diversas modificaciones (¡ue el romance castella-
no experimentaba en dichas comarcas , poniéndonos en claro las
distintas inlluencias que en cada una recibia con mayor ó menor
fuerza -: el Poema de Ferran González, compuesto en el centro
de Castilla la Vieja, nos revela, á pesar de la notable corrupción
con que se ha conservado, el carácter peculiar de la lengua pro-
piamente castellana, ajena en gran parte í5l esos extraños elemen-
1 Demás de eslos poemas debieron escribirse otros muchos, así heróico-
religiosos como heróico-eruditos, que por desgracia no han llegado á nuestros
dias. Mencionando el rey don Sancho IV en el Libro de los castigos tt docu-
mentos que escribió para su hijo Fernando IV, la catástrofe del infante don
Garcia, asesinado por el conde don Vela, dccia por cgemplo después de nar-
rar este alentado: «Assi es como el Arzobispo [don Rodrigo] et don Lúeas de
)>Tuy lo cuentan; pero la Estoria del romance del Infante don Garcia dice esto
))en otra manera» (cap. XLIVJ. En nuestro sentir alude el rey claramente
á un poema histórico, y escrito en consecuencia antes del último tercio de
aquel siglo. Dos más adelanto el citado fray Gonzalo Arredondo y Alvara-
do, después <le elogiar el Poema de Ferran González, dice: «E no solo esta
nmanera de escrevir se usaba en aquellos tiempos en las coránicas, mas aun
»en las vidas é historias de los santos, como paresce de San Millan é de
nSanto Toribio, y de otros» {Chrónica de Fernán González, cop. 81. — Biblio-
teca Escurialens.^, Y. iij — 2). Aunque sin la seguridad que deseáramos, te-
nemos noticia de que en el siglo Xlll se escribió también un poema rela-
tivo á la historia del Cid por un Juan do Grlal, siguiendo las prescripciones
de la escuela erudita. Mucho hemos trabajado por hallar este monumento, pe-
ro en vano. Su aparición, así como la de la Estoria del Infante don García,
seria de grande ofoclo, para proseguir el estudio, iniciado con el Poema de
Ferran González.
2 Véase el capítulo anterior, pág. 330, etc.
II. PARTE, CAP. Vlí. PRIM. MON. ERUD. DE LA POES. CAST. 387
tos que infunden cierta fisonomia á los citados poemas, lo cual no
puede menos de darle alta significación é importancia en el aprecio
de la crítica : el Poema de Yusuf, hijo en su fondo de la tradición
bíblico-mahometana, y fruto natural en sus formas de la influen-
cia ejercida por el pueblo cristiano sobre las razas sometidas á su
imperio, nos advierte por último hasta qué punto y bajo qué con-
diciones llegaron los mudejares á cultivar durante el siglo XIII el
habla española, siendo digno de tenerse en cuenta el escaso nú-
mero de voces originariamente arábigas que en el referido monu-
mento encontramos.
En medio de estos diferentes matices, que responden exacta-
mente á la situación peculiar de los dominios cristianos, es de
observar con el mayor cuidado la unidad artística que en los men-
cionados poemas existe, como que todos son debidos á un mismo
desarrollo social y movimiento literario , obedeciendo por tanto á
una misma ley. Y esta circunstancia, relativa muy principalmente
á ios medios expositivos , si establece en las diversas regiones un
mismo dialecto poético, generalizando y consagrando copioso nú-
mero de frases y palabras, que se trasmiten á los futuros siglos
como patrimonio exclusivo de las musas, forma también aun fuera
de los poemas en que la imitación es visible, cierta manera de tra-
dición respecto de los rasgos y pinceladas que más los avaloran,
constituyendo al cabo, si no entera semejanza en los héroes, al
menos notable analogía en los accidentes que los caracterizan.
Oportuno juzgamos el traer aquí algunos egemplos , bien que con
la sobriedad que exigQ la naturaleza misma de nuestros trabajos.
Al examinar el libro de Apollonio apuntamos ya la relación que
habia entre el juramento del Cid, que deja crecer su barba hasta
vengar la afrenta de sus hijas, y el juramento del rey de Tiro,
que se determina á lo mismo
Fasta que á su fija | ouiese bien casada.
Ruy Diaz, concedido el campo á sus guerreros, y teniendo por
segura la victoria sobre los Infantes de Carrion,
Allí se tollió el capiello | el Cid Campeador,
3505 La cofia de ranzal 1 que blanca era como el sol;
Et soltaba la barba I et sacóla del cordón:
aSis HISTORIA r.iUTir.A iiK LA i.ukuatuiia española.
Nons' farlaii do catarle | quuHtus ha on la cort.
Rescatada ya por .\poloiiio y casada ?u liija,
375 Quiso entrar en Tiro | con su barba trenzada;
Metióse en las naves | su barba adobada,
Non podríe la riqueza | orne asmar por nada.
La tradición popular habia hecho al Cid invencible, aun des-
pués de la muerte: recordando esta circunstancia, pone Juan Lo-
renzo en boca de Alejandro, después de atribuirle otras virtudes
propias del héroe castellano, las siguientes palabras dirigidas á
los griegos:
So3 Subrel cal)alIo sol j que me podies'' tener
Et ante mis uasallos | en el campo seer,
Auríense los de Persia | sen grado á vencer,
Et faríedes los míos [ lo que soledes facer.
Al entrar en batalla, esfuerza el conquistador de Valencia una
Y ulra vez el ánimo de sus soldados, exclamando:
728 Ferillos, cauallero?:, | por amor de caridat:
Yo só Ruy Diaz, el Cid | Campeador, du Bibar.
Fernán González alienta á sus guerreros, diciéndoles:
532 . . . Yo só el Conde: I esforcad, castellanos!...
Feritles bien de recio, j mis amigos et hermanos *.
1 No solamente en estos notables rasgos descubrimos la tradición artís-
tica, recibida por los poetas eruditos de la primera mitad del siglo XIII: la
hallamos igualmente en los medios internos y en los elementos que consti-
tuyen la verdadera máquina de la poesía cristiana. En la Crónica ó Leyenda
de las Mocedades de Rodrigo tuvimos ocasión de observar que dormido este,
se le aparece San Lázaro, ya en forma gloriosa, para anunciarle que seria
invencible, siempre que se sintiera acometido de cierta calentura: eo el Poe-
ma le despierta el ángel Gabriel para hacerle igual predicción, que le alienta
en todas sus empresas. Inútil es recordar las visiones de los personajes de
Berceo, pues que esta suerte de comunicación entre el mundo real y el mundo
invisible constituye el principal aparato de su musa. En el libro de Apollonio,
cuando este ha recobrado ya su bija y sólo amarga su ventura el recuerdo
triste de la pérdida de su esposa,
5"' Vínol una tuíoii I de un orne lilaiiquendo;
Ángel podrie seyer I se^ut que era aguisado,
para mostrarle el camino que debia seguir, á fin de alcanzar felicidad cum-
plida, hallando viva á Luciana: en el Poema de Alejandre, dueño ya de casi
II. PARTE, CAT». VII. I'RIM. MON. EKUD. DE LA POES. CASI. 389
Esta filiacioíi artística, que partiendo de los primeros monu-
iiieíTtos escritos, vinculaba entre los doctos el respeto debido á
las abras, que iban formando el caudal poético de nuestra litera-
tura, aparece establecida de la misma suerte respecto del estilo,
y más principalmente de los símiles y comparaciones, con que
procura cada autor animarla. Pero si vivas, enérgicas y natura-
les son á menudo las comparaciones tradicionales, que en los mo-
numentos de la poesía beróico-erudita encontramos, no menos
abundantes son las triviales, bajas, groseras' y ridiculamente bi-
perbúlicas que los salpican, no pareciendo sino que tiene en esta
parte mayor fuerza la imitación, ó que ejercen de cada dia mayor
influjo las causas de este raro fenómeno, reconocidas ya por no-
sotros al estudiar en Berceo la situación especial de los poetas
eruditos. ^
toda el Asia, penetra en Judea, y al ver al gran sacerdote, recuerda á sus ca-
pitanes la aparición ó sueño que tuvo al emprender la conquista, diciéndolcs:
1104 P.nróseme delaiitre | un orne revestiilo:
En quo orne le llamo, | (¡engome por fiílliJo,
Tiengo que era ángel I del rielo defendido.
Este le vaticina triunfos sin cuento, con las siguientes palabras:
1103 Avrás todos los regnns | del mundo íi ganar;
Nunca fallaras orne I quet' pueda contrastar.
Y ya hemos visto cómo en el Poema de Ferrari González se aparece al hé-
roe el monje Pelayo, para anunciarle que Dios le bübia otorgado la victoria
sobre sus enemigos. — Pelayo venia «vestido de pannos como el sol», para
que hubiese mayor analogía. Así pues encontramos que cualquiera que sea
el asunto adoptado por los poetas eruditos, los medios que el arte vá elabo-
rando, son siempre los mismos.
1 Véase en el cap. V de esta II.'' Parle la nota 2 de la pág. 251, res-
pecto de Berceo: como egemplo de los demás poemas, recordaremos que en
el libro de Apollonio, hablando de Luciana, ya vuelta del parasismo, se dice
on la copla 314 que
Metió una voz Haca | cansada, como galo.
Y ya repuesta, e.xclama recordando á Apolonio:
Creyó que non me precia ] quanto á su zapato.
En el de Alexandre, demás de los aducidos ya por Sánchez (prólogo, pági-
nas 32 y 33), se encuentra crecido número de comparaciones de esta especie:
entre otras:
Esto, dixo el rey, | non vdl una arveia.
390 HrSTORIA CRfTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Bajo lotlos aspectos se reconoce pues en estas obras, que cons-
tituyen la segunda época de la poesía vulgar, consignada por me-
dio de la escritura, el no dudoso espíritu de escuela que la aparta
de la popular, confiada exclusivamente á los "cantores que busca-
ban en las plazas y mercados el aplauso de la muchedumbre.
Partiendo del principio de erudición, esto es, teniendo por fuente
SeJien corno vrrricos | qae estañan porRosns.
Non vüliron sus armas | qnanto tres cannareras.
En el de Ferran González no escasean por cierto los eg'cmplos, tales como:
si yo daqui non s»lgo, | nunqua 'valdré un figo.
Kon Tale tres arveias | todo tu poderío.
Maguer que muchos son | non valen tres nrveiss.
Y lo mismo en el de Yusttf, debiendo advertirse que la comparación de las
arbeias se hace muy familiar en todos. Así dijo el poeta mudejar, hablando
de los hermanos de Joseph:
Yo por tales sennores | non daría una arrelba.
Respecto de las cornparaciones de otro género, sólo nos bastará observar
que desde los Poemas del Cid hasta el de Ferran González son comunes los
símiles con que se pintan los guerreros, ya presentándolos como león fam-
briento, ya como león irado, ora como sierpe rabiosa, ora como sierpe fiera,
abundando las maneras de decir análogas ó semejantes, así como: quebrar ó
apuntarlos albores, — sonrisar de la boca, — quebrar ó batir el corazón, — fa-
blar, ver ó catar á oio velido, ele. — Mas para que no quede duda de ningún
género respecto de esta filiación poética, recordaremos aquí un rasgo carac-
terístico de las descripciones de batallas. — En la Crónica ó Leyenda de las
Mocedades de Rodrigo se pinta el efecto del choque de dos ejércitos, diciendo
que se veian: ,
Ver. 809. Atanto cauallo sin duenno por el campo andar.
En el Poema de Mió Cid:
Ver. T3S. Tantos buenos canallos sin sos dueños andar.
En el de Alexandre:
Cop. 1199. Andaua mucho cauallo connas riendas colgadas.
En el de Ferran González:
Cop. ólO. Satia mucho cauallo vacío sin su siclla.
¿Podrá negarse la tradición arlíslico-literaria, que apoyándose en las cos-
tumbres, aparece tal como la dejamos establecida?..
II. PAUTE. CAP. VI!. PP.IM. MON. EUUD. DE LA PUES. CAST. 30!
jtrincipal de sus inspiraciones las obras compuestas en otros si-
glos, ó producidas por extrañas literaturas, emplea constante-
miente los mismos elementos artísticos; y manifestándose al par
en todas las comarcas, donde impera el romance que apellidamos
castellano, revela con toda exactitud é ingenuidad los esfuerzos
hechos por los doctos para perfeccionarla, y pone de relieve la
varia fisonomía de aquella misma lengua, no sólo en la conside-
rable extensión del territorio cristiano, donde era originariamente
hablada, sino también con relación á la raza musulmana, que
reconocía en nuestras antiguas ciudades el dominio de León y de
Castilla.
Pero al paso que ofrece bajo estas interesantes relaciones larga
materia de estudio, no es menos digna de maduro examen bajo
el aspecto de las costumbres: la vida real y activa del pueblo cas-
tellano, sus creencias religiosas, sus más íntimos sentimientos,
todo se halla revelado en esos poemas, ya de un modo indirecto
como en los de Apollonio, Alexandre y Yusuf, ya directamente
como en el de F erran González, ahogando toda otra idea reli-
giosa que no sea cristiana, y avasallando toda otra nacíonahdad
que no sea la española *. Ley tan poderosa y que así domina en
las esferas de la poesía heróico-erudita debia, según antes de
ahora dejamos asentado, regir constantemente las producciones
de nuestra literatura, cualquiera que fuese el elemento que vi-
niera á modificarla; siendo por otra parte el título más valedero
que podían presentar á la estimación de sus contemporáneos los
poetas de la edad, que vamos examinando. Así que, obede-
ciendo al impulso que desde fines del siglo XII recibe la civi-
lización cristiana, cuyo desenvolvimiento en lo político y en lo
intelectual toma notabilísimas creces durante los reinados de
Alfonso YIII y Fernando III, trazaba la poesía cultivada por
Berceo y sus imitadores la única senda que era dado recorrer a!
arte vulgar, desde el momento en que separándose de sus primi-
tivas fuentes, aspiró á sustentar las galas y preseas conquistadas
por las ciencias en medio de la oscuridad de que empezaba á salir
el mundo de Occidente. Cercano estaba el dia en que la poesía y
1 Véase el cap. I del presente volumen, pág. 8 y sig-ulentes.
392 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
literatura española, extendiendo sus miradas á otras r^iones,
recabase para si nuevos y muy preciados tesoros; pero antes de
que entremos en este agradable, aunque difícil estudio, será bien
que nos detengamos por breves instantes <1 considerar lo que era
la historia en la primera mitad del siglo XIII *.
í AI terminar este capítulo cúmplenos consignar que nos hemos servido
directamente de los códices originales, así del Poema de Ferran González
como del de Yusvf, los cuales se custodian, el primero en la Biblioteca Es-
curialense, b. IlII, 21 (fól. 136), y el segundo en la Biblioteca Nacional,
G, g. 101. — El Poema de Yusufha sido últimamente impreso por el diligente
historiador Ticknor, en el tomo III de su Ilistonj of Spanish Literature,
Apénd. II, pág. 39o de la edición de Londres; pero son tan frecuentes los
descuidos que hemos notado, al compararlo con el original, que no sin ra-
zón nos atenemos á este, deseando que se dé á la estampa de nuevo con
mayor esmero. De ambos -poemas ofrecemos oportuno facsímile.
CAPITULO VIH.
PRIMEROS HISTORIADORES Y PROSISTAS VULGARES.
Aparición de la prosa castellana. — Los fueros. — No son monumentos lite-
rarios.— La poesía popular: su influencia en la historia: testimonios de
su existencia en la primera mitad del siglo XIIL — Primera manifesta-
ción de la historia en la lengua vulgar. — Los anales. — Carácter de los
mismos: en el fondo: en la forma. — Anales toledanos: de Aragón y Na-
varra: de los Reyes Godos. — Relaciones y genealogías. — Progreso nota-
ble del romance castellano. — Influencia de los estudios latinos en el
desarrollo de la historia vulgar. — Don Lúeas de Tuy: sus crónicas. — El
arzobispo don Rodrigo: sus historias. — Notable influjo de la Gothica en
los estudios históricos: su examen. — Redacción castellana de la misma.
— Pruebas de su autenticidad. — Su estilo y lenguaje. — Elementos popu-
lares que la caracterizan. — Imitaciones y traducciones de la Historia
Gothica.— Ld. .Chrónica de los Reys d'Espanna. — Versión completa de
las obras históricas de don Rodrigo. — Traducción castellana del Fuero
Juzgo. — El libro de Los Doce Sabios y las Flores de PliUosopliia. — Juicio de
estos tratados. — Carácter de los mismos. — Estado de la prosa castellana
al mediar del siglo XIII. — Resumen.
iiermanada con la poesía popular hasta el momento en que
llega esta á ser escrita, se ha mostrado á nuestros ojos la historia,
aspirando á consignar los memorables triunfos y conflictos de la
reconquista en la lengua de los doctos, únicos que hasta los pri-
meros dias del siglo XIII habian gozado el privilegio de cultivarla.
Reflejando el notable desarrollo que logran los estudios latino-
eclesiásticos en la segunda mitad de la anterior centuria, nos han
39» HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
enseñadü al propio tiempo los monumentos históricos de aquella
ciad, que mientras ganaba la poesía del vulj^o progresivo ascen-
diente en el ánimo de los semidoctos, se circunscribia y estre-
chaba el campo de los latinistas, dificultíindoso extraordinaria-
mente la posesión de aquella lengua y literatura á medida que
sus escasos cultivadores ostentaban mayor afán para restituirlas,
ya que no á, la majestad de los antiguos tiempos, al siglo de oro
de nuestro episcopado. La Historia Composlelana y la Chrónica
de Alfonso VII, distantes en gran manera de los primitivos cro-
nicones, dejaban abierto el camino, tomado por los eruditos en
este linaje de tareas, que, apartándolos cada vez más de la mu-
chedumbre, debian por último producir en el terreno de la histo-
ria el mismo divorcio realizado ya en el de la poesía. Así, en
tanto que con mayor ó menor fortuna procuraban los escritores
latino-eclesiásticos segundar aquellos meritorios esfuerzos, mos-
trando por todas partes el anhelo de trasmitir á la posteridad los
memorables sucesos que ó recogían de la tradición viva ó fijaban
por vez primera, como testigos presenciales \ llegaba para otros
muchos el momento en que no siendo tan «letrados que pudieran
escribir en lengua latina», se veian forzados á consignar los he-
chos, de que adquirirían conocimiento por uno ú otro sendero, en
el romance del vulgo.
{ Muchos son los cronicones latinos que pudiéramos citar aquí, escritos
en los primeros años del siglo XIII, además de los mencionados en el capí-
tulo XIII de la I.^ Parle. Recogidos en las curiosas colecciones de Abolla y de
Velazquez, que posee la Real Academia de la Historia, sólo nos cumple ad-
vertir que su forma literaria es la misma que ofrecen los castellanos por este
mismo tiempo. Debe al par' notarse que abundan desde fines del siglo anterior
los documentos, en que al celebrar un contrato, hacer una donación ú otor-
gar un fuero, se hace mención de los hechos acaecidos en el mismo año con
una puntualidad admirable, siendo en consecuencia esta clase de documen-
tos dignos del mayor estudio, como fuentes históricas. Su examen nos lleva
á comprender el anhelo que mostraron nuestros antepasados por consignar
los hechos memorables, aun no poseyendo generalmente una forma adecuada;
y este convencimiento ha movido sin duda á la expresada Real Academia á
disponer la publicación ordenaila de los cronicones latinos y castellanos,
ilustrándolos con las advertencias y noticias quede los indicados documentos
se deducen.
II.* PARTE, CAP. VIH. PRIM. HIST. Y PROS. VüLG. 395
Difícil es por cierto el determinar de una manera satisfactoria
el instante en que este acontecimiento literario se verifica. Escrita
la prosa castellana desde los tiempos de Alfonso YII, según com-
prueba la confirmación del Fuero de Aviles, otorgada por este
monarca íl mediados del siglo XII ', fueron sin embargo muy
contados los monumentos que hasta los primeros dias del siguiente
ofrece, limitándose á un corto número todos los que se han reco-
nocido como auténticos. Fruto en su mayor parte del último ter-
cio del expresado siglo, manifiestan por lo peregrinos y por la
rudeza con que en ellos aparece el romance castellano, que no
hablan sido escritos con el deliberado propósito de cultivar la
lengua patria, ni menos con intento alguno hterario, dejando á la
poesía la meritoria tarea de preparar el idioma para aquella nue-
va Era de cultura ^. Recibiendo desde el reinado de Alfonso YIII
i Dig'no es de observarse, no obstante, que otorgado el fuero de Oviedo
en 1145, y acordada la confirmación del de Aviles en 11 oo, hay una dife-
rencia notabilísima entre el lenguaje de uno y otro, siendo enteramente igua-
les en la sustancia. En el fuero de Oviedo se lee: «Istos sunt foros quos dedit
))Rex domno Adcffonso ad Oueto, quando populauit ista villa per foro santi
))Facundi et otorgauit istos foros illo imperatore. In primis, pro solare pren-
»dere uno solido ad illo Rex et dúos denarios ad illo sayone», etc. En el de
Avüés, dice; «Istos son los foros que deu el Rex d. Alfonso ad Abiliés,
»quando la poblou per foro sancti Facundi et otorgólo emperador. Em pri-
wmo, per solar pinder, I solido á lo Rey et II denarios á lo salón», etc., etc.
Suponiendo que uno y otro estuvieran escritos en el lenguaje hablado, lo
cual es muy problemático, hay que deducir que hizo el romance colosales
progresos en la decada que entre ambos media, ó que la actual redacción del
fuero de Aviles es posterior á la fecha que lleva. No se olvide, sin embargo,
que fué dado á una población de Asturias, donde el romance aparece con
cierto colorido (Véase la Ilustr. 11.^ de la I.^ Parte).
2 Esta observación es de suma importancia en nuestro estudio: pueden
citarse, bien que no todos con igual seguridad, varias escrituras romanzadas
que parecen haberse otorgado en 1173, 1182, 1193, según asegura Berganza
en las páginas 460, 468 y 492 del tomo II de las Antigüedades de España.
El erudito Risco dio á luz en el tomo XXXVI de la. Espa?2a Sagrada, la «Con-
cordia de Cabreros», acordada en 1026 (Era 1244), y el entendido don Tomás
Antonio Sánchez cita en un papel Ms. el fuero de Molina, como dado en 11 57.
Prescindiendo de que el fuero de Molina hubo de ser romanzado . varias ve-
ces y lo menos un siglo adelante, como lo prueban las dos copias que hemos
examinado en las colecciones de Abella (Academia de la Historia, col. cit,,
39G HISTORIA CRÍTICA DE LA LITEUATUItA ESPA5!üLA.
inusitado impulso el halila que en los poemas de los Reyes Ma-
yos y de Mío Cid Campeador hahia revelado ya el doble carác-
ter de la naciente civilización española, parecía prepararse á. sus-
tituir al latin de la clerezia en el terreno de -la historia; empresa
que no podia en verdad llevarse á cabo sin repetidas y laborio-
sas tentativas.
Ni era tampoco hacedero el (¡ue llegasen estas á sazón , sin el
auxilio poderoso de la poesía, reproduciéndose por vez sej^unda
en nuestro suelo el notable egemplo que ofrece la historia de las
literaturas antiguas y modernas en los primeros dias de su vida.
Operada la trasforinacion de la poesía escrita, de la suerte que
dejamos expuesto, y hecha en consecuencia patrimonio exclusivo
de los discretos, según queda probado, veíase la popular reducida
á su antigua esfera, buscando en las plazas y mercados el aplauso
que le negaban los doctos, y celebrando los héroes que aquellos
desdeñaban, al mismo tiempo que halagaba los instintos de la
multitud é interpretaba activamente sus costumbres. Mas es lo
singular que sólo halla la crítica testimonios fehacientes de lo que
fué la poesía popular y del ministerio que ejerció durante la pri-
mera mitad del siglo XIII, en los monumentos eruditos. En ellos
aprendemos á conocer que lejos de haberse extinguido las tradi-
ciones poéticas, derivadas de la antigüedad y recibidas desde el
siglo YII, no solamente se hablan trasmitido hasta el XII, confor-
me en otro lugar comprobamos, sino que arraigadas profunda-
mente en la sociedad, cobraban vigor nuevo en la primera mitad
del XIII, robustecidas acaso con el egemplo de otras naciones '.
Y ningún documento más claro y luminoso respecto de este
punto que los poemas, ya en los capítulos precedentes exami-
nados, bastando los libros de Apollonin y de Alexandre para
darnos á conocer del modo cómo la poesía popular continuaba
tomo XIII) y del Padre Burriel (Bibl. Nac, DD. dOO), debe tenerse presente
que ninguno de los referidos documentos fué escrito con el propósito de cul-
tivar la prosa, y que por consecuencia no tienen interés literario. Demuestran
sólo que existia el romance; poro esto lo tenemos probado desde tiempos muy
anteriores con irrecusables testimonios (I.* Parte, cap. XIII é Ilttstr. II.").
1 I." Parte, caps. X y XIV. Adelante tocaremos con mayor extensión
este interesante asunto.
II.' PARTE, CAP. VIH, PRIM. IIIST. Y PROS. VULG. 397
solemnizando todos los sucesos de la vida, al mismo tiempo
que trasmitía á otras edades la memoria de ilustres hechos.
Celebrado hemos visto en las crónicas latinas por los juglares de
péñola y de boca las bodas de los reyes y magnates castellanos,
sus triunfos militares, sus entradas victoriosas en las ciudades y
castillos libertados del poder de los sarracenos, y Analmente su
magnanimidad y largueza para con sus vasallos y para con los
mismos cantores que entonaban sus alabanzas *. Pues no de otra
manera que los antiguos cronistas, nos pinta el clérigo de Astor-
ga las bodas de Tétis y Peleo, ó las de Alejandro y Rasena, ya
manifestando que habia en las primeras un pueblo entero de
wgraresas, siendo innumerables los lograres que de todo el mun-
do habian acudido, ya ponderando en las segundas los dones y
regalos que aquellos recibían y las diversas clases de oficios de
los mismos -: no de otra suerte nos muestra que fueron ensalza-
das la proezas del héroe macedonio,
1806 Metidas en canciones | las sus cauallerias,
Onde serán cantadas | fasta que venga Helias ^;
ni con menor solemnidad nos describe la entrada triunfal de Ale-
jandro en Babilonia , recordándonos la ovación alcanzada por Al-
fonso Yin al volver á la imperial Toledo , aniquilado el poder do
los almohades en las Navas de Tolosa ■*. Á estos cuadros que to-
1 1.=' Parte, cap. XIV, \}ág. 228 y sigs.
2 Eran grandes et iniichns | las donas et los dones;
Non qnerien los ¡ogiares | cendal nen ciclatones;
Pastos auie y muchos ) que fasien buenos sones;
Otros que meneaban | simios et xafarrones.
(Cop. 1798).
.3 Poema de Alexandre, copla 1806.
4 En la Historia Gothica, de que hablaremos después, dice el arzobispo
don Rodrigo: «Nos vero cum nobili rege Aldephonso ad urbem pervenimus
))Toletanam; iblque cuín ponlificibus et clero et universo populo proces-
«sionaliter est receptus, niuitis Deum laudantibus et In musicis instrumentis
wacclamanlibus, quod eis regem suum reddiderat sanum et incolumem el co-
nrona victoriae coronatum» (lib. VIH, cap. 12). En la Crónica de Once reyes,
escrita á fines de este siglo ó a principios del siguiente, se observa que arzo-
bispo y rey «fueron bien rescebidos de xristianos et de moros et de jodios que
salieron fuera de la villa con ioglares et con strumentos» (cap. CCCIII, fó-
308 HISTOUIA CRITICA DE LA LITERATUUA ESPAÑOLA.
maba la poesía lieróico-cruilila do las cüstumbres populares, se
juntaban otros no menos interesantes de la vida de aquellos can-
tores que para «ganar averes» recorrían las plazas públicas, He-
lando al cabo con la soltura de sus costumbres á atraer sobre sí
la indignación de las leyes. Ningún egemplo más vivo é inequívoco
de esta manera de oQcio y manifestación de la poesía popular, que
'el ofrecido por el libro de Apollonin en la bellísima figura de Tar-
siana: afiuoUa desgraciada princesa, á quien hace el poeta declarar
que ((uo era juglaresa de las de buen mercado)) *, no solamente
presentaba el tipo de la perfecta juglaresa, pulsando apacible y
dulcemente «su viola)) , sino que daba á, conocer también que este
linaje decentes se ejercitaban en el cultivo de la poesía, compo-
niendo sus tróveles y cantares *. Y no se nos diga por esto que
lio CCCVm del cód. de la Bibl. Nac). En la copla 1376 del Poema de Ale-
xandre se lee:
Al entrar en la villa | mugieres et varones
Exieron re(el>irlo | con diversas canciones:
Quales eran los cantos, | nen quales et los sones
Nnn lo sabrien decir | páranlas nen sermones.
Y dando luego más colorido á esta ovación, añade (copla 1383):
El plej-to de yoglares ] era fiera nota:
Avie y siiifonia, arba. | giga et rota;
Albogues et salterio^ citóla que mas trota,
Cedra et uiola, | que las coitas embota.
1 Copla 4'JO.
2 Don Tomás Antonio Sánchez, en una Refutación Ms. de la Censura que
hizo don Rafael Floranes de sus Notas á la Carta al Condestable [Colee, depoes.
cast., tomo I), sostiene que los juglares no componían los cantares que en
público entonaban, añadiendo que los yoglares de boca eran los que tocaban
instrumentos de viento, como trompas, clarines, etc., y los ÚQ péñola los que
se ejercitaban en los de pluma, como cítara, bandurria, viola, etc. Aun cuando
nada hubiese que oponer á esta clasificación, rechazada por Floranes, todavía
deberíamos notar que no destruye el hecho reconocido de que los juglares
compusieron primero y escribieron después sus cantaros, sobre todo los que
se referían directamente á las fiestas y demás regocijos del pueblo. Así nos lo
enseña también la historia de la poesía provenzal con los egemplosde Cerca-
mon, Marcabrú, Galceim Faydit y otros, que con pombre áe juglares escri-
bieron notables canciones, y así lo persuade el siguiente pasaje del Libro de
Apollonio, citado en el texto (pág. 259):
428 Tornóles ñ rezar | un romance bien rimado
Uf In su ra/otí misma | por liO aiiia paskdo.
n.'' PARTE, CAP. VIH. PRIM. HIST. Y PROS. VÜLG. 399
no había diferencia alguna entre semejantes poetas y los que se
preciaban de entendidos; porque sobre separarlos enteramente las
aspiraciones que unos y otros abrigaban , sobre determinar la di-
versidad de los asuntos por ellos cantados ó escritos, su diferente
índole y naturaleza, hasta los mismos instrumentos de que se va-
lían eran desemejantes y de precio distinto, conforme nos advierte
el mencionado Juan Lorenzo, cuando al describir los maravillosos-
palacios de la India, dice que había en ellos colgados de un árbol
de oro
1971 Todos los estrumentos | que usan los ioglares;
Otros de mayor precio | que usan escolares *.
De este modo pues, no solamente conflrmaba la poesía heróico-
erudita la existencia de la popular durante la primera mitad del
siglo XIII, señalando indirecta, bien que distintamente, el minis-
terio que ejercía en la vida pública del pueblo español , sino que
indicaba al propio tiempo la influencia que debía alcanzar en la
historia, como consagrada á poner en cánticos las proezas de los
héroes 2. Y en efecto, esas mismas advertencias nos hacen después
á cada paso los cronistas , aun llegado el instante en que reciben
ya los estudios históricos, formulados en romance, extraordinario
desarrollo; esa misma enseñanza nos ministran otros documentos
importantes de tan remota edad, poniéndonos fuera de toda duda
que llamada la poesía á dar lustre á los más solemnes sucesos y
Adviértase que lo que aquí dice el poeta es que cantó Tarsiana sus aventuras
en la lengua vii%ar ó romance, para no caer en el error que hemos combatido
en el cap. VI, pág. 259 y sigs. y en la Ilustración IV." del tomo II. En cuan-
to á la supuesta esterilidad poética de los juglares, no es lícito abrigar dudas,
así como tampoco puede suponerse racionalmente que todos hubieron de ser
poetas.
i Copla 1971.
2 El Poema de Alexandre nos dá más de una vez cumplida, aunque indi-
recta, razón de esta influencia: en la copla 1547 exclama Darío de este modo:
De manos de vil orne | non quiero yo finar:
Rey raató á Darío | dirán eiino cantar.
Y en la copla 2127 oimos decir á Alejandro :
Serán Us nuestras novas | en cantiga metidas.
¿Qué más podría tener y desear un héroe de Castilla?...
400 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATUIIA ESPASOLA.
ceremonias de la vida de los reyes y de los magnates castellanos S
dcbia naturalmente reílejarsc después en la historia de los mag-
nates y los reyes, acariciados por el pueblo, á quien servian en-
tonces de protectores y caudillos.
Lógica era en consecuencia la iniciativa de la poesía popular,
como expresión espontanea del sentimiento artístico de la muche-
dumbre, y depositaria de las tradiciones nacionales en una época
en que podia decirse de la tradición lo que en otro tiempo escri-
bieron de ella dos respetabilísimos autores: «Traditio est?... nihil
quacras amplius. — Traditio est?... ne sis avarus» -. Porque en-
riquecida con todas las galas de una imaginación infantil, rodeada
del universal respeto, tan enérgica y vigorosa como era ingenua
la credulidad que le servia de base, mostrábase la tradición, ate-
sorada por la poesía popular, como el único intérprete de la na-
cionalidad española, y sólo á ella era debida la memoria de las
grandes hazañas de la guerra y de los portentos de la religión,
apenas apuntados ó de todo punto olvidados en las obras de los
doctos.
Mas esta influencia legítima, natural, inevitable en todas las
literaturas nacientes, no podia fecundar la historia hasta el mo-
mento en que aspirase esta á revestirse de una forma verdade-
ramente artística; galardón que no le era dado alcanzar, al re-
velarse por vez primera en las lenguas romances. Ruda, pobre,
inarticulada, atenta sólo á fijar en cláusulas breves, cortadas é
inarmónicas, los hechos que iban acaeciendo, sin ostentar siquiera
el orden de la cronología, ni el fortuito enlace de los sucesos,
tornaba la historia á recogerse en los Santorales, Cartularios y
Necrolofjios de las catedrales y monasterios, siendo debida, aun
en aquella redacción bárbara y grosera, á diferentes manos, y
mezclándose al román paladino de los vulgares el desconcertado
y áspero latin de los que se tenían por discretos. Ni podían tam-
poco ofrecer otro carácter los primeros bajidos de la historia, al
descender de la altura en que la habían puesto los latinistas.
i Véase el cap. X.XIII, úllinio de csla II." Parle , en que Iratamos e.\pro-
feso de la poesía popular hasta mediados del siglo XIV.
2 San Juan Crisóslomo, Homilía IV ; Tliephilato, Epist. ad Tesalicenses.
II.' PARTE, CAP. VIH, PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 40i
para hablar por vez primera el idioma de la muchedumbre, aun-
que de largos años cultivado por la poesía, se ostentase ya este
con cierta flexibilidad y riqueza, pugnando por conquistar el tí-
tulo de lengua literaria. Conveniente nos parece observarlo: ja-
más el lenguaje tosco, desaliñado y seco del primitivo cronista,
que sólo cuida de la noticia descarnada y á menudo incoherente,
podrá asemejarse al lenguaje pintoresco, aunque rudo, del primi-
tivo poeta, ni presentar en modo alguno la viveza y frescura que
prestan á este la imaginación y el entusiasmo.
Tras este primer momento, que sólo ofrece algunas huellas en
las márgenes de los libros latinos y en las fojas que habia tal vez
dejado en blanco el lujo caligráfico de los trasladadores, debia
aparecer la historia un tanto más ordenada y uniforme, bien que
envuelta en la mayor rudeza y sometida interior y exteriormente
á las mismas leyes. Sólo ha cambiado el propósito; y en vez de
apuntar sucintamente y como de pasada los fechos coetáneos, se
atiende ya á someterlos á un sistema cronológico, poniéndolos en
relación más ó menos directa con los acaecidos en otras edades.
Empeño semejante exigia en verdad cierta erudición histórica,
que fundándose esencialmente en el conocimiento de los primiti-
vos cronicones, formulados en lengua latina, ponia estos monu-
mentos bajo el dominio de la clerezía, si bien únicamente se dig-
naran contribuir á su formación los que pasaban por menos
doctos. Sometidos asi los hechos á este pensamiento, hijo de la
doble necesidad de ordenarlos y de conservar su memoria, con
utilidad de los lectores, recibieron la forma de Anales, indicada
desde los primeros apuntamientos hechos en el idioma vulgar,
constituyendo este lazo exterior el único artificio que le fué dado
presentar á la historia escrita en romance, por aquellos dias.
Pero esa misma falta de cohesión y de unidad, característica de
tan peregrinos ensayos, daba á sus autores cierta libertad y am-
plitud de miras, consintiéndoles abarcar al propio tiempo la histo-
ria política y religiosa, y dándoles espacio para apuntar bajo una
misma Era los acontecimientos nacionales y extranjeros, los de-
sastres de la guerra y los fenómenos meteorológicos, que tan po-
derosa influencia ejercían á la sazón en el ánimo de las gentes.
inútil, y más que inútil enojoso, seria no obstante el buscaren
TOMO 111, 26
402 HISTORIA CfllTICA DF. LA LITKRATURA ESPAÑOLA.
estos primeros embriones de la historia gala alguna de lenguaje,
ni menos bellezas de dicción y de estilo: el objeto de los que los
•'arriben, no siendo lodavia verdaderamente literario, estaba re-
ducido á perpetuar entre los que ignoraban el latin todo recuerdo
de un hecho memorable; y no cultivada antes la prosa castella-
na, sobre ser gratuita toda exigencia relativa á este punto, justo
nos parece reconocer que hubiera sido entonces prematura y te-
meraria la referida empresa. Cualquiera que sea pues la rudeza
y tosquedad do la lengua; cualquiera que sea la incoherencia y
vaguedad de la noticia, necesario es ver en estos monumentos,
venerables por su antigüedad, los primeros pasos que dá la his-
toria, cuando empieza á hablar la lengua romance, pudiendo de-
cirse de ellos lo que escribía el padre de la elocuencia latina, alu-
diendo á los orígenes históricos del pueblo rey: «Erat cnim his-
toria nihil aliud, nisi annalium confectio» *.
Tarea poco grata áferia 'a de examinar aquí todos los monu-
mentos de esta especie, que á pesar de la oscuridad de los tiem-
pos y de la indiferencia de los eruditos, han llegado hasta noso-
tros: bastarános recordar, para dar cima al estudio que vamos
haciendo, los Anales Toledanos I."* y II. "% los de los Beyes Go-
dos de Aslúrias, León, Castilla, Aragón y Navarra, y los de
Aragón y Navarra, escritos todos en la primera mitad del si-
glo XIII. Conservados los primeros en un precioso códice de la
Biblioteca Toletana, fueron ya dados á, luz desde fines de la úl-
tima centuria -, manifestándose que habian sido compuestos ó
terminados en 1219 y 1247, lo cual era ao pequeña recomenda-
ción respecto de la autoridad y valor histórico de los mismos.
Mas no podían tener igual estimación literaria: comprendiendo
los Anales I."* el largo espacio de doce siglos, en que los sucesos
i Cicerón, De Oratore, lib. II, cap. LlI.
2 Publicólos en cfiíclo el P. Fiorez el año de 1709 en el tomo XXIII de
la España Sagrada, pág. 382 y siguientes, ilustrándolos con oportunas pre-
venciones, que pueden verse desde la pág. 3ü9 á la 365, ambas inclusive. De-
más do esta edición y de la de Berganza, citada por el mismo Fiorez, hemos
tenido presentes varios Mss. de las Bibliotecas Toletana y Escurialense, y
diversas copias de Ambrosio de Morales, don Juan Bautista Pérez, obispo de
S-^orhe, Velazqnez , Abolla y otros colectores de antiguas crónicas.
II. PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VÜLG. 403
se precipitan y amontonan con rapidez extraordinaria, apenas
hallamos en ellos un período, que preludie la majestad y gracia
que cincuenta años después desplega la prosa castellana, fatigán-
donos á menudo aquella lectura seca, cortada é inarmónica, si
bien descubre á, veces en su ruda energía y excesivo laconismo
algunas de las dotes, que iban á brillar en nuestros más celebra-
dos cronistas. Veamos, en confirmación de lo expuesto, cómo
narra los acontecimientos de los primeros años del siglo XII:
mO — Posó el rey Aly sobre Toledo et tóuola cercada VIII días, era
MCXLVIII.
Morió el rey Almorlay en Valencia, era MCXLVIII.
MU — El rey de Aragón en XIII dias Kal. de mayo entró en Toledo, et
regnó, era MCXLIX.
mi — Albar Hannez priso Cuenca de moros en el mes de julio, era
MCXLIX.
1113 — El Bispo dom. Pelayo fizo la eglesia d'Oreens et guarnecióla, era
MCLÍ.
1 i 14— Los de Segovia después de las octavas de pasqua maior, mataron á
Albar Hannez, era MCLII.
Corrieron los moros la sagra et levaron más de D. cativos de Regi-
nas et de Cabannas et de Magan, en dia de mércores, primero dia
de julio, era de MCLII.
un — Alfon Raymondo entró en Toledo et regnó, en XVI dias Kal. de
decembre, era MCLV.
ms — El arzobispo dom. Bernaldo levó sus engennos á Alcalá, q^ue era de
moros, et cercóla et prísola, era MCLVI.
El rey de Aragón con ayuda de Dios et de sus xripstianos, en el
mes de maio priso a Zaragoca de moros, era MCLVI.
i H9 — Quando la reyna donna Urraca fué cercada en las Torres de León,
era de MCLVH.
i 120 — El dia de Sant Paulo, en mes de ianero, ordenaron en Segovia á
dom. Pedro, el primer bispo que y fué, era MCLVIII,
H21— Fué la batalla de Cotanda, era MCLIX.))
Y sin embargo de esta sequedad fatigosa, ya porque interesa-
ran más al analista los hechos cercanos á la edad en que escribe,
ya porque como testigo presencial tuviese mayor conocimiento de
ellos, digno es de notarse que al llegar al reinado de Alfonso VIII
procura dar mayor extensión á sus noticias, componiendo al par
la frase hasta aquel punto desaliñada y pobre, y dando mayor
consistencia á la narración, ó mejor dicho, mostrando el anhelo
401 HisiumA r.iiliiCA de la literatura espa5!üla.
fie formularla. Prueba de esta observación es indubitadamenle la
jiinlura que inteuta hacer de la Imtalla de las Navas, al m^ncio-
uar la Era de MCCL (1212). Apuntados los hechos que preceden
á tan famoso acontecimiento, escribe:
«Et uino el rrey' de Marruecos con toda su huesl, et priso Losa et non
»los devaua pasar [á los cristianos], et derrompieron la sierra, el pasaron
))cl fueron posar en las Navas de Tolosa, et paró el rrey moro las azes
xadorredor de los xrisplianos IV dias et dióles grandes torneos: et lune-;
))amnnpcient paróse doin. Diego López con todos sus caualleros et lodos los
xreys de los finco regnos á las primeras feridas. Et el rrey de Navarra era
))la costanera diestra, et el rrey d'Aragon era la siniestra, el el rrey do.
»Casliella tenia la zaga con todas las oirás gienles del mundo. Et paró e\
»rrey moro sus azes et ferió la azdedom. Diego et de los rreyes etmovie-
))ron los moros á la primera az; et ferió el rrey de Navarra sobrellos et non
))los pudo sofrir; el ferió el rrey d'Aragon sobrellos, et non los pudo sofrir,
))nin los pudo mover. Üespues ferió el rrey de Casliella con toda la zaga,
))el plogó á Dios que fueron los moros arrancados et murieron todos, sinon
»los que escaparon por pié de cauallo; el fugieron los de Baeza et los de
»oLfas villas muchas para Ubeda. Et fueron los rreys xripstianos prender
»á Ubeda el prisieron muchos cativos et cativas, más de LX mili», etc.
Nadie habrá que al leer esta descripción, hecha siete años des-
pués de la gran victoria de Muradal ' , descubra todavía en ella
el sello del arte: llama por el contrario nuestra atención la po-
breza é inexperiencia del analista, que se veia forzado á repetir
las mismas frases para expresar análogas ideas, y la indiferencia,
con que atento sólo al éxito del combate, menciona los hechos de
aquella sangrienta lid, hechos altamente dramáticos en la pluma
de su primer cronista. Pero todo el que aciértela compararla con
las cláusulas arriba trascritas, comprenderá fácilmente que la
situación del autor era más favorable á los sucesos últimamente
consignados en sus Anales, como que se hallaba más inmediato,
ó habia tal vez tomado parte en ellos. Consideración es esta que
i Que el autor de estos Anales escribe como tcsligo de vista, se demues-
tra en diversos pasajes de los mismos. En la Era MCCXLI, año 1213, dice:
uNon louió en mar(;io, nin en abril, nin en maio, nin en iunio, et nunca tan
»nial anno fué, et non cogiemos pan ninguno». — En la de MCCLV, año 1217,
se lee: «Vino grant huest en barcas por sobre mar, gientes que non cnlcndie-
))mos)), etc. — El úllinio suceso que cita, es la malograda empre.sa de Roque-
ña, acometiiia en 1219 por el arzobispo don Rodrigo.
lí. PARTK, CAP. VI!I. I'P.IM. HIST. Y PROS. VULG, 405
siendo común á todos los monumentos vulgares de la primera
edad de la historia, escritos en las diferentes regiones en que se
hablaba el romance castellano, no solamente explica la índole y
naturaleza de los mismos, sino que nos convence al propio tiempo
de que no hubiera podido la historia llegar á la altura en que la
vemos mediado ya el siglo XIII, fiada únicamente á los esfuerzos
de los analistas, aun cuando no podamos menos de reconocer en
ellos cierta ilustración, superior sin duda á la que alcanzaba la
muchedumbre.
Ninguna prueba más clara que el estudio de los referidos Ana-
les: los de Aragón y Navarra, que empiezan en la Era de Au-
gusto y llegan á la de MCCXXXIY [año 1196], sobre mostrar-
nos el estado de rudeza en que se hallaba la lengua en una ú
otra comarca ', nos ofrecen también en la desmañada é incohe-
rente exposición de los hechos y en la desaliñada extructura y
sequedad de las frases notorio egemplo del meritorio, aunque
infecundo, anhelo con que acudían los analistas á cultivar la his-
toria. Traslademos algún pasaje de los mismos:
1155— En era de miU CLXXXÜI aynnos (dice) fueron las potestades en
Huesqua.
1059 — En era de mili XCVII aynnos fue la batailla Dueles et morió el in-
fant don Sancho.
En era de mili CVII aynnos morió el rey don Alfon, el vieio.
En era de mili CXLVIII aynnos morió Almorcaeli.
En era de mili CXXX aynos morió Mió Cid en Vallencia.
En era de mili CLXXXV aynnos priso Almacian el emperador el al
conté de Barcallona.
En era de mili CLXXXII aynnos priso el emperador Córdoua, et
dióla ad Abengamia, qui se aleó con ella.
1 Estos Anales, que precedieron sobre unos treinta años al poema de
ApoUonio, ya examinado en el cap. VI, ofrecen todavía con mayor fuerza el
sello que imprime al hablar de Aragón su proximidad con Cataluña. Así ve-
mos, por eg-emplo, en ellos las dicciones prendre; aynos y an/jos; Espayna y
Espanya; bataylla; montayna y montanya; conté-, saillient, etc., en vez de pren-
der, amos, Espanna, batalla, montannas, cuende ó conde, saliente, etc. I>e
cualquier modo son clara prueba de que no sólo en Castilla, sino también en
las demás regiones, donde se habló el romance, á que dio nombre, se hi-
cieron repetidos ensayos para escribir la historia en el idioma del vulgo;
406 HISTORIA CHItICA DE LA LITERATURA ESPAJlOLA.
En era de mili CLXXXIII aynnos morió el cnperador •.
Los Anales de los Reyes Godos de Astún'oSy Lean, etc., que
abriéndose en la Era de CCCLXXX [año de 548] alcanzan á la de
MCCLXXXX [año 1252], y los II.*" Toledanos, que comprenden
desde el año de 712 al 1250, aunque menos toscos que estos de
Aragón y Navarra, presentan por cierto los mismos caracteres ^:
como documentos meramente históricos, contienen curiosas é im-
portantes noticias, que en balde buscarla el erudito en otros tra-
tados de antigüedad tan remota: como producciones literarias, si
ya es que merecen en rigor este título, poco ó ninguno es el pro-
greso que revelan en aquella forma expositiva de la historia, si
bien denotan que, según hemos demostrado con el examen de los
poemas heróico-eruditos, no habia permanecido estacionaria la
lengua romance en aquella media centuria. De una y otra ob-
servación darán sin duda inequívoco testimonio las siguientes lí-
neas, con que los Anales de los Reyes Godos de Asturias, etc.,
encabezan la rúbrica ó capítulo de los condes castellanos:
«En dias del rrey don Fruella, que regnó en León en la era de dcccc
))el xxxiü annos Nunno Nunnez Rasuera, fijo de Nunno Vellidcz, fue alca-
))do iuez eu Casliella, el fué muy derecho et muy entendido en iuizos.
wGon^aluo Nunnez, fijo de Nunno Rassuera, fué iuez en logar de su pa-
»dre, el fue capdiello de la caualleria, el con muchos fijosdalgo, cria-
i £sle curioso monumento existe en la Bibhoteca Nacional, cód. D. 56,
el cual contiene además el Fuero de Sobrarve y varios anales latinos. Tam-
bién lo incluyó Abella en el tomo 8.°, fól. 154, de su Colección de Escritores
coetáneos de la Historia de España.
2 Los II. os Anales Toledanos parecen haber sido escritos, como los I.*",
en la ciudad quo les dá nombre. Así lo convence el hallar á menudo cláu-
sulas concebidas en estos términos: «Vino Sancho Ferrandez, filio del rey
))don Ferrando, filio del emperador, á Toledo», etc. — Conforme dejamos
apuntado, abrazan no sólo los acaecimientos notables de España, sino tam-
bién los extranjeros: enlre otros llama la atención el punto siguiente: «Su-
unüóse Verona, una cibdad de Lombardia, en que tenia un cauallero preso á
Molro, et matólo de fambre: et priso ásu filio, et matólo et fizo asar su carne
)íct dióla á comer al padre, et por este peccado fué la cibdad sumida. Era
wMCCLX [1222])). Este acto de barbarie nos trae á la memoria el terrible
episodio del conde Ugolino, ideado por el Dante, siendo muy posible que
contribuyera á inspirárselo {Divina Commedia, Inferno, caul. XXXIIl).
in" PARTE, CAP. VIII. PKIM. HIST. Y PROS. VULG. 407
ndos de su padre, ovo guerra con moros el sieuiipre ganó dellos. "
))Don FerraiidGoncMuez, fijo de Goncaluo Nuuuez, fué aleado conde de
))aItos omines de Casliella. Guerreó con moros et ganó dellos Osma, Sant
oEsleuan, et fico el monesterio de Sanl Pedro de Arlanca, et hy iaz so-
Dterrado.
))E1 conde don García Ferrandez fué lijo del conde don Ferrand Gon-
>ícaluez.Esle pobló el monesterio de Cueuas Ruuias en ribera d' Arlan-
)>ca, et dLol' g'randes heredades et ganó mucho en la guerra de moros» '.
Al mismo tiempo que pugnaba la historia, aunque con poco
fruto, para perfeccionar la forma de los Anales, preparando la
prosa castellana á mayor desenvolvimiento, ejercitábase en otro
linaje de ensayos, que debian también contribuir á, dotarla de
fuerzas para llegar al grado de esplendor, en que aparece durante
el próximo reinado del X Alfonso. Hablamos de las narraciones
parciales de alguna conquista ó señalada victoria, y de las genea-
logías particulares de los reyes y de los héroes. Cítanse entre estos
documentos, ya debidos al deseo de perpetuar los triunfos del
cristianismo, ya al empeño de enaltecer los propios caudillos y los
príncipes, la Toma de Exea, la Conquista de Almena, la Esto-
ria de Conca, escrita por el maestro Giraldo -, y los Linaies de
^ Los Anales de los Reyes Godos de Asturias, León, ele., etc., existen en
un cód. fól. real de la Biblioteca Toletana, caj. 3i, n.° 4, escrito cu perga-
mino é intitulado: Darelis Phrijgn Historia troyana et Chronica f ralis Martini
et Compendium regnum gothorum. La letra de los anales, que se contienen
en solas tres fojas, es de mediados, ó poco después, del sig'lo XIII» si bien
se hallan seguidos de varias notas posteriores, que abrazan hasta la toma de
Tarifa. por don Sancho el Bravo. En el mismo códice hallamos otras obras
históricas en lengua vulgar, de las cuales hablaremos luego. Abella incluyó
estos anales en el tomo YIIl (fól. 413) de su citada Colección.
2 Debemos' advertir que si bien vemos palpable esta inclinación de los es-
tudios históricos, es necesario guardar cierta reserva respecto de la autentici-
dad de todas las historias p.arciales que á esta época se atribuyen. En orden
á la Conquista de Almería, citada por Sandoval {Crónica de Alfonso VII, pági-
na 188), debe tenerse entendido que es un fragmento de una Crónica de los
reyes de España, escrita sin duda al mediar el siglo XIII, con presencia de la
Historia de don Rodrigo, lib. VII, cap. XI; y lo mismo nos atrevemos á decir
de la Toma de Exea, mencionada por el abate Andrés {Slor. della Lett., capí-
tulo XI). No así de luConquisla de Conca, de que tenemos á la vista diferentes
Mss., atribuyéndose constantemente al maestro Giraldo, que se supone
canciller de Alfonso YIll, afumándose al par que fue aquella escrita en Í212*
408 HISTORIA CUlTICA DE LA LITKKATUHA ESI'AÍJOLA.
ios Reys, en qao se comprende también el de Mió Cid Campea-
dor, no olvidado tampoco el de los jueces y ios condes de Casti-
lla.— Estas historias y genealogías, que se componen antes de
mediar el siglo XIIÍ, dando razón de un propósito diferente al de
los Anales, y presentando una faz distinta de la exposición histó-
rica, inspiran ya cierto interés literario y. señalan un verdadero
progreso en el cultivo de la prosa. Por grande que sea la corrup-
ción en que han llegado á nuestros dias, especialmente en la Es-
taría de Canea y los Linaies de los Reys, se ofrece ya el romance
castellano más suelto y armonioso ; y sometido á ciertas leyes sin-
táxicas, que facilitan y allanan el enlace y trabazón de las cláusu-
las, parece preludiar más de cerca el extraordinario brillo y la viril
entonación de la prosa en la Esloria de Espanna ó Crónica ^e-
La circunstancia de no aparecer el nombre de Giraldo, como de tal canciller,
en ios documentos diplomáticos de estos años, y sí como de notario de los
cancilleres mayores, engendra algunas dudas sobre la autenticidad de esta
obra. En algunos Mss. se habla de olrí.ysloiia de Conca, debida á un tal Si-
leo, que floreció por aquel tiempo; mas sólo conocemos un fragmento de la
obra que se le atribuye. — El diligente Jimena, en sus Anales eclesiásticos de
Jaén, pág. 97, inserta una Historia de la gran batalla de las Navas de Tolosa,
que siguiendo al jesuíta Buches (cap. 38 de la Historia de los Santos del obis-
pado de Jaén), asegura haber sido escrita por el arzobispo don Rodrigo en
J213 (pág. 110): esta historia, que se guarda Ms. en la Biblioteca Nacional,
parece sin embargo ser una traducción 'de los capítulos que en la crónica lati-
na dedica el arzobispo á tan plausible suceso. — No olvidaremos por último las
especies que han cundido sobre una Crónica Iriense, escrita á fines del siglo X[
en lengua vulgar, cuyo error condenó ya Sandoval {Historia de los cinco
Obispos, pág. 219), si bien cundió después á don Nicolás Antonio (fí¿7>/. Vetas,
lib. VII, cap. 4), y de este al abate Andrés (loe. cit.), y en nuestros dias al
académico don José Cavada (Colee, de poes. astur., pág. 18 del disc. prel.);
pero sobre notarse que no era el idioma vernáculo de Galicia el romance cas-
tellano, luego que el P. Florez dio á luz el Cronicón Iriense, tal como fué
escrito en la Era de MCLXIV (año i 126), debió desaparecer semejante aserto,
contrario á todas las leyes de la crítica {España Sagrada, tomo XX, pág. 598).
La supuesta Crónica Iriense, aducida sin juicio literario por el autor de la
Historia del Apóstol Santiago, combatida por Sandoval, pudo ser á lo más una
traducción muy infiel del Cronicón latino, hecha en siglos posteriores. En la
misma categoría se halla la Crónica española de Alfonso VI, compuesta según
el testimonio poco seguro del abate Andrés, á principios del siglo XII (loco ci-
tato): lástima que le siga también en esto el Sr. Cavcda.
II,* PAHTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 409
neralyen las Partidas. Comprobemos esta observación impor-
tante en el estudio que vamos haciendo con el siguiente pasaje, to-
mado de los Linaies de los Reys, obra anterior al año de 1234 ' :
((Quando fué perdudo el rrey Ruderich, conquerieron moros toda la tierra
»hata Portogal de Galliza, fueras ende las moiitannas d' Asturias, ó se
))aeoll¡eron todas las gientes de la tierra; et fezieron hy rrey por esleycion
wal rrey don PeIayo,"qiie eslaua en una cueua d' Asseua. Este rrey don
))Pelayo fué muy buen rrey el leyal, et los xripstianos que eran en las
nmontannas, acolliéronge todos á él, et guerrearon con él á moros et fecie-
))ron muchas batallas et uenciéronlas. Morió el rrey don Pelayo: Dios aya
))la su anima. Amen.
))Et regnó su filio el rey don Fafila, el fué auol omme ; et lidió con ua
>)Oso et malo el oso á él. El rrey don Pelayo ouo una filia el diéronla por
wmogier á don Alfonso, filio de don Pedro, sennor de Cantabria, et leuan-
«táronle rrey. Este rrey don Alfonso guerreó bien á moros el fizo con ellos
«muchas batallas el uenciólas; et conquerió luego de moros á Tuy et Por-
»togal, el Braga, et Visen, et Flauia, et Ledesma, et Salamanca, et Zamora,
))et Aslorga, el León, et Sietmancas, el Saldanna, et Segouia, et Setpúluega
»et Maya, Todas estas dichas [cibdades] priso de moros el poblólas de
»xripslianos: Galliza, Asturias, Alaifa, Bizcaya, Vidonna, Edearri, Barrue-
»ca en lodos tiempos fueron de xripstianos: que nunqua las perdieroni) -.
Pocos esfuerzos se necesitaban para comprender que mientras
sólo podían contribuir las vigilias de los analistas á fijar en cierto
1 La época en que los Linaies de los Retjs se esciibieron no puede ponerse
en duda: en la rúbrica de los reyes de Castilla se lee: «Mas trebeió (Enrique I)
))Con sus mocos et feriáronlo con una piedra en la cabeca et morió; et regnú
Hsu ermana donna Berenguella; ct dio el reg-no á su filio don Ferrando. De
waqui adelant será lo que Dios quisiere». Después, al tratar del linaje del Cid,
dice, reconocida su descendencia: «El rey don Garcia tomó por mugier á la
«reyna donna Magelina ct ouo della filio al rey don Sancho de Navarra. Este
»rey don Sancho tomó por mugier la filia del emperador Dcspanna et ouo della
))fiIlo al rey don Sancho, que agora es rey de Navarra». Habiendo pues vivido
este don Sancho, que se denominó el Fuerte, hasta 1234, y comenzado á rei-
nar Fernando III en 1217, es evidente que no pueden sacarse de estos diez y
siete años los Linaies de los Reys, pareciéndonos verosímil que se escribieran
de 1220 a 1230.
2 Este curioso ensayo, que existe en la numerosa Colección de don Juan
Bautista Pérez, tomo III, pág. 331, y de que se conservan copias en la Biblio-
teca Escurialense(j. L. 12), y en la Academia de la Historia {Colee, de Abella,
tomo 8, fól. 170), ha sido publicado con notables incorrecciones en el Sema-
nario Pintoresco, núm. correspondiente al 8 de setiembre de ISoO, págf. 283.
410 HISTÜKIA CIUIIC.V bE LA LllLKATLKA LSI'A.ÑULA.
modo la cronología , siendo ineficaces para desarrullar la prosa
castellana, iba esta haciendo naturales progresos, auxiliada por
el egemplo de la poesía, que en manos de los eruditos había ele-
vado la lengua á la categoría de literaria, según queda en su lu-
gar demostrado *. Ni es posible tampoco desconocer cómo iba
formándose, bien que no sin lentitud, la narración histórica, sa-
hendo de la aridez de los Anales para campear con alguíia mayor
soltura en las historias particulares y en las genealogías. Pero
hubieran sido estériles todos estos ensayos, sin que reííejándose
en la naciente literatura vulgar el extraordinario movimiento que
á la sazón tomaba la latino-eclesíástíca, no hubiesen encontrado
los cultivadores de la lengua romance dignos y aplaudidos nwde-
los, cuyas huellas debían seguir resueltamente. Numeroso es por
cierto el catálogo de los escritores latinos que produce España en
la época de que vamos tratando: distinguense, no obstante, entre
los agíógrafos el abad don Martín de León, don Alfonso Ramírez,
obispo de Orense, y el celebrado Diego de Campos '^; entre los
filósofos y gramáticos Pedro IIisi>ano y fray Bartolomé ^, entre
1 Véase el cap. V. del presente volumen, pág:. 237.
2 Don Nicolás Antonio ZftMo//í. Yetus, lib. VIII, cap. I; Rodrig'ucz de
Castro. Bibl. Española, lomo 11, pájs. 304, 5-10 y 514: Ferran Ptrez de
Guzman en sus C/aros t^aroftes, puijücados por el Sr. Uchoa (París, 1845),
dice de este Diego de Campos lo que sig-ue:
407 Otro doctor castellano
Que en estilo asaz poliJn,
Yo me acuerdo haber levdo
Un rolumen de su mano.
40S Diego de Campos se llama
Este doctor qne yo digo, etc.
La obra más famosa del doctor Diego de Campos es la intitulada Planeta,
porque conteniendo siate libros, trata de materia de gran claridad, según ad-
virtió el docto Durricl en la copia que sacó en l7o2 del original que hemos
consultado en la Biblioteca Toledana (Caj. V, n.° 6). Este códice parece
haber sido escrito en 1218, y tiene por objeto ilustrar diversas cuestiones
sobre Cristo, la Virgen, el arcángel San Miguel, el alma de Cristo y de los
bienaventurados, y finalmente, la paz interior y exterior y la general de la
Iglesia. — Fué dirigido al arzobispo don Rodrigo.
3 Don Nicolás Antonio, liibl. Ve/., lib. VIH, cap. III; Rodríguez de Cas-
tro, tomo II, págs. 598 y 616.
II. PARTE, CAP. VIH. PRI.M. HIST. Y PROS. VULG. 411
los jurisconsultos Juan Hispano, que honró en Bolonia el nombre
de su patria * , y entre los historiadores el renombrado don Lúeas
Tudense, y el clarísimo arzobispo don Rodrigo. Inútil juzgamos
el insistir aquí sobre las causas que produjeron este singular des-
arrollo de los estudios latinos, cuando en otro lugar del presente
volumen quedan ampliamente explicadas '^: lícito nos será, sin
embargo, advertir que así como los expresados estudios ejercie-
ron notable influencia en la primera trasformacion de la poesía
castellana, así también debían tenerla (y grande) en el naci-
miento de la historia vulgar propiamente dicha,, levantada esta
por los esfuerzos de los dos últimos escritores, y muy especial-
mente por los del celebrado don Rodrigo Ximenez de Rada, al
más alto punto en que se había visto desde la antigüedad más
remota.
Y damos la preferencia en la estimación crítica al renombrado
arzobispo de Toledo, no porque desconozcamos la ilustración del
Tudense: nacido este en León, mediado ya el siglo XII, distin-
guióse, en efecto, desde su juventud por su afición á las letras,
pasando á Roma con el deseo de adelantarse en su cultivo, y lle-
vándole después su devoción á las partes de Levante, donde vi-
sitó á Constan tinopla, Chipre y Jerusalem, con los Santos Luga-
res ^. R,estituido á la Península, conquistó el afecto de la gran
reina doña Berenguela, por cuyo mandado escribió, ó mejor di-
ciendo, compiló el libro de las Crónicas, que terminó en 1256,
cuando era todavía diácono: dos años antes habia compuesto el
tratado Contra los alhUjenscs, sacado á luz por el docto Mariana •*.
1 Fabricio, Bibl. mediae et infimae latinitalis, lib. IV. — También este y
otros no menos señalados latinistas dan noticia de otro Juan de Dios, docto
en el estudio de los Cánones, ofreciendo menuda cuenta de sus obras. Rodrí-
guez de Castro (tomo II, pág;s. 588 y siguientes), resume todo lo más curioso
sobre estos escritores.
2 Cap. V.
3 Mariana, ffis/. Gen.de Esp., lib. XII, cap. 12,— Auberto Mireo, De
Scrip. eclesiast., cap. 130;— Don Nicolás Antonio, Biblioth. Yetas, lib. VIH,
cap. III; — Rodríguez de Castro, Bibl. Esp., tomo II, pág. 507.
4 Ingolstad, 1612. — Este tratado se compone de tres libros con el si-
guiente título: De altera Vita fideique controversiis adversas albigensium er-
rores. Se ha reimpreso diferentes voces en la Bibliotheca Patrum.
412 mSTÜlllA CKlTICA DE LA LlTIilUTUIlA ESI'A.^ÜLA.
Alguii tiempo después, y no investido aun con la dignidad del
episcopado, puso fin á la Vida de San Isidoro, comenzada en su
juventud, y recogió la memoria de los milagros que la piedad le
atribula hasta aquel tiempo, narrando en otro escrito su trasla-
ción portentosa '. — Injusto seria pues negar á don Lúeas de Tuy
el galardón que le concedió en sus dias la ilustre matrona, á
quien debió el siglo XIII gran parte de su cultura; pero al fijar la
vista en su compilación y hallarle empeñado en la tortuosa senda
abierta por el obispo don Pelayo; al contemplarle truncando, va-
riando ó añadiendo á su placer las obras de San Isidoro y San
Julián, conforme en lugar oportuno advertimos '; al notar por
último la seguridad con que atribuye á San Ildefonso una cró-
nica plagada de anacronismos y de absurdos, no se nos tildará
por cierto de ligeros, si desconfiamos del buen juicio histórico del
Tudense, ya que no le culpemos de mendaz ó fabuloso, nombre
que ha dado la critica al obispo de Oviedo, cuyos pasos segunda-
ba. Cierto es que en la última parte del libro IV refiere con
integridad los sucesos coetáneos, dando la primacía á las empre-
sas de Fernando III, en especial á la conquista de Córdoba y á su
vuelta triunfante á Castilla, instante en que deja la pluma; pero
sobre mostrar en esto que padecía del achaque de los analistas,
no era gran virtud decir la verdad á los que no hubieran consen-
tido adulterarla, ni había tampoco gran mérito en narrar las co-
sas, que estaban pasando á vista de todos, del mismo modo que
las contaba la muchedumbre; por más que procurase autorizarlas
con sentencias revesadas y oscuras, formulándolas en un latín,
que era al propio tiempo sobradamente humilde y afectado ^.
1 Véase la Disertación que sobre este punto escribe el erudito Florez, in-
sería en el tomo XXII de la España Sagrada, pág. 108 y sij,'u¡entos.
2 I." Parle, cap. IX.
3 Como se deduce de lo (\nc vamos diciendo, consta el Chronicon del Tu-
dense de cuatro diferentes libros: el primero contiene las seis edades del
mundo de San Isidoro; bien que con notables adiciones: el segundo encierra
el tratado del mismo santo sobre el origen de los godos, españoles, sue-
vos, etc.: abraza el tercero la supuesta crónica de San Ildefonso y la historia
de San Julián, lastimosamente trastocada y mutilada; y empezando el cuarto
oa la época de don Pelayo, acaba con la conquista de Córdoba. — El trabajo
II. PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST, Y PROS. VULG. 413
El poner en contribución los escritores de la antigüedad , tales
como Claudio Tolomeo, Trogo Pompeyo, Dion Casio y Jornan-
des; el someterá un sistema racional los primitivos cronicones des-
de el celebrado de ídacio hasta los últimos latinos ', no olvidando
la enseñanza que se deducía de los Concilios Toledanos; el orde-
nar todos los hechos atesorados en los referidos monumentos en
un cuerpo regular de historia, animándolo con la luz de las tra-
diciones populares, formuladas ya en los cantos de la muchedum-
bre,— mérito extraordinario es que la crítica reconoce en el arzo-
bispo don Rodrigo, concediéndole el justo galardón que su precla-
ro talento y sus estudios le conquistaron dentro y fuera de Espa-
ña, asi en la época en que florece como en los siglos posteriores.
Y depone desde luego en pro de su ilustración y de sus virtudes
el verle prohijado en Castilla por la Iglesia, honrado por los re-
yes y ejerciendo notable influencia en la dirección y gobierno de
la república. Navarro de nación, pues que habia visto la luz pri-
mera por los años de H70 en Puente la Picina 2, estudió en Pa-
del Tudense no es propiamente histórico y literario hasta llegar á los tiempos
dp la reconquista, en que se atiene también con sobrada frecuencia al obispo
de Oviedo. Fué este Cronicón romanzado tal vez á fines del mismo siglo XIll
ó en el primer tercio del siguiente, con el título de Coránica de Spaña por
don Luchas de Tiii, alterándose la división que el obispo le habia dado, pues
que del orden de capítulos resultan hasta diez libros distintos: también tiene
añadida en trece capítulos la relación de los sucesos que mediaron desde 1236
á 1232, acabando con la proclamación de Alonso X. El último capítulo,
que es el 89 de la décima parte, lleva este título: «Como el dicho Rey
don Alfonso, fijo del dicho Rey don Fernando, leuantáronlo por rey en la di-
cha cibdad de Seuilla.» — El códice que hemos consultado perteneció á Santa
Maria de las Cuevas de la referida ciudad, y consta de un volumen de 245
fojas, fól. de letra del siglo XV, encuadernado en pergamino (Acad. de la
Hist., E. 99). La primera edición del Cronicón latino es la de Francfort, 160S.
i Después de mencionar los escritores citados en el texto, añade que se
habia valido de «alus scripturis, quas de membranis et pictatiis laborioso in-
vestigatas, laboriosiíis compilavi». Antes declara haber tenido presentes las
historias de San Isidoro y aun la supuesta de San Ildefonso.
2 Mariana dijo que nació en Puente la Rada: Puente la Reina conserva,
sin embargo, viva la tradición de que nació allí tan ilustre prelado, celebran-
do anualmente una fiesta de iglesia, el IG de julio, en honra del mismo, y en
conmemoración de la batalla de las Navas, en que tuvo tanta parte: su re-
41 i HISTORIA CnlTir.A DE U LITERATURA ESPA?50LA.
r¡s las disciplinas liberales y la teología, pasando á Castilla du-
rante el último tercio del siglo XII; y elevado primero á la silla de
Osma y electo en 1208 arzobispo de Toledo, ácuya cátedra subía
en 1210 *, coadyuvó felizmente i las empresas memorables, lle-
vadas á cabo por Alfonso VIII, señalándose sobre todo en la fa-
mosa cruzada, que dio por resultado la gran victoria de las Navas.
El generoso pi'elado, que habiendo convocado los pueblos del
Occidente á la guerra santa, absolvió en aquel fausto dia á los
guerreros de la Cruz do todo pecado, y confortó en mitad del
combate el ánimo vacilante del rey de Castilla, asegurándole en
la forma que notaremos después, tan inaudito triunfo, recibia de
manos del mismo principe mercedes sin cuento, con que enrique-
oia la mitra toledana ^. Muerto ya aquel monarca, asistía al lY
tralo se guarda en la Iglesia parroquial de Santiago de la misma villa, y se
muestra á los viajeros la casa, donde vio la luz del dia, la cual perteneció
hasta 1S28 á los condes de Guendulain. Por manera que todas estas memo-
rias tradicionales parecen inclinar la balanza á favor de Puente la Reina, si
bien el segundo apellido que usó don Rodrigo, depone en favor de Puente la
Rada. De cualquier modo, Navarra tuvo la gloria de engendrar tan esclare-
cido hijo. Respecto de la familia del arzobispo, aunque punto muy secunda-
rio para nosotros, puede consultarse á Loperraez [Descripción histórica del
obispado de Osma, tomo I, pág, 10o, etc.).
1 El cabildo y pueblo toledano le eligieron en efecto en 1208 por muerte
del arzobispo don Martin López de Pisuerga; pero hasta 27 de febrero de i210
no confirmó Inocencio III dicha elección, como prueba el Rescripto original
del mismo Pontífice, guardado en el archivo de aquella Iglesia Primada (Ar-
queta 0.*, leg. i.°), publicado antes de ahora por el citado Loperraez {Des-
cripción histórica, etc., tomo I, docum. XXXVI), y reproducido há poco por
el académico don Vicente Lafuente {Elogio hist. del Arzob. don Rodrigo,
Apénd. n.° VI).
2 Narrando el mismo don Rodrigo los hechos que siguieron al triunfo de
las Navas, donde hahian resplandecido su valor y su prudencia, anadia al
terminar el capítulo XÍV del lib. VIII de la Historia gothica: «Rodericus au-
tem Pontifex, his disposilis, ivil Burgis ad regem nobilem Adephonsum, qui
opera eius commendans in Domino, dedit ei viginti aldeas in posessionem
perpetuam Ecclcsiae Toletanae.» Quien de este modo enriqueció la mitra pri-
mada y echaba en 1227, según notamos después, los cimientos á la suntuosa
basílica de Toledo, era en 1237 acusado por los racioneros de aquella catedral
ante el Legado Olhon de haber usurpado y malgastado los bienes de la Igle-
sia. ¡Cosas y juicios de los hombres!...
n.* PARTE, CAP. MIT. PniM. HIST. Y PROS, VÚLG. -H3
Concilio lateranense, convocado por Inocencio III en 1215, siendo
extraordinario el crédito que ganó entre los padres de la Iglesia
por su erudición y su ingenio: a hizo una oración á los del Cond-
olió (dice un historiador respetable) en lengua latina; pero mez-
»cladas sentencias y como flores de las otras lenguas italiana,
»alemana, inglesa, francesa, como el que bien las sabia, que puso
«admiración á los padres hasta decir que desde el tiempo de los
«apóstoles nunca ?e vio cosa semejante *.)) Defendió asimismo
con éxito cumplido la supremacía de Toledo contra los metropo-
litanos de Braga, Santiago y Tarragona: y restituido á España,
continuó alentando la obra de la reconquista, ya concurriendo
con sus gentes á las algaras y empresas de los reyes, ya convo-
cando por sí numerosas cruzadas que arrebataron á la morisma,
bajo su propia conducta, fuertes y ambicionados castillos, entre
los cuales contaba en 1219 los de Sierra, Serresuela y Mira,
asentados en los confines de Aragón y Valencia *.
La historia de Fernando III no puede en efecto leerse, sin que
el nombre del insigne don Rodrigo Ximenez de Rada aparezca en
cada página para ilustrarla; pues respetado por este soberano,
como lo fué dos siglos adelante por los Reyes Católicos el Gran
Cardenal de España, nada se hacia en Castilla sin su consejo, vo-
lando siempre el pendón arzobispal al lado de las señas reales, y
defendiendo con sus propias mesnadas los puntos más arriesga-
dos de la frontera musulmana ^. Pero en medio de las fatigas de
\ Mariana, Htst. Gen. de Esp., \\h. XII, cap. IV: Fabricio, Biblioíh. me-
d iae et infímae latinit., \ih. X\U; Auberto Mireo, De Scripioribus ecclesias-
ticis, cap. 392. — Alg^un escritor de nuestros dias supone que el arzobispo
pronunció la oración referida en diferentes dias é idiomas: otros niegan que
asistiera al Concilio, y no sin alg-un fundamento (Florez, España Sagrada,
tomo III, pág. 46 y siguientes).
2 Primeros Anales Toledanos, Era MCCLVII, año Í2V.).
3 Don Rodrigo recibió en pago de los servicios prestados al rey don Fer-
nando la villa de Ouesada, en los confines del nuevo reino de Jaén; pero apo-
derados de ella los sarracenos, pusieron grande empeño en fortificarla, para
que les sirviese de barrera a las invasiones cristianas. Súpolo el arzobispo,
y al frente de belicosa hueste; penetró hasta la referida villa, apoderándose
de ella á fuerza de armas, así como de otros quince pueblos, villas y fortale-
zas comarcanos, con los cuales formó lo que fué desde entonces conocido con
416 hi?;toria critica de la literatura espa?5ola.
una guerra que no tenia lin, en medio de los sinsabores de una
l»olílica, 1 que sólo pudo dar fisonomía y consistencia la prudente
perseverancia de la gran Rerenguela y la entereza de su hijo, no
olvidó el arzobispo las letras ni las artesa y mientras con pia-
doso anheio fomentaba la gran fábrica de la catedral de Toledo,
que empezada en 1227, calificaba él mismo en 1243 de opere 7m-
rabili \ cultivaba las Sagradas Escrituras, componiendo un no-
tabilísimo Breviario déla Jlisloria Católica -; y correspondiendo
á los deseos de San Fernando, trazaba la Historia Gothica, no
sin babor antes. bosquejado la de los árabes. Como complemento
de la Gothica, añadía en un libro la de los Ostrogodos, Hunnos,
Vándalos y Suevos, y reunía en otro, no menos estimado en su
tiempo, la de los Romanos, á fin de dai' entera idea de los diver-
sos linajes de gentes que habian dominado en la Península*^. Á
estas importantes y difíciles tareas, interrumpidas únicamente por
los cuidados de la guerra y por el solícito afán de mantener la
integridad y lustre de la cátedra de los Eugenios é Ildefonsos,
vino á poner término doloroso la inesperada muerte de tan ilus-
tre metropolitano. Empeñado el de Tarragona en la disputa tan-
tas veces reproducida de la supremacia, no bien restituido don
titulo de Adelantamiento de Cazorla, estado que perteneció ala mitra toledana
hasta el siglo XVI.
1 Chronico Rerum Gestarum in Hispania, lib. IX, cap. XIII. — Véase tam-
bién nuestra Toledo Pintoresca, pág-. 14.
2 El título latino es: Breviariiim Ecclesiae Catholicae, compilatum a Ro-
derico Toletanae Ecclesiae sacerdote. Guárdase esta obra en la Biblioteca Es-
curialense, .j. X. 10; códice de letra coetánea, escrito en pergamino y com-
puesto de 292 fojas, folio real. Cítanla don Nicolás Antonio, lib. Vlil, capí-
tulo II de su liibl. Vetits, y Rodríguez de Castro, tomo II, pág. 1522 de la
Española. El último ofrece curiosas muestras del ¡Vis. citado.
3 Conservamos el título de Historia Gothica á la obra que es vulgarmente
conocida con el de Chronico Rerum Gestarum in Hispania, porque tal fué el que
le puso el mismo arzobispo, como lo comprueban los más antiguos Mss. que
hemos consultado, y lo declara el mismo autor en el cap. XXXIII y en el úl-
timo de la Historia arahum. Y debemos añadir que no es indiferente esta cir-
cunstancia en la apreciación crítica; pues que mostrando, como después ve-
remos, el propósito del historiador, justifica en parte el plan de su obra,
explicando al par la existencia de las demás compuestas por don Rodrigo.
II. PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VÜLG, 417
Rodrigo del concilio de León [1245], se vio forzado á dar la vuelta
á Roma, para impetrar de Inocencio lY sentencia definitiva; y
cuando se encaminaba á España, obtenida la justicia, se vio
asaltado en el Ródano de mortal dolencia, pasando de esta vida
en 1247 '.
Al contemplar ese conjunto de obras históricas que recomien-
dan á la posteridad el nombre del arzobispo don Rodrigo, no hay
para qué decir que despiertan desde luego nuestra atención las
de los Godos y los Árabes, y más principalmente la primera,
por el influjo directo é inmediato que ejerce en el desarrollo lite-
rario, que vamos estudiando. El intento del arzobispo, al cumplir
los mandatos del conquistador de Córdoba y Jaén, no podia ser
i Mariana {Hist. gen. de España, lib. XIII, cap. V) dá el nombre de
Gregorio IX al pontífice que en 1247 resolvió la cuestión de primacia; pero
esto no puede ser: Gregorio murió en 21 de agosto de 1241, sucediéndole
Celestino IV, al cual reemplazó Inocencio IV, en 26 de junio de 1243, des-
pués de un doloroso interregno. — El cadáver de don Rodrigo de Rada fué
traído á España, y sepultado en el monasterio de Huerta, á la raya de Ara-
gón, habiéndosele hecho varios epitafios, á cual más laudatorio: el más co-
nocido es el siguiente:
Mater Navarra, Nutrix Castella,
Schola ParisÍQS, Sedes Toletum,
Horta Mauseolum, Requies coelum.
Mariana lo tradujo, diciendo:
Navarra me engendra, Castilla me cria:
Mi escuela Paris, Toledo itii silla:
£a Huerta mi entierro; tú al cielo me guia.
El Panegírico, reproducido por casi todos los que han hablado de don
Rodrigo, fué escrito por un monje de Huerta, coetáneo del arzobispo y lla-
mado Ricardo, según constaba en una gran tabla que se conservó hasta los
últimos tiempos al lado del sepulcro. En 1766 se hizo en este un reconoci-
miento de orden del abad fray Rafael Cañibano y en presencia del prior, dos
ex-abades y treinta y nueve monjes, hallándose el cuerpo del arzobispo casi
íntegro, vestido de pontifical, con un anillo en la mano derecha, una cruz de
San Juan al pecho, y un pergamino rollado, en el cual constaba su resolución
de ser enterrado en aquel monasterio, tomada desde 1201 en Paris {Noticia
del vener. don Rodrigo Ximenez, Pap. Var. de la Acad. de la Hist., M. 127).
Debemos añadir aquí que el académico Lafuente ha reunido en el expresado
Elogio de don Rodrigo curiosos datos sobre su vida, insertando el Panegírico
latino y los epitafios en uno de sus Apéndices.
TOMO III. 27
41 «5 FIISTOIUA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
más plausible, según queda arriba insinuado: trazando una his-
toria general, en que se pusieran de relieve las gloriosas hazañas
de los principes y magnates que se ufanaban con llevar en sus
venas sangre visigoda, dirigió principalmente sus miradas á la
investigación de los orígenes y expediciones de aquel pueblo que
en lucha y comercio muchos años con la civilización romana,
acabó por apoderarse de las comarcas más florecientes del Impe-
rio. Causa fué este reconocido é interesado propósito de que ape-
nas salido el arzobispo historiador de los tiempos fabulosos, cuyos
personajes admite con sobrada credulidad, pase de largo por la
historia de la conquista y dominación de Roma en nuestro suelo;
vacio que hubo sin duda de advertir después, atendiendo á lle-
narlo con el libro especial ya mencionado. Pero invertido el pri-
mero de la Jlistoria Golhica en estos dudosos preliminares, que
tienen principio, dando á conocer la situación geográfica de Eu-
ropa y las generaciones dn Jafet, presenta ya en el segundo al pue-
blo visigodo, capitaneado por Atanarico y después por Alarico y
Ataúlfo, dirigiéndose 4 turnar definitivo asiento en las regiones
occidentales, y avasallando en ellas, y sobre todo en nuestra Pe-
nínsula, á las demás naciones bárbaras que le habían precedido en
la conquista. Narrada después toda aquella parte de la historia de
la nación visigoda, que bien pudiera considerarse como su siglo
de oro, comienza el libro tercoro con la peregrina elección de
Waraba, abarcando hasta la invasión sarracena, no sin ponderar
la soltura de AVitiza y la liviandad de Rodrigo, causas inmediatas
de la corrupción y ruina de los visigodos. La impremeditada vi-
sita del palacio encantado y la violación de la Cava, sucesos am-
bos hijos de la tradición popular, hallan también cabida en este
libro, notable por sus curiosos pormenores sobre la conquista mu-
sulmana '.
\ Digno es de loncrse muy en caonla el que toman nuevo valor en nues-
tros (lias los trabajos di?l arzobispo don Rodrigo, conocidos los últimos estu-
dios hechos por los que se precian de arabistas, respecto de la invasión y con-
quista de España por los mahometanos. La relación del entendido R. Dozy
en su novísima Historia de los Musulmanes de España, tanto mas digna de
tenerse en cuenta cuanto que declara haber consagrado á estas difíciles tareas
el espacio de veinte años, es sin duda la prueba más terminante del esmero
II.* PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 419
Desde el alzamiento de don Pelayo hasta la institución de los
jueces de Castilla objeto es del libro cuarto, en el cual se re-
cogen ya las piadosas creencias de la muchedumbre, así res-
pecto del feudo de las cien doncellas, padrón de infamia para el
nombre de Mauregato, como de la construccioij de la cruz de Al-
fonso el Casto ' y de la aparición de Santiago en la batalla de
Clavijo, mientras por otra parte se rechazan las fábulas que atri-
buían á Cario Magno la conquista de casi toda España 2. Con la
muerte de Alfonso YI de Castilla termina el libro sexto, compren-
diéndose en este y el anterior uno de los más interesantes perío-
dos de la restauración cristiana, pues que presentando el naci-
miento y progreso de la monarquía central, encierra las hazañas
de los héroes más populares, tales como Fernán González y el
Cid Campeador, señalando al par el perigeo del poder sarraceno
con la destrucción del Califato de Córdoba y la pérdida de Toledo
y de sus tierras. El sétimo, no menos importante, alcanza hasta
las terribles expediciones de Yacub Almanzor, dando á cono-
cer los preparativos de la gran cruzada que en las gargan-
é inteligencia con que el arzobispo don Rodrigo consultó y utilizó, no sólo
en su Historia de los árabes, sino en la Gothica que ahora examinamos, los
escritores mahometanos que habían florecido hasta su tiempo.
i La cruz de Alfonso el Casto, que seg-un la piadosa tradición ovetense,
consignada ya en los cronicones del siglo XII, fué construida por los ánge-
les, de cuyo hecho tomó el nombre que aun hoy lleva, es uno de los mo-
numentos más importantes de las artes espafiolas en el siglo IX. Sobre re-
velar de una manera indubitable la tradición artística, en la forma que hemos
demostrado en nuestro libro áslArte latino bizantino en España, ofrece la sin-
gular circunstancia de hallarse enriquecida por varios sellos y camafeos grie-
gos y romanos, de extraordinario mérito, los cuales representan, entre otros
asuntos, una Minerva, una Cibeles, una Bacante, un Dragan y una Psiquis.
Esto prueba el respeto que el II. ° Alfonso tributaba á la antigüedad, y es un
argumento indestructible de la influencia que esta ejerce en toda la edad me-
dia. La Cruz de los Ángeles ha sido publicada en magnífica crorao-litografia
por la Comisión de los Monumentos Arquitectónicos de España, obra donde
ofrecemos una descripción tan exacta como nos ha sido posible.
2 «Tíonnulli istorum fabulis inhaerentes, ferunt Carolum civilates pluri-
mas, castra, et oppida in Hispaniis acquisisse, multaque praelia cum arabi-
bus slrenue perpetrasse, et stratam publicara a Gallis et Gemianía adSanetum
Jacobum recto itinerc direxisse», etc. (Lib. IV, cap. X).
420 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tas ác Miiradal debia lavar la desastrosa afrenta de Alarcos.
Á consignar todos los hechos que preceden al triunfo de las Na-
vas de Tolosa, desde que las huestes coligadas se reúnen al pié de
los muros de Toledo hasta que, después dé recobrada Calatrava,
abandonan los ultramontanos aquella noble empresa; á describir
menudamente la referida batalla, tomando en cuenta el inmenso
holin que logran en ella los cristianos, así como las grandes venta-
jas que reportan, apoderándose de numerosos castillos y fortale-
zas; y finalmente, á, bosquejar la muerte del ilustre príncipe, que
habia tributado al cristianismo servicio tan memorable, está con-
sagrado el libro octavo. El breve é insignificante reinado de Enri-
que I y el gloriosísimo de doña Barenguela y Fernando III ocupan
el noveno y último, si bien sólo se extiende hasta el año de 1243,
en que el arzobispo puso fin á la Ilistoria Gothica ^ . La claridad
y magnitud de los sucesos, y la circunstancia de ser narrados
por uno de los principales personajes, que en ellos intervienen,
comunican á. esta parte interés extraordinario.
Una obra pues que abarcaba tan largo espacio de tiempo, dando
no escasa representación á las tradiciones populares, y compren-
diendo bajo una misma narración los principios y sucesivo engran-
decimiento de las diversas monarquías nacidas de los escombros
del imperio visigodo; una obra sometida á un plan propiamente his-
tórico, y escrita en un latín muy superior á cuanto se conserva de
aquella edad *, debia ser y fué en efecto, al mediar del siglo XIII,
una verdadera novedad literaria, ejerciendo notable influencia, ó
mejor dicho, dando nuevo aliento y vida á los ensayos que habían
tenido por forma primera los descarnados Anales, escritos en los
i Al final escribe; «Hoc opusculum, ut sclvi el potui, consumavi anno
Incarnalionis Domini millessimo, ducentcssimo quadragessimo tertio, aera
millessima ducentessima octogessima prima», ele.
2 Justo Lipsio en las notas á los libros PoUlicornm, \\h. I, cap. 9, decia
que fué don Rodrigo autor tan bueno cuanto pudo dar de sí aquel siglo: «esse
honum quantum potuit tali aevo». El doctorante de Nebrija, primer editor
de la Historia Gothica, habia dicho: «Sermo ille incultus obtusaquestyli acies
))non illi mérito iure ausus fuerim, sed potius infoelici illi saeculo, in quo
«pene res Iliteraria obdormierat, vixque aliquis eloquena saltem diaertux re-
»¡ierliix estn (Edic. de Granada MCXLV, in 1* Praefatione).
n. PARTE, CAP. Víll. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 421
primeros dias de la misma centuria. Pero ünicaraínte podrá qai-
latarse el efecto que en el desarrollo de la historia vulgar produjo
la aparición de la Got/uca, cuando se repare en que, dando él
egemplo, tres siglos adelante seguido por el docto Mariana, la puso
el mismo don Rodrigo en lengua romance, ya cediendo al deseo
deque fuese más generalmente conocida, ya obedeciendo los pre-
ceptos de Fernando III, lo cual parece más probable, atendida la
predilección que mostró el rey al idioma castellano, mandando
trasferir al mismo las obras que á la sazón lograban mayor esti-
ma. Nuestros más eruditos bibliógrafos han apuntado ya diferentes
veces este importante hecho ; y sin embargo todavía no se ha re-
suelto por ninguno cuál de las muchas versiones que poseemos de
la Historia Goíhica, es la debida al arzobispo. Perplejos andaría-
mos también nosotros , si no hubiéramos examinado en la selecta
Biblioteca Toletana un precioso códice, escrito en pergamino, cuya,
antigüedad no puede ser puesta en duda , ora lo contemplemos
bajo el aspecto de la paleografía, ora bajo el de la filología '.
1 El códice á que nos referimos, es el que existe en el Caj. 26, núm. 23 de
la citada Biblioteca de los Canónigos de Toledo: consta de setenta y tres fojas
en 4.° español, de letra clara y bien formada, semejante á la emp'eada en los
privilegios rodados del tiempo de San Fernando y su hijo, é igual á los carac-
teres de códices coetáneos y de inscripciones grabadas en vasos, chapas y otras
joyas de aquella edad. Entre otros testimonios análogos y fehacientes, citare-
mos el celebrado códice del Fuero Juzgo de Murcia, de que publicó la Real
Academia de la Lengua un curioso facsímile en el prólogo de su excelente
edición de aquel monumento, y la bellísima taza de cristal de roca, engarzada
en oro, que se conserva en el relicario de la catedral de Sevilla, exornada con
leyendas de los salmos. En uno y otro documento ofrece la escritura la ma-
yor semejanza con el Ms. de que tratamos, lo cual no carece de peso en la
estimación crítica. Inclinado á esta opinión, aunque sin entrar en el examen
paleográfico, se mostró ya el erudito don Juan Bautista Pérez, de cuya letra
es la siguiente nota que se lee en la primera foja del códice: «Esta es la His-
))toria de don Rodrigo, arzobispo de Toledo y es en romance; y según su ma-
))nera y slilo deviera de ser de aquel tiempo: y en el trasladar añide muchas
))cosas el trasladador de suyo que dan gran luz á la verdad de la historia que
)>no están en la latina, y ansy es este libro de mucha estima». Al final halla-
mos esta advertencia, de la misma letra de todo el Ms. : « Fata aqui escripso
wel arcobispo don Rodrigo, anno domini m. ce. xLm anuos, era mili ccLxxxi á
wlos XXVI annos que regnaiia el rey clon Ferrando et á los XXXtlI anuos quti
422 HISTORIA CRlllCA I>E l.A LITERATURA ESPAÑOLA.
Y sube de puntp su importancia, al cousiderarlo cual monumento
literario; pues que, si bien reconoce por base y fundamento la
menciónala Historia Gothica , no solamente hallamos en él alie-
rada la distribución y reducido grandemente el número de los
capítulos, suprimidos algunos ó abreviados muchos pasajes , sino
que encontramos á menudo curiosas adiciones y rasgos altamente
originales, que prestando no escaso interés á, la historia caste-
llana, prueban hasta donde es posible su autenticidad, recomen-
dándola muy eficazmente al aprecio de los doctos. Imposible nos
parece en efecto que nadie, viviendo don Rodrigo ó muy reciente
su respetable memoria, hubiera osado introducir en la obra de
mayor extensión y mérito que habia salido de sus manos, y dedi-
cada al rey don Fernando, como el libro latino, semejantes varia-
ciones; y cuando vemos por otra parte que las traducciones hechas
en la segunda mitad de aquel siglo y aun en el siguiente, se ajus-
tan más estrictamente al original, razón juzgamos tener para dar
por sentado que sólo cabe en lo verosímil el que fuera el arzobispo
quien, usando del mismo derecho que asistió á Mariana al roman-
zar su Historia, modificara el plan de la Gothica, abreviándola é
ingiriendo en ella nuevos accidentes y pormenores, que no creyó
tal vez dignos de la narración latina. Toman estas observaciones
mayor consistencia, notando que las indicadas supresiones, varia-
ciones y aditamentos, que empiezan ya en el mismo prólogo, dife-
rente en gran manera del latino y sus traducciones ', insisten
»él fué arcobispo, el vacó entoz la siet de Roma un anuo el VIH meses et X
))d¡as, muerlo Gregorio: después fisieron á Sinobaldo, que fué lamado Inocen-
wcio quarto». Del estado de la leng-ua podrán juzgarlos lectores por los pasa-
jes que en el texto insertamos, comparándolos con los de oíros documentos
coetáneos.
1 Siguiéndose en casi todas las traducciones el texlo latino, comienza el
prólogo de esta manera: «La leal anligüedad, el antigua leatad de los pry-
wmeros syenpre fue guiadora et mostradora de los que después vinieron; ca
))los prymeros por las cosas que estauan fechas antes, entendieron las cosas de
»D¡os, que nosotros con estos ojos corporales non podemos ver», ele. (Bibl.
Escur., V. ij. 5; Bibl. Nación., F. 133, ele). El de la redacción castellana de
don Rodrigo empieza: aSonnor, pues á la uucslra real Mageslat plogo cnuiar-
»me preguntar si sabia algunas cosas de los fechos que acacscieronen Espan-
»na, también de los prcsscntes como de los passados, que me curiase de uo»
II. PAUTE, CAP. VJJI. l'imi. HI5T. Y PROS. VULG 423
priucipalrneiite en la última parte de la historia, y con especialidad
en la descripción de la batalla de las Navas, más dramática é in-
teresante aun en la crónica romanzada (¡ue en la historia primitiva.
Y al advertir por último que sólo en esta versión se ha respetado
el pensamiento que abrigó el arzobispo don Rodrigo, al trazar su
obra, conservándole el título de Estoria de los Godos, único que,
visto su especial propósito, podia á la sazón cuadrarle, no tememos
aventurarnos en demasía, sí damos por resuelto que encierra el có-
dice toletano la verdadera traducción de la Ilisloria Gothica, de-
bida al arzobispo, ó con mayor exactitud, la redacción castellana
de la misma historia ^
Insinuado dejamos que ofrece esta igual extensión de tiempo
que la latina, si bien comienza con el diluvio de Noé , invirtiendo
los capítulos segundo y tercero en dar á conocer su descendencia
y la de sus hijos. Entrado ya en materia, sigue el arzobispo sus-
Mfaser bien cierto ó por libros ó por oyilas ú por mi mismo, yo non faí osado
))cle uos non responder, magfüer bien sé que ensayé de responder á grand cosa,
))commo omne non abastado de sesso nin de coraeon», etc. Debe notarse
igualmente que en este prólogo se menciona á Estacio entre las autoridades
históricas, diciendo : «Et de Claudio Tolomeo que escreuió el mundo et sus
fechos et de Stacio que escreuió la Estoria Gótica, et Pompeo Trogo», etc. No
citándose el nombre de Estacio en el prólogo latino, ¿qué escritor de media-
dos del siglo XIII osarla alterar el texto de don Rodrigo, asignando á su his-
toria una fuente más que él no habia determinado?... Esta circunstancia ñus
parece de sumo peso en la investigación que vamos haciendo*
i La primera versión de la Historia Gothica lleva este título : « Corónica
))que Maestro Rodrigo, arcobispo de Toledo, conpuso, rogado por don Fernan-
))do, rey de Castiella» (Bibl. Nac, cód. F. 36). Los códs. V. ij. 5 y F 133 de
las Bibliotecas Escurialense y Nacional, y otros muchos que hemos consulta-
do, la nombran también Crónica, Chronica ó Corónica de España, dando á en-
tender que se habia perdido ya de vista el pensamiento que abrigó el arzobispo,
al trazar su obra: en el códice toletano se lee : « Aqui conpiesa la Estoria de
nlos Godos, et compúsola don Rodrigo, arcobispo de Toledo et confirmador de
»las Espannas». Se vé claramente por esta y por las observaciones expuestas,
que quien así quitaba, ponia y alegaba nuevas autoridades, conservando con
toda fidelidad el pensamiento primitivo, no podia s.er otro que el mismo don
Rodrigo. Mas porque la novedad é importancia de esta investigación lo re-
quiere, y para que no quede duda alguna de nuestras observaciones , consa-
graremos á este punto una de las ¡Itistraciones del presente volumen.
4*24 HISTORIA crítica nii LA LliERATüRA ESPAÑOLA.
taucialraente el plan adoptado para la primera; y extractando ge-
neralmente y poniendo alguna vez en romance la relación latina,
reduce casi á la mitad el número de los capítulos de (]ue aquella
se componia, reconcentrando asi el interés. do los hechos por él
referidos, y poniéndolos más fácilmente al alcance de los lectores
castellanos, no avezados todavía á la lectura de gruesos volúme-
nes en prosa. Digno es de consignarse que , á pesar de ese cons-
tante empeño de reducir á términos más breves la Estoria de los
Godos, empeño contrario al que mostraron después todos los tra-
ductores é imitadores de don Rodrigo, cuando este se refiere á las
tradiciones populares, á que dá por vez primera plaza en la nar-
ración histórica, como que se olvida algún tanto de aquel propó-
sito, deteniéndose á presentarlas con su más fantástico colorido.
Llegando á mencionar la aventura del palacio encantado de To-
ledo, escribía:
«Auie eslonz en Toledo un palacio que un rey fiziera execútar et puso y
))un cannado; el puso por fuero el por ley que nunqua abricssen aquel pa-
Mlacio, et cada rey que viniesse que posiesse y su cagnado: et asy fasta el
))tienpo del rey Rodrigo, pues el non auiendo guerra nin coyta nin men-
))gua, creció!' coracon por saber si auie Ihesoro en aquel palalio, et non quis'
wescuxar por conseio de los suyos, et fico abrir el palalio el non falaron y
))mas de una arca, el ya alli non pud seer granl Ihesoro, como e'l coibdó: et
«abrieron el arca et fallaron y un panno de seda preciado, á formas de
))omnes et escripto aderredor: las formas de los omnes que eran con barbas
))luengas el locas en las cabescas et ueslidos anchos como almexías: las le-
))tras griegas, ebráicas et latinas et aráuigas, et todas dicien esta ra9on: «Al
))tienpo quesle palalio sea abierto et esta arca catada el este panno sacado,
))se perderá Espanna, el perderán godos su regno et ganarán yentes desla
))facion que son aqui.» Et el rey Rodrigo en que vido eslo, no falo y theso-
))ro, como el cuydaua: demás oyó tan mal mandado et ouo miedo el pésol',
wet fiso el panno tornar á su arca et cerraron el palalio de como ante era» *.
Narrando más adelante la batalla de Clavijo , de cuya autenti-
cidad han dudado notables historiadores, cuenta así la aparición
de Santiago :
«Estonz vino sobre el rey granl poder de moros: el rey temióse quera
))granl poder, el aleóse con su poder en un casticllo flauio. El de noch como
wen vesion, como en suenno apares^iól' al rey Remiro Sancliague en sem-
1 Cap. XXXVIÍ.
II.* PARTEj CAP. Vil!, PRIM. HIST. Y PROS. VÜLG. 42a
«blanca de caualleroetdixol: — «Non lemas: yo so el apóstol Sancl lago; li-
))dia et vencer ás». Otro dia contó esta vesion á los obispos, et ouieron grant
))goco: entraron en la facienda et á la maior priesa aparecióles Sanct lago
))vesiblemente, con poder, en cauallo blanco, armas blancas et senna blan-
))ca; et desent aquá es costumbre oy en dia decir en fa»jienda: Diox ayuda,
))et Sandia gue. Plogo á Dios, venció el rey don Remiro ; priso muchos et
))mató de los moros mas de Lxx mili. Estonz priso el rey Clauigio et Al-
))bayda et Calagurra; et diól et estableciól que ouiese Sanctiague una ca-
))ualleria en sus caualgadas que foé por costumbre, et asy es oy dia en
yalgunas fronteras» •.
Pero si al introducir en la Esloria de los Godos estas y otras
no menos peregrinas tradiciones vulgares, obedecía e! arzobispo la
imperiosa ley reconocida por todos los historiadores primitivos,
pagando á la poesía popular respetuoso tributo 2, no menos soli-
cito se manifestaba de la buena fama y gloria del cristianismo, al
recordar los triunfos alcanzados sobre el Islam y al describir aque-
llos en que había tenido parte. Ya hemos indicado que es la batalla
de las Navas de Tolosa el suceso de más bulto y trascendencia de
cuantos acaecen en su tiempo , notando al par que ofrece acaso
mayor interés la castellana que la redacción latina. Mucho senti-
mos no trasladar toda esta animada pintura ; pero á fin de que
pueda ser comparada con la de los 1.°^ Anales Toledanos ya
trascrita, comprendiéndose sin dificultad alguna los considerables
progresos hechos por la prosa castellana y por la narración histó-
rica, formulada en romance, bien será que pongamos aquí algunos
rasgos. Determinada la situación de moros y cristianos, al darse la
señal de acometer, dice:
«Los xripstianos comencaron de sobir por fuerl logar et los moros fecié-
Mronlos tornar mucho á zaga. Estonz algunos xrislianos de las azes de
))Castiella et de Aragón aiuntaronse á la primera az: los castellanos iidia-
))uan bien otrosy; pero asi semeió que algunos quisieron foyr, et dixo el
«rey don Alfon: — «Arcobispo don Rodrigo, et vosotros obispos, mal dia es
))oy para mí et para la xrisliandat. Nunqua fues' yo nacido: que yo seré,
«vencido: ©y se pierde toda Espanna.» Todos comencaron de lorar con e'l
i Cap. L.
2 Véase lo que en el cap. XIII y la Ilustración IV. ^ de la I.* Parte dejamos
apuntado sobre esta materia. Don Rodrigo seguía en esto (aunque sin delibe-
rado propósito) el egemplo de Moisés, Herodoto, Livio, etc.
426 HISrOlUA CRÍTICA UE LA LlIEllAllUA ESPAÑOLA.
')el para conorlarlo, et dixolos: — «Varones, oy aquí muramos lodos: non
)iveanios perdida Espaiina. Non se di- ninguno á priísion: anle se mate, si
»non ouier qui lo matar; que yo asy fan-, amig:os el uasalos.» Entre lodos
))dix el arcobispo:— Sennor, si ú morir lu(.'re, todos yrán con uusco ú pa-
»rayso: que nin queremos morir, nin vevir si non con vos, et por essoson
xlodos estos aquí. Mas seel seguro et non lemades: que este es nuestro
)»dia, et oy venceredes el ganadores prec-io; ucngaredes nuoslra lionía, el
í)Dios es con uusco.))... Los colpes oran grandes; los atanborps sonauan;
»feridas las trompetas, semeiaua que el mundo se Iraslornaua. El rey don
»Alfon quebról su corazón et lorando de los oios, dixo: — «Castellanos, oy
«es nuessodia: calat la d'Alarcos.» — Pues dixo: — «Aragoneses el nauarros,
))catat quáles fustes sienpre, ca hoy es nuestro día.» — Vido los xrislianos
«mal trechos et quiso descender del cauallo, et lorando el qucrelándose á
))Dios quel' fisiera rrey, et que naciera á fuert piinclo et diriendo: — «Dios,
)>sy non ueyes á mí, acorre á tu ley que se pierde: si tú eres uerdadero
«Dios, que prisisli carne de Sancta María, el tomesle y muerl por nos pe-
wcadores que aqui esperamos muerte por tí, alúdanos; ca sin tí non val-
))dremos nada.» Enlanto fueron cobrando xristianos, et dixo el rey don
».\!fon: — «A por Dios, uayan aiudar á la delantera. n Sallió don Garsiu
))Royz con sus ermanos et fuetes aiudar: don Garsia Remon quiso yrctre-
))lóuolo el rey á su fabla, porque fues' después meior aiudar. Dix otra vez
»el rey: — «Arcobispo amigo el uosotros obispos, aqui morit comigo.» Di-
))xeron: — «Sennor, morir ó uevir con vos: mas oy ueneeredeset uevireJes
wel gocaremos con uusco '.»
Cualquiera que sea pues la opinión de los eruditos respecto
de la autenticidad de la Estoria de los Godos, no puede caber
duda en que más (jiie una traducción, es una redacción nueva y
abreviada de la Historia Golhica, anterior á la llamada Crónica
General del Rey Sabio, quien hubo de tener entrambas presen-
tes, como adelante advertiremos. Y siendo este un hecho demos-
trado, ¿quién (repetimos) podia en aquella edad desarrollar un
mismo pensamiento bajo distintas formas, sino el autor de la
obra en que dicho pensamiento habia aparecido por vez primera?
Que á ninguno de cuantos romanzaron la Historia Gothica ocur-
rió semejante idea, lo dejamos ya apuntado y aun probado en las
páginas anteriores , lo cual , unido á las demás circunstancias
también notadas, produce en nosotros el posible convencimiento
de que el códice toledano encierra la histoi^ia castellana, debida
\ Caps. XCIV y XCV. Véase la Ilustración cürrcspüucliciilc.
11." PARTE, CAP. VIII. PRIM. fflST. Y PROS. YüLG. 427
al arzobispo don Rodrigo. Pero concedamos por un instante que
aun después de nuestras investigaciones, continúa siendo un pro-
blema para la crítica la designación de la verdadera historia ro-
manzada del arzobispo: lo que no es lícito poner un momento en
duda, lo que está confirmado ampliamente por los hechos, es la
influencia que la historia latina y la vulgar, cualquiera que ella
sea, tuvieron en la república literaria, produciendo desde luego
imitaciones y traducciones que, generalizando los conocimientos
históricos, dieron á este linaje de estudios inusitado impulso.
Prueba de esta verdad, entre otros monumentos que pudieran
citarse, es la Chrónica de los Reys de Espanna, que se custodia en
la ya citada BibUoteca de Toledo, y parece haber sido terminada
en 1256 ', y la versión completa de las obras del arzobispo, poseí-
da por la Biblioteca Nacional y acabada indudablemente en dicho
año. Recordando unas veces la forma expositiva de los Anales, y
adoptando otras la narrativa autorizada por el egemplo de don
Rodrigo, abraza la primera el mismo espacio de tiempo compren-
dido en la Historia Gotliica, si bien descartándose de todos los
\ La Chrónica de los Reys de Espanna exisle en caj. 4, n.° 31 de la Bi-
blioteca Toledana, conocida con el título de Daretis P/iri/gü Historia íro-
yana, etc., y escrita en la segunda mitad del siglo XIII. También hemos exa-
minado una copia antigua entre los Mss. de Salazar (que posee hoy la Acade-
mia de la Historia) marcada M. 35 y precedida en este volumen de los Ilf."'*
Anales toledanos. Como cabeza de estos, publicó el erudito Florez los once
primeros párrafos de la expresada Chrónica en el tomo XXUI de la España
Sagrada, siendo en verdad doloroso que permanezca inédito todo lo restante:
en el número doscientos tres llega la narración al año de 1243, en que se lee
esta advertencia que pone de manifiesto el propósito del cronista: «Esta Chró-
nica de don Rodrigo fué acabada anno Domini MCCXLHI, Era MCCLXXXI.»
El erudito Abella, que la incluyó en el tomo VIII de sus Escritores coetáneos
déla Historia de España, íó\. 180 y siguientes, expuso la opinión, que nos
parece aceptable, de que hasta este punto fué escrita la Chrónica de primera
mano, continuándose algún tiempo después hasta el número doscientos doce
y en el cuarto año del reinado de Alfonso X. De cualquier modo este trabajo,
que según indicamos en el texto, no puede considerarse como una simple
traducción, precede á la Crónica General del Rey Sabio, debiendo advertirse
queen algunas copias se han intercalado, como parte del texto, varias notas
marginales, puestas en época más cercana, lo cual debe tenerse muy en
cuenta para evitar el error, á que pudiera inducir esta circunstancia fortuita.
428 HISTüRlA CKlllCA ÜE LA LlTEllATUllA E31'a5!OLA.
sucesos de época fabulosa y desechando los dudosos orígenes de
los g-odos, entra desde la segunda rúbrica en la relación de las
expediciones de este pueblo, á que dá principio el paso del Danu-
bio en la Era CXXY (año 87 de J. C), siendo emperador Dorai-
ciano. Acatando casi siempre su autoridad, traduciéndole á me-
nudo é interpretando acaso arbitrariamente sus conceptos, llega
al momento en que el arzobispo terminó su obra, añadiendo los
últimos nueve años de la vida del rey don Fernando y adelantán-
dose cuatro en el de don Alfonso, que era en concepto del cro-
nista «el mas largo et mas noble omnc del mundo». — El len-
guaje de esta Crónica, sembrado de modismos leoneses, muy se-
mejantes á los que caracterizan el poema de Alexandre, y la dic-
ción cargada de terminaciones gallegas y aun bables ó asturianas,
especialmente en el uso de los artículos y pronombres, le impri-
men cierta üsonomia particular, persuadiéndonos de que hubo de
ser escrita en las comarcas aledañas de Asturias y Galicia.
No así la traducción de las historias del arzobispo, la cual,
juzgando por su estilo, fué hecha sin duda en el centro de Casti-
lla. Circunscrita al texto latino en cuanto lo consentía la rudeza
del romance, no amoldado todavía ala narración histórica, divide
no obstante algunos capítulos, tanto de la Historia Goíhica como
de las de los Romanos, Vándalos y Ostrogodos, aumentando el
número total de los mismos, si bien respetando la materia en ellos
contenida, egemplo que no fué religiosamente imitado en siglos
posteriores ^ Comprendiendo pues esta importante versión, ter-
l Esta versión es la señalada en la Biblioleca Nacional con la marca F. 30,
citada anteriormente. Dicho códice es un lomo pergamino avitelado, folio
real, en 201 fojas, escritas á dos columnas de lotra clara del sig'lo XIII decli-
nante. Después de la Coránica del Maestro Hodrifjo que alcanza al fól. 104,
contiene: i.° Esloria de los romanos, en once capítulos (al fól. 11 1 v.); 2.°
Estaría de los hugnos et vándalos et sueiios et alanos el selingos, en quince
capítulos (al fól. 118); 3.° Estaría de los estragados, en seis capítulos (al
ful. 120 V.); i." El Libro de los Árabes después del prernipada de Mahamad,
en cincuenta capítulos (al fól. 141). Terminado este libro, se halla otro trata-
do histórico con el título siguiente: La Estaría de Gerusalem abreuiada: tiene
esta noventa y nueve capítulos, y ocupa desde el fól. 141 v. al 201 final.
De esta última obra volveremos á tratar mas adelante, así como tendremos
Il/ PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 429
minada nueve años después de la muerte del arzobispo, todas su9
producciones históricas ', injusto seria, y más que injusto repren-
sible, el negarle la influencia que tuvo en este género de estu-
dios, confirmada al propio tiempo en las imitaciones que de la
ílistoria Gótica se hicieron; ensayos que, como la Ckróm'ca de
los Reys de Espanna, abrieron el camino á la llamada Crónica
general del Rey Sabio.
Imposible seria el comprender siquiera el pensamiento que ani-
mó á este ilustre monarca, al acometer tan ardua y colosal em-
presa, sin tener en cuenta todos estos monumentos, recorriendo
al par el largo espacio que media entre ellos y los primeros Ana-
les, formulados en romance. Cargo es este que puede en verdad
dirigirse á todos los que dentro y fuera de la Península han pre-
tendido hasta ahora trazar la historia de las letras españolas, pre-
sentando la obra de don Alfonso como el primer ensayo de la
prosa castellana, cual si fuera verosímil suposición semejante,
hija más bien de la incuria que de la falta de crítica de los ex-
presados escritores^. Pero ya queda plenamente comprobado: así
también ocasión de mencionar otras versiones de la Historia Gothica, alguna
<ie las cuales, reproducida en multitud do traslados, llegó á imprimirse en
Toledo en 1493.
i Term'insiáo el Libro de los Árabes, íó\. 141, leemos: «Acabóse en Era
de mili et dosientos et nouenta et quatro», que equivale exactamente al año
de 12o6, cuarto del reinado de don Alfonso. De modo que es, como vá dicho,
la primera versión completa de las obras históricas de don Rodrigo.
2 A la verdad es notable que ni Boutterwek, ni Sismondi, ni tantos otros
como hasta ahora han escrito de nuestra literatura, entre los cuales no puede
olvidarse el nombre del diligente Mr. George Ticknor, hayan sospechado si-
quiera que antes del prodigioso movimiento que toman las letras bajo los
auspicios de Alfonso X, se descubrieran síntomas de este mismo desarrollo.
Sobre todo, cuando vemos que el sabio historiador anglo-americano asegura
que es la Crónica General la primera en el orden cronológico (í.^ Parte, capí-
tulo VIlí), no podemos disimular la sorpresa que experimentamos, resistién-
dose nuestra razón á creer que escritor tan erudito haya podido asentar esta
proposición con la meditación necesaria. Nuestros lectores , que pueden
ya quilatar por sí los diferentes grados por donde vá pasando la forma histó-
rica, desde que aparece en los primeros Anales romanzados hasta que llega á
la Estoria de los Godos del arzobispo don Rodrigo y á sus versiones é imita-
ciones, juzgarán si pudo darse el fenómeno de la llamada Crónica General,
430 Hlf^TORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAf50LA.
romo es humanamente imposible el considei'ar el incremenlo y
desarrollo que en manos del expresado monarca recibe la poesía,
sin reconocer antes cuantas producciones alienta la musa caste-
llana hasta mediar el siglo XIII, así también" es contrario á las
leyes críticas el pretender quilatar los esfuerzos que hizo para le-
vantar la historia al punto en que la vemos en la citada Cró-
nica General, sin apreciar debidamente el movimiento de los es-
tudios históricos, tal como lo dejamos trazado. Aun cuando sólo
existiera la razón cronológica, debió despertar la atención de los
indicados autores la indubitable existencia de los monumentos re-
feridos; y ya que desconocieran los castellanos, justo parecia ha-
ber reparado en las obras latinas de Lúeas Tudense, y sobre todo
en las del arzobispo don Rodrigo, las cuales, de la misma suerte
que en la literatura italiana preparan las tareas de Jacobo de Yo-
ragine, Alfieri y Gofredo de Viterbo, las crónicas vulgares de
Mateo Spinello y Ricordano Malaspina, prepararon en nuestro
suelo la Estoria de Espanna del Rey Sabio ' , alcanzando también
no escasa influencia fuera de las comarcas, donde se hablaba el
castellano -.
sin oslos ensayos, y si es ó no digna de censura la crítica que cierra los ojos a
todos estos hechos, privándose al par de los medios de comprender y explicar
el extraordinario espectáculo de la Era, personificada en Alfonso X. Esta ma-
nera de incuria ha sido indudablemente causa de que se haya Ueg^ado hasta
ol punto de asegurar que la prosa española comienza sólo en el siglo XIV
(Duquesnel, Hist. des Lettres, lomo IV, — XXII, pág. 336).
1 Digno es de advertirse en este lugar que el desarrollo histórico precedió
en España, en un tercio de siglo, á los primeros ensayos hechos en lengua
italiana con el mismo intento. — El docto Tirabosehi menciona como «prima
opera... scrila in prosa vulgare», dándole el titulo de Giornale (Slor. della
Letter. ilal, lib. 11, cap. IV), una especie de Anales incluidos por el diligen-
tísimo Muratori en el tomo VII de sus Script. Rer. ItaL pág. 963, y debidos
á Matteo Spinello da Giovenazzo. Estos Anales comprenden desde 1247 á
i 268, en que hubieron sin duda de escribirse. En el mismo capítulo habla de
Kicordano Mulaspina, diciendo que «6 il piu anlico scritlore di storia, che
abbia avuto Firenze», y manifestando que puso fin á su crónica en 1281,
año «in cui morí». Por manera que siendo el primero de mediados del si-
glo XIII y el segundo de fines , queda plenamente comprobado nuestro
aserto.
2 La Historia Gothica, que tenia un interés general en todas las monar-
II. PARTE, CAP. VIH. PRTM. HIST. Y PROS. VULG. 43\
Ni fuera tampoco hacedero dar im paso en el examen de las
demás obras que forman la aureola científica y literaria de tan
esclarecido príncipe, olvidado el noble empeño con que acudió su
renombrado padre á fomentar la civilización española. Heredando
pI ilustrado espíritu de Alfonso YÍII, estatuidor de la primera es-
cuela secular que existe en nuestro suelo; digno discípulo de la
ilustre matrona ' que habia exornado su frente con la doble dia-
dema de León y de Castilla, enseñándole á respetar las letras y las
ciencias y á distinguir á sus cultivadores con honrosos premios,
habia Fernando IIl logrado imprimir inusitado movimiento á las
letras y á las ciencias; movimiento que no solamente se revela en
la manifestación poética y bajo el aspecto heróico-erudito ya ca-
racterizado en los capítulos precedentes, sino que reflejándose in-
mediatamente en la literatura latino-eclesiástica, debia también
comunicarse á los ensayos hechos hasta su tiempo para crear la
prosa castellana. Dentro de su reinado caen pues casi todos los
raonum.entos históricos que llevamos examinados en el presente
capítulo; y si cupo á su virtuosísima madre la honra de proteger
las tareas de don Lúeas de Tuy, suya fué la gloria de promover
los trabajos del arzobispo don Rodrigo, invitándole á poner en
romance la Historia Gothica, tantas veces citada, mientras diri-
gía iguales demandas á otros no menos ilustres varones, para
acaudalar la lengua patria con los tesoros hasta entonces guar-
dados en el retiro del claustro, ó apenas conocidos en las escuelas,
protegidas por el mismo soberano '^.
quias cristianas, fué traducida al catalán en d266, según se expresa en la
misma versión coa estas palabras: «Et fó felá en romans per en Pere Ribera de
))Perpeja que la feu ne segons son pbder en lany qui on contaua de Jhesu
))Chrisl MCCLXVI en leraps del rey noble en Jacme Daragó et de Valencia,
))ct de Mallorca, etc.» — Citan esta traducción don Nicolás Antonio, Bibliothe-
ca Yetus, lib. VIH, cap. 3.°; Rodriguez de Castro, Biblioteca española, to-
mo JI, pág. 066.
i Ayo y maestro de San Fernando fué, por disposición de doña Beren-
guela, el ilustre dan Lope, á quien elevó á la silla de Córdoba al sacarla del
poder de la morisma. La virtud y la ciencia de este prelado merecen especial
aplauso en la historia de nuestra cultura.
2 Véase el cap. V del presente volumen.
432 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Memorable es el anhelo con que siguiendo tan laudable propó-
silo, atendió ¡i traer al idioma del vulgo el celebrado libro del
Fuero Juzgo, dado en 1241 á los pobladores de Córdoba, y al-
gún tiempo después á los de Sevilla y Murcia ^: este libro, que
fué puesto por la Academia Española en el catálogo de las auto-
ridades de la lengua, bien que colocándolo con notable error en
el siglo XII, lo cual rectificó ya en la excelente edición que en
1815 hizo del mismo, es en verdad un monumento literario 2.
Ni nos fuera licito considerarlo en este lugar de otra manera,
cuando al fijar en él sus miradas, no sólo reconoce la crítica el
estado del romance castellano, tal como fué escrito por los hom-
bres entendidos en la postrera parte del reinado del conquista-
dor de Sevilla, sino que establece desde luego un tipo seguro y
como una piedra de toque, así para apreciar los monumentos de
la misma edad, como para determinar los progresos que hizo años
adelante la prosa castellana bajo los auspicios de Alfonso X.
Cierto es que, por los esfuerzos de este monarca^ que procura-
remos quilatar en breve, eclipsó el romance del Fuero Real y de
las Partidas al romance del Fuero Juzgo; pero no lo es menos
que mostrando aun todavía en su infancia, que era digno de ser
empleado para expresar las prescripciones del derecho, del mismo
modo que habia ¡do labrando la narración histórica, descubría ya
en si el idioma castellano todas las virtudes que resplandecen en
las obras legales que ilustran el siglo XIII, dando seguros indicios
de lo que debían ser en las producciones científicas de las acade-
mias toledanas. Dignidad, nervio, concisión y sencillez son en
efecto las principales dotes que brillan en este primer ensayo
didáctico de la lengua castellana, el cual, según el sentir de la
Academia, fué uno de los «que más contribuyeron á formar el
i Véase la Ilustración II.* de la I.* Parte, tomo II, pág. 410.
2 Diccionario de la Lengua castellana, 1726. pág. LXXXV; Prólogo del
Fuero Juzgo por la Real Academia Española. — Esta Corporación afirma que
es el Fuero un monumento de los más calificados de nuestro idioma, con el
eual pocos pueden competir en antigüedad y «ninguno en la importancia del
asunto.» — Algunos eruditos le suponen obra del reinado de Alfonso el Casto,
mencionando otras especies no más dignas de respeto, hijas del afán de
apuntar cosas nuevas, por más extravagantes que aparezcan.
n.* PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 433
Diiuevo romance y á darle pulidez y hermosura». Testimonio de
estas observaciones y prueba suficiente del empeño con que el
rey don Fernando aspiraba á dar autoridad al habla de la mu-
chedumbre, será sin duda el siguiente pasaje, que pone de mani-
fiesto la influencia que durante la dominación visigoda alcanzaron
los adivinos y agoreros, conforme en otro lugar demostramos:
(íAssi cuerno la verdal non es precedida de la mentira, assi se sigue que
))la mentira non viene de la verdat; ca toda verdal viene de Dios el la men-
))tira viene del diablo, ca el diablo fué siempre menlirero. El por que cada
))una deslas á su prencipio ¿cuémo deue omne pesquerir la verdat por la
«mentira? Ca algunos iuezes que non son de Dios el son llenos de error,
))quando non pueden fallar por pesquisa los fechos de los malfechores, van
«lomar conseio con los adeuinos el con los agoradores el non cuidan fallar
))uerdat, se non toman conseio con cslos; mas por end non pueden fallar
«verdal, porque la quieren demandar por la mentira, el quieren prouar
»los malos fechos por las adevinaciones el los malfechores por los adevina-
))dores; el dan á sí mesmos en lugar del diablo con los adevinadores. El
«por ende mandamos que si algún iuez quisier pesquirir ó prouar alguna
«cosa por adivinos ó por agoradores, ó si algún omne toma conseio con es-
»tos tales de muerte ó de vida dotre, ó demandar que le respondan en al-
«guna cosa, faga la enmienda que dice en este sexto libro en la ley que es
»en el segundo títol», ele. '.
Mas no sólo dejó Fernando III, cuya gloria alcanza á todas las
esferas de la civilización, comprobada su predilección á la lengua
castellana en este importante monumento, que únicamente nos
es dado ahora considerar bajo el aspecto filológico, por más que
hallemos en él algunas leyes , ó acomodadas á las costumbres y
creencias del siglo XIII, ó enteramente originales '. Protector na-
1 Lib. VI, tít. H, ley 111.»
2 Véanse sobre este punto la erudita disertación que precede á la edición
de la Academia, debida á su entendido miembro don Manuel de Lardizabal
y Uribe (cap. V, pág. XXXVII), y el discurso preliminar que don Joaquín
Francisco Pacheco puso á la última edición del Fuero Juzgo {Códigos españo-
les, tomo I, cap. IV de la Introd.). Después de estas útiles y acertadas tareas
no es difícil separar lo que es en el código visigodo simple traducción de lo
que es aditamento debido á las costumbres de los tiempos en que se traduce.
Tampoco nos parecía posible, hechos estos trabajos, el traer de nuevo á dis-
cusión si fué traducido dicho Código en el reinado de Fernando III, ó de don
Alfonso, su hijo; y sin embargo vemos suscitada la duda en la Historia de la
TOMO III. 28
\:\\ HisTOMiA r.nlrirA de la i.itkratimu esi'Aí^ola.
liiral (le Iüs varones dislingiiklos por su ciencia, y congregados por
iM en sn corte , logró también aquel gran rey que entrando en el
terreno do la fdosofia, ensayaran estos la lengua vulgar en su cul-
tivo, y á sus ilustradas instancias fuiM'on compuestos los dos pere-
grinos tratados, que llevan por titulo el Libro de los doce sabios y
Flores de Philosophia. Ministrando el primero al mismo rey don
Fernando útiles avisos sobre «lo que todo príncipe et regidor de
Dregno il de fasser en ssí el de cómmo deiuí obrar en aquello que
>»al mesmo pertenesge, et otrossí de cómmo deue regir et castigar
»et mandar et conoscer á los del su regno » , tiene por objeto
prinoipal la educación de los infantes, sus hijos, quienes debían
(i estudiar et catar en ella como en espeio», pues que «aunque
breve escriptura, grandes iuicios et buenos trahia ella consigo» ^.
Era pues el Libro de los doce sabios cierta manera de cate-
cismo político, cuya existencia no podría fácilmente comprenderse
sin apreciar, en la forma que lo dejamos ya realizado, el extraor-
dinario movimiento que en la primera mitad del siglo XIII ofrece
la cultura intelectual de Castilla. Tomando, al escribirle, la misma
forma expositiva adoptada por cuantos tratan después de las cien-
cias políticas ó lilosófícas, artificio que era harto común en los li-
bros orientales, arábigos y rabínicos, de aquella edad y de las an-
teriores, fingieron dichos sabios una especie ríe junta ó academia,
en que dando principio á sus tareas con la definición de la lealtad
[lealtanca], expone cad;i uno la idea que ti(Mie formada de ella,
tratando después de la cobdida y deíiniéndola asimismo en breves
máximas y sentencias. Señaladas menudamente las cualidades y
virtudes que debian brillar en los reyes, así en los goces de la paz
como en las artes y peligros de la guerra, pintanlos revestidos de
Literatura es¡mño!a del doclo Mr. Georg-c Ticknor (I.* época, cap. III). Pero
esta opinión puede colocarse al lado de la quo atribuye á los doce sabios que
convocó don Fernando en su corte para instituir el consojo real, la formación
del Código de la» Partidas, Ni don Alfonso ha menester usurpar la gloria do
su padre, ni este es menos grande, porque su hijo merezca el lauro, con que
la posteridad le corona. Para fijar la época en que se tradujo el Forum Judi-
cum, si desconociéramos la fecha, baslaria sólo su e.vámen filológico compa-
rándole con el Fuero Real y el Fuero de las Leyes.
i Prologo al Libro de loi doce xabiox.
n. PARTE, CAP. VIH. PUIM. HIST. Y PIíOS. VÜLG. 435
amor y sabiduria, asistidos de piedad y de justicia, fortalecidos de
castidad y de templanza , inclinados á la liberalidad y munificen-
cia, y finalmente circunspectos, honradores de los buenos, prontos
á reprimir á los orgullosos , humildes en la prosperidad y celosos
de su autoridad y fortuna.
Este libro, que halla adelante felices imitadores, formulado
en el idioma vulgar y animado de cierto espíritu práctico, po-
día en verdad lograr alguna aplicación al gobierno del Estado^
por más que en nuestros dias sea tenido en poco y aun des-
deñado por nuestros eruditos ^ : reconociéronlo así los mismos
autores, suplicando al rey de Castilla que mandase «dará cada
))uno de los ditos sennores infantes, sus flios, un traslado» de
aquella obra; «porque anssí agora en lo pressente commo en
))lo d' adelant porvenir (anadian) ella es tal escriptura que bien
»s' aprobechará qui la leyer et tomare algo della á pro de las
«ánimas et de los cuerpos» -. Mas cualquiera que fuese el aplau-
so que obtuvo el Lihro de los doce sabios en la corte de Fernan-
do III; cualquiera que sea el juicio de nuestros coetáneos respecto
de su doctrina, cuerdo nos parece indicar que sólo debe ser con-
1 Uno de nuestros más claros escritores contemporáneos observa que el
«trabajo de los Doce sabios no encierra mérito alguno particular», añadiendo
que «en él se descubre sólo el espíritu monárquico y aquella mania de co-
«mentar ó perifrasear una palabra ó idea, cuyo gusto dominó después mucho
))t¡empo en nuestra literatura» (Morón, Historia de la civilización de España,
tomo V, pág-. 160). Mas este juicio seguido por el académico don Mcídesto
Lafaenie {Historia de España, Varíe U.^, lib. If), no puede plenamente ser
aceptado por nosotros, porque sobre no estar todo el libro escrito de la misma
suerte, debe repararse en que esa forma expositiva viene á determinar en la
historia de nuestras letras la aparición del elemento didáctico-oriental que
les comunica en breve especial carácter, siendo por tanto digno del mayor
estudio el monumento de que tratamos. Ni aun considerado en absoluto, po-
demos admitir el dictamen referido, pues lejos de esa hinchazón, atnpulosidad
y mal gusto de que se acusa al Libro de los doce sabios, nos parecen sus ad-
vertencias claras, sencillas, útiles, y formuladas con la gracia de que era la
lengua susceptible, lo cual juzgó también el entendido P. Burriel, cuando en
sus Memorias para la Vida del Santo rey , después de apellidarle tratado dis-
cretisimo, manifestó que le hallaba «digno de que no le dejasen de la mano
»los que gobiernan nuestra monarquía» (Pág. 188).
2 Prólogo del Libro de los doce sabios.
43G HISTORIA CIÚTICA HE LA LITIIRATUIU ESPAÑOLA.
sideiMilo como un ensayo (y por cierto el primero hasta hoy co-
nocido ') de lo que poilia alcanzar la prosa castellana en el cultivo
de las ciencias, gloria iniciada por Fernando 111 y cosechada más
tarde por su hijo don Alfonso. Con este proprjsito, y á fin de que
pueda formarse cabal juicio del estilo y lenguaje de tan antiguo
monumento, trasladaremos el capítulo XXVI, en que hablando de
la manera de hacer y conservar las conquistas, revela el espíritu
de la épocii en que fué escrito, y del rey fuerte, grande y con-
quistador, por cuyo mandato se escribe :
\ El entendido don Pascual Gayangos, en la Inlioduccion á los Escri'
lores en prosa anteriores al siglo AT(tomo LI de la Biblioteca de autores espa-
ñoles), manifiesta no creer «que el Tractado de la nobleza et Lealtad se es-
"cribicse durante el reinado de don Fernando el Santo». Alega por razón,
domas de suponer el lenguaje impropio de aquella época, que se habla en
dicho libro «de las milicias concejiles de un modo incidental y en tono tan
«despreciativo que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en
«tiempo del expresado rey». La indicación relativa al lenguaje, por ser de-
masiado vaga, nada prueba, demostrando por el contrario el examen detenido
de este monumento, que como otros muchos ha llegado á nuestros dias muy
adulterado, que abundan en él los rasgos característicos de aquella época en
orden á la dicción y á la frase. Respecto del menosprecio de las milicias con-
cejiles, daríamos el valor que le atribuye el señor Gayangos á la observación,
cuando se tratara de una época esencialmente militar; pero el reinado de Fer-
nando IH, si cumple como pocos, durante la edad media, aquella ley supe-
rior de la reconquista, se distingue más principalmente por el espíritu de
unidad que en todos los actos del monarca resplandece y por el predominio
que dio á la idea sobre el hecho, al derecho sobre la fuerza; origen indubita-
ble de las grandes empresas legales que don Alfonso, su hijo, realiza. Esto y
no otra cosa significa el anhelo con que doló á todas las ciudades que pudo
del Fuero Juzgo; esto la preponderancia que en su tiempo lograron los le-
gistas, preponderancia insinuada ya desde el reinado de Alfonso VIH; y esto
en fin el empeño no disimulado de crear un solo derecho, proyecto que de-
bía tener por corona la institución de un imperio cristiano, según después
comprobaremos. En época como esta, y escribiendo filósofos ó legistas, no
es, ni puede ser extraño, que no logre aplauso ningún elemento de fuerza,
cualquiera que sea su representación y aun su origen; y como el Libro de los
doce sabios ó de La uoblesa respira desde el primero al último capítulo aquel
mismo espíritu de unidad y supremacía en el trono, tratando de igual suerte
a grandes y pequeños, si ya no es que atiende á despojar á los primeros de
todo poder tiránico, de aquí que la observación del señor Gayangos, aunque
muy erudita, carezca de la fuerza decisiva que le atribuye.
II.* PARTE, CAP. Vm. PRIM. HIST. Y PROS. VULfi. 437
«Sennor conqueridor, si quieres ^anar oirás (ierras ó comarcas, et las
«conquerir es tu dessoo, et amochiguar la ley de Dios et le seguir et faser
))plaser et dexar al mundo algima buena memoria el nonbradia , primera-
»mientre conquiere et soiudg'a los altos el poderosos; et la lu voz enpavo-
))resca al lu pueblo el sea el lu nombre temido; et con eslo enpavorescerán
))los tus enemigos, et la meitad de la lu conquista tienes íecba el la tu en-
»tencion ayna s' acabará. Ca si tú bien, non corriges et soiudgas lo tuyo,
«¿cuerno soiudgarás aquello en que non ás poder? Et non te lernia pro lo que
«conquiriesses el muy ligero paresceria esso et lo ál: cá fallarás que de los
))que conquerieron mucho, asi Alixandre cuemo todos los otros, mas con-
wquerió la su voz et el su Ihemor que los golpes de las sus espadas» '.
1 El Libro de los Doce Sabios ó de la Nobleza ó Lealtat fué dado primera-
mente á la estampa en 1502 (Valladolidi por Diego Gumiel); reimpreso
en 1509 en la misma ciudad (Burriel, Memorias para la Vida del Santo rey i,
pag. 188); reproducido en 1800 (Madrid, Metn. citadas, pág. 188 y siguien-
tes), é incluido por último en el tomo V de la Hist. de Eap. del distinguido
académico Lafuente, bien que sin el prólogo y con notables supresiones (Ma-
drid, 1851). A pesar del esmero que el P. Burriel puso en el cotejo de la
edición de 1509 con el códice del Escorial, hemos examinado este precioso
Ms., designado con la marca B ij. 7, y los que en la Biblioteca Nacional tie-
nen las señales Bb. 52 y Ce 88; La primera copia es del siglo XV y se halla
al fól. 94 del indicado volumen, que encierra además Los Casos é Caydas de
principes, traducción de Bocaccio: la segunda es del siglo XVIII, y lleva este
título moderno: Junta de los Doce Sanios que hizo el rey don Fernando el santo
que ganó á Sevilla, y los consejos que dieron, con los dichos y sentencias de
estos. El entendido Burriel suprimió el último capítulo de los códices (el LXV),
porque «se añadió después de la muerte del Santo rey»: en efecto, dicho ca-
pítulo tiene el siguiente epígrafe: «Cómo después quel rey d. Ferrando finó,
))regnó el Infante d. Alfon, su fijo, et de cómo enbió por los sabios et dd
Mconselo quel' dieron ellos.» Después de expresarse que ya hablan muerto
dos de los primeros, siendo repuestos por otros dos, se manifiesta que les pi-
dió don Alfonso parecer sobre lo que podría decirse en la sepulturade su pa-
dre, y respondieron sucesivamente: «Dixo el primero sabio dellos: — Meior es
»tu fin que tu comienzo. El segundo sabio dixo: — En la muerte fallé los sa-
»beres et en la deste rrey creció la sabiduría. Et el tercero sabio dixo: —
))Fucste en la uida con mucha líondat et eres sabio en la muerte. El cuarto
«sabio dixo: — Mas será la tu remenbrancaque el tiempo de tu vida. El quinto
))sabio dixo: — Maior fecho es el tuyo que de los que conquerieron el mundo.
»E1 sexto sabio dixo: — Preciaste las cosas enfinidas et fasta la fin será el tu
»nombre. El seteno sabio dixo: — Non te queda al de tu señorío sinon del
«mandamiento que dexaste á los sabios, et del bien que fesiste. El otauo sa-
«bío dixo: — Preciaste el saber el siempre te loarán los sabios. El nobcuo sabio
438 HISiOHIA CHlTICA IlK LA LITlillATUIlA ESPAÑOLA.
Conocido el anhelo con que el gran rey don Fernando atendió
á la educación de sus hijos, y en especial de su primogénito,
(«metiéndolo mucho en sus conseios et en sus fablas, maguer que
))la liedat non era tamanna por que sóplese conseiar, segunt con-
«uenie á la su nobleza» ^ tampoco seria descabellado el atribuir
al libro de las Flores de Philosophia el mismo origen. Bien
sabemos que esta obra, citada de muchos, vista de pocos, y toda-
vía no examinada, ha sido constantemente reputada como pro-
ducción de la época de don Alfonso YIII, colocándola en la segunda
mitad del siglo XII ^; pero luego que tomados en cuenta los pri-
»dixo: — Fesisle fermosa casa con pocos dineros. El deseno sabio dixo: — En
»la uida ouisle la fcrmosura del cuerpo ct en la muerte mostrestc fcrmosura
»del alma. El lionseno sabio dixo: — Mas conocido serás muerto que biuo.
»El doseno sauio dixo: — Fasta aqui te loauan los que te conos^ian et agora
Mloartehan los que non te conoscen». — Es por tanto evidente que este capí'
tulo, en que resalta la forma expositiva de los moralistas orientales, fué aña-
dido, como indicó el P. Burriel, después del fallecimiento del rey don Fernan-
do. (Véase la pág. 212 de las citadas Memorias).
i Cap. V de los conservados del libro Septenario.
2 El primero que atribuyó este tratado á la época de Alfonso, el Bueno,
asegurando que lo mandó componer, fué don Sebastian de Cobarrubias en
su Tesoro de la lengua castellana, púy. 317, voz Lazeria{cá. do Madrid, 16M).
Siguióle don Nicolás Antonio, declarando que no habia visto dicho libro
(quem non vidimus), si bien determinaba que Alfonso VIH comenzó ú rei-
nar en H:)8, como para colocarlo en esta centuria (Bibl. Vet., lib. Vil, capi-
tulo VI); y generalizó semejante idea el Abate Andrés, dando por sentado
que el referido príticipe «queriendo que la lengua nacional adquiriese mayor
«esplendor por medio de los tratados filosóficos, hizo escribir un libro inlitu-
Mlado Flores de Filosofia». Andrés lo supone compuesto al mediar del si-
glo XII, como las crónicas, de que hablamos en la nota 2 de la pág. 407. —
Don Fermin Gonzalo Morón añade en nuestros dias, admitida la época ú
que se atribuye el libro referido, (¡ue «Cobarrubias lo elogió mucho», ob-
servando de propia cosecha que «se reduce á una especie de traducción ó
Mexposicion de varias ideas y doctrinas de Séneca» {¡¡ist. de la Civiliz. Esp.,
lomo V, pág. i 38). Prescindiendo de esta noción no exacta, pues Séneca es
sólo uno de tantos filósofos, como se ponen en contribución, al recoger las
Flores de Philosophia , bastará recordar lo expuesto en las notas de la pági-
na 30o, y cuanto en el texto llevamos observado, para comprender que
la opinión de Cobarrubias, exagerada por los que la siguen, no puede en
modo alguno sostenerse. Sensible Cb que persona tan docta como el señor Mo-
II. PARTE, CAP. VIH. PlílM. HIST. Y PROS. VULG. 439
milivos monumentos de la prosa castellana , tal como lo hemos
hecho en el presente capítulo, se viene en conocimiento de que no
se habla escrito aun aquella con intento literario en el citado pe-
riodo; luego que fijando la atención en la naturaleza del referido
tratado, y comparándole con otros de igual índole, trazados al
mediar el siglo que historiamos, descubrimos en él cierto sabor
oriental que le asocia al movimiento insinuado ya en el Libro de
los doce sabios, no podemos asentir á la opinión indicada, cre-
yendo por el contrario que no deben sacarse las Flores de Phi-
losophia del reinado del conquistador de Sevilla , gloriosa prepa-
ración de la memorable época del Rey Sabio.
El indicado libro, que se supone escogido y tomado de los dichos
de los filósofos, y terminado por Séneca, último de los treinta y
siete que se congregan para componerle, guardando no poca ana-
logia con el ya mencionado de la Noblenca et Lealtanca, y enla-
zándose con el de la Sabieca y el de los Bocados de oro, que en
su lugar examinaremos, es una compilación de máximas y sen-
tencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y
ocho leyes ó capítulos '. Manifestado en el prólogo que fué es-
ron, que vio y examinó uno de los Mss. del Escorial, haya caldo en error
semejante. En cambio el erudito Mr. George Ticknor, que únicamente cono-
ció el título de este peregrino tratado, parece confundirlo con el libro del
Tesoro, traducido ó imitado del de Brunetto Latino, de que en adelante ha-
blaremos {Hist. de ¡a Liter. Esp., I.^ época, cap. 111).
1 D )S son los códices que en la Biblioteca Escurialense hemos examinado,
marcados &, ij 8 (fól. 27) y X ij 12 (fól. (S7): en el primero, Ms. del siglo XV,
tiene treinta y ocho capítulos y treinta en el segundo, que es copia de prin-
cipios del XVI. El título del códice &, ij 8 dice:. «Este libro es de Flores de
nPMIosopMa que fué escogido et tomado de los' dichos de los sabios; é quifn
))bien quisiere fascr á sí et á su fasienda, estudie en esta poca el noble escrip-
))tura. Et á la ordenar é componer por sus capítulos, ayuntáronse treynta é
«siete sabios, et de si acabólo Séneca que fué filósofo sabio de Córdoba, el
))fisole para que se aprovechasen del los homes ricos é mas los minguados é
«los vieios é los mancebos». En el Ms. X. ij. -12 se lee: «Este libro es de
ytFlores de Filosofía que fué escogido é tomado de los dichos de los sabios,
«que es de Castigos para quien algo quiera aprender». No hay para qué de-
cir que uno y otro titulo están notablemente alterados, y que son más mo-
dernos que el tratado mismo.
4*0 HISTOIIIA CHlriCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
crilo para que se aprovechasen de él a los omnes ricos el mas los
minguados el los vieios et los mangcbos » , y consig-nado en la ley
priraera que es el amor de Dios principio de la felicidad humana,
entra pues en materia con el siguiente apólogo , encaminado á
limpiar al hombre de toda mancha y pecado:
«Un rey [dice] yua á caca el vido un pcdricador que pcdricaua al pue-
))blo, el dixo el rey al pedricador: Non puedo eslar á oyr el sermón, mas
nruégole que me lo dig^as brebcmienlre el yrme é. Et dixo el pedricador:
))Il á buena uenlura, mas mienbrouos alanto que por un peccado solo foé
weliado Adam de parayso el quica si querrá yoguir en él el que fuer car-
->i gado de inuclios. El andando el rey lod esse dia, pensando en eslaparabla,
))á la lomada que lornaua de su caca, vido eslar ante su físigo muchos ori-
wnales, el dixo el rey al íísigo: Tú que eslos enfermos cuydas melesinar,
«¿sabrás melesina para los peccados ssanar?... Dixo el íis'igo: Et tú, caua-
))llero, ¿sabrás sofrir la amargura de la melesina?... Dixo el rey: Si. Dixo
wel físigo: — Pues escreuit esla recepta: Tomat de la rais del estudiar ellas
wraises de aturar en ello el la cortesa de seguillo el los mirabolanos de la
j)umildal el los mirabolanos de la caridat el los mirabolanos del miedo de
«Dios et la simiente de la uergüenca et la simiente de la obidiencia et la si-
amiente de la esperanca de Dios, et metetlo á co9er en una caldera de me-
3)sura et ponetle fuego de amor uerdadero et soplatlo con uienlode perdón,
))et cuega fata que se alce la espuma del saber, el esfriallo al ayre del uen-
vcer la uohmlat, et beuetlo con douolion de buenas obras. Et seguil esto,
))Ct sanaredes de los peccados» ' .
i Á fin de que formón los lectores más cabul idea de las Flores de Pililo-
sophia, pondremos aquí ios epíg^rafes de todas sus leyes ó capítulos: I. Cóm-
mo el orne deue de amar á Dios. — 11. Del rey et del fysico. — III. De la Re-
cebta. — IV. De la ley et del rrey que la guarda. — V. Commo los omnes de-
uen seer leíales et obedientes al rey. — VI. De la lusticia et de la iniusticia. —
VII. De los que án de auer uida con los reys. — VIH. Del rey que sabe bien
guardar su pueblo. — IX. Del rey que postpone las cosas. — X. Del esfuerco et
del desmayamiento. — XI. De commo se cambian los tiempos. — XII. Del sa-
ber et de la nobleza et de la pro que uiene del. — XIII. De commo omne deue
guardar su lengua. — XIV. Como orne deue seer paciente. — XV. Commo om-
ne deue seer sofrido. — XVI. Commo omne deue seer de buen talante. — XVII.
Commo orne deue ser de buenas maneras. — XVIII. Commo orne deue punnar
cu seer noble. — XIX. De la corlosía et de su nobicca. — XX. De la omildat et
del bien que nascje della. — XXí, De commo omne non deue seer orgulloso nin
presciarse mucho. — XXlí. De commo omne deue punnar en saber licuar los
omnes. — XXIII. De commo ome se deue auenircon sus amigos. — XXIV. Del
esfuer9o et de la cobardía. — XXV. Commo las cosas deue ome leuar por ua
II. PARTE, CAP. VIH. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 4íl
Llamará á no dudarlo la atención de los eruditos el descubrir
en este peregrino libro el primer paso que dá el apólogo oriental,
recibido en la literatura latino-eclesiástica desde los tiempos del
converso Per Alfonso, para tomar plaza en la propiamente espa-
ñola. Cercano estaba en efecto el momento en que este fenómeno
literario debia realizarse; y no es maravilla que un libro escrito á
imitación de otros de conocido origen oriental, en los cuales bri-
llaba la doctrina por la gracia y oportunidad del apólogo, reflejara
esta antiquísima forma poética, que por opuestos senderos iba á
enriquecer las literaturas occidentales, habiéndose ya insinuado
en las producciones de la poesía heróico-erudita de Castilla ^.
Pero dejando para lugar más adecuado el tratar ampliamente ma-
teria tan nueva y difícil, bueno será advertir después de asentado
este interesante hecho , que así como el Libro de los doce sabios
se encamina principalmente á labrar la educación de los reyes,
tiene por objeto el de las Flores de Philosophia la enseñanza ge-
neral, sin olvidarlos deberes del pueblo para con sus monarcas, y
atesorando cuerdos y fructuosos consejos sobre la próspera y ad-
versa fortuna.
No faltará acaso quien, recorriendo sus capítulos ó leyes, ob-
serve como ha sucedido ya respecto del Libro de los doce sa-
bios, que «no pasan sus doctrinas de generalidades que hoy al-
Mcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral
gar. — XXVI. De la riqueca et de la pobreca. — XXVII. De commo omne deue
ondrar sus parientes. — XXVIII. Del departimknto de la riqueca et de la es-
caseca. — XXIX. De la medida de todas las cosas. — XXX. De la marvsedat et
de la braucsa. — XXXI. De la nicior g-anancia del mundo. XXXII. De la bue-
na guarda. — XXXIII. De la osadía. — XXXIV. De commo ome non deue auer
cobdicia del auer aieno. — XXXV. De commo cobdicia fase perder al omne. —
XXXVI. Qué cosa es el saber. — XXXVII. Commo la uoluntad es enemigo del
omne. — XXXVIII. De las mercaderías et de los mercaderos». Terminado este
último capítulo, se lee: «Aquis' acaua este libro de Flores de Philosophia: et
bienandante es qui por estos castigos se guia. — Finito libro sit semper laus,
gloria Xpo.»
1 En la copla 2196 y siguientes del Poema de Alexandre inserta Juan Lo-
renzo el apólogo XIX de la Disciplina Clericalis de Per Alfonso. Volveremos
á locar este punto en los capítulos siguientes,
442 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESI'AÑOLA.
«y de la ciencia del gobieniü». Mas cualesquiera que sean eu
nuestros dias los adelantos de las ciencias morales y políticas,
siempre nos parecerá, infundada, por lo menos, esta manera de juz-
gar las producciones de edad tan remota, causjlndoiios en cambio
verdadera admiración el seso y cordura de los que, acomodando
las lecciones de la antigua filosofla á las ¡deas y creencias de su
tiempo, acometían la noble empresa de restituir á la razón el im-
perio que habia perdido en medio de la barbarie de otros siglos,
avasallada por todo linaje de violencias. Y si, como llevamos apun-
tado, reparamos al par en (pie se bacian estos ensayos en el idio-
ma hablado por la muchedumbre , y bajo los auspicios de un
príncipe que tanto hizo para fomentar durante su reinado la len-
gua vulgar y la prosa castellana , subirá de puilto la estimación
con que debemos contemplar semejantes obras, y muy especial-
mente la que merece el libro de las Flores de Philosophia.
Observar se debe por último que si la forma expositiva de este y
del tratado de los Doce Sabios se deriva de otras literaturas, el
fondo, esto es, las doctrinas capitales de uno y otro, reciben ge-
neral colorido de la cultura española ó ya son enteramente cristia-
nas, sometiéndose así al incontrastable principio do actualidad,
que dando aliento á nuestra civilización, caracteriza todas nues-
tras coníiuistas literarias '.
Considerables son pues las que en la primera mitad del si-
glo XIII hizo la prosa castellana, contándose el mismo Fernan-
do III entre sus más celosos cultivadores. No caeremos nosotros en
el error de los que por no haber examinado los monumentos ori-
ginales, insisten en atribuirle al pensamiento de las Partidas,
equivocándolas lastimosamente con el libro que lleva el título de
Septenario -; pero á la gloria de su reinado, que demás de las
1 Véase cuanlo dejamos dicho en el ingreso del capítulo I del présenle
volumen.
2 Es notable que aun después de haber dado Rodríguez de Castro menuda
cuenta de la exlructura del libro Septenario {Bibl. Esp., pág. (iSO y siguientes
del tomo II), se oqiiivür]ue todavía con el código de las Partidas; pero como
en materia de hechos basta la exposición de los misinos, para desbaratar todo
error, nos remitimos al análisis que haremos adelante del indicado libro Sep-
tenario, trabajo que desvanecerá toda duda iobrc cslc punió.
II. PARTE, CAP. VIH. PRIM. HIST. Y PROS. YULG. 443
grandes empresas militares felizmente rematadas, une el galardón
de haber afianzado en la Península el imperio del cristianismo,
cumple sin duda el recordar su ilustrado empeño por dotar á sus
Estados de una sola ley, deseo que logró inocular en Alfonso
su hijo, y el no menos loable anhelo que le impulsó á preparar
los ánimos de sus vasallos para recibirla, dando con este intento
principio al indicado libro Septenario, terminado después de su
muerte por el mismo Alfonso '. Sólo pues fijando la vista en este
largo y venturoso reinado [1217 á 1252], es dable comprender el
prodigioso desarrollo que al mediar la centuria, de que vamos
hablando, ofrece la literatura castellana, enlazándose su historia
con las de otras comarcas y naciones. En ese afortunado periodo
se opera tal vez ó se lleva á cabo la primera transformación de la
poesía escrita, llegando al punto de cultura en que la hemos con-
siderado en los precedentes capítulos: en él nace también la prosa
literaria que tosca, ruda, desapacible é inarmónica, recibe en
breve extraordinario incremento, merced al egemplo de la poesía
y á la predilección con que empiezan á verla algunos eruditos; y
mostrando primero su rusticidad y pobreza en breves, cortados y
áridos Anales, y dando muy luego claras muestras de progreso
1 Que el pensamiento de dotar á los dominios castellanos de una sola ley
pertenece al conquistador de Sevilla, nadie habrá que lo dude, cuando lea
en el prólogo del libro de las Píir/íí/as: «El muy noble rey don FernamJc,
nuestro padre, que era muy complido de justicia et de verdat, lo quisiera fa-
cer, si mas visquiera, et mandó á nos que lo fecicsemos» (Ed. de la Acade-
mia, pág. 5). Pero antes de emprender esta obra, «cafó que lo meior et mas
apuesto que podie seer era de fazer escripiura en que les demostrasse [á los
onines] aquellas cosas que auian de fazer para seer buenos et auer bien et
guardarse de aquellos que los fiziessen malos» {Septenario, cap. IX de lo con-
servado); y con este propósito acometió la empresa del libro Septenario, obra
que terminó después de su muerte don Alfonso, según él mismo nos revela.
«Quisiemos (dice el Rey Sabio) conplir después de su fin esta obra quél auia
comencado en su uida, et mandó á nos que la compliésemos» {Septenario,
cap. IV de lo conservado). Se vé pues claramente que el libro intitulado
Septenario, fué ideado por San Fernando y aun comenzado a escribir como
una preparación moral para el Libro de las Leyes que meditaba, y con un
objeto puramente didáctico. Así lo convencen plenamente su forma y las ma-
terias que contiene, según después observaremos.
444 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en las relacioaes ó historias de parciales sucesos y en las genea-
logías de los reyes, la vemos ensayarse en la narración histórica
con no escaso vigor, tomando en hreve el tono didáctico, y no
desdeñando tampoco el estilo familiar, como nos prueban las car-
tas de Alexandre á su madre, debidas al renombrado Juan Lo-
renzo de Asiorga *.
Así que, recorriendo prosa y poesia todo el espacio posible en
aquella época, por tantos conceptos digna de madura contempla-
ción y estudio, aprestábanse para entrar en nuevos y más anchos
senderos, conducidas victoriosamente por la ilustrada enseña de
Alfonso X. No cabe á este ilustre principe el lauro de haber sido
el primer rey de Castilla que promueve é impulsa en aquella edad
la civilización española: antecédenle con alta fama de sus nom-
bres Alfonso Yin, la gran reina doña Berenguela y su dignísimo
padre Fernando III, cuya eximia piedad y virtud le han levantado
á la adoración de los altares; pero si abrieron tan egregios mo-
narcas nuevas y desconocidas vias á la cultura española, si pre-
pararon en el largo trecho de medio siglo la Era de general des-
envolvimiento en que resplandece como verdadero astro y con la
prez del poeta, del filósofo, del liistoriador, del teólogo y del ma-
temático el celebórrimo príncipe, á quien la posteridad corona
con el epíteto de Sabio, á ninguno más que á este pertenece la
gloria de haber fijado el carácter de la lengua y de las letras cas-
tellanas, convirtiendo á un sólo punto todos los esfuerzos de los
1 Nuestro erudilo amigo don Eugenio de Ochoa, en su Tesoro de Prosa-
dores Españoles, pone eslas Cartas de Juan Lorenzo como el primer monu-
mento en prosa de nuestra literatura, después de mencionar el Fuero Juzgo
{Colección de los mejores autores españoles, tomo XXII, pág. -í y siguientes).
Pero aun concediendo que el Fuero Juzgo precedió al poema de Alexandre, á
que dichas Carlas acompañan, conocidos ya los adelantos que se hicieron en
el cultivo de la prosa durante la primera mitad del siglo XIII, es evidente
que no deben señalarse aquellas como sus primeros ensayos, dado que estos
pudieran referirse al estilo epistolar en la literatura española, conforme suce-
de en la italiana con las Lettere di frá Guiltone d'Arezzo, que en sentir de al-
gunos críticos es acaso el primer monumento de la prosa toscana (Ginguené,
ílisl. littef. d'ltalie, lomo I, cap. Vf), si bien Tiraboschi observa únicamente
que son «il piii anlico esempio che abbiavi di Icttcre scritte ncl volgar suo
nlinguaggio» {Stor delta Lilter. ital., lib. lil, pág. 416).
n.* PARTE, CAP. VIII. PRIM. HIST. Y PROS. VULG. 443
más ilustres varones de aquella edad, y fundiendo en una misma
turquesa todos los documentos, que ponían á su alcance las di-
versas razas y naciones que le rodeaban.
Ardua es la empresa de trazar este magnífico y complicadísimo
cuadro: animados del mismo celo que ha movido hasta aquí nues-
tra pluma, procuraremos no obstante bosquejarlo, pudiendo ex-
clamar, si logramos siquiera dar alguna vida á sus principales
figuras:
Anch' io sonó pittore.
CAPITULO IX.
mCSDÍ TBJNSFORIIACIOS MI UTE VülCJIl ERUDITO,
Don Alfonso el Sabio. — Su representación en la historia de las letras. — Sa^
empresas literarias.— Tnlroduccion dala forma lírica en la poesía eru-
dita.— Triple fuente de donde pudo derivarse: los provenzales acogidos
en la corte de Castilla: los catalanes en relación con la España Central:
los gallegos. — Momento en que pudo hacerse sensible la poesía de todos
estos pueblos en el parnaso castellano. — Aparición de la forma simbó-
lica.— Arte oriental. — Su trasmisión á los árabes y hebreos españoles.
— Importancia de la tradición lalino-eclesiástica respecto del arte simbó-
lico.— Los libros del Pantha-Tantra y de Sendebar. — Trasládanse á la len-
gua de Castilla.— Empresas científicas. — Academias de Córdoba trasla-
dadas á Toledo. — Escuelas cristianas. — Su doctrina respetada por el Rey
Sabio. — Estudios de Sevilla: su carácter. — Obras legales.— Introducción
á las mismas: el Septenario. — Obras históricas. — Pensamiento que las ins-
pira.—Obras de Recreación.— Últimos años del Rey don Alfonso. — Sus
poesías elegiacas.— Noticia de otras producciones del Rey Sabio. — Ca-
racteres generales de todas sus obras. — Clasificación de las mismas.
borprendente y magnífico es por cierto el cuadro, que al mediar
del siglo XIII ofrece á nuestra vista la historia de las letras espa-
ñolas, y no menos difícil el empeño de bosquejarlo con su más
propio y verdadero colorido. Sometidos á un pensamiento, tan
generoso como ilustrado y fecundo, todos los elementos de cul-
tura laboriosamente allegados en épocas anteriores; dirigidos á
im fin todos los esfuerzos intelectuales de los diferentes pueblos
418 HISTORIA CnlTlCA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
cristianos en que se dividía á la sazón la Península; congregadas
bajo una sola enseña todas las razas que inoraban de tiempo an-
tiguo en nuestro suelo, consagradas al cultivo de las ciencias; y
acatados, por último, y seguidos con religioso anhelo los egem-
plos de extrañas naciones, mostrábase la civilización castellana
cual centro y genuina expresión de todas las nacionalidades es-
pañolas, y acaudalada coa los tesoros que cada cual había reco-
gido, reílejaba viva y poderosamente los progresos y conquistas
hechos por todos en la esfera del ai'te.
Tan extraordinario movimiento, que sólo puede ser compren-
dido, teniendo en cuenta el feliz desarrollo que política y mo-
ralraenté logra en la primera mitad de aquel siglo el imperio
castellano bajo los auspicios de un Alfonso YIII y un Fernan-
do Hl, no podría tampoco hallar explicación cumplida sin fijar
nuestras investigadoras miradas en la simpática y noble figura
de un Alfonso X, alma de aquel admirable concierto de cien-
cias y de letras, que aparece en medio de la oscuridad de los
tiempos como inverosímil fenómeno. "Dotado este príncipe del ver-
dadero celo de la sabiduría; incansable en el estudio; ilustrado
hasta el punto de no odiar, como odiaron sus antepasados, los
libros ni los sabios árabes ni hebreos ^; y deseoso de domeñar la
bélica aspereza de sus vasallos con las dulzuras de las artes de la
paz, ni omite desvelo alguno para dotar á su patria de la cul-
tura por él ambicionada, ni halla obstáculo invencible á sus co-
losales proyectos que, encaminados al par á las letras y á las
ciencias, abarcan la vida entera del pueblo castellano.
Y sin embargo, este monarca, cuyo nombre llena la historia
del siglo Xlll, y cuya mayor falta fué sin duda el insaciable afán
de ilustrar á sus mal sosegados subditos, no solamente se vio un
día despojado del justo galardón debido á sus empresas militares,
coronadas de feliz éxito, sino que torpemente calumniado por la
emulación ó la envidia, llegó á ser tenido en menos aun entre los
que se preciaban de entendidos, siendo desdeñada su ciencia, cual
vana, mentida y peligrosa 2. Pero si, como hemos dicho antes
1 Véase el capítulo XV de la 1.* Parle, pag. 278.
2 .Apenas hay escritor de los últimos siglos que, hablando del Rey don
II. * PAUTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 449
de ahora, más incrédula de lo que á la gloria de España conve-
nia, ó tal vez más ignorante de lo que debia esperarse, no supo
su posterioridad comprender tan generosos sacrificios; si llevó el
extravio hasta el punto de escarnecerlos, ya felizmente han pa-
Alfonso, no haya lanzado sobre su nombre la nota de impiedad, refiriendo la
conocida anédocla de Segovia, que con extremada credulidad prohijó el eru-
dito Colmenares en la Historia de la ciudad referida, é insertando el dicho, que
se le atribuye con el mismo propósito: «Si Dios me hubiera pedido consejo,
cuando creó el universo, lo hubiera hecho de otro modo». Pero si esta inven-
ción puede correr todavía entre los extraños, no es lícito tolerarla por más
tiempo entre nosotros, señalado ya atinadamente su origen por el docto mar-
qués de Mondéjar en las Memorias Históricas del expresado monarca. «La suma
»presuncion que se le atribuye (escribía don Gaspar Ibañez de Mendoza), no
«advertida do otro escritor nuestro de los antiguos que florecieron en su tiem-
»po ú en otro más inmediato á él, con el sacrilego arrojo que como efecto de
))la incierta satisfacción que presupone tuvo de su sabiduría, y que le drs-
«acredita y malquista con los profesores de nuestra sagrada religión», obra
fué de Pedro IV, el Ceremonioso, primero que le atribuyó aquellas palabras,
las cuales vinieron á hacer fortuna en la pluma de Zurita y de ella en la de
otros muchos que le siguieron (Apénd. I, pág. 638 y 639). Pero es lo nota-
ble que un escritor, á quien anima y distingue el celo de la verdad, par-
tiendo de esta indigna suposición, haya asentado que si bien «era don Alfon-
»so intiligente en la ciencia astronómica, corto mérito en un rey..., sabia
«poco ó nada de aquella que justamente se llama arto de las artes y ciencia
»de las ciencias: ars artium et scientia scientiarum hominum régete, por lo
«que dijo de él un célebre historiador español: Dum coelum considerat, terram
namissit)) (Feijóo, Carlas curiosas, tomo V, dedicat.). Con perdón sea dicho
de Feijóo y de Mariana, á quien aquel alude, este aserto no pasa de ser una
vulgaridad reprensible, que no puede hoy sin desdoro propio aplicarse al
autor del Fuero Real, del Espéculo y de las Partidas, cuyo intento principal,
reflejado en todas sus producciones, fué el de mejorar y promover la cultura
española, con un fin altamente político, según resultará claramente del estu-
dio que emprendemos. Lo notable de todo es, como ya observamos en nues-
tros Estudios sobre los Judíos de España (Ensayo I, cap. III), que los aceros
de la calumnia asestada contra la piedad del Rey Sabio, vinieron á romperse
en los grandes descubrimientos astronómicos del siglo XYI. Nicolás Copér-
nico y Galileo Galillci, manifestaron al publicar sus sistemas, que si abrigó
en efecto don Alfonso algunas dudas sobre el de Ptolomeo, universalmente
acatado en su tiempo, no sólo pueden hoy calificarse de legítimas, sino tam-
bién de acertadas. Así, lo que antes pareció vituperio, ha debido convertirse
en aplauso. Pero en su lugar veremos cómo juzgó á Ptolomeo el mismo Rey
Sabio.
TOMO III. 29
4oO HISTORIA ChItICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA .
;;ailo aquellos dias, y la crítica imparcial, grave y circunspecta,
no puede menos de protestar contra aquellos desdenes y mal
fundadas acusaciones *. La vindicación del ultrajado monarca,
digno por tantos conceptos de admiración y de-respeto, debe pues
ser completa, cuando las pruebas son tan claras y tan copiosas,
cuando la justicia no vacila en inclinar la balanza al peso de la
gloria y del patriotismo, y cuando sin reconocerle cual móvil y
regulador de todas las empresas científicas y literarias que se lle-
van acabo en la segunda mitad del siglo XIII, ni es posible apre-
ciarlas dignamente, ni hallar tampoco fácil manera de explicarlas.
En la poesía y en la historia, en la filosofia y la jurisprudencia,
cu las ciencias astronómicas y naturales dejó Alfonso X de Casti-
lla consignados los altos títulos que le confirman hoy el renom-
bre de Sabio, y que dándolo entonces el de innovador, le atra^
jeron la ojeriza y enemistad de unos, la veneración y las bendi-
ciones de otros.
Animado el Rey Sabio de verdadero espíritu de progreso, im-
primía á lodos los elementos de cultura sello extraordinario; y
aspirando á modificar lo existente, no reparaba en pasar plaza
de imitador, con tal de alcanzar el fin apetecido. Era este doble
empeño el estímulo más poderoso de todas sus tarcas; y lleván-
dole, según vá insinuado, á buscar las nociones de la ciencia y
del arte donde quiera que el arte y la ciencia existían, caracteriza
principalmente las producciones que salen de su pluma y las que
se escriben bajo la som.bra do su trono, trayendo al suelo de Cas-
tilla é introduciendo en su literatura los granados frutos de otras
civilizaciones. Evidente parece en consecuencia que aun siendo
\ Salisraclorio es por cierto para todo el que abrigue verdadero senti-
miento patriótico, que esta manera de protesta, nacida en nuestro suelo con
las tareas de don Nicolás Antonio, Velazquez, Mondéjar, Sarmiento, Rodri-
gucz de Castro y otros, tome hoy nuevo cuerpo y mayor fuerza en la pluma
(le notabilísimos escritores alemanes. Entre otros varios parécenos convenien-
te citar al erudito Mr. Clarus, que aun no conociendo todas las obras del Rey
Sabio, según ingenua y dignamente confiesa, procura y aun logra vindicarle
de repetidas acusaciones, hijas unas de mala fé y engendradas otras por osa-
<la ignorancia {Darstellutig úer spnnischen Literatitr in Mittelalter, tomo I,
p.ig. n27 y siguientes).
II.* PARTE, CAP. TX. SEC. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 451
uno y constante el objeto, á cuyo logro se encaminaba, debían
naturalmente diferir los resultados parciales obtenidos por el rey
don Alfonso y sus ayudadores, como eran distintos los medios
empleados para infundir nuevo aliento á la cultura castellana.
Pero si descubriendo la extensión y profundidad de sus miras,
aumenta notablemente esta complicación de medios la dificultad
del estudio, no por eso dejan de ser menos estimables los timbres
con que se ilustra el hijo de Fernando III, ya se nos muestre
como poeta ó historiador, ya como filósofo ó matemático. En uno
y otro concepto le vemos enriquecer la literatura y las ciencias
con extraños tesoros, y en uno y otro concepto será bien que exa-
minemos lo que debe á su protección y á su talento la España
del siglo XIII.
Acordes andan cuantos han escrito del Rey Sabio con algún
fundamento, en que, educado bajo los auspicios de doña Beren-
guela, cuya gran virtud y amor á las letras dejamos ya recono-
cidos, inclinóse desde la primera juventud al cultivo de la poesía
y de la amena literatura, manifestando que no le había negado la
Providencia las dotes concedidas á otros ingenios de su tiempo.
Mas ora fuese porque la misma edad juvenil le llevara á expre-
sar sus pensamientos en composiciones breves, ligeras y ade-
cuadas al canto, ora porque no le consintieran todavía sus estu-
dios emplearse, á la manera de Berceo y Juan Lorenzo de As-
torga, en obras de cierta magnitud é importancia, es lo notable
que aparece don Alfonso como el primer poeta castellano que in-
trodujo en la poesía erudita de los vulgares el sentimiento lírico,
apenas insinuado hasta entonces en los poemas heroicos. Pero
esta innovación que debía producir un cambio sustancial en el
sistema artístico de la poesía castellana, tomando por instrumento
una lengua que no era en verdad la hablada en la España Cen-
tral, descubre á los ojos de la crítica, que lejos de haberse extin-
guido aquel espíritu de localidad que dio vida á los diversos dia-
lectos desarrollados en uno y otro ángulo de la Península ^, había
tenido fuerzas bastantes para aspirar también á la adopción de
una poética, viniendo al cabo á reflejarse en el gran cuadro que
i Véase la Ilustración U.^ del tomo precedente.
4:í2 »!i>n>itiA ciiíTiCA nr. i,a Mrt;nATimA ^:sp.^^(ll,A.
iba A prosi'utai' en el reinado de aquel príncipe la civilización es-
pifióla. Diferentes eran, sin embargo, las fuentes en que pudo
inspirarse el joven príncipe para dar cima á la innovación men-
cionada, ofreciéndose á su vista con igual prestigio los últimos
restos de la poesía lírica de los provenzales, los ensayos de los
catalanes y las imitaciones de los gallegos.
Y decimos los últimos restos de la poesía de los provenzales,
porque antes de subir el Rey Sabio al trono de sus mayores, ha-
bía ya venido aquella poesía á, dolorosa decadencia, y envueltos
los trovadores en el común naufragio de los albigenses, se habian
visto forzados á mendigar en tierra extraña el asilo y protección
que le negaban en la propia el odio y la intolerancia de los cruza-
dos. Cierto es que antes de esta época habian ya penetrado en el
territorio de Castilla algunos trovadores, para alentar con sus can-
tos las huestes ultramontanas que en determinados momentos lle-
gaban á tomar parte en la guerra contra los sarracenos: entre
los escasos cultivadores, que tuvo en el suelo de Provenza la
poesía lirico-heróica, señala su historia los nombres de un Mar-
cabrü y de un Gabaldan el Viejo, que doblando los Pirineos, se
cuentan, el primero en la celebrada expedición de Almería y el
segundo en la famosísima cruzada de las Navas de Tolosa ^ . Mas
\ Fauriel {Rist. de la poes. proveiif, tomo II, cap. XX). — Millot
{Hist. Lilt. des Troub, tomo II, pág. 230), y don Pedro José Pidal en su Dis-
curso de la poesía casi, de los siglos XIV y XV (pág. LI), ponen á Marcabrú
en la corle de Alfonso X. — Fauriel prueba que la prezicansa, que intituló La-
vador ó Piscina, se refiere á la empresa de Almería, y que la poesía escrita
después, fué dirigida al emperador Alfonso VII. En efecto, en ella se habla de
los almorávides, que habian desaparecido de España mucho antes de la época
de don Alfonso, el Sabio. Dicha canción comienza:
Eioperairp, per mi mezeis
• Sai, quant vostra proeza eréis, etc.
Y en la estrofa IV." se lee:
Ais Ainoravis fui coiiort
l'er las pote&tatz d'outra 'I port,
C'ant pres una tella ad orilir. etc.
(Rayiiouard, Choix, tomo IV, pág. 129).
Esta canción y la Piscina ú Lavador han sido reproducidas úllimamcnle
por el distinguido profesor de Literatura en la Universidad de Barcelona, don
II. PAUTE, C\V. IX. SEG. TRASF. DEL AUTE VULG. ERUD. 45)
sobre revelarnos las composiciones de uno y otro que no se dirigían
estos cantares á, los ejércitos españoles, pruébanos también lo pe-
regrino de los mismos ^ que no eran bastantes á torcer el ins-
tinto poético de la muchedumbre, ni menos á dominar el gusto
de los eruditos, encaminado ya por muy diferente sendero. Abier-
tas entre tanto para aquellos miseros náufragos, libertados de la
matanza de Besieres y del saco de Tolosa, las curtes do Al-
fonso IX de León y de Fernando III de Castilla, ilustrado monarca
que enviaba á su hijo don Felipe á la escuela de Paris para estu-
diar teología -, no solamente hallaban en ellas el deseado asilo,
sino que, según los mismos repetidamente aseguran, eran recibi-
dos con distinción y aplauso. Ni pudiera sospecharse otra cosa del
Manuel Milá y Fontanals, en el muy estimable estudio, que con el título de
Los Trovadores en Espatla ha dado á luz en 1801 (pág-s. 7o y 80). También
Inserta la de Gabaldan ó Givaudan, do que hicimos ya mención antes de
ahora (tomo II, pág. 124), la cual juzga no indigna de la empresa por él
cantada (pág-. 127).
1 Todo el anhelo de los escritores que han pretendido hacer tributaria á!a
poesía española desde la referida época, no ha alcanzado á reunir para de-
mostración de su tesis sino contadísimo número de poesías, cortas y fuga-
ces, en que algunos trovadores aluden más ó menos remotamente á España
durante la segunda mitad del siglo XII y la primera del XIII. Los nombres
de Pedro de Alvernia, Bellran del Born, Fulco de Marsella y otros trovado-
res de menor talla, se citan en efecto como inequívoca prueba: pero apartando
la vista de lo que era ya el arte español, cuando dichos poetas escriben, y
desconociendo el sello especialísimo que habia recibido, al nacer, de la cultura
que lo engendra. Los hechos que vamos exponiendo, manifiestan sin embargo
que verificada la transformación de la poesía vulgar en erudita, tal como vá
estudiada, era ya más fácil que se abriese el parnaso de la España Central á
la influencia de los trovadores. Esta consideración y la ingenuidad, conque
procedemos en nuestras tareas, probarán á los doctos que al rechazar la pa-
ternidad de otras poesías, respecto de los cantos populares, y aun de los pri-
meros monumentos escritos de la castellana, no procedemos caprichosamente,
ni negamos aquellos beneficios recibidos de otras civilizaciones. Pero la edad
de Alfonso X no es la época, en que se componen los Cantares de Ruy Diaz,
si bien el espíritu que resplandece en las Cantigas del Rey Sabio, de que en
breve trataremos, es el mismo que anima las plegarias de Mió Cid y de
Jimena.
2 Anotaciones á la Crónica de los qualro reyes, por Ambrosio de Morales
(Bibl. Escur., cód. &, ij 7, fól 97 v.).
45 i HISiÜlUA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
hijo de doña Berengiiela, quien al propio tiempo que se distinguía
coma experto caudillo, siendo el más feliz de nuestros conquista-
dores, preciábase también de protector de las letras en la forma
antes de ahora indicada; y entendido en todas las maneras de la
caballería, «pagáiuase de ornes de corte que sabien bien de trovar
«et de cantar, et de ioglares que sopiesen bien tocar estrumentos»,
discerniendo perfectamente el mérito de cada uno *,
No es por tanto maravilla, trocado ya el señorío de las comar-
cas, donde hablan florecido los trovadores, y disipadas, en odio á
la soltura de su musa respecto del clero, las antiguas Cortes ó
Tribunales de Amor que les dieron no escasa importancia y nom-
bradla, que mientras atravesando los Alpes, llevaban al Monfer-
rato, á Sicilia y Lombardia las reliquias del arte por ellos culti-
vado, impetrasen en Castilla la protección de nuestros reyes,
atraídos por la justa fama de su ilustración y largueza. Gozando
generosa hospitalidad, señaláronse en el suelo castellano un Gi-
raldo de Calanson, que lloraba en sentida elegia la temprana
muerte del infante don Fernando, hijo de Alfonso YIII y de Leo-
nor de Inglaterra; un Giraldo de Borneil, que celebrando las no-
bles prendas del rey don Jaime de Aragón y de don Sancho de
Navarra, dirigía á Alfonso IX de León y Fernando III de Castilla
una de sus más notables canciones heroicas; un Guillermo de
Ademar, que siguiendo las costumbres de los antiguos trovado-
res, aconsejaba al citado Alfonso que levantase un ejército contra
los sarracenos, «para que llevase consigo al marido celoso que te-
nia encerrada á su bella», mostrándose al propio tiempo pagado
del rey don Fernando; y tantos otros como pudieran citarse, que
bien acogidos y agasajados por el conquistador de Sevilla, le
consagraron en sus poesías notables recuerdos, como para pa-
garle la benevolencia y esplendidez, conque los habla distinguido 2.
i Septenario, cap. VI délo conservado.
2 Millot, Hist. Litt. des Troub. ,iomo II, págs. 28, 80, 497, etc. La elegia
de Calanson, insoria en el tomo IV de Raynouard, pág. 65, empieza:
üclb Senhor Dieus, quo pot csser sufritz
Tan rstr.inh dols cuín es del jov' enfan'
Del filh del rry de Castella pre/.un, ele.
II. PAUTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 455
Y si tuvo el Rey Sabio tan plausible egemplo en la corte de su
esclarecido padre, no quiso en verdad ser vencido por su magni-
ficencia, extremándose en la protección que dispensó á los trova-
dores, los cuales vieron su palacio cual digno teatro de las musas,
declarándole al par como el más entendido de los monarcas en
las artes de la poetria. Crecido fué entonces el número de los
trovadores y juglares, que vinieron á la España Central, para re-
coger los aplausos, que les negaban en su propia nación los nue-
vos dominadores '. Entre otros muchos hacíanse aceptos á los
ojos del rey Alfonso Pedro Vidal de Tolosa, que recordaba tam-
bién complacido los tiempos de Fernando III y de Alfonso YIII;
Raimundo de Castelnau, que declamando contra el clero, los re-
yes y magnates de su tiempo, señalaba al rey poeta como el más
ilustre de los soberanos; Fulco de Lunel, que felicitándole por su
elección al imperio, censuraba la parcialidad de Gregorio X á fa-
vor de Ricardo de Inglaterra; Hugo de la Escaura, que teniéndole
por- el mejor de los reyes que hubo en el mundo, le consagra re-
petidos sirventesios, los cuales debían purificarse como el oro al
fuego, á medida que fuesen oidos por los discretos -; Beltran Car-
La poesía de Guillermo de Ademar, á que en este lugar aludimos, co-
mienza:
Non pot esser suffert, ni ateadut, ele.
Los versos indicados dicen:
Si '1 reys N' Ainfos. cui doptou li Masmut,
£ '1 meilher cotiis de la crestiandat,
Ab que Tus d'els raeres ensems ab se
i Marit gelos q' inclau é sera e te,
Non an peccat non lur fos perdonatz.
(Raynouard, tomo III, pág^. 197 y 98.)
1 El matrimonio de Carlos de Anjou con la hija de Ramón Berenguer V
se llevó á cabo en 1245. Fauriel, movido de un espíritu crítico digno de ala-
banza, señala este hecho como la última fuente de la sátira provenzal, postrera
expresión de aquella nacionalidad poética [Hist. de la poesía proven^.., lomo II,
cap. XXII).
2 En una de las composiciones que dirige Escaura al Rey Sabio hace
mención de los trovadores Pedro Vidal, Alberto de Saboya, Arnaldo Romieu,
Peguilano, Fonsalada, Pelardit y Galobet, como de poetas conocidos en lu
corte de Castilla (Millol, Hist. litt. des Troub., tomo II, pág. 205),
456 HISTORIA CRITICA Üt LA LITERATURA ESPAÑOLA.
bonel, que dirigiéndole varias de sus canciones eróticas, le de-
signa cual juez entendido en las lides del amor y de la caballeria,
y Guillermo de Montagnagut, qno invitándole á tomar posesión
del imperio, le prodiga asimismo las más expresivas alabanzas '.
Ni dejaron tampoco de recordar las distinciones logradas en la
curte de tan generoso príncipe Aimerico de Belenvci ó Bclenoi,
declamador vehemente contra las costumbres de su siglo, que sólo
hallaba digna de elogio la corte de Castilla, á cuyo rey agrada-
ron sobremanera sus hermosos versos; Bonifacio Calvo, distin-
guido genovés, que arrojado de su patria por los disturbios civi-
les, interpone sus conocimientos en el cultivo de la poesía pro-
venzal, para merecer el aprecio de don Alfonso, excitando al cabo
la envidia de los cortesanos; y Aimerico de Pugilano, inconside-
rado amante, que habiendo herido en Tolosa al esposo de su ama-
da, buscó refugio en Castilla, alcanzando del hijo de Fernando III
armas, honras y riquezas '.
Pero más que todos estos famosos trovadores llaman nuestra
\ Millot, Hist. lili, des Troub., tomo II, págs. 288, 206, 43 8; tomo III,
págs. 77, 92. — Entre todas las composiciones citadas, merece especial men-
ción la de Fulco de Lunel, por el extremado elogio que hace del Rey Sabio:
empieza así:
Al bon rey qu' es reys de pretz car,
Reys de Castelln é de Leo,
Reys d' acuihir é reys d' onrar,
Reys de rendre bon giiiardo,
Reys de valor é reys de cortczia,
Reys, a cui platz joys é solatz tot' l'an,
Qui Tol saber de far bos faitz s' en an
Qqí' en luec del ninn tan be no' Is apenria. >
(Raynouard, Choix, tomo IV, pág. 230.)
2 Millot, tomo II, págs. 331, 362; tomo IIÍ, pag. 233.— De estos trova-
dores, ninguno llama nuestra atención tanto como Bonifacio Calvo, por ser
uno de los poetas italo-provenzales que más contribuyeron al desarrollo de la
poesía italiana: la composición mas notable que dirige al Rey Sabio, está
encaminada á promover la guerra, y comienza con estos versos:
En luec de Tcrjauz floritz
E roillatz
Volgra ppr cainps é per pralz
Vi-zer lantas c peños, etc.
(Raynouard, Chota-, lomo IV, pág. 224.)
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 457
atención los no menos celebrados Nat de Mons y Giraldo Riquier
de Narbona, quienes no solamente obtuvieron la protección del
Rey Sabio, sino que habiéndole dirigido diferentes reqüestas, se
manifestaron también gozosos de haberle debido la solución de-
seada. Haciendo gala de ciertas nociones metafísicas y astrológi-
cas, discurría el primero sobre la influencia de los planetas en la
suerte de los hombres: lamentándose el segundo del descrédito y
confusión, en que habia caido la verdadera juglaría, echaba do
menos una clasificación racional, que sepárase á los que decoro-
samente profesaban la música y dignamente cultivaban la poesía,
de los que cantaban en calles, plazas y tabernas, y de los que
hacian bailar perros, gimios y otros animales, remedando el trino
de los pájaros y divirtiendo á la gente menuda con saltos y con-
torsiones. No elogiaremos por cierto la forma en que está con-
cebida la respuesta dada á Nat de Mons por don Alfonso * ; pero
si nos cumple observar que si fuese dictada por aquel rey, así
como la Declaratió que Giraldo Riquier le atribuye, habríamos
de contarle, no ya en el número de los príncipes que protegieron
1 Millot, tomo II, pág-. 193. La respuesta que sobre los versos de Kat de
Mons se atribuye al Rey Sabio, dá principio con estos versos:
Auzidas las razos.
Volens jutjamen dar,
Dig a son coinensar:
Aiifos per las vertutz
De Dieu endevengutz
Augutz tots teinps creissens, ele.
(Raynouard, Choix, tomo V, pág. 269)¿
Giraldo Riquier de Narbona consagró al rey don Alfonso, después de su
muerte (acaecida en 1284 y no 1287 como dice Raynouard), una composición
elegiaca, que tiene este principio:
Eu la greu iiiort amara ,
Del bon rey es serratz
Pretz qu' en est mon non platz
N'Anfos, qu' elh saup culhir, *
Boa fiíitz e'ls raals fugir, etc.
Dos años después escribía otra canción, recordándole, la cual comienza:
* Qai m dísses, non a dos ans,
Que el laus me fes desgrazitz
Del rey N' Anfos, de prelz quitz, etc.
458 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ES1'A5SüLA.
á los trovadores, sino en el de los cultivadores de la poesía pro-
venzal, en cuya lengua se hallan escritas ambas composiciones.
Giraldo Riquicr, no sin razón tenido por el rey de las pastorelas
y vaqneiras, género que al cabo cultivaron los poetas castellanos
no sin fortuna, y uno de los últimos que sostuvieron la decadente
gloria de la poesía lírica de los trovadores, manifestaba en su fa-
mosa Supltcatió que tenia el nieto de doña Berenguela «toda la
«autoridad, lodo el saber y el discernimiento para corregir tan
^pernicioso desorden», añadiendo que en-todas edades habian en-
contrado la «juglaría y la ciencia más protección en Castilla que
»>en otra curte alguna» '. — No podia en consecuencia ser más ac-
tiva la comunicación que tuvo, el Rey Sabio con los trovadores
provenzales, antes y después de subir al trono de sus abuelos;
pero según arriba apuntamos, no fué este el único egemplo que
pudo seguir para comunicar á la poesía erudita de los vulgares el
sentimiento y las formas líricas, de que hasta entonces habia ca-
recido el parnaso docto castellano.
Notables eran en verdad los que en las regiones orientales de
la Península, donde se habia formado y caminaba á su perfeccio-
namiento un romance distinto del de Castilla ^, le ofrecían insig-
nes cultivadores de la poesía, entre los cuales se. contaban tam-
bién algunos monarcas. Constante el empeño de los catalanes des-
de los tiempos de Berenguer I, conde de Provenza, en crear una
poesía nacional, habian sucedido á los nobles esfuerzos y magni-
ficencia de aquel príncipe para con los hombres ilustrados, los de
Alfonso I, protector de los trovadores, y con mayor efecto los de
Alfonso II, que se preciaba de poeta, así como los de Pedro II y
Pedro III, objeto ambos de las alabanzas de los cantores proven-
zales que hallaron digno refugio en su corte, y contados ambos
en el número de los favorecidos de las musas ^. No seremos no-
1 Millot, tomo 111, pág. 359. — La Decíaratió del Rey se comprende desde
la pág. 363 á la 372 inclusive. Milá la inserta original, con la SupHcatió de
Riquier, desde la pág. 233 á la 240 de sus Trovadores en España.
2 Véase la Ilustración II.* del t. II de la I.^ Parte.
3 Amat, Memorias de los escritores catalanes, págs. 13, 474 y 470; —
Millot, Hist. Hit. des Troub.^ lomo I, pág. 13; tomo III, pág. 150;— Quadrio,
Storia d'ognipoesie, lomo II, pág. i 1 í;— Milá, págs. 257, 339 y 396.
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUD. 459
sotros los que pretendamos sacar á la poesía catalana libre de
toda influencia provenzal, ni menos dar calor á la opinión pere-
grina de que fué la primera fuente y raiz de la segunda: unidos
ambos paises por una suerte común desde la más remota anti-
güedad ', y desde fines del siglo XI hasta mediados del XIII bajo
un mismo cetro; frecuentado el suelo de Cataluña por los más
famosos trovadores ultramontanos ^, parece racional que no so-
lamente fuese en él aplaudida la poesía de las Cortes de Amor,
sino también imitada. Pruébalo de un modo concluyente la can-
ción amorosa, que ha llegado á nuestros dias, debida al rey Al-
fonso II, y con ella las muy celebradas de Guillermo Cabestany,
cuya trágica muerte es una de las más dolorosas consecuencias
del Código de amor; no debiendo tampoco olvidarse los sueltos,
malignos y repugnantes sirventesios de Guillermo de Bcrguedan
ó de Berga, como resultado inevitable de la torcida moral pre-
conizada por los trovadores ^.
\ Véase el cap. XV y la Ilustración II.* del tomo precedente, pág-. 401.
2 Ocioso creemos el poner aquí los nombres de los trovadores que halla-
ron acogida en la corte de los reyes de Aragón, condes de Barcelona. Cual-
quiera de las historias de la poesía provenzal satisfará plenamente la curio-
sidad de los lectores que desearen hacer este examen, y muy especialmente
el libro recientemente publicado por el profesor Milá y Fontanals.
3 Millot, Hist. un. des Troub., tomo I, pág. 134 y siguientes; tomo UÍ,
págs. 125; Raynouard, Choix, tomo III, pág. 106 y siguientes. El antiguo
biógrafo de los trovadores, calificaba así á Guillermo de Berguedan, después
de decir que todos sus parientes le abandonaron «per so que tuich los esco-
gosset ó de las moillers, o de las filias o de las serrors»: — Bons sirvenles fetz,
on disia mals ais uns é bens ais allres: é se vana de totas las domnas que
ill soffrian amor. Mout li vengon grans aventuras d'armas et de domnas é
de grans desaventuras» (Raynouard, Choix, tomo V, pág. 186). Los catala-
nes le señalan como uno de los primeros poetas que escribieron en este ro-
mance: fuera de la composición á la muerte del marqués de Mataplana, no es
lícito citar sus poesías. — No así respecto de Alfonso II: la única que se ha
conservado es inofensiva, y empieza de este modo:
Per mantas guizas m' es datz
Joys e deport e solatz;
Qiie per vergiers e per praU
E per fuelhas e per flors
E pcl temps qu' es refrescatz.
460 IIISTOUIA ClliriCA DE LA LITEKATUIIA ESPASüLA.
Pero si hay una época de imitación, en que los poetas calala-
ues se confunden, autí en el uso de la ieníjua, con los que nacen
y florecen allende los Pirineos, lícito es observar, para gloria del
nombre español, que pasado aquel primer momento, imperan en
los cantos poéticos de los catalanes la gravedad y cordura, que
formaban la base del carácter nacional, resplandeciendo en ellos
al propio tiempo la devoción y el patriotismo. — Semejante con-
vencimiento produce el estudio de los cantos religiosos consagra-
dos á la Virgen, objeto en Cataluña, como en toda España, déla
más piadosa adoración \ las poesías morales de Serverí de Giro-
na, y ya al terminar el siglo XIII los famosos sirventesios de Pe-
dro III contra Felipe, el Atrevido, y Carlos de Yalois, que inten-
taban despojarle del trono, así como también los memorables
cantos de Fadrique de Sicilia y Pons Hugo, conde de Ampurias;
enérgico llamamiento al patriotismo de catalanes y aragoneses,
altamente comprometido en aquellas regiones *. No cabe por tanto
duda en que la poesía lírica de los trovadores, que fué imitada
por nuestros orientales en la edad más floreciente de aquellos,
hubo al cabo de someterse al influjo de las costumbres y de las
creencias españolas; trasformacion importantísima que explicando
poí- una parte la índole general de nuestra cnltm-a, y dando por
otra cumplida razón de las causas por qué se trasmitió á los si-
guientes siglos la poesía lírico-erudita de los catalanes, se ope-
Vei alrgrar ch.intadors, etc.
Tiene todo el corle de las canciones provonzales.
1 Véase el cap. XlVde la l.^Parlc, pág'. 203, ele— ElcrmHto Villanueva
insertó en su Viaje Literario unas Lamentaciones de la Virgen Maria, repro-
ducidas há poco en sus Observaciones de la poesía popular por el señor Mllá,
atribuyéndolas uno y otro al siglo XII. Comienzan:
Auyats, Senyos, qui credcst Dcu lo payre
Aiiyasts, si us plau, de Jeshus, lo saUayre
Sos en la creo on lo preygft lo layrc
E r .ich iniTcc axi coiii ó dct fayre, etc., etc.
Otros varios cantos se conservan, que tienen al parecer la misma anti-
güedad.
2 Millot, ///«/. Utt. des Trouh., lomo III, púgs. 316, 151, 2."), 27.— El se-
ñor Milá, en su libro de los Trovadores en España, ha reproducido laml)icn
ostos notables cantos (págs. 430 y sigs.).
II. PAUTE, C-.\P. IX. SCC. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. iñi
raba precisamente durante el glorioso reinado del Rey Sabio.
Coincidia con esta época la no menos memorable de Jaime I,
ípiien alcanzando gran parte de la vida de San Fernando, no so-
lamente aspiraba al galardón de protector de las letras, sino que
ambicionaba también el lauro de los historiadores. Entendido este
celebérrimo principe en las artes de la juglaría , según nos ad-
vierte don Juan, hijo del infante don Manuel *, logró dará la poe-
sía y lengua catalana el considerable impulso, que testifican las
obras de Mossen Jordí del Rey, su criado, teniendo en ellas com-
pleto desarrollólas formas lírico-eruditas^, que recibían más tardo
los poetas de la corte de Pedro III. Siendo pues frecuentes las co-
municaciones entre Aragón y Castilla, y estrechadas las relaciones
de parentesco entre ambos soberanos con el matrimonio de don
Alfonso y doña Violante, no se achacará á vano capricho el su-
poner que pudo el nieto de doña Berenguela tener presentes las
formas líricas cultivadas por los catalanes, al cantar en copiosa
variedad de metros las alabanzas de la Yírgen.
Y sin embargo, cuando notamos que se hallan estas formula-
das en el romance hablado en el ángulo opuesto y más occidental
de la Península, no podemos menos de dirigir á él nuestras mi-
radas, para examinar hasta qué punto fué posible al primogénito
de Castilla hallar modelos dignos de ser imitados entre los poetas
1 Prúlog-o al Caballero et el EscuderQ, Bibl. Nac, S. 34. fól. 1.
2 Amat^ Memor . de los escritores catalanes, pág^. 331. — Las poesías que
de este trovador inserta , le fueron remitidas desde París por el erudito Mr. Tas-
tú: la más notable, escrita en ocasión en que estaba preso ó cautivo, co-
mienza:
Descrt d'ainichs, de bens et de Seiiyor
En straiiy locli e en sirany encontrada,
Luny dé tot be far, d' enuig et de tristor,
Ma voluntat é penQa cativada.
Conviene advertir que á este Mossen Jordi del Rey, apellidado también Fe-
brer, se han atribuido unas Trovas, que tratan de los conquistadores de Va-
lencia, escritas en versos de arte ó maestría mayor, las cuales fueron sin duda
compuestas entrado ya el siglo XVI, según indican Xímeno y otros autores
valencianos. En nuestros dias las ha reproducido don Joaquín María Bover,
como obra de JorUi Febrer, sin tocar siquiera esta cuestión crítica (Palma de
Mallorca, i 848).
402 HISTOIIIA CIllTICA DE I.A LITERATURA ESPANOLA.
ííallegos. Consignado en olro lugar ilc una manera indubitable
que existia ya formado desde los tiempos del obispo don Diego
(íelniirez el romance que lleva aquel nombre, y probado también
que se aplicó en la misma edad á los cantos populares ', natural
parece que dialecto y poesía tuviesen con el trascurso de los tiem-
pos algún desarrollo. Cuatro son los monumentos que se ban alegado
en efecto para comprobarlo, si bien con más confianza que fortu-
na, y refiriéndose principalmente á. la literatura portuguesa. Es
el primero un fragmento de un poema histórico sobre la pérdida
de España, que se supone hallado en el castillo de Arouce, junto
á Coimbra, en tiempo de Alfonso Enriquez, y escrito muchos años
antes por un cautivo cristiano en las mazmorras de la misma for-
taleza. Pero la antigüedad de este poema, que excederia, á ser
cierta, á la muy respetable de los Cantares del Cid y aun á la exis-
tencia del condado de Portugal, debido á, la errada política de Al-
fonso Yl, no solamente se halla rechazada por la critica bajo el
aspecto de la lengua, sino también bajo la relación del arte: com-
puesto en versos de cuatro cadencias y de rimas cruzadas, y con
un lenguaje más portugués que gallego, muéstranos á lo sumo
que pertenece á mediados ó fines del siglo XIV ^. El canto de
Gonzalo Hermiguez 5, el del origen de los Figueroas * y las poe-
i Véase el cap. XIV de la I.^ Parte, pag-. 231.
2 Véase el único fragmento de esta canción, que ha llegado á nuestras
manos, en la Ilustración I.* del tomo II de la I.* Parte, núm. XXXVI.
3 Este fragmento fué impreso por vez primera en la Miscelánea do sitio
de N. Señhora da Luz, publicada en Lisboa en 1629 por Miguel Leitao de
Andrade: reprodújolo después en su Europa portuguesa Manuel Faría y Son-
sa, sin oponerse á su autenticidad; y sin embargo, sólo con reparar que está
escrito en versos de arte mayor, debió quedar desvanecida la gratuita supo-
sición de Leitao. Así lo ha manifestado el doctor Cliistiano Fr. Bellermann,
contra lo asentado por Boulterwek y repetido por Sismondi, en su tratado
de la poesía portuguesa {Die alten Liederbücher der Vortugiesen, etc. Berlin,
iSiO), calificando de error descabellado la suposición del Andrade (pág. 6),
como lo ha repetido Costa y Silva en su Ensayo hiográphico-crllico, pág. 82.
4 Refiérese esta canción al famoso cuanto controvertido feudo de las cien
doncellas, que infamó por largo tiempo el nombre de Mauregato, y dio mo-
tivo á la tradición que hace á Gocslo Ansurcz liéroe de la redención román-
H/ Í'ARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 463
sías de Egas Moñiz, atribuidas á la época del primer Alfonso
[H59 á 1185], completando el número de los citados documen-
tos literarios \ no son en verdad menos sospechosos; y á excep-
ción de lo conservado del primero, que en su rudeza y vaguedad
descubre ciertos rasgos tradicionales, manifiestan ser remedos de
otras poesías, posteriores sin duda al siglo XIII -. Mas no porque
estas composiciones infundan racionales dudas sobre su autenti-
cidad, será bien condenar al silencio la musa de gallegos y por-
tugueses hasta la época memorable del rey don Dionis [1279 á
cesca de seis de aquellas desventuradas. Consta de cuatro estrofas de versos
de ocho y siete sílabas, y empieza:
No figueiral figueiredo,
A no figueiral entre!;
Seis niñas encontrara.
Seis niñas encontré!.
Examinando esta composición el dilig'ente Costa y Silva en su Ensayo bio-
grápMco-crüico sóbreos melhores poetas portugueses, obra menos apreciada de
sus compatriotas de lo que en realidad merece, manifiesta que «é um dos
mais antígos monumentos da nossa poesia» (la portuguesa) (tomo I, cap. IV);
y en efecto hay en ella un no sé qué de tradicional que le presta no poco in-
terés. Sin embargo, lejos de remontarse á la época en que se supone haber
vivido Ansurez, revela un grado de cultura muy superior, que es tanto más
notable cuanto más tradicional nos parezca la canción referida.
\ Supónese á Egas Moñiz coetáneo de Gonzalo Hermiguez ó Herminguez,
y sin embargo, comparado el fragmento de la poesía A Oriana del último, con
las canciones que el primero dedica á cantar los amores y la infidelidad de
Violante, se advierte tal diferencia de lenguaje como disparidad en los me-
dios artísticos. Esto ha movido sin duda al referido Costa y Silva á negar la
autenticidad de las referidas coplas de Egas Moñiz [Ensayo biográphico-critico ,
tomo I, cap. VI), no habiendo crítico ni literato portugués que se atreva hoy
á sostener la pretendida antigüedad de las mismas. La primera de las referi-
das canciones comienza:
Fincarédes bos embora
Taom cuitada,
Qu! si boi-me per hi fora
De tongada, etc.
2 Bellerraann, ubi supra. La citada canción del origen de los Figueroas
la copió Brito de un Cancionero Ms. que fué de don Francisco Coutinho (Mo-
narquía Lusitana, lib. VIII, cap. IX).
4r)l HISTORIA CUlTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
152o], ;'i quien algunos liistoriadoros lusitanos señalan como uno
lie los primeros trovadores de su patria '.
Guarda en efecto la historia los nombres de otros poetas que
le precedieron en mucho, entre los cuales se cuenta Johan Xoarez
de Paiva, que florece á fines del siglo XII ó principios del Xlll -,
y menciónanse otros, coetáneos del Rey Sabio, que vivieron por
tanto en tiempo de Sancho II y Alfonso III "\ Consérvase también,
y ha visto ya la luz pública diferentes veces, un precioso Cancio-
nero, que se atribuye á fines de la misma centuria ó á principios
de la siguiente *, el cual, unido al del rey don Dionís, ya oono-
i Daaite Nuñcz, en la Chronica del mismo rey, decía de él lo siguienle:
«Foi quasi ó primeiro que na linjoa portuguesa sabemos screber versos, o
que elle et os daquel lempo comencaron fazer, áa imitacaó dos arvernos et
provencaes» (pág. 133). En otro lugar anadia: «Compós mullas cousas en
metro, áa imilacaJ dos poetas proven9aes)) (Origem da Lingoa portuguesa,
cap. VI).
2 Cítale el marqués de SanlíUana en su Carta al Condestable, manifes-
tando que de él «se dice auer muerto en Galicia por amores de una infanta
))de Portugal» (n.° XV). El conde don Pedro de Barcellos lo menciona en su
Nobiliario con estas palabras: «Joao Soarez de Pay va, ó tronador, foy cazado
))com donna Mariannez, filha de Joao Fernandez de Riva Vísela et de donna
MMaría Soarez de Sousa» (pág. 242). Y en otro pasaje añade: «Donna María
))Anes foy cazada com Joaü Soarez de Payva, ó trovador» (pág. 281). Este
trovador, según la cronología establecida por don Pedro, debió nacer media-
do ya el siglo XII. Sánchez y Sarmiento desacuerdan en este, como en otros
muchos puntos.
3 En la introducción del Cangionero de dom Diniz, dado á la estampa en
los últimos años, se dice que en el códice, de donde se han sacado sus poe-
sías, existen las de otros trovadores, algunos de los cuales llevan nombres
de personajes muy conocidos en la corte de los citados monarcas. Por la des-
cripción que se hace del Ms., no creemos ir descaminados, creyendo que es
este copia ó acaso el mismo «grand volumen de cantigas, serranas é decires
«portugueses y gallegos, que poseyó el marqués de Santillana, y cuya ma-
))yor parte eran del rey don Dionís de Portugal» {Carta al Condestable, nú-
mero XV). Esta declaración del marqués nos persuade, unida á la noticia
que nos dan los referidos editores, de que lo que se ha tenido por Candoníro
del rey don Dionís, era en realidad una colección de poesías, debidas á los
poetas de su tiempo y aun á algunos de los que le preceden. El marques de
Santillana declara que con las «invenciones sotiles del rey», había otras de
Johan Xoarez de Payva, que según hemos notado, vivió casi un siglo antes.
i Iicñida es la dispula que se ha levantado entre el erudito brasileño don
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG, ERUD. 465
dido de los eruditos, constituye el más fehaciente documento de
los progresos que en la referida época alcanzaba la lengua em-
pleada por los trovadores gallegos y portugueses, y con ella los
metros y las rimas que exornaban sus cantos eruditos ' . Porque
téngase muy en cuenta: lo primero que en todas estas poesías
despierta la atención de la critica, y acaso lo de más importancia
respecto de ellas, es el examen de los elementos artísticos, que
aparecen contrapuestos por su artificio y rigorosa exactitud á la
sencillez y rudeza de la lengua, no pareciendo sino que elabora-
dos por otra literatura, habían sido adoptados sin más esfuerzo, que
F. A. de Varnhag;en y otros literatos portugueses respecto de dicho Cancio-
nero: quieren estos que sea anterior ó cuando más coetáneo á don Dionís, y
debido á varios poetas: pretende aquel que sea posterior y escrito por uno
sólo, señalando á don Pedro de Portugal, que florece en la primera mitad del
siglo XIV, como verdadero autor del mismo. Las pruebas que unos y otros
alegan no son tan concluyentes que merezcan el nombre de históricas. Var-
nhagen aduce sin embargo varias razones de peso, y se apoya en la autoridad
paleográfico-filológica del erudito Joao Pedro Ribeiro, quien declaró que «ó
Hcstylo uniforme das poesías deste Cancioneiro mostra ser antes todo obra de
»ura auctor é nao de diversos». Para nosotros no es ahora de grande interés
esta controversia.
i Este peregrino Cancionero, cuyo original se conservó un dia en el Colle-
gio dos Nobres de Lisboa, instituto igual al e.xtinguido Seminario de Nobles de
Madrid, existe hoyen la Biblioteca Real de aquella corle. Sacólo á luz en Pa-
rís Sir Carlos Stuard el año de 1824; pero incompleto y en tan corto número
de egemplares, que se tiene esta edición por agotada. El doctor Bellermann,
citado arriba, incluyó en su tratado de la poesía portuguesa hasta diez y siete
cantares ó cantigas de las doscientas sesenta publicadas por Sluart (pág. 53
á 60); mas ni uno ni otro, aunque dieron menuda razón del Ms., han cono-
cido las diez y seis fojas del mismo Cancionero que existían en Evora, y que
se han añadido últimamente al códice original, que ni aun así ha podido
completarse. El erudito Varnhagen ha hecho dos ediciones, ilustradas de
facsímiles, con todos los fragmentos. La última es de 1849. Sobre el lenguaje
de estas poesías es digno de notarse lo que nos dice el sabio A. Herculano,
consultado por nosotros al intento; «A minha opiniaCÍ é que este Cancioneiro
))se nao pode rigorosamente dizer escripto emportuguez, mas sim n' uma es-
wpecie de lingoa, ou antes dialecto galliziano, que parece servir para estas
Mcomposicoes mais ou menos líricas, como ó castellano servia para á poesía
«narrativa». Debemos advertir que esta nota llegó á nuestras manos mucho
después de escrito el presente capítulo.
TOMO \U. 50
40í; mSTÚRIA CRiTir.A DE LA LITEUATÜRA ESPA5SoLA.
el do una imitación deliboraJa y erudita. Y cuando vueltos los
ojos á la historia, vemos cuan grande fué el comercio que sos-
tuvo el antiguo reino de Galicia con todos los pueblos cristianos,
atraídos en afiuellos tiempos do fé por la devoción que en todas
partes inspiraba el culto del apóstol Santiago, cuyo cuíM'po era
venerado en Compostela, no tenemos por aventurada la opinión
de los que hallan el origen do las formas artísticas de la poesía
erudita, gallega y portuguesa, en la lírica de los trovadores. Algu-
nas de las producciones más interesantes de este copioso Cancio-
nero eran sin embargo escritas en Castilla, cuyo rey merecía los
elogios del poeta, quien fijando su morada en Segovia, declaraba
por último que sólo aspiraba ti vivir y morir en aquella ciudad,
olvidado por la dama (luc le había inspirado sus apasionados
versos ^
Fuese pu3S quo el Rey Sabio hubiera recibido, como sucedió á su
padre, la primera educación en el suelo de Galicia, conjetura apo-
yada en muy plausibles razones ^; fuese que siguiera el egemplo
de los poetas catalanes; ya que familiarizado con los pro vénzales,
se propusiera imitarlos directamente, ó ya en fin las cuatro co-
sas juntas, — no cabe duda alguna en que trajo á la España
Central las formas lírico-eruditas cultivadas en Galicia, Cataluña
y Provenza, precisamente en el momento en que expiraba la musa
de los trovadores, cobraba mayor virilidad la de los catalanes y
1 Sluart, ful. 91 y 88. Alijuii cn'lico indica que el rey, á quien aluile,
era Alfonso X: en la inJicada composición le compara al mar, diciendo:
De qiiaiitas causas en o inundo son.
Non Vfj' cu ben, qual ¡jodc senioUar
Al rey de C:i5lrlla rt de León,
Se non uní) qnal vos direi; o mar, etc.
(Bcllermann, pág. 57.)
Varnhagon quiere que sea Alfonso XI.
2 Así lo cree el erudito jesuila Burriel; en cuanto al rey don Fernando
nos l)asla el testimonio del mismo don Alfonso, que dice de el en una de las
Caiiligas, do que hablamos adelante:
Kstit nirngí en Casida
' Con rey don Alfonso era
Seu auoo, que do reyno
De Caliza ó fe^erS
Vtitir, ta lien ó aninbn, etc.
11.* PARTE, CAP. IX. SEG, TARSF. DEL ARTE VULG. ERUD. 467
aparecía revestida coa nuevas galas la- de los portugueses y galle-
gos. El libro memorable de las Cantigas, escrito en la lengua de
los últimos, y digno por muchos conceptos de admiración y
estudio, es el monumento en que se halla principalmente realizada
tan importante innovación, que debia encontrar en el parnaso
erudito de los castellanos numerosos imitadores, no sin que en-
sayara el mismo don Alfonso más adelante aquellos y otros me-
tros en la lengua patria *.
Y no eran entre tanto menos trascendentales los esfuerzos que
hacia tan ilustre príncipe para enriquecer la creciente literatura
de la España Central con otros preciosos tesoros. Originaria déla
India y recibida después entre los demás pueblos orientales, habia
caracterizado la forma simbólica casi todas las producciones de la
filosofía y del arte, debidas á los referidos pueblos, atendiendo á
presentar la doctrina de una manera sensible y al alcance de to-
das las inteligencias. Contábase entre los más antiguos monumen-
tos de la literatura sánscrita, el famoso libro designado coft los
titules de Pantcha-Tantra [las cinco divisiones] y Pantcha-Pá-
hijana [las cinco series de cuentos]; é imitado el primero en el
mismo suelo de la India, ya en la otra apellidada Kathámita-
Nidhi [tesoro de la ambrosia de los cuentos], ya en la más cele-
brada y conocida con el nombre de Hitopadesa [instrucción salu-
tífera], fué trasferido á la antigua lengua de los persas, llamada
pehlevy, por el docto Busurviáh ó Barzuyéh, médico del famoso
Khosru Nichirwan [Cosroes] con el título de Homajun-Nameh [li-
bro real] que se trocaba en el mismo siglo por el de Calilagh y
Damnagh'^. Extendida por aquellas regiones la dominación de
i Aludimos á los versos de arle mayor, usados en el Libro de las Quere-
llas. Sobre su posible origen véase la Ilustración III.* del tomo II de la I.*
Parte.
2 El docto Mr. de Puibusque, de quien volveremos á hacer mención ade-
lante, indica que al ser traducido el Pantcha-Tantra en la antigua lengua
persa, recibió el título de Libro de Calila y Dimna (trad. franc. del Conde Lii-
canor, discurso preliminar, pág. 425). Sin embargo, la versión en que tomó
por vez primera este nombre, no parece haber sido hecha al pehlevy, sino
al siriaco, según testifican diferentes autores. De cualquier modo, ambas tra-
ducciones son del siglo X, siendo de notar, como después veremos, que al
^r.-í ni^ToaiA CRÍTICA nr. i,.\ literatura espa?5ola.
los Califas, y desperlailo en la dinastia de los Abassidas o\ ar-
diente anhelo de cultura que disculpa su ambición, mandó tradu-
cirlo al árabe Abú Djafar Mansur, ó según otros el renombrado
Augusto de los muslimes, cabiendo esta honra al persa Abdalláh-
Ebn-Almocaffá , antiguo sectario do Zoroastrcs, convertido re-
cientemente al mahometismo. Lograba tal aplauso en las partes
orientales el libro de Barzuyéh que mientras era de mil formas
extractado \ pasaba nuevamente al persa, ya en el siglo X, y lo
ponia en griego Simeón Sehto, al declinar el XI, con la denomi-
nación de Slhephanites é Ichnelates [-Ts^av.TYi; xaí \vr[>Mri<;],
siendo al mismo tiempo traido á la Península Ibérica, como per-
suade el examen de la Disciplina Clericalis del rabino converso
Pero Alfonso, en otro lugar estudiada 2. Ya en España, ora por
el conducto de los hebreos, que lo trascriben á su propia lengua 5,
pisar»al idioma caslcllano, Irajose este peroe^rino libro el titulo indicado de
Calila y Dimna.
\ El libro de Calila y Dimna era objeto de multitud de versiones, extrac-
tos ó compilaciones, debidas ya á los árabes, ya á los persas, y entre ellas
merecen mencionarse, respecto de los primeros, la traducción de Aban~Ebn-
Abd-el-Hamid, el compendio de Á\i Ahwazí, y la versión de Abd-cl-Muraen-
hen-Hassán; y respecto de los segundos la del poeta Rudegui, premiada por
el Emir Nasr, el samanida, con 80,000 dineros de plata, así como otras ^-
rias, citadas en las Bibliotecas orientales. Puede también consultarse con
provecho cuanto expone sobre este punto el docto Hammer Purgslall en el to-
mo ll[ de su Historia de la Literatura árabe.
2 Véase el tomo lí, pág. 241 y 293. Sobre lo que expusimos en dichos
lugares, conviene advertir que Pero Alfonso demás de confesar, como luego
probamos, que se habia servido de libros arábigos, trascribió al suyo algu-
nos apólogos de Calila y Dimna, según lo hizo después don Juan, hijo del
Infante don Manuel, en su Conde Lucanor, que en el siguiente volumen exa-
minaremos. Esto prueba que habia llegado á sus manos aquel singular mo-
numento.
3 La existencia de una versión hebrea del Calila y Dimna es indudable:
no así el nombre del autor. El laborioso Rodriguez de Castro en su Biblioteca
Española, ya porque interpretase mal un pasaje de la Grande et General Es-
toria del Rey Sabio, de que trataremos en breve, ya porque hallase la indi-
cación en La filosofía morale del Doni, versión del Calila y Dimna hecha sobre
la de Juan de Capua (Venecia, io52, 4.°), ya porque se atuviese extricta-
mcntc á lo que dice Wolfio en su biblioteca Hebrea sobreesté punto (tomo III,
11.* I-ARTE, CAP. ÍX. SEG. TRASF, DEL ARTE VULG. ERUD. 469
ora por el de los árabes, que tuvieron en mucho precio la tra-
ducción de Abdalláli-Ebü-Almocaffá, parecía ser trasferido al la-
tín de la derezia de la expresada versión arábiga, y puesto al
cabo en el romance vulgar bajo los auspicios del nieto de la ilus-
tre doña Berenguela ' .
Compartía la celebridad con el Panlcha-Tantra otra obra no
menos ingeniosa, y conocida en la India con el nombre de Libro
de Sendebar ó Sandabad, que experimentando las mismas tras-
formaciones, pasaba sucesivamente á las lenguas persa, siriaca,
hebrea, griega y árabe, llegando por último al suelo español con
las numerosas imitaciones de Calila y Dimna, y las que más 6
menos directamente liabia él mismo producido. Era sin duda el
libro de Sendebar grandemente aplaudido de los árabes y hebreos
españoles; é imitado en la exposicion.de la doctrina por el Rabbí
pág:. 330), la atribuyó á Rabbí Joel ben Aaron, hebreo que se dice nacido en
España (tomo I, pág. 636). Le ha seguido en los últimos años el docto Pui-
busque en el discurso preliminar á la versión francesa del Conde Lucanor^
pero sin producir verdadera prueba, como despu.es veremos. El Ms. de esta
traducción hebraica, sin principio y lleno de lagunas, existe en la Biblioteca
que hoy lleva d nombre de Imperial enParis, y fué ya dado á conocer por el
sabio Mr. Silvestre de Sacy en las ISotices el extraits des manuscrits de la Bi-
btiothéque dii Roi (tomo IX, pág. 397 y siguientes).
1 Trataremos en el capítulo siguiente este punto: ahora nos limitaremos
á notar que la versión árabe de Abdallah-Ebn-Almocaffá es sin duda la más
exacta y literal, lo cual ha sido causa de que se diga que «carece absaluta-
wmente de color y poesía, efecto sin duda de su antigüedad excesiva» (Gin-
guené, Hist. Litt. d' Italie, tomo I, cap. IV). En efecto, comparadas todas
las versiones que han llegado á los tiempos modernos, se demuestra que al-
terado ya el texto, en la traducción liebráica, cada escritor ha enriquecido la
compilación del libro sánscrito con circunstancias más ó menos poéticas, hi-
jas de su imaginación, de las costumbres de su tiempo y de la sociedad en
que vive. No otra suerte podia caber á una obra que, demás de las versio-
nes indicadas, pasaba sucesivamente al latin, al turco, al alemán, al italiano
y al francés; no habiendo literatura que no le deba alguna ficción ó ense-
ñanza. Sarmiento en sus Memorias para la Historia de ¡a poesía (núm. 73i y
siguientes), y Pellicer en su Ensayo de una Biblioteca de traductores (pá-
gina 156, etc.), recogieron las más interesantes noticias que sobre este
punto hallaron en los escritores de Bibliotecas: aunque no todas las especies
son igualmente aceptables, pueden consultarse dichas obras, no sin provecho
bibliográfico.
470 IIISTUlllA CKllICA DE LA LITEKATUKA ESPAÑOLA.
Jehiidih-ha-Leví en su libro de Cuzarij, escrito en lengua aiíi-
biga y trasladado á la bebrea por Rabbí Jehudad-Aben-Thibon,
era puesto en contribución por Moséli Sephardi, convertido ya al
cristianismo, según oportunamente ob5ervamo3 '. Antes de que
el monje de Haute-Selve [Alta Silva] hiciera la traducción ó imi-
tación latina sobre un texto hebreo, debido acaso á los rabinos
españoles; antes de que Ilebers, tomlndolo de una versión fran-
cesa, metrificara aquel mismo tratado -, se habia hecho familiar
A mahometanos y judios, íntimamente asociados en el cultivo de
las ciencias y de las letras bajo la dominación de los Califas cor-
dobeses. Los apólogos de la Disciplina Clericoiis, aunque lejanos
de su primitiva fuente, pues que el mismo Pedro Alfonso declara
que los habia tomado de libros anibigos ^, trajeron pues á la li-
teratura latino-eclesiíistica la forma simbólica, cuando apenas se
habia podido ensayar el habla de los castellanos en los cantos de
la indocta muchedumbre: hecha ya lengua literaria y ejercitada
así en la poesía como en la prosa, preparábase á reflejar aquellos
desconocidos tesoros, que hermanados con los del Panlcha-Tan-
tra y sus derivaciones, iban á comunicar nuevo impulso á, la li-
teratura española, propagándose después á todas las europeas ^.
I Véase el cap. XIV de la 1.=* Partvi.
2 Ginjuoné, Hist. litt. d' Ilalie, tomo lil, cap. XVÍ. La versión del
monje Juan de Alta Silva es conocida con ol título d'» Dulopalhos ó Román
du Roí et des sept Sages.
3 Véase el cap. XIV de la 1 .* Parte, citado arriba.
i Al mencionar por vez primera el curioso libro de Pero Alfonso [Disci-
plina ClericaUs], manifestamos que el señalado crítico Mr. Adolfo de Puibus-
que habia dado d luz una excelente disertación sobre el origen del Apólogo
español, concediendo a nuestra literatura la gloria de haber introducido en
las occidentales la forma simbólica. El trabajo de Puibusque es tan luminoso,
que no consiente dudas sobre el referido aserto: lástima que, seg-un observa-
mos en el lugar citado, no haya podido este ¡lustrado escritor establecer la
tradición, siéndole desconocidos diferentes libros, que como el de los Assa-
yamientos et engannos de las inogieres, el de los Enseñamientos et castigos de
Alexandre, el de los Bocados de oro y otros que adelante examinaremos, hu-
bieran contribuido sin duda á dar mayor realce á las investigaciones con que
ha ilustrado su traducción del Conde Lucanor, haciendo con ella un verdade-
ro servicio á las letras españolas.
1).' PARTE, CAP. IX. SEG. TKASF. DEL ARTE VULG. ERÜl). 471
Mas así como no puede dejar de reconocerse que introducién-
dose en la latino-eclesiástica con la Disciplina Clerica'is á fines
del siglo XI ó principios del XII, se abrió al apólog-o oriental ex-
pedito camino para comunicarse directamente á la castellana, lí-
cito es observ.ar que halló en parte dispuesto el terreno por la
misma tradición clásica, que hemos reconocido en todos los pasos
dados por las letras en medio de la oscuridad de los precedentes
siglos. Sea ó no el frigio Esopo el Lokman de los árabes, es para
nosotros evidente que la poesía griega recibió de la India la for-
ma simbólica, desemejante si no contraria á la unidad y perfecta
armonía de la idea y su manifestación exterior, carácter principal
y base de la literatura helénica ' . Aceptóla al señorearse de Gre-
cia la romana; y docto en el conocimiento de los historiadores y
poetas que florecieron en aquel privilegiado suelo, cultivóla pri-
mero el español Hijino, y algo adelante el celebrado Fedro, quien
seguía de continuo é invocaba con grande veneración la autori-
dad de Esopo. Tres siglos después, ya en el lY de la Iglesia, po-
nía Avíano en versos elegiacos las mismas fábulas, acudiendo sin
duda á la versión griega del esclavo frigio, perdida ú olvidada la
imitación de Fedro; y recogidas, al comenzar del siglo YII, por el
doctor de las Españas las principales tradiciones del arte antiguo,
no solamente manifestaba que le eran conocidas aquellas peregri-
nas producciones, sino que atendía también á clasificarlas de una
manera filosófica ^.
Asi, destinado el libro de las Ethimologias á la enseñanza
del clero, que le conserva y trasmite, parecían aclimatarse en
la literatura latino-eclesiástica tanto !a noción como la forma
simbólica, llegando por último á tomar cuerpo en versos lati-
1 San Isidoro apunta que fué Alcnion de Crotona el primero que cultivó
en Grecia el apólogo, señalándole como su inventor. «Has [fábulas] primus
jnvcnisse traditur Alcmon Crotoniensis: apellantur aesopicae, quia is apud
Frigiam in hac repoUebat» {Originum, lib. I, cap. XXXVIÍI).
2 Decia el Santo: «Sunt autein fabulae aut aesopicae aut libysticae. AEso-
picae sunt, quuní animalia muta inter se sermocinasse fing-untur, vcl quae
aniniam non habent; ut urbes, arbores, montes, pelrae, flumina. Lybislicae
autem dum hominum cum bestiis, aut besliarum cum hominibus fingilur
vocis csse comerciuní)) {Origin., ul supra).
472 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nos, distintos de los de Aviano y de Fedro, si bien atesorando
la mayor parte de los apólogos que uno y otro habían traducido
de la literatura griega. Comprobación de esta verdad es sin duda
un curioso libro, que con el nombre de líorjulus ha llegado á
nuestros días, escrito al parecer en la primera mitad del siglo XIII
y digno de singular estudio; pues componiéndose de cincuenta y
nueve apólogos, cuyo primer origen reconocen casi todos en el
libro de Esopo, dan claro testimonio de que no se atuvo el autor
á la imitación de Fedro, siguiendo otra versión distinta y gene-
ralmente aplaudida por los eruditos ^ Es pues innegable que, aun
señalando á la forma simbólica una misma cuna y procedencia,
lo cual no puede ponerse en tela de juicio sin temeridad repren-
sible, pudo llegar al Rey Sabio por dos distintos senderos, no
siéndole en modo alguno despreciable la tradición latina, cuando
sabemos que «metrificaba altamente» en aquella lengua, según la
autorizada expresión del marqués de Santillana 2.
i Debemos notar que no sólo difiere la versión, sino que se hallan en este
libro algunas fábulas de todo punto diversas de las de Fedro y muy pareci-
das á las del converso Pedro Alfonso: otras son enteramente peregrinas. Para
demostrar no obstante cómo se altera la tradición de las fábulas esópicas, ci-
taremos la tan conocida Canis per fluvium carnem ferens (IV.* del lib. I de
Fedro), ^ue lleva en el Hortuliis el título Canis et timbra. Dice así;
Nat canis, ore gerit corncín, caro porrigit uinbrain.
Unibra coberens aquis, bas canis urget aquas;
Spem carnis pías carne cupit, pías fenore signuin
Fenoris os aperit; sic caro spesque peril-
Non igitur dcbent per vanis certa relinqui.
Non sna siqais avet, niox caret ipse suis.
Advirtiendo de paso que esta fábula tiene su origen en el Panctha-Tantra,
será bien consignar que el Ms. del Hortuhis, que es un tomo en 4.°, conser-
vado en la Biblioteca Nacional, M. HO., contiene varias poesías elegiacas de
la edad media y la fábula de Alcmena y Anfitrión (fól. 60), empezando los
apólogos en el fól. 82 v., con una breve y graciosa introducción, que parece
original del poeta ó traductor latino. Comienza así;
Duiriiis arrident seria piola iocis:
O&TDLDS islc parit fructiim cum flore favorein.
Flos et fruclLis einunt, hi: sapit, illc nitel.
Si fruclus plus flore placet, legc fruclum; si flos
Plus fructu, florem; si dúo, carpcre dúo, etc.
2 Carta al Condestable de Portugal, núm. XVI de nuestra edición de las
Obras del Marqués.
,1. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERÜD. 473
Vivo no obstante en su ánimo el efecto que produjo el espec-
táculo de la civilización arábiga, sorprendida de lleno en las co-
marcas de Andalucia y de Murcia; dominado de aquel ilustrado
afán que le distingue en toda su vida, y obedeciendo sin duda al
impulso dado por el tercer Fernando, aspiró el nieto de doña Be-
renguela á poseer los tesoros de la filosofía moral, recogidos en
los libros de la antigua India, y trasferidos ya á nuestro suelo por
hebreos y mahometanos. Servíanle también de incentivo los ce-
lebrados libros de los Doce Sabios y de las Flores de Philosophia,
monumentos escritos ambos en cierto sentido didáctico, donde se
habia insinuado el apólogo; y aquella forma que penetrando pri-
mero en las Sagradas Escrituras ' , animó un dia la elocuencia de
Demóstenes ^, ensayada en la poesía heróico-erudita de los vulga-
res ^, venia finalmente á revelarse por completo en la prosa cas-
tellana, no asentado aun el Rey Sabio en el trono de sus mayo-
res. Om mandándola traducir, ora poniéndola él mismo en el
\ Liber Judicum, cap. IX, versíc. 8 al 15 inclusive. La fábula de los ár-
boles, pidiendo rey, es una de las más bellas que pueden idearse.
2 Oratio adversus Philipum.
3 El apólogo, á que antes de ahora hemos aludido, tomado de la Bisci-
plina Clericalis, se contiene en el Poema de Alejandre, y dirigido á reprender
la envidia, está concebido en los siguientes términos:
2197 Diz que dos compañeros | de diverso semeiante,
El uno envidioso, | et el otro cobizante,
Ficieron arabos carrera, | por mantener verdade ;
Fallaron un ricome | de corpo bien estante.
1193 Prometióles grant promesa | ante que ende se partiessc.
Que pedisse el uno | lo que sabor ouiesse;
A ese darie todo | quanto quel' pidiesse,
Al otro el doblo tanto | que postremas pediesse.
2199 Calló el cobdicioso, [ non quiso deQir nada,
Porque podier leuar j la rabión dobrada:
Quando entendió l'otro | esta mala celada.
Quiso quebrar d'eiiuidia | por medio la corada.
2200 Asmó en su coracon | un fuerte pedido,
Qnal non fué en el sieglo | nen visto nen oído:
— Sennor, diz, tú me tnelle | el oio más querido;
Dobra al compannero | el don que te pido.
2201 Fizos el eme bono | desto raaraviellado;
Del ome enuidioso | fué mucho dcspagado".
Vio que enuidia es ] tan mortal peccado,
Que non es por nul vi^io — orne tan mal damnado.
471 IIISTOlilA CIllTICA I»K LA LITEIlATUllA ESt-AÑULA.
habla de la muchedumbre, Imia pues esle principe á la lileía-
tura española la, renombrada compilación, sacada del Pantcha-
Tantra con el título de Calila ct Dimmi, en 1251; y dos años
adelante, siguiendo su egemplo, acaudalaba el infante don Fa-
drique la misma literatura con la versión del no menos celebrado
Libro de Sendebar, designándola con el nombre de Libro de los
Assayamienlos et Engannos de las mogicres; obra de lodo punto
desconocida hasta hoy de los eruditos nacionales y extranjeros.
Pasaba la primera al castellano por medio de una traducción la-
tina, sacada de otra arábiga, que era sin duda la ya citada de Ab-
dalláh-Ebn-Ahuocafrá, y derivábase el segundo directamente del
árabe; si bien una y otro, sometiéndose á la ley general que
domina nuestra civilización, reilejaron desde luego los senti-
mientos y creencias de nuestros padres ' .
El egemplo dado al Rey Sabio por las razas orientales, aunque
produciendo otras versiones ó imitaciones dignas de la estimación
critica, no se circunscribía sin embargo á la amena literatura.
Puestas las miras del príncipe de Castilla en otras empresas, y
levantado su espíritu á las regiones de las ciencias, cuyo cultivo
habia tomado extraordinario incremento desde los tiempos de Al-
fonso Yin, (juiso también enriquecer la cultura española con los
despojos científicos de árabes y hebreos; y mientras la vencida
civilización de los Califas buscaba en Granada nuevo asilo, que-
dando huérfanos los maestros universales [niiii] de los judíos,
abría don Alfonso las puertas de su palacio á los sectarios de
Mahoma, á quienes ilustraba todavía la doctrina de sus fdósofos,
y patrocinaba á los rabinos con protección inusitada. Las céle-
bres Academias [n^'^r''] de Mehasiáh y Pombediláh, trasladadas
á Córdoba por Rabbí Moséh y Rabbí Hanoc, al mediar del si-
glo X [948], y depositarías allí de todas las tradiciones de las
ciencias y de las letras entre los hebreos occidentales, eran reci-
bidas bajo los auspicios del Rey Sabio, quien mirándolas como
uno de los más preciosos ornamentos de sus dominios, dábales en
Toledo privilegiado albergue, preparando así la peregrina tras-
1 Véase en el siguicnlc capítulo la descripción y juicio de cslos peregri-
nos libros.
II,* PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VILG. ERUD. 473
formación que iba á experimentar la cultura de aquel desdichado
pueblo '.
Digno es por cierto del mayor estudio, y antes de ahora hemos
consagrado á este punto algunas vigilias. Aquellos celebrados- ra-
binos, que libertaron del naufragio padecido en las regiones
orientales las reliquias de la lengua santa, y con ellas la respe-
tada doctrina de sus tradiciones, abrigaban al- poner en Córdoba
sus academias, la patriótica esperanza de legar á las generaciones
futuras en toda su pureza el depósito por ellos custodiado. Mas
no comprendieron que al invocar la protección de los Califas cor-
dobeses, sometían lo porvenir de su cultura y de su lengua á la
cultura y lengua de los árabes, perdida su existencia política' y
forzados á reconocer la supremacía del pueblo mahometano. «Du-
wrante su permanencia entre los árabes orientales, entre los ule-
mnas de Córdoba (escribiaraos), los rabinos de las academias se
whabian empapado, digámoslo así, en su literatura y en sus cien-
»cias: sin otros estudios que los talmúdicos y misnáticos, des-
«poseidos ya del espíritu de nacionalidad é independencia, que
«constituye la vida de los pueblos, sin estímulo de verdadera glo-
»ria, cultivaron las ciencias que poseían los musulmanes, y rin-
))dieron el tributo de su admiración á su literatura, tenida por la
«más rica, la más brillante entre todas las literaturas de aquella
«época. Los hebreos de Córdoba escribieron pues muchas de sus
«más apreciables obras en la lengua arábiga, guiando sus plumas
1 Es por extremo curioso el observar cómo el príncipe don Alfonso, aun
antes de la muerte del Rey Santo, había procurado dar cima á las empresas
científicas que empiezan á llamar la atención del mundo sabio en el primer
año de su reinado. Tratando de sus famosas Tablas astronómicas, decian sus
autores: «Et todas estas rayzes (observaciones) sobre que se fundan estas Ta-
))b¡as et todas sus obras (trabajos astronómicos preparatorios y fundamcnla-
))les) son fechas et compuestas al medio dia de la cibdad de Toledo, que es la
Ti)cibdad en que fué este notable acaesámienío de la nascencia de nuestro sen-
^mor (don Alfonso)». Los autores de las Tablas, que adelante conocerán nues-
tros lectores, fijan perfectamente la situación del observatorio, construido en
la parte meridional de Toledo por el nieto de doña Berenguela. Quede pues
sentado que antes de mediar el siglo Xül era debido a la munificencia de los
reyes de Castilla un establecimiento, de cuya posesión no pueden jactarse aun
todas las naciones modernas.
476 HISTORIA culirr.A de i,a literatuka espaSula.
))el mismo espíritu que animaba al pueldo sarraceno. La litera-
))tura rabínica, que habia nacido de la misma manera que la de
))lo3 árabes; que se habia empleado, como esta, en las explica-
))CÍones y comentarios de los libros sagrados, llegó á ser en la
Mcórle de los Califas cordobeses enteramente muslímica, no pu-
))diendo sustraerse 4 la influencia de atjuel pueblo ilustrado» '.
No otro es el espectáculo que la raza proscrita ofrece en el
largo período de tres siglos, durante los cuales, según la ingenua
confesión de los más afamados rabinos, casi llegó á olvidarse la
lengua de sus mayores, perdida toda su elevación y pureza; y
mientras en la primera mitad del siglo XI hacian notables esfuer-
zos para conservarla un Rabbí Samuel ben-Chophni, un Rabbi
Isahak-bar-Baruq y un Rabbí Jehudáh-bea-Barsilí, veíanse obli-
gados á cultivar la arábiga los hombres de más ciencia y talento,
deseosos de que no fueran sus trabajos, ni estériles de todo pun-
to, ni fácilmente olvidados. Pera lo que llama todavía más la
atención de la crítica es sin duda el considerar que los mismos
escritores hebraicos que más se duelen de la postración y decai-
miento de la lengua santa, los mismos que se preciaban de ser
sus restauradores, emplearan el idioma de los muslimes para com-
poner las obras, en que aspiraban á mayor galardón científico ó
literario. Esta enseñanza debemos en efecto al estudio de la his-
toria de las letras judaicas: Rabbí Samuel Jehudí, autor de la fa-
mosa Carla á Rabbí ísahák de Marruecos; Rabbí Selemóh-ben-
Gabirol, que mereció en su tiempo el renombre de maestro de los
cánticos y se distinguió cual filósofo moralista en su Colección de
Rubíes, y Rabbí ísahák- ben-Reubcn, aplaudido por sus Exorla-
ciones poéticas, señalábanse todos dentro del mismo siglo XI co-
mo aficionados y felices cultivadores de la lengua y literatura
arábiga 2. Seguían sus huellas en el XII, si bien con mayor for-
tuna, los encomiados Rabbí Moséh-ben-Mayemon, apellidado vul-
garmente Maiiraonides; Rabbí Moséh Jehudáh-ben-Thibon Mari-
mon, que llevó el título de padre de los traductores; Rabbí Jo-
1 Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judias de España, In-
troducción.
2 Id., id. Ensayo II, cap. I.
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 477
iVdh ben Ganaj, príncipe de los gramáticos; Rabbí Jehudáh Leví
ben Saúl, el divino poeta, y finalmente el esclarecido Abraham
bcn-Meir-aben-Hezra, varón consumado en las artes liberales,
peritísimo en las ciencias sagradas y superior á todos sus coetá-
neos en las matemáticas *.
Dominados pues de aquella ley superior que los avasallaba, con-
tribuían los hebreos en el suelo mahometano al desarrollo de las
letras y de las ciencias cultivadas por los árabes. — Habíanse estos
consagrado con persistente anhelo al estudio de la filosofía, de la
astronomía, de la medicina, de las matemáticas y de las ciencias
naturales, floreciendo en todos estos ramos, así como en el de
las letras, muchos y muy señalados varones 2. — Cierto es que
apenas puede citarse una ciencia, en que mostraran originalidad,
reducidos como estaban á ser meros depositarios del saber del an-
tiguo mundo, y que empeñados en la escabrosa tarea de comen-
tar los libros traídos á la lengua arábiga desde los tiempos de los
Cahfas orientales, consumieron con poco fruto las fuerzas de su
inteligencia, llenando de oscuridades y malezas las mismas obras
que intentaban ilustrar con sus anotaciones y comentos. — Plinio
y Dioscórides, Hipócrates y Galeno, Euclides y Apolonio Pergeo,
Ptolomeo y Aristóteles dieron con sus libros abundante materia y
no poco ejercicio á los ingenios árabes, que al mediar el siglo XH
hallaban digno representante de su cultura intelectual en el ce-
lebrado Abulvalid Mahoraad-ben-.\.hmad-ben-Roschd , cuya in-
fluencia en los estudios filosóficos sólo puede comprenderse, cuan-
{ Id., id., cap. II.
2 Largo es en efecto el catálog^o, formado por los autores de Bibliotecas
Orientales, respecto de los ingenios arábigo-hispanos que se distinguieron en
el cultivo de las ciencias. Como una prueba de los que se dedicaron á las le-
tras, y en especial á la poesía, pueden verse los números CCCLIV y CCCLV
del tomo [ de la Bibliotheca arábico-hispana Escurialensis, pág. 93 y siguien-
tes: en el primero se mencionan hasta ciento un poetas; en el segundo cin-
cuenta y nueve, debiendo advertirse que se trata sólo de los más insignes
[insignorum]. Nuestro amado discípulo, don Francisco Fernandez y Gonzá-
lez, siguiendo las huellas del docto alemán Hammer Purgstall, ha aumentado
considerablemente este número en los Estudios críticos y literarios sobre los
árabes de España, obra á que dará en breve cumplida cima.
4TS HISTORIA CniTICA DE LA LlIRR ATURA ESPA?50LA.
do le hallamos colocatlo por el Dante entre los sabios de la anti-
güedad, como una de las principales lumbreras de la ciencia,
exclamando al contemplarle:
Avcrrois, che'l gran comento feo •.
Mas cualquiera que fuese el carácter de los estudios filosóficos
y científicos entre los árabes; cualquiera que fuese su extensión
y el predominio que alcanzaron sobre la raza hebrea, la cual con-
tribuia también por su parte á su cultivo y desarrollo, licito es
consignar que no hablan podido tener activa influencia en el
pueblo cristiano hasta la primera mitad del siglo XIII, vistos con
entera aversión y menosprecio por los cultivadores de la literatura
latino-eclesiástica, únicos á quienes era dado apreciarlas. Ni cabe
tampoco poner en duda que encerradas en el círculo de los co-
mentos y apostillas, y pervertidas por las vanas especulaciones de
la astrologia y de la cabala, si tuvieron la filosofía y las ciencias
de judios y muslimes copioso número de escritores en el suelo de
la Península, no por esto dejaron de ser menos antipáticas á la
clerezía, rechazadas al propio tiempo de sus escuelas, donde se
habla conservado con toda pureza la acreditada doctrina de Isi-
doro. Necesario era que aquella animadversión y constante odio,
que aquel antagonismo de ambas civilizaciones, sostenido por los
furores del hierro y del fuego en la forma ya en otro lugar reco-
nocida 2, se templaran algún tanto para producir resultados de
recíproca utilidad é influencia; y este momento, preludiado por
los sucesivos y multiplicados triunfos alcanzados sobre la moris-
ma, podia llegar únicamente cuando acorralada esta en un rincón
de Andalucía, reconociera el señorío de los reyes castellanos.
Sólo en este Instante debía contribuir la cultura arábiga á enri-
quecer la civilización española; pero no ejerciendo desde luego
directo infiujo sobre la muchedumbre, como unlversalmentc se
ha juzgado; no trayendo á nuestra literatura las formas de su
poesía y el ejercicio de sus costumbres, según se ha pretendido
sin criterio; sino ofreciendo á los vencedores el tributo de sus
1 Divina Commedia, canlo IV del Inferno.
2 I.^ Parle, cap. XV, páf. 278 y sigruiontes.
Il/ PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 479
ciencias, que envueltas en la ruina de su imperio, se sometían á
la fecunda y trascendental idea, que abrigada por el hijo de Fer-
nando III, iba á dar al pueblo cristiano en el terreno de la inte-
ligencia la misma supremacía que le hablan conquistado sus
aguerridas huestes en el campo de batalla.
Hermanados árabes y hebreos en los estudios fdosóficos y cien-
tíficos, vencidos unos y dominados otros por nuevos señores, '
mientras cobijaba á los segundos la misma suerte que les habia
cabido en el suelo de Córdoba, procuraban los primeros hacerse
aceptos al ilustrado príncipe, en cuyas manos hablan caldo las
más fértiles y poderosas comarcas de sus antiguos dominios; y
congregados por el Rey Sabio en las famosas academias de To-
ledo, acometían bajo su dirección inmediata las más arduas em-
presas científicas, de que daban insigne testimonio en el primer
año de su reinado las aplaudidas Tablas astronómicas , que llevan
todavía su nombre. Mas para que fuese más clara y palpable la
iniciativa de don Alfonso, para que resaltara con mayor fuerza la
posición en que se habia colocado respecto de los sabios de am-
bas razas reunidos á la sombra de su trono, aquellos trabajos en
que se iban á tratar y á resolver acaso las más difíciles cuestiones
de la astronomía y de la física, se formulaban en la lengua ha-
blada por la muchedumbre, presentando así uno de los más pe-
regrinos fenómenos que ofrece en los tiempos modernos la histo-
ria de las letras. Promoviendo, alentando, dirigiendo y pagando
con munificencia de príncipe tan útiles y meritorias tareas, eclip-
saba el nieto de doña Berenguela la fausta memoria del Augusto
de los árabes, y preciándose de entendido en el cultivo del idioma
patrio, apenas ensayado en la prosa, bien que enriquecido ya por
la poesía, mostraba palpablemente que no sólo anhelaba imprimir
determinado carácter á las empresas Uevadas á cabo en las aca-
demias toledanas, sino que atendiendo también á los perfiles del
lenguaje y del estilo, procuraba sobreponer su lengua á todas las
habladas á la sazón en la Península *.
\ E^le pensamiento del Rey Sabio, confirmado en todo lo que se escribe
bajo su dirección y sus auspicios, se halla conforme con los intentos políticos
que abrig-a, según después veremos. Conocido es también el pasaje del pro-
4S0 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
Pero este celo de sabiduría, que los antiguos cronistas caste*
llanos caracterizan perfectamente, asegurando que mandó roman-
zar el Rey Sabio cuantos libros liabia en España, si buscó entre
las razas orientales el noble alimento que anabicionaba, no des-
deñó en modo alguno la ciencia guardada en las escuelas cristia-
nas desde los tiempos más remotos, dirigiendo principalmente
sus esfuerzos á, hacer de todos conocida la doctrina de Isidoro,
consignada en el aplaudido libro de las Elhimologias. Era este
universalmente leido en las aulas, y reflejando, según advertimos
en su propio lugar, todos los conocimientos científicos y literarios
del antiguo mundo, habia conservado en medio de la oscuridad
de los siglos la nocion'pura de la filosofía aristotélica, trasmitién-
dola á otras naciones de Europa, cuando más cerradas estaban
las tinieblas do la barbarie y apenas poseia el clero los más gro-
seros rudimentos de la lengua del Lacio *. Traer pues al acervo
común tan venerada doctrina, ya para templar las exageraciones,
ya para corregir los errores de la filosofía arábigo-hebraica, era
deber principalísimo en quien al propio tiempo que pretendia con-
quistar la ciencia de otras naciones, no rehusaba el tributo de su
respeto á la tradición de la cultivada por sus padres; y la obra
memorable del doctor de las Españas fué también trasladada al
romance de Castilla, para representar en la historia de aquel ex-
traordinario movimiento, abanderado en el Rey Sabio (si es lícito
decirlo así), el principio de la nacionalidad científica de la Penín-
sula Ibérica.
Ni dejaba don Alfonso de consignar de una manera solemne el
doble afecto que le inspiraba la ciencia de árabes y hebreos y
la ciencia de los cristianos: dos años después de subir al trono de
sus mayores fundaba en Sevilla «estudios et Escuelas Generales de
latin et de arábigo», y estatuyendo en las primeras las enseñanzas
logo del libro de la Espera [esfera], donde el mismo rey declara «que tollo
))las ra9ones que entendió eran sobeianas et dobladas et que non eran en
«castellano derecho et puso las otras que entendíe que conplian, et en quanlo
))en el Icnguaie endercíolo el por sí» [Estud. hisl., polit. y lit. sobre los ju-
díos, Ens. II, cap. III).
i Véase el cap. XV de la I.'"' Parle, pág. 268 y siguientes.
11.* PARTE. CAP. rX. SEG, TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 481
de gramática, lógica, retórica, aritmética, geometria, música y as-
tronomia, que formaban el trivio y el quadrivio de las antiguas
disciplinas liberales, autorizaba en las segundas el estudio de la fi-
losofía y de ía lengua de los sarracenos, colmando á unas y otras
de privilegios y distinciones ''. Erigíale esta protección concedida
á los mahometanos y á su decadente cultura, en arbitro de la
ciencia de aquella raza sometida en gran número al floreciente
imperio de Castilla; y más ilustrado que los Abd-er-Rahmanes,
lejos de extinguirla por medio de la fuerza, intento ensayado cua-
tro siglos antes respecto de la lengua hablada por los mozára-
bes 2, no solamente patrocinaba en Toledo y Sevilla á sus más
doctos varones, sino que estableciendo ya cierto comercio intelec-
tual entre los vasallos mudejares y los cristianos, atendia á esti-
mular en los últimos, con el egemplo de los primeros, el verda-
dero amor de las ciencias y de las letras. En vez de esparcir al
viento las reliquias de aquella civilización, conducida á lastimosa
ruina por el sangriento furor de civiles disturbios; en vez de se-
guir la poco humanitaria política de los Califas cordobeses, reco-
gía el Rey Sabio benévolo y generoso aquellos preciosos restos, y
fija la vista en lo porvenir, convertíalos á la ilustración de su pue-
1 La ley V del título XXXI de la Partida II define de este modo los Es-
tudios generales: aDicen Estudio General [aquel] en que ha maestros de las
Martes, así como de gramática, et de lógica, et de arismética, et de geome-
»tría, et de música, et de astronomía et otrosí en que ha maestros et señores
»de leyes; et este estudio debe ser establecido por mandado de papa, ó de
«emperador ó de rey». Don Alfonso decia en el privilegio otorgado á Sevilla
en 8 de diciembre de 1234, después de calificar con las palabras trascritas en
el texto las escuelas referidas: «Et mando que los maestros et los escolares
«que vinieren hy al estudio, que vengan salvos et seguros por todas las par-
í)tes de mis regnos et por todo mió señorío, con todas sus cosas, et que non
«den portadgo ninguno de sus libros nin de sus cosas que troxieren para sí et
»que estudien et vivan seguramente et en paz en la cibdat de Sevilla. Et
«mando et deffiendo firmemente que ninguno non sea ossado de facerles
«fuerca, nin tuerto, nin demás: ca qualquier que lo ficiere auria mi yra é
wpecharmíe en cotto mili maravedís, et á ellos todo el danno doblado» (Me-
morial Histórico de la Real Academia de la Historia, tomo 1, pág. 54). Estas
seguridades y exenciones comprendían pues al Estudio arábigo lo mismo que
al latino.
2 Véase el cap. XII de la I.* Parte.
TOMO III. 31
482 HISTORIA CRlTir.A M. I, A LITERATURA ESPAÑOLA.
blo, cuya prosperidad y engraudeciiniento era el fin constante de
sus doctas vigilias '.
Tan plausible deseo, expresado por don Alfonso en multitud de
formas, llevábale también íi introducir fundamentales innovacio-
nes en la esfera de la política, procurando realizar en ella los
grandiosos proyectos de su magnánimo padre. Divididos los reinos
de León y Castilla en tantos círculos políticos cuantos eran sus
concejos, y desmembrado b\ derecho en tantos girones cuantas
eran las cartas-pueblas, ordenanzas, fazañas, usos y fueros mu-
nicipales, que reconocían con frecuencia distinto y aun encontra-
do origen, partiendo unas veces de la potestad real, derivándose
otras del poder clerical ó monástico, y proviniendo otras del se-
ñorial, existia en la república un verdedero caos, de que sólo po-
dían surgir conturbaciones y escándalos sin cuento. Aprovechan-
do Fernando III la conquista de Andalucía y de Murcia, había
establecido en estas comarcas un sólo derecho, dándoles por fuero
el Libro de los Jueces, conforme en el precedente capítulo recor-
damos; y ya repugnara á aquel ilustre monarca, que abrigó como
Alfonso VII, el unitario proyecto de ser coronado emperador 2,
esta perniciosa anarquía de las leyes, ya cediera á las instancias
de sus consejeros, que le ponderaban sin tregua la necesidad y
conveniencia de quitar los malos fueros y costumbres, pensó for-
i Conocemos y hemos mencionado ya las muchas preocupaciones y
errores que existen aun respecto del Rey Sabio; pero á pesar de que, al ter-
minar el estudio de este monarca, abrigarán sin duda nuestros lectores el
mismo convencimiento que nosotros, todavía nos juzg'amos obligados á lla-
mar la atención de los sabios sobre los hechos aquí mencionados. Y cuando
en nuestros días se ha pretendido hacer la apoteosis de la política de los Ca-
lifas cordobeses, razón será compararla con la observada por Alfonso X ni
mediar el siglo XIII: sólo el ciego espíritu de la intolerancia, y el ignorante
desden con que se ha perseguido por algunos escritores la memoria de este
rey, podrían negarle el alto galardón que le conquistó su cordura. Véase en
este mismo capítulo el singular elogio que de él hizo su sobrino don Juan,
hijo del Infante don Manuel, adjudicándole la misma palma.
2 Su hijo don Alfonso escribía: «Quisiera [don Ferrando] que fuesse asi
))llamado su sennorio [emperiob el non rcgno ct que fuesse él coronado por
«emperador, soguiit lo fueron otros de su linaic» {Septenario, cap. IX de lo
conservado).
II.* PARTE, CAP. IX. SETo. TRASF. DEL ARTE VULG ERUD. 483
mal y maduramente en poner alguna enmienda á tantos desma-
nes, si bien reparando en la dificultad de los tiempos, eligió el
camino de preparar los ánimos de sus vasallos á tan grave nove-
dad, valiéndose de la doctrina. «Convenie (escribe el Rey Sabio
»sobre este punto) que este castigo fuesse fecho por escripto para
wsiempre, non tan solamiente para los de agora, mas para los que
wavien de venir. Et por ende cató [el rey don Ferrando] que lo
wmeior et mas apuesto que podíe seer, era de fazer escriptura en
»que les demostrasse aquellas cosas que avien de fazer para seer
))buenos et auer bien et guardarse daquellos que los flziessen ma-
»los, porque ouiessen á, fazer mal. Et esta escriptura que la fizies-
))sen et la touiessen asi como heredamiento de padre et bien fecho
))de sennor et como conseio de buen amigo. Et esto que fuesse
apuesto en libro que oyessen á menudo, con que se acostumbras-
))sen para seer bien acostumbrados et que se affiziessen et usas-
))sen, raigando en sí el bien ettoUiendoelmal. Et que lo ouiessen
wpor fuero et por ley complida et cierta» *. Iniciado de esta mar-
neca el pensamiento de reformar la múltiple y contradictoria le-
gislación de León y Castilla, y obligado el rey don Alfonso por
mandato expreso de su padre á poner mano en tan difícil empresa,
acometia la de escribir aquella suerte de catecismo político, mo-
ral y religioso, que debia en su entender facilitarla, y que siendo
verdadero resumen de todos sus conocimientos en ciencias y le-
tras, recibia el enigmático nombre de Septenario.
Aventurado creemos el determinar hoy el éxito que obtuvo en-
tre los vasallos de don Alfonso la aparición de este peregrino li-
bro, tenido por su autor en grande estima y apenas conocido en
nuestros diasde los más entendidos literatos. Mas si pudiera te-
nerse cual indicio de aceptación y aplauso la resolución con que
el Rey Sabio echó sobre sus hombros el peso que tuvo por exce-
sivo, sin la expresada preparación, todo un Fernando III, razón
habría para juzgar que no debió serle contraria la opinión pública,
cuando le vemos en el tercer año de su reinado 2, dar ya principio
1 Septenario, cap. IX de lo conservado.
2 ((Con la formación del Espéculo debió coincidir al parecer la del Fuero
nReal... Cual fuese el tiempo en que este se compuso, resulta indudablemente
484 HISTOniA CUlTICA HE LA LITKKATUIIA ESPAÑOLA.
á tan ilificil y espinosa obra, que aun inspirada por el celo del bien
ijeneral, iba á lastimar ueccsariamonte muchos y muy distintos
intereses. Acogiendo la solicitud de Valladoiid, que «non oviera
«fuero fasta en el su tiempo et iutigábasc por.fazanas et por alve-
))drios departidos de los ornes, et por usos desaguisados et sin
«derecho», dábale el Fitero Real \ ampliándolo después <i Fa-
lencia, Burgos y otras ciudades, que lo rccibian sin repugnancia,
ganosas de salir del laberinto en (juc habian vivido basta enton-
ces. Coiistituia en efecto el Fuero Real, á que se agregaba el
Libro del Espéculo, publicado tal vez en el mismo año, el núcleo
y alma del derecho municipal, reducido este á cierta unidad de
que podia surgir con el tiempo el derecho civil y aun el dere-
cho político. El rey don Alfonso decia: «Entendiendo et veyendo
))los males que nascen et se Icuantan en las tierras et en los nues-
Mtros regnos, por los muchos fueros que eran en las villas et en
))las tierras, departidas en muchas maneras, que los unos se iul-
wgavan por fueros de libros minguados et los otros se iudgan por
«fazanas desaguisadas et sin derecho; et porque aquellos libros
«minguados porque se iudgauan, algunos raíenlos et camiáuanlos
«como ellos se quedan, á pro de si et á danno de los pueblos,..,
«fezicraos [este libro] con conseio et con acuerdo de los arzo-
«bispos et de los obispos de Dios, et de los ricos omes et de los
«mas onrados sabidores de derecho que podiemos auer et fallar
«et otrosí de otros que auie en nuestra corte et en nuestro regno,
>)et catamos et escogicnws de todos los fueros lo que mas ualie
Mi lo metor, et posiemoslo y también del fuero de Castiella como
)>de los otros logares (jue nos fallarnos que eran derechos et con
»(le una nota puesta al Au del códice que ha servido de lexlo, la cual dice así:
(lEste libro fué fecho el acabado en Valladolil por mandado del Rey treynla
))dias andados del mes de agosto en Era de mili ot doscientos é noventa é
»tres años: en el anno que don Odoarle, fijo primero heredero del rey Enri-
»que de Anglalicrra, rcscibió caualleria en Burgos del rey don Alfonso el so-
«bredicho». Corresponde pues al año 12j5, tercero del reinado» (Edición de la
Real Academia de la Historia, pág. IV del prólogo).
i Opúsculos legales (ic\ Rey Sabio, lomo 11, prólogo al Fuero Real, pú-
í;ina G.
II.* PARTE, GAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 485
«razón» ^. Digna, patriótica y de incalculable trascendencia era
por tanto la reforma emprendida por el Rey Sabio, quien aspi-
rando á crear un sólo pueblo con las diversas nacionalidades aso-
ciadas alrededor del trono castellano, veia sin duda, como único
medio de lograrlo, la constitución de un sólo derecho.
Pero esta idea altamente ilustrada y nacida de los estudios filo-
sóficos, dando al lenguaje del Fuero Real y del Espéculo un ca-
rácter esencialmente didáctico, debia labrar en el ánimo de don
Alfonso el deseo de mayor perfeccionamiento, llevándole más allá
de lo que podian consentir el espíritu de su época y la índole de
su mismo pueblo. Inclinábale á esta senda el impulso dado desde
los tiempos de Alfonso VIII á la enseñanza de la jurisprudencin ;
y ampliadas las nociones que sobre ambos decretos trajeron á la
Península los discípulos de Irnerio, llamados por aquel esclarecido
príncipe, demás de los doctos varones citados en el capítulo prece-
dente, florecían en la primera mitad del siglo XIII otros no menos
distinguidos juristas que honran el nombre castellano. Señalábanse
entre todos como cultivadores del derecho romano y del canónico,
Melendo, obispo de Osma; Lorenzo, que lo era de Orense; Juan,
abad de Santander y canciller de Castilla; Fernando de Zamora,
canónigo de la misma iglesia; y finalmente, Maestre Jacobo de
las Leyes, tenido por el más sabio y experto jurisconsulto de su
tiempo ) y considerado en nuestros dias como el primero que trató
de estas materias en lengua castellana, dirigiendo sus trabajos
al mismo don Alfonso -.
El prestigio y consideración que estos estudios lograron en
el ánimo de Fernando III, no fueron pues menores en el de
su ilustrado hijo, quien mirando «la ciencia de las leyes como
1 Opúsculos legales, tomo I, prólogo del Espéculo, pág. 2.
2 Con el título de Flores de las Leyes ha publicado la Real Academia de
la Historia {Memorial Histórico, tomo II, pág-. 137 y siguientes) la suma le-
gal, que dedicó Maestre Jacobo Ruiz, llamado de Las leyes «al muy noble
wsennor don Alfonso Fernandez, fijo del muy noble et bien aueiiturado sen-
»nor don Fernando, por la gracia de Dios, rey de Castiella, etc.» — Acompá-
ñanla ciertas ilustraciones del erudito don Rafael Floranes, donde pone en
claro con gran copia de datos la época y la ocasión con que fué escrita.
486 HISTORIA ClttTfCADE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fuente de justicia», habia derramado á manos llenas sobre sus
cultivadores honras, distinciones y privilegios. Los maestros del
derecho no solamente eran elevados á la gerarquia de los ca-
balleros, siendo considerados como jueces naturales, sino que
admitidos en toda ocasión á la presencia de los reyes, obte-
nían, en premio á su saber y su perseverancia en tan honrosa
profesión, la dignidad de condes, estimada á la sazón en mucho
y grandemente ambicionada. Libres también de todo pecho, no
podian ser obligados á lomar las armas, ni á ejercer cargo ni ofi-
cio alguno, constituyendo en medio de aquella sociedad de hierro
cierta categoría independiente, primera base del poder que iban
á representar siglos adelante, en oposición á la preponderancia
militar de los rícos-omes ^ Protegidos en esta forma los maestros
del derecho, luego que, penetrado el Rey Sabio de que habia en
aquella ciencia algo más que los fueros municipales y el Libro de
los Jueces, concibió el proyecto de recoger en un sólo código toda
la doctrina ya atesorada sobre uno y otro decreto, halló en los
mismos profesores entendidos y celosos operarios, para dar cima
á la más alta y difícil empresa llevada á granazón en los siglos
medios.
Bajo tales auspicios se empezaba en 1256 la admirable y sa-
pientísima obra de las Partidas, que siendo glorioso barómetro
del estado á que habían llegado en el suelo de Castilla los estu-
dios morales y jurídicos, debía al par comprender amplias nocio-
nes de las demás ciencias, siendo en siglos posteriores reputada
cual preclaro monumento de la lengua y de la literatura española.
Hijo este famoso código, apellidado también el Libro de las
Leyes, de un pensamiento meramente especulativo, tenía por ob-
jeto «acordar en uno con razón complida los entendimientos de
))los omnes que son departidos en muchas maneras, catando asi
w mismo carrera para saber ciertamente los derechos et mantener
1 Ley VIII.» del titulo XXXI de la 11.=* Partida. La ley III.'' del ti-
tulo XVII de la Partida VI. ^ e.\ime también «á los maestros de las ciencias
»de ser guardadores de otri», y la II.'' del titulo XXX de la Vil."* Partida
ordena que «no se dé tormento a maestros de leyes ó de otro saber» , levan-
tándolos por este hecho á la categoría de caballeros.
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TIUSF. DEL ARTE VULG. ERUD. 487
))los pueblos en paz et en iusticia». Coa este vivo deseo de públi-
ca prosperidad, dio el Rey Sabio á las Partidas la unidad y ele-
vación que no habia tenido antes de su tiempo código alguno,
infundiéndoles un espíritu esencialmente didáctico, como que par-
tiendo del fecundo terreno de la ciencia, se encaminaba á mejo-
rar la condición de sus pueblos por medio de la persuasión y de
la enseñanza. Mas esa misma unidad, que es sin duda el timbre
de mayor precio del Libro de las Leyes, revelando al propio
tiempo las fuentes en que se inspirra don Alfonso y los sabios que
le ayudaron, debia ser invencible obstáculo al entero logro de
aquella doctrina, pues que ofendiendo directamente muchos de
los intereses arraigados en el suelo de Castilla, iba de pronto á
sublevarlos. Al ceder en demasía al movimiento de los estudies
legales, reuniendo en un solo cuerpo la doctrina de los antiguos
códigos civiles y canónicos, y poniendo en contribución las es-
peculaciones de los comentaristas que le habían precedido dentro
y fuera de España, se apartaba el Rey Sabio del verdadero ca-
mino, emprendido ya al publicar el Fuero Real y el Libro del
Espéculo y comprometiendo por sobra de anhelo científico el mis-
mo bienestar de la patria, tan ardientemente ambicionado. La
obra inmortal de las Partidas, rechazada por la turbulenta no-
bleza ^, que la tildaba de especulativa y estranna, no alcanzaba
fuerza de ley hasta mediar el siglo XIV, á la sombra del último
Alfonso [1548].
Antes de que el Sabio terminara el Libro de las Leyes, habia
acometido sin embargo otra empresa de no menor bulto é im-
portancia, hija sin duda del mismo pensamiento y. dirigida á
\ Debe tenerse en cuenta que los nobles rechazaron ¡gualmente el Fuero
Real y el Fuero del Espéculo: en la revuelta de 1271, capitaneada por el In-
fante don Felipe, más aprovechado en tumultos que en letras, á pesar de sus
esludios en Paris, decian aquellos, entre otras cosas de que se quejaban del
Rey Sabio: «Que los fueros que el rey diera á algunas vlellas, con que los fi-
))josda!go comarcaban, que apremiauan á ellos et á sus uasallos en guisa que
Mpor fuerca auian de yr á aquel fuero» {Crón. del Rey don Alonso el Sabio,
cap. XXI). Esta acusación, que nos revela el carácter anárquico de la noble-
za, siendo en realidad un verdadero elogio de don Alfonso, explica las causas
de no haber tenido validez de ley en su tiempo el libro de las Partidas.
488 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fin análogo. Preciábase de haber ayudado á su pa<lre á ensan-
char los hinites de la monarquía, apodeiYmdose del reino de Mur-
cia y contribuyendo á la conquista de Jaén, Sevilla y el Algarbe ^:
su participación en todos estos triunfos y la magnitud de sus re-
sultados le movian tal vez á consignarlos. Mas ¿érale conveniente
seguir la senda de los antiguos cronistas latinos, encerrándose en
un período determinado y reduciendo á tan estrecho círculo la
historia de aquella Castilla, que según las últimas palabras del
tercer Femando, era la nación más poderosa del cristianismo? ^.
Nacida ya la idea del Fuero Real y del Espéculo, que trascendió
con tanta fuerza á las Partidas, ¿podía dejar de reílejarse en
cualquiera obra histórica, concebida y realizada por el Rey Sa-
bio?... De un modo meramente especulativo habia sido conside-
rada la unidad del derecho; y sin embargo, tan luminosa y fe-
cunda era esta idea, que hubo también de iluminar la historia,
luego que fijó en ella sus investigadoras miradas el nieto de doña
Berenguela. «Porque fuesse sabido el comienco de los españoles
))et de quáles gentes fuera Espanna maltrecha, et los dcstroymien-
))to3 et mortandades que los romanos flcieron... et otrosy los
«vándalos et los silingos et los alanos et los suevos...; et por
«mostrar la noblega de los godos et cómo echaron d' Espanna á
«todas las otras gentes et fueron sennores della; et cómo passa-
«ron los de África et ganaron lodo lo más...; et cómo fueron los
«christíanos después cobrando la tierra, á que vino grand danno
))por partir los regnos, et cómo después los ayuntó Dios, ganando
))los reyes fasta en el mar mediterráneo» '\ entraba el rey don
Alfonso en el terreno de la historia. Era su intento pues presentar
en una sola obra los orígenes, las vicisitudes y las glorias de tan
diversos pueblos, cómo habían con el tiempo de gobernarse por
1 Hablando el Rey Sabio de su padre, dice: «Por sulinaie ganó el regno
))de Murcia, et scnaladamiente por su fijo el mayor don Alonso, et fizóle
»aver el de Jahen, et olrosi el del Algarbe et ayudol' á ganar la cibdat de
«Sevilla el lo más de todo o] rcgno» (Septenario, cap. VIH de lo conservado).
2 Las palabras de San Fernando fueron: «Fijo, rico fincas de tierras et
))de muchos buenos vasallos más que rey en la christiandal sea» {Estoria
d'Espanna, ó Crónica general, IV."* Parte, cap. último).
3 Estoria d' Espanna, prólogo.
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 489
un derecho común, sometidos á un mismo cetro; y para realizarlo
en la esfera, á qiie levantaba todas sus tareas, dio en 1260 prin-
cipio á la Estoria d'Espanna, que debia vincular su nombre en la
de las letras españolas.
No era en verdad el Rey Sabio el primero que escribía historia
patria en la lengua de la muchedumbre, ni puede decirse tam-
poco con razón que no se abrigó en Castilla antes de su tiempo el
propósito de ampliar la narración histórica á las demás naciones
en que á la sazón se dividía la Península. Contra aserto semejante
protesta de lleno el estudio que dejamos hecho en el anterior ca-
pítulo, y deponen sobre todo los generosos esfuerzos del arzobispo
don Rodrigo. Distinto es no obstante el pensamiento que la Ilis-
toria Guthica del primado de las Españas y la Estoria d'Espanna
del rey don Alfonso revelan: empeñado el arzobispo en trazar el
cuadro de la dominación visigoda, de que traia principalmente
las nuevas monarquías cristianas, habia quitado á su obra aquel
interés é importancia que hubieran debido comunicarle la con-
templación y estudio de las demás razas, venidas á nuestro suelo,
y fundidas por último en una sola familia: alentado el Rey Sabio
de más filosófica y unitaria idea, ya que no más digna y patrió-
tica, atendía á dotar á la corona de Castilla de una historia ge-
neral, en que teniéndose en cuenta el origen y procedencia de
cada uno de los pueblos que tomaron sucesivo asiento en la Pe-
nínsula, fuera posible comprender la forma en que había llegado
á crearse aquella nacionalidad fuerte, enérgica y poderosa, que
aun dividida en diversos reinos y fraccionada por multiplicados
intereses, buscaba ya un centro común, apoyándose mayormente
en el imperio castellano. Empresa era esta tanto más loable y
meritoria, cuanto más grandes los obstáculos que se oponían á
su logro: escasos é incompletos los ensayos hechos hasta mediar
el siglo XIIl, acomodada apenas el habla de la muchedumbre á la
narración histórica, no parecía por cierto llegado el momento
de producir naturalmente tan adelantado fruto. Necesitaba
luchar el rey don Alfonso con todos los inconvenientes y dificul-
tades de quien intenta dar cima por vez primera á un pensamiento
elevado y trascendental, no recogidos ni menos elaborados toda-
vía todos aquellos elementos que deben contribuir necesariamente á
490 HISIÜRIA CUlTlCA DE LA LITERATURA ESl'AÑOLA.
desarrollarlo; y á pesar de estos considerables obstáculos, á pe-
sar de la invencible magnitud de aquella idea, no presentida
siquiera en el resto de Europa, no solamente logró verla reali-
zada con más fortuna de la que tal vez esperaba, sino que no tuvo
después de sus dias imitadores capaces de fecundar aquella misma
idea, contrariada al mismo tiempo por las aberraciones y desacier-
tos de la política. La Estoria General del Rey Sabio, por el mo-
mento en que aparece, por las relaciones que guarda con las de-
más obras científicas y literarias que ilustran la memoria de este
renombrado monarca, y finalmente por los diversos estudios que
revela, constituye uno de los más extraordinarios monumentos
que ofrece la civilización española, por grandes que sean la inex-
periencia, credulidad y rudeza, y por excesivo el candor que en
ella descubramos.
Pero, ya coma complemento de la Estoria d'Espanna, ó ya
porque hubiera formado desde luego el proyecto de elevarse en la
investigación de los orígenes históricos á las fuentes de la Biblia,
conveniente es observar que acometió el Rey Sabio la no más fá-
cil tarea de escribir la Grande et General Estoria, obra colosal
y de mayor extensión que la española, según después comproba-
remos. Partiendo de la creación del mundo, narrada por el Gé-
nesis, tomando por modelo la flistoria Cathólica del arzobispo
don Rodrigo, ó recordando acaso los siete libros del español Oro-
sio, que le eran familiares, entretegia don Alfonso los sucesos de
la Sagrada Escritura con los de la historia gentílica, dirigiéndose
por este camino á concertar una y otra, y aspirando á comprobar
la unidad de la raza humana. No podia ser más alto y trascen-
dental el pensamiento de esta grande obra, que se enlazaba al de
la Esloria d'Espanna, conocida hoy con el título de Crónica Ge-
neral, sirviendo como de cúpula a! sistema histórico adoptado por
el Rey Sabio: ambas nos ponen de manifiesto la profundidad y
extensión de miras, que así en este punto, cual en todos los que
se referían á la cultura intelectual de su pueblo, abrigaba.
Y es digno de la mayor alabanza que mientras la promovía con
tan generoso anhelo, poniendo en contribución á todas las razas
(jue moraban en la Península Ibérica; mientras levantado su es-
píritu á la esfera de las ciencias, parecía agotar en lodos senti-
11." PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUD. 491
dos los esfuerzos de los ilustrados varones que bajo sus auspicios
las cultivaban, y aun sus propios esfuerzos, — volviese también la
vista á la vida real de sus vasallos, para imprimir en sus costum-
bres el estigma de su sabiduría. Espejo era de la guerra el ejer-
cicio de la caza, dando frecuente ocupación á los príncipes y mag-
nates que buscaban en él varonil pasatiempo; y considerando el
rey don Alfonso «que los sabios antigos, que fablaron en todas
>)las cosas naturalmente, fallaron que una de las cosas por que
))los reys et los príncipes et los grandes sennores podrían mas
«bevir et auer los entendimientos mas claros, era por calar al-
))gunas maneras de plaser et que diesen espacio et folgura al en-
wtendimiento, et que con esto podrían meior sofrir el cuydado et
»el afán del librar, ca sy sienpre estouiese el entendimiento tra-
wbaiando en coydar, no lo podía sofrir, et enflaquesceria et po-
))dria venir á tornarse», procuró recoger en un libro todas las
reglas y prescripciones relativas al arte de la caza. Manifestaba
el rey que era «entre todas la más noble et la mayor et la más
walta et la más caballeresca et de mayor plaser la caca de uena-
»dos..., por quel cauallero deue siempre húsar toda cosa que
wtanga á armas et á cauallería, et quando non lo podiesse
»usar en guerra, déuelo siempre húsar en las cosas que son se-
))mejantes á ella»; y dándole por tanto la preferencia, destinaba
el referido libro á tratar exclusivamente de la Montería '.
Ni hallaba tampoco menor utilidad en otros honestos solaces,
«por que podiessen los omnes soffrir las cueytas et los trabajos,
»quando les uiníessen..., logando acedrez et tablas et dados et
«otros trebeios..., los quales son cutianos, et se fazen también
» de noche como de día..., usando dellos las mugieres que non
»caualgan et están encerradas... et otrosy, los orones vieíos et
»flacos, ó los que son en presión ó en cativerio, ó que van sobre
1 Este libro es el publicado en 1582 por Argote de Molina, atribuyén-
dolo equivocadamente al último Alfonso. En el siguiente capitulo ilustrare-
mos esta cuestión con el detenimiento debido, no sin advertir ahora que el
rey don Alfonso compuso además otros dos libros, que trataban do la Yola-
íeria y de la Pesca, completando así el pensamiento que le animó, al trazar
el de la \enacion ó Montería.
492 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
»iiiiir, el coinuualmente todos aquellos que án fuerte tiempo, por
«que non pueden caualgar nin yr á caea nin á otra parte, et han
))por fuerza de fincar en las casas el buscar algunas maneras de
))¡uegos, con que ayan plazer el se conorteu et non estén bal-
»dios». Llevado de este propósito, así como liabia declarado li-
bres de infamia á los que tocaban y tañian instrumentos por su
placer y el de sus iguales ', parecía en cierta manera legitimar
los juegos, cuyo abuso condenaba en el código ó libro de las Ta-
furerias ^, poniendo á la cabeza de todos el del axedrez, que era
el más noble y antiguo, y que mostraba, con los demás, «cómo
»los reyes en el tiempo de las guerras, en que se fazen las liues-
))les, han de guerrear á sus enemigos, punnando de los venger,
«prendiéndolos et matándolos ó echándolos de las tierras; et
«otrosy como en el tiempo de las pazes han de mostrar sus the-
))Soros et sus riquecas el las cosas que tienen nobles et estrannas».
Con tal objeto mandaba componer el Rey Sabio el Libro del Ace-
drex el de los dados et de las labias, que recordando en dife-
rentes sentidos la influencia oriental, era terminado el año de
1283 en su leal Sevilla.
Recios eran entre tanto los vendábales que vinieron á contur-
bar los últimos dias de aquella vida laboriosa y consagrada á la-
brar la felicidad del pueblo castellano. Más pagado del voto que
le llamaba al imperio de lo que tal vez convenia á los intereses
de España; contradicho por la ambición de una nobleza, mal do-
meñada é inquieta; afligido por frecuentes penurias, que atribu-
yen diversos historiadores á su debilidad y falta de sentido prác-
tico en el gobierno; y flnalmeote contrariado por su propio hijo
don Sancho, que pretendía despojar á sus sobrinos, los Infantes
i Véase la ley IV. =* del título VI. ° de la Partida VII. =»; la III.* del tí-
tulo XIV de la IV. =* y la V.* del título VII de la Partida VI.'*, relativas to-
das á los juglares y juglaresas, cuya infamia se declara y condena, inhabili-
tándolos aun para heredar á sus padres, si no han sido estos juglares de ofi-
cio. La primera ley citada establece la diferencia á que aludimos.
2 Este libro fué compuesto en 127C por Maestre Roldan, á quien atribu-
yf II algunos, sin gran fundamento, la gloria de haber dirigido la educación
literaria del Rey Sabio. Publicólo la Real Academia de la Historia en el to-
mo II deles Opúsculos legales, pág. 210.
U.* PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERÜD. 493
Cerdas, de la herencia legítima del príncipe don Fernando, apu-
raba el Rey Sabio la copa de la amargura, exhalando en lasti-
mosas quejas el dolor que le devoraba. El ilustrado príncipe que
habia cantado en su juventud los Loores de la Virgen María,
repetidos durante su vida con no menor entusiasmo, acome-
tiendo y dando cima en su virilidad á las más colosales empresas
científicas y literarias, trocaba, al rayar en la senectud, su de-
vota inspiración por la inspiración amarga del dolor; y olvidado
el dialecto gallego, lloraba en el idioma nativo con la voz del
cisne que preludia su triste fln, la ingratitud de sus vasallos y
la deslealtad de su familia ■•. Al descender á la tumba en 1284,
volvía por último á lamentar en tono elocuente su desgracia, cas-
ligando con su maldición el crimen de don Sancho y la protervia
de sus revueltos proceres.
Grande, inextinguible habia sido pues en don Alfonso el amor
á las letras y á las ciencias, consignado en las numerosas obras
que han llegado á nuestros dias, y aplaudido de una manera dig-
na y solemne por sus más ilustres coetáneos, que nos revelan al
par otras muchas producciones. «Entre muchos complimientos et
))buenas cosas que Dios puso en el rey don Alfonso, fijo del santo
))et bienaventurado rey don Ferrando', puso en él su talante de
wacrescentar el saber quanto pudo, et fizo por ello mucho, assi
wque non se falla que del rey Ptolomeo acá ningún rey, nin otro
»ome tanto fisiesse por ello como él. Et tanto cobdigió que los de
))los sus regnos fuesen muy sabidores que fizo trasladar en este
wlinguaje de Castiella todas las sgiencias, también de theologia
))como la lógica et todas las siete artes liberales 2, como toda la
«arte que dicen mecánica ^. Otrosí fizo trasladar toda la secta de
1 Aladimos al Libro de las Querellas, de que en el capítulo siguiente ha-
blaremos.
2 El infante don Juan Manuel se refiere sin duda á la versión de las
Ethimologias de San Isidoro, arriba mencionadas. Véase el cap. XII de esta
11.^ Parte.
3 Son las obras astronómicas, llevadas á cabo en las academias y obser-
vatorio de Toledo, que examinaremos en el cap. XII y último del presente
volumen.
40 i HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
))los moros *, por que paresciessen por ella los errores en que
wMahoraad, el su falso propheta, les puso et en que ellos están
»lioy en dia. Olrosi fizo trasladar toda la ley de los judios -, et
^)auu el su Talmud et otras scienrias que han los judios muy es-
«condidas, á que llaman Cabala: et esto fizo, por que paresce ma-
»nifiestainente por la su ley que toda fue figura de esta ley que
))los christianos auemos, et que también ellos como los moros es-
))tán en grant error, et en estado de perder las almas. Otrosí ro-
))manzó todos los derechos eclesiásticos et seglares^. ¿Qué vos di-
)>rémás? Non vospodria desir ningund orne quanto bien esteno-
»ble rey fizo, seüaladamiente en acrescentar et alumbrar el sa-
»ber)). — Tan cumplido elogio, debido á la pluma de don Juan Ma-
nuel, á quien no puede tildarse de parcial del Rey Sabio, pues
que era hijo del infante que pronunció en Yalladolid la sentencia
que le despojaba del trono ^, revelándonos la existencia de ciertas
obras no mencionadas hasta ahora, corona dignamente el ad-
mirable cuadro que ofrece á la contemplación de la crítica lahis-
toiMa literaria de aquel esclarecido monarca.
Ningún elemento de cultura, ningún medio de promoverla y
fomentarla hubo en España que no fuese por él oportunamente
removido y empleado, prdduciendo abundantes é inusitados fru-
tos. Innovador por excelencia, pero dueño de su volundad y ar-
bitro del pensamiento que ¡rétenla comunicar á cuanto le rodea,
ni teme el conflicto de las diversas nociones y encontrados siste-
mas que llama en auxilio de sus colosales proyectos, ni vacila un
1 La Iraduccion del Koram: esta obra no ha llegado á nuestros dias.
2 La historia llamada de la Biblia: se conserva esta versión en la Biblio-
teca Escurialense, y según veremos en el cap. XI forma parte de la Grande
et General Estoria.
3 Las Partidas: la calificación de don Juan Manuel determina perfecta-
mente la naturaleza de esta obra.
4 En la Crónica especial del rey don Alfonso se lee, después de referir la
sentencia expoliatoria de la nobleza: «Et esta sentencia dio el Infante don
»Manuel, su hermano dei rey don Alonso; et dióle luego el Infante don San-
»cho por heredamiento estas villas: Chúchela é Xurquera c Almaquear é As-
))pe, é llecas» (Cap. LXXIV). Don Juan Manuel poseia las expresadas villas,
que fueron premio á la parcialidad de su padre.
Il/ PARTE, CAP. IX. SEG. TP.ASF. DEL AP.TE VÜLG. ERUD. 493
punto en aceptar la doctrina, cualquiera que sea su origen, siem-
pre que pueda contribuir al esclarecimiento de la ciencia y á la
prosperidad de su Estado. Compuesto este de árabes, hebreos
y cristianos, elévase don Alfonso sobre las funestas preocupacio-
nes de sus mayores, depone el odio y aversión de los antiguos
tiempos; y para que no fuera ya obstáculo al comercio é inteli-
gencia de todos el tenebroso misterio de la religión y de la cien-
cia profesadas por hebreos y árabes, no solamente los convoca en
las academias de Toledo y en las escuelas de Sevilla, para reco-
ger y hacer de todos conocidas las reliquias de aquella civiliza-
ción, que iba á tener un siglo adelante pasajero renacimiento en
el suelo de Granada, sino que trae también á la lengua castellana
los libros de su respectiva ley, poniendo así de relieve los aciertos
de su moral y los extravíos de su creencia. Fijas entre tanto sus
miradas en la fecunda y respetable tradición de los estudios latino-
eclesiásticos; atento al par á los notables progresos de las nacien-
tes escuelas seculares, que reciben de sus manos extraordinarios
beneficios, y docto apreciador de los adelantos que hablan hecho
fuera de España las ciencias y las letras, reúne pues todos estos
preciosos tesoros con los tesoros orientales, infundiendo á la cul-
tura española aquel peculiar carácter que la distingue en las eda-
des futuras, y, que no discernido todavía convenientemente, ha
dado causa á un distinguido escritor de nuestros dias para excla-
mar diciendo que es el orientahsmo el espectro de la literatura
castellana ^
Al lado de esos grandes rasgos que dan vida á nuestra civiliza-
ción desde mediados del siglo XIII, descubre la critica otros no
menos dignos de examen y que son de sumo interés para las in-
vestigaciones que vamos haciendo. Ya lo hemos insinuado: la
historia de las letras españolas debe al Rey Sabio la introducción
y cultivo de la forma lírica en la poesía erudita, y con ella la acli-
matación, si es lícito decirlo así, de la forma simbólica traída á
nuestro suelo por los árabes, y transferida á la literatura latino-
] Don Fernando José Wolf tantas veces citado, Wiener JahrMicher {A.x\&-
les de Yiena) — 117, pág-. 104.
496 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
eclesiástica por el rabino Pero Alfonso '. La adopción tic esta
forma, apoyada en el egemplo dado por los sabios de Fer-
nando llí, y el vivo anhelo del saber que desde la infancia le dis-
tingue, llevan naturalmente á don Alfonso al. cultivo de la didác-
tica, que constituye asimismo una de las grandes fases de las le-
tras españolas desde aquel afortunado momento. Leyes, historia,
ciencias, todo se estudia con el generoso propósito de ilustrar, y
todo aparece revestido con el lenguaje de la enseñanza, formulado
en el idioma de la muchedumbre; notable desarrollo en que, así
como en otros muchos, se anticipa la literatura española á las
demás vulgares, siendo necesario llegar en Italia á los comenta-
rios de la Divina Commedia, escritos por Bocaccio, para encon-
trar el primer modelo de la prosa didáctica.
Mas reconocida ya la ocasión en que todos estos monumentos
aparecen, designada su relación con el estado intelectual de Cas-
tilla, y señalados en cierto modo sus principales caracteres, no
llenariamos el objeto de estas investigaciones, sin dar razón cum-
plida de los mismos, llánlos clasificado algunos escritores, bien
que sin bastante conocimiento de causa, en políticos, científicos,
históricos y literarios -: no cumple á nuestro intento el refutar
1 Véase el cap. XIV de la K* Parte.
2 El erudito Vargas Ponce, en su Elogio del Rey don Alonso el Sabio, pre-
miado por la Real Academia Española, presenta la siguiente clasificación,
dando por genuinas las obras que en ella se comprenden: «Como legislador,
))El Fuero Real ó el libro del Fuero: las Partidas; la traducción ó enmienda
))del Fuero Juzgo. Como filósofo: el Libro del Tesoro, que contiene las tres
wpartes de la filosofía; el del Candado: todo de química. Como astrónomo: las
«tablas en que tuvo parte; la corrección de cuanto facultativo se traduce á su
))idioma. Como historiador: la General de España; la Universal, perdida en
»parte ó no acabada; la de las Cruzadas; el libro que llamó Septenario y an-
«tecedia a las Partidas, en que puso un magnífico elogio de su padre: Como
wpoela, los cantares ó cantigas; la Vida de Alexandre; las Querellas» (pá-
gina 73). Prescindiendo de los errores y omisiones de esta clasiñcacion, ad-
vertiremos que ni el Fuero Juzgo, ni los libros del Tesoro y del Candado, ni
la historia de las Cruzadas ó Conquista de Ultramar, ni la vida ó Poema de
Alexandre, pertenecen al rey don Alfonso. Del Poema de Alexandre y del Fuero
Juzgo liemos dicho ya lo conveniente: de las demás producciones, que res-
petables críticos atribuyen en nuestros dias al nieto de doña Berenguela, ha-
II. PARTE, CAP. IX. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 497
aqui esta clasificación, cuyos términos, vistos á la luz de la ló-
gica, se excluyen mutuamente, tratándose de las obras del Rey
Sabio. Poeta, filósofo moral, historiador, legislador y cientí-
fico, en todas partes aparece á nuestros ojos animado de un pen-
samiento político y trascendental y en todas partes le vemos im-
primir el sello de la filosofia y el esmerado gusto de las letras.
Literarias y científicas son pues las producciones que hacen fa-
moso su reinado; y consintiéndonos esta división general mayor
holgura para acomodar á ella, así los libros que tienen un fin me-
ramente recreativo como los que ofrecen una enseñanza más di-
recta, no traspasaremos ahora sus límites para no producir en la
mente de los lectores la confusión que necesariamente resulta de
una clasificación ó excesivamente vaga ó sobradamente arbitraria.
Tres son, no obstante, los grupos que pueden formarse de las
obras referidas, atendiendo á la progresión filosófica de la idea
que representan, único medio de conservar por la análisis la uni-
dad que en el fondo y en las aspiraciones de todos encontramos.
Colocados aparecen en el primero, con las poesías y los apólogos,
los hbros de filosofía y los de recreación, que se encaminan á es-
clarecer y moderar las costumbres: tienen plaza en el segundo las
obras históricas; y estableciendo el mutuo enlace de las teorías y
las aplicaciones, compréndense en el tercero todas las científicas,
ya traten del derecho, ya de la física en sus ramificaciones di-
versas.
Á examinar en el orden indicado estas producciones, que en
prodigioso conjunto caracterizan el gran movimiento intelectual,
capitaneado por el nieto de doña Berenguela, consagraremos los
siguientes capítulos.
blaremos en los capítulos que siguen, exponiendo las razones en que nos fun-
damos para no adjudicárselas.
TOMO IIÍ. 52
CAPITULO X.
SECIJSDi TRIÜSFORMCIOS OEl IRTE VUICAR-ERÜDITO.
Don Alfonso el Sabio. —Sus Odras poéticas. — Las Cantigas. — Su clasifica-
ción y juicio. — El libro poético del Tesoro — No es de don Alfonso. — Las
Querellas. — .Muestras de las que han llegado á nuestros dias.— Libros orien-
tales: arte simbólico. — Examen de Calila y Dimna. — Su influencia en las li-
teraturas meridionales. — Egemplo de sus apólogos. — Análisis de los En-
gannos el Assuyamientos de las mugieres. — Carácter de la mujer oriental,
pintada en este libro. — Egemplo de sus fábulas. — Forma didáctica: el libro
del Boninm ó Bocados de oro. — Exposición de su idea y argumento. — Su
analogía con el libro de la Sauiesa del rey don Jaime L — Poridat de Pa-
ridades.— Su extructura y doctrina. — Obras de recreación: el Libro de los
Juegos. — Su origen oriental. — Noticia de los tratados que encierra. — El
Libro de la Montería. — Su autenticidad. — Su análisis. — Obras histórico-fi-
LOSüFiCAs: el Septenario. — Materias, de que trata lo conservado: doctrinas
del Rey Sabio respecto de la retórica y la astrología. — Juicio de tan pere-
grino libro.
Advertido, al trazar el gran cuadro que ofrece á nuestra vista
el glorioso reinado de Alfonso X, que fueron poesía y filosofla
moral preferentes ocupaciones de su juventud; mostrada ya la
forma en que se aplica al cultivo de entrambas, y determinados
los caracteres generales con que bajo sus regios auspicios apa-
recen, tócanos entrar en el particular análisis de las obras que
constituyen este primer grupo de las producciones debidas al Rey
Sabio, no sin tener presentes las de solaz y recreación, escritas
500 HIÍ^TOIIIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA??ULA.
también con un fin altamente moral y político. Son las poéticas
las primeras que llaman nuestra atención, y entre ellas merécenla
con, sin;^ular preferencia las Cantigas á la Virgen 3fana, com-
puestas, según val notado, en dialecto gallego. Y bien será, con-
signar ante todo, (jue si esta peregrina circunstancia ha podido
extraviar la crítica de muy entendidos investigadores, no debe en
modo alguno inducirnos al error en que ellos cayeron, apartando
lo accidental y transitorio de lo esencial y constante en la poesía
y literatura españolas, para deducir y sustentar la verdad histó-
rica. Porque ya fuera que el Rey Sabio pasara su infancia y aun
su primera juventud en el suelo de Galicia, yaque la misma dul-
zura del dialecto hablado en aquella comarca le moviese á em-
plearlo, nunca habrá razón para asentar que fué este el primer
instrumento de la poesía española y el único modelo en metros y
nmas de la que ha merecido por excelencia el título de caste-
llana *.
Cierto parece que tuvo el dialecto gallego la gloria de inter-
pi'etar el sentimiento lírico que se insinúa en el paraaso español
con los cantares eruditos del príncipe de León y de Castilla, re-
petidos por él en edad más granada; pero si esto sucedia en la
primera mitad de aquel siglo, no es para olvidado el testimonio
que al mediar del mismo nos ofrece el Rey Sabio, condenan-
do á los que infamaban á otros «por escriptura, faciendo can-
)ítigas, ó rimas ó dictados malos», y prohibiendo que los canta-
ran ú dijesen -. Claro se muestra pues que el legislador no pudo
1 Véase la Ilustración III. ^ de la 1.^ Parte, en que aludimos al empeño
que puso el P. Sarmiento en hacer originaria -de Galicia la poesía castella-
na; empeño contradicho victoriosameiile ya en el pasado siglo por el erudito
Sánchez (Colección de poesías casi., tomo I, pág. 132 y siguientes). Á pesar
de las no probadas exageraciones de Sarmiento {Mein, para ¡a hist. la de
poes., núra. 566), seria injusto negar la recíproca influencia, que en deter-
minados momentos pudieron tener la poesía gallega y la castellana; pero no
en la época del nacimiento de la segunda, como pretendió Samiienlo.
2 Las leyes III, XX y XXI del tít. IX de la Partida VII ofrecen sobre
este punto toda la claridad apetecible. La primera dice: «Enfaman et des-
*))honran unos á otros non tan solamiente por palabra, mas aun por escrip-
»lura, faciendo cantigas ó rimas ó dictados malos, de los que han sabor de
weiifamar. Et esto facen á las vegadas paladinamente ct á las vegadas encu-
II.* PARTE, CAP. X. SEG. TKASF. DEL ARTE VULG. ERUl). 501
condenar ni prohibir lo que no existia, atendiendo por el contra-
rio á corregir lo perjudicial y abusivo; y siéndolo la escritura de
cantigas satíricas y dictados de escarnio, no hay para qué esfor-
zarnos en probar que ya en 1263 se habia generalizado en los
dominios de don Alfonso el movimiento lírico-erudito que él acau-
dilla, no siendo en consecuencia el dialecto gallego la única len-
gua poética de España en aquellos dias. Esto, prescindiendo de
los poemas heroicos que llevamos examinados, y aun de otras
producciones que el mismo don Alfonso confiesa haber escrito
antes de las Caníigas, siendo verosímil que no todas lo fueran
en lengua gallega ' .
*La obra de los Loores et Milagros de Nuestra Señora ^, que
))bierlamente, echando aquellas escripturas malas en las casas de los grandes
Hseñores ó en las ig-lesias ó en las plazas comunales de las clbdades ó las
»villas, por que cada uno lo pueda leer». Después añade: «El mal que los
«ornes dicen unos á otros por escrlpto ó por rimas es peor que aquel que di-
»cen d' otra guisa por palabra, por que dura la remembranza della para
«siempre, si la escriptura non se pierde». Las otras dos leyes citadas califi-
can de atroces las injurias hechas «por cantig-as ó por rimas ó por famoso
«libelo», y las equiparan á las que se infieren á los enfermos y á los muertos.
Se vé por tanto, sin género de duda, que al mediar el siglo XIII se culti-
vaban en Castilla con cierto exceso y por escrito las formas líricas, odefen-
«diendo [el legislador] que ningún ome non fuese osado de cantar cantiga,
»nin decir rimas, nin dictados que fuesen fechos por deshonra ó por denuesto
«de otro» (Ley III de las citadas).
1 En el prólogo de los Loores, que lo es en el códice de Toledo (de que
vamos á hablar) de todas las cantigas, se lee:
Qnerríeme leixar de t robar desí
Pur outra dona et cuid' a cobrar
Por esta quant enas outras perdí.
En otra cantiga (que es la X del Ms. toledano) decia:
Esta dona qae tenno por senuor
Et de que quero seer trobador.
Se eu per ren poss' aaer sea amor
Doa a ó demó os outros amores.
2 Tenemos verdadera satisfacción en consignar aquí que nuestro distin-
guido discípulo, don Miguel Morayta, ya en otro lugar mencionado, hadado
á luz bajo el título de las Cantigas de don Alonso el Sabio, un interesante ar-
tículo, inserto en la revista denominada la Razón, en que acredita sus buenos
estudios, no menos que el noble entusiasmo que le inspiran las letras patrias.
502 HISTORIA CIUtICA DE LA LITKUATUUA ESPA.Ñ'OLA.
así es también apellidado el cancionero sagrado del rey don Al-
fonso, ha llegado á nuestros dias en diversas formas. Dado (i co-
nocer desdo el pasado siglo el códice que se custodia en la Biblio-
teca Toletaua, cítanlo exclusivamente los eruditos, alguno de los
cuales ha supuesto, al mencionarlo, que sólo consagró el Rey Sa-
bio las cien composiciones, que encierra, á las alabanzas de la
Virgen, fundándose acaso en los siguientes versos, últimos de
título métrico que las precede:
Fez ^en cantares et soes
Saborosos de cantar;
Todos de sennas razoes,
Com' y podedes acliar.
Escrito el libro con grande esmero paleográfico en esquisito
pergamino; iluminado todo de colores; exornada con la respectiva
música la primera estrofa de cada cantiga, y salpicado el texto
de notables correcciones, que parecen originales, no ha faltado
en verdad fundamento para creer que hubo de ser propiedad del
mismo don Alfonso * . Mas como quiera que este monarca men-
ciona en su testamento diferentes «libros de los cantares et de los
«loores de Sancta Maria», mandando «que sean todos en aque-
»lla yglesia donde el su cuerpo fuere enterrado», ha debido re-
El expresado trabajo, aunque no debe tenerse por completo, muestra por
una parte lo mucho que puede hacerse sobre las Cantigas, y por otra lo no
poco que debe esperarse del señor Morayta, si prosigue con igual celo en
este linaje de estudios. A la juventud, ante cuyos ojos se abre, merced á los
fecundos principios que hoy sustenta y aplica la crítica, un mundo descono-
cido, toca en efecto ensanchar sus horizontes con hidalgo anhelo y meritoria
perseverancia: nosotros nos contentaremos con mostrarle el camino y adver-
tirle de los peligros que ha de hallar, al emprenderlo.
4 Así lo creyeron los eruditos Palomares y Burriel, cuya autoridad es de
mucho peso en este linaje de investigaciones; declarando que las enmiendas
marginales son «al parecer de mano del mismo Rey Sabio», al presentar á
la Reina de España la copia que sacaron del códice de Toledo, la cual se
guarda en la Biblioteca Nacional con la marca Dd. 9i. — El traslado de la
música es de Palomares: las advertencias sobre las correcciones del libro ori-
ginal, del P. Burriel. En la Paleografía Castellana, pág. 72, lám. 8, publicó
el último una muestra de la música y facsímile del mencionado códice, dan-
do la descripción del mismo.
11. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 503
pararse en que la colección de las cien cantigas del códice tole-
dano no pbdia ser única. Que esto es así, lo confirman los códices
existentes en la Biblioteca del Escorial, monumentos verdadera-
mente regios, tanto por su riqueza y suntuosidad, como por la
innumerable copia de bellos ornatos que atesoran. Trasladólos
Felipe II de la catedral de Sevilla, donde yace el hijo de San
Fernando, al crear la referida Biblioteca; no pareciendo en con-
secuencia caber duda de que son los alibros de los cantares et
loores», citados en el testamento del expresado rey, quien preve-
nía que sólo haciendo «bien et algo» á, la iglesia, donde se guar-
daran, pudieran poseerlos sus descendientes '. — Vario es el núme-
ro de las cantigas que uno y otro contienen: el más rico, el que no
halla par, así por el extremado gusto de la escritura como por el
subido precio de las miniaturas que lo esmaltan, comprende dos-
cientos noventa y dos cantares: á cuatrocientos uno ascienden los
que se cuentan en el otro, que menos estimable respecto de la
parte paleográíica y avalorado sólo por contadas viñetas y letras
iniciales, despierta sin embargo mayor interés literario ^. Ambos
i Las palabras del rey don Alfonso son: «Et si aquel que lo nuestro he-
))redare coa derecho et por nos quisiere auer estos libros de los Cantares de
))Sancta María, mandamos que faga bien et algo por ende á la yg-lesia do
))los tomare, por que los aya por mercet et sin peecado» {Crónica de don
Alonso el Sabio, ed. de Valladolid, ■)oo4, fól. Lvij). Respecto de los Ms. de
las Cantigas, será bien notar que la Reina Católica poseyó un libro de «mare.i
mayor en pergamino», el cual encerraba los Milagros de Nuestra Señora, «á
partes apuntados de canto llano» {Me?n. de la Real Academia de la Historia,
tomo VI, pág. 457), siendo muy posible que fuera uno de los códices del
cancionero místico del Rey Sabio. Don Nicolás Antonio y don Diego Ortiz
de Zúñiga dan asimismo noticia de otro Ms. que poseía, cuando uno y otro
escribieron, el entendido don Juan Lúeas Cortes, manifestando que se hallaba
enriquecido de numerosas miniaturas y que habia sido propiedad de don
Alfonso Silíceo. Desgraciadamente se hallaba incompleto (Bibl. Yet., libro
\lll, cap. V; Anales eclesiásticos y seglares de Sevilla, lib. I, pág. 30, y li-
bro lí, pág. 132). El docto Burriel no abriga duda alguna respecto de que los
códices conservados en el Escorial son los mencionados en el testamento del
rey don Alfonso, traídos de Sevilla por mandado de Felipe II {Mem. para la
vida d¿l rey don Fernando III, parte I, pág. 7).
2 Los códices del Escorial tienen las marcas j. b. 2, y j T i. El primero,
que es un tomo fól. ma.x. en pergamino avitelado, consta de 201 fojas,- y
504 mSTÜKlA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
exceden al códice de Toledo en gran numero de cantigas, llegan-
do d trescientas una las que tiene do más el último, comprendi-
das en la totalidad de ellas las ciento del libro toledano: en uno
y otro se leen ya modificados los versos arriba trascritos, dejando
indeterminada la cantidad, antes precisa, del siguiente modo:
Fezü cantares et sones, etc.
Atendiendo á dar una explicación satisfactoria en orden á la
aparece escrito por un Juan González, conforme dan en la última á entender
estas palabras:
virgen bienauenturada,
Sey de mí remembrada:
Johaniies Gundisalui.
EstaH puestas en música las primeras estrofas de cada cantiga; y entre las
viñetas que avaloran tan precioso Ms. llama la atención la que se halla en el
fól. 28, y representa al mismo rey don Alfonso rodeado de pendolistas, can-
tores y tañedores, escribiendo y entonando las alabanzas de la Inmaculada.
Tal es el códice que mayor número de composiciones encierra. El segundo
se compone de 256 fojas, escritas asimismo en pergamino avitelado, y como
el anterior, pertenece, considerado paleográñcamente, á la segunda mitad del
siglo XIII. Mas aunque falto en el principio (sólo en el índice) ofrece tal
abundancia de bellísimas iniciales de colores y de esmeradas miniaturas, las
cuales van representando los sucesos narrados en cada cantiga, que merece
ser considerado como un verdadero tesoro histórico y un monumento artísti-
co del más alto precio. La arqueología, en todas sus aplicaciones, halla en
tan suntuoso libro larga materia de admiración y estudio: arquitectura, mú-
sica, pintura, indumentaria, tienen allí inagotable copia de edificios y orna-
tos, armas é instrumentos, muebles y trajes, cuya variedad y riqueza se au-
menta por e.\trenio, pues que se ven alternativamente representados reyes y
magnates, caballeros, ciudadanos y gente menuda, clérigos y prelados, mon-
jes y monjas, doncellas y matronas, apareciendo ul par cristianos, sarrace-
nos y judíos, caracterizados todos perfectamente, según su origen y cos-
tumbres. Mutable es sobremanera que en este peregrino monumento se mues-
tre la pintura en sorprendente estado de progreso, no pareciendo sino que
el Rey Sabio se valió, para darle cima, de los más famosos artistas de Italia,
que comenzaban á despertar á la sazón con los esfuerzos de Cimabué. El nú-
mero total de las miniaturas ó viñetas asciende á 1292, lo cual basta para
dar idea de su riqueza. Lástima es que no haya habido todavía quien, ani-
mado de noble patriotismo, aconseje á los reyes de España la publicación
on facsímiles de joya tan sin igual, enlazando sus nombres al glorioso de su
esclarecido abuelo!... Nuestros lectores juzgarán del mérito de este precioso
códice por la muestra que ofrecemos.
li.* PARTE, CAP. X. SEG. TARSF. DEL ARTE VULG. ERUD. TjOS
casi probada autenticidad de los tres códices, ninguna repugnan-
cia hallamos en admitir que es el de la Biblioteca Toletana más
antiguo que los escurialenses, encerrando con preferencia los can-
tares de la Virgen, compuestos por el rey don Alfonso durante
su juventud, si bien escrito y corregido después de 1255 '. No
incluidas en él ninguna de las cantigas, que perpetúan la memo-
ria de los milagros obrados por la Virgen en la familia real de
Castilla desde la niñez de Fernando III, bien puede también de-
ducirse que no hablan sido todavía compuestas, al formarse la co-
lección de los cien cantares; y como en los códices escurialenses
leemos no pocos que se refieren á los años 1274, 75 y aun 79,
demostrado nos parece que animado sin cesar el Rey Sabio de la
ardiente devoción que el nombre de Maria le inspiraba, prosiguió
en su edad madura la obra empezada en la juventud, llevándola
á cabo en los cinco últimos años de su reinado, época en que
mandó sin duda hacer los magníficos traslados, que legó á la ca-
tedral de Sevilla. Teniendo sólo en cuenta el códice de Toledo,
sobre ser imposible darla cumplida del copioso cancionero sagra-
do, escrito por don Alfonso, córrese pues el riesgo de suponer
obras diversas las cantigas que encierra y las comprendidas en los
escurialenses 2, y lo que es de mayor trascendencia, se interrum-
1 En el prólogo ó título métrico del códice toledano se declara que el rey
don Alfonso lo era de los romanos, diciendo:
Et que dos romanos rey
é per (lereit et senuor;
título que no pudo usar hasta el referido año; y como se hace también re-
ferencia á la conquista de Jerez, acaecida en 1263, parece indudable que el
libro indicado fué escrito pasado este año, sin que haya obstáculo para
creer con el diligente Burriel, que la mayor parte de las cantigas en él con-
tenidas, sean fruto de la juventud del Rey Sabio, según en el texto adver-
timos.
2 En este error ha caido el distinguido alemán Mr. Clarus, diciendo des-
pués de hablar del códice de Toledo, conforme á la descripción del P. Bur-
riel, y de mencionar el poema de Alexandre, rechazando la equivocación de
don Nicolás Antonio, Velazquez y otros que lo atribuyeron al rey don Alfonso:
«Otra colección de versos suyos vio Ortiz de Zúñiga, de los cuales trae mu-
Mchos en sus Anales de Sevilla: también están estos en dialecto gallego y
«muchos son .versos de arle mayor,» etc. {Darstelhing des spaniscJien literatur
;;oc HISTORIA ciUtica de i. a litiíratuíia kspaSola.
pi lie una manera inconveniente la historia poética del Rey Sa-
bio, haciénilole enmiulecer en lo más granado de su edad para
presentarle inspirado por el dolor al bajar á la tumba.
Las Cantigas de Sancfa Man'a, manteniendo vivas en el pecho
del monarca de León y Castilla las dulces aFecciones de la juven-
tud, son el más fiel trasunto de las creencias religiosas que abriga
mientras alienta, y claro espejo del filial y acendrado amor con
que el pueblo español adoraba á la Madre del Salvador del mun-
do. Recogiendo en ellas las tradiciones de la muchedumbre, que
más autoridad y aplauso alcanzaban; atento jí consignar los favo-
res que debian sus padres á la intercesión poderosa de la Virgen,
á quien aDeus non pode dizer de non»; y agradecido ala protec-
ción que habia él mismo experimentado, dando de ella repetidos
testimonios, no olvidó tampoco el principe y rey castellano que
pertenecía á la escuela de los poetas eruditos, acudiendo por tanto
á la historia para enriquecer la ya abundante colección de piado-
sas anécdotas, que con tanto anhelo iba allegando. Sin desechar
el egemplo de Berceo, de quien loma asunto para diversas canti-
gas, escritas antes de ceñir la corona ^ ya fuese que pusiera en
in Miltelalter, tomo I). Las cantigas citadas por Zúñiga y tomadas del códice
que poseía el sevillano don Juan Lúeas Cortés, se hallan todas en el códice
oscurialense, j. b. 2.
i Además de lo dicho, al hablar de los veinticinco Milugroa de Nues-
tra Señora, escritos porBcrcco, cúmplenos observar aquí que, á excepción de
once, lodos los restantes se hallan reproducidos en las Cantigas del Rey
Sabio y contenidos en el códice toledano. En efecto, el I *"' milagro del cantor
de Santo Domingo es la II.* cantiga, que celebra la aparición de la Virgen á
San Ildefonso: el 11. ° la XXXI. ", que narra la historia de la monja tesorera,
reproducida en el Quijote de Avellaneda con el título de Los dos Amantes fe-
lices, y referida con el de Margarita la tornera en los Cantos del Trovador por
el renombrado Zorrilla: el [II.° es la XVII.'', que enaltece los favores conce-
didos por Santa Maria á sus devotos en el cadáver del monje, en cuya boca
nace una flor fragante: el IV. " la LXXl.*, que consagra asimismo la devoción
de ¡Maria en los que dicen sus loores: el VI. ° la XIV. ", en que so libra un
ahorcado de las penas infernales por su amor á la Inmaculada: el VIII." es la
XXIV.*, que fija la tradición del romero de Santiago engañado por Satán, y
salvado de eterna condenación por ruego de la Madre de Cristo: el IX. ° la
XXXIV.', que ofrece todo el poder de la fe aun respecto lie los ignorantes ó
¡'liólas: el XVI. " es la 1 V.", en que libra la Gloriosa á un niño jmlio del fufgo,
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VüLG. EUUD. o07
contribución el a Espejo Ilistoriah que le había clonado San Luis,
su primo, ya que con mayor provecho consultara el copioso re-
pertorio que bajo el título De Mirnmlis Beaíae Mariae Yirginis
andaba acreditado entre los doctos del siglo XI ', acumuló el nieto
de doña Berenguela no escaso número de milagros, acaecidos en
Francia, Inglaterra, Italia, Alemania, Constantinopla y Siria,
manifestando, al ponerlos en verso, que debia su. conocimiento á
la lectura de otros libros -. Constituyen estos en verdad la mayor
á que su padre le condena, por haber dicho las alabanzas de la misma Vir-
gen: el XVIII. ° la XXII.*, en que salva de la saña de sus perscg-uidores á un
devoto, que se acoge á su altar: el XVIIl." la Xíll.'^, destinada a revelar por
boca de Santa Maria los agravios que le hacian los judies de Toledo en una
de sus imágenes: el XrX.° es la XXXV. =*, en que saca de éntrelas ondas á un
romero que al naufragar invoca su nombre: el XXI. " la VI.", en que patro-
cina á una abadesa, la cual, vencida de la tentación carnal, había llegado á
ser madre: el XXII." es la XXXVII. =*, en que se ensalza la piedad de Nuestra
Señora, respecto de un barco de peregrinos de Ultramar, que se acogen á su
amparo: el XXIII. ° la XXXVIII.", de cuyo asunto ha formado el mencio-
nado Zorrilla el bellísimo cuento de A buen Juez mejor testigo; finalmente, el
XXIV. °, que dio origen a la cantiga III. ^, mucho más breve que el Milagro
de Berceo. Todas estas composiciones pudieron ser escritas antes de -1202, y
por tanto en vida del cantor de Santo Domingo, que en la copla 3.^ del mi-
lagro XIV de Nuestra Señora, hablaba del reinado de San Fernando como
de cosa ya pasada, diciendo:
En el tiempo del rey de la buena ventura,
don Ferrando por noinne, sennor de Estremadura,
nieto del rey Alffonso, cuerpo de grant mesura,
cuntió este mirado de muy grant apostura.
i Era debido al benedictino alemán Pothon, y se dio á la eslampa en
1731. Acaso pudo también conocer el rey don Alfonso el libro que Jacobo de
Vorágine escribió en su tiempo con el título de Mariale, consagrado en ala-
banza de la Virgen. El Espejo historial, enviado al de Castilla por el rey de
Francia, es la tercera parte de la grande obra que, intitulada Speculitm tnaius,
escribió por mandado de aquel príncipe el dominicano fray Vicente de Beau-
vais: comprende la historia del mundo desde la creación hasta la mitad del
siglo XIII, narrando muchos y muy maravillosos sucesos, algunos de los
cuales dejamos citados. Don Alfonso la menciona en su testamento; y en el
catálogo de los libros de la Reina Católica tiene los números 1 13 y 1 14 {Mein.
de la Real Academia de la Historia, tomo VI, púg. 433).
2 Al narrar los milagros de Nuestra Señora, emplea generalmente estas
fórmulas: «A SanUí escritura nos conta; segund que a letra diz; com' eu es-
508 mSTOUlA CRITICA DE LA LlTliRATlIIlA ESPÁTULA.
parte de las Cantigas; pero aunque no oslan desnudos de inte-
rés, generalmente hablando, tiénenlo muy superior los que se re-
fieren á la historia de España, como que reflejando directameale
el sentimiento religioso de nuestros antepasados, pintan al vivo
sus costumbres.
Dignas son de citarse en este concepto las cantigas consagra-
das á recordar la aparición de la Yirgen á San Ildefonso; la luz
(jue en Rocamador brota en el laúd de un juglar; la toca miste-
riosa labrada en Segovia por gusanos de seda; el romero de San-
tiago; la monja tesorera, á quien sustituye Santa Maria en aquel
oficio durante sus mundanos amónos; el aldeano de Segovia, que
olvidado de sus promesas á la Yirgen, recibe el merecido escar-
miento; el caballero de Santisteban de Gormaz, cuya figura pelea
contra los sarracenos, mientras él ora devoto ante el altar de la
Inmaculada; el infanzón aragonés, que halla, al volver de la guer-
ra, guardada la castidad de su esposa por la protección directa
de la Madre de Dios; el sordo-mudo de Toledo, que recibe habla
y oído de sus piadosas manos; el niño feliz, que pasados cinco
dias de su muerte, vuelve á la vida en el santuario de Salas, á
donde le llevan sus desconsolados padres; el cazador afortunado,
que, perdido su más preciado azor, lo recobra en la misma igle-
sia de Salas, donde invoca el favor de su patrona; el castigo del
magnate catalán, que había hecho tributario al monasterio de
Monserrate, obligándole á pagar el agua, que los monjes bebian,
«crilo achei; que achei escrito n' un livre todo cheno de nüragres; como es-
Mcrito yaz:
un miragre que achar
oune n' un livre el tirar
o fny ben d' outre treszentos,
que fez a Virgen sen par, ele.»
En cambio, al referir los que se apoyan únicamente en la tradición, se expresa
en estos términos: «com' oy contar; eu dizer oy á omes que foron y; per
»quant aprendi; segund eu contar oy; un miragre que oy; que el fez [la
))Vír^en] nos meus dias; que contar oy á omes et molieres; que eu d' un bon
))om* aprix,» etc. De esta manera explica el Rey Sabio la situación en que
respecto del arte se encuentra, descubriendo las dos diversas fuentes en que
se Inspira.
II.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 509
mientras la Reina del Cielo les enviaba cabras monteses, que apa-
garan la sed y el hambre con su sabrosa leche; y finalmente otras
muchas destinadas á tener vivos en la memoria de la muchedum-
bre los beneficios de la piedad divina, reflejando la manera de ser,
pensar y obrar de nuestros mayores ' .
Mas si excitan estas cantigas la devoción y presentan á la crí-
tica no. pocos atractivos, cual monumentos literarios, mayor in-
centivo ofrecen á la curiosidad histórica las que, según vá indi-
cado, hallan asunto en los sucesos coetáneos á don Alfonso y en
su propia familia: entre otras parécennos muy estimables, ya la
que tiene por objeto consignar «cómo Sancta Maria guarecen en
))Onna al rey don Ferrando, quando era menyno»; ya la que cele-
bra el favor concedido á la reina doña Beatriz, sacada en Cuenca
«de grande enferraedade, porque orou á ssa omágen con grande
wasperanqa»; ya la dedicada á elogiar los prodigiosos efectos
obrados por la Yírgen en sus propias reliquias, curando «que se
«non dannassen entre outras multas que se dannaron»; ora la que
narra los estragos hechos por el africano Aben-Yuzeph en las
tierras y aldeas de Sevilla, perdonando sólo en la del Coria la casa
de un «bon orne», cuya devoción á la Gloriosa alcanzaba al par la
vida y salud de un «su menyno», que lloraba por muerto; ora la
que refiere el milagro hecho por una imagen de Santa Maria, que
habia sido de doña Beatriz, en un mudo de Sevilla, y ora por
último la que nos pinta la aparición «del rey don Ferrando á
«maestre lorge», mandándole «que tirasse ó anel de seu dedo et
))ó metesse no da omásren de Sancta Maria» ".
i Estas cantigas tienen en el códice de Toledo los números II, VIII, XVI,
XXIV, XXXI, XXXII, LI, LII, LIV, LVI, LVIII, LXII y LXVI: todas se re-
fieren á épocas anteriores al reinado de don Alfonso.
2 Los cantares á que aludimos, se leen en el códice escurialense j. b. 2. ; y
fueron publicados por Ortiz de Zúiiiga en sus Anales de Sevilla, refiriéndose á
los años 1209 (pág. 36), 1227 (pág. 43), 1274 (pág. 109), 1273 (pág. Hl),
1279 (págs. H6 y 121). Daniel Papebroquio en su Acta vitae Sancti Ferdi-
nandi trascribió las dos cantigas que se refieren á las enfermedades de esto
príncipe y de la reina doúa Beatriz, cayendo en el error de suponerlas escri-
tas en la lengua de Castilla (veleris linguae castellanae) , pág. 321 y 123. El
P. Burriel en sus Memorias para la vida de San Fernando reprodujo la primera
de dichas cantigas (pág. 7); Mondéjar y Sarmiento citaron los comienzos de
>H0 nisTOlUA crítica nr. la liikiiatura española.
Resplandece en todos estos cantares la más pura devoción, y
brilla en ellos á menudo verdadero entusiasmo poético. Mas fuese
porque la misma naturaleza de los asuntos lo exigiera, fuese por-
ijue el arte erudito estaba todavia muy cercano á su manifesta-
ción épico-heróica, debe observarse que son más narrativos que
líricos, ateniéndose el rey poeta al oficio de expositor, y herma-
nándose de este modo con los cantores populares, que en igual
sentido celebraban las hazañas de los héroes. Causa es esto de
que no hallemos en las Cantigas de la Virgen el arrebato indi-
vidual, la fuerza subjetiva, que constituye el genio é índole pro-
pia de la poesía lírica, si bien en todas partes procuró don Alfonso
dejar hondamente grabado el sello de sus creencias. Hay sin em-
bargo entre las Cantigas cierto linaje de composiciones que,
acordes en su forma y esencia con el sentimiento que las inspira,
pueden y deben ser consideradas como otros tantos himnos: tales
son los Loores de Santa Maria, los cantares adas cinco festas)>
que á la sazón le consagraba la Iglesia, las plegarias en que se
implora su maternal auxilio, como abogada de pecadores, y otras
varias canciones en que ya se enaltecen las dotes con que fué la
Inmaculada enriquecida por la Trinidad, ya se pondera el rego-
cijo de los bienaventurados y de los ángeles, al subir al cielo y
ser coronada reina de la creación entera ', Son pues todas estas
una y otra {Mtm. de don Alonso el Sabio, pág-. 7, Mem . para la historia de la
poesía, núm. 612), y el erudito alemán Christiano Fr. Belleinian, las ha re-
impreso en su curioso opúsculo sobre la antigua poesía portuguesa {Die al-
ien Liederbiicher der Porlugiesen, Borlin, i 840, pág. 60).
1 En el códice escurialense j. b. 2. preceden estas cantigas á los mila-
gros de la Virgen, que ascienden al número de 401: en el toledano siguen á
los cien cantares que forman el cancionero, y preceden á otros diez y seis
milag.'-os, añadidos después de terminado este por el Rey Sabio. Entre estos
verdaderos himnos llama nuestra atención el dirigido á saludar la venida
del mes de mayo, cuya frescura y gala parecen solemnizar las alabanzas de
Maria. Quisiéramos trascribirlo íntegro; pero á fin de no abultar demasiado
estas notas, nos contentaremos con algunas estrofas. Comienza, después del
estribillo:
Ben vcnnas, mayo, ton toda saude.
Por que loemos a de gran verlude
Que ú Ueus rnguc (juc dos seiipr' aiude
1. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. BH
poesías verdaderamente líricas, brillando al propio tiempo por la
riqueza y variedad de las formas artísticas que las revisten, pren-
das que se reconocen igualmente en todas las cantigas del Rey
Sabio. La multitud de metros que estas ofrecen y el repetido y á
veces complicado cruzamiento de rimas, donde se mezclan con
frecuencia asonancias y consonancias, apareciendo también no
pocos versos libres, en cuya colocación se guarda cierta regulari-
dad, dan en efecto á tan peregrino monumento levantada estima,
siendo en verdad sensible que no correspondan á la extraordina-
ria riqueza de sus ornatos exteriores el estilo y lenguaje que en
las cantigas encontramos. Y no porque se hallen escritas en un
dialecto ajeno á Castilla, pues ya hemos indicado que la dulzura
y aun el énfasis, que resaltan en el gallego, eran muy propios y
adecuados para la poesía: cuando el rey don Alfonso componía
Contra o deino et dessi ñus escude.
Ben Telinas, mayo» et con lealtade.
Porque loemos a de gran bondade
Que seiipre aia de nos pifidade
Et que uos guarde de toda inaldudc.
Ben vennaSj mayo, con bonos sabores,
Et nos roguemos et demos loores
A a que senpre por nos peccadores
Boga á Deus que nos guarde de doores.
Ben vennas, mayo, alegre, sen saniia,
Et nos ruguemos á a que nos ganna
Ben de seu filio, que nos dé tamanna
ForQa que sayan os mouros de Spanna.
Ben vennas, mayo, con pan et con vino
Et nos roguemos á a que Deus minyno
Troux' en sus braQos, que nos de camino
Por que seiamos con ela festino.
Ben vennas, mayo> con bonos maulares
Et nos roguemos en nossos cantares
A a sancta Virgen ant' os seus altares
Que nos defenda de grandes pesares.
Esta cantiga nos recuerda los versos, con que saludaban los trovadores la
venida de la primavera, época feliz de sus empresas amorosas. No es en ella
por cierto despreciable el rasgo, en que se expresa el anhelo de arrojar de
España, con la protección divina, á los sarracenos.
5f2 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
estas obras, no se había hecho ensayo alguno para crear el len-
guaje poético-lírico, como que sólo habia dominado en el parnaso
erudito el sentimiento heroico, según dejamos latamente exami-
nado; y no debe en consecuencia maravillarnos el que se mos-
trase en lucha con los elementos de que el arte disponía, no lo-
grando vencerlos con igual fortuna.
Que existe esa lucha y que anima al Rey Sabio el deseo de
comunicar al estilo y lenguaje de las Cantigas cierta elevación,
llevándole alguna vez al extremo opuesto ', lo muestra palpable-
mente el examen literario de las mismas. Del referido estudio,
que no juzgamos oportuno exponer aquí con excesivos pormeno-
res, resulta que no carecía don Alfonso de naturalidad y gracia
para expresar los más delicados sentimientos é imágenes. Nar-
rando el milagro de Coria [1275], revelaba con este rasgo el amor
paternal:
Ly era un bon omme
Que un fillyno auía
Pequenno, que tant' amaua
Com' a uida que uivia ^.
i Observación digna de tenerse en cuenta es la que nos ministra la can-
tiga LXX del códice toledano, qae trata «do departimento que a entre Ave
et Evan, con aplicación á la Virgen. El rey don Alfonso, llevado acaso del
ogemplo de la decadente poesía de los provenzales, se muestra excesiva-
mente ingenioso y rebuscado, inclinándose al par más de lo justo á las antí-
tesis poco naturales y aun pueriles. También caia en el defecto, que en el si-
glo XVI se miró como el último ápice de la afectación, partiendo las pala-
bras de uno á otro verso; así por cgemplo dijo en la Cantiga LXXII de la
colección toledana:
Quen catar et reuolver
Estes salmos, acbará
Magníficat y iazer,
Et ad Dominum y S
Et cabo del in conuer-
Tendo, et ad te está,
Et pois retribuí ser-
Vo tuo muit omildoso, etc.
Estos primores, propios de un arte que imita sin el discernimiento nece-
sario, manifiestan el empeño que ponia don Alfonso por dar á sus versos,
así respecto del lenguaje como de las formas métricas, toda la perfección lo-
grada en su tiempo.
2 Ortiz de Zúñiga, Anales de Sevilla, pág. I H.
11.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERLD. Si3
Y no es menos enérgico el dolor, que atribuye á una madre;
la cual obtenido un hijo por la intercesión de la Virgen, le vé mo-
rir en sus brazos:
Enton a catiua j con grant quebranto,
Et braadando, comencou á dizer:
Sancta María, ¿qué fuste fazer
En darm' este fill et logo mí o toller,
Porque non podesse con elle goír?...
Sennor, que de madre o nome me deste,
En toller mío logo mal me fezeste!
Mas po lo prazer que do teu ouueste,
Filio, dam'este mío que ueia riir! '.
Pintando la belleza de la Madre de Dios, al dar habla y oido en
Toledo á un hermano del conde don Ponce, decia que vio el sor-
do mudo
De muy gran fermosura una donzela
Que de faicon et de cóór mais bela
Era, que non é a nevé é a grana -.
Dirigiéndose á la misma Virgen en uno de sus loores, la ape-
llidaba:
Rosas das rosas et flor das flores
Dona das donas, Sennor das Sennores '.
Y en otro la invocaba, diciendo:
Deus te salve, Groríosa
Reyna María;
Lume dos santos fremosa,
Et dos ceos uía, etc. *.
Hablando de una jovencilla, predilecta de la Inmaculada, des-
cribia así su belleza y sus pocos años:
. . . una mínyna
Que chamauan Musa,
1 Cód. de Toledo, cantiga XXVI.
2 Cód. de Toledo, cantiga LIV.
3 Cod. de Toledo, cant. X.
4 Cód. de Toledo, cant. XXX.
TOMO lU. 35
Sn HISTOniA CUItICA de la LITF.KATLT.A KSJ'AÑOLA.
Que muy fromosina
Era, el aposta;
Mas garridelyna
Et de pouco sen, ele.
A esta se apareció Santa María, en sueños:
A muito Groriosa
Pareceuir en sonnos
Sobeio, fremosa,
Con muylas minynas,
De marauillosa
Beldat, etc. '..
Nadie habrá pues que niegue al Rey Sabio verdaderas faculta-
des poéticas, examinando las Cantigas de Nuestra Señora, aun
lio contadas la sencillez con que expone los sucesos por él narra-
dos, ni la facilidad con que domina toda clase de metros, acomo-
dando á ellos holgadamente sus ideas y pensamientos -. k. con-
sentirlo las numerosas producciones, de que en el presente capi-
tulo tratamos, multiplicariaraos las citas, lo cual no habría me-
nester de grande esfuerzo, cuando es el cancionero sagrado del
rey don Alfonso la colección más copiosa de cuantas se forman en
la edad media. Para que pueda apreciarse sin embargo la forma
de su narración, así como la manera de disponer los metros y
las rimas, lícito creemos añadir algunos egemplos: celebradas las
virtudes de la monja tesorera, cuya historia nos refiere Berceo
en versos pentámetros, conocidos sus mundanales amoríos y lle-
gado el instante de su arrepentimiento, leemos:
Et o caualeiro fez,
Poi la leuou^ dessa vez
i Cód. de Toledo, cant. XXXVI II. ,
2 Rodiiijucz de CasUo en su Biblioteca Española, tomo II, pá*^. ti41, y
Pérez Bayer en sus eruditas notas á la Biblioteca de don Nicolás Antonio,
lomo 11, pág:. 80, ponen abundantes muestras de la varia metrificación em-
pleada por el Rey Sabio en las Cantigas, abarcando desde los versos de diez
y siete sílabas hasta los de cuatro. Véase la Ilustración 111.* del lomo II,
donde exponemos ampliamente análogos eg'cmplos. La versificación de don
.Mfonso es notable por la facilidad, con que obedece las formas g-ramatica-
Ics, respetadas por el rey cuidadosamente.
n. PAUTE. CAP. X. SEG, TRASF, DEL ARTE VULG. ERUD. 515
En ela fillos et filias;
Mas la Virgen de bon prez,
Que nunca amou sandez,
Emostrou y marauilla?,
Que la uida estranyar
Lie fez que fazía,
Por en sa claustro tornar,
Ú ante uivía.
De vergonna nos guardar
Punna toda uía
Et de falir et de errar
A "Virgen María.
Et ela con gran pauor
Tremendo en seu cóór,
Foísse pera a eigreja;
Mais a madre do Sennor
Lie mostrou tan grand amor,
(Et poren beneita seya)
Que as chaves foi achar
Ü postas auía,
Et seus pannos foi filiar,
Que ante vestia.
De vergonna, etc.
Et tan tosté sen desden
Et sen vergonna de ren
Auer, juntou o conuento,
Et contolles o gran ben
Que lie fezo a que ten
O mund' en seu raandamento:
Et per lias toudo prouar
Quanto lies dizia,
Fez seu amigo chamar,
Q,ue lio contar ya.
De vergonna, etc. *.
Tentado por Satanás, que se le aparece bajo la forma de San-
tiago, ejecuta el romero de Compostela en sí mismo el error de
Orígenes, para castigo de sus pecados, degollándose después:
Seus companeiros poi lo mort acharon,
Por non lies aponer que o mataron,
Foronss'; et logo chegaron
{ Cód. de Toledo, cantiga XXXL
516 RISTOIUA crítica T)E LA LirERATlIRA ESPAÑOLA.
A alma lomar
Detnoes, que á louaron
Muí tdste sen lardar.
Kú passauaii anl una cápela
He Sanl Pedro muil aposta ct béla:
San James de Conposteia
De la foí trauar
Dizcnd: Ay, falss' alcauela,
Non podedes leuar
A alma de meu romeu que fdlastcs,
Ca por razón de mi o engaunasles. —
Gran traieon V pensasles;
Et, se Dcus man par,
Pois falsamente a ganastes
Non uos pode durar, etc. '.
En lal manera empleaba el Rey Sabio, al componer las Canti-
f/as á la Virgen, los melros y las rimas, siendo digno de adver-
tirse que mostró mayor facilidad y elegancia en los versos de
maestría real que en los de gran maestría, cultivados antes de su
tiempo.
Llegado á los últimos años de su vida, abandonaba el romance
gallego para dolerse en la lengua patria de la infidelidad de los
suyos y de la ingratitud de su propio hijo, don Sancho. Pero
antes de este momento le presentan casi todos los críticos escri-
biendo el libro poético del Tesoro, que tiene por asunto la tras-
mutación de los metales, dando en consecuencia al rey don Al-
fonso el extraño título de alquimista. Historiadores hay que,
partiendo de semejante suposición, han llegado á sentar que más
ilustrado don Juan, hijo del Infante don Manuel, que el Rey
Sabio, burlóse de este en uno de los apólogos del Conde Luca-
nor, libro de que hablaremos adelante, porque daba crédito á las
mentiras de los alquimistas, teniéndolas por verdades probadas 2.
i "Cód. de Toledo, cantiga XXIV. — Nótese cómo alternan los versos de
once, ocho y siete sílabas en estas esfrofas.
2 El marqués de Mondéjar decia del Rey Sabio, aludiendo al libro del
Tesoro <'> del Candado: «Si acaso no le hubiese sucedido lo mismo que con
«nombres supuestos refiere el príncipe don Juan Manuel, su sobrino, en el
nCoiide Lucanor, acontecido á cierto rey, á quien burló un chimico cmbus-
Dtcrc» {Mem hisl. de! rey don Alonso el Sabio, lib. Vil, cap. XII). Mr. Gcor-
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 5Í7
Y sin embargo, los que así han discurrido, no solamente desco-
nocieron el respeto y veneración con que habló siempre don Juan
Manuel de su ilustre tio, rindiendo gracias á Dios porque le habla
dotado de tan alta sabiduría ' , sino que desconocieron la forma
en que el mismo don Alfonso había condenado á los que se da-
ban á la alquimia, algunos años antes del en que se supone es-
crito el libro del Tesoro. Tres leyes hallamos efectivamente en
el código de las Partidas, las cuales reprueban aquella ciencia
vana del modo más terminante, declarando como desentendudos
íi los que tenian fé en ella, y como engannadores á los que la
practicaban é intentaban «facer creer á los ommes lo que non pue-
))de seer, segunt natura»; y cuando tan irrecusables testimonios
nos enseñan que miró el hijo de San Fernando con entero me-
nosprecio una ciencia que seducía en su tiempo á hombres tan
respetables como un Arnaldo de Yillanueva, un Santo Tomás de
Aquino y un Raimundo Lulio, lícito nos parece tributarle las me-
recidas alabanzas, por haberse sobrepuesto en esto como en todo,
á las preocupaciones de su siglo, en vez de abrumarle con injusto
vituperio -'. Y no se nos diga que desde 1265, en que se termina-
ge Ticknor dio ya por sentado que don Juan Manuel se reia de su lio (cpor-
»que daba crédito á las patrañas de los alquimistas y ponia confianza en un
whcmbre que tenia la vanidad de convertir los metales en oro» {fÜst. de
la liter. esp., I.^ ép., cap. IV). El docto autor anglo-americano no se sirvió
sin embargo revelarnos el nombre del erabaydor que engañaba al rey don
Alfonso.
1 Al terminar el notabilísimo elogio del Rey Sabio que en el capítulo
anterior copiamos, decia: «O Dios, padre et criador ct poderoso et sabidor so-
wbre todas las cosas: bendicho et loado seas tú de todas las criaturas; el es-
Mpecialmente quieras que te loen en buenas obras el en buenas voluntades
))las criaturas razonables que tú señaladamente crieste para te conoscer, por
))que de tí se puede alcanzar et para te loar. Et marauillosos el derecliurosos
))son los tus juizios. El marauilloso fué el que uino contra este lan noble rey.-
))lú Sennor sabes lo quefeziste. Bendito seas tú, por quanlo fezisle, et quanto
«fazos et por quanto farás!...» {Libro de la Caza, Bibl. Nao., cód. S. 34, fo-
lio 201 V.). Quien así admira la infinita bondad de Dios para con don Al-
fonso, ¿podia mirarle cual objeto de burla?... — Adelante veremos como le
considera en otras obras.
2 La ley XIII del tít. V de la II Partida, que trata «de cómo el rey non
deue cobdiciar á fazer cosa que sea contra derecho-», levmind así; «Etestonríi
318 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ron las Partidas, hasta 1272, en que sin criterio cronológico se
dice escrito el libro del Tesoro ', pudo cambiar don Alfonso do
wcobdiciaríc el rey la cosa que non podiesse soer, quando quisiesse fazer por
«maestría lo que, scgunl natura, non se puede acabar, assí como el alquimia:
))et desla guissa darse híe por desentendudo el perderte su tiempo eí su auern.
En la ley IV del tít. IV de la Part. VI dice el Rey Sabio: «Si dixicre el tes-
))tador en el testamento: — «Establesco por mió heredero ú fulan, si diere a
wtal eg^resia un monte de oro», ca tal establecimiento como este non uale,
Mpor que es puesto só tal condición que se non puede conplir de fecho, ma-
y)güer que los alchirnistas cuydan que pueden facer oro quando quisieren, lo
nque fasta en este tiempo non fué cosa manifiesta á los otros omesn, etc. La
ley IX del tít. VHI de la VII.^Tartida, destinada á tratar del que face mo-
neda falsa ó ferfena la buena, acaba con estas notables palabras: «Esso mes-
wmo deue seer guardado de los que linxiesen la moneda que touiese mucho
wcobre, por que paresciese buena, ó que ficiesen alquimia engañando los ornes,
i)et fazerles creer lo que non puede seer, segunt natura». ¿Puede ser acusado
de alquimista el legislador que habla de este modo?... Pues en el mismo si-
glo vjvia Santo Tomás de Aquino [1227 á 1274], cuya ciencia respeta la
edad moderna, y creyó en la trasmutación de los metales (Tirabosehi, Sloria
de la Letter. ital., tomo V, lib. II, cap. II), y en el mismo tiempo eran que-
mados vivos en Italia, por haber falsificado la moneda, valiéndose de la al-
quimia, Griffolino de Arezo y Capocchio de Siena, a quienes halla el Dante
en la décima bolgia (cap. XXIX del Infierno), haciéndoles declarar que usarou
en el mundo de la alquimia. El primero dice:
. . . Neir ultima bolgia delle diece
Me per alchimin, che nel montln usui,
Uainnó Minos, etc.
El segundo:
. . . lo son 1' oinbrn di Capocchio,
che falsa! I¡ metal li con alckimia.
Dante admite el hecho, lo cual prueba que la docta Italia, medio siglo des-
pués de escritas las Partidas, seguia creyendo lo que el Rey Sabio rechazaba
como imposible.
1 Al final del códice L., 85 de la Biblioteca Nacional, descrito por Sán-
chez {Poes. Casi., tomo I, pág. d32 y siguientes), se lee: «Sea alabado Dios.
))Fecho fué este libro en el anno de la nuestra salud MCCLXXII». Obsérvese
que se cuenta aquí por el año del nacimiento de Jesús, cuando todavia se con-
taba en Castilla y siguió contándose después en todo un largo siglo por la Era
del César. Hablando el mismo rey don Alfonso en el prólogo déla IV. ^ Parte
de la Grande et General Estoria del comienzo de dicha Era, que pone en el
tercer año del impisrio de Octacviano, decía: «De aquellos tres años adelante
Mpor los de la cuenta de la Era desde Céssar Augusto, se cuentan lasestorias
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VüLG. ERUD. 519
dictamen, declarando ya en aquella fecha que, ayudado del sabio
de Egipto, acrecentó su caudal muchas veces: porque aun conce-
diendo que el Rey Sabio cayera en semejante error, después de
rechazarlo, nunca será admisible el suponerle tan ignorante de su
propia vida, que en 1272 asegurase que hahia sido emperador,
cuando tres años adelante se honraba con el referido título, de-
puesto al cabo no sin hondo sentimiento *.
Este anacronismo grosero, en que no se ha reparado con el
detenimiento debido, nos lleva á dar el valor que realmente tie-
nen, á las demás inconexiones y anacronismos de estilo y de len-
guaje que plagan el libro del Tesoro, encaminándonos á la época
en que hubo de ser escrito. Hay en la historia de Castilla un pe-
riodo notabilísimo, en que alcanzaba extremado poder y riqueza
el arzobispo de Toledo, dpn Alonso Carrillo [1440 á 1484]: no
carecía este prelado de cierta ilustración y deseo de cultura; pero
dominado por la ambición, y afecto más de lo que debiera á las
cosas del mundo, habia caído en el lazo de los que juzgaban ha-
cedero trasmutar en oro los demás metales, manteniendo á su
lado gran número de alquimistas, entre los .cuales se distinguía
un Alarcon, criado y mayordomo suyo, quien en pago de sus im-
posturas era finalmente degollado en la plaza pública de Zocodo-
ver sobre una espuerta de paja "2. Que estos embaydores, que ;?or
«ct los fechos que acaescieron» — (Bibl. Escur., cód, j. Y. q., fól. \). Adviér-
tase que era por otra parte lo general, dado que se mencionara también
el año de Cristo, hacerlo con el título de la Encarnación y no con el de nues-
ica salud, manera de decir mucho más mx)derna. Esto prueba: \° Que el li-
bro no se escribió, como se pretende, en el sigilo XIII: 2." Que el autor de
esta ficción olvidó las apariencias.
{ Véase sobre este punto el cap. XXII del libro XIII de la ffisí. gen. de
Esp. del P. Mariana, y con mayor cuidado el cap. XXXí del libro Ilí de las
yacitadas iI/e;«or¿as históricas del Reij don Alfonso el Sabio, pov el erudito
marqués de Mondéjar.
2 Dan testimonio de esta verdad histórica el diligente Cura de los Pala-
cios, cap. XI de su Crónica de los Reyes Católicos, y el laborioso Gonzalo Fer-
nandez de Oviedo, coetáneo como aquel del arzobispo Carrillo de Acuña
(Hist. General de Indias, tomo II, lib. XXYII, cap. VI). La superchería llegó
á punto de suponerse en un librejo, trazado en 1463, con el título de Defen-
sorio de la Astrologia [Varié I.*, cap. 1."), que escribió don Alfonso (dan
520 HISTORIA CUÍTICA DE LA LITERATURA ESPAJÍOLA.
mucho espacio de tiempo sacaron gran suma de dinero al arzo-
bispo, ú otros de la misma laya fingieran el libro del Tesoro, te-
niendo la osadia de atribuirlo al rey don Alfonso, para darle la
autoridad que ellos no gozaban, si no aparece enteramente de-
mostrado, ofrece al menos las probabilidades de una conjetura
verdaderamente histórica. Nada hay en ercódice que se reputa
por más antiguo, y aun propiedad de don Enrique de Aragón, á
cuya muerte se dice que pasó á. la cámara de don Juan II, que le
lleve más allá de la segunda mitad del siglo XY *; y como por
otra parte poseemos un manuscrito de este singular poema, en
que se cuentan hasta treinta y seis octavas, demás de las doce con-
tenidas en dicho códice, no hay duda alguna en que no hubo de
ser único, ignorándose cuál de estos dos es el primitivo y verda-
dero '^. Si esta notable circunstancia presenta ya el libro poético
Mgrandes secretos de naturaleza, que los espíritus malinos con invidia, por
»odio é malquerencia movidos, porque á los onbres non aprovechassen, des-
Mtruyeron muy grant parte de sus libros, en especial aquellos donde eran es-
«criptos aquellos secretos é cosas que aprovecha)- podiessen». Estas y otras
suposiciones análogas fueron anzuelo de la credulidad del buen arzobispo.
1 La fama que tuvo el marqués de Villena de nigromante, pareció sin
duda excelente ocasión á los embaydores de mediados del siglo XV, para
graduarle también de alquimista, dando por existente entre sus libros el del
Tesoro; pero no sospecharon que habia de llegar tiempo en que se reconociera
la ilegitimidad de su mercancía, viniendo por tierra todo el artificio de se-
mejante impostura. Prescindiendo de que, según observó ya don Tomás An-
tonio, la letr;i está formada á golpes de pluma, como imitación de otra que
se tenia presente, es de advertir que la nota en que se expresa que fité falla-
do este libro con los del magnífico don Enrique, señor de Villena, é fincó en poder
del Señor rey, sobre ser de la misma tinta que todo el texto, ofrece iguales
rasgos de pluma, bien que en contrario sentado, lo cual prueba claramente
que texto y noAa fueron fingidos por una sola mano. Mas con todo, no habrá
paleógrafo alguno que no declare este Ms. posterior por lo menos á la pri-
mera mitad del siglo XV, lo cual basta para resolver que no pudo ser pro-
piedad de don Enrique de Aragón, muerto en 1434, ni tampoco de don
Juan (I que fallecía veinte anos adelante. Es notable también que no se haga
mencix)n de este entre los libros de la Real Cámara que heredó Isabel I.*
2 Sarmiento y antes Gil González Dávila hablaron de otros Mss. que
nosotros no hemos logrado examinar. Lo que estos eruditos declaran y aun
lo que observa el citado Sánchez, nos ha dado motivo para insertar el poema
que nosotros poseemos, en las Ilustraciones do este volumen.
II. PAUTE, CAP. X. SEO. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUü. Hit
del Tesoro, como obra de legitimidad dudosa; si el estilo, el len-
guaje y aun el poco arte que se descubre en la imitación, lo traen
cuando más á la mitad del siglo XY; si los anacronismos de con-
tar únicamente por el año del nacimiento de Cristo, y de suponer
que el Rey Sabio depuso la majestad de emperador antes de 1272,
manifiestan que el autor de aquel libro desconocía la historia del
príncipe, cuya memoria vilipendiaba; y Analmente, si es innega-
ble que don Alfonso despreció y aun condenó á los alquimistas —
¿qué mucho que, respetando las cuerdas sospechas del erudito
Sánchez y del eminente Moratin, demos por apócrifo el mencio-
nado poema, fijándolo en una época en que se hizo materia de
logro el codicioso y vano arte de la alquimia, patrimonio de gente
baldía y embaucadora? *.
Mas no diremos otro tanto del Libro de las Querellas, á pesar
de las sospechas que sobre su autenticidad han apuntado señala-
dos escritores ^: expresión dolorosa del sentimiento que inspira en
el pecho de don Alfonso la deslealtad de sus ricos-ornes y de su
hijo don Sancho, muestran las pocas estrofas de tan peregrino li-
bro llegadas á nuestros tiempos, el dolor profundo y la airada
energía del ofendido príncipe, que, al dirigirse á don Alonso Pe-
i Aun cuando el entendido marqués de Mondéjar en el cap. XIX del li-
bro Vil de sus Mem. Hisí. del Rey Sabio rechazó ya cuanto Lázaro Zeisnero
dijo al publicar en su Teat. Chiin. la Clavis Sapientiae (Clave de la Sabiduría),
que se adjudicaba al referido monarca; aun cuando desvaneció asimismo las
suposiciones de Pedro Borelo, que insertó en su Biblioth. Chim. otro tratado
de igual estofa con nombre del mismo rey, — todavía los historiadores de la
quírai'ca insisten en ponerle entre los alquimistas del siglo XIII. Entre otros
citaremos á los alemanes Erdemann Hopp, Gnielin y Hoeffer, quienes termi-
nantemente lo aseguran, si bien el primero en su Geschickte der Chemie
(Brauinsweig, 1845), parece vacilar un momento, cu"ando dice: «Tambicn
wlos alquimistas de este siglo (el XIU) cuentan á Alfonso X de Castilla entre
»los suyos, pero con datos muy dudosos». Ocho páginas adelante anadia sin
embargo: «El rey Alfonso X de Castilla (muerto en 1284) es considerado
Mcomo escritor alquimista, aschemistischen Schrisflstellern (tomo 11, pág. 193).
Tanta fuerza tienen el error y la"calumnia que Sisraondi, Puibusque, Tick-
nor, Villemain, Viardot, Dozy, Menechct, Clarus, y otros muchos críticos
se han dejado tambicn dominar de ellos.
2 Moratin, Orígenes del Teatro Español, nota 3.
;.22 HISTORIA CIUTIC.V DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
roz (le Guzman, exclamaba: «Si los mis fijos son mis enemigos,
»noQ será ende mal que tome ü los mis enemigos por íijos» ^.
Contado es en efecto el número de los magnates que le obedecen:
Diego Pérez Sarmiento, ó según otros Forran Pérez Ponce, que
liabia permanecido fiel hasta el último extremo, y que tenia dadas
á su desdichado rey las más claras pruebas de afecto y de cariño,
es entre aquella reducida cohorte el procer elegido, para recoger
los tristes suspiros de su primo y de su rey:
A lí, Diego Pérez | Sarmiento leal,
normano, et amigo, | et firme vasüllo,
Lo que á míos oinos j de coila les callo
Entiendo dezir, | plannendo m¡ mal.
La pluma del esclarecido autor de las Parlidas, empapada en
el llanto del dolor, gritaba ahora «eo» fabla morlah), para echar
en cara á la revuelta nobleza de Castilla su ingratitud y su perfi-
dia. Al verse de todos abandonado, exclama:
Cómmo yaz solo [ el rey de Castiella,
Emperador de | Alemanna que foé!...
Aquel que los reyes | besauan el pié,
El reynas pedían | limosna en man(iella!...
Aquel que de liuesle | manlouo en Seviella
Diez mili de á cauallo | el Ires dohle peones!...
Aquel que acatado | en lejanas naciones
Foé por sus Tablas | et por su cuchiella!... *
Ninguno que no se hubiera visto en situación tan amarga, po-
día fingir el sentimiento profundo que revelan estos versos, dán-
donos la medida de lo que debió ser el lastimoso libro, con justa
razón apellidado de las Querellas. Y si habia en don Sancho IV y
en sus magnates algún interés respecto de tan peregrinas elegías,
no era en verdad el de contrahacerlas, para recordar al vivo sus
i Carta d Alonso Pérez de Guzman, publicada por Barraníes Maldonado,
y reproducida por Urliz de ZiiMija, Moiidéjar, la Academia de la Lengua y
oíros varios escritores.
2 Desgraciadamente sólo se han conservado las dos primeras estrofas de
l;i Invocación, y tan viciadas que hasta falla en algunos versos el sentido, lo
cual nos ha movido á iulroducir algunas leves enmiendas.
11.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD, 523
faltas y desmanes, sino más bien el de hacerlas perdedizas, para
que del todo se borraran de la memoria de las gentes. Circuns-
tancia es esta que puede en parte explicar la ineficacia de las dili-
gencias hechas para completar dicho libro, y que dá también cier-
ta razón de la forma en que se han trasmitido á nuestros dias los
fragmentos que de ella poseemos '. Porque no son en nuestro jui-
cio estas dos estrofas de la introducción al libro de las Querellas,
la única muestra de aquellas desconsoladoras elegías (donde se
hallan consignadas la falsía de los ricos-ornes y prelados y la
amargura del rey don Alfonso) que felizmente poseemos: notables
son en efecto los versos que dirigiéndose más bien á la posteridad
que á sus contemporáneos, escribía en el metro oí;fó««nb, emplea-
do con mucha frecuencia en sus Cantigas, y que formando un
verdadero canto de dolor no menos triste y desconsolador que la
invocación á Diego Pérez, manifiesta pertenecer al deseado Libro
de las Querellas. El desventurado rey se lamenta del siguiente
modo:
Yo sali de la mi tierra | para yr á Dios seruir;
Et perdi lo que auia j desde mayo fasta abril:
Todo el regno de Castiella j fasta allá á Guadalquevir.
Los obispos et perlados | cuydé que metien paz
Entre mí et el mió fijo, | commo en su decreto iaz:
Ellos dexaron aquesto | et metieron mal assaz,
Non á escuso, roas á vozes, | bien commo el annafil faz.
{ La Real Academia de la Historia detJaró solemnemente en un Informe
sobre las obras del Rey Sabio, elevado al Gobierno en 1798, que se proponía
((practicar todas las diligencias que le fueran posibles para encontrar el Libro
»de las Querellas, pues lo juzgaba legítimo del rey don Alfonso, y digno de
))que viese la lu? pública». La Academia creyó, como Orliz de Zúñig-a,
Mondéjar, Sarmiento, Velazquez y tantos otros, que el primero,, á quien se
debió el conocimiento de este libro, fué don José Pellicer en sa Memorial de
la casa de los Sarmientos, pág. 72. El primero que imprimió el fragmento
citado de las Querellas fué no obstante Alvar Gutiérrez Torres de Toledo,
en un libro muy raro, publicado á fines del siglo XV, poniéndolo como pro-
sa: Garibay lo trasladó de allí á su Compendio historial, ya en forma de me-
tros. Nuestros esfuerzos han sido de todo punto infructuosos para completar
esta preciosa obra, asi como lo fueron los de la Real Academia; sólo nos es
dado añadir los fragmentos, de que en el texto hacemos mérito.
52 i IUSILHIIA OlllTICA Üli L.V LULIIATUIIA liSI'AÑuLA.
Falleciéroiiinc parientes | et amigos que yo auia
Con aueres ct con cuerpos | ct con su caualliMi;.:
Ayúilenme Jcsu-Clirislo, | su madre Suncl;i María:
Que yo á ellos me acomiemio | de noche el tamhitMi de dia.
Manifestando después cuan grande era la soledad que le abatia,
continuaba:
Non lió mas á quien lo diga ( nin á quien me querellar,
Pues los amigos que auie | non me ossan ayudar:
Que por miedo de don Sandio | desmamparado me han:
I\ies Dios non me desmampare, j quando por mí a imbiar.
Xponia fin á este melílncúlico y peregrino canto, recordando el
egemplo de Apolonio de Tiro, que, según queda mostrado en otro
lugar, buscó en las ondas el remedio de sus males '.
1 Alonso de Fuentes en su dedicatoria a los Quarciüa Cantos puso ínte-
gra esta peregrina composición, que copió en parte Garibay, según antes
notamos (cap. VI). Algunos de nuestros eruditos y aun ciertos escritores ex-
tranjeros de nota la han citado, partiendo los versos por el primer hemisti-
quio y suponiendo que era un romanee. Con sólo reparar el orden de las es-
trofas y saber que en el libro de las Cantigas hay muchas del mismo metro y
rimadas en igual forma, queda este error desvanecido. Sirva de egemplo para
nuestros lectores, entre otras muchas, la cantiga XII del códice b. j. 2. de la
liib. Esc. que lleva este título: uEsta é como Santa Maria se quexon en Toledo
nen o dia de essa festa de agosto, perqué os iudeos cnicifigaiian una omagen
)>de cera á ssa sometíanla», y después del bordón ú estribillo empieza:
E d' aquest aii grant inirag^re | uos quer en ora contar
Que & Reyna de ceo | qais en Toledo inustrar, etc.
Esta caní/pa refiere el milagro XVII de los de Berceo, como queda en su
lugar notado. — Respecto de la autenticidad de esta querella y de si formó
parle del Libro, escrito por don Alfonso en las postreras amarguras de su
vida, si bien carecemos de pruebas positivas, conviene advertir que el tono
general de la composición, sus formas artísticas tan del gusto del Rey Sobio,
su estilo, su lenguaje, la singular coincidencia de hermanarse perfectamente
en uno y otro concepto con las únicas estrofas de la Invocación llegadas a
nuestros dias, y aun la manera peregrina como estas se han conservado,
todo nos lleva á recibir cual producción de aquel infortunado príncipe este
doloroso canto, donde le vemos acudir, por último, como único remedio de
sus penas á la piedad divina. Siguiendo pues diferente camino, perdidas para
los populares, é ignoradas acaso de los eruditos, la Invocación ú Diego Pérez
y la Querella, recogida ¡lor Alonso de Fuentes, han venido á darnos alguna
idea de lo que fué el Libro de las Querellas, úllimo testimonio intelectual de
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERÜD. 525
No á otros títulos logra pues el Rey Sabio el de poeta, mere-
ciendo al par el de innovador, que le asegura la introducción do
las formas y del sentimiento lírico en el parnaso castellano. Mas
si esta innovación, que constituye una edad nueva en la vida del
arte vulgar- erudito, es gloriosa para el nieto de doña Berenguela,
no lo es menos la adopción del apólogo oriental, traido á la Pe-
nínsula pirenaica del modo y por la senda que en el capítulo an-
terior demostramos. Era todavía infante de Castilla don A.Ifonso,
«fijo del muy noble rey don Ferrando», cuando fué traido al ro-
mance vulgar upor su mandado» el ya famoso libro de Calila el
Dimna, que «departiendo por exemplos de omes et de aves et de
»animalias», reconocía su origen en el más celebrado del Pant-
cha-Tantra '.Difícil es hoy determinar si el nieto de doña Be-
aquclla noble y laboriosa existencia, consag^rada á labrar la felicidad de sus
pueblos, entre quienes sólo Sevilla supo apreciar lo que don Alfonso valia,
mereciendo la más expresiva muestra de su cariño en el mote que ilustra sus
armas.
\ En la Biblioteca del Escorial existen dos códices castellanos del libro
de Calila el Dimna: arabos muy anteriores á la publicación del Exemplario
contra engatio.t ect [i 498], traducido de la versión latina de Juan de Capua,
hecha á fines del siglo XIII, con el título de üirectorium vitae humanae, a la
cual precedió aquella versión en mucho. En el códice más antig^uo, marcado
iij, h. g. á que aludimos en el texto, se declara que se acabó «en la era de
))mill et doscientos et nouenta et nueue annos». Pero hay error de copia, pues
que en el año de 1261 del Nacimiento de Cristo, era ya don Alfonso rey, y
no infante, como se dice expresamente en la citada nota. Así debe reducirse
á 1231, uno antes de que ciñera la corona, esto es, á la Era 1289. — En elaño
de 1273, al formarse el inventarlo de los libros de don Gonzalo Palomeque,
obispo de Cuenca, se hacia ya mención de este con el título de Enxenplario
enromanz (Marina, Ensayo Hist. Crit., páj. 7). Consta el expresado Ms. de
94 fojas, si bien tiene varias lag-unas; está en papel y letra del sig-lo XIV,
si bien Rodríguez de Castro lo llevó al XIII, y aparece todo él historiado,
aunque sin miniaturas de colores. El segundo códice fué escrito en 1467 por
un García de Medina, morador de Valladolid: está signado iij. X. 4. y con-
tiene además del libro de Calila et Dimna, la Cosmographia de San Isidoro y
la primera parte del Invencionario del Bachiller Alonso de Toledo. Elcód. pri-
mero parece ser el citado en el n.° 157 del catálogo de los libros de la Reina
Católica {Mem. de la Real Academia de la Hist., tomo VI, pág. 463). — El di-
ligente académico don Pascual Gayaugos, mucho tiempo después de termina-
52l"¡ m.-íTORIA CRtTICA DE LA LITERATUIU ESPAÍ^OLA.
rcng^uda mandó traducir este peregrino libro de la lengua árabe
ú de la hebrea, á las cuales habia sido trasladado en tiempos an-
teriores, ó si lo hizo transferir al castellano de una versión latina,
heclia acaso bajo sus mismos auspicios, ó ya debida á la litera-
tura latino-eclesiástica, que habia producido la Disciplina Cleri-
calis '. Razones hay dignas sin duda de atención para fluctuar
entre todas estas indicaciones, conocida la personal ilustración del
Rey Sabio, y quilatado en cierto modo el prodigioso movimiento
que logra imprimir á los estudios, llamando á sí y dándoles ocu-
pación científica ó literaria á cuantos se distinguían en el cultivo
de las letras y de las ciencias.
Pudieran tal vez dar motivo á recibir como un hecho histórico
que vino al habla vulgar por vez primera el libro de Calila et
Dimna del latín, cultivado por la gente de clerezia, dos hechos
que el examen de los códices en que dicha versión se contiene y
el estudio de la Grande et general Estoria debida al mismo rey
don Alfonso, nos ministran. Ofrecen en efecto todos los manus-
critos del Calila et Dimna llegados á nuestros días, cierta nota
final, en que se declara queafué [aquel] sacado de aráuigo en
»latyii et romanzado» de orden del referido príncipe, infante aun
cuando esto se verifica -: tratando el Rey Sabio en la Grande et
General Estoria de las maneras de los axedreses et de sus iuegos
»é de la semeianra á que fueron fechos», observaba: «Muerto el
»rrey Benhahut,regnó en pos él un rrey,que le dixeronDayslen.
dos estos esludios, ha dado á luz en el lomo LI de la Biblioteca de Autores Es-
pañoles [1860] este precioso monumento, procurando ilustrarlo con una ad-
vertencia pr¿/¿ín/nar, en que muestra su erudición acostumbrada. Aunque no
se adopten todas sus conclusiones, es este trabajo digno de elogio, porque rec-
tifica alg-unos errores de críticos extranjeros, que andaban no poco autoriza-
dos en la república literaria.
i Véase el cap. XIV del tomo 11, pág. 240.
2 Demás de los códices escurialenses, citados arriba, dá razón el erudito
benedictino, fray Martin Sarmiento, de otro Ms. en que se hallaba la misma
nota, si bien se alteraba el año de la Era que Sarmiento reducía á la de 1289,
con buena crítica (núms. 749 y siguientes). Ignórase el paradero de este Ms.,
que parece haber pasado d Portugal, según indica el referido monje. — Esta
copia se hizo en 1416 por un fray Juan Guallense, de la Orden de San Fran-
cisco.
II.* PAKTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. 527
))Este rrey fiso el libro á que clisen Calila et Dygna, que es de
))exenpIos et de sesos: et este liuro trasladó de aráuigo en latino
))Aben Mochafa» ^ Ahora bien: consignada en los códices caste-
llanos la memoria de una versión latina , sacada de la lengua
árabe antes del año 1252, en que por muerte de su padre sube
al trono de Castilla «el infante don Alonso», y confirmada la
existencia de la expresada versión por las palabras textuales de la
Grande et General Estoria, escrita, según adelante comprobare-
mos, después de 1270, no tenemos poi' repugnante, y más bien
juzgamos racional, el admitir que en la primera mitad del si-
glo XIII era conocida de los doctos una traducción latina de aquel
libro originariamente sánscrito, á menos que no supongamos al par
que ignoraba el Rey Sabio lo que decia, y que dada esta inexacta
afirmación, fué á los pendolistas ó trasladadores de los siglos XIV
y XY familiar por extremo la Grande et General Estoria, tan
poco leida en nuestros tiempos ^
i Citó este pasaje, refiriéndose á la III.^ Parte, cap. LXIII de la Estoria
General, Rodríguez de Castro, y aludió visiblemente á la Grande et General
Estoria, de que ya habia dado noticia. Al folio 163 de dicha Parte se
leen estas palabras: «Et pues que este libro de Calila et Dimna fué fecho, un
«sabio á que llamaron Qeael, fijo de Harón, fiso otro libro para un rey, á que
Mdisien Mimo; et semejaua aquel libro al de Calila et Dtjmna, ca asy fablaba
))de sessos et de exemplos. Et pero por algunos departimientos que ouo entre
))el un libro et el otro, pusol' nombre aquel Sabio Taulahuefra» {Bibl. Esp.,
tomo 1, pág. 637, col. 1). Ignoramos qué libro sea este: el erudito Puibus-
que, siguiendo á Rodríguez de Castro, cree que es la versión de Rabbí Joel,
citada en el capítulo precedente; más ¿qué rey Mitno es este, á quien ^eaeldi.
rige su obra? — En España no sabemos que hubiese en los siglos XII y XIII
semejante rey; pareciéndonos en este punto más aceptable la explicación que
ha dado al propósito el académico Gayangos en su Advertencia preliminar á
la edición del Calila et Dimna. «Qael, hijo de Harón (dice) no es como supuso
«Rodríguez de Castro, el rabino Joél, sino Sahl ben Harón, escritor árabe del
Msiglo VIII, que compuso por orden del Califa Al-mamon ó Al-memon, según
«pronunciaban los nuestros, un libro parecido en el asunto al de Calila é Dym-
))na, según refiere Herbelot en su Bibliothéque oriéntale (V. Hassan».) El rey
Mimo ó Mimon pudo en efecto ser Almemon, quitado el artículo: y en este ca-
so no tiene valor la conjetura de Castro, acogida por Puibusque.
2 Véase el siguiente capítulo, en que examinamos esta obra, la cual es
en efecto tan desconocida de los doctos, que el diligentísimo académico don
528 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?l0LA.
Ni contradice esta lóg-ica y sencilla conclusión el que pudiera
tener presente el traductor del libro castellano un original ará-
bigo ó hebreo, ni menos el error cometido por el rey don Alfonso,
cuando atribuye en el pasaje citado de la Grande et General
Esforia la versión latina de las Fábulas de Bidpay d Abdalláh-
Ebn-.Vlmocaffá. [Aben jMochafa]. Rodeado el Rey Sabio de doctos
arabos y hebreos, iniciado él mismo en el conocimiento de ambas
lenguas, y acaudalado de numerosos libros orientales, no sólo
para dar cima á, sus empresas científicas, sino para llevar á cabo
las literarias é históricas, lo cual demostraremos en breve, no es
por cierto inverosímil que mientras daba razón del libro latino que
sirvió de texto principal á la traducción castellana, aspirase á rec-
tificarla sobre la arábiga, de donde aquella procedia. Y no pare-
cerá tampoco repugnante á los lectores el que conservado sin duda
el nombre de Almocaffá en el referido libro latino, y contándose
entre los árabes y hebreos entendidos cultivadores do dicha len-
gua, so dejase llevar el nieto de doña Rerenguela de aquella cir-
cunstancia, y diese por segundo intérprete del Calila et Dimna
al que en realidad lo habia sido primero, conforme apuntamos en
lugar oportuno '.
Pascual de Gayang'os la ha equivocado úllimamcnte con la Estaría de Es-
patina, buscando on esta invililmente la cita que hizo Rodriguez de Castro, y
declarando cual era natural, que no se comprendia «cómo en una obra exclu-
osivamcnte consagrada á la historia de España se pudo introducir un capítulo
«relativo á los reyes de la India y al juego de ajedrez», mientras acusaba al
citado Castro de no haber dicho á qué códice de la Crónica General se referia
{Bibliol. de Aul. esp., tomo II, pag. 8). Conocida La Grande et General Esto-
ria, hubieran desaparecido todas estas dificultades.
i Véase el capítulo anterior. El citado académico don Pascual de Gayan-
gos procura demostrar en la ya referida Advertencia preliminar al libro de
Calila et Dimna, que la versión castellana «no se hizo sobre la latina de Juan
»de Capua, sino sobre la arábiga de Abdalla-ben-Al-mocaffá» (pág. 9). En el
primer punto estamos enteramente de acuerdo, porque el libro castellano,
como vá dicho arriba, precede en mucho al del referido Juan de Capua, y di-
fiere no menos en el orden de materias, como también hemos insinuado, y
comprobaría ampliamente el examen comparativo. Respecto del segundo, de-
bemos confesar que no carecen de fuerza algunas délas indicaciones del señor
Ciayangos, sobre todo las que se refieren á los modismos y voces que pudie-
11. * PARTE, CAP. X. SEG. TRA5F. DEL ARTE VüLG. ERüD. 529
Como quiera, resalta entre todas estas indicaciones y conjetu-
ras un hecho innegable; á saber: que ya provenga la traducción
española de otra latina ó hebrea, ya directamente de la arábiga,
tiene por fundamento el libro de Abdalláh-Ebn-Almocaffá, ala cual
se ajusta en un todo, conservando los preámbulos que habia aquel
añadido para explicar el origen del Calila et Dimna. Demués-
tralo así la simple comparación de los ya referidos códices con el
texto arábigo de Abdalláh-Ebn-Almocaffá, dado á luz por un docto
orientalista en el primer tercio del presente siglo ' : por manera
que en todo caso puede asegurarse que la versión castellana, he-
cha bajo los auspicios del príncipe don Alfonso de Castilla, es una
de las más fieles y allegadas á la compilación, sacada por el persa
Barzúyeh para presentarla al famoso Cosroes, ora del Pantcha-
Tantra, ora del Eitopadesa -.
ron pasar al libro castellano de las lenguas árabe ó hebrea. Sin embargo, no
las reputamos suficientes para alterar lo que mucho antes de ver la luz la
expresad-a Advertencia preliminar teníamos escrito respecto de este punto. El
que el Rey Sabio, ó la persona á quien encargó este trabajo, tuviese presente
algún códice árabe ó hebreo, para consultarlo oportunamente, no destruyela
posibilidad de una traducción latina existente ya en 1251, ni anula por tanto
el testimonio de los códices, autorizado por la inequívoca declaración del
mismo don Alfonso, hecha en la Grande et General Estaría. Continuemos.
1 Aludimos al Sabio Barón Mr. Silvestre de Sacy, quien en 1816 publicó
en la Imprenta Real de Paris cotejado hasta con tres códices de la Biblioteca
hoy llamada Imperial, el referido texto arábigo con este título: uCalila et
-fíDymna, ou Fables de Bidpay en árabe, avec la Moollaca de Lebid, en franjáis
net en árabe». El texto de Abdalláh aparece íntegro en esta edición, lo cual
estimuló sin duda al celebrado orientalista don José Antonio Conde á tradu-
cir de nuevo á lengua castellana el mencionado libro, que con otras versiones
arábigas, tales como la del Alkiteb de sueños, los Consejos de Safiar, el Kiteb
de las suertes, el Kadit de la doncella Alcayona, etc., se custodian en la Bi-
blioteca de la Real Academia de la Historia (E. n. i51, 152, 153, 154
y m).
2 Con verdadero placer advertimos aquí que el diligente académico señor
Gayangos obtiene el mismo resultado respecto de este punto, ampliando sus
investigaciones á desvanecer las dudas, que pudieran surgir de hallarse en
algunos egemplares de Calila y Dimna cierto capítulo preUminar, atribuido á
Behmid, hijo de Sehwán, el persa, capítulo en que se asigna distinto origen
al expresado libro. Todo persuade en efecto de que el primer traductor cas-
tellano gozó de códices donde se conservaba con cierta integridad el libro de
TOMO llí. 54
5,'^0 HISTORIA CUlTICA HE LA LlTF.KATUliA ESPAÑOLA.
Pasando al pxáincn del Calila ct Di nina, tal como aparece en
la traducción española, conviene observar que tras un prólogo
encaminado á probar la utilidad del libro y esmaltado ya de muy
Abdalláh, si bien los trasladadores arábigos, como los latinos y castellanos,
no todas veces fueron fieles al texto que copiaban, lo cual demuestra el mismo
señor Gayanjos, citando varios Mss. de la versión referida, donde se hallan
algunos apólogos que faltan en otros códices. Pero si no podemos menos de
congratularnos, al ver de nuestra parle á tan renombrado arabista, dando la
preferencia á la primitiva versión castellana sobre la latina de Juan de Ca-
pua. hecha como vá dicho, sobre la hebrea, sentimos que nuestra opinión no
concicrlc con la suya en orden al autor de la traducción mencionada. Con-
viene el señor Gayangos en que es muy probable que «conociendo la impor-
»tancia y utilidad de la obra, y atendido el gusto de aquella época en que
«los escritos filosóficos de griegos y romanos y las obras doctrinales, al par
))que sentenciosas del viejo Oriente, alcanzaron mayor boga, don Alfonso hi-
))ciese traducir el Libro de Calila é Dimnan: conviene asimismo en que el
lenguaje de la versión primitiva es propio dol siglo Xílf y aun del reinado
<lcl autor de las Partidas, ofreciendo el texto que publica «indicios bastantes
«(escribe) para poder juzgar de la antigüedad de la obra y colocarla sin reparo
nentre los escritos del siglo XHIn (pág. 5 de la Adver. prelim.); y sin embargo,
pareciendo arrepentirse de estas fundadas declaraciones, pretende anular el
valor de las notas finales, en que consta el nombre y la situación de don Al-
fonso, cuando mandó hacer la traducción castellana (sin duda porque en ellas
se habla de otra latina), y llega a sentar en sus conclusiones que dicha ver-
sión «pertenece á la primera mitad del siglo XIV», añadiendo como para
aquietar su consecuencia: «si no es anterior» (pág. 9). Mas sobre dejar yain-
<licado en nota precedente que por los años de 1273 andaba en las librerías
de los prelados españoles, puesto en romanz el precitado libro, constando
que don Alfonso «fizo trasladar en el lenguaje de Casliella todas la sciencias»
(don Juan Manuel, pról. al Libro de la Caza); siendo un hecho hasta ahora
no conocido que su hermano el infante don Fadrique, hizo trasladar en el año
de 1253, como después veremos, el Libro de Sendebar, consanguíneo, si es
lícito decirlo así, del de Calila et Dimna; haciendo el mismo don Alfonso re-
potida mención del último y copiando largos pasajes en su Grande et Gene-
ral Extoria, según hallarán los lectores en el siguiente capítulo; y utilizando
por último en todas sus obras, y aun en las mismas I'artidas, la doctrina de
este y los demás libros sánscritos que después mencionaremos, comprobando
estos asertos, — no hallamos razón plausible para desechar como caprichosas y
puestas «para acreditar más su trabajo por escribientes ignorantes» las notas
finales (jue aparecen en todos los códices castellanos del Calila et Dimna. Las
aficiones personales del príncipe que recibe después título de Hcy Sabio; la
situación general de los esludios; la política adoptada por el nielo de doña
n.* PARTE. CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VLLG. ERUD. 531
sabrosos apólogos, se explica, según arriba insinuamos, el origen
del mismo. Syrechuel, como dice el Ms. más antiguo, ó Nixhuen,
«fijo de Cadet» como se escribe en otros, tenia por físico al sabio
Bersehuey, quien, noticioso de «que en tierra de India auia unos
«montes en que auia tantas yernas de muchas maneras, et que
«conoscidasque fuessen et cogidas etconfacionadas, que se sacarían
))dellas melesinas, conque resucitassen los muertos», pidió al rey
licencia para ir á buscarlas, gastando en el intento más de un
año. Probadas sin embargo aquellas prodigiosas yerbas, ningún
efecto logró Bersehuey, quedándose los finados tan muertos como
antes; lo cual le movió á consultar con los sabios y filósofos de la
India la inteligencia y valor de los libros, de que habia tomado
tan extrañas noticias. Advertido por los referidos sabios de que
«el entendimiento de los libros de la su filosofía et el saber que
dDíos puso en ellos, son los cuerpos, et que la melesina que en
wellos desia, son los buenos castigos et el saber, et los muertos
«que resucitauan con aquellas yernas, son los ommes nescios que
«non saben quando son melesinados con el saber..., buscó [Ber-
wsehuey] aquellas escripturas et fallólas en lenguaie de India et
«trasladólas en lenguaie de Persia, et concertólas». De vuelta en
su patria, presentó al rey dichos libros, siendo uno de ellos el de
Calila et Dimna, en el cual «trasladó unas quistiones que fizo un
«rey de India, que auia nombre Dicelem , al su alguacil, que
«disian Burduben, filósofo, á quien mucho amaba,» y mandóle que
Berenguela con árabes y hebreos, asociándolos á sus grandes empresas; el ca-
rácter mismo que estas ofrecen..., todo nos llevaría á conjeturar que don Al-
fonso habia tomado la iniciativa en la versión de los libros sánscritos, traídos
ya á las lenguas orientales (y aun á la latina), cuando sabemos que «fizo tras-
aladar, con los libros de todas las sciencias» el Koram (la secta de los moros\
el Jalmud (la ley de los judios) y hasta la Cabala. ¿Cómo pues si á este resul-
tado nos llevarla el simple raciocinio, hemos de convenir en que las notas
finales de los códices de Calila et Dimna son apócrifas, sólo porque aparece
en ellas el nombre del infante don Alonsol— El estudio que bajo diversos pun-
tos de vista hacemos en los capítulos siguientes, y en el tomo IV, consagrado
á los sucesores literarios del Rey Sabio, explicará con cuánta razón hemos
dado el valor que realmente tienen á las mencionadas notas. El señor Gayan-
gos ha conservado con buen acuerdo al final de su edición la que halló en el
Ms. que le sirve principalmente de texto.
S32 HISTORIA CnlTir.A DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
resjxindiese ((capítulo por capítulo, et respuesta verdadera et
^apuesta, et que le diesse cnxemplos et seniejaní^as» '.
Tal es la historia del libro de Calila el Dimna, narrada en el
códice escurialense, á la cual sigue la del mismo filósofo Berse-
huey, que alguno de los críticos modernos ha supuesto ser la del
traductor castellano ^. Como es fácil deducir, esta singular com-
pilación del Pantcha-Tanlra que recibe el indicado título de uno
de los capítulos más importantes que encierra, se halla en suma
reducida á una serie numerosa de fábulas, que, encaminadas á la
enseñanza práctica de la vida, tienen por lazo común las conferen-
cias de un rey y de un filósofo, relativas á las más arduas cues-
tiones de la moral y de la política. Este artificio, sencillo y natu-
ral, que debia ser imitado en todas las literaturas meridionales, y
que era ya conocido en la hispano-latina desde la época de Pero
Alfonso, se ofrece holgadamente á lodo género de consideraciones
filosóficas, explanadas y comprobadas con oportunos y bellísimos
apólogos. Las ideas de la justicia y del temor de Dios, de la amis-
tad y de la cuerda confianza, de la maldad y del fraude: las del
menosprecio de lo porvenir y de la ciega vanagloria; las del pro-
pio envilecimiento y de la humillación inoportuna ante enemigos
cautelosos ó encubiertos; las déla mansedumbre y la resignación,
de la inocencia y la gratitud, llaman sucesivamente la atención del
príncipe indiano, quien, obteniendo explicación cumplida del filó-
sofo, procura grabar en su memoria aquellas fructuosas enseñan-
zas, para evitar atinadamente los peligros del mundo, venciendo
al par la ignorancia, la falsedad y la cautela. Ni la vanidad impru-
dente de los que aspiran á ser tenidos por sabios en lo (jue igno-
ran, olvidando lo que han aprendido desde la infancia; ni la in-
sensatez de los que sin talento y experiencia bastantes buscan
plaza de consejeros en los palacios de los príncipes; ni la perfi-
dia de los que escudados con la inmunidad del parentesco, po-
nen odiosas asechanzas á sus propios deudos, libran en las con-
ferencias de rey y filósofo sin conveniente correctivo, produciendo
\ Cód. Escurialense, iij h. 9.
2 Mr. Adolfo Puibusque, en su Origine de VXpologuc espagnol, discurso
que precede á la versión francesa del Conde Lucanor, pág. 128.
II.* PAaTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EHUD. 333
todas estas nociones un verdadero catecismo político y moral, en
todos tiempos aceptable *.
Pero esta enseñanza, que no podría ser estéril, aun expuesta
de un modo meramente didáctico, logra mayor eficacia cuando,
según vá advertido, aparece fortalecida y confirmada por el egem-
plo de muy sabrosos apólogos, que no sólo tienen el mérito de
autorizar la doctrina, sino que juzgados críticamente, vienen á
satisfacer, con no pequeña sorpresa, cierta curiosidad literaria,
despertada en nosotros desde los primeros estudios de la infancia.
Apenas se hallará colección ó repertorio de fábulas, ya formado
en la antigüedad clásica, ya en la edad media, ya en los tiempos
modernos, donde no descubramos á cada paso claras derivaciones
del libro de Calila et Dimna, cuyo sazonado estudio nos minis-
tra la verdadera clave de los misteriosos y largos viajes, que ha
hecho por el mundo la forma simbólica, nacida en el Oriente -.
Tarea no difícil seria la de poner aquí abundantes testimonios de
esta verdad, cualquiera que fuese la historia literaria, á que los
demandáramos; mas no tan propia del estudio que vamos hacien-
do, como se habría menester, nos apartaría sin duda del punto
principal de las presentes investigaciones. Añadiremos sin em-
bargo, que no solamente los fabulistas de todas edades, sino tam-
{ La versioa primitiva de Calila et Dimna aparece virtualmente divi-
dida en cinco parles ó capítulos, mientras en la castellana llegan á diez y
siete. Mr. Adolfo de Puibusque advierte que estas diferentes parles no guar-
dan el mismo orden que en el Pantcha-Tantra: por egemplo, el primer capí-
tulo de este que lleva el título de Mitra-Bhéda [Rompimiento de la Amistad]
es el quinto de Calila et Dimna, trocados en estos nombres (de que recibieron
el suyo las versiones arábiga y española) los de Cataraca y Damanaca, malos
consejeros de Puijalaca [el león] y enemigos de Sandjivaca [el toro] (Trad.
del Conde Liicanor, pág-. 289). En los códices del Escorial forma no obstante
el primer grupo del Calila et Dimna la historia del rey león y su ministro el
toro: en el Exemplario contra engaños se refiere en el segundo capítulo, des-
tinado el primero á tratar de la «justicia é temor de Dios». La mencionada
historia del león y el toro anda, aunque algo desfigurada, en boca del vulgo,
en un cuento que se titula: aEl compadre León y El Compadre Burro»-, la ve-
remos reproducWa por don Juan Manuel en el Conde Lucanor.
2 Sobre este punto es digno de citarse el curioso estudio hecho por !Mr.
Philarete Ghasles con el título de Yiaje de una fábula.
• 534 HISTOKIA CIÚTICA ÜE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
bien los novelistas y los poetas dramáticos, han puesto en contri-
bución, tal vez ignorando su primer origen, los antiquísimos apó-
logos de Calila el Dimna, si bien revistiéndolos con el colorido
propio de cada nacionalidad y de cada época. Y para que pueda
con toda facilidad comprenderse la forma en que estas continuas
trasformaciones se han verificado, conociendo al propio tiempo la
que dichos apólogos presentaron, al manifestarse por vez primera
en la lengua de Castilla, bien será que traslademos á este lugar
el muy aplaudido, que llegó á la postre á versificar el popular
Samaniego, dándolo el título de la Lechera:
viDisen que un religioso [brahma] auíe cada dia limosna de casa de un
))nieroador rico, pan et iniol et manteca el otras cosas de comer; et comia
wel pan ct los otros comeres et guardaua la miel el la manteca una jarra*
j)Et acaesció que encaresció la miel et la manteca. Et estando una ve-
ngada asentado en su cama, comencó de fablar entre sy, et dixo assy: —
3) Venderé lo que está en esta jarra por tantos maravedís el conpraré por
3)ellos diez cabras et enprennarsehan et parirán á cabo de cinco meses. Et
lífiso cuenta desla guisa, et falló que fasta cinco años montana bien qualro-
3)cientas cabras. Desy dixo: — Vcnderlohé, el conpraré por lo que ualieren
M^ien uacas, por cada qualro cabras una uaca: et aura simiente et senbraré
3)C0n los bueyes et aprouecharmehé de los besserros et de las fenbras el de
j)la leche; et ante de los cinco anuos passados auré dellas et de la leche et
j)de la crianza algo grande. Et labraré muy nobles casas el conpraré es-
Dclauos el esclauas. El esto fecho, casarmehc con una muger muy fer-
wmosa et de grant linaie et noble; et enprennarsehá de un fijo uaron con-
wplido, et ponerlehé muy buen nonbre el ensennarlehé buenas costumbres,
))el castigarlehé de los castigos de los reyes et de los sabios. Et si el cas-
))tigo el el ensennamiento non rescibiere, ferirlohc con esta uaraque tengo
))en la mano muy mal. El aleo la uara el ^la mano, diciendo esto, et dio
))Con ella en la jarra que tenie á la cabecera de la cama, et quebróse, et
^derramóse la miel el la jnanleca sobre su cabecan '.
Tendremos adelante ocasión de ver cómo este apólogo se mo-
difica en la pluma de don Juan, hijo del infante don Manuel, uno
de los primerosj escritores castellanos que recogen el fruto de la
imitación del_arte simbólico, lo cual notaremos también respecto
\ Es el apólogo II del cap VIH y XLIII del cód. escur. iij. 10. 9, que
lleva este título: bel religioso que vertió la miel et la manteca sobre su cabeza-
Ocupa la pag. 37 de la cd. de Gayangos, bien que connotablcs variantes.
11." P\UTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. SSS
de otras varias fábulas que habían tomado plaza en la literatura
latina desde los tiempos de Augusto. No tan vulgarizados, con-
tiene el libro de Calila et Dimna otros diferentes apólogos, dig-
nos en verdad de ser conocidos en la traducción del Rey Sabio.
Procurando demostrar que no debe hallar fé en los demás hom-
bres quien no sabe guardarla, se refiere el siguiente, bajo el tí-
tulo De los mures que comían fierro:
«En una lierra auie un mercadero pobre, et. quísose yr en su camino; et
))auíe cienl quhilales de fierro, el dexólo en encomienda á un ome quel co-
«noscie. Et fuesse para lo que auie menester, et pues que fué venido, de- l
))mándogelo, Et aquel ome auielo uendido et despendido el prescio dello
)>et dixole: — Yo lo tenia al rencon de mi casa et comiéronlo los mures.
))Dixo el mercadero: — Yayo oy decir muchas vezes quemas foya el fierro
)jquellos; et non daríe nada por eslo, pues tú estorciste bien dellos. Et el
))otro pagóse deslo quel' oyó dezir, et dixol: — Come et beue oy comigo». —
))El prometióle que lornarie á él, et sallió ende et guisó commo le tomó un
))su fijo pequenno quél auie et leuólo para su casa, et escondiól. Desy tor-
wnóse para él, et el otro preguntol': — Viste mió fijo? Dixole. — Vi quando
»fué cerca dallí, un azor que rrebató un ninno: quizá tu fijo era. Et el otro
).h1íó grandes bozes et quexó.se et dixo: — Viste nunca tal azor rrebatar un
Muinno? — Dixo el mercador: — En la tierra, do los mures comen ciento
«quintales de fierro, non es marauiella que sus 'azores rrebaten los yn-
wfantes. Et eslonz dixo el ome bueno: — Yo comí tu fierro et tósico comí
«et metí en mi vientre. Dixo el mercador: — Pues yo tomé tu fijo. Et dixol,
«el ome: — Pues dame mi fijo et yo dartehé lo que me diesle en cncomien-
»da. Et fuéfecho asy» '.
Enriquecíanse pues en esta forma la lengua y la literatura cas-
tellana con los maravillosos despojos del Oriente, no tardando en
tener imitador el egemplo de don Alfonso, según queda oportu-
namente advertido. — Educado, como él, con el mayor esmero,
aficionado á las letras orientales, y «con amor de aprouechar et
))faser bien á los que aman la sciencia», mandó el Infante don
\ Es el apólogo XXXI del citado códice, último del referido capítulo III.
Para que pueda formarse concepto de la anárquica variedad, con que trasla-
daban los copistas, haciendo hoy muy difícil la adopción de un texto que
pueda ser tenido por genuino, hemos copiado este apólogo del cód. nj x 4,
de la Bibl. Escur. Comparado con la publicación del señor GayangoS, son ta-
los las variantes, que no parecen apólogos de una misma versión.
530 HISTORIA CHÍTIC.V ÜE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Fadrique, «fijo del muy auenturado et muy noble rey don Fer-
wrando et de la muy sancta reyna, conplida de todo bien, doña
í)Bealr¡s>), trasladar «de aráuigo en castellano» el libro de los
Engannos et Assayamicntos de las mugieres *. No perseveró el
Infante en la ilustrada afición literaria, que se descubría en seme-
jante propósito: antes envuelto en los disturbios promovidos por
la nobleza, desterrado de Castilla por sus desmanes, y avezado á
la rebelión, que ensayaba de nuevo, al volver al suelo patrio, re-
cibía en 1277 dura y feroz muerte por mandado de su propio her-
M mano, sin que aparezca unido su nombre íl otra nueva produc-
ción, ya original, ya traducida. El Libro de los Engannos, que
es el más famoso de los de Sendebar, pasabaála lengua de Berceo
y de Juan Lorenzo en 1291 de la Era, 1253 de Cristo -.
1 El único Ms. que existe de este precioso monumento literario, que
tanta luz viene á arrojar en la historia de la literatura española, es propiedad
del Excmo. Sr. conde de Puñonrostro, quien a la menor indicación por nues-
tra parte se sirvió franqueárnoslo con su generosidad acostumbrada. Consta
de ciento sesenta y tres fojas en 4."; y con el título de Conde Lucunor, en-
cierra: 1.° Este celebrado libro (del i.° al fól. 62 v.); 2." el de los Assaya-
tnientos et Engannos (del 62 v. al 79 v.); 3.° una explicación del Padre Nues-
tro, y el Testamento de Alfonso de Cuenca, físico del rey (del fól. 63 al 68);
4.*' una epístola de San Bernardo a Ramón de San Ambrosio (fól. 69 al 85);
y 5.°, finalmente un tratado de moral, de religión y de ciencias, que recor-
daremos en sazón propia, compuesto de diálogos entre un maestro y un dis-
cípulo y compartido en ochenta y cuatro capítulos, que ocupan el resto del
códice, en setenta y siete fojas. La letra de todo el Ms. es del siglo XV. — La
primera noticia que de él tuvimos, fué debida al aplicadísimo joven don Flo-
rencio Janer, cuyo amor á la ciencia histórica ha encontrado ya premio en los
concursos públicos de la Real Academia. Perteneció este códice á la libreria
de los condes de Santiago.
2 Al terminar el prólogo, de que transferimos las cláusulas acoladas, se
lee: «Este libro fué trasladado en nouenta et un años», esto es, de la Era;
pues como vá dicho, don Fadrique fué ahogado por mandado del rey don
Alfonso en 1277. La versión arábiga que el Infante tuvo presente pudo ser
acaso la de El-Arbaá-ben-Abdalaziz-ben-Salim, citada por el docto Hammer
Purgstall, a! dar razón, en su Historia de la literatura árabe, de las Coleccio-
nes de Cuentos, ya originales, ya derivados á la expresada literatura de otras
más antiguas (tomo III, pág. 3i7 á355). — Conveniente juzgamos añadir aquí
que la versión latina hecha por el monje de Alta Silva, fué Iraida al caste-
llano con título de Libro de los siete sabios de Roma, é impresa en Burgos
• II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 537
Distinto del Calila et Dimna en el fin moral, adonde se dirige,
presenta este monumento mayor unidad en el plan, si bien no es
tan rico en el número de apólogos, que se enlazan al principal
asunto, y son los que atesora menos varios. Alcos, rey del Orien-
te, muy querido de sus vasallos, tenia noventa mujeres, sin que
hubiese logrado hijos en ninguna de ellas. «Yaciendo en uno» con
la que más amaba, impetra el favor divino para satisfacer sus
deseos, y obtiene al cabo un heredero de su nombre. La educa-
ción del príncipe es objeto de sus desvelos: consultada su estre-
lla, sabe que al cumplir la edad de veinte años, se verá por él en
grave peligro de la vida; y lleno de sobresalto, intenta torcer la
ley del destino, encomendando su crianza al más sabio de los fi-
lósofos.— (lendubete [Sendebar], que es el escogido, encerrado
con el príncipe en magnífico palacio, instruyele en todos los sa-
beres, hasta que llegado el momento de restituirle á su padre,
consulta de nuevo su estrella, viendo que se pondría en trabajo
de muerte, si hablase antes de los siete primeros dias. Este fallo
estaba conforme con el primer horóscopo, y no sin recelo con-
siente Sendebar en que vuelva el infante al palacio de sus mayo-
res, si bien el buen natural y la entereza del garzón le inspiraban
grande confianza. Vanas son en efecto las reiteradas preguntas, las
súplicas y aun las amenazas del rey para que el príncipe articule
una sola palabra: fiel á la que habia empeñado á su maestro, ni
le ablandan los halagos, ni le intimidan los rigores. Una de las
más jóvenes y hermosas mujeres del anciano monarca se ofrece
entre tanto á vencer el tenaz silencio del príncipe, y llevándole
consigo á su aposento, mientras procura encender en su pecho el
fuego de la lascivia, le propone dar muerte á su padre, coronán-
dose ambos soberanos.
por Juan de Yunta en 1530. Más adelante tradujo Pedro Hurtado de Vera, con
nombre de Historia lastimera del principe Erasto {Aniheres, 1579), esta mis-
ma obra sin duda de la versión italiana Li compasionevoU avenimenti di Eras-
te, impresos en Venecia el año de 1542. De todo resulta que el libro de los
Engannos et Assayamientos puesto en castellano por dilig-encia del Infante don
Fadrique, fué desconocido en el siglo XVI, como lo ha sido hasta ahora, y
que siendo una versión directa del árabe, merece mayor estima que las de-
más, hechas posteriormente.
538 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. *
La saña del joven, comprimida largo tiempo, estalla por últi-
mo, pronunciando breves, pero terribles palabras, que revelan k
la infame concubina todo el peligro en que su liviandad la habia
puesto. Remedando la limpia ira de la inocencia, rasga entonces
sus vestiduras, mesa sus cabellos, golpea su rostro, y prorumpe
en lastimosos gritos, que atronando el palacio, acusan al gene-
roso príncipe del mismo crimen con que Zuleika habia querido
manchar la castidad de Joseph. Irritado el rey, decreta su muer-
te; pero llegando esta precipitada resolución á noticia de los siete
sabios, que forman su consejo, determinan suspenderla, narrán-
dole cada dia una historia en que se condene el arrebatado obrar
de los principes. La bella y desalmada concubina viene también
muy de mañana á recordarle sus fingidas ofensas, pidiéndole ven-
ganza, y poniéndole delante, por medio de nuevos apólogos, el
peligro de la dilación en castigar la afrenta que le deshonra. En
esta alternativa de cuentos y relaciones contradictorias, que des-
truyen y rehabilitan al par la sentencia lanzada contra el prínci-
})e, trascurren los siete dias fatales; y compareciendo Sendebar y
los privados ante el ofendido monarca, revela su hijo á presen-
cia de todos el crimen de la comblesa, siendo esta quemada en
una caldera en seco, para escarmiento de sus iguales *.
En tal manera llegaba á la literatura castellana el libro sáns-
crito de Sendebar, mediado apenas el siglo XIII, descubriendo á
vista de los eruditos algunas de las fuentes, donde habia bebido
el converso Per Alfonso. Mas si este se propuso en su Disciplina
Clericalis preparar á la juventud para entrar con menos peligro
en el comercio de la vida, el Libro de Sendebar tenia por único
\ Así acaba el libro castellano, amoldándose á las costumbres de la
época: en el primitivo original, reconocida la inocencia del príncipe, tiene
este la generosidad de probar, por medio de un apólogo, que no debe su acu-
sadora ser justiciada: el rey quiere que por lo menos se la mutile, rasgo ca-
racterístico del Oriente; pero contando ella otro apólogo, en que sostiene que
no debo ser mutilada, expia su crimen con un castigo humillante y público.
Este desenlace no podia ser admitido por el Infante de Castilla, y lo varió:
el apólogo con que termina su versión es por tanto original y tomado de las
costumbres y civilización cristianas, como persuade desde luego su título:
Lnxemplo de la mttger ít del clérigo et del frmjre.
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUH. 53?)
y principal objeto precaver al hombre de las travesuras, engaños
y liviandades de la mujer, pintándola repetidamente con el más
desapacible y odioso colorido. Dominada de sus caprichos, arras-
trada de sus pasiones, ningún medio, por reprobado é ilícito que
sea, omite la mujer siempre que conduzca al fin por ella apeteci-
do, mostrándose animada de espíritu satánico y apareciendo en
todas partes como el genio del mal, que llena de amargura la
existencia del hombre, lo cual le quita en las famosas Leyes de
Manú toda consideración y aprecio. Al ver delineado en este
raro libro con tan persistente fijeza el tipo de la mujer oriental,
que hallamos asimismo bosquejado en diversos apólogos del Ptint-
cha-Taníra, y que se reproduce á menudo en las novelas y poe-
mas de los árabes *, asáltanos de nuevo la consideración, que
expusimos al estudiar el Poema de Yusuf. Si este es el tipo, tan
decantado, de la mujer oriental, y si en las costumbres y en las
creencias musulmanas le hallamos íntimamente encarnado, pres-
tando vida y color á las producciones de moralistas, narradores
y poetas, ¿cómo se ha de admitir la vulgar suposición de que el
i La condición de la mujer árabe y la consideración en que es tenida por
los hombres, se reconoce desde luego en el Koram: la Sura ó Azora XXXII [
previene que «vayan siempre con el velo cubierto, dejando sólo dos ag-uje-
wros para los ojos»; en la IV. ^, versíc. 33, se dan facultades á los hombres
«para encerrarlas y azotarlas, si temiesen su maldad». — Cuando la ley reli-
giosa las consideraba en esta forma, ¿puede decirse que estaban divinizadas
por el amor?... ¿Qué significarla entonces la poligamia?... Lo que es la mu-
jer árabe, pintada por la poesía y la novela, lo dicen muchas anécdotas de ■
las Mil y una Noches, así como las recogidas por Ibn Batutáh en los veinti-
nueve años que viajo por Asia, el archipiélago índico y el África [1323 á
1334], entre las cuales pueden recordarse las del Xeque Chemal-Eddin-Asauy
(Viaje del Kairo) y la no menos picaiite y lastimosa de Abú-Abd-Alláh Alga-
ruaty (Descripción de Medina). Ni son tampoco para olvidados el cuento del
Cambista de Bagdad, narrado por Ben Jaldun, inserto en el Regalo de los va-
rones eruditos, y publicado por Rosegarten, y el más suelto y aun obsceno
del Vestido del Rey, incluido por el famoso Cazify en sus Resplandores de una
Estrella brillante, y traido al castellano desde el siglo XVII. Estos solos ci-
tamos, por no formar un largo catálogo. De todo resulta pues que la mujer
árabe era altamente repulsiva á las ideas religiosas y morales de la sociedad
cristiana, y por tanto contraria á la mujer pintada por el arte español, según
queda demostrado en el examen de nuestros primitivos poemas heroicos.
:íIO mSTOKIA CKlTICA DK LA LITEIIATURA ESPAÑOL.V.
respeto debido á, la mujer, la adoración en que la puso la caba-
llería durante la edad media, provenia del Oi'ienle y se comuni-
caba á nuestros mayores por medio de los áralies?... Lo que los
mahometanos pudieron traer á nuestro suelo, lo que se propagó á
imestra literatura en este punto y pasó de ella á las demás occi-
dentales, lo explica perfectamente el Libro de los Engannos ct
Ássayamienlos de las miujieres, que si pudo servir en el Oriente
y aun entre los mismos árabes como un cuerdo avisador de los
hombres, se convertía entre los cristianos en verdadera escuela
de liviandad, disculpando con sus lascivos y sueltos apólogos las
hcenciosas y obscenas novelas que un siglo después se introdu-
cían en // Dccamerone de Bocaccio '.
Ni juzguen los lectores que todos los apólogos del Libro de
Sendebar se resisten á la decencia: entre los veinticinco que en-
cierra la versión castellana, algunos de los cuales figuran en las
Mil y una Noches, hallamos hasta ocho que revelando no poco
ingenio, pueden leerse sin ofensa de las buenas costumbres, y
que ofrecen realmente provechosa dodrina -. Á fin de que puedan
ser apreciados y se avalore el servicio hecho á las letras españo-
las por el Infante don Fadrique, uniendo durante la juventud sus
propios esfuerzos á los de su hermano don Alfonso, será bien
que traslademos á este lugar alguno de ellos. Oigamos el primero
\ Mr. Caylus {Mem. de la Acad. des Inscrip., tomo XX, pág. 375); Bar-
bazan [Recueil des Fabliaux et Cantes, ele. , pref.); Le Grand d'Aussi (Recueü
des Fabliaux, lomo If, pág-. 2S8), y otros cn'lieos del pasado siglo, teniendo
á Per Alfonso por escritor francés, declaran que debió la italiana á la litera-
tura francesa muchos de sus mejores cuentos, en especial de // Decamerone .
La primera fuente de muchos apólogos que Bocaccio trasforma en bellas no-
velas, aunque por lo común demasiaflo libres y aun peligrosas, eslá en los
libros orientales citados, y la gloria de haberlos comunicado d Francia é Ita-
lia, ya con la Disciplina Clericalis de Alfonso, ya con el Calila y Dimna, ya
con el Directorium de Capua, ya con los Assayamieníos, corresponde á la li-
teratura española. Lástima fué sin duda que al hacerles tal presente, no hu-
biera ido despojado del cinismo oriental, que se propagó mas de lo justo.
2 Son los que llevan los núms. Xll, Xill, XVI, XXIÍ, XXIII, XXIV y
XXV, algunos de los cuales, así como el dol Palomo et la paloma que aijun-
taran en uno el trigo en s'i nido (el XII) y el de los Dos ninnos sabios (el XXIIl)
ofrecen verdadero interés.
11.* PAP.TC, CAP. X. SEG. TRA3F. DEL ARTE VULG. ERUD. 54Í
de todo el libro, narrado por el primero de los siete sabios al in-
juriado anciano:
«Oy di^zir que un rrey que amaua mucho las mugieres et non avie otra
))mala manera sinon esta. Et seye el rrey un dia encima de un soberado
))muy alto et miró ayuso el vido una muger muy fermosa el pagóse mu-
))cho delta; el cnbió á demandar su amor el ella dixol' que non lo podría
))faser, seyendo su marido en la viella. Et.quando el rrey oyó esto, enbió
))á su marido á una fuesle. El la muger era muy casta et muy buena et
))muy entendida el dixo: Sennor, tú eres mi Sennor et yo so lu sierua et
))lo que lú quisieres, quiórolo yo; mas yrmehé á los bannos afeylar. Et
)) juando tornó, dióP un libro de su marido en que auíe leyes el juisios de
))los rreyes de commo escarnientauan á las mugeres que fasian adulterios,
))el dixo: — Sennor, ley por esse libro fasta que me afeyte. El el rrey abrió
))el libro et falló en el primero capitulo cómo deuia el adulterio seer defen-
))dido, et ouo grant uergüencaet pesól' mucho de lo quel quisiera láser, et
»)puso el libro en tierra et sallióse por la puerta de la cámara, et dexó los
walcórcolcs só el lecho en que eslaua asentado. Et en esto llegó su marido
' »de la fuesle, et quando se asentó él en su casa, sospechó que y durmiera
»el rrey con su muger el ouo miedo, et non osó desir nada por miedo del
«rrey et non osó entrar do ella estaua. Et duró esto grant sason; et la mu-
))gler díxolo á sus parientes que su marido que la auie dexado et non sa-
))bia por qual rrason. Et ellos dixiéronlo á su marido: — Por qué non le
«llegas á tu mugcr? Et él dixo: — Yo fallé los alcórcolcs del rrey en mi
wcasa et hé miedo el por eso non me oso llegar á ella. Et ellos dixieron: —
wVaymos al rrey el agora démosle enxenplo daquesle fecho de la mugier;
))et si él entendido fuere, luego lo estenderá. Et estonce entraron al rrey
))et dixieronl': — Sennor: nos auíemos una tierra et diemosla á este ome
» bueno á labrar que la labrasse et que la desfructasse del fruclo della, et el
))físolo asi una grant sason el dexola una grant pleca por labrar. Et el rrey
))dixo: — ¿Qué dises lú á esto? Et el ome bueno respondió et dixo: — Uerdad
«disen: que me dieron una tierra asy como ellos disen, et quando fuy un
))dia por la tierra, fallé rastro del león et oue miedo que me combríe. Por
wende dexé la tierra por labrar. El dixo el rrey: — Uerdad es que entró el
wleon en ella, mas non le íiso cosa que non te ouiese de faser, nin te tornó
«mal dello. Por ende toma la tierra et lábrala. El el ome bueno tornó a su
wmogier el preguntóle por qué fecho fuera aquello, et ella contógelo todo
wet dixol' la uerdad comol' conleciera con el rrey: et creyóla por las sen-
»nales quel' diera el rrey et después se fiaua en ella mas que non d'ante».
Digno es de notarse que en este gracioso apólogo encuentra la
crítica algunos rasgos que traen á la memoria la conocida anéc-
dota bíblica de Uría, así como todo el libro de Sendebar nos re-
cuerda la historia de Joseplí, tan aplaudida en Oriente.
li\2 HISTORIA CRlTlC.V DE LA LITF.KATUnA ESPaSOLA.
El lenguaje y estilo de la versión de don Fadriquc no se apar-
tan de los empleados en el libro de Calila el Dimna, vertido al
castellano por mandado de don Alfonso, en cuyo reinado deben
también ponerse otras producciones traídas á nuestra literatura
de las mismas fuentes orientales. Distinguense entre todos los que
llevan por título el Libro dclBoniumó Bocados de Oro, y Pori-
dad de Pon'dades, 6 Enseñamiento el Castigos de Alexandre,
los cuales corresponden sin ningún linaje de dudas al primer ter-
cio de aquel glorioso reinado. Tienen ambos muchos puntos de
contacto, y guardan estrecha analogía con los ya examinados de
las Flores de Filosofía y de los Doce Sabios. El pensamiento de
los Bocados de Oro se halla resumido en estas palabras: «Mucho
))deuen los ornes obrar bien et punnar sicnpre en oyr buenas co-
))sas de buenos oranes, sennaladamente daquellos que las sepan
))bien desir, et punnar en oyr los libros antiguos et las estorias
))de los grandes fechos et los conseios et los castigos et los pro-
))verb¡os que los sabios et los philosophos dixeron et muchos que
»dexaron escriptos; de ios qnales uerá et oyrá, muchas et buenas
«rasones en este libro todo ornen cuerdo et de buen entendi-
wmienlo, que aya sabor de oyr bien et sacar alguna pro» *.
El artificio de que el autor se vale es el siguiente: Bonium, rey
de Persia, deseoso de alcanzar la sabiduría de la India, se enca-
mina disfrazado á, esta región, y llegando á una de las ciudades
fronterizas, sabe de boca de un anciano que se encuentra próximo
al término de sus deseos. Al penetrar en la segunda ciudad le
explica un predicador, por medio del apólogo de los mirabolanos,
citado en las Flores de philosophia 2, el precio de la ciencia; y
prosiguiendo su viaje, arriba por último á la gran ciudad de los
sabios, siendo conducido por uno de los ciudadanos al portentoso
i Es notable la semejanza que hay enlre estas palabras y las de la
ley 20.* del lít. XXI de la II.* Partida, donde se recomienda que «en tiempo
))de par aprendan los caballeros» «por oydo et por entendimiento las esto-
))rias de los grandes fechos el los sesos, faciéndolos leer et retraer como or-
))denaron et touieron por bien los antiguos». ¿Precedió acaso el Libro del
Bonium a la redacción del código referido? Adelante hallaremos pruebas tales
que nos decidirán sin duda por la afirmativa.
2 Capítulo YIII, pág. 440.
■ 11 / PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 543
palacio, donde tenían los más doctos su morada. Juanicio, hijo
de Isahak, que se contaba entre estos, le introduce en aquella ve-
nerable asamblea, y dándole conocimiento de los filósofos y do
los sabios, le muestra el libro de los Enxemplos et de los Pro-
verbios] explicándole lo que debe entenderse por sapiencia otros
cinco ilustres varones que estaban apartados de todos, como los
más doctos y principales. A.dmirado y contento, pregunta el Bo-
nium á su guia el nombre del autor de aquel maravilloso palacio,
y Juanicio le declara que fué edificado por los gentiles y los grie-
gos, quienes, para excitar el deseo de la ciencia, lo exornaron
de representaciones históricas, trayendo á él los hijos de los re-
yes, á fin de que ejercitados en el estudio, pudieran gobernar bien
sus pueblos. El deseo de permanecer por siempre en aquella feliz
morada asalta luego al rey de Persia; pero aconsejado por Juani-
cio, se resuelve á escribir los dichos de los sabios, para hacer más
duradera su doctrina, pensamiento que constituye en realidad el
libro de los Bocados de Oro i. Numerosa cohorte de filósofos in-
dios, griegos, latinos y árabes, cuyos nombres se hallan lastimo-
samente corrompidos, ministran al Bonium la ciencia apetecida,
formando una colección abundantísima de máximas, sentencias,
proverbios y aforismos, ya relativos á la religión y la política, ya
á la astronomía y la medicina, ya á la economía y á la higiene
doméstica. Sazónanla y hácenla más agradable las vidas de los
filósofos, cuyas enseñanzas se exponen; punto en que se trata de
1 Conviene advertir que con el mismo lítulo de Bocados de Oro se con-
serva en la Biblioteca Escurialense un cód. signado a. IV. 9, en 4.°, el cual
encierra la exposición de los dichos más célebres de veinticuatro filósofos ó
sabios, omitida ya la forma dramática del libro de Bonium. Dicho tratado em-
pieza: «En el nombre de la sancta et non partida Trinidad que es padre et
«fijo et Spiritu sancto, et tres personas et una esencia et un Dios uiuo et ver-
wdadero, al qual todas las criaturas deuen seruir: por ende aqui comienca un
«libro el qual se llama Bocados de Oro, et fué acopilado por dichos de mu-
))chos philosofos,» etc. — Al fól. 25 v. acaba y en el 20 v. se hallan las sen-
tencias de Sulpicio, sabio en las siete artes liberales (saberes), así como las
de Justino, que era muy católico, las cuales se comprenden desde el fól. 33 v.
al 48 v. — Este libro parece formado sobre el Bonium, Poridai de Puridades,
y otros de que haremos mención oportuna.
5U HISTOIU.V CrItICA de l.A LITERATURA ESPAÑOLA.
Aristúleles y de la educación de Alejandro con no poca extensión,
manileslando así el prestigio que maestro y discípulo alcanzaban
entre los pueblos orientales ^
Pero el libro del Bonium, aunque originario de estas regiones,
no puede sin embargo considerarse conro primitivo en el sentido
del Scndebar y del Pantcha-Tantra, con los cuales se pretendió
unirlo, aceptando la ficción que sirve de base al de Calila y Dim-
na. Las nociones de la filosofia griega y romana, la mención de
Galeno, Segundo y Tolomeo, que florecen todos en el siglo II de la
Iglesia, y lo que es más notable, la exposición de algunas doctri-
nas de los Morales de San Gregorio, obra que, según probaremos
después, ejerció en la edad media no pequeña influencia literaria,
prueban no solamente que el libro del Bonium fué escrito, realiza-
das ya las grandes conquistas de los Califas de Oriente, sino que
admitió, al menos tal como aparece en la versión de que trata-
mos, la influencia del cristianismo. Esta notabilísima circuns-
tancia ha sido acaso motivo para que el único autor castellano
que hasta ahora se ha fijado en su examen, le tenga por ori-
ginal del Rey Sabio '; más al considerar que don Jaime I de Ara-
\ En algunos Mss. se halla al final del Libro del Bonium la historia de la
Princesa Theodor, que en lug-ar oportuno tendremos presente.
2 Hablamos de don Rafael Floranes, que en sus Memor. del Rey don
Alonso VIH, Apcnd. XVI, observa que uEl Bonium, leído al revés dice Muy
imoble, indicando el ing-enio que el libro presupone á don Alonso el Sabio».
Y añade: «Al fin casi do su siglo el franciscano Juan Valense en la Suma de
nRegimine vitae huinanae, impresa en León año MDXf, 11.'^ Parle. Breviloq,
))cap. o, citó así: Sic enim narrat Alfonsus (Rex) in tractatu suo de Prudentia:
nMorluo Alexandro, cum fieret sibi sepultura áurea, convenerunt ibi philosophi
nplurimi», etc. Todo lo cual se halla, como allí lo pone en este libro Bocados
de Oro, en romance. Con que no creo hemos perdido del todo la conjetura
heclia por el Rey don Alonso el Sabio». La indicación de Floranes, tratándose
de autor coetáneo, ó casi coetáneo, es en verdad de sumo peso; pero no de-
termina del todo que el mismo don Alfonso fuese autor original del Libro del
Bonium, como intenta, pues aunque la frase sic narrat Alfonsus parece refe-
rirse al mismo rey, considerada la índole de este libro igual á la de la mayor
parte de los que se trajeron al lenguaje castellano bajo sus auspicios, no es
inverosímil que fuese este uno de los muchos ulibros de las si-iencias que fiso
nírasladar» á los doctos que seguían su casa y corte; y que lo hubieron de
ejecular no sin ingerir oportunamente los testimonios, doctrinas y sentencias
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DHL ARTE VULG. ERUD. 51o
gon lo ponia casi al mismo tiempo en coiitribucioü para escribir
su Libro de la Sauiesa, declarando que halló en las obras de los
filósofos las máximas que recogió en el referido tratado, ó seria
necesario dar por supuesto que don Alfonso lo compuso muyen
la juventud para que pudiera ser utilizado por don Jaime, ó lo
que parece más probable, hay qae admitir la existencia del origi-
nal como anterior á la edad en que ambos reyes florecen * .
Y lo mismo debe asegurarse respecto del libro Poridat de Pa-
ridades, atribuido al «filósofo leal Aristótil, fijo de iXicomaco»;
libro que, atestiguando la celebridad alcanzada por Alejandi-o
Magno en las regiones orientales, consignada al par en historias
y poemas, fué puesto en árabe por mandado de uno de los Mira-
mamoUnes, si ya no es que se escribió en realidad bajo sus aus-
picios, siguiendo las antiguas tradiciones 2. Como el Libro de los
que le separan algún tanto de los demás tratados orientales, seg:un expresa-
mos en el texto. Nótese sin embargo que en muchos libros arábigos penetran,
como después advertiremos, las doctrinas de los PP. de la Iglesia.
i Una observación de no escasa importancia nos ocurre, al comparar am-
bos libros: en el catalán, que expresamente se dice escrito por el rey don
Jaime (perqué jo rey en Jacme, etc.), se omite todo lo relativo al viaje del
rey de Persia, perdiéndose la tradición oriental que los une al del Pantcha-
Tantra, Sendebar, etc.; y despojándole de la forma dramática, con que los
Bocados de Oro empiezan: al mismo tiempo desde el cap. IV en adelante si-
gue la exposición, casi al pié de la letra, el orden del tratado Poridat de Pu-
ridades^ de que vamos á hablar en seguida. Esto nos prueba que el rey don
Jaime tuvo á la vista las dos obras para formar su libro de la Sauiesa. ¿Eran
las originales? Bien pudo ser, y á esto nos inclinamos; pero como el movi-
miento venia de la corte de Castilla desde principios del siglo, no seria tam-
poco repugnante el admitir que tomara el Rey Sabio la iniciativa en dispo-
ner la compilación ó traducción, conservando ambos tratados con mayor re-
ligiosidad literaria. El códice catalán tiene en la Biblioteca Escurialense la
marca j. M. 29; es de letra del siglo XIU, y está repetido, aunque una y otra
vez incompleto: el Libro del Bonium se ha publicado en Sevilla, 149o; Sala-
manca, 1499; Toledo, 1510; Valencia, 1522, y Valladolid, 1527. Nosotros
nos hemos valido del Ms. Bb. 59 de la Biblioteca Nacional, porque nos fia-
mos poco de las antiguas ediciones, respecto de las obras de la edad media.
2 En el códice único que hemos visto de este tratado, el cual se guarda
en la Bibl. del Escorial, iij. h. 1., después del título indicado, se lee: «Loado
Msea el sennor de todo el mundo; el Mirabolin mandó á mí su siervo que bus-
wcase el libro de las Paridades, el que fiso el filósofo leal Aristótil, fijo de
TOMO IlL 55
54(5 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
Doce Sabios, al cual pudo lal vez servir de modelo, liene por ob-
jeto principal la educación de los reyes, pi-escribiéndoles las ma-
neras de obrar respecto de sus pueblos, de sus magnates y caba-
lleros, íi (juienes deben mantener en [)az y eivjuslicia, atendiendo
á la defensa y guarda del Estado y á la dignidad de sus propias
personas. Terminada esta manera de introducción, que tuvo muy
presente el rey don Jaime para el citado Libro de la Sauiesa *,
se entra en la exposición de la doctrina, avalorando las excelentes
máximas y sentencias morales y religiosas que le dan vida, con
oportunas citas y recuerdos, no solamente de los filósofos grie-
gos, sino también de las Sagradas Escrituras. Una especie de la-
pidario, semejante al de Rabbí Mosca, de que hablaremos en otro
lugar, sigue á esta segunda parte del libro de la Poridat, hallán-
dose después los Enseñamientos et castigos de Alixandre, donde
advertido lo que conviene á la persona y dignidad del rey, se in-
cluyen diferentes epístolas, escritas por Aristóteles y su regio pu-
pilo, dando en ellas y en los restantes capítulos muchas y muy
piovechosas lecciones de política y de moral, las cuales no fueron
por cierto perdidas para el Rey Sabio, según nos advierte el código
inmortal de las Partidas *. Notables son entre otros enseñamien-
wNicomaco a su discipulo Alixandre, fijo del rrey Philipo el mayor». Es dig'no
de advertirse el empeño que ponen los orientales en dar autoridad á sus obras,
refiriendo su origen á una antigüedad respetable: el libro de las Paridades
se enlaza en esta forma á los del Boniíim, Sendebar y Pantcha-Tantra, y tes-
tifica, respecto de Alejandro, cuanto dijimos, al tratar del Poema de Juan
Lorenzo. El Rey Sabio adoptó también aquella respetuosa manera de ex-
poner la doctrina.
1 Forman en efecto la última parte del libro catalán estos primeros capí-
tulos: don Jaime termina hablando udells mañas e estaments dells reijs; de la
y)j¡isliíia e dell recline a maníenir; dells cauallers e de lurs mafias e dell rechne
lié dells faijzoiis dells fiomnes^y; punto en que se ocupa después el libro de las
Poridades. No admite pues du.la alguna el que don Jaime extractó su tratado
de este y de los Bocados de Oro.
2 Curioso estudio y por demás interesante seria el de notar punto por
punto las doctrinas que tomó el rey don Alfonso para el código inmortal de
las Partidas, de este y de los demás tratados de origen sánscrito; y esta in-
vestigación, no acometida hasta ahora, daria exacto conocimiento de la in-
fluencia que aquellos libros tuvieron en la civilización española. Algo hare-
mos de esto en el cap. XII: entre tanto, y para que no se nos crea por nuestra
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG, ERUD. 547
tos que pudiéramos citar, las advertencias semi-frenológicas que.
dá el Estagirita á su discípulo, para que sepa elegir y conservar
amigos:
«Las compUsiones [dice] son diuersas, segunt las maneras, el las naturas
))seg-unt los ayuntamientos. Onde sabed quel muy aluo et muy ruuio et
wdemas garco es sennal de desuergoncado et de traydor et fornicioso et de
palabra, sobre notar que desde el proheraio alude á este raro libro, sin salir
de los primeros títulos de la 11.^ Partida, en que trata del rey y de su casa y
reino, vamos á exponer aquí pruebas suficientes de la observación apuntada.
La ley IL^ del tít. IV, dice, tratando del comedimiento en el hablar: «Et
))sobre esta razón fabló Aristóteles al rey Alexandre», etc. La IV.* del tít. V
decia: «Et sobre esto castigó Aristóteles al rey Alexandre», etc. La IX.*, en
orden á las buenas costumbres del príncipe: «Segunt mostró Aristóteles et los
«otros sabios)), etc. La XIV.*, á propósito de la mesura en la cobdi^ia: «Ca
wsegunt dixo Aristóteles á Alexandre, el mejor tesoro que el rey ha et el que
wmas tarde se pierde, es el pueblo», etc. La XVIII.*, recomendando la fran-
queza: «Dixo Aristóteles á Alexandre que el que púnase de auer en sí fran-
«queza..., ganarle el amor et los corazones de las gentes». La 11.^ del tít. IX,
aconsejando el género de hombres que debe el rey admitir á su servicio: «Se-
»gunt el conseio que dio Aristóteles á Alexandre sobre el ordenamiento de su
wcasa», etc. La V.*, sobre los consejeros del rey: «Por esso dixo Aristóteles
»á Alexandre cómo en manera de castigo», etc. La VI.*, sobre los ricos omes:
«Por ende conseió Aristóteles á Alexandre», etc. Y lo mismo las leyes JX.*,
X.*, XI.*, XVI.*, XX.* del referido título y otras muchas de los siguientes.
Pudiera tal vez suponerse que don Alfonso aludía en todos estos pasajes al
Poema de Alexandre, donde aconseja el Estagirita á su discípulo, como he-
mos notado en su lugar; pero no es así: porque sobre abarcar las citas mu-
chos puntos que no se tocan en el Poema, y referirse de continuo á los oíros
sabios, el rey habla terminantemente del Libro de los Enseñamientos et casti-
gos: en la ley I.* del título IX, definiendo el oficio y los oficiales, escribe: «Et
»por ende Aristóteles en el libro que fizo á Alexandre en queV mostró cómo
^ydeuie ordenar su casa et su señorío, diole», etc. El libro hecho por Aristóte-
les, en que constan los dichos de los oíros sabios, según se creía en el si-
glo XIII, es el de la Poridat de Paridades, que era en consecuencia conocido y
seguido del rey de Castilla antes de d2o7, en que se escribió la II.* Parti-
da.— La misma prueba produce el examen de la Grande et General Estoria,
que en el capítulo siguiente estudiamos, si bien esta se escribe después de
1270. Los Enseñamientos de Alexandre fueron trascritos á ella casi al pié
de la letra, después de narrarse los famosos hechos y la muerte del héroe
(Parte IV.", cap. XLV); relación que tomaba el Rey don Alfonso de otro libro
oriental, designado por él bajo el título de Las Estarlas de Egi/pto.
5>S HISTOIUA CKITICA DE LA LITF.UATIÜU ESrAÍJüLA.
"poco spsso. El podes esto enlcndor do las oiclanos qiio son de tal facion,
oca todos son locos el traydores el desuorgonrados. Puos guardaluos de
«cada uno rmiio el garco. Kl sy ouiore con eslo la fruenle mucho ancha
»)et la barbiella pequenna el las maxicllas grandes et el cuerpo roxo, guar-
»datuos del como guardariedes de la uíuora mortal. Otrosy en los oios ha
«sennalcs que non mienten que puede ouie entender el plaser el la sanna
»et la bienquerencia el la malqucriencia: el el que ha los oios garros et
))syn piada I grandes contra fuera, es ynvidioso et peresoso et non puede
))ome seer seguro del: et el que ha los oios tenplados nin muy grandes nin
»muy pequennos, entrados contra dentro et negros, es dispierlo et en-
«tendido et ama lealtal; et sy fueron tendidos con longura del rostro,
«muestra ques engannoso: el el que lia los oios senieiand' oios de las bes-
))lias, aterreseidos el de poco mouimiento, aniorlescidos en cafar, es engan-
wnoso el ladrón el traydor et mentiroso. Et el que ouiese los oios bermeios,
))es esforcado et entremetido; el si ouiesse enderredor de los oios golas
))amariellas, es peor que puede seer en el mundo, Alixandre, quando
wuierdes el omne que mucho uos cata, et caladeslc et ha uergüenc a de uus
«el paresee en ("i commo onuie que rrie syn su gradj el como quel' loran
))los oios, sabel que uos ama el que uos teme; et mayormiente sy ouiesse
))en él las sennales de ios buenos oios que ante nombramos. Et sy lo ca-
«tardes el lo uierdes syn uergüenca de uos el syn miedo, sabet que uos
»non teme et ques ynuidioso et que uos présela poco, et non seades seguro
))dél, el guardaluos del lodo, ansy como de nuestro enemigo».
El vaticinio de su propia muerte hecho por Alejandro; el enter-
ramiento de tan celebrado príncipe; las palabras y sentencias que
dixieron los sabios sobre su sepulcro, y las cartas de Aristóteles
y Olimpias, lamentando tan inesperada desgracia, cierran la parte
relativa á los «enseñamientos y castigos» del hijo de Filipo; ter-
minándose todo el libro con una abundante y varia compilación
de los buenos proverbios que dixieron los filósofos el los sabios
antiyos, titiles para todos los estados y situaciones de la vida.
Salpicada esta colección, así como la primera parte de la obra,
de máximas visiblemente tomadas de los libros bíblicos y aun de
los Santos Padres, prueba evidentemente la incontrastable influen-
cia del sentimiento religioso, que modificaba todo elemento de
cultura extraño á la civilización española, y que infundía deter-
minado carácter á todas las producciones literarias. Condición es
esta que habían reconocido ya otras muchas obras traídas á nues-
tro suelo, y á que hubo por tanto de sujetarse el arte oriental,
ya al coinniiicarnos la iornuí simbólica, ya al aparecer simple-
II. PARTE, CAP. X. SRG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 540
mente didáctico ^. Ni ¿qué utilidad y prestigio hubieran tampoco
alcanzado estos libros, sin fundir de nuevo su doctrina en el mol-
de propio y genuino de la cultura española?... Imposible era que
se ocultara al Rey Sabio esta necesidad de toda obra de ingenio
que intentase tomar carta de naturaleza en nuestra literatura; y
ora dispusiera la versión del libro de la Poridat antes de subir
al trono, ora en los primeros años de su reinado, que es lo más
verosímil '2, sobre no serle dado desprenderse de sus propias
creencias religiosas, tampoco le era posible, como príncipe cristia'-
no, derramar entre sus vasallos sin legítima censura doctrinas peli-
grosas ó palpablemente nocivas. Todas estas razones juntas, y
cada una de por sí, contribuían pues á alterar en parte la flsono-
mia interior de estos peregrinos libros, que conservaron sin em-
bargo, aunque algo alteradas, las formas exteriores, sirviendo
más adelante de modelo á otros enteramente originales, preciosas
joyas de la vulgar literatura.
Sin apartar la vista de las orientales, escribía también el rey
don Alfonso el libro de los Juegos de Acedrez, dados et tablas,
cuya invención atribuía á la India en la siguiente anécdota:
((Segunt cuenfaa en las yslorías anligiias, en India la mayor ouo im
))rey queamaua mucho los sabios el teníelos siempre coñsig-o et l'azieles
«mucho á menudo razonar sobre los fechos que nascíen de las cosas et
wdestos auie y tres que leníen sennas razones. El uno dizíe que ualíe mas
1 Véase la pág. o44. Si no fueran excesivamente extensas las notas del
presente capítulo, pondríamos aquí, según teníamos determinado, algunos
apólog-os y sentencias en que resalla vivamente la doctrina cristiana. No pa-
saremos, sin embarg-o, en silencio que en la Bibliotheca Arábico-Hispana de
Casiri, con el número MCCXXV se describe un códice, sin principio ni el año
á que corresponde, que como el libro de las Paridades encierra con la doctrina
de Platón y Galeno, la de Gregorio Nacianzeno y de otros Padres, terminando
también con la vida de Alejandro. ¿Fué este el original de que se valió el
traductor ó imitador castellano?... De cualquier modo, es muy notable la cir-
cunstancia de haber penetrado en los libros árabes que se escriben después
que el Koram, la doctrina evangélica.
2 Esta observación está probada con lo expuesto arriba, inclinándonos á
creer que lo mismo hubo de suceder con el libro del Bonium, cuyas doctri-
nas se hallan también conformes con muchas leyes de Partida, en que $e
mencionan los dichos de ¡os sabios. Véase el cap. XII.
550 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPASüLA.
»seso que uenlura, ca el que uiuíc por el seso, fazíe sus cosas ordenada-
«mienlre el aunque jKírdiesse, que non auíe y culpa, pues que fazie lo
«quel conuinie. El el olro dizíe que mas ualíe uenlura que seso; ca si uen-
»lura ouiesse de perder ó de ganar, que por ningún seso que ouiesse non
"podríe eslorcer dello. El leroero dizíe que era meior qui pudiese ucuir,
«lomando de lo uno el de lo ál; ca psIo era cordura, ca el seso quaiilo
»meior era, lanío auíe y maior cuydado cómo se podiesse fazer con)pl¡(la-
wmienlre; el olrosy en la uenlura quanlo mayor era, que lanío auíe y ma-
"ior peligro, porque non es cosa cierla. Mas la cordura derecha era lomar
)>del seso aquello que enlendiesse omne que mas su pro fiziesse, el de la
Duenlura guardarse omne de su damno lo más que podiesse el ayudarse
)>della en lo que fuesse su pro. El desque ouieron dichas sus razones
)>mucho affmcadas, mandóles el rey quel' aduxiosse ende cada uno mues-
wlra de prueua daqucllo que dizíen, el dióles plazo qual lo demandaron.
)»El ellos fueronse el calaron sus libros cada uno, segunl su razón. El
»quando llegó el plazo, uinieron cada uno aniel rey con su mueslra. Et
))el que leníe razón del seso, Iroxo el acedrez con sus juegos, mostrando
«que el que mayor seso ouiesse el esludiesse aperecbido, podríe uencer
wall olro. El el segundo que lenie la razón de la uenlura, Iroxo los da-
rdos, mostrando que non ualíe nada el seso, sinon la uenlura, segunl pa-
«rescíe por la suerte, llegando el omne por ella á pro et á damno. El
»lercero, que dizíe que era meior lomar de lo uno et de lo ál, Iroxo el ta-
))blero con sus tablas contadas el puestas en sus casas ordenadamienlre
»el con sus dados que los mov'iosen por jugar, segunl se muestran en este
«libro que fabla separadamientre deslo, en que faze entender que por el
))iueg^o dellas que el que las sopiere bien Jogar, que aunque la suerte de
«los dados le sea contraria, que por su cordura podrá jogar con las ta-
«blas, de manera que esquiuará el damno quel' puede uenir por la auen-
«tura de los dados» *.
Presentada así la clave de los diversos juegos, que se cora-
1 El códice de los Juegos de a<;edrez, etc., tiene en la Bibl. del Escorial
la marca j. T. 6: es un mag-nífico tomo fól. m., escrito en rico pergamino,
letra del sig-lo XIII, exornado de curiosas miniaturas, de gran precio para la
historia del traje español, y desdichadamente maltratado, por ser uno de los
Mss. que de continuo se enseñan á doctos é ignorantes. Al final se lee: «Este
«libro fué comentado et acabado en la cibdat de Sevilla, por mandado del
»muy noble rey don Alfonso, fijo del muy noble rey don Ferrando, et de la
«reyna doña Beatris, sennor de Castiella et de León, de Toledo, de Gallisia,
«de Cordoua, de Murcia, de lahen, de Badaioz, et dell Algarljc, en trcynla
»et dos annos quel rey sobredicho regnó. En la era de mili et trezientos ct
»veynt et un annos». El apólogo copiado aparece inserto en el prólogo..
II. PARTE. CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG, ERUI). 551
prenden en este notable libro, explica el Uey Sabio los distintos
modos de ajedrez, comparándolos, según lo había hecho ya Rabbi
Abraham ben Meir aben Hezra, con los movimientos de ejércitos
beligerantes ^; y se ocupa después en la definición de los dados,
cuyas suertes designa con los nombres de triga, azar, marlota,
riffa, par con ás, ranquist, medio, azar, azar puiado y giiir-
guiesca ^. Con los títulos de las quince tablas, los doce canes ó
hermanos, el doblet, las fallas, seys dos ás, emperador, medio
emperador, la pareia de entrada, cal é quinal, todas tablas,
laquet, la buffa corlessa, la buffa de Baldrac y el reencon-
trar señala asimismo las diferentes peripecias de las tablas, vol-
viendo á tratar del grant acedrez que fué fecho en la India, en
el cual se empleaban aves et bestias estrannas ^, y describiendo
finalmente otras diversas maneras de ajedrez, que se jugaban por
astronomía '*. El libro de los Juegos del Rey Sabio, aunque es-
crito para común recreación, conforme advertimos en el anterior
capítulo, estaba pues vedado en esta última parte á los que care-
cían de ciertas nociones de aquella ciencia, manifestando clara-
mente la estimación en que la tuvo el soberano de Castilla: el re-
cuerdo continuo de las costumbres orientales y la invocación no
menos frecuente de India, la mayor, hermanándolo con los tra- ¿z'
tados ya referidos, le comunicaban extraordinaria novedad, la
cual se aumenta en gran manera, al examinar el códice original,
exornado de bellas miniaturas, en que resalta el gusto especial
de la arquitectura arábiga ^.
1 Fól. 1.0 al 64.
2 Fól. 63 V. al 71.
3 Fól. 72 al 79.
4 Fól. 80 al 97, en que todo el códice termina. — Al fól. 95 está el Juego
de los escaques por astronomía .
5 En efecto: todos los edificios que se representan en las miniaturas son ^
de esta arquitectura; prueba evidente del efecto producido en nuestros pa-
dres, durante el sig^lo XIII, por el espectáculo de las comarcas andaluzas,
donde sorprendieron de lleno la civilización musulmana. El cód. de los Jue-
gos es bajo este concepto uno de los monumentos más interesantes en la his-
toria de las artes españolas, y habrá de ser útil desde luego para la de los
trajes y muebles, si los señores don Florencio Janer y don Isidoro Lozano lo-
532 HiSTüuiA ciilric.v DE LA lueiiatüha española.
Más enlazado coa las costumbres españolas y con las habitua-
les ocupaciones de la nobleza se halla el tratado de la Montería,
publicado con el nombre de Alfonso XI. No vaciló en efecto Ar-
gote de Molina en dar por reí^uelto que fué mandado escribir por
el vencedor del Salado, adelantándose á sentar que lo compusie-
ron sus monteros y presentilndole dividido en tres diferentes li-
bros. Pero sobre atribuir á los refei'idos monteros una ilustración
muy superior á su estado, sobre alterar de propia autoridad el
texto del prólogo, introduciendo cláusulas ajenas al propósito del
verdadero autor ^ ignoró sin duda aquel diligente investigador
que los hijos de Fernando III (y señaladamente el rey don Al-
fonso) fueron muy grandes cazadores, habiendo introducido así
en la montería como en la volatería nuevos lances de guerra ^,
y no llegó sobre todo á averiguar que el mismo rey había escrito
tres diversos tratados: de la Venación, de la Cetrería y de la
Pesca. Conocidos estos antecedentes y examinado con verdadero
espíritu critico el Líl)ro de la Montería, en cuyo prólogo se re-
producen casi textualmente las razones que alega el Rey, al
acometer sus empresas literarias 2, seguro es que no hubiera Ar-
graii dar cima á su publicación en facsímiles, empezada en los momentos en
que imprimimos estas lineas.
\ Argote, después de suponer arbitrariamente que el tratado se parte en
tres libros, ingiere en el prólogo estas líneas respecto del último: aEl tercero
»fabla de los montes de nro. Señorío, en quáles comarcas son buenos de in-
Muierno y de verano». Estas palabras, que se acuerdan muy mal con la de-
claración de que fué escrita esta obra por los monteros de Alfonso XI, fallan
en los códices del Escorial, á que aludimos en el texto.
2 Asegúralo así don Juan, hijo del infante don Manuel, en su Libro de
la Caza, cód. de la Bibl. Nac. . S. 3i, fól. 210.
3 Al hablar de los libros orientales, hemos notado que sus autores bus-
can la autoridad de la doctrina en la antigüedad y aplauso de la misma. No
otra cosa sucede al rey don Alfonso. Así le vemos invocar frecuentemente a
los sabios antigás: en el prólogo de la Estoria de Espanna dice, por egem-
plo; «Los sabios antigos que fueron en los primeros tiempos et fallaron los
«saberes et las otras cosas», etc. Y adelante: «Los sabios ancianos escribie-
»ron los fechos», etc. — En el del Libro de los Juegos: «Queremos amostrar
«algunas razones, según los sabios antigos dixeron», etc. — En el de las Par-
tidas. «Las buenas razones que dixieron los sabios que entendieron las co-
Msasw, etc. — Y lo mismo en casi todas las leyes de cslc preciado código. En
II.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 553
gote de Molina caido en tamaño error, confirmado palmariamente
en la declaración que nos hace el príncipe, su sobrino, en el tra-
tado de la Caza: «El rey don Alfonso (decia don Juan Manuel)
«deseando el saber... et pagándose de todas las cosas nobles et
«sabrosas et aprouechosas, entendiendo que en la caga há estas
«quatro cosas muy complidamente á los que quieren usar della,
«como deuen, et non dexar por ella otros fechos mayores, ca los
wque en otra manera cacassen, aunque guardassen el sabor et-la
«apostura- de la caca, non guardarían la noblega nin el aprove-
«chamiento; por ende mandó fazer muchos libros buenos, en que
))puso muy cumplidamente (oda la arfe de la caca, también del
))cacar, como del uenar, como del pescar. Et puso muy compli-
«damente la teórica et la plática como conviene á, esta arte; et
«tan complidamente lo fizo que bien cuydan que non podrá otro
"^emendar nin añadir ninguna cosa de lo que él fizo, nin aun
y) fazer tanto, nin también como él» ^ Que el Rey Sabio com-
puso entre otras obras de caza y pesca, hoy perdidas ó ignora-
das, un tratado de la 3fonteria, fuera incalificable temeridad
negarlo, cuando así lo abona tan excelente testigo, confesando
al par que habia leido mucho en él, lo cual asegura también de
las demás obras de aquel monarca, que toma por modelo, según
probaremos adelante: que dicho tratado comprendía la teórica y
h práctica, tampoco habrá quien ose ponerlo en duda, oidas las
palabras de don Juan, hijo del Infante don Manuel, ya trascritas.
Ahora bien: si en los códices, que hemos examinado, alguno
de los cuales parece anterior al reinado de Alfonso XI, consta el
tratado de la Monteria de dos solos hbros, dedicados á ilustrar
la teoria y \d. práctica de la venación, según las expresiones del
hijo del Infante; si la manera de exponer las reglas que debe
guardar todo montero, ora respecto de su propio guisamien-
el prólogo do la Monteria se lee: «Et la rason porqué fecimos este libro, es
wpor que es verdad que los sabios antigos que fablaron en todas las cosas na-
wturalmente, fallaron», etc. — ¿Puede darse mayor semejanza y unidad en el
modo de recibir y exponer la doctrina?... Pues esta manera, que caracteriza
una época en la historia de las letras españolas, entre los reyes de Castilla
sólo cuadra al Rey Sabio.
1 Libro de la caza, cód. S. 34 de la Bibl. Nac, fól. 201 v.
5d4 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITEUATURA ESPAÑOLA.
to, ora de la cria do sus canes, ora de los lances que pueden
acaecer en el monte, está revelando el espíritu crítico y didáctico
que distingue al Roy Sabio; si el primer libro presenta ya en el
«ordenamiento del fuero de la libertad el de los dercclios que de-
))uen auer los monteros», claras señales de que era debida toda
la obra á un príncipe legislador por excelencia; si al tratarse en
las Partidas de «cómo el rey debe seer mañoso en cazar», se de-
fine y quilata este ejercicio del mismo modo y casi con las mis-
mas palabras que en el prólogo del tratado de la Montería ' ; y
finalmente, si no hay en los demás libros, que lo componen, re-
ferencia, ni alusión alguna al hijo de doña Maria de Molina, ¿có-
mo se resolvió Argote á dar por cosa probada lo que habia de
resultar en el momento del examen, no sólo dudoso, sino también
contrario á sus confiados y no esclarecidos asertos?
Deslumhróle sin duda otro libro, en que mencionándose los más
nombrados montes, propios para la venación, se alude alguna
vez á la batalla del Salado ^i creyó aquel erudito que fijada esta
{ La ley XX.* del tít. V de la 11.^ Partida dice: «De las cosas que falla-
»ron los antiguos que más tienen pro es la caca... et por ende tovieion que
«conviene esto mucho á los reyes más que á los otros ornes et esto por tres
«razones: la primera por alongar su vida et su salud et acresccntar su cnten-
«dimiento et redrar de sí los cuydados et los pesares que son cosas que em-
«barg-an muy mucho el seso: et todos los ornes de buen sentido deuen esto
wfazer para poder meior venir á acabamiento de sus fechos. La segunda por
«que es arle de sabidoría de guerrear et de uencer, de lo que deuen los re-
))yes seer mucho sabidores», etc. En el libro de la Montería se lee: «Los sa-
»bios antigos que fablaron en todas las cosas nafuralmiente, fallaron que una
»de las cosas por que los reyes et los príncipes et los grandes sennores po-
))dian mas beuir et aucr los entendimientos mas claros, era por catar algunas
«maneras de plaser et que diessen espacio et folgura al entendimiento, el que
«con esto podrían mejor sofrir el cuydado et el afán del librar, ca sy sien-
«pre estouiesse el entendimiento trabaiando en cuydar, non lo podría sofrir
»et enflaques9eria et podría uenir á tornarse», etc. Comprobada nuestra ob-
servación, ocurre preguntar ¿cuál de las dos obras fué escrita primero?... La
respuesta es muy difícil, bastando á nuestro propósito demostrar la identidad
de la doctrina.
2 En el cap. XXX del libro añadido se alude á dicho acaecimiento con
estas palabras: «El Colmenar de Pedro Ximonez, á do tomaron el infante de
«Benamarin, qnando á la de Tarifa, es buen monte de puerco», etc. Dada la
II.' PARTE, CAP. X. SEG, TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD, 5a5
fecha y apareciendo así completo el tratado de la Montería, no
era posible recelar de que se componía de tres libros, habiendo
sido todo él escrito en el reinado y bajo los auspicios de don Al-
fonso, el último. Mas olvidó ó no tuvo en cuenta que el códice
del Escorial que lo encierra, sobre ser el más moderno de los
existentes, expresa también que el referido tratado se partía en
solos dos libros, circunstancia característica de la obra del Rey
Sabio; y no advirtiendo que el segundo terminaba con una carta
dirigida á Alvar García, magnate gallego, perito en la venación,
perdió de vista la gran distancia que hay entre el estilo y len-
guaje de la parte principal y de la añadida, revelando aquella un
hombre de ciencia, dando esta razón de un simple aficionado á la
montería. Sin la incorrección y ligereza con que están escritos
estos apuntamientos, acaso nos atreveríamos á creer que forma-
ron parte del Libro de la Caza del Infante don Juan Manuel,
libro que según notaremos en su lugar, ha llegado á nuestros días
yicompleto '.
El tratado de la Montería del rey don Alfonso X, dividido en
dos libros, abraza pues la teórica y la. práctica: en el primero,
compuesto de cuarenta y dos capítulos, habla de los arreos de los
monteros, de la enseñanza de los canes, de los tiempos y modos
de preparar y rastrear la caza y disponer el monte, de las diver-
sas suertes que ocurren con los venados ya de día ya de noche,
de la diferencia entre la montería del oso y del jabalí (puerco),
de la que existe entre la cacería de invierno y de verano, del en-
carnar y desencarnar de los perros; y dando razón de todos los
lances relativos á la venación del oso, explica el modo de retirar-
se y retirar del monte alanos y sabuesos, no sin describir sus fe-
churas y más lindas colores, terminando por último con el orde-
namiento de la libertad de los monteros. Divídese el segundo libro
batalla del Salado en 30 de octubre de 1340, y muerto Alfonso XI en marzo
de 1350, hay que suponer escrito este tercer libro durante la década com-
prendida entre una y otra fecha, si ha de atribuírsele.
i El erudito Mr. Adolfo de Puibusque sospecha más: cree que todo el
tratado es el que don Juan Manuel cita en sus obras; pero con error, según
demostraremos al examinarle, advirtiendo desde luego que lo conservado de
este trata sólo de cetrería.
55(i HISTORIA CRITICA DE LA LITKUATL'RA ESPAÑOLA.
en dos parles: la primera trata, en veintidós capítulos, de las
heridas, contusiones y golpes que pueden recibir los perros, al
luchar con osos y jabalíes, exponiéndose ai par la manera de cu-
rarlos (la celugía): la segunda tiene por objeto, no solamente la
designación de las mejores castas y los medios de mejorarlas, sino
el modo y forma «cómo se deuen melesinar los canes de todas
)/Ias dolencias que les pueden acaes^er», constando de cuarenta
y seis capítulos, el último de los cuales es la carta ya refei-ida,
«enbiada á Alvar García sobre una montería que le acaesció en
«Gallisia» '.
Réstanos examinar el libro (pie lleva por título Septenario, y
con él cerraremos este primer grupo de las obras del rey don
. Alfonso. Conocemos ya el objeto y la ocasión con que fué escri-
to, la intervención que tuvo en él Fernando III, y el error de los
que sin haberlo estudiado, lo confunden con las Partidas -. Este
error lamentable, que ha provenido de la adulteración del testa-
mento del Rey Sabio, introduciendo en su texto, al darlo á luz,
una nota marginal puesta con escaso criterio, no sólo se ha-
lla desvanecido con la reciente publicación de dicho documento,
hecha por la Academia de la Historia, sino que no hubiera podido
\ Esla carta se halla on el códice más anligiio, que tiene en la Bibl. Es-
cur. la marca ij. Y. m. Los magnates galleg-os, según nos dice don Juan
Manuel (y parece natural dado el pais en que moraban) eran muy entendidos
en la venación, y en su tiempo se distinguían un Rodrigo Gómez y un Gon-
zalo Garcia, hijo tal vez de Alvar, á quien don Alfonso se dirige. El códice
indicado «es en folio, está escrito eii grueso papel ccptí, de letra según pa-
«recedel siglo XIII; algunas iniciales son encarnadas y otras azules, sin otro
«adorno: los títulos ó rúbricas de encarnado: tiene algunas fojas maltratadas,
))y faltan algunos capítulos». Es lo notable que ofrece diferentes enmiendas
(Rodríguez d*- Castro, Bibl. esp., tomo II, pág. 636). ¿Serán acaso de mano
del Rey?... El otro códice parece escrito á fines del siglo XIV: tiene las se-
ñales ij. Y. 19.: está en pergamino avitelado, lleva las iniciales de oro lige-
ramente iluminado, y no presenta enmienda alguna, conformándose con las
del anterior: lástima es que la ignorancia del encuadernador haya trastrocado
las fojas en tal manera que es imposible la lectura, sin un estudio previo. Uno
y otro Ms. acusan de inexacta la edición de Argote de Molina, dedicada ú
Felipe II en 1582 (Sevilla, por Andrea Tescioni). Acaso el primero os el
núm. 171 del catálogo de los libros de la Reina Isabel I.''
2 Véanse los dos capítulos anteriores.
11.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 537
sostenerse, á reparar en lo que sobre la indicada obra habian ya
manifestado algunos escritores nacionales *. Pulverízalo sobre
todo el análisis del mismo Septenario, que aun hallándose incom-
pleto en los dos códices del Escorial y de Toledo, trasmitidos á
nuestros dias, dará razón en la forma notada en el anterior capí-
tulo del propósito, extensión y mérito de aquel precioso monu-
mento.
Comienza pues lo consei"vado exponiendo, en reverente invo-
cación, los nombres con que ha sido designado entre todos los
pueblos el Hacedor Supremo: apunta después don Alfonso las ra-
zones que le movieron á trazar esta obra, y haciendo el más cum-
plido elogio de su padre (parte que algunos escritores tienen por
la vida del Santo ^), describe gallardamente el reino de Sevilla,
ponderando sus excelencias y bondades. Tras esta manera de in-
troducción, qne abraza hasta el capítulo IX dé lo existente, y que
1 Rodriguez de Castro, en el lomo II, pág-. ti80 y sigs. de su Bibl. Esp.,
puso el índice de los capítulos del códice del Escorial, marcado P. ij 20,
describiéndolo con todo esmero: el docto Burriel copió en sus Memorias para
la vida de San Fernando, pág. 2i6 y sigs., los nueve primeros capítulos de
lo conservado en el códice tolelano, que se guarda en el Caj . 26, n.** 14 de
la Biblioteca de aquella Iglesia Primada. Este códice es coetáneo del Rey Sa-
bio, como prueba el facsímile. En cuanto al error del testamento notó ya la
Academia de la Historia en su edición de las Partidas, que en la cláusula: el
libro que nos fezikos Setenario, este libro es las siete Partidas, está ingerida
posteriormente la última frase; lo cual prueba el testamento original, donde
se lee simplemente: «Otrosí mandamos á aquel que lo nuestro heredare el li-
wbro Setenario que nos fezimos. Mandárnosle otrosí lo que tenemos en Tole-
do», etc. {Mein. Hisl., tomo II, pág. 126). La misma Academia, en el Infor-
me t\c {O de abril de 1798, antes citado, decía, hablando de las materias
contenidas en dicho libro: «Es una obra enciclopédica, donde á la explica-
))CÍon de la variedad de materias que comprende, se procede constantemente
«explicándolas por siete medios ó [artículos, cuya división pareció al autor
Mser la más ajustada á la naturaleza de las razones y al método de hablar; y
»por esto le llamó Septenario».
2 Tal supone el docto alemán Luis Clarus, cuando dice: «En un Ms. ha-
Mllado por Sarmiento en Toledo existen otras obras compuestas por Alfon-
))so. En primer lugar una vida del rey Fernando su padre, en la cual mani-
»festó también su inclinación por los pensamientos místicos. Consagró á esta
))vida siete capítulos», etc. {Expos. de la til. esp. en la edad media, tomo 11).
Publ icadüs los capítulos referidos por Burriel, no era lícito opinar así.
558 HISTORIA CRITICA DR LA LITERATURA ESP/SOLA.
ofrece ya la paula seguida en todo el tratado, alega las usiete ra-
nzones principales de que sale el nombre Septenario)), tomando
en cuenta las siete naturas, que son una de las más eficientes
causas de la ciencia humana, engendrando -los siete saberes.
»
«Onde todas estas siete cosas de las siete naturas que son dichas sabi-
>iduría, seg^unt dixeron los sabios, fazen ueiiir á orne á acabamiento de to-
vdas las cosas que sabe fazer el acabar. Et por ende ordenaron los sabios
»los siete saberes, á que llaman artes; et estas son maestrías soliles et no-
wbles que fallaron por saber las cosas cierlamenle et obrar dellas, segunt
wconuiniesseí).
Definidas así las disciplinas liberales, entra en la apreciación
particular de cada una de ellas, variando en cierto modo las
comprendidas generalmente en el trivio y e\quadrivio: gramáti-
ca, lógica y retórica forman el primero: música, astrologia, física
y metafísica componen el segundo, no sin que el Septenario' deje
de dar al propio tiempo interesantes nociones de la aritmética y
de la geometria. Hablando de la retórica, decía el Rey Sabio con
envidiable acierto:
«Retórica llaman á la tercera partida deslas tres que se entiende que
«enseña á fablar fcrmoso el apuesto, el esto en siete razones: color, fermo-
))sura, apostura, conueniente, amorosa, en buen son, en buen continente. Ca
«esto conuiene niuclio al que esta arte usare: que cate que la razón que
))ouyere á desir, que la colore en manera que parezca bien en las uolun-
))tades de los que lo oyeren, el la tengaq otrosy por fermosa para cobdi-
)>cialla, aprehender et sabella raconar. Et que se diga apucstamiente, non
«mucho á pensar, nin mucho de uag-ar. El que ponga cada razón alli do
))COnuiene, segunt aquello que quisiere fablar et que lo diga amorosa-
))mente, non muy recio, nin muy brauo, nin otrosy muy flaco: asas en
))buen son, mesurado, non en altas voces. Et ha de catar que el continente
«que touiere que se acuerde con la razón que dixere, Et desta guisa se
«mostrará por bien rasonado aquel que rasonare, et mouerá los corazo-
»nes daqucllos que lo oyeren para aducillos mas ayna á lo que quisiere».
Tratando de la astrologia, observaba:
«Astrologia que quiere decir que se alcanza por calamiento et por uis-
«la, es la quinta arle deslas siete, et fabla de los cielos por que es llamada
«en latin astra: el esta es partida en siclc maneras: por vista, por entendi-
Timiento, por ffabla, por mudamiento , por cuenta, por medida, por acordanza.
«Onde la primera que es por visla, fase conoscer las siete estrellas á que
«llaman planetas, cada uno en qual cielo está et cómmo sse mucue en dos
II. Í'ARTE, CAP, X. SEG. TIUSF. DEL ARTE VULG. ERUD. 559
"g'uisas: la una en su cielo, la otra en su cerco apartado. El la segunda
))de entendimiento fase que entiendan los onies de qué natura son los cie-
))los el quantos son, et cómmo se mueuen et por qué rason. La tercera es
wque veyendo esto, han los omnes á conoscer á cada una dellas quál
))es ot qué nombre há, seg'unt sus obras, et por qué rason fasen esle mu-
))damienlo. La quarta es que puede auer saber por cuenta de puntos et de
"grados et de oras el de dias et de semanas et de meses, et de annos,
))quando se há esle de faser... La ssesena es de saber por cuenta et por
Dmedlda el por entendimiento el por rason quánla há en cada una destas
«sobredichas el de la una á la otra. Et la setena es cómo se acuerdan log
«cielos en tenerse los unos con los otros, otrosy en sus mouimientos; et
«por ende estas ssiete maneras desla arle muestran cómo Dios es conocido,
Msegunt estas siete racones».
Quien de esla manera define y aprecia la astrologia (que no
otro nombre llevaba por lo común la asti^onomia de aquel tiem-
po), ¿podia ser acusado de visionario á la manera de un Pedro
de Albano ó de un Checo d'Ascoli?... Quien de la meditación de
la ciencia se elevaba al conocimiento de la omnipotencia divina,
¿podrá ser vituperado de blasfemo?... Cristiano, y piadoso por ex-
celencia, tomaba el rey de Castilla por el contrario ocasión en la
astronomía para combatir en el Septenario las sectas religiosas,
estableciendo la doctrina de un solo Dios verdadero, y conde-
nando así á los adoradores de la tierra, el agua, el aire y el fue-
go, como á los idólali^as y gentiles. El paralelo ingenioso de los
errores de estos y de los misterios del cristianismo, y la explica-
ción de los signos del zodiaco respecto de los extravíos mitoló-
gicos y de las verdades reveladas, constituyen una parte no pe-
queña de tan desconocido libro, dándonos al par la medida de
los conocimientos que en la teogonia é historia del antiguo mun-
do alcanzaba don Alfonso. Pasando luego á otra serie de consi-
deraciones, compara los doce signos con los doce apóstoles, y fi-
jando sus miradas en los profetas que hablan anunciado solamente
cuatro evangelistas, éntrase á tratar de la institución, número y
gracia de los sacramentos, determinando por quién, cómo y en
qué momento pueden y deben administrarse. Largamente se de-
tiene el Rey ¡Babio en todas estas cuestiones, muy del gusto y de
la erudición de aquefios dias, y sin duda útiles en sumo grado en
el estado de cultura de nuestros mayores. Terminados los capí-
tulos relativos al bautismo y confirmación, en los cuales demues-
fi60 HISTORIA CnlTICA DE LA LITERATUUA ESPa550LA.
Ira grandes cúnocirnienlos lilíirgicos, se ocupa en definir h peni-
leiicia, investigando el origen filológico de esta palabra, seña-
lando los pecados que la han menester y quién está llamado á
imponerla, y clasificándola en solemne, pública y privada. Los
saludables efectos de la penitencia y los mortíferos del pecado
llaman también la atención de don Alfonso, quien explicado el
sacramento de la comunión, indica los grandes bienes que pro-
duce al verdadero cristiano, punto en que por desgracia se inter-
rumpe el códice de la Biblioteca Escurialense. El de la Tolelana,
que ofrece una laguna, comprensiva á no dudarlo de la exposi-
ción de los restantes sacramentos, abarca otros dos capítulos, de-
dicados el primero á mostrar las vestimenías establecidas por la
Iglesia «para los mayores sacerdotes», punto en que parece re-
cordar las prescripciones del Deuteronomio, y el segundo á pro-
bar que así como las «armaduras temporales)) defienden el cuer-
po, así también las espirituales el alma '.
Tal es en suma el Septenario, ó más bien diciendo la parte
que de tan peregrino monumento ha. llegado á los tiempos mo-
dernos. Conocidas ya las materias de que trata, ¿será posible se-
guir confundiéndolo con las Partidas?... Pudo servir, y quisieron
don Fernando III y su hijo que sirviera de introducción, no á
este código precisamente, sino á un cuerpo legal que uniformase
todos los fueros, según queda antes demostrado; pero aunque lo
concluyó don Alfonso y le hubo de dar la postrera lima, tenién-
dolo en gran precio al otorgar su testamento, no ha logrado la
fortuna de salvar integro las tinieblas é injuria de los siglos, lo
cual nos impide formar cabal juicio de su mérito é importancia -.
\ Entre uno y otro códice se advierten otras diferencias, ya respecio del
orden de capítulos, ya del número de estos: aunque incompleto el del Esco-
rial y más moderno, como que es de letra del siglo XV, cuenta algunos más,
no siendo posible hacer una. edición esmerada sin confrontarlos. El P. Bur-
rlel sacó una copia del toledano, la cual existe en la Biblioteca N'ac. Dd. iO.
2 El docto Marina apunta que no llega lo que so ha conservado al com-
pleto de la primera parte de las siete, de que debió constar {Ens. liist. sobre
lalegisL, §§200 y 01). Aunque esta afirmación sea un tanto exagorada,*
siemjirc hay que lamentar, así las mutilaciones de lo conservado, como lo
mucho que del Septenario ha desaparecido.
11.* PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULC. ERÜD. 56i
Grande debió tenerla en el siglo XIII, si hemos de juzgar por la
parte conservada: la manera sencilla, exacta y aun profunda, con
que expone la doctrina, siempre bajo siete diversos aspectos; la
familiar superioridad con que trata de las artes liberales, de que
pueden juzgar los lectores por los dos pasajes arriba insertos; la
abundancia de noticias y de cosas que hallamos en todo lo con-
cerniente á la astronomía-teológica, si es lícito llamarla así; y fi-
nalmente el acierto y circunspección que brillan en todo lo rela-
tivo á la liturgia, hacen creer que dio el rey don Alfonso el mismo
ó mayor interés á la parte política y demás comprendidas en el
Septenario, presentando así el primer modelo de este linaje de
obras, que encerrando toda la ciencia de la edad media, llegaron
á formularse en casi todas las literaturas. Bien sabemos que al
leer este aserto, no faltarán eruditos que lo tengan por infunda-
do, sacándonos á plaza el Libro del Tesoro de Bruneto Latino,
traducido según hasta ahora se ha juzgado por el Rey Sabio ';
mas cuando se repare en que el maestro del Dante vino sólo á
Castilla en 1260, año en que don Alfonso habia ya terminado su
libro, y comenzaba á recoger el fruto de sus doctrinas; cuando
se advierta que el Tesoro de Bruneto fué compuesto en Paris du-
rante su destierro, que duró hasta 1284, en que volvió á su pa-
tria -, no habrá ya motivo alguno de extrañeza, tomando toda
fuerza de una demostración histórica lo que de pronto parecería
aserto aventurado.
El Septenario del rey don Alfonso precedió pues al Libro del
Tesoro de Bruneto Latino, que sólo pasaba á la lengua de Cas-
tilla en los últimos días del siglo, muerto ya aquel Sabio monarca.
¿Pudo el gramático florentino tomar de él la idea para su Tesoroh . .
El aplauso que la obra del rey alcanzaba, la estimación y el res-
peto en que era tenida su ciencia por los extraños, y la no despre-
ciable circunstancia de venir Bruneto á Castilla en los momentos
de mayor esplendor de aquella corte, ó más bien de aquella aca-
demia científico-literaria, pudieran llevarnos á sentar como probable
i véase el cap. XIII en el siguiente volumen.
2 Tiraboschi, Stor. de la letterat. ital.,\\b. lU, cííy>. Y. Recuérdese que
en este año falleció el Rey Sabio.
TOMO m 56
jr,2 HISTORIA CKItICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
csle aserto. No lo esforzaremos sin erabari^o para no ser tenidos
por apasionados, pues que no podemos tampoco formar completo
juicio de la obra castellana. Para dar íín á su examen, breve tal
vez en demasía, así como el de todas las producciones que van
mencionadas, observaremos que el estilo y lenguaje del Septe-
f)nrio revelan ya al autor de las Partidas y de la Estoria de Es-
pauna, presentando aquella frescura, exactitud y riqueza que tan
alta reputación le han conquistado entre nuestros primeros ha-
blistas. De la propiedad didáctica que tomó en sus manos la len-
gua vulgar, habrán ya juzgado los lectores por los fragmentos
arriba trascritos: de la facilidad y gala con que narra, pinta ó
describe, deponen los nueve primeros capítulos del mismo Sep-
tenario; y para que puedan los lectores formar alguna idea de su
mérito, copiaremos aquí algunas cláusulas de la descripción del
reino de Sevilla. Ponderada su antigüedad y nobleza, leemos:
«Grande es otrosí non solamiente el cuerpo de la cibdat, que es mayor
«que olra que sea en España, mas aun todo el regno; ca la su longueza
«tiene desde la grant mar fasta el rio Guadiana; ella anchura en do mas
«estrecha, extiende de aquella mar mesma fasta las sierras de Ronda, eldcn-
»de adelante como va la tierra derechamiente fasta Guadiana. Asi que den-
))lroen estos términos hay niuclias villas el casliellos muy fuertes. Abonda-
))daes otrosí de todas cosas que son para uida, et mantenimiento de los
»omnes, mas que reg^no de Espanna toda, nin otro que ome sepa. Et todas
«las cosas ha de suyo complidamienle, non tan solamiente de pan et de
))UÍno que ha mucho ademas muy bueno, mas aun de carnes también de
«bestias brauas como de criadizas. Otrosí de pescados de muchas maneras
«de amos mares et de aguas dulces, que ha muchas et buenas. Et de olio
«que lia en el mayor ahondamiento que en logar del mundo, etaun fructas
«de muchas maneras, et grana et yerua, el montes muchos et buenos, et
«uinnas de todas naturas. Otrosí es viciosa, porque los fructos nascen et
«cresQen mucho ajina. Et el tiempo es temprado comunalmienle, non se-
«yendo muy í'rio al tiempo de la friura, nin muy caliente ademas á la sa-
«zon de la calentura. El sin todo esto es cosa que ayuda mucho á acres-
«centar el vicio. Poderoso regno es otrosí para quebrantar sus enemigos,
«non tan solamiente los que están cerca de Espanna, mas aun los de alien
«mar. Ca él ha en poder amas las mares; la mayor que cerca lodo el mun-
»do, el la menor que llaman mediterránea, que va por medio de la tierra.
«El ha muchas fortalezas buenas para guerrear el otrosí deffenderse,
«quando es mester. El por lodas estas cosas que ha, es alabado sobre to-
adas las otras tierras, et gentes del mundo. Asi que, lodas han sabor do
«uer ct de fahlar de los sus bienes comunalmienle mas que de otra tierra:
II. PARTE, CAP. X. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 663
))ca maguer se pague omne de su tierra, onde es natural el la alabe por
)) razón de la naturaleza, esta por su bondat es tan solamiente alabada de
«todas; ca en ella han lo que han mester para los que y moran, et para
«abondar las otras tierras, leuandolo por tierra et por mar» *.
El habla de Castilla, apenas ensayada en el lenguaje de la his-
toria, según ya queda probado ^, mostrábase en manos del Rey
Sabio bastante enérgica y abundante para revelar dignamente las
glorias y dolores de España. Veamos cómo lleva á término cum-
plido esta grande y difícil empresa, acometida en el octavo año de
su reinado ^.
i Cap. IX de lo conservado.
2 Cap. VIH de esta 11.=^ Parte.
3 Debemos advertir que el rey don Alfonso es también autor de otra
obra, que deberla clasificarse entre las ya mencionadas, si existiera. Dá razón
de ella su sobrino don Juan Manuel, diciendo: «El dicho rey auia compuesto...
))otro libro que fabla de lo que pertenesce á estado de Cauallerian {Libro de
la Caza, Bibl. Nacional, S. 34, fól. 201 v.). Sin duda le tuvo el hijo del In-
fante presente, al escribir su tratado de la Caballería, de que hablaremos en
lugar oportuno. También se le atribuye, aunque sin fundamento, la siguiente
obra: aOpusculum Ildefonsi, Regís Dei grafía Romanorum ac Castellae, de íis
nquae sunt necessaria ad stabilímentum castrí tempore obsidionisn (B'M. Escur.,
ij. I. Z. 4; Real Acad. de la Hist., E. 37 gr. 5. E. n.° 138). Decimos sin
fundamento, porque sobre estar plagada de catalanismos, alude esta obra á
sucesos y personajes muy posteriores al X Alfonso; y en nuestro sentir es,
según mostraremos en su dia, obra del V de Aragón, confundido con el de
Castilla más de una vez por el renombre de Sabio, que ambos llevaron. Cítalo
Pérez Bayer en sus notas á la Bibl. Vet. (tomo II, pág. 88).
CAPITULO XI,
SeCDlA TRffiFOeUACIOTl DEl UIE VUIGAR-EBDDITO.
Don Alfonso el Sabio. — Obras históricas. — La Estaría de Espanna. — Duda
de los críticos sobre su verdadero autor y la época en que se escribe. —
Declaración del Rey sobre uno y otro punto. — Plan de la Estaría de Es-
panna.—Diversas fuentes de la misma: — los escritores de la antigüedad: —
los cronistas cristianos: — las tradiciones populares: — los historiadores ára-
bes y hebreos.— Criterio histórico del Rey Sabio. — Juicio de don Juan Ma-
nuel respecto de la Estaría de Espanna: — de la crítica moderna. — Corrup-
ción de la misma historia en la edición de Ocampo. — División que este
le atribuye. — Su análisis. — Comprobación de la doctrina expuesta. — La
Grande et General Estaría. — Acopia el rey multitud de libros para llevarla
á cabo. — Pensamiento filosófico que la anima. — Su división y examen. —
Influencia de los diversos elementos que la componen: — los libros orien-
tales;— aparición en ella del apólogo indiano;— historias maravillosas de
]0s árabes; — los libros latinos y los mitos gentílicos. — Medios expositivos
de ambas historias. — Don Jaime I de Aragón asociado al movimiento his-
tórico.—Su Chrónica: exposición y juicio de la misma. — Influencia de
ambos soberanos en el cultivo de la historia.
JN Otado queda, al bosquejar el maravilloso cuadro que ofrece á
la contemplación de la crítica el memorable reinado del rey don
Alfonso X, el meritorio anhelo con que se consagra al cultivo de
la historia, oscureciendo con sus colosales empresas cuantos es-
fuerzos se hablan hecho antes de su época, y muy especialmente
los ensayos relativos á la historia patria. No eran en el monarca
56G HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
de Castilla fortuitas semejantes vigilias, ni pueden ser en conse-
cuencia consideradas sus obras históricas con separación de las
meramente literarias ó esencialmente científicas: hijas del nobilí-
simo y fecundo pensamiento que su docto sobrino don Juan Ma-
nuel le reconoce; encaminadas á labrar la cultura del pueblo es-
pañol, afán constante do dun Alfonso, cnlázanse, así en el fondo
como en las formas, á las producciones ya examinadas, consti-
tuyendo al par una de las más anchas y duraderas bases del sun-
tuoso edificio de su gloria. Intentaba el hijo de Fernando III la-
brar cumplidamente la ilustración de sus vasallos, y procurando
templar la aspereza de sus costumbres con los avisos de la moral
y las enseñanzas de la fdosofia, no olvidaba tampoco los elocuen-
tes egemplos de la historia. Reducida hasta mediar del siglo XIII
á la esfera de los simples cronicones, encerrada en el estrecho
circulo de uno ó más reinados, coetáneos del que recogía ó apun-
taba los sucesos, en vez de producir esta en armonioso conjunto
verdadera doctrina, aplicable á los actos de la vida, halagaba
cuando más el interés parcial de un príncipe ó de un Estado, y
llenaba á duras penas reducido número de incoherentes páginas.
Más ruda, más descompuesta y grosera, al tom.ar por instrumento
el habla de la muchedumbre, habia necesitado robustecerse con
las tareas eruditas del obispo don Lúeas de Tuy, y muy princi-
palmente con las del arzobispo don Rodrigo. Las versiones de su
Hisloria Gotliica y las imitaciones que la siguieron, parecían ya
mostrar el camino que debía emprenderse para dar nuevo aspecto
á la historia, escrita en el idioma del vulgo *: venciendo impon-
derables obstáculos, superando todas las esperanzas, concebía y
llevaba á cabo el rey don Alfonso un pensamiento más generoso
y elevado, más trascendental y fecundo, aspirando á dotar á su
patria de una sola hisloria, así como le estaba hacientio el raro
presente de un solo código.
Mas ya lo dejamos insinuado: si no puede menos de causarnos
verdadera maravilla el descubrir en medio de aquel siglo de bar-
barie la extraordinaria idea de fundar en unos mismos orígenes
y en unas mismas tradiciones la nacionalidad de todas las rao-
\ Véase el cap. VIH del présenle volumen, pág. 416 y siguientes.
II. PABTE, CAP, XI. SEG. TRASP\ DEL ARTE VULG. ERLD. 567
narquias que seguras de la victoria, peleaban denodadamente con-
tra el Islam, mayor es todavía nuestra sorpresa, cuando viéndole
salir de la Península Ibérica, contemplamos al rey de Castilla re-
montándose á la cuna del género humano, para trazar la historia
de todos los pueblos. Ningún otro de los que fundaban su nueva
cultura sobre las ruinas del imperio latino, había podido abrigar
hasta entonces tan altos y laudables propósitos: ninguno poseyó
antes que España una historia general en el idioma patrio, ni lo-
gró tampoco que sirviera este de intérprete á la de todos los im-
perios de la antigüedad; doble galardón conquistado para la ci-
vilización española por el talento y la ciencia del Rey Sabio '.
Volvia á ser la historia para tan ilustre príncipe, así como lo ha-
bla sido para Marco Tullo, maestra de la vida; y codiciando saber
los hechos acaecidos en todas las edades, y que fueran igual-
mente estímulo del bien obrar para los presentes y venideros,
acometía lleno de celo y patriotismo aquella grande obra, capaz
de agotar en uno ú otro concepto las fuerzas de los más laborio-
sos y entendidos. Dos fueron por tanto las producciones nacidas
de tan alta idea: la Estoria de Espanna y la Grande et General
Estoria, confundidas ambas en una por casi todos los escritores
que las han mencionado, bien que dirigidas cada cual, si no á
diverso fin, á distinto y apartado terreno.
Cuestiones han sido una y otra vez empeñadas las de averiguar
si fué don Alfonso autor único de la Estoria ó Crónica General,
y si llegó á terminarla: muéstranse todavía divididos los parece-
res de los críticos, quienes sorprendidos sin duda por el número
y magnitud de los trabajos científicos y literarios, conocidos con
el nombre de aquel monarca, han vacilado en tenerla por fruto
de su pluma, insinuando que no toda se escribió durante su vida -.
1 El primer hecho es reconocido por los críticos franceses y alemanes de
más legítima nombradla: del segundo no será posible dudar, leido el presente
capítulo.
2 El distinguido Du Meril asienta en su estimable Colection de Poesies
populaires latines, pág. 288, que la Estoria de Espanna fué escrita por don
Martin de Córdoba de orden del rey don Alfonso. No sabemos en qué fun-
damentos se apoya; pero según verán los lectores, su opinión no puede ser
más peregrina.
568 HiSTOIlIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nacional parece en efecto el suponer en orden al primer punto,
que empleó don Alfonso, no sin acierto y fortuna, manos auxilia-
res, que dóciles á sus intentos, acopiaran y ordenaran al par el
gran cúmulo de noticias necesarias para dar cima á la mencio-
nada historia; mas con sólo examinar su prólogo, grandemente
elogiado por don Juan Manuel, su sobrino, se advierte que no hay
razón plausible para recelar de lo que han admitido y asentado lo^
más autorizados y doctos varones de nuestra patria '. Ambos
asertos aparecen confirmados por la unidad de miras que en toda
U obra resplandece, y más que lodo por la declaración termi-
nante que hace don Alfonso en varios pasajes de la misma, así
como en la historia universal, escrita algunos años adelante. —
Tratando de los descendientes de Gomer decia en este grandioso
monumento el soberano de Castilla: «Los de Thogorma, el ter-
»Qero fijo de Gomer, apartáronse de las otras sus generaciones
wet passaron á África, et poblaron y, et daquí fueron los tigra-
))theos del regno de Tigran, de que fablamos nos en la nuestra
nEstoria que fizíemos de Espanna, en las razones de las cod-
wquistas que contamos de Pompeo, el Grand». Y después, hablan-
do del origen de los suevos, alanos, silingos, vándalos y godos,
anadia: a Como lo auemos ya departido en la nuestra Estona de
nEspanna^K Al fijar finalmente el nombre de la península pire-
naica, llamada primero Hesperia, repetía: «Pusol' [Spaim] nom-
»bre Espanna del su nombre del, assi como lo auemos nos de-
spartido en la nuestra Estoria de Espanna, en el su comien-
{ Don Juan Manuel dice, hablando de los libros históricos consultados
por el Rey Sabio: (iTan conplidamente los pone en el prólogo quél fizo de
))la dicha Crónica, donde le sopo, que ninguno non podría y mas dezir, niii
»aun tanto nin tan bien como él» [Chronica Abreviada, Bibl. Nac, F. 81 , fo-
lio 24). Durante los siglos XIV y XV á nadie ocurrió dudar en España de la
autenticidad de la Estoria: y en todo el XVI escritores tan doctos como Al-
fonso de Fuentes, Ambrosio de Morales, Gonzalo Fernandez de Oviedo, Es-
teban de Garibay, Gerónimo de Zurita y otros muchos afirmaron que la Chro-
nica General era obra del ilustrado monarca que le dio su nombre. Las
palabras del rey que en este lugar trascribimos, dicen hasta qué punto acer-'
taron.
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. 5C9
))C0)) *. Tres hechos de no exigua importancia para nuestros
estudios, se deducen pues de estos inequívocos testimonios: pri-
mero, que don Alfonso X de Castilla es en realidad autor de la
obra histórica, vulgarmente conocida con el título de Crónica
General: segundo, que fué por él terminada y precedió á la
Grande et General Estoria, lo cual habia negado el ünico de
nuestros bibliógrafos que tuvo ocasión de reconocer la última en
los códices originales ": y tercero, que ya al ponerle título, ya al
mencionarla en otras producciones, apellidó el Rey Sabio la re-
ferida obra con el nombre de Estoria de Espanna, mostrando
una y otra vez el pensamiento que le habia animado al escribir-
la, y aceptando toda la responsabilidad de tamaña empresa ^.
Ni dejaba tampoco de anunciar esta idea, al exponer los me-
dios de que se habia valido para llegar al término deseado: aun-
que apenas podían determinarse los orígenes de las gentes que
poblaron á España, «por los libros que se perdieron et fueron
))destroydos en el mudamiento de los sennorios», ganoso de que
fuera «sabudo el comienzo de los espannoles», mandaba «ayun-
>Uar quantos libros pudo auer de estorias en que alguna cosa
))Constasse de los fechos de Espanna», desde los tiempos de Noé
hasta su propio reinado. Abarcando tan ancho espacio, propo-
níase, como los sabios antiguos, narrar los sucesos relativos á
los buenos y á los malos príncipes, «porque los que después vi-
1 La Grande et General Estoria, í.^ Parle, lib. IH, cap. II, fól. 23 vuelto
y 24 recio del cód. F I de la Bibl. Nacional. Los hechos, á que alude en estas
citas, se hallan narrados en la Esloria de Espanna, I.* Parte, cap. III, VIIí
LXXI y CXLIX de la edición de Zamora,
2 Rodriguez de Castro, Bibl. Espan., tomo II, pág. 674. Vistas las pa-
labras del rey, no puede dudarse de que Rodríguez de Castro no leyó la
Grande et General Estoria con el detenimiento debido.
3 Debe notarse en este lugar que en los más antiguos Mss. que han lle-
gado á nuestros dias, se halla constantemente designada con el título de Es-
toria de Espanna que le dio el rey. Así sucede en efecto en los códices escu-
rialensesj. Y. 2 — •, j. Y. 9 — , j. Y. 12 — , iij x 4—, j. x. 6 — , j. x. 7 — ,
j X 11, y iij. Z. 3, donde sólo en notas posteriores se halla la voz Crónica.
Verdad es que ya desde mediados del siglo XIV la apellidó así el ilustre don
Juan Manuel, según vá indicado, y que tal vez de aquí provino el que pro-
siguiera siendo conocida con este nombre.
:;70 niSTÚlUA CIllTICA DE 1-A LITERATURA ESPAÍsOLA.
»niessen (decia) por los fechos de los buenos punnassen en fazer
Hbien, et por los de los malos que se castigassen de fazer mal»,
loííríindose en consecuencia la apetecida y fructuosa enseñanza de
la historia. Difícil era el empeño de quien así comprendía, no
solamente la extensión del trabajo que echaba sobre sus hombros,
sino también la índole y naturaleza del mismo, en medio de la
oscuridad que por todas partes le rodeaba., «Tomamos (advertía
))don Alfonso, tratando de las fuentes históricas) de la Crónica
))dell arzobispo don Rodrigo, que fiso por mandado del rey don
«Ferrando, nuestro padre, et de la de Maestre Luchas, obispo de
«Tuy, et de Paulo Orosio et de Lucano, et de Sant Esidro, el
«mancebo, et de Idagio, obispo de Gallisia, et de Sulpicio, obispo
))de Gascona, el de los otros escriptos de los Concillios de Tole-
»do; et de don Jordán, chanceller del sánelo palago; et de Clau-
))dio Tholomeo, que departió del cerco de la tierra meior que otro
«sabio fasta su sacón; et de Dion que escreuió uerdadera la esto-
»ria de los godos, et de Pompeyo Trogo, et de otras estorias de
«Roma, las que podiemos auer, que contassen algunas cosas del
«fecho d'Espanna, et compussiemos este libro de todos los fechos
«que fallarse podieron» ^ Tal era el propósito abrigado por el
Rey Sabio, y tal la materia histórico-erudita de que disponía para
darle cima, según sus palabras.
Mas, concebido aquel pensamiento, ¿era posible que se atuviera
extrictamente á los escritores indicados, sobre todo al hacer la
narración de los sucesos, acaecidos desde la invasión sarracena?
Ofrecíale el obispo de Tuy, aunque adulterados á su placer con-
forme antes demostramos, los antiguos cronicones que señalaban
el trabajoso y lento progreso de la reconquista: brindábale el ar-
zobispo don Rodrigo con una exposición más ordenada, en la cual
habían lomado asiento no pocas tradiciones populares, infundién-
\ Prólogo del Ms. eseur. j. Y. 2. — Don Alfonso, demás de los autores
antiguos aquí mencionados, cita en el curso de la historia otros muchos,
entre los cuales se hallan César, Catón, Mela, Josefo, Zenon, Séneca, Porfi-
rio, Ablavio, Virgilio, Juvenal, Suetonio, Justino, Casiodoro, Yuvenco, San
Juan Evangelista, San Hilario, etc., todo lo cual demuestra la extensión de
los esludios hechos en su tiempo.
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DF.L ARTE VULG. ERUD. 571
dolé cierto espíritu nacional que habia asegurado su éxito entre
doctos y vulgares, pasada ya del latin al habla de Castilla. Pero,
¿bastaban todos aquellos recuerdos á reflejar la sociedad española?
¿Alcanzaban las tradiciones patrocinadas por el arzobispo á des-
cribir la serie angustiosa de calamidades, en que se habia visto el
pueblo cristiano desde el momento de proclamar su independen-
cia? ¿Se pintaban en ellos el carácter y los triunfos de sus héroes
con el vigoroso colorido que les daba la creencia de la muche-
dumbre? En una palabra, ¿podía el nieto de doña Berenguela con-
tentarse con el título de mero copiante, cuando aspiraba á ser el
primer historiador de los vulgares?...
Ni las costumbres, ni los sentimientos, ni las creencias de las
diferentes razas que poblaban la Península, podían ser indiferen-
tes para don Alfonso, al escribir la Estoria de Espanna, como
no lo fueron tampoco, al acometer otras empresas '; y atento á
dar al gran cuadro que bosquejaba la misma animación que en
aquel múltiple original descubría, acudió á recoger las tradicio-
nes nacionales, acariciadas de grandes y pequeños, ya sorpren-
diéndolas en los cantos de ¡os juglares, ya en los poemas escritos
de los semi-doctos, ya en los más artísticos y esmerados de la
poesía erudita. Reproducíase una vez más, si bien no debia ser
la ultima, el singular consorcio de la poesía y de la historia, que
ofrecen todas las literaturas en las primeras edades de su existen-
cia; y acaudalada la narración del Rey Sabio con las maravillosas
hazañas de Bernardo del Carpió, con las grandes proezas de Fer-
nando el Mayor, cuyas leyendas poéticas, según notamos ya, se
han perdido ^, con las aventuras prodigiosas del Cid, reproduci-
das en uno y otro poema, y con las no menos populares del conde
Fernán González, solemnizadas ya por los cantores eruditos, pre-
sentaba aquella variedad agradable y pintoresca que la distingue
entre todas las producciones del siglo XIII, y aquel extraordinario
sabor popular y romancesco que ha sido causa de que algunos
1 Véanse los dos capítulos anteriores.
2 Véase el cap. i.° del presente volumen, págs. 44 y siguientes.
578 HISTOniA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
escritores sobradamente excépticos hayan osado colocarla en el
número de las historias fabulosas * .
Y no se limitó el monarca de Castilla á poner en contribución
los monumentos de la antigüedad y las tradiciones populares de
los cristianos, al escribir la Esíon'a de Lspanna: deponiendo
el odio abrigado por sus mayores contra los musulmanes, y el
despreciativo desden que les inspiraban sus artes y sus letras,
unió y contrapuso muchas veces al testimonio de nuestros primi-
tivos cronicones y á la narración ya más ordenada de don Lúeas y
don Rodrigo el testimonio y la narración de los historiadores ára-
bes; procuró hermanar las tradiciones maravillosas de uno y otro
pueblo, ya las encontrara formuladas en piadosas leyendas, ya en
heroicas relaciones orales; y colocando junto á los juglares caste-
llanos los cantores sarracenos, no solamente fueron por él con-
sultados con frecuencia, sino que reproduciendo apenas alterados
los poemas históricos de los primeros, llegó también á transferir
al habla castellana los versos líricos y elegiacos de los segundos *.
Templada en el ánimo de don Alfonso la ojeriza contra los he-
breos, eran al propio tiempo tenidas en cuenta sus historias, ó
mejor diciendo, aquellas producciones, en que tratando de las
ciencias y de la moral , ingerían los rabinos españoles alguna
parte de sus desgracias y desventuras; y amasada con tan diver-
sos materiales la Estoria de Espanna, ofrecía el más vario con-
junto, contrastando en gran manera el pensamiento unitario que
le daba vida, con los encontrados orígenes, creencias, lenguajes,
ritos y costumbres, que en sus páginas revelaba. La obra del Rey
1 Esta calificación, arbitraria y ofensiva al buen sentido histórico, fué
debida al renombrado Masdeu, quien, negando la existencia del Cid, no po-
día dar por buena una historia, en que se hacia de él mención especiaiísima.
Los estudios posteriores, y sobre todo los hechos, respecto de los testimonios
árabes, han venido á desbaratar el castillo que levantó en el aire la criticado
Masdeu; siendo digno de todo elogio entre los que han tratado este punto in-
teresantísimo de nuestra historia, el ya citado Mr. Dozy, cuyas opiniones
respetables, aunque no admisibles de todo punto, tendremos en cuenta más
adelante.
2 De una y otra observación ofrecemos adelante la confirmación necesa-
ria, por lo cual no creemos conveniente el detenernos en este punto.
II.' PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 573
Sabio era en este sentido el más fiel espejo de la sociedad española
hasta mediar del siglo XIII, y ponia de relieve sobre todo la tole-
rante ilustración del filósofo y del historiador, que no desdeñaba
el testimonio de los enemigos de su ley y de su patria.
Cierto es que no en todas estas fuentes podia beber con entera
confianza, y que muchas de ellas ó no eran tan puras como
se habia menester, ó estaban corrompidas por la ignorancia
y la malicia: cierto es asimismo que no sazonados los estudios
históricos y vista entre sombras la antigüedad, por más que em-
pezara á insinuarse el afán de reconocerla, — se exponía don Al-
fonso á tropezar, y tropezaba repetidas veces en las fábulas y ab-
surda cronología del Beroso y de otros escritores sus iguales,
poblando los primeros tiempos de la historia patria de principes y
héroes, que sólo pudo engendrar la fantasia, y que ha desterrado
por fortuna la critica moderna. Pero si no es lícito atribuir al rey
de Castilla la madurez de juicio, el tino y perspicacia, el frió y
desapasionado criterio que han fundado en los últimos siglos la
verdadera ciencia histórica, tampoco hay razón para negarle, con
la grandeza y elevación de miras que le ponian la pluma en la
mano, la honradez, la rectitud y el anhelo de la verdad que dis-
tinguen su Estoria de Espanna. Respecto de los tiempos anti-
guos sabia y decia don Alfonso cuanto sabian y decian los hom-
bres más doctos de su siglo, cuanto se habia podido averiguar
hasta aquella época: respecto de los tiempos medios, y en espe-
cial de las edades que le preceden, no sólo enmendaba y ampliaba
los historiadores que tenia delante, inclusos don Lúeas de Tuy
y el arzobispo don Rodrigo, sino que rechazaba la tradición,
cuando no se avenia con la autoridad ya respetada, y daba por
nulo el testimonio de los poetas y juglares, cuando se oponia á la
razón ó atropellaba los fueros de la cronología ^ . Persuaden sin
l Machos son los pasajes en que esta observación se halla comprobada.
Hablando del nacimiento de Bernardo del Carpió, escribía el rey: «Et algunos
))dizen en sus cantares de gesta que fué este don Bernaldo fijo de donna Tiber,
«hermana de Carlos el Grande de Francia..., mas esto non podria seer; por
»ende non son de creer todas las cosas que los ornes dizen en sus cantares,
«et la verdal es asi como auemos ya dicho, segunt fallamos en las estorias
574 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITi:«ATURA ESPAÑOLA.
duda estas observaciones de que si fuera candidez excesiva el re-
cibir hoy como verdaderos y aulónticos todos los sucesos narrados
en la Estoria de Espanna, dura y poco razonable ha sido la con-
ducta de los que por hallar algunos hechos-dudosos ó no compro-
bados, la han calificado de mendaz y fabulosa, dando así motivo
á la justa reprobación de escritores extraños *.
En grande estimación y crédito estuvo, sin embargo, durante
la edad media: el celebrado don Juan Manuel, que la extractó en
su Crónica Abreviada, recomendábala á su posteridad del si-
guiente modo: «Este muy noble rey don Alfonso (escribía) entre
«muchas nobles cosas que fizo, ordenó conplidamcnte la Crónica
)hI' España et púsolo todo conplido et por muy apuestas razones
wet en las menos palabras que se ppdia poner: en tal manera que
))todo orne que la lea, puede entender en esta obra (et en las
ootras que él conpuso et mandó conponer) que auia muy grant
«ueidaderas, las que fezieron los sabios». Y tratando de su viaje á Italia, ana-
dia: «Mas porqué nos non fallamos esto en los libros antigos, por ende non
))lo afirmamos». Y después, al referir las proezas de Carlo-Magno y sus con-
quistas en España: «Et agora sabet, los que esta estoria oyedes, que maguer
«que los juglares cantan en sus cantares et dizcn en sus fablas que Carlos,
»el Emperador, conquirió en Espanna muchos castiellos et muchas cibdades
))et que ovo y muchas batallas con moros et que desenbargó el camino fran-
))cés desde Francia fasta Sanctiago, esto non podie seer, fueras ende que en
«Cantabria conquirió algo». Narrando las aventuras de don Bueso, decia:
«Algunos dicen que aquel don Bueso que era primo cormano de Bernaldo,
»mas esto non podrie seer» (MI.* Parte de la edic. de Ocampo, cap. X). Al
llegar al reinado de Alfonso IX de León, observaba: «Porque el arcobispo
))[don Rodrigo] quiso poner las sus razones tan breues et atan atalantes en
»aienamiento de muchos et de grandes fechos en poca razón et non departen
))las razones suyas de muchos otros fechos que se fallaron et acaesricron en
))los tiempos que conuienen aquiser puestos en esta estoria et non lo fueron,
»nos posimoslos aquí», etc. Y más abajo: »Et desto nin de otras cosas que
«fallamos que fueron en su tiempo que deuieran seer puestas, nin lo departe,
»n¡n lo dice el ar9obispo don Rodrigo nin don Luchas de Tuy...; et pprquc
»sauemos por prueba de otras estorias que esto fué assi et que es (jierto, po-
»némoslo aqui en la Estoria en los logares que conuiene» (IV.* Parte, ca-
pítulo VIH).
1 Dozy, llecherches sur l'histoire politique et litleraire de í Espagne, pá-
gina 38 i y siguientes.
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 575
))entendimiento et auia muy grant talante de acrescenlar el saber,
«et cobdiciaua mucho la onrra de sus regnos; et que era alun-
))brado de la gracia de Dios para entender et facer mucho bien» '.
Repetían después este elogio cuantos aspiraban al renombre de
doctos, y aplaudida durante los siglos XYI y XYII la Esloria de
Espanna, si pudo á fines del pasado y principios del presente caer
en descrédito, vuelve hoy á cobrar su antigua estima, mere-
ciendo las desinteresadas alabanzas de insignes críticos: <xLa
))Cróm'ca General de España (dice un historiador alemán) es un
«fenómeno de sumo interés, no sólo en la historia de los españo-
))les, sino en la literatura de la edad media, generalmente ha-
«blando, y en consecuencia un monumento de eterna memoria
))para Alfonso el Sabio. En viveza, gravedad profunda, sencilla
«ingenuidad y candor de exposición apenas tiene igual», etc. 2.
El juicio del sabio magnate castellano del siglo XIV ha encontrado
pues entera confirmación en la crítica del siglo XIX.
La Estoria de Espanna tuvo no obstante la desventura de
aparecer en la república de las letras, incompleta, mutilada, cor-
rompida, plagada de errores de todos géneros, y lo que ha sido
de peor efecto escoltada de notas ó advertencias que daban por
cierto desfavorable idea del editor, y que sólo han servido de tro-
piezo á la crítica moderna, desacreditando la del siglo XYI. No
cabe suponer que Florian de Ocampo, que la sacó á luz en 1541 ,
contándose entre los más ardientes cultivadores de la historia
patria, la adulterase de propósito; pero sobre traer ya trocado el
titulo, que no era cosa tan despreciable, y presentar una división
distinta de la que hallamos en los códices más antiguos, lo cual
indicó alguno de nuestros diligentes bibliógrafos ^, faltan á la
•1 Chrouiea Abreiiiada, piól. del cód. F. 81, fól. 24 v.
2 Claras, üarslellung der spanischen Literalur in Müíelalter tomo I, pá-
gina 337 y siguientes.
3 Don Nicolás Antonio dice: «Observationc lamen praecipua dignum est,
»hisloriam hanc... olim fuisse biparütam» (Biblioilieca Vetus, lib. VIH, ca-
pítulo Y). En efecto, los más antiguos códices que hemos consultado presen-
tan dividida la Estoria de Espanna en solas dos partes: la primera, que abraza
desde la población de la Península hasta la invasión sarracena, consta de
trescientos cuarenta y un capítulos (Bibl. Escur., cód. j. Y. 2): 'a segunda,
576 HISTORIA CIllTICA DE LA UTEUATUIIA ESPASOLA.
edición do Zamora reinados enteros, carece de no corlo número
de capítulos, y se hallan estos sobre todo tan barajados y someti-
dos á ordenación tan caprichosa que no hay escrúpulo aIi,^uno en
asegurar que ó se valió Ocampo de uno dejos Mss. más despre-
ciables de la Estoria del Rey Sivbio, ó procedió con la mayor ar-
bitrariedad y descuido. Todo puede creerse, al recordar el em-
peño que mostraron los eruditos del siglo XVI enpolir el antiguo
lenguaje de Castilla, dando nueva forma á las producciones de
sus abuelos, y al tener en cuenta la excesiva licencia de los tras-
ladadores ó pendolistas , que al maravilloso invento del célebre
Wutlemberg precedieron ^
Tal como es generalmente conocida, consta la Estoria de Es-
pannn de cuatro diferentes partes. Comienza la primera, no con
la creación del mundo, como se ha pretendido equivocadamente,
sino con la división que hicieron los sabios de todas las tierras,
punto que explanó después don Alfonso en la Grande et General
Estoria, y con la descripción y población de Europa, consumado
ya el diluvio. — Tubal, hijo de Japhed, fué el poblador de España:
con su historia se enlaza la no menos oscura de los Geriones; ex-
terminados por Hércules, y á la de este se eslabonan las fábulas
de Espan, que dio su nombre á la Península, asi como las de
Iberia, su hija, y de Piros.su yerno, á quienes ciñe aquel la co-
rona.— De Rocas y Tartús, personajes altamente fantásticos, pasa
el historiador al señorío de los griegos, almunices y africanos,
caminando velozmente y entre sombras hasta llegar á la venida
de los cartagineses. Las guerras de Amilcar, Asdrubal y Aníbal,
abriendo el periodo verdaderamente histórico, traen á España las
águilas del Tiber, que no sin repetidas luchas logran al cabo se-
que comprende'desde la proclamación de don Pelayo hasla el sepulturamienlo
del mwj sánelo cuerpo del mtnj noble rey don Ferrando, encierra quinientos
setenta y uno (Bibl. Escur., cod. j. X. 4). Conveniente nos parece notar que
una y otra parle ofrecen diferentes subdivisiones, como para indicar los di-
versos períodos históricos que encierran.
\ Convencida de estas razones, prepara la Real Academia de la Historia
una edición completa de la mal llamada Crónica general, teniendo presentes los
más autorizados Mss. — Esta publicación será el más seguro comprobante de
las observaciones que en orden á la impresión de Ocampo dejamos apuntadas.
n.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRÁSF. DEL ARTE VL'LG. ERUD. 577
florearla. Admirando en los romanos el consejo, la subordinación
y la constancia en las adversidades, sígnelos el Rey Sabio en sus
desastres y sus triunfos, é ingiriendo de paso la historia de Car-
tago \ narra las crueldades de Sila y las costosas rivalidades do
César y Pompeyo, que aniquilaron la República. Detiénele algún
tanto la historia del Imperio, en que no olvida sus deberes de
cristiano, ni sus aficiones de erudito, ora consignando el naci-
miento, vida y muerte del Salvador con el milagroso efecto de su
doctrina, acrisolada en el martirio, ora recordando oportunamente
los sucesos relativos á, la historia de las letras -. Notable es en
1 Digno es de consignarse que el rey don Alfonso, dando el ogcmplo que
siguieron después desde su hijo don Sancho hasta el marqués de Santillana y
desde Lasso de la Vega y Ercilla á Lope de Vega, se mostrase partidario déla
reina Dido, fundadora de la antigua Birsa, rechazando las ficciones de Virgi-
lio. Deseoso de darlas á conocer, extractó y parafraseó no obstante cnloscapí-
tulos LV y siguientes el libro IV de la Eneida, añadiendo al final una carta
de Dido al engañoso Eneas, llena de calor y energía. La primera versión, se-
gún el mismo rey apunta, la tomó de Justino, lib. XVIII, cap. 4 y siguien-
tes: en ambas probó que le eran familiares los libros de la antigüedad clásica.
2 Entre los muchos rasgos de historia literaria que exornan la de la Re-
pública y del Imperio, narrada por don Alfonso, son notables los que se re-
fieren á Julio César, Cicerón, Virgilio, Ovidio, Varron, Séneca y Lucano. —
El Rey Sabio declara que el vencedor de Farsalia era docto en el conoci-
miento de la lengua griega, dictaba al par á cuatro amanuenses, y aversifi-
caiia muy fermoso et mucho ayua», atribuyéndole el siguiente epigrama, es-
crito en la Península Ibérica:
'rr;ix puer astricto glacie iluin ludit in Ebro,
Frigore concretas pondere rupit aqaas;
Duincjue immae partes rápido tralierentur ab ainne,
l'crcusit teneruiu lubrica testa caput.
Orba quod invtntum inater dura conderet urna,
Hüc ppperi ilammis celera dixit aquis.
Al mencionar la muerte de Virgilio, refiere que Octaviano amando á Varro y
•nLucan, dos sabios, que emendassen el libro que fiziera Uergillo de Eneas et de
vlos oíros cabdiellos de Troya, et castigólos (añade) que non annadicscn y nen-
Mguna cosa de suyo; et por esto áy en aquel libro muchos versos, en que non
«áy sinon los comiences, et en otros sinon los medios, et en otros los cabosv.
Antes inserta el conocido dístico:
Mantua rae genuit, Calabri rapuere, tenet nuiíc
Partenope, ccciiii pascua, rura, dmes.
TOMO ÍH. 57
579 FIlSrOUlA CIltnCA de la LITERATUIU ESI'AÑOLA.
verdad la copia de noticias que doQ A.lfonso atesora en este pun-
ió, no menos que en lo referente á la decadencia del Imperio y á,
las irrupciones sucesivas de los pueblos septentrionales, pudiondo
asentarse con entero convencimiento que superó á cuantos Ic ha-
bian precedido en el estudio de las antigüedades romanas, no
teniendo dignos rivales en nuestro suelo hasta el siglo XVÍ ^
Tras las desoladoras invasiones de alanos, vándalos, suevos y
silingos, que procura el rey de Castilla bosquejar con el pincel
del afligido Idacio, presenta ya en la segunda parte á los visigo-
dos en quieta posesión de la Península, bien que hundidos al cabo
en la molicie y corrupción, de que vienen á sacarlos las vence-
doras falanges de Tariq y de Muza. Todo se ajusta en este im-
portante periodo á las relaciones de Isidoro, Sulpicio y Julián, no
olvidadas por cierto las actas de los famosos Concilios Toledanos;
mas al llegar á la aparición de Mahoma, ligeramente apuntada
por el obispo de Sevilla, cobra la narración nuevo aspecto, en-
riqueciéndose sobremanera con el auxilio de los libros arábigos,
que tan familiares eran á don Alfonso. Para que puedan nues-
tros lectores formar idea de esta nueva influencia histórica y del
color que presta al estilo del rey de Castilla, no será inoportuno
el poner aquí algún fragmento de la visión de Mahoma, revelada
á sus discípulos después de su viaje á Jerusalem, de vuelta ya
para la Meca:
Hablando, en el imperio de Keron, de los sabios de Córdoba, elogia sobrema-
nera á Séneca, y pone el epiláfio de Lucano, que anda en los principios de
casi todos los códices de la Farsalia:
Cordul>.i me gcnuit, rapuit Ñero, praelia dixi.
i Aunque pareciere á alguno que exageramos, puede asegurarse que
ni aun la misma Italia poseyó hasta los tiempos de Petrarca quien conociera,
como el rey de Castilla, la historia de Roma. De advertir es sin embargo que
mientras el cantor de Laura tenia la lengua vulgar toscana por indigna de
los grandes nombres de la República y del Imperio, escribiendo en latin sus
libros Rerum Memor andar um y su epítome Vitarutnillustrtum Viror«/», se afa-
naba el Rey Sabio por traerlos á la de España; servicio insigne, cuyo precio
sube de punto, considerada la época en que se tributa á la historia patria.
Todo prueba cuanto dejamos observado respecto al estudio de la aiiligücdad,
(jue iba poco á poco reapareciendo en el hori/.onle de las letras.
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TP.ASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 579
«Tomóme el ángel Gabriel (decía Mahoma) et leiióme suso fasta el pri-
»mero cielo: et los ángeles que y estañan venieron contra mí el rescibié-
Mronme muy bien, et fueron muy alegres comigo. Et con el gran plazer
))que ende ouieron, catáronse unos a otros el decien: Ay qué bien!... Ay
»qué bien es este! El oráuanme todos todo bien et toda salud, synon uno
Msolo que estaua ahy, que non 'se alegraua comigo nin se reya como los
))otros, Et yo pregunté estonze al ángel Gabriel que quién era aquel ó por
))qué fazie aquello. Et Gabriel me dixo: Sepas queste ángel nunca se reyó,
«nin se reyerá: que este es el ángel guardador del fuego. Et yo dixe á
))Gabriel: ¿Es aqui ángel alguno que sea dicho El muy amado de Dios?...
)>Et dixome estonze: Este es que tú dizes. Et dixel': Pues dil' que me de-
Dmuestre el fuego. Et él díxogelo, et el ángel tiró luego la cobertura, de
«que estaua cobierto el fuego el sallió una foguera el una llama alan gran-
))de que sabet que yo oue miedo que quemaríe quantas cosas auíe uesti-
))das; et rogue estonze á Gabriel quel' dixesse al ángel que cobriesse aquel
))fuego: et el ángel triste cobriol' luego assi cuemo de ante estaua cobier-
»to. Et otrossi quando entramos en aquel cielo, fallé un orne onrrado ques-
))laua y assentado en una siella et amoslráuanles las almas de todos los
))omes que moríen, et quando vefa en el alma alguna cosa, de que non le
))plazíe, toUíe los oios della, que non la queríe veer et maltrayala, dizien-
))do assi: Perduda ¿porqué sallieste d'aquel malauenturado cuerpo, en que
wyacies? — Mas quando el alma le mostraua alguna cosa de bien en quel'
»plazie, folgaua él con ella, el dezie: Bien ayas, alma bienauenlurada, que
sallieste de buen cuerpo. Et yo pregunte al ángel que quién era aquel
))ome tan onrrado et dixome: — Este esAdam quese allegracon los buenos
))d'aqu ellos que son del su linaie, et tuelle la su faz de los malos: que los
))non quiere veer et amuéstrales las penas de los peccadores; et esto es el
«fuego que de susso dexiemos», etc. *
Enlazados á la historia de los visigodos los sucesos de la vida
y predicación del falso profeta, mencionadas las rápidas conquis-
1 Esta visión se refiere en la azora ó sura XVII, versíc. 1 , bien que sólo
apuntándola: la relación que hace el Rey Sabio, aunque declara que la tomó
del libro II de Mahoma, no se halla sino en la Zuna yen los comentadores, que
son los que explican cuanto sóbrelos vasos de leche, agua y miel, dice el mis-
mo soberano. La división del Koram, indicada por don Alfonso, no se encuen-
tra en los impresos, y sí únicamente en los Mss. de los moros españoles y
africanos, los cuales contaban sólo 113 suras ó capítulos, en vez de las 114
que generalmente ofrece, por considerar la primera como oración dominical
ó prólogo de todo el libro. Este constaba, conforme á dicha división, de
cuatro partes: la primera tenia nueve azoras ó capítulos, diez y siete la se-
gunda, etc.; por manera que la sura XVII, de que hablamos, era el capí-
tulo VII del libro II en el códice que usaba el Rey Sabio.
580 HISTOniA CRITICA DE LA LITERATUnA ESPAÑOLA.
las de sus sectarios, y referidas las pavorosas invenciones del pa-
lacio encantado de Toledo, contadas ya en la Historia Gothica
por el arzobispo don Rodrigo, y las más infelices de la Cava, no
admitidas del toJo por don Alfonso *, pónesp término á esta se-
gunda parte con la destrucción y llanto de España -, que viene
casi toda á poder de los sarracenos. Comprenden las dos últimas
el largo y glorioso período que media entre la proclamación y
jura de don Pelayo en las breñas asturianas hasta el fallccimienlo
de Fernando III en la (;apital de Andalucía: nace en él, crece y
llega á su primera juventud el carácter nacional, no sin terribles
peligros y contradicciones, que infunden á la Esloria de Espan-
na vivo y extraordinario interés, realzado por los encantos de una
imaginación poética, y por las multiplicadas bellezas de un Icn-
\ Después de mencionar los torpes amores de Florinda, dice, aludiendo
á don Julián: «Algunos dizen que fué la muger, et gcla forcó; mas pero por
Mqualquier que fue deslas cosas, deslo se leuanlo el deslroyoiionlo de Es-
))panna et de la Gallia gótica» (II.* Parte, cap. Lv).
2 Debemos advertir que el celebrado llanto de España lo imito don Al-
fonso, bien que ampliándolo y dándole más color, del escrito por el arzobispo
don Rodrigo en su Historia Gothica, teniendo sin duda presente la versión
castellana debida al mismo prelado. En esta comienza el referido llanto:
«Qué dolor! Ya non auie qui al^ar la mano á defender Espanna!... Fincó la
«tierra yerma, lienna de gentes aienas: rcnouáronse los males de Hércolcs
»et de los griegos: rcnouáronse los males de los alanos, et de los uándalos/
»Agora conpecó de reg:iar en Espanna lenguaie aieno ct non ouo qui la
«conortar nin qui fablassc ó se doliesse del su mal» (cap. .jO). En la Esloria
de Espanna que analizamos, comienza: «Et fincara toda la tierra vazia del
«pueblo, bañada de lágrymas, conplida de apellido, huéspeda de los extran-
nnos, cngannada de los vezinos, desmanparada de los moradores, uiuda et
«asolada de los sus fijos, confondida de los bárbaros, desmedrada por llanto
»et por llaga, fallesdda de fortale9a. Haca de fuerca, menguada de conortc
«asolada de los suyos. Allí se renouaron las mortandades del tiempo de Hér^
«coles; allí se refrescaron ct podrescieron las llagas del tiempo de los uán-
«dalos, el de los alanos... Olvidados son los sus cantares, et el su lenguaie
«ya tornado es en ajeno et en palabra estranna» (11." Parte, cap. Lv). Tanto
aplauso obtuvo este ensayo de elocuencia declamatoria, que al mediar el
siglo XV era imitado entre otros escritores por el Marqués de Sanlilana en
otro, que intituló Lamentación en propIiei;ia de la segunda destruijnon de Es-
paña (Obras del mismo publicadas por nosotros, pág. 483).
II. * PARTE. CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 581
guaje fresco, sencillo y lozano. Como otros tantos grupos de co-
losales dimensiones, resaltan en la tercera parte, con el levanta-
miento de don Pelayo, coronado de prodigioso triunfo, las sabro-
sas historias de Cario' Magno y Marsilio, de Alfonso el Casto y
Bernardo del Carpió, de Fernán González y los siete Infantes do
Lara; peregrinos episodios, donde vemos ya el influjo, que em-
pezaban á tener la llamada Crónica de Turpin ^ y los libros
que de ella se derivan, y donde resplandece más directamente y
con mayor fuerza el que ejercían, así en el ánimo del historiador
como en el de la muchedumbre, los cantos populares y los poe-
mas de los doctos que en aquellos estribaban. Ni deja de apare-
cer esta misma influencia en los sucesos milagrosos, que desdo
la gran victoria de Covadonga hasta la aparición de San Antoliu
en los valles de Falencia, esriíaltan digámoslo así la historia de
la reconquista: las visiones de Alfonso el Casto, Ramiro II, Fer-
nán González y don Sancho el Mayor, fortaleciendo el patriotis-
mo del pueblo castellano, dan razón cumplida del sentimiento
religioso, que le alienta, y muestran sobre todo que la guerra
sostenida contra la morisma no solamente era guerra nacional,
sino esencialmente religiosa.
La cuarta parte, cuya autenticidad se ha puesto en duda, dan-
do motivo á largas y eruditas disquisiciones críticas, merced alas
poco atinadas advertencias de Florian de Ocampo '^, llamará nues-
i En el cód. F. 152 de la Blbl. Nac, antes de ahora descrito, ocupan
los dos primeros lug-ares la Epístola Titrpini ad Leoprandum y la Historia fa-
mosissimi Karoli Magni qui tellurem hispanicam et galecianam e potesíate sar-
racenorum Uberavit (fól. 1.° v. al fól. 19). Según ella, fué restaurada casi to-
da España del yugo mahometano por las armas de Carlos, pareciéndonos pro-
bable que fuera esta historia, extractada de la fabulosa de Turpin, el libro á
que aludió primero el arzobispo don Rodrigo, conforme en sulugar apunta-
mos, y á que se refirió don Alfonso en toda esta parte, sin olvidar los canta-
res de gesta, que en nuestro juicio deben ser los compuestos por los proven-
zales y franceses, de que en su dia trataremos.
2 Florian de Ocampo escribía, al comenzar la IV. ** Parte: «Dizen algunos
»que en llegando aqui, sucedió su muerte [del Rey Sabio]; con cuyo falleci-
»miento fallaron también sus coronistas, y lo siguiente fué recolegido y es-
))crito por mandado del señor rey don Sancho, su hijo» (fól.. 279 de la ed. de
Zamora). La suposición no puede ser más infundada, y para desvanecerla
582 HISTOIIIA CRITICA DE LA LITEUATÜKA ESPA^ÍOLA.
tra atención muy particularmente, porque más que otra coulirma
nuestras anteriores observaciones. Principia con el reinado de
Fernando el Mayor, al cual se enlaza, lo mismo que á los de sus
hijos don Sancho el Fuerte y Alfonso VI, *la. popular historia del
Cid, sobre que han recaiJo principalmente las sospechas, cre-
yéndola escrita con anterioridad y por separado '. Las pruebas en
bastará sólo recordar las palabras del rey don Alfonso, trascritas en el texto.
Si pues el rey declara (por los años de 1270, como lueg-o comprobaremos) que
tenia ya terminada algrun tiempo antes la Esloria de Espanna, ¿cómo se ha de
dudar de sus palabras?... A conocer Ocampo la Grande et General Estoria, de
seg^uro hubiera evitado este error, que ha sido padre de oíros muchos, aun
entre los críticos modernos de más justa nombradla, según en la siguiente
nota advertimos.
i Esta es la opinión do! ilustrado M. Huber, en su muy erudita Intro-
ducción á la Chronica del famoso Cavallero Cid Rui/ Diez Campeador, fundán-
dose en las palabras de Ocampo ya trasladadas. El docto j^rofosor de Berlín,
con una paciencia digna de todo elogio, copiando además la final adverten-
cia del expresado edilor (fól. XLVII), intenta sacar «las pruebas más convin-
»centcs de los hechos alegados por el marqués de Mondéjar para fundar una
«opinión todo contraria» (pág. xLix). Estos hechos so reducen al recono-
cimiento efectuado por el marqués sobre la Crónica Abreviada de don Juan
Manuel, sobrino del rey don Alfonso, reconocimiento que dá el inteligente
M. Huber por incompleto, declarando que no prueba lo pretendido. Para
demostrarlo, apela al número de capítulos que cada una de las tres par-
tes del Sumario de la Abreviada contiene, comparándolo con el de las cuatro
de la edición de Ocampo. Si esta pudiera tomarse por base, probaria algo,
no todo el trabajo de Iluber, según ha indicado ya Mr. Dozy, rebatiendo es-
las observaciones {Recherches, pág. 589). Pero para nosotros es indiferente
la cuestión de las partes, pues que ya sabemos que la división de Ocampo es
arbitraria, y que en los códices más antiguos sólo tiene la Estoria de Es-
panna dos grandes secciones: lo que importa es reconocer si la abreviación
de don Juan Manuel, que fué hecha capítulo á capítulo, sigue ó no fielmente
dicha historia; y verificado el trabajo sobre los Mss. j. Y. 2. y j. x. 4. de
la Biblioteca Escurialense y el códice F. 81 de la Nacional, declaramos que
la historia del Cid sobre que versa la cuestión, abraza en el segundo Ms.
ciento sesenta y un capítulos, contando en el tercero ciento sesenta, sin que
se aparte el abreviador un solo ápice de la historia que compendia. Ahora
bien; como es muy posible ó que don Juan Manuel reuniese en uno dos de
esos mismos capítulos, ó que en el códice que él extractó sólo hubiera los
ciento sesenta del Ms. matritense, ó que el trasladador del códice del Esco-
rial aumentase de propia cosecha una rúbrica, lo cual es probable, se vé con
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERÜD. 583
contrario resultarán de la exposición siguiente. — En ciento sesen-
ta y un capítulos, extractados en su Crónica Abreviada por don
Juan Manuel, se repite en efecto aquel glorioso nombre, que te-
niendo despierto el entusiasmo del pueblo, no pudo menos de
atraer- sobre sí las miradas del Rey Sabio, llevándole al propio
tiempo á consultar por vez primera los cantares del vulgo, los poe-
mas ó leyendas de los semi-eruditos y las historias y poesías de los
mahometanos. Preséntale no obstante el historiador del siglo XIII
más devoto y sumiso á la potestad real de lo que le hemos visto
en la Crónica rimada ó Leyenda de las Mocedades de Rodrigo,
prueba inequívoca de que, ó atendía á darle nuevo carácter, ó
se habia ya modificado aquella tradición primitiva, revistiéndose
tal vez de nuevas formas poéticas ^ . Alterando la cronología es-
toda claridad que las arg'umentaciones del entendido Huber no pasan de ser
meras, aunque bien fundadas, conjeturas. El hecho es indudable: don Al-
fonso el Sabio es el autor de toda la Estoria de Espanna, como él lo dice y lo
evidencian las irrecusables pruebas alegadas: en orden á las aventuras ó his-
toria del Cid, exponemos nuestra opinión en el texto, y respecto de su Chró-
nica especial en el lugar oportuno.
i En el cap. 11 del presente volumen, págs. 94 y 95, trascribimos el pa-
saje de la Leyenda ó Crónica rimada, en que se narra el desafio do Marlin Gon-
zález y del Cid sobre la ciudad de Calahorra: tardando Rodrigo al plazo in-
dicado, toma la demanda su padre, y cuando llega aquel, se fortalece con una
sopa en vino, entrando luego en la lid; la rima del indicado pasaje insiste en
el asonante ao. En la Crónica Genera/ hallamos, al narrar este hecho ya algún
tanto alterado, los versos siguientes (IV. ^ Parte, cap. I):
Qiiando el plaí'o fué llegndo | en que auie de lidiar.
Sobre Calahorr.i... Rodrigo el de Bivar...
Aluar Fannez de Minnya j tomó la lid en su logar —
Macho vos pesa, Rodrigo, ¡ que entraste en este logar.
Este preito por las manos | lo auedes a librar
Mas Rodrigo non lo quiso | olbidar
Et diol' una ferida ] por rostro muy grand...
Muy fuertes et muy crueles | feríense sin piedat
Ca amos eran átales | que sabien muy bien far — ■
Martin González fab^tua | cuydandol' espantar.—
Estos vestigios de metrificación, manifiestamente anteriores á la época de
Berceo, no dejan lugar alguno á la duda.
SS4 HISTORIA CRITICA HE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tiiblccida por el Poema de Mió Cid, y adoptada tambicn por los
romances, púnele la Estoria desterrado bajo el ¡raperio de San-
cho II, colocando en los primeros años del reinado de Alfonso YI
el extrañamiento con que empieza el Poema, en que se pinta al
caudillo castellano ya en edad avanzada. Mas es lo nolaWe que
en la narración de estos acaecimientos conocidos de nuestros lec-
tores, sigue la Estoria de Espanna tan al pié de la letra al men-
cionado Poema, que pueden fácilmente restablecerse los versos.
Sabemos ya cómo cercado en el castillo de Alcocer, habló el Cid
en el Poema á sus caballeros: veamos este mismo pasaje en la
Esloria ':
<iEl agua nos han ya lollida los moros el si assi eslamos, fallecemos ha el
ytpan, ct aunq^ite nos queramos yr de noche á furlo non podemos nin nos con-
tisentirán ellos, canos tienen cercados de todas parles et vernos yan. Olrosy
))Con ellos non podremos lidiar, ca son muchos además. Et Aluar Fanez
wMinaya dixo enlonze contra las compañas: Caualleros como queredes vos
vfazer?... Ca salidos somos de Casliella la noble et la lozana, ct uenidos so-
i)mos á este logar do nos es menester el esfuerzo. Si con moros non lidiamos
»non nos querrán dar del pan: ca bien somos aquí seiscientos ornes de armas
))et algunos de mas. Pues en nombre de nuestro Sennor Dios que non aya y
nal: salgamos á ellos ct uayamos los ferir como uarones et esto sea crás.
»Et repusol' el Cid el dixoV: Minaya, fahlaste como yo querie el assi lo de_
uemos fazer et honrastesvos en ello: ct echemos luego fuera del casüello á
nlos moros et las moras, por que non sepan nuestra paridad, nin lo fagan sa-
»ber á los de fuera», etc.
Aceptado este partido, salen todos al campo, dirigiéndose con-
tra los moros, los cuales se pusieron asimismo en movimiento:
(iMouieron sus haz-es contra el Cid, cuydando tomar á manos al Cid et á
nlos suyos. Et el Cid quando aquello vio, comcncó de castigar á los suyos
«el díxoles: Aqui estad agora quedos en este logar el non mouades nin dcrra-
»mcdes ninguno de uos contra ellos fasta que yo lo mande. Mas Pero Ber-
ftmudez non gelo pudo endurar el corazón, el aguijo adelante con la seña et
))d¡xo contra el Cid: — Mío Cid, el nuestro señor Jhcsu Chrislo vos ayude á
))la vuestra lealtad, ca yo non puede al fazer, et vo meter la vuestra seña
t)en aquella mayor haz ct en el mas fuerte logar que yo allí veo. Desy dixo
)>assi á todos: Amigos los que dehdo auedes, en buen agora veré yo en como
hocorredes á la seña», etc. *
i Véase el cap. IV de cslc lomo, y en él las págs. 177 y 180.
2 Subrayamos las palabras, las frases y los versos que se conservan ín-
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 583
¿Puede darse mayor fidelidad, al traer á la historia tan pere-
grinos materiales?... Pues no menor es por cierto la que notamos
en orden á, las fuentes arábigas de la vida del mismo caudillo:
carecía el Rey Sabio de un guia seguro respecto de la conquista
de Valencia, pues que, según oportunamente advertimos, apenas
se hallan apuntados en el Poema tan memorables sucesos ': no
le hubieron de satisfacer acaso las tradiciones de los eruditos,
recogidas en la Gesta ó Crónica latina, y acudió á los escrito-
res árabes, que sobrecogidos de terror y llenos de admiración
respecto del Cid, hablan consignado en sus anales la memoria del
héroe. Aben-al-Farax, según le apellida don Alfonso, ó Abú
Djafar-al-Battí, como quieren modernos críticos, parece ser el
autor que le ministra la relación del asedio, toma y posesión de
Valencia ^; mas no canonizando al Cid en la forma que lo habían
hecho los poemas, sino presentándole como un guerrero feroz- y
cruel que se ensañaba con los vencidos, llevándolos á la hogue-
ra, suerte que cobija á Abeniat [Aben-Djahhá], matador del rey
Yahía [Al-Kadir] y usurpador de sus tesoros. Al leer esta singu-
lar relación, traducida literalmente, aunque no con entero acier-
to ^, y al reparar en el empeño con que el* Rey Sabio templa y
tegros, y damos la preferencia á los pasajes que cUamos en el análisis del
Poema, á fin de que puedan los lectores conoprobar por sí en los capítulos III
y IV de este volumen todas estas observaciones críticas.
i Véanse los versos H85 y sig-uientes, trascritos en el cap. III, antes
citado.
2 El estudio que sobre este punto ha hecho Mr. Dozy en las Investigacio-
nes mencionadas arriba, es de suma importancia histórica y literaria. Sin
embargo, en lo relativo al nombre del autor no producen sus observaciones
entera convicción: que la relaciones debida á un escritor mahometano, es
indudable: que sea Abú Djafar-al-Batti ó Aben-al-Farax no pasará tan fácil-
mente á ser hecho demostrado.
3 Dozy dice sobre este punto: «El estilo [de esta narración] contrasta sin-
Mgularmente con el de la Crónica. Pesado y embarazoso, desfallece de con-
Mtínuo: presenta todo el carácter de. una traducción, no ya fiel, sino servil,
»de una traducción que aspira hasta á conservar la construcción del original.
))Es á veces tan oscura, sobre todo cuando el traductor se enreda en los pro-
Mnombres posesivos (y téngase en cuenta que por el frecuente uso de dichos
«pronombres será siempre oscura toda traducción servil del árabe), que oso
3SK HISTORIA CRItICA DE LA LITEUATUnA KSPAÑOLA.
modifica cu la persona de Ruy Diaz aquellos agrestes instintos
de independencia que hemos reconocido en el Rodrigo de la Le-
yenda de las Mocedades, creemos descubrir el pensamiento po-
lítico de rebajar algún tanto la estatura del- conquistador de Va-
lencia, atenuando el interés, que sus altas empresas inspiraban,
con los efectos repugnantes de su fiereza. El cuadro, verdadera-
mente patético, de la cautividad de la corte de Yahía, está com-
pendiado en la canción elegiaca, atribuida por don Alfonso al al-
caide Alhugi [Alfaraxí] y notable por más de un concepto:
«Valencia!... Valencia!... (dice) uenieron sobre (i muchos qucbranlos el
Mestás en hora de morir; pues si ucnlura fuere que lú escapes, esto será
wgrand marauiella á quien quier que te uierc.
))Et si Dios fizo merced á alg"un logar, tenga por bien de lo facer á lí; ca
wfuesle nonbrada alegría el solaz en que lodos los moros folgauan, el auien
Msabor el plazer.
))El si Dios quisier que de todo en todo le ayas de perder desla vez, será
))por los tus grandes peccados el por los tus grandes atreuimienlos que
))0uisle con tu soberuia.
»Las primeras quairo piedras cabdales sobre que lú fueste formadaj
wquiérense ayuntar por fazer grand duelo por lí el non pueden.
))El tu noble muro que sobre estas quairo piedras fué leuantado, ya se
Mcslremece lodo el quiere caer, ca perdido ha la fuerca que auíe.
))Las tus muy altas torres el muy fcrmosas que de lueñe parescíen el
))Conorlauan los cora9ones del pueblo, poco á poco se uan cayendo.
MLas lus blancas almenas que de lueñe muy bien relunbrauan, perdido
))han la su beldat, con que bien parescíen al rayo del sol.
»Et lu muy noble rio cabdal Guadalaiiiar con todas las otras aguas de
wque le lú muy bien seruíes, saludo es de madre el ua onde non deue.
))Las lus a9equias muy claras el á las gentes mucho aprouechosas, re-
)) lomaron toruias, el con la mengua de las limpiar uan llenas de muy
Mgrand cieno.
»Las lus muy nobles et uiciosas üerlas que enderredor de lí son, el lobo
«rauioso lies cauó las rayzes el non pueden dar fructo.
))Los lus muy nobles prados, en que muy fermosas flores el muclias
))auie, eon que tomaua el lu puebro muy grant allegria, lodos son ya secos.
))E1 muy noble puerto de mar, de que tú lomauas muy grand' onrra, ya
«decir que mullilud de frases son ininteligibles, a cualquiera que no posea el
«árabe y no traduzca á osla lenjua sus frases embrolladas» (pag. 394). Mr.
Doy pone después algunos egcmplos, que si no son lodos ¡guahncnle admi-
sibles y salisfactorios, prueban no obstante sus observaciones.
II. PARTE, GAP, XI. SEG. TRVSF. DEL AKTE VULG. ERÜU. fiS?
«es menguado de las noblezas que por el te solíen uenir á menudo.
))E1 tu grand término, de que tú te llamauas sennora, los fuegos lo án
«quemado et á tí llegan los grandes fumos.
))A la tu grand enfermedat nol' puedo fallar melesina el los físigos son
wya desesperados de te nunca poder sanar.
«Valencia!... Valencia!... Todas estas cosas que te hé dichas de ti, con
Mgrand quebranto que yo tengo en el mi coracon,las dixe et las razoné»".
Leída esta elegía, característica del genio oriental, ¿dudará al-
guno de que fué traducida de su original directamente?... Tras
semejante relación, que acreditando una vez más el noble anhelo
de la verdad, abrigado por don Alfonso, ponia de manifiesto con
lo genuino de su origen la predilección del rey á la literatura de
los árabes, tornaba á ser tenido por guia el Poema de Mió Cid,
no sin introducirse en la historia las aventuras de Martin Pelaez,
su sobrino, personaje que no tiene representación alguna en el
indicado poema. La narración vuelve á ir sin embargo tan ceñida
á este monumento poético como demuestran los siguientes pasa-
jes. El Cid demanda y reta á los infantes de Carrion en las curtes
de Toledo, obtenidas ya sus riquezas y recobradas sus espadas:
^Infantes, qué uos merescl ijo, porque me desonrrastes mis fijas et las
«acotástes en el Robledo de Carpes? Ca mucho ualedes jnenos por lo que fe-
))Cistes [uos]... El conde don García dixo: Sennor R.ey don Alfonso, en 1q que
))fezieron los ynfanles á las fijas del Cid non erraron y nada, ca non ¡as
nquirien solmente para seer sus barraganas. El Cid es avezado á venir á cortes
^pregonadas et por esto trae la barba luenga; et por quanto el diz non damos
npor ello nada. — El Cid quando esto oyó, leuantóse en pié et puso la mano
nen su barba, et dixo: Conde, grafías á Dios porque la mi barba es luenga,
tica fué siempre criada en vicio el á sabor de sí, et pues ¿qué auedes uos á
^retraer della? Ca nunca della me priso orne del mundo nin mela mesó, como
\ IV.* Parte, fól. 239 de la ed. de Ocampo. En un magnífico Ms. de la
librería del señor duque de Osuna, que fué escrito de orden y bajo la direc-
ción del Marqués de Santillana, según demuestra su escudo de armas y su
empresa caballeresca puesta en la primera foja, se inserta en caracteres lati-
nos el texto árabe de esta singular elegía. — De una á otra estrofa se lee la
versión castellana de la misma, que difiere muy poco de la trascrita en el
texto: el expresado códice parece corresponderá la Estoria de Espanna del rey
don Alfonso. — Doq Pedro José Pidal ha publicado dicho texto en los apéndices
al Discurso preliminar del Cancionero de Baena (pág. LXXXIV), bien que atri-
buyéndolo á otra Crónica, de que en su lugar hablaremos.
S38 HISTOIVIA crítica DE LA LITERATURA ESPS?!OLA
})yo la mesé á uos en el Casíiello de Cabra el nos saqué dolía nn'ts quo una
tipulgada grande, el bien ciiydo que la non Iciicdes aun bien coiqtlida, ea
)>yo la tengo aqui en mi bolsa».
Replicando Ferran González, uno de los infantes de Carrion,
añade Ruy Diaz, dirigiéndose á Pedro Rormudez:
uFabla, Pero Mudo: ¿cómo íe callas! ¿Non sabes que tus primas cormaims
))Son mis pjas el como quier quedos me digan esto, ú ti dan las oreiadas'
yyPero Bermiidez- dixo: — Cid, nunca tales costumbres vi como uos auedes:
Mnunca me lamades en las Cortes sinon Pero Mudo. Eslonze se lornó conlra
))Ferran González el dixo: — Mentiste en quanto dixiesle, ca sienpre ualiesfe
))lú mas por el Cid; el lodas las tus tnannos yo te las diré agora. Sabes que
))uiníe un moro por lidiar eonligo el con el yranl miedo que ouisles, fugis-
níes conlra él el ouiérale muerlo, sinon por mí que lidié con él el malélo el
))lomé su cauallo et áltelo; el alabástete lú aritel Cid que tú mataste al moro,
Mcuyo era. Tú eres fermoso, mas mal barragan, ¿pues cómo osas fablar,len-
lygua sin manos'. Olrosí non te acuerdas de lo que te contenió en Valenria,
wquando se solió el león que le metieste só el escarnio con el grand miedo que
))ouisle del?... Por quanlo allá fezisle, vales 01/ menos, el por ende et por lo
))que fezisle á las fijas del Cid, reptóte por malo et por traijdor el lidiártelo
»lié delante del reij don .Mfonsoiy *.
La Última parle de la historia del héroe de Rivar que, demás
del segundo matrimonio de sus hija?, comprende la embajada del
Soldán de Egipto, la conversión de Alfaraxi, quien recibe en el
bautismo el nombre de Gil Diaz, la muerte y victoria del Cid sobre
un segundo rey Rucar, su enterramiento en Cárdena y el milagro
del judio que osó tocarle ía barba, reconoce por fuente otras di-
versas tradiciones ó leyendas, consultadas sin duda las que en el
referido monasterio se conservaban '2.
{ Debemos declarar aquí quo al transcribir estos pasajes hemos preferido
los códices j. X. 4. del Escorial, y F. 133 de la Biblioteca Nacional, capí-
tulo 233. Pueden verse los correspondientes del />Oíí/Ha en las págs. 1(33 y
182 del présenle volumen.
2 Que el Rey Sabio consultara las tradiciones locales de Cárdena, no
puede ponerse en duda, leidos los últimos capítulos quo al Cid se refieren: ni
podrá parecer tampoco inverosímil, cuando se repare en que acudió el Rey á
los monasterios para recoger materiales históricos, de lo cual puede tam-
bién ser comprobante la naYracion relativa a Fernán González, cuyo poema,
según demostramos, hubo de escribirse en Arlanza.
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF, DEL ARTE VULG. ERUD. 589
No tan populares los caudillos que suceden al debelador de Ya-
lencia, ni tan abundantes los materiales acopiados por la poesía y
la historia, encierra el Rey Sabio la relativa al siglo XII en redu-
cido número de capítulos, bien que deteniéndose al tratar de Al-
fonso YIII ante el sorprendente espectáculo que ofrece su prós-
pero y glorioso reinado. No menos feliz el de Fernando III, en
cuyas sienes se reúnen para siempre las coronas de León y Cas-
. tilla, merced á los generosos esfuerzos de la gran Berenguela,
conságrale el rey historiador hasta noventa y dos capítulos, llenos
de interés y no exentos de novedad, aun después de conocidos
los principales sucesos de aquel tiempo. Las interesantes anécdo-
tas del largo asedio de Sevilla, que, recordando algunos de los
más sabrosos apólogos del Conde Liicanor, vinculan en la histo-
ria patria los nombres de don Lorenzo Xuarez Gallinato, Garcipe-
rez de Yargas, Pero Ponce de León, Alfonso Tellez de Meneses,
Melendo y otros muchos ', comunican á esta final parle de la
Estoria de Espanna extraordinario movimiento dramático, ha-
llando digna corona en el fallecimiento de Fernando III, llorado
amargamente por todos sus vasallos:
«Quién (dice) podrá contar las marauiellas de los grandes llantos que
«por este noble et bienaiienturado rey don Ferrando fueron fechos por
»Seuilla, donde el su finamiento fué et el su cuerpo sancto yaz etpor todos
»los regnos de Castiella et de León? Et quién vido tanta duenna de alta
«guisa et tantas donzellas andar descabelladas et rasgadas et ronpidas de
))sus fazes et tornándolas en sangre et en la carne uiva? Quién uido laníos
wynfantes et tan ricos-ornes et tantos ynfancones et laníos caualleros et
womes nobles andando baladrando et dando boces, messando sus cabecas
))et rompiendo sus fruentes et faziendo en sí grandes quexas? Et las mara-
))uiel!as de los llantos que los ornes de la cibdad fazien non es ome que lo
)'pudiesse pensar. luenes fué por noche aquel doloroso dia, en queste sancto
\ Entre las curiosas anécdotas que encierra esta última parle de la Esto-
ria de Espanna, son de recordar la aventura de la cofia de Garci Porez, cele-
brada en los cantos populares (cap. 419); las proezas de los maestres de Al-
cántara, Calatrava, Avís y Uclés, á quienes mueve g-enerosa emulación (ca-
pítulos siguientes); la victoria de Gallinato y Arias González de Quexada en
el Axarafe (427); la de Diego López de Haro (437); la prueba de las armas
de Garci Pérez contra el infanzón aragonés, que pictendió usurparle timbre y
mote, y otros no menos importantes episodios, consagrados por la poesía.
;;90 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nrey, de que la esloria ha contado, doxú la uida dosle mundo el fucsse
xpara la perdurable, do regna aquel, cuyo seriiidur era» '.
Tal es la Estoria de Esjmnna escrita por Alfonso X: en ella se
acumulan y funden por vez primera en lengua castellana todos los
elementos históricos que hemos indicado, deteniéndonos á com-
probarlo con egcmplos, lomados en especial de la cuarta y última
parte, porque la singular manera de asimilación que respecto de
los mismos ofrecen, ha dado origen á las ya referidas controver-
sias. Quién ha sostenido en efecto que no terminó el Rey Sabio
tan renombrada obra: quién ha supuesto que la historia del Cid
fué ingerida en la de Espanna, muerto ya el monarca, y lomán-
dola de la Crónica vulgar del héroe castellano: quién ha negado
la autenticidad de estas narraciones, adelantándose hasta decla-
rarlas absolutamente apócrifas. Todo rcqueria larga meditación y
estudio para ser resuelto de un modo lan decisivo; pero á todo
contestan victoriosamente los hechos, comprobados ya por noso-
tros de una manera indubitable. Si pudiera abrigarse todavía
alguna duda sobre la legitimidad de la última parte, preguntaría-
mos, ¿cuál es el libro castellano, en que se hallan recogidos con
lan nativa pureza, con tan extraordinaria frescura, esos materiales
históricos elaborados por la poesía cristiana y por la tradición ya
escrita de los árabes?... ¿Quién pudo ser en la España del si-
glo XIII el autor ilustrado por excelencia, que anhelando consul-
tar al propio tiempo todas las fuentes de la historia nacional, no
temiera contaminarse, al poner en contribución los libros históricos
y la poesía musulmana?... Pues si se muestran en la Estoria de
Espnnna los materiales que respecto de la vida del Cid se derivan
del Poema, tan poco alterados como ya hemos advertido; si la
relación de la conquista de Valencia es una simple traducción de
otra arábiga; y finalmente, si consta por declaración del Rey Sa-
bio que, al empezar la Grande el Generql Estoria, tenia ya con-
cluida la de Espanna, ¿cómo se ha de traer á tela de juicio la
i Este final, que dista mucho del que hallamos en la edición de Ocampo,
eslá tomado de los códices F. 133 de la Biblioteca Nacional y j X. H de la
Escurialense, que encierra, aunque sin guardar el mismo orden de capítulos,
la anticua H.* Parto do la Estoria de Espantta.
11. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUD. 591
legitimidad de la última parte de la misma?... ¿Ni cómo ha de ser
posible anteponerle la Crónica particular del Cid, donde todos
esos elementos, más desfigurados, más fundidos digámoslo así,
apenas dan leves indicios de su origen?... ^ Al tratar de la Cró-
nica mencionada, explanaremos estas y expondremos otras obser-
vaciones que no dejan resquicio alguno á la duda: notaremos por
último en urden á la Estoria de Espanna, que si hay en esta
parte más rudeza de estilo que en las tres anteriores, si hay al-
guna desigualdad, no deberán por cierto parecemos peregrinas,
cuando reparemos en la fidelidad con que se ha procurado seguir
la narración del Poema, escrito un siglo antes, y en la exactitud
con que se atendió á trasladar al castellano la relación arábiga:
no olvidemos que el estilo y lenguaje de la vida de Fernán Gon-
zález, tomada de un poema compuesto pocos años antes que la
Estoria, se hermanan mucho más con el lenguaje y el estilo del
Rey Sabio 2.
Incansable este príncipe en la realización de sus grandes pro-
yectos, acometía algunos años después de terminada la de España
la historia universal; pensamiento que por lo nuevo en aquel siglo,
por lo trascendental y elevado debiera hoy causarnos verdadera
maravilla, si para quilatar la gloria que dio su ejecución al hijo
de Fernando III, no poseyéramos la misma historia. Acopiaba el
rey para llevarla á cabo, cuantos libros llegaron á su conoci-
miento, ya fueran debidos á la antigüedad, ya á los tiempos que
le preceden, ora á los pueblos cristianos, ora á los orientales, sin
olvidar las obras que más fama tenían en países extraños y acu-
diendo al par á las bibliotecas de las catedrales y los monasterios,
principales depósitos de toda riqueza literaria ^. Inmenso fué el
1 Hasla aquí hemos atendido á probar que la Estoria de Espanna fué ter-
minada por el Rey don Alfonso, y lo dejamos demostrado histórica y litera-
riamente con la declaración del mismo autor y con el examen de su obra: en
lug'ar oportuno desvaneceremos las erradas consecuencias y aplicaciones que
se han hecho á la historia literaria de la opinión que combatimos.
2 Véanse las observaciones que sobre este punto hicimos, al examinar el
Poema de Ferran González, y sobre todo las notas de la págs. 342, 3o5 y
360 del indicado cap. VII.
3 El entendido marqués de Mondéjar inserto en sus Memorias Históricas
592 HISTORIA CRITICA DE LA LITElt ATURA trSPAÍÍOLA.
cúmulo de historiadores, geógrafos, poetas, santos Padres, expo-
sitores, teólogos, canonistas, jurisconsultos y íliósofos,que reunió
con aquel intento, y cuya autoridad, alegada do continuo, prueba
de un modo irrecusable que hubieron de ser todos atentamente
consultados. No puede asegurarse ni aun suponerse sin peligro de
error, que lo fueran todos con igual criterio, como no lo habían
sido respecto de la Estoria de Espanna: ái'duas, insuperables
eran en el siglo XIII las diflcultades de la cronologia; plagada do
absurdos y desprovista de medios de esclarecimiento, hallábase la
geografía en el más completo caos; mal expuestos, contradichos ó
negados los hechos, carecía la narración de todo racional apoyo,
olvidado, más bien que perdido, el egemplo de los grandes histo-
riadores griegos y latinos. Empeño verdaderamente hercúleo era
pues el de Alfonso X, que, aspirando á levantar edificio tan sun-
tuoso, habia menester primero reducir á un centro común y dar-
les armonía los multiplicados materiales, cuya desemejanza y opo-
sición rechazaban todo amigable avenimiento. La empresa era en
verdad de aquellas, á que puede aplicarse el dístico de un cele-
brado poeta moderno:
del rey don Alonso, y dio razón de varios recibos otorgados por este principa
á favor de los monasterios y catedrales en que existían Mss. El primero, fe-
cliado a 20 de febrero de la Era 1 308 ( 1 270), dice: «Otorgo que tengo de vos,
»el prior y convenio de Sánela Maria de Nágera, prestados estos libros: las
)iAddii;.iünes de Donato, Eslacio de Tliébas, el Catálogo de los reijes Godos, el
»libro Juzgo de ellos, Boecio De Consolalione, un libro úc Justicia, Prudencio,
»Geórgicas de "Virgilio, Epístolas de Ovidio, la Historia de los Reyes, Isidoro
))el menor, Donato, el Barbarismo, el comento de Cicerón sobre el Sueño de
))S^ipion; el olorgándolos cnibiar tanto que los fagamos escreuir» (págs. 432
y 453). El segundo, menciona el libro de los Cánones, las Eiymologias de San
Isidoro, las Colaciones de Juan Cassiano y el Lucano (id., id., y Bibl. ¡N'ac,
cód. D. 41, fól. 47))- Atendida la fecha de estos documentos y constando
que la Esloria de Espanna estaba ya concluida al escribirse los primeros libros
de la Grande et General; fijándose el año 1200 como época, en que la pri-
mera se empieza, y denotándose por las palabras del rey feziemos, departi-
mos, etc., que median algunos años enlre la terminación de la primera y el
principiar de la segunda, no creemos fuera de razón el suponer que acabada
\3. Esloria de Espanna ó Crónica General de 1260 á 1208, se comenzábala
universal en 1270 ú 1271, invertidos los años intermedios en acopiar los ma-
teriales.
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUD. 393
Dirán: al cielo se atrevió el aliismo:
El atreverse sólo es lieroismo '.
En medio de los obstáculos que el estado de las ciencias y de
las letras, la inexperiencia de la historia y su propia credulidad
le suscitaban, no perdia sin embargo el Rey Sabio de vista que
era católico; y buscó en las Sagradas Escrituras el principio de
unidad fija, inmutable, eterna, que debia servir de norte á todas
sus tareas. Proponíase narrar «las grandes cosas que acaescieron
)jpor el mundo desde que fué comengado fastal su tienpo», con-
tando según lo hicieron los «ornes sabios los fechos de Dios et de
))los prophetas et de los sanctos, et otrosy de los reyes et de los
«altos ornes, et de las cauallerias et de los pueblos»: la historia
1 Rcinoso, Inocencia perdida, oct. VII. La extensión é importancia de los
estudios que hizo el Rey Sabio para dar cima á la historia universal, sólo
pueden debidamenle apreciarse al considerar el prodigioso número de autores
que consulta. Sin pretender formar un catálogo (que fuera lo más acertado,
á no abultar por exceso), pondremos aquí algunos nombres de escritores
griegos, latinos, hebreos y árabes, que contribuirán sin duda á esclarecer este
punto. Entre los griegos se cuentan: Hesiodo, Macón ó Machaon, Agatheo,
Acusilao, Ephoro, Eusebio, Josepho, Procopio, Mancthon, Belenico, Theo-
docion, Methodio, Papias, Orígenes, Nicholao de Damasco, Hierónimo de
Egipto, Constantino, Manassés ó Manasseas, etc.: entre los latinos: M.
Varron, M. Tullo, Virgilio, Plinio, Livio, Mela, Ovidio, Cornelio Nepote,
Orosio, Lucano, Trogo Pompeyo, Justino, Justiniano, San Gerónimo, Do-
nato, San Agustín, Simaco, Prisciano, San Isidoro, Beda, Pedro de Riga,
Maestre Gualtero, Pedro Lombardo, Strabon (Walafrido), Rábano Mauro,
Godofre de Viterbo, don Lúeas de Tuy, don Rodrigo de Rada, etc. Entre los
hebreos y árabes, demás de los sagrados libros, la Misnáh, la Cabala y el
Talmud, Miniamí, Beroso, Abu Obaid-al-Kortobí, Abí Ali-ben-Alzeiat, Aben-
Abec y otros muchos, cuyos nombres pasa en silencio. Digno es de tenerse
presente que el rey don Alfonso cita con mucha frecuencia, diciendo: ((Cuen-
tan las ostorias arábigas; como fablan los hebraicos; departen los Setenta; di-
cen los Padres et los exponedores», etc., todo lo cual supone inmensa lec-
tura. Ni es para olvidarse la observación que ciertos nombres nos ministran:
los libros de Godofre de Viterbo ó Witemberga, titulados Pantheon y Ge-
nealogia Reguin et Iinperatorum, que fueron escritos en los últimos años del
siglo XII, así como los de otros escritores que florecen ya entrado el XIII,
son, lo mismo que los de la antigüedad, muy familiares al rey de Castilla:
esto confirma cuanto llevamos dicho respecto del noble anhelo de ciencia que
le distingue, y corona el cuadro de sus merecidas alabanzas.
TOMO lll. 58
r,!)^ Hlí^TORIA CRlTir.A DE LA LlTEnAinRA ESPAÑOLA.
(le la liumanitlad entera, diciendo «la ucrdat de todas las cosas,
«para que lomassen los ornes ensenplo», era por tanto el objeto
de sus vigilias, que reconociendo al Génesis por base y cimiento,
se encaminaban constantemente á derivar de. este común princi-
pio el origen de todas las naciones. Aparecía en la grande obra
del rey de Castilla cual la primera ley histórica, la unidad de la
iTLza humana; y estableciéndose como consecuencia inevitable la
coexistencia armónica y el progresivo y mutuo desari'ollo de to-
das las generaciones que tenian en los hijos de Noé reconocidas
cabezas, salvábase en las famosas columnas ó pilares de Jubal,
lio la memoria, sino la ciencia del hombre, trasmitiéndose en esta
l'orma á todos los pueblos la idea de la revelación, oscurecida
por último en diversas regiones por las nieblas de la idolatría. La
ignorante gratitud de los hombres dá nacimiento á las falsas
creencias sobre que aquella se funda, siendo distintas sus ma-
nifestaciones en los adoradores de la tierra, del aire, del agua,
del fuego, de los astros y de los animales; adoradores que mul-
tiplicándose en las más apartadas comarcas, llegan á perder la
noción del verdadero Dios, conservada únicamente por el pueblo
elegido, dimanando de aquí la adoración personal, fuente inme-
diata de la idolatría mitológica. En tal manera quedaba funda-
mentalmente unida á la historia de los israelitas, consignada en
la Biblia, la historia de las demás naciones; y explicadas sus
creencias, definidos sus ritos, bosquejadas sus costumbres, seña-
lábase el nacimiento de las artes, las letras y las ciencias, que
desarrollándose sucesivamente en el seno de los grandes impe-
rios, levantados por la soberbia y la ambición, caminaban con
ellos á su apogeo, se precipitaban, como ellos, en lastimosa deca-
dencia, y se transferían de una en otra nación, con el poderlo y
dominio de las gentes. Tan grande, tan luminoso es el pensa-
miento que brilla en la Grande et General Estoria de Alfonso X,
quien sobreponiéndose á la ciencia de su siglo, parecía, no pre-
sentir, sino adivinar lo que en los tiempos modernos habla de re-
cibir el nombre de historia filosófica; siendo en verdad harto do-
loroso que duerma aun, desconocido de los sabios, en el polvo
de las bibliotecas este grandioso monumento.
Y decimos desconocido, porque únicamente ha sido menciona-
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRA5F. DEL ARTE VULG. ERUD. 593
da, bien que sin el debido examen, la primera parte de las cinco
que se conservan, no sospechándose la existencia de las otras
cuatro, ó dándose del todo por perdidas *. Con fortuna de las le-
tras españolas y para gloria del Rey Sabio, custodiase casi toda
la obra en la Biblioteca Escurialense, no atreviéndonos á sentar
que se halle completa, cuando vemos prevenir al mismo autor que
abrazaba hasta su tiempo, y sólo alcanza la última parte, que po-
seemos, á la propagación del cristianismo. De cualquier modo,
basta lo conservado para que sea la Grande et General Estoria
considerada como uno de los más generosos esfuerzos* hechos por
el soberano de Castilla, en bien de la civilización española. Apo-
yado este en el Pentateuco, y auxiliado por la doctrina de los
Padres y Expositores, echa en el primer volumen, compartido en
treinta libros, los fundamentos á la exposición en la forma ya
mencionada; y engastando á los sucesos narrados por Moisés los
vinculados en la fábula, que adquieren bajo su pluma no escasa
importancia histórica, comienza ya desde el capítulo VI del li-
bro II á tejer los anales de todos los pueblos, estableciendo una
{ El primero de nuestros bibliógrafos que dio noticia de la Gra:ide et
General Estaría fué don Nicolás Antonio; pero sólo conoció la primera par-
te, que poseía el erudito don Juan Lúeas Cortés, expresándose respecto de las
demá-s en esta forma: «Quod autem deest haius magnae historiae, tomis alus
duobus aut pluribus latet adhuc„aut esca vermibus tineisve factura ianí fuit,
magno eorum dolore dispendioque, quolquot antiquitatis amore flagrant,
veteraquc clarissimorum hominum huiusniodi monumento toto ore exoscu-
Mlantur» {B'M. Vet., lib. VIH, cap. V). Así lo han temido, entre otros es-
critores, el diligente Sarmiento, quien Jiabiendo visto el tomo primero que con-
tiene todo el Génesis, dijo con error que constaba de diez libros. — De Sar-
miento y don Nicolás Antonio ha pasado la noticia á otros literatos, llegan-
do por último á suponerse que toda la obra consta de treinta libros y de
treinta á cuarenta capítulos (Clarus, Exposición de la liter. esp., tomo I). Afor-
tunadamente estos treinta libros y todos los que encierran las cuatro partes
siguientes se conservan en la Biblioteca del Escorial, según dijo en i 781
Rodríguez de Castro {Bibl. Rabín., pág. 4H y sigs.), señalados con las mar-
cas J. Y. 4, 6, 7, 8. y 9.— ,j. Z 11 — , iij J. 12.—, j x 1 y 2—, iij Y 13 y
ij Y 22. La breve exposición que en el texto hacemos, dará razón del pre-
cio de estos Mss., que como todos los del Rey Sabio, son de la mayor im-
portancia. La Biblioteca Nacional posee también la primera parte, en un her-
mosísimo códice coetáneo del Rey Sabio, marcado F. 1.
r,06 linTOUIA CRlTIf.A DE LA LITF.H ATURA ESPAÑOLA.
?ola cronologia ' . lícrmauíulos así con los patriarcas de Israel los
scmiilioscs y los héroes de los gentiles, viénese á. tiempos de ma-
yor claridad, donde abundando los testimonios, es ya míis fi'icil
el seguir tan áspero y no trillado sendero,. No otra cosa sucede
en la segunda parle, que reconoce por tronco, al cual se asocian
y rodean los más notables sucesos de la historia profana, los li-
bros de Josué, de los Jueces, de Ruth, y los dos primeros de los
Reyes. Con los Ires siguientes principia la tercera parle, no sin
que se unan á su narración la más general de los hechos, loma-
dos ya de la historia del A.sia, ya de los pueblos helénicos, cuya
antigüedad dejaba reconocida don Alfonso desde el primer volu-
men. Concertando el asedio y destrucción de Troya con el go-
bierno de los reyes; estableciendo que «los fechos de Ulixes el de
«Diomcdes en el tiempo del rey Dauid fueron», ingiérense los li-
bros del Paralipomcnon, Esdras, Judilh, Eslher y Job, y se tra-
ducen sentido á sentido los salmos, el Cantar de los Cantares, los
Proverbios, el libro de la Sahiduria y el Eclesiastés, comprendién-
dose igualmente hasta los profetas menores.
«Fasla aqúi (escribía el rey de Castilla en el prólogo de la cuaría parle)
))aiieinüs leuadas las estorias de las quatro hedades del mundo por annos,
ixloparlidas assi como acaescicron los lechos de cada una en sus lienpos:
«primeramenle, por los padres de los patriarcas; en pos aquellos, por los
xannos de la scruidumbre que auemos departido assaz en su logar quantos
Mfueron aquellos que lo>; fijos d'Isrrael yoguieron en Egipto: en el tercero
xlogar después de la seruidumlire por Moysen et por losué, que fueron
xcahdiellos de Isrrael, et en pos estos por los jueses de Isrrael: en el quarlo
))por los rreycs de Isrrael el de Judea; et entro en pos ella la quinta. El
xdaqui adelante yran hordenadas las eslorias desta quinta hedat por los
xannos de la trasmigración de Babilonia en quanto ella duró... El de los
)»annos de la trasmigración fasta el nascimienlo de Ihesu Xrispto uá la
«cuenta de todas las estorias por los annos de los gentiles que asennorea-
xron la tierra: primeramente por los annos de los reyes de Persia; en el
Dscgundo logar por los del regno de Macedonia, por razón del rey Alc-
xxandrc, el Grande; et en el tercero por los de los Tholomeos de Alexan-
"dría, la de Egipto; en el quarto logar por los annos de los emperadores
i Fcnix, Europa, Cadmo (á quien se llamó también en la edad media Ca-
dino y Cadimo) son los prmieros personajes profanos, cuyos nombres Icomo
en la Grande et General Esloria.
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUI). 597
))de Roma que fueron lullio Qéssar et Oetauiano Céssar Augusto, su so-
»brino... El de los xLij annos del su regnado adelante en que nasció Ihcsu
))Xripsto, van los cuentos de las estorias de los fechos del mundo por aque-
))lla era de Qéssar», etc.
Cambiábase pues, al comenzar la cuarta pai^te de la Grande et
General Estoria el principio, á que se habia ajustado en las tres
anteriores la cronología, abarcando desde la transmigración de
Babilonia hasta la muerte de Antioco, el Grande, cayos extraor-
dinarios triunfos llaman al Asia las águilas romanas, abriéndoles
el imperio de aquellas regiones. No olvidaba el Rey Sabio, al
proseguir su obra, ya en la quinta parte, los interesantes libros
de los Macabeos, eslabón que ata la historia del pueblo de Dios
con la del romano, cuyo apogeo y colosal grandeza excitan so-
bremanera su admiración, llevándole á narrar el nacimiento del
Salvador, al proclamarse bajo las enseñas de Augusto la paz
del Universo. La vida de Jesús, expuesta conforme á los Evange-
lios, el efecto de su predicación y de su muerte, el triunfo prodi-
gioso de su doctrina difundida por los apóstoles, y finalmente las
epístolas de San Pablo, Santiago y las demás canónicas cierran
esta quinta parte de la Grande et General Estoria, última según
hemos observado de las trasmitidas á nuestros dias ' .
Por este sumario, que ha reducido á tan breves términos el
deseo de no ser difusos, puede fácilmente comprenderse la índole
y naturaleza de la historia universal, escrita por el soberano de
Castilla, y sin duda la primera que se intenta y realiza en los
idiomas vulgares. Á. diferencia de la de Espanna, que recibe su
t No creemos aventurarnos al asegurar, conocida la extensión que dio
don Alfonso á las cinco partes existentes, que la Grande et General Estoria
comprendía otras dos más, componiendo todas el número de siete. Las pala-
bras son terminantes y dan ya toda la historia por acabada: «Mandé (dice en
»el prólogo de la I.^ Parle) y poner todos los fechos señalados, también de
»las estorias de la Biblia como de las otras grandes cosas que acacscieron
»por el mundo desde que fue coraencado fastal nuestro tiempo». Contándose
en el espacio que media entre la predicación de San Pablo y Santiago y el
reinado de don Alfonso doce largos siglos, no parecerá despropositado el te-
ner por cierto que llenó con los sucesos, en dicho espacio acaecidos, las dos
parles indica. las.
598 HisroiiiA ciihiCA de la liteuatuka española.
mayor precio de las tradiciones abrigadas por lf> muchedumbre,
se funda exclusivamente en la autoridad de los doctos, consig-
nada por las letras, y se dirige principalmente á los eruditos, to-
mando alguna vez el título de historia escolástica ^, que determi-
naba el privilegiado círculo de lectores, cuya ilustración tenia por
objeto. Descansando en el principio católico, ya antes reconocido,
giraba digámoslo así alrededor del Viejo y Nuevo Testamento,
concertándolos con las historias profanas y ampliando á menudo
los mismos acaecimientos narrados por uno y otro, ó diversificán-
dolos con el testimonio de los historiógrafos, de los expositores y
de los Padres. Ya lo dejamos insinuado: tan nueva, tan difícil
tarea no siempre aparece coronada por el éxito; mas cuando ve-
mos consultados al par los más antiguos historiadores de Grecia
y Roma y los más respetables agiógrafos; cuando al lado de un
escritor hebreo hallamos á un narrador ó geógrafo árabe; cuando
así las venerables vigilias de los expositores que florecen en los
primeros siglos de la Iglesia como las plausibles de los que viven
en la edad media, son igualmente puestas en contribución para
ilustrar la verdad; y finalmente, cuando poetas, gramáticos, mo-
ralistas y filósofos se muestran en racional maridaje, obedeciendo
todos el pensamiento unitario que domina en la Grande et Gene-
ral Estoria, no podemos ocultar la admiración y el respeto que
nos inspiran la erudición y el talento del hombre, para quien la
magnitud de la empresa y la dificultad de darle cima eran seguro
estímulo y prenda del posible acierto -.
\ En el cúd. iij. Z. 13. de la Bibl. Escur. se lee: «Aqui comicnoa la se-
«gunda parle de la General Esloria escolástica que mandó fazer», etc.
2 Esta predilección ú los estudios históricos ha sido causa de que se atri-
buyan á Alfonso X de Castilla el hecho y las palabras que el Panormita re-
feria dos siglos después, contando los Dichos y Hechos de Alfonso V de Ara-
gón, rey de Ñapóles. El erudito Vargas l'once decia en el Elogio de aquel
soberano, premiado por la Real Academia Española en 1782, que «estando
«gravemente enfermo — , la amena lección de Quinto Curcio le recobró la salud,
))lo que le obligó ú decir con el dialecto del historiador, á quien tanto csti-
«niaba: Valeant Avicenna, ilypocratcs, medici caeteri; vivat Curtius, sospi-
))tator nieus» (pág. 09). El l'anurmila declara que cuando esto sucedió al rey
de Nápolcs, Icia él en su presencia la vida de Alejandro: el error de Vargas
II. "^ PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL AUIE VULG. ERUD. 599
En medio del noble afán que llama su aleucion sobre lodos los
pueblos y todas las literaturas, manifestando no vulgares conoci-
mientos en las lenguas latina, griega, árabe y hebrea ^, es de
notar el singularísimo empeño que pone don Alfonso en traer á
la castellana y hacer propiamente españoles todos aquellos teso-
ros, dando no obstante la preferencia á los que se hallaban reves-
tidos con las formas que desde la juventud le eran familiares. No
de otra arte pudiera explicarse el que salpiquen y maticen la
Grande et General Estoria frecuentes máximas, sentencias y
Ponce proviene de que Alfonso V de Arag-on fué saludado, como el X de Cas-
tilla, con el título de Sabio, segiln ya advertimos (pág-. 563).
1 Con frecuencia leemos en la Grande et General Esloria, donde declara
el Rey Sabio que «el saber latino provino de Grecia, asi como el arroyo de la
»fuente)) (IIII.^ Parle, lib. Vil, cap. 34), estas ó análogas palabras: wFalla-
wmos también en los griegos, como en los arábigos, como en los hebraicos,
«et los latinos», etc., lo cual no permite dudar de que don Alfonso consul-
taba los textos originales; pero si pudiera abrigarse alguna duda, quedarla
desvanecida cuando se fijase la vista en el estudio que hace el rey al explicar
la etimología y significación de los nombres científicos, propios y geográ-
ficos, si bien no siempre sea dable aceptar sus explicaciones. «Este nombre
»de música (dice) que es compuesto destas dos palabras griegas moiis et sicox,
«tanto quiere mostrar como arte de son, fallada por agua et por uieiito» (li-
bro Vil, cap. 38). «Este nombre de Alhenas compusieron los sabios de A que
«diz el griego por sin et thanaos por mortal» (id., cap. 42). uBethleem quiere
decir tanto como casa de pann [en el lenguaje hebraico] (cap. 31). ((Bel tanto
«quiere dezir como Dios vieio; Belial tanto quiere dezir como sin yugo, fascas
«sin premia ó sin Dios; Baal tanto quiere dezir como ydolo de uanidad» (li-
bro III, cap. 17). «Llama el ebráico cherubin á una animalia de aues que
«uuelan et de tal figura quel' non uiera aun ome que en el mundo fuesse»
(lib. XV, cap. 43). ((Propiciatorio uiene desta palabra prop¿dar¿, que dizen en
«latín por empiadar ó por auer merced, que es lo mismo» (lib. XV, cap. 42).
((Oráculo es palabra de latín, et quiere dezir en el leiiguaie de Castíella tanto
«como oraderon (id., id.). «El lalin llama galea, á lo que podemos dezir
nyelmon. aTunica en el \a.ún, es tnachir en el ebráico» (lib. XV, cap 73).
((Álgarbe tanto quiere dezir como postrimera parte de Occidente». «Los ará-
Muigos ^orAaron dizen ellos Aliaron, et por Caliaz Quihacn (lib. XIII, cap. 6).
«Dizen en aráuigo por Coré Carón, por Isuar Icliar, por María Mariam», etc.,
(id., id.). No creemos que sea necesario acumular más comprobantes, aunque
sin tenerlos á la vista, afirman algunos críticos modernos en orden á la lengua
árabe, que si don Alfonso hubiese ido al Kairo ó á líagdád, hubiera pasado
por musulmán ilustrado.
(¡00 HISTORIA CRlnCA DE LA LITEUATUIIA ESPASoLA.
observaciones morales, infundióndole en su totalidad cierto carác-
ter didáctico: ni se comprondoria tampoco de otra suerte cómo
llega A penetrar en la narración el apólogo, apenas iniciado en la
vulgar literatura, bien (jue pugnando ya por establecer la tradi-
ción de la manera que adelante notaremos. Y penetra en la histo-
ria universal del Rey Sabio el apólogo de los orientales, no por
cualquier sendero, sino pasando á ella directamente de los libros
indianos, cuyo estudio dejamos hecho en los capítulos anteriores.
Describiendo la ciudad do Atenas y procurando hacer otro tanto
con sus famosos gimnasios literarios, ponderal)a don Alfonso las
excelencias de la sabiduría, comprobando su doctrina con el si-
guiente egemplo, que es uno de los primeros que exornan el pró-
logo del libro por el mismo rey mencionado:
«Fallamos (dico) un onxiomplo deslo pn un libro que fué fecho en India
»et S nombre Calila el Dimna. El dix que un rey de Persia que falló en sus
"libros que auie montes en India, en que nascien yeruas que qui las co-
))giesse et las maiasse et sacasse el cumo dellas et unlasse los muertos con
))él que uiuirien. Et quando el rey esto oyó, plog-ol' mucho, cuydando
))que assi era de llano en llano, como los libros dizien. Et llamo y un phi-
))losopho que dizien Barzcuay, et maudól' que fuesse á India et que pro-
»uasse aquello et diol' grande au«r et cartas pora los reyes daquellas tier-
Mras quel dcxassen andar por sus regnos et coger las yeruas que ouiessc
wmester. Et fué el sabio et dio las cartas á los reyes, et á ellos plógoles
))Con ellas, el mandáronle guiar el guardar de todo estoruo por todas sus
"tierras. Et él fué et subió en los montes el cogió las yeruas asi como man-
))dauan los sabios en aquel libro, et adúxolas al rey daquella tierra, et sacó
wdellas el cumo el pusol' sobre los muertos antel rey, et non resuscitó nin-
))guno. Cuando él esto uió, touo que eran minlrosos los escriplos, et qui-
))Sose tornar assi, sin todo recabdo. Essora los Reyes daquellas tierras de-
))mandáronle por qué s' yua et si fallara recabdo de lo que demandara, ó
))por qui» se yua assi. Et él contóles lodo aquello que fieiera, por lo que auie
»pasado. Et el rey daquellos que era mas sabio que los otros, disol' que lo
))lenie por marauiella del Rey de Persia que tan sabio uaron era, cómol
«enuiara assi sobre aquella razón; et leníe quel auie y enuiado como por
Mcscarnio dellos el porque él non enlendie los libros. El á esto repujo Ber-
))Zeuay el dixo que ol rey de Persia non íiziera esto por escarnio dellos,
»mas porque cuydaua que era uerdat lo que en los libros fallara escripto.
))Entonces le repuso el rey: — Eli entendimiento de los libros tal deuc secr
))Como le yo agora deparliré: por los montes déuensc entender los sabios,
Dca assi como los montes son mas altos que lodos los oíros logares, assi
nson los sabios sobre lodos los otros omes en ol entender. E( por lo que
11." PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. EUUD. ^0*
»dize de India, entiéndese que al tiempo en que somos que en esla tierra
Mse busca el saber de las naturas mas que en olra. Lo ál que dize que
))Coian las yemas et que las maien et saquen ende et cumo, esto se deue
))entender que eoian el ayunten las palabras et los entendimientos de los
«libros de los sabios et que las maien en sus coraeones, estudiando por
)>ellos et mostrando lo que quieren dezir. Et aquell entendimiento que de-
))llos sale, es el cumo con que untan á los que non saben que son tales
wcomo muertos, et salen daquella neseiedat en que están, et son entonces
))tales como que resuscitassen de nmert' auida. Et desta guisa prcoiauan
))los antigos el saber: que al qui lo sanie, llamáuanle biuo el all otro
wmuerto)) '.
Esta inclinación á los libros orientales, excitada al par en Al-
fonso con el estudio de las Sagradas Escrituras y con el egemplo
ya inofensivo de los árabes, llevábale á menudo á dar excesivo
crédito á los historiadores de estos, introduciendo en la Grande
et General Eston'a creado número de peregrinas leyendas, donde
no solamente predomina lo maravilloso, característico de la lite-
ratura musulmana, sino que forman lo sobrenatural y lo fantás-
tico la base principal de la narración histórica. Especial es por
cierto el colorido que recibe esta de semejantes relaciones, y tanto
más notable cuanto que alternando con las lomadas de la Biblia
y con las deducidas de los poetas clásicos, producen extraordina-
rio y no esperado contraste. Varias son las historias que pudieran
citarse en comprobación de estas observaciones: merecen sin em-
bai^go ser mencionadas la de Zula y me ij Joseph; la de la sq^bia
Boluca, cuyos palacios encantados eran maravilla de Egipto; la do.
la infanta Terinut, modelo de piedad y de prudencia; y las no me-
nos sabrosas y sorprendentes de la reina Munene y de Tacrisa ^.
No seria posible á los lectores juzgar con entero conocimionto de
causa sin algún egemplo de estas singulares narraciones; y como
conocen ya el Poema de Yusuf, derivado á nuestra vulgar lilera-
\ I.* Parte, lib. VIÍ, cap. 41.— Debemos notar que la versión de este
apólogo es distinta de la que ofrece el cód. iij. h. 9. de la Biblioteca del Es-
corial, citado en el capítulo precedente, por más que el asunto sea el mismo,
que sirve en dicho Ms. de introducción al libro de Calila et Dimna.
2 Caps. 26 y siguientes del lib. XXIII; H y siguientes del lib. XIII, y
6, etc., del XIX de la 1.=» Parte.
G02 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
tura por medio de la tradición mahometana, parécenos acertado
cl preferir la historia de Joseph, en lo que, aviniéndose con el in-
dicado poema, se aparta de la exposición bíblica. Acusada Zu-
layine (que es la Zuleika del Koran) de fácil y liviana por las
mujeres del palacio de Faraón, convidalas á un opulento ban-
quete, segura de vencer su murmuración con la presencia sola de
su siervo:
«Quando las duennas aiiien á ucnir (escribe el rey) ásenlos' ella en un
«palacio en que auie olro de denlro et eran amos pintados cl labrados con
«mucho oro. El fizo lender por ellos pannos de seda de color jalde el do-
wlros colores muchos, el labrados con oro duna lauor que dizen en aráui-
ngo dibeth... Et colgó aderredor acilaras daquel panno. Et mando uenir
Munas mugieres que affeylauan las nouias el mandóles que affeylassen á
))Josep quanlo meior sopiessen el pudiesson el quel sacassen desta guisa
waffeylado al palacio ó eslauan las duennas quella conuidara de casa del
))rey. El este palacio auíc la pucrla ó nasce cl sol; et enlraua eslonees cl
))Sol por lodo él. El aquellas mugieres que affeylauan á Josep, piKsiéronle
))una redeciella sobre los cabellos labrada con aljófar el con piedras pre-
))CÍosas, el uistiéronle pannos de seda jalde labrados con oro et con plata,
»á sennales de ruedas uermeias por sus logares otrosí con oro: et dentro
»daquellas ruedas auíe unas figuras de aueziellas pequennas de color
»uerde; et el panno era forrado el enueslido de cendal doblado de color
))uerde; el las bocas de las mangas labradas con piedras preciosas de mu-
))chos colores. El uistiéronle sobre aquel panno una camisa uermeia dcl-
Mgada; el pusiéronle sobre lodo en la cabera una corona doro, labrada
HOtrossí con piedras preciosas muy nobles. Et fiziéronlo de guisa que pa-
wresciessen los cabellos só la corona, et lomáronle una pieca dcllos delant
wquel colgassen sobre los pechos el fiziéronle del los trencas como de redc-
))ziellas. El sobreslo alcohoráronle los oios el pusiéronle en la mano un
))ysopo doro con sedas uerdes, |conque echasse agua rosada á las ducn-
wnas, conio si fuesse obispo ó arzobispo ó donzella de linaie de reyes ó de
»muy ^alla sangro.
»El quando las duennas ouieron comido los otros comeres, aduxioronlcs
«delante cidrias el otras fructas de muchas naturas, segund tierra de Ma-
))nip el sennos cucbiellos con mangos de piedras preciosas, conque las
Maparassen. El dixolcs aquella ora dona Zulaymc: — Duennas, taiad dessa
))frucla et comed. — El fizo luego adozir uinos de nuiclias naturas por fa-
Mzerles más plazeres el alegrarlas más; et mandóles parar muchos uasos
))delanlc con ello, que beuiesse cada una de qual se pagasse el quanlo qui-
Msicsse. El pues que comieron de la fructa el beuieron del uino, dixolcs:
)) — Fiziéronmc entender que tratauadcs en cl nuestro palacio, las duennas,
))cn cl mió fecho con cl mío sicruo. Respusicronlc ellas:— Pero dcparlicn-
II.* PAUTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 603
))do nos sobrestá razón, dixiemos que uos erades de grand guisa et que
wnon fariedes tal cosa, ca tan onrrada sodes uos que tenemos que non tor-
»naríedes cabeza aun por fijos de reyes, pues quanlo menos por uuestro
wsieruo. Essora les respuso ella: — Non uos dixieron verdad: que lo yo
))quis fazer; pero aunque assi fuesse, como lo uos oyesles, non era cosa
))muy desguisada, ca ome es pora tal fecho.
«Estonces enuió dezir á las quel' compusieran quel aduxiessen ante ella
yetante las otras duennas á aquel palacio, ó estauan. Et quando uino á
»aqucl logar ó su Sennora seye con las duennas, dio por él el rayo del sol
))quel entraña por la puerta, como lo auie mandado guisar donna Zulayme,
))et resplandesció todol palacio et la fae de Josep et quanlo él uislíe. Et
»Josep fué uiniendo su passo con. su ysopo en la mano, assi comol' cas-
)) ligaran, fasta que llegó á su sennora, et se paró ante ella. El pararon
Mmientes en él todas las duennas. Essora comenzó á tablar con ellas dona
»Zulayme; mas ellas lanío estauan pensando en la beldat de Josep que
wnon parauan mientes en lo que les ella dizíe; et díxolesr — Duennas, ¿qué
»auedes que non parades mientes en lo que uos digo yo, catando á mió
Msieruo?... El respondiéronle ellas: — Dios le libre de seer sieruo, ca este
»non es sieruo, mas semeia rey noble. — Et catando á él, non fincó y nin-
»guna que non fues mouida en su coracon, et non cobdiciasse uaron» '.
Pensamientos, imágenes, giros, locuciones, y hasta la dicción
misma, darían razón cumplida del origen inmediato de esta pere-
grina historia, si el rey de Castilla no lo hubiese declarado, lo
cual sucede también con las demás leyendas mencionadas. A
ellas se contra'ponen con notabilísimo efecto los mitos de la teogo-
nia gentílica, que, según arriba insinuamos, tienen en la estima-
ción de don Alfonso un valor meramente histórico, si bien equi-
parando á la Biblia los libros, en que se hallan consignados. «El
«Ovidio mayor (dice) non es ál entre ellos [griegos y roma-
wnos] sinon la theología, et la Biblia dellos entre los gentiles» ^.
Mas emprendida por Alfonso la difícil tarea de dar á conocer,
aunque en el sentido ya indicado, la mitología, no se hubo de
contentar con la exposición de los 3Iet/iamori)hoseos, y acopió y
i I.^ Parte, lib. VIII, cap. VH. — La historia de Joseph, así referida, la
tomó don Alfonso del uQuiteb almazahelit vhalmelic, libro de los caminos et
»de los reg-nos», debido a Abú Obayd Al-Becri Al-Eumbí ^1 de Huelva), «rey
))de Niebla et de Salces». Cítalo al propósito diferentes veces, así como en
otros muchos pasajes.
2 I." Parte, lib. VI, cap. XXVí.
en i HISTOKIA CRITICA DE LA LITEHATL'RA ESI'A^OLA.
consullú diferentes obras, lioy de todo punto desconocidas V las
cuales bastan para desvanecer la vulgar preocupación de los (pie
asiiMitan que fué la antigüedad clásica ignorada de todo punto en
la edad media. Observemos aquí, para gloria de nuestra litera-
tura patria, que el nieto de doña Berenguela componía la Grande
cf General Estoria casi un siglo antes de florecer en Italia el ce-
lebrado autor de la Genealogía de los Dioses ^.
Cuan vario y distinto sea el objeto y carácter de las dos gran-
des obras bistóricas del soberano de Castilla, no hay para qué
demostrarlo, cuando el examen que de entrambas hemos hecho
lo persuade, probando al par el error de los que, sin más funda-
mento que su propia incuria, han llegado á confundirlas. Pero si
en la materia son tan diferentes, una y otra aspiran al mismo fin
de la enseñanza, y una y otra son hijas del hidalgo anhelo de la-
brar la felicidad de la patria; anhelo que impulsaba á don Alfonso
en tantas y tan meritorias empresas. La semejanza es sin em-
bargo completa respecto de los medios del arte: siguiendo el
egemplo de los cronistas latinos, que habían conservado, aunque
imperfectamente, la tradición de las formas históricas consagradas
por la antigüedad, adoptábase en ambas principalmente la dra-
mática, poniendo en boca de los personajes, cuyos hechos se re-
fieren, frecuentes discursos, arengas y diálogos. Tan cercana á
i Enlrc otras obras, cuyos títulos apunta el Rey Sabio, relativas á la
antigüedad, citaremos el Libro de lasEstorias et de ¡as fabliellas y el Cúmpoto
de los tiempos, producciones que son hoy de todo punto ignoradas. Déla pri-
mera nos dice el rey sin embargo que presentaba en lucha constante los he-
chos históricos y los fabulosos: do la segunda sabemos que estaba csciita cu
versos latinos y que trataba principalmente de las primeras edades dol
mundo .
2 .Antes de conocer la Grande et General Esloria dol Roy de Caslüla nos
parccian mayores y más dignos de alal)anza los esfuerzos que hizo Bocaccio
en su Genealogía Deorum y en su libro De Montibns, sijlvis, etc., para resta-
blecer el conocimiento de la mitologia gentílica: considerando cuántas no-
cionis atesora don Alfonso en este punto; siendo claro que se halla más dis-
tante de los gérmMjes de clasicismo, que fermentan en Italia, y que vive
mucho antes, si no decae en nuestra estimación el autor de // Decamerone,
como erudito, pierde al menos el mérito de la prioridad, que es mayor en el
Roy Sabio, por haber escrito en su lengua patria.
II.'' PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. C05
la epopeya heroica, como hemos observado, al reconocer las fuen-
tes de la de Espanna, no podía la historia desprenderse de su in-
iluencia; y contribuyendo esta á darle cierto movimiento que ro-
bustecía la indicada tradición, comunicáb'ale también las formas
expositivas, con las cuales parecía tomar cierta popularidad,
ajena en parte á su índole ya erudita. El historiador supone que
dirige la palabra á un número determinado de oyentes, como lo
habían hecho y lo verificaban aun los cantores de las ;;ro5as he-
roicas y caballerescas; y en tal concepto emplea muy á menudo
las siguientes fórmulas: aSabed quantos esta estoria oydes: —
«Agora sabed, los que esta estoria auedes oyda: — Oyestes ya de
«suso: — Maguer que oyestes: — Como agora veredes: — Dezir uos
))hemos: — Agora uos diremos: — Como auedes uos oydo», etc. Y
sin embargo la historia se destinaba á la lectura, dirigiéndose
sobre todo la Grande et General, no sólo á los que pasaban por
entendidos, sino también á los que llevaban título de escolásticos.
Dedúcese de todo lo expuesto, que sin divorciarse de lo exis-
tente, sin rechazar los medios adoptados por el arte, antes bien
atendiendo á infundir á este nueva vida en más anchurosa órbita,
dio el rey de Castilla inusitado impulso á los estudios históricos,
mereciendo, no que se le apellide el primer cronista castellano,
sino que se le intitule el primer historiador vulgar, cuyo nombre
guardan con gloria los anales de la literatura patria. Su egemplo
en el cultivo de la historia de España hubo menester de un siglo
entero para encontrar dignos imitadores: la historia universal no
los tuvo en la Península durante la edad media, ni los ha produ-
cido tampoco, tan dignos como fuera de desear, en los tiempos
modernos '. Así, tomando unas veces la iniciativa, y siendo otras
i El aplauso con que fué recibida la Estoria de Espnnna por los doclos,
movió sin duda al obispo de Burgos don Gonzalo García Gudiel, que en 1 270
fué elevado á la metrópoli de Toledo, a ponerla en leng-ua latina, según dijo
ya el diligentísimo Zurita (.4«a/., lib. II, caps. 2 y 3 del tomo I). Hecha
osla traducción, siendo don Gonzalo prelado de Burgos, es evidente que la
Estoria ó Crónica General fué terminada por aquel príncipe en el tiempo que
dejamos indicado. De la Grande et General Estoria se conserva en el Escorial
un Ms. que encierra (j. 0. i.) los seis primeros libros de la I.'* Parte y veinte
capítulos del sétimo, escritos en lengua gallega. ¿Pensó acaso el Roy Sabio
600 mSTORlA CnlTICA ÜE LA LITERATURA ESI'A?Í0LA.
íinioo cii SOS elevados proyectos, logró el Rey Sabio sobreponer-
se á todos sus coetáneos, no debiendo sin embargo olvidarse que
•el movimiento impreso desde principios del siglo XIII á los estu-
dios, daba también en otras comarcas de la Península satisfacto-
rios resultados.
Asociado á esta era de engrandecimiento para las monarquías
cristianas y de verdadero desarrollo intelectual, hemos visto al rey
don Jaime I de Aragón, ya fundando universidades literarias, ya
protegiendo á los hombres doctos, ya acaudalando las letras cata-
lanas con los tesoros de los orientales: aun cuando no en la esfera
que el rey don Alfonso, quiso también lo glorias En Jaume dar
testimonio de su predilección á la historia; y ya en los últimos
años de su vida, enlazando á los laureles del guerrero la palma
del historiador, narraba sus propias conquistas *. Su Chronica o
comeiüari, comprendiendo tols los fets el les gralies que Noslrc
Sennor li feíi, es sin duda uno de los monumentos más estima-
bles que ha trasmitido á la posterichd el siglo XIII. Con inge-
nuidad no muy habitual en el monarca, de quien el pueblo caste-
valerse de este romance para componer toda la obra? ¿Fué la dicha parle tra-
ducida después de acabada esta?... Lo natural parece, en el orden de estudios
realizados por don Alfonso, que la Grande et General Esloria fuese redactada
en castellano, y que el afecto que guardó toda su vida al romance gallego, le
llevara á desear leerla en la misma lengua de las Cantigas. La cuestión no
puede sin embargo resolverse definitivamente.
i Casi todos los escritores catalanes opinan que la historia de don Jaime
fue escrita por este al propio tiempo que sucedían los acontecimientos narra-
dos en la misma. Examinada detenidamente, y notándose que respecto délos
primeros años de su reinado manifiesta frecuentemente haber olvidado los
nombres de muchos personajes; reparando en que habla siempre del tiempo
pasado, sin advertir una sola vez que apuntó ó escribió antes los hechos que
refiere; y considerando por último que abraza toda su vida, no creemos que
pueden aplicársele con entera razón aquellos versos que Lope de Vega hizo,
aludiendo á Cesar:
Letras y armas igualaba,
mientras inás la guerra ardia:
si (leleaiido, escribía,
escribiendo peleaba.
Para nosotros es indudable que el rey de Aragón escribió su historia en la
última década de su reinado.
II. * PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. 007
llano mostraba en sus días extraña desconflauza, cantando:
Rey bello, que Deo confonda,
Tres son esta con' a de Malonda S
refiere el conquistador todas sus empresas, no sin apuntar las ex-
celencias de seu linatje, y exponer complacido las raras circuns-
tancias que precedieron á su nacimiento. La desastrosa muerte de
su padre en la batalla de Muret, dejándole en la infancia, con un
patrimonio disipado, una nobleza Jlltiva y ambiciosa y un pueblo
avezado á la anarquía y no muy devoto de la autoridad de los re-
yes, vino á lanzarle antes de tiempo en aquel mar tempestuoso,
que fué para él escuela práctica, donde aprendió á conocer las
cosas y á los hombres. Este laborioso período de su vida, en que
luchó cuerpo á cuerpo con los magnates de Aragón y Cataluña,
postrando con entereza de granado varón la soberbia de los Abo-
nes, la arrogancia de los Moneadas y la fiereza de los Cabreras,
alcanza hasta el memorable proyecto de la conquista de Mallorca.
Grato es por cierto el ver pintada por mano del mismo príncipe
que la convoca, aquella respetabilísima asamblea en que depuestos
antiguos rencores, magnates, prelados, caballeros y ciudadanos,
ponen sus vidas y haciendas á los pies de un soberano mozo aun,
que después de haberlos vencido con la entereza de su carácter y
la fuerza de su brazo, sabe inflamarlos al grito santo de la reli-
gión y de la patria. Coronada aquella empresa, verdaderamente
épica, por el más feliz éxito; ganadas con las islas Baleares que
vienen sucesivamente á su poder, innumerables riquezas, y más
que todo acreditado don Jaime de experto caudillo y valerosísimo
soldado, pone sus ojos en el reino de Yalencia, cuya conquista
empieza con las hazañas de Burriana y termina con la capitula-
ción de Játiva. Interesante, rica en pormenores y en extraordina-
rias proezas personales, que le infunden el carácter de un poema
heroico, ó de un libro de caballerías, es esta parte de la Chró-
1 Hablando don Juan Manuel del abandono en que dejó don Jaime al in^
fante don Enrique, y del concierto de las bodas de don Manuel y doña Cons-
tanza, dice: aFeziéronle un cantar, de que non me acuerdo sinon del refrann-,'^
pone los dos versos citados.
6ftS HISTORIA CIUtICA ÍIE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
¡¡ka, en que ni los temores del clero, ni las maniíicslas conlra-
dicciones de la nobleza, ni la defección y desaliento de los caba-
lleros quebrantan el ánimo de don Jaime, firme en su patriótico
empeño y seguro de la victoria.
La administración de justicia en todos sus estados, la pacilica-
cioa de los vasallos mudejares sublevados por el alcaide Alazarch,
la insubordinación de la nobleza de Aragón que se niega á socor-
rer á don Alfonso de Castilla, la reconquista del reino de Murcia
en nombre de este monarca, y finalmente el castigo de los mag-
nates aragoneses, son los acontecimientos de más bulto contados
por el rey cronista, tras los triunfos memorables de Valencia , pin-
tando en ellos con toda exactitud el espíritu anárquico y contra-
dictorio de aquella múltiple sociedad que tenia bajo su cetro.
Excitado entre tanto por el emperador de Constantinopla y por el
gran Can de Tartaria para pasar á Tierra Santa, y llamado á,
Castilla por su liijo don Sancho, exaltado á la silla de Toledo
para solemnizar su consagración, entrábase don Jaime en los do-
minios de don Alfonso, (juicn, después de agasajarle dignamente,
le ayudaba con no pequeña suma de maravedises para la empre-
sa de los Santos Lugares. Malograda esta, después de embarcado
el valeroso monarca, llámanle de nuevo á Castilla las bodas del
infante don Fernando de la Cerda; ocasión en que fomenta sin
advertirlo las pretensiones de don Sancho, que produjeron ade-
lante escandalosos disturbios, mientras dá al Rey Sabio los más
saludables consejos.
Nuevos desmanes de la nobleza catalana le obligan después
á usar del rigor, llegando el espíritu de rebelión hasta el punto
de anidar en su propio heredero; mas reducido este á la obe-
diencia y restablecida la calma, es don Jaime invitado por el
Pontífice al concilio de Lyon, donde debia tratarse do organizar
í-ierta cruzada para rescatar otra vez el Santo Sepulcro. Curio-
sa es la descripción que el i'cy aragonés nos hace de aquella re-
ligiosa asamblea, donde .se contaban más de quinientos prela-
dos: expuesto sin embargo el voto de don JaiAe, favorable á la
empresa, nadie se atreve á segundarlo, volviéndose el español á
su reino, sin que el Papa se dignara coronarle, á menos que se
le confesara tributario. La ¡nsurrccion de los moros valencianos
II.* PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VlILG. ERUD. 609
acaecida en 1276, es el último suceso público en que el Conquis-
tador interviene, asaltándole aguda dolencia, cuando se preparaba
á castigarla. En Alcira comprendió don Jaime que se le acercaba
el momento supremo; y hecha renuncia de la corona en su hijo,
vestia con devoción cristiana el hábito del Císter, dirigiéndose al
retiro de Poblet para acabar sus dias; mas llegado á Valencia,
agrávesele en tal manera la enfermedad, que ni pudo seguir el
viaje, ni añadir una página más á su Chrónka "•.
Abraza esta pues la vida entera del rey don Jaime, que en-
cierra el largo, difícil y glorioso período de sesenta y ocho años,
ocupando aquel el trono de sus mayores por el espacio de sesenta.
Escrita con suma naturalidad y frescura, ofrece al par el interés
de un diario y la regularidad de una historia, esquivando á me-
nudo los excesivos pormenores. La narración que bien pudiera
en suma apellidarse familiar, toma á veces el tono elevado de la
epopeya, conforme á la situación que describe; é iniciado el Con-
quistador en el conocimiento de las sagradas letras, salpícala con
frecuencia de oportunas máximas y piadosos versículos, que, ex-
plicando la conducta del soberano, acreditan su ilustración y su
talento. Elogiado es también sobremanera por los amantes de las
letras catalanas el lenguaje de la Chrónka del rey don Jaime,
señalado como el primer ensayo histórico hecho en el habla cata-
lana: sencillo y pintoresco á la vez, participaba de la misma inge-
nuidad que en toda la obra resplandece, no sin que lo esmalten
1 Es notable el error en que cayó Rodríguez de Castro, insertando en su
Biblioteca (tomo II, pág. 606 y siguientes) el índice de capítulos del códice
j M 29 del Escorial, que tuvo por la historia de don Jaime sin ver que era
del caballero Desclot, de quien en su lugar trataremos. Con sólo advertir que
el cap. XIV trata «í)e la morí del rey en Jaume el com V Infant En Pere fó
yycoronat Rey el recobra lol lo regne de Valencia que s'ere alrat», se viene en
conocimiento de que la suposición indicada es inadmisible, admirándonos
todavía más el error de Castro, cuando vemos que los cincuenta y siete
capíittlos restantes (en el códice G. 160 de la Bibl. Nac. son 69) compreriden
casi lodo e\ reinado de Pedro III [1276 á 1283]. Amat cayó en el mismo des-
liz {Mem. de los Eacrils. cats., pág. 320). El Comentario se imprimió por Diego
do Gumiei en 1515, y por la viuda de Juan Mey 1337. Don Mariano Flolats
y don Antonio de BofaruU lo pusieron en castellano en 1848, con el título de
Historia del Rey don Jaime I, el Conquistador.
TOMO DI. 59
610 mSTOIllA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA550LA.
algunas llores retóricas, especialmente en los repelidos discursos
(jue pone el rey en boca de los prelados y de los proceres. Ni se
muestra menos entendido en el idioma de Castilla que era hablado
por no pequeña parte de sus vasallos *, probando de este modo
que si, cediendo al influjo erudito de la Iglesia, prohibía en 1255
que se pusiera la Biblia en romance, ya en edad madura juzgaba
dignos intérpretes de la historia á los hablados en España -.
\ Digna es de tomarse en consideración la circunstancia de poner con ai-
puna frecuencia el mismo don Jaime en castellano las palabras que en diclia
lengua se le dirigen: invilatios los prohombres de Teruel para que le ayudasen
á recobrar, en nombre de Alfonso X, el reino de Murcia, le habla así Gil
Sánchez Muñoz a nombre de lodos: «Senyor, bien sabedes uos en lo que uos
))mandastes ¡e nos rogastes, que nuncha trovastes de non en nos, nin lo fe-
))zistes, nin lo farcdes agora. Decimosuos que uós enprestarcmos tres mili
))cargas de pan et mili de trigo, ó dos mili dordio, et veynte mili carneros et
»dos mili naques. Et si quercdes mas, prendet de nos» (cap. CCLV). Arre-
pentido el infante don Pedro de haber desobedecido á su padre, le pide per-
don en estas palabras: «Senyor, lo que yo feyto hé, me pesa muyto, et muyta
))grant dolor hé yo en mió coracon com' yo he feyta ninguna cosa que á uos
))pese: et uicngo aqui á uostra mercet, et fets de mí et de las mias cosas lo
))qne querades» (cap. CCXCXV). Aun entre los moros latinados de esta parte
del Ebro, se hablaba el castellano: contando don Jaime la rendición de Peñís-
cola, escribe que los sarracenos de aquella villa y castillo le dijeron estas pa-
labras: «Senyor, ¿quéreslo tú axí? Et nos lo queremos, et nos fiaremos en
»tú et donarte hemos lo castello de la tua fe» (cap. CXXXVIil). Obsérvese
que este lenguaje tiene muchos puntos de contacto con el del libro de Appolo-
nio, y se reconocerá fácilmente la exactitud de cuantas observaciones hici-
mos respecto de este punto en la Ilustración 11.^ del tomo precedente.
2 Las palabras de esta disposición son: «Statuitur ne aliquis libros Vete-
nris uel Novi Testamenti in romancio habeat» {Ooncil. Tarracon. Martene,
tomo Ylí, pág. i23 y siguientes). Imposible es determinar hoy si el rey don
Jaime alude aquí á versiones catalanas ó aragonesas (castellanas) con la voz
romancio: posible es uno y otro. Cónstanos sin embargo que Ij Biblia fué
puesta en castellano desde los primeros dias del siglo XIII; y si hemos de
creer á Gisberto Yoccio y á Juan Enrique Hottingero, se debió esta primera
versión al docto Rabbí David Quimji, que floreció de 1190 á 1223 (Üibl.
Stud. theol., lib. II; Thesaur. philolog. Sacr. Scrip.). La famosa Biblia de
Ferrara, según antes de ahora hemos probado, atestig-na una antigüedad
respetable y fué en toda la edad media el texto verdaderamente auténtico do
los judios españoles {Estad, hists. polils. y Hts. sobre los jiidios en España,
ensayo III, cap. II). De Cataluña no podemos decir otro lanío, á pesar de que
II. PARTE, CAP. XI. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 611
¿Pudo esto ser debido al noble egemplo del Rey Sabio?... La
Estoria de Espanna aparece compuesta de 1200 á 1268: la
Grande et General hubo de ser escrita de 1270 en adelante,
época en que más tranquilo don Jaime y confiando alguna parte
de los negocios del Estado á su hijo don Pedro, pudo trazar y
trazó sin duda su Chrónica, según queda ya advertido. Cono-
ciendo el estrecho comercio y amistad gue por el mismo tiempo
existe entre ambos soberanos, temerario seria el dudar de que
aficionados uno y otro á las letras y á las ciencias, y distinguién-
dose sus cortes por el número de sabios que las exornaban *,
dejasen de comunicarse sus mutuos proyectos Kterarios, cual se
consultaban los políticos; y asi como hemos notado en el capítulo
anterior que al compilar el libro de la Sauiesa, tuvo presentes el
rey de Aragón los tratados del Bonium y los Ensennamientos et
Castigos de Alexandre, traídos al habla vulgar bajo los auspicios
del castellano, así puede también admitirse que los generosos es-
fuerzos de este y el brillante éxito de sus empresas movieron al
Conquistador á cultivar la lengua de la muchedumbre, prefiriendo
la catalana, más semejante á la hablada en su niñez, y como
aquella no ejercitada todavía en la prosa hteraria ^. De cualquier
la circunstancia de celebrarse en Tarragona el concilio, en que dicha disposi-
ción se adopta, pudiera deponer á su favor.
1 Curioso y de no escasa importancia es lo que el rey don Jaime nos re-
fiere de su corte, al narrar la rebelión de los mag-nates aragoneses: así como
los ricos-ornes de Castilla (V. cap. IX) protestaban, para rechazarlas reformas,
que eran excesivamente especulativas, así los nobles de Aragón acusaban al
rey de llevar á su lado algunos sabios en derecho, que eran los que juzgaban
los negocios del Estado, teniéndolos á raya (cap. CCL): esto, que sirve para
condenar el espíritu anárquico de los proceres en ambos reinos, es el mejor
elogio de uno y otro soberano.
2 Ni Raynouard, ni Fauriel, ni otro alguno de los críticos que han ha-
blado de los proveníales, les atribuyen historia escrita en la lengua de los
trovadores. — Tampoco en Cataluña, al menos que nosotros sepamos, existe
otra obra de alguna importancia escrita en prosa anterior á don Jaime.
Muerta en flor la poesía provenzal, no llegó á constituir una literatura pro-
piamente hablando; fenómeno que pudo felizmente operarse en Cataluña, mer-
ced á las condiciones políticas, antes de ahora apuntadas. — Advertiremos por
último que para el examen de este primer fruto de la historia en el romance
612 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
manera, don Jaime I de Aragón logra señalado lugar en la historia
de la literatura patria, no siendo lícito apartarlo de Alfonso X de
Castilla: llevado esto de más altos pensamientos literarios, recaba
para sí el lauro del primer historiador vulgar, según arriba de-
mostramos: prendado aquel de sus propias hazañas, es sin duda
en mérito y antigüedad el primer cronista de los catalanes. Ambos
fueron claro egemplo á los historiógrafos de los siguientes siglos.
Al Rey Sabio se han atribuido, demás de las ya mencionadas,
otras producciones históricas, contándose entre ellas La Grant
Conquista de iltramar, repetidamente citada con su nombre.
Pero así como el Libro del Thesoro en prosa, mencionado en otro
lugar, pertenece esta obra al reinado de don Sancho l\, no ha-
biendo menester de ella el hijo de Fernando III, para sustentar el
glorioso titulo con que la posteridad le distingue.
Nuevo y no dudoso testimonio de esta verdad, sobre los ya
expuestos, será el estudio que hacemos en el siguiente capítulo.
catalán, nos hemos valido del bellísimo Ms. que en la librería del señor Du-
que de Osuna lleva este título: «Libre que feu lo gloriós Rey En Jaume, per
»la gratia de Deu, rey Darago, de Mallorques, é de Valentía, Comte do Bar-
Mcelona é de Urgell, é de Muntpeller, de tots los fets é de les gratics que
))nostre Señor 11 feu en la sua vida».
CAPITULO XII.
SEGDNDA TRiMtlIMIOÜ MI iRTG YDlGmiIDDITO.
Don Alfonso el Sabio. — Obras Científjcas. — Juicio de la edad media y de
los tiempos modernos sobre las mismas. — Obras Jurídicas. — Las Partidas:
diversas opiniones sobre sus autores.— Examen de este celebrado código,
como obra literaria. — Sus fuentes: los libros de filosofía moral: las Sagradas
Escrituras: los Padres. — Análisis de las Partidas. — Comparación entre la
doctrina de los libros orientales y la del Libro de las Leyes. — Obras mine-
ralógicas Y astronómicas. — Número y orden cronológico de las genuinas.
— Examen expositivo de los tres Lapidarios de Abolays. — De las Tablas
Alfonsies. — Del Libro de la Ochava Sphera.— ídem de la Sphera redonda. —
Ídem del Aleara. — ídem de los libros del Astrolabio.— ídem de la Azafeha.
— La Lámina Universal.— E\ Libro de las Armiellas. — El de las Láminas de
los Planetas. — Los seis ¡ibros del Qiiadrante, de los Relogios y del Atazir. —
Los Cánones de Albateni. — El Libro de los Juicios. — El de las Tres Cruces. —
Carácter de las ciencias derivadas de los árabes. — Su relación con los de-
más estudios del Rey Sabio. ^-Observaciones generales.
Jlíl muy noble rey don Alfonso «aula en su corte muchos maes-
))tros de las ciencias et de los saberes, á los quales él facia mu-
))cho bien, et por leuar adelante el saber et por nosblecer sus
))regnos. Ca fallamos que en todas las giencias fizo muchos libros
»et todos muy buenos..., porque auia muy grant espacio para
6!4 HISTORIA CRItICA 1»E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«estudiar en las materias, de que quería conponer algunos libros:
))ca raoraua en algunos lugares un año el dos el mas ct aun se-
))gunt dizen los que uiuian á su merced, que fablauan ron él los
«que querían el quando 61 queria: et ansi auia -espacio de estu-
))diar en lo que él queria fazcr pora sí mismo, etaun para veer et
»determiuar las cosas de los saberes quel mandaua ordenar á los
«maestros et á los sabios que traya para esto en su corte». Estas
autorizadas palabras del insigne don Juan Manuel, escritas en el
l»rólogo del Sumario de la Crónica de Espanna, nos abren el
camino para entrar en el estudio de las obras científicas llevadas
d cabo por el rey de Castilla, ó realizadas bajo sus nobles aus-
picios, contrastando grandemente con el injurioso desden de los
que, sin haber tenido aliento para examinarlas, le han conde-
nado al desprecio ' . Muchas son las producciones de este género
qiie han llegado afortunadamente á nuestros dias, y crecido el
número de los hombres doctos que don Alfonso convoca y reúne
con tan ilustrado intento: cristianos, árabes, hebreos, cuantos se
consagran al cultivo de la filosofía y la jurisprudencia, cuantos
investigan los problemas y misterios de las matemáticas, de la
medicina y de las ciencias naturales, todos encuentran protección
y cumplido agasajo en la corte de Castilla. Era esta «la primera
«vez [dice la Real Academia de la Historia] que en tiempos bár-
«baros se ofrecía á la república literaria una academia de sabios,
«ocupados por el espacio de muchos años en rectificar los an-
«tiguos cálculos astronómicos, en disputar sobre los artículos
«más difíciles de esta ciencia, en construir nuevos instrumentos,
«en observar por medio de ellos el curso de los astros, sus
1 Este desden generalizó el P. Isla en el Resumen de la Ilisloria de Es-
paña, que, escrito en pobres versos, anda en manos de los niños. Allí recor-
damos haber leido:
Alonso diez, á quien llamaron Saliio,
Por no sé qué tintura de nslrolabio.
Lejos de dominar á las estrellas,
Jio las uiandii, que lu mandaron ellas.
Muchos escritores del pasado siglo y del presente,- vencidos del error, han
exagerado esta calificación injuriosa, que rechaza y condena el buen sentido.
II. PARTE, flAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. 615
«declinaciones, ascensiones, eclipses, longitudes y latitudes '.
Y este inusitado movimiento de las ciencias, que, tomando por
instrumento el habla de la muchedumbre, venian á hacerse en
cierto modo populares, si guarda estrecha analogía con el desar-
rollo de las letras, no es en sí mismo menos armónico y concer-
tado. El rey don Alfonso no se iba, como han supuesto la irrefle-
xión y la ignorancia tras las cosas del cielo, olvidando las de la
tierra: para hacer á todos partícipes de los beneficios de la cultura
por él alcanzada, trajo al lenguaje común los avisos y preceptos
de la moral y de la religión; para fortificar los lazos apenas for-
mados entre los diferentes pueblos que constituían su impeiio,
apeló á las enseñanzas de la historia; para echar los cimientos á
la unidad política de aquel múltiple estado, procuró transformar
sus leyes, creando un solo derecho; para dotar á sus vasallos de
los tesoros de las ciencias allegados por otras naciones, alentó y
prohijó las vigilias de los sabios, sin reparar en su contrario origen,
y sometiendo sus esfuerzos á un solo principio. Conocida ya la
forma en que dá cima á las empresas literarias, apreciados la
ocasión y el intento con que acomete y fomenta las científicas,
tócanos pues fijar la vista en las últimas, á fin de que puedan ser
quilatadas por nuestros lectores, llamando nuestra atención con
preferencia las obras legales, como que se ligan más directamente
á la sociedad española del siglo XIII.
Es, como antes queda manifestado, el Libro de las Leyes, co-
munmente apellidado Las Siete Partidas, el cuerpo de derecho
más completo que sale de las manos del Rey Sabio, y el más in-
signe monumento que en esta importante rama del saber humano
produjo la edad media. Largamente han discutido los juriscon-
sultos é historiadores de más nota sobre el autor ó autores que
tomaron parte en obra de tal magnitud, cayéndose á menudo en
lastimosas contradicciones: quién de propia autoridad y sin indi-
car otro autor á quien atribuirla, ha negado simplemente al Rey
Sabio la gloria de haberla ideado; quién, desconociendo la histo-
ria de la ciencia de ambos derechos en nuestros suelo, ha resuelto
1 Informe de la Real Academia de la Historia, escrito por el diligente
Pellicer cu 10 de abril de 1798.
ClÜ HISTOIUA ClUlICA DK LA LITEIIATÜRA ESPAÑOLA.
la cuestión declarando que trajo de Italia para que llevaran á cabo
esta empresa á los discípulos del célebre Azon, muerto cincuenta
años antes; quién ha dado finalmente por cierto ijue fué esta fa*
mosa compilación debida á los doce consejeros de San Fernando,
á los cuales se atribuye, como vimos ya, d Libro de los Doce Sa-
bios. No tienen ahora todas estas cuestiones el interés que ofrecían
antes de darse á luz el docto prohemio que puso A las Partidas la
Real Academia de la Historia; mas aun reconociendo con tan ilus-
tre corporación que fué del rey don Alfonso e\ plan, coordinación
y extensión uniforme de las leyes ^ nos será permitido añadir en
abono de esta opinión algunas reflexiones, que destruirán al par
la no bien fundada de los que aseguran que se Umitó el trabajo
del Rey Sabio á terminar la obra comenzada ya por su padre.
Recordando ante todo el objeto, carácter y tiempo en que se
escribe el Septenario, y no olvidando el año en que se acomete la
empresa de las Partidas, que sigue á la del Fuero Real y á la
del Espéculo, queda en efecto demostrado que son aquellas fruto
del reinado de don Alfonso, por más que Fernando Ilí anhelase
formar un cuerpo de doctrina jurídica, aplicable á todos sus Esta-
dos, según depone su hijo en el mismo prólogo del Fuero ó Libro
de las Leyes ^ Al realizarse esta empresa, habían llegado en Cas-
tilla á un grado, si no de esplendor, al menos de notable adelanto
los estudios del derecho civil y del derecho canónico: la universi-
dad de Falencia en el primer tercio del siglo, y la de Salamanca
desde el reinado de San Fernando, contaron en su seno juristas
distinguidos, cuyos nombres hemos ya consignado, y cuyas obras
daban clara señal de que no había caído en tierra ingrata la se-
1 Prólogo á las Partidas, pág. XV y siguientes.
2 Don Alfonso escribe: «A esto nos movió sennalaclamente...que el muy
«noble et bien auenlurado rey don Ferrando, nuestro padre, que era muy
wcomplido de justicia et de ucrdal, lo quisiera fazcr, si mas uisquisiera, et
«mandó á nos que lo fiziésemos» (pág. 5 de la ed. de la Acad.). Declarando
después el mismo rey que se empezaron las Partidas la «uiéspera de sant
uJohan Bautista, quatro annos et veynte et tres dias andados del comenza-
«miento del su regnado..., et fué acabado (dicho libro) desque fué comenzado
»á siete annos complidos»; no comprendemos cómo ha podido haber disputa
ni duda cu este punto.
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERL'D. 617
milla, traida á España por los últimos Alfonsos *: atento el Xá
promover estos estudios, encomendó desde su juventud útilísimos
trabajos á los que más sobresalían; y deseoso de conocer en sus
verdaderas fuentes el derecho romano, renacido en las escuelas
de Irnerio, con el mismo celo con que dotaba á las aulas univer-
sitarias de las Summas de Gofredo y del Hostiense, adquiría la
Jnstituta de Justiciano, que utilizaba adelante en la Grande et
General Estoria, y adicto igualmente á los cánones eclesiásticos,
acaudalábase con el Decreto de Graciano y con las Decretales de
Gregorio IX y de Bonifacio YIII. La ciencia de los decretistas y
de los decretalistas, que hablan fomentado en Italia las luchas
siempre crecientes entre el sacerdocio y el imperio, era pues cul-
tivada en la España de Alfonso X, sin aquella rivalidad que le dá
primero vida en la patria de los Azones y Sicardos, y que llega
por último á hacerla sospechosa. Aplicar estos estudios, que iban
tomando cada dia en las monarquías españolas mayor predominio,
someterlos al pensamiento político y altamente ilustrado que he-
redó de su magnánimo padre, tal fué la noble empresa del Rey
Sabio realizada en las Partidas, con el auxilio de los más grana-
dos legistas españoles-.
1 Véase lo que sobre el particular dejamos notado en los capítulos V,
VIII, IX de esta 11.^ Parte.
2 El erudito don Rafael Floranes intentó probar que tomaron parte en la
redacción del Libro de las Leyes los alcaldes mayores de Sevilla, Fernand
Mateos, Rodrigo Esteban y Alfonso Diaz, el de Toledo, llamado Gonzalo
Ibañez y Maestre Gonzalo, deán de aquella metropolitana. Fúndase en que
en la ley 7.* tít. XVIII de la III.* Partida se copia el título del primero; y en
las leyes 7o.*, 93.* y 98.* del mismo título y Partida, se hace mención de
los segundos. La Academia de la Historia no dá el valor que Floranes le
atribuye á esta observación erudita; pero sí conviene en que pudo contribuir
á la redacción de las Partidas el maestro Jacobo de las Leyes, autor de las
Flores, ya antes de ahora citado. No creemos fuera de propósito el notar que
en la corte del rey don Alfonso tenían acostamiento, entre otros doctos varo-
nes, un Maestre Nicolás, un Maestre Ferrando, un Maestre Martin y un Maes-
tre Juan, graduados todos en la universidad salmantina y tenidos por extre-
mados legistas. En orden á la venida de los italianos, nos parece de algún
valor la observación de no hallarse en parte alguna vestigio de sus nombres,
así como se halla memoria expresa en los libros, escritos por los discípulos
f,|8 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATUIU ESPAÑOLA.
Pero s¡ es racional el-admilir para obra de lauto bulto el con-
curso de los varones más consumados en uno y otro decreto, (i
nadie más que al Rey Sabio cuadra el nombre de autor del Libi'o
de las Leyes, ya se le considere bajo el punto de vista filosófico,
ya en su relación simplemente literaria. El consorcio de uno y
otro decreto, cuyo antagonismo habia producido en la sociedad
italiana no pocos escándalos y conturbaciones ^; la sobria y se-
suda fusión de la antigua doctrina de los filósofos griegos y ro-
manos y de los filósofos sánscritos y árabes con la doctrina cató-
lica, idea que sólo podia abrigar quien hubiera nutrido su espí-
ritu en unas y otras enseñanzas -; la amalgama, tan perfecta
como era posible, entre el derecho patrio, representado en los
fueros y en las decisiones de los concilios, y el derecho romano,
tal como era conocido en las escuelas, y finalmente, aquella uni-
dad de estilo y de lenguaje que brilla en las Siete Par ¡idas y
que hermanan esta obra inmortal con todas las que llevan el
nombre del hijo de San Fernando, pruebas son irrecusables de
que ordena este y preside todas las tareas, imponiéndoles el sello
de su elevado carácter. Debe á esta feliz circunstancia el ser el
Libi'o de las Leyes uno de los más grandes monumentos de la
edad media. Formar un código meramente dispositivo, en que se
resumieran las prescripciones de las Pnndecfas y aun de las /)e~
creíales, enriqueciéndolo al par con las declaraciones de los con-
cilios españoles y las fazañas de los viejos fueros de la tierra,
(le Irnerio á fines del siglo XH y principios del XIlí, no siendo para olvidada
la mención que, según veremos luego, se hace en años posteriores de algu-
nos sabios de Italia en los libros astronómicos. De grande peso es por último
en esta cuestión el silencio de Tiraboschi, cuya solicitud por las gloriaste su
patria le empeña con frecuencia en análogas investigaciones, siendo para
nosotros evidente que á tener algún fundamento la opinión indicada, no hu-
biera dejado de ilustrarla este distinguido crítico amplia y acertadamente.
\ Hablando don Alfonso de ambos decretos, decia: «Et de los manda-
«mientos destas dos maneras de derechos et de todos lo's grandes saberes,
«sacamos et ayuntamos las leyes deste nuestro libro», etc. (Partida I, ley 2").
2 En la misma ley anadia: «Sacamos el ayuntamos las leyes deslc nues-
tro libro segunl que las fallamos escripias en los libros de los sabios antigás».
Ya hemos notado el valor que duba el rey a estas palabras.
11." PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERLD. 619
habria sido indubitadamente obra digna de un príncipe que aspi-
rase al título de legislador: reconocer, al trazar ese mismo edifi-
cio, los orígenes de todo derecho, determinar los fundamentos de
las leyes, definirlas conforme á los principios de la moral cristia-
na, y autorizarlas con la doctrina de los sagrados libros y de los
Santos Padres, de los filósofos de la antigüedad gentílica y de los
sabios antiguos y modernos del Oriente, empeño era de quien
ambicionara el renombre de legislador y de filósofo.
Mérito es este que dando á las Partidas un interés altamente
literario, y ligándolas con los demás libros filosóficos, cuyo exa-
men dejamos hecho, las presenta cual verdadera síntesis de to-
dos los estudios morales, reflejando en consecuencia todo el sa-
ber del siglo XIII; y si ha sido propia de jurisperitos, y lo es to-
davía, la tarea de señalar hasta qué punto adoptó el rey de
Castilla el espíritu de la antigua legislación romana, siguiendo al
par las disposiciones canónicas; si, descendiendo á los pormeno-
res, ofrecerá siempre sabroso incentivo para la historia de la juris-
prudencia española el considerar cómo se procura, aunque no con
entera fortuna, amoldar á los usos y costumbres del pueblo cas-
tellano el derecho civil, privado y criminal, depositado en las
Pandectas, — importante y propio de una historia crítica de la li-
teratura española es y será la investigación de esas relaciones fi-
losóficas y literarias que descubren á nuestra vista la extraordi-
naria fusión que bajo el imperio del Rey Sabio se operaba en la
Península entre todos los elementos sociales en ella congregados,
y cuya existencia queda ya evidentemente demostrada '.
Los libros simbólicos de la India, y los catecismos que sobre
ellos forman los persas y los árabes, imitados ó traídos á la cre-
ciente literatura castellana desde el reinado de Fernando III, te-
nían por objeto señalar los deberes del hombre para con Dios,
definir la autoridad de los reyes, discernir sus obligaciones para
con los vasallos, y determinar las de estos para con los reyes,
presentando por último todo linaje de máximas y avisos, propios
para reglar la vida de subditos y señores -. Sigue el Libro de
{ Véanse los capítulos anteriores, relativos al Rey Sabio.
2 Si no bastara el examen, hecho en el cap. X, de los libros orientales
«20 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA.
las Leyes fundamentalmente igual sistema y anímalo sin cesar el
mismo espíritu didáctico: el nieto de doña Berenguela escribe ú
servicio de Dios et á pro comunal, para ayuntar por medio de
las leyes de la fé al orne con Dios por <imor y para lograr el
gobernamiento de las gentes, ayuntando los coracones de los
ornes por amor, objeto sagrado de la moral y fin humano de las
leyes '. La ley es para don Alfonso «leyenda en que yace ense-
«üamiento et castigo que liga et apremia la vida del ome que non
wfaga mal, et que muestra et enseña las cosas que ome deue fa-
))zer et usar» -: conocer á Dios, amarle y temerle; conocer á los
reyes y señores, siéndoles fieles y obedientes, y conocerse á sí
mismo, para obrar cuerdamente, «faciendo bien et guardándose
»de mal» ^: hé aquí el fin práctico de las leyes que deben ser res-
petadas y defendidas por el rey como su honra propia, y acatadas
y aceptas á los ojos del pueblo como su pro y su vida *. El li-
naje, la creencia, el poder, la honra, todo obliga al pueblo y al
soberano á mirarse con verdadero amor, porque sólo asi se cum-
plen los preceptos divinos, sobre que estriban las leyes: estas,
que traen á todo hombre dos grandes proes ó ventajas, hacién-
dole más entendido y dándole mayor provecho ^, reconocen en
el libro de las Partidas dos principales fuentes: primera, «las pa-
»labras de los Sanctos que fablaron espiritualmente lo que con-
traidos al castellano, mediado el siglo XIII, para comprobación de esla doc-
trina, nos seria fácil recordar aquí el orden de capítalos que ofrece, entre
todos, el Libro de los Castigos et enseñamientos de Alexandre, que según pen-
samos demostrar y en dicho capítulo dejamos ya apuntado, fué el que más
influyó en la parte literaria de las Partidas. Por lo demás, empezando por el
Libro de Calila et Dina y acabando por el de los Dichos et castigos de los fi-
lósofos, todos siguen la misma pauta, como que todos tienen un fin altamente
moral y político. Los lectores, que sin curarse de los estudios originales,
quieran mayor ilustración, pueden consultar los análisis, que hace en su
Ensayo sobre las Fábulas indias, el erudito Le Roux de Linci, al dar á conocer
algunos de estos libros orientales (París, 1838).
1 Partida I.*, lít. I, ley VII.*
2 Id. id., ley IV. ^
3 Id. id., ley X.*
4 Id. id., ley XVI.
b Id. id., ley V.
II. PARTE. CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 621
))uiene á bondat del cuerpo et á saluamiento del alma»: segunda,
(dos dichos de los sabios que viostrai^on las cosas naturalmente,
«que es para ordenar los fechos del mundo cómo se fagan bien
wet con razón» *.
Tras estos preciosos preliminares, que anuncian desde luego
el sentido didáctico de todo el Código, explicando al propio tiem-
po las diferencias que existen entre uso, costumbre, fuero y ley ",
entra el rey de Castilla en el verdadero asunto de su libro: la
doctrina católica, la Iglesia, el clero y la liturgia objeto son de
la /.* Partida, que puede también ser reputada como un tratado
completo de derecho eclesiástico, donde tenida en cuenta la ín-
dole general de las relaciones de la Iglesia y del Estado, se ha-
cen notabilísimas aplicaciones á nuestra España, las cuales acre-
ditan la cordura y el celo religioso del Rey Sabio 5. Tratando «de
»todas las cosas que pertehesgen á la fé cathólica», y consecuente
con el principio por él sentado, enciérrase al escribir esta primera
parte, en la erudición propiamente sagrada, si bien alguna vez
se refiere á los sabios antiguos, que án nombre philósophos. En
el Viejo y Nuevo Testamento, en los libros de San Gerónimo y
San Agustín, San Ambrosio y San Gregorio, San Clemente y San
Benito halla don Alfonso abundante cosecha de sentencias y pre-
ceptos á que ajustar su doctrina, comunicándole la severa aus-
teridad que en ellos resplandece, si bien adopte alguna vez la
forma del apólogo para hacerla más aceptable á todas las inteli-
gencias, Egemplo de esta observación, que enlaza todavía más
el estudio de las Partidas con el de los libros orientales, es en-
tre otros la ley XXXI V.^ del título IY.°, en que ponderándose los
saludables efectos de la penitencia, se reviste de la expresada
i Id. id., ley YI.
2 Tal es el objeto del 11.° Título.
3 Entre otras leyes que nos llaman la atención en este sentido, es muy
notable la XVIII.* del título Y, que trata de la elección de los obispos: el rey
de Castilla, reconocido el principio de unidad en la disciplina eclesiástica,
consigna el derecho de patronato que gozaban los reyes y la respetabilísima
costumbre de la Iglesia española en la provisión de sus mitras, la cual sólo
se modifica un siglo adelante. Ocasión tendremos de notar cómo fué recibida
esta innovación por nuestros prelados y magnates.
C22 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
forma la anécdota bíblica de Nínive y Jonás, confirmando por sí
propia, y sin otra exposición didáctica, aquella consoladora doc-
trina '.
Revélase con mayor fuerza esta filiación en la segunda Parti-
da, la cual, fuera de las nociones políticas, filosóficas y morales
que le sirven como de pórtico y fundamento, debe ser conside-
rada cual un monumento esencialmente español. ]Vo sigue el rey
de Castilla sin embargo de una manera absoluta la doctrina de los
antiguos filósofos: hermanándolas con las de las Sagradas Escri-
turas y las de los Padres, fundiéndolas digámoslo así en la tur-
quesa del cristianismo, expone las máximas y sentencias de grie-
gos y latinos, de indianos, persas y árabes con extremada opor-
tunidad, caracterizando perfectamente aquel múltiple desarrollo
de las letras y de las ciencias, en que pugnaban por asimilarse el
Occidente y el Oriente ^. El libro de El Bonium y las Flores de
Fíloso/ia, los Casdíjamieníos et Consejos de Alexandre y los Di-
chos de los Philosophos parecen dominar no obstante al trazar la
planta del grandioso edificio del derecho público de los castella-
i Téngase esta observación muy en cuenta: la expresada ley nada tiene
de dispositiva, tomando exclusivamente el tono de la narración didáctica.
Comienza así: «Auie una cibdat que por nombre decien Nínive, et esta cib-
Mdat era tan grande que auíe en ella tres dias de andadura, et morauaa y
))unas gentes que veuian todas en pecado», etc. Y termina, después de re-
ferir la anécdota de la ballena y de la yedra que daba sombra á Jonás, po-
niendo en boca del ángel estas palabras: «Pues las gentes de Nínive, que
Muiuen ya todos en penitencia desde que tú les pedricaste et más que los fizo
))D¡os Padre á su semejanca et á su figura, et repiéntense de lo que erraron
»¿como quieres tú et estás rogando á Dios que los destruya?... Vé tu car-
enera: que Dios Padre perdonado los há et non los matará desla vez».
2 Despertará siempre el interés de la crítica el ver cómo se hermanan en
el Libro de las Leyes doctrinas que reconocen tan diversos orígenes* Las má-
ximas de David, Salomón, Jeremías, Isaias, Malaquias, San Pablo, Santiago,
San Juan, San Gerónimo, San Juan Damasccno, San Agustín, San Gregorio
y San Bernardo contrastan admirablemente con las tomadas de Aristóteles
(De República), Hipócrates, Catón, Séneca, Valerio, Justiniano, Boecio y
otros escritores de la antigüedad clásica, siendo no menos dignas de notarse
las que proceden directamente de los libros orientales, traídas habia poco al
lenguaje castellano. En el texto ofreceremos pruebas inequívocas de esta ob-
servación importante.
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 623
nos: cuando el gran filósofo de Eslagira, siguiendo la tradición
persa-oriental, dirige al domador del Asia sus consejos, bosqueja
de este modo la autoridad y poderlo de los reyes, basados una y
otro en la ciencia:
«La sabiencia [dice] es alma dell alma et espeio del sesso. Et cómo se
))bien apresso el que puna en demandarla!... Ca ella es comienco délas
))Cosas acabadas et rays de las noblesas, el por ella se gana la buena fin
wet por ella estuerce ell ánima de la pena. Por non usar ornen el sennorio
wassi commo deue, nasce mentira et de la mentira nasce aborrescimienlo
«et del aborrescimienlo nasce tuerto, el del tuerto nasce enemistat et de
))la enemistat nasce lid et desffallesce la ley et estragas' lo poblado. Et por
Mussar ornen el sennorio, assi commo deue, nasce uerdal et de la uerdat
))nasce derecho et del derecho nas^e amor et del amor nasce dar et def-
wfender; el con eslo se mantiene la ley et pueblasseel regno. El rey que
wfface su rcgno sieruo de la ley, él deue ser rey, et el rey que ffase su
treguado sennor de la ley, es el regnado lenpestat para él. Conuiene al
»rey de seer de grant coracon et de mucho pensar et catador á las fines
))de las cosas et piadoso el retenedor de su yra do la ha de retener et apre-
wmiador con el su sesso á la su cobdicia, non porfioso; et que se siga por
»los rastros de los que ffueron ante del, et ponga á los ornes en los estados
wque merescen et tenga con ellos ffée... El rey que se guia por su sesso,
))non es alabado, et el rey que descubre la poridat á otrie, es de flaco
Msesso. — Et, Alixandre, si quieres seer muy grand gouernador... sey pia-
))doso con tal piadat que non se torne danno, et non poner al que meresce
«pena: et trabaja de conffirmar la ley: ca en ella yase el temor de Dios.
«Quando uieres que puedes auer el amor de tu enemigo, non lo tardes
wmás, ca el estado del mundo cámbiasse... Honra la sapiencia et puna de
))la coniffirmar et dar soldada et á los maestros et á los deciplos: puna de
wlos solasar et pon al qui allega gran estado della con los tus proprios...
»E1 que contralla al rey, muere ante de su lienpo: el que non contralla á
))los uiles, pierde la su onrra... La sapiencia es onrra del que non, ha li-
))na¡e, et la cobdicia ffase ganar quebranto que nunqua se emienda... Si
»el rey non es justo, non es rey, mas es forcador et robador... La tu yra
))non sea muy rescia nin muy flaca... Por tress cosas se onrran los reyes,
))ó por poner fermosas leyes, ó por conquerir buenas conquistas ó por po-
))blar las tierras yermas... (juando penares algunos ommes, non te mues-
))tres commo qui se uenga dellos, mas como qui puna de los endercscar...
))Rey et sennor del tu pueblo serás por le ffaser bien, et por lo apremiar,
wpiérdeslo. Ca pues eres sennor de los sus cuerpos, puna en seer sennor
»de los sus coraeones... La lengua del nescio es llaue de la su muerte; la
«lengua del ornen es escriuano del su sesso... Los ommes se pagan de ly
wpor el tu grand esfuerce et por la tu grandesa de la tu volunlat et amar-
Mteán por la tu mansedumbre: pues ayúntalos araos et auerlos ás amos...
621 FllSTORIA CRITICA nE LA LITERATURA ESPAÑOLA,
))E1 feslinamionlo do la parabla ffase errar ayna... Toma el aljófar de la
Hooncha de la mar, et el oro do la Horra el la sapiencia de qual qui la
))diga... Non ha sabor do la iustiíj'ia sinon el juslo, nía de la sapiencia si-
»non el sabio... Puna en ganar nombradla; que nunca muere el auer
))amor de los ornes... El regnado manlise por las leys, el las leys esla-
wblescelas el rey el el rey es paslor, el manliense por la caualleria, et
))la caualleria manlionso con el auor et el auer manliense del pueblo et
Mcll pueblo es sicruo de la justicia, et por la justicia enderescasse el
«mundo» '.
Estas doctrinas, que se explanan y aplican á todos los actos de
la vida en el libro de las Paridades, sin duda el más directa-
mente consultado por don Alfonso, nos muestran con toda clari-
dad el camino seguido por este, al trazar la figura del soberano:
«Los sánelos (escribe) llamaron al rey coracon el alma del pueblo, el na-
))luralmenle dixeron los sabios que es cabeea del regno *. Tiene el rey lu-
Mgar de Dios para facer justicia et derecho en el regno ', et deue más
))guardar la pro comunal de su pueblo que la suya misma, et otrosí amar
))el honrrar los sabios et alegrarse con los entendudos. Non ahonda al rey
)>de conoscer et de amar á Dios tan solamiente, mas ha menester que des-
wpues quel' conosgiere et 1' amare, quel lema; lo uno porque es poderoso,
»et lo ál por que es justiciero *... El rey que guarda su honra,... aqueste
»es tenido por de buen sesso et que ama lo suyo, et es sabidor ^... Los
«sanios et los sabios se acordaron que la cobdicia.. es madre et raíz de
. i Extractamos estas sentencias del cap. XX del Libro del Uonium, que
lleva cl título siguiente: «Dalos dichos et pcdricaciones et castigamientos del
«philosopho Aristótiles». — Este capítulo es compendio y resumen de los
Castigamientos et Consejos de Alixandre, atribuidos al mismo Aristóteles, pa-
reciéndonos oportuno indicar que nos hemos valido del cód. Bb. o9 de la Bi-
blioteca Nacional, con preferencia á, las ediciones antes citadas, á fin de con-
servar su verdadero carácter.
2 Part. II.*, tít. I, ley V.* — En el libro de los Fechos et castigos de ¡os
Philosophos, que dejamos citado, se lee al mismo propósito: «El rey es Sa-
»nescal de Dios que lien la su vez et el su poder en la tierra. — El rey es fiel
))de Dios en su tierra sobre aquel pueblo quel' metió en su poder. — El buen
))rey es como águila que anda a ca9a; et el mal rey es cuerno ca9a cercada
))de águilas. — El rey es guarda de la ley et onra del pueblo et enderesca-
»miento del regno» (Cap. I, II." Parle, ó Libro de ¡os Cien capílu¡os).
3 Part. II.*, tít. I, ley VII.*
4 Id., tít. II, ley III."
"• Id., tít. III, ley líl."
11. PARTE, CAP. XIÍ. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 62i^>
))lodos los males, et dixeron quel orne que cobdicia allegar grandes teso-
))ros para non obrar bien con ellos, maguer los aya, que non es ende sen-
»nor, mas sieruo *. Non conviene al rey cobdiciar seer muy uicioso, ca el
))vic¡0 mengua el sesso et la forlaleca del coracon, et según dixieron los
Msabios non puede orne ganar bondat, sin grant afán *. Palabra es muestra
))del coracon, et sobre esta racon fabló Aristóliles al rey Alexandre como
))C» manera de castigo, que non convenie al rey de seer muy fablador, nin
«que dixíese á muy grandes uoses lo que oviese de decir, fueras ende en
))lugar do conviniesse, por que el uso de muchas palabras enuilesce al que
wlas dice, et otrosí las grandes uozes sácanle de messura, faciéndol' que
«non fable apuesto ^... Castigó Aristóliles al rey Alexandre, diciéndol que
Mguardasse mucho las palabras que dezie, por que de la boca del rey salle
))uida et muerte á su pueblo, et onrra et desonrra, et mal et bien, et el
«mucho fablar faze enuilecer las palabras del rey *. Los reyes son como
wespeio, en que los ornes veen su semejanea de apostura ó de enalieza:
«atal es la yra del rey como la braueza del león que antel su bramido to-
))das las otras bestias tremen; mas cobdiciar non deue fazer cosa que sea
«contra derecho, et ha menester que sea iusticiero et mesurado: que el rey
«iusto et amador de la iustieia esse enderesca la tierra et el que es cobdi-
«cioso, esse la desfruye: ca segunt dixo Arislóliles á Alexandre, el meior
«tesoro que el rey ha et el que mas tarde se pierde es el pueblo, quando
»es bien guardado ^. Acucioso deue seer el rey en aprehender los sa-
«beres: el rey que despreciasse de aprehender los saberes, despreciarla á
«Dios, de quien vienen (odos ^. Dixo Aristóliles á Alexandre que él que
\ Id., id., ley IV.'
2 Id., id., ley V.^
3 Id., tít. IN.\ ley II.=*
4 Id., id., ley IV.*
5 Id., til. V.*, leyes IV.*, XI.* y XIV.* Respecto de la justicia en el rey,
dice el Libro de los Fechos et Castigamientos: uSi e\ rey fiziere iustieia, et
«guardase su fialdat, cuerno deue, guardarleha Dios como guarda á su fiel.
«Et sy malg-uardare la fialdat, él se cate, ca dixo Dios: — Si uos desuiardes
«del bien, el bien desuiarseha de uos. — Los reyes de iustieia han luenga ui-
»da et los que son sin iustieia, non pueden mucho bevir. Con la iusti9ia tu-
»ran los bienes et con la desiusti9ia se pierden... El mejor tiempo del mun-
»do es el tiempo del rey iusticiero. Los annos qualisquier que uengan en
«tienpo del rey iusticiero, más ualen que annos buenos que uienen en el
«tienpo del rey sin iustieia. El rey iusticiero non consiente fuerca nen so-
«beruia: lo que ualle más que todas las cosas, et lo ques mas noble es la ca-
«beca del regno ques el rey; et la cosa por que más ual él es iustieia, et mer-
»ced» (Cap. IV de la II.* Parte ó Libro de los Cient capítulos).
6 Partida II.*, tít. V, ley XVI.' En el citado libro, refiriendo los dichos
del filósofo Assaron, se escribe: «El rey sabio et entendido faze crescer el su
TOMO III. 40
626 HISiOlUA CRITICA HE LA LITlíRATUlU ESPAÑOLA,
"punassc de aiuT cti sí franqueza, ca j)or ella ganarle mas ayna el amor el
)ilos corac'ones de la geiile: los que de Inieii lugar vienen, meior se casti-
))gan por palabra quq por feridas •. Segim dixeron los sabios, alai es el
))que dice su poridal á olri, como sil' diesse su coraeon, el qui la sabe
«guardar, sennor es de su coracon *. En fecho dearjnas conviene quel rey
»sea sabidor, para poder meior amparar lo suyo et conquerir lo de sus
Menemigos '. Üixo Arislól¡le.s al rey Alexandre, en raeon del manteni-
wmiento del regno el del pueblo, que el regno es como huerta el el pueblo
Mcomo arboles, el el rey es como sennor della el los oficiales del rey que
))han de iudgar el de seer ayudadores á fazer la iuslicia, son como labra-
))dores el los ricos ornes el los caballeros son como asoldadados para guar-
))darla el las leyes et los fueros el los derechos son como ualladar que la
«cercan el los iueres el las iuslicias son como paredes el selos, por que
«amparan que non entren lii á fazer danno» *.
Comparadas estas máximas, que prestan determinado colorido
al estilo de las Partidas, con las sentencias extractadas del Libro
del Boniíim, y declarado una y otra vez por el Rey Sabio que tu-
vo muy presentes los Ennennnmicntos et Castlfjos de Alexandre,
temerario seria por extremo el negar la influencia que en el Có-
digo inmortal, de qne tratamos, tuvieron los libros orientales, traí-
dos al habla castellana al mediar del siglo XIII, por más que
hasta ahora no se haya sospechado semejante infltiencia. Ni fue-
ra tampoco prudente el desconocer la parte que tomó don Al-
fonso de las Sagradas Escrituras y de los filósofos gentiles, no
olvidados en esta manera de selección los escritores cristianos
de los tiempos medios ^. Iluminado por esta cuádruple antorcha
en la 11/ Partida, que establece las relaciones del monarca, del
«saber tomando conseio, como cresce la lumbre del crusuelo por el olio que
«ponen en él. — Si el rey fuere sabio, cresce el saber en su regno».
1 Part. II. % tít. V, ley XVIII,— lít. VII, ley VIII.
2 M., til. IX, ley VHl.* Al explanarse en el libro mencionado esta idea,
perfectamente indicada en los Bocados de Oro, se añade: «Guarte de aucr
«solaz cúu niiiü;uiio, non le descubras tu poridat«.
3 II. '^ Parí., tít. V, ley XIX.
4 Id., tít. X, ley III.'' El Rey Sabio compara en otra ley La corte de los
reyes al mar, y en el libro de los Dichos es comparada á la feria, diciéndose:
uLa corte del rey es como la feria: que lieuan allá los oranes todas las cosas
«que entienden bien ucnder» (Cap. III de los Cienl).
í> Véase lo dicho cu la ñuta 2 de la pág. G22.
II. PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VÜLG. ERUD. 627
Estado y de los subditos, y que pudiera ser designada con el tí-
tulo de constitución castellana, acaso más propiamente que las
escritas y adobadas en nuestros dias, dedica don Alfonso las cua-
tro siguientes al derecho privado, consagrando la séptima á «mos-
))trar cómo se deuen escarmentar todos los males que los ornes
))fazen, por voluntat de la una parte et apesar de la otra» *. La
legislación romana, como tantas veces se ha dicho, y la doctrina
de los sabios antigos, según manifiesta el rey, son los polos
principales sobre que giran las mencionadas cinco partes, no sin
que al definir las transacciones de la vida civil y al designar la
penalidad de los crímenes, consulte y respete los usos, fueros y
costumbres de la tierra y de la ruda época en que florece, confor-
me nos enseñan las leyes del repto y juicio divino, y la aplica-
ción terrible y bárbara del tormento ^.
Por estas notables circunstancias es pues el Libro de las Le-
yes, tan celebrado por lo gallardo y pintoresco de su estilo como
por la exactitud y nervio de su lenguaje y lo esmerado y correcto
de su dicción, el monumento que más vivamente revela los ge-
nerosos esfuerzos del Rey Sabio en bien de la civilización espa-
ñola; y con la Grande et General Estoria, á que precede, y con
la de Espanna, con que en parte coincide, forma la piedra trian-
gular del suntuoso edificio de su gloria ^.
1 Prólogo á la Part. IV. ^, t. III, pág. 2 de la ed. de la Academia.
2 No hacemos aquí una acusación á don Alfonso: nos limitamos única-
mente á apuntar que reconoció y admitió en su libro, acusado como ya sa-
bemos de especulativo dentro del mismo siglo XIII, la influencia de las cos-
tumbres y de los fueros aun en la parte criminal, donde siguió más de cerca
la jurisprudencia romana. En esta, como en la 11.^ Partida, siempre que se
refiere á los usos, costumbres y fueros de Castilla, lo determinó diciendo:
«Segunt fuero antiguo de Espanna: — Antigua fazanna es. — Posieron los sa-
ubidores de los fueros», etc., contrastando estas frases con las de: «Dixieron
»los sabios. — Los antigos sabios et los sanctos fallaron. — Fablaron los libros
»de los sabios», y otras semejantes, ya conocidas de los lectores, que seña-
lan el origen de la doctrina aceptada por el rey en el Código, de que tra-
tamos.
3 La fama alcanzada por el Código de las Partidas al reanudarse los bue-
nos esludios, se ha sostenido, ó mejor dicho, ha crecido grandemente en
nuestros dias, así entre los jurisconsultos como entre los críticos. Todos lo
628 HISTORIA CRITICA I»E LA LITERATURA ESPASOLA.
Ni son on verdad menos brillantes las demás preseas literarias
y cienliíicas que lo exornan, restándonos ya sólo considerar las
obras que se llevan á cabo bajo sus regios auspicios, no sin que
pusiera también en ellas su inteligente mano.- Bien se advertirá
que aludimos á las astronómicas, que llevan su nombre, así co-
mo también á las de ciencias naturales, debiendo unas y otras
reputarse cual fiel barómetro de lo que en el siglo XUI se sabia,
al reparar en que nadie aventajaba á la sazón en semejantes es-
tudios á los hebreos ni á los árabes, convocados y protegidos por
don Alfonso. Debiera en verdad esta singular circunstancia haber
despertado el celo y patriotismo de nuestros hombres científicos,
para dar á la estampa con las ilustraciones convenientes todos
estos monumentos, que tan alto lugar conquistaron á la civiliza-
ción española durante la edad media. No se lograrla tal vez con
la publicación de tan peregrinas producciones que adelantasen las
ciencias de nuestros dias un solo paso; pero cuando siempre que
se traza la historia de las físico-matemáticas, siempre que se ha-
y)la de las naturales y aun de las médicas, se atribuye á los ára-
bes una influencia al parecer excesiva, y de seguro no bien qui-
latada, racional cosa es que lamentemos la incuria y abandono de
los que pudieran haber resuelto esas cuestiones históricas, con
sólo estudiar los libros científicos del Rey Sabio. Seria también
para nosotros de grande efecto la citada publicación, porque no
ejercitados en semejantes investigaciones, ceñiriamos nuestro jui-
cio al más competente de los maestros de la ciencia, ministrando
al par á nuestros lectores más cabal ¡dea de lo que son, valen y
significan en su historia los referidos monumentos. Obligación
nuestra es sin embargo el tomarlos en consideración; y ya que
esta meritoria tarea no ha sido hasta ahora desempeñada ^ lícito
repulan como un colosal esfuerzo de la ciencia y de la inteligencia en el
siglo Xlll; pero nadie lo ha considerado en la relación que nosotros hemos
establecido, la cual es en nuestro juicio de la más alta trascendencia. Las
Partidas, que desde la edición de 1491 se multiplicaron extraordinariamente
(io28— 15o0 — 1555 y 1587), fueron reimpresas] por la Real Academia de la
Historia con el mayor esmero, si bien no han faltado censores, así como para
las últimas ediciones que de las mismas se han hecho.
1 El único escritor que reconoció con algún fundamento parte, no to-
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 629
nos será poner mano en ella, bien que inclinándonos principal-
mente, según pide la naturaleza de esta historia, á la parte li-
teraria.
Á veintiuno ascienden los trabajos científicos de que logramos
noticia, escritos por mandado y bajo la dirección del rey de Cas-
lilla, sin que sea posible dudar de su autenticidad, reconocida en
códices coetáneos, entre los cuales merece la preferencia el de la
Biblioteca Complutense Ildefonsina ' . Tiene por asunto el prime-
dos los libros científicos escritos bajo la dirección del rey de Castilla, fué
Rodrig-uez de Castro en su Biblioteca de Escritores rabinicos españoles; pero
sin establecer la cronolog'ia de las indicadas obras, cosa que no pudieron ha-
cer antes de ahora ni don Nicolás Antonio, que sólo tuvo noticia de algunos
libros, ni Pérez Bayer, el cual se limitó á dar conocimiento de los códices de la
Biblioteca Nacional, que después citaremos. Tampoco nosotros en los Estu-
dios sobre los Judíos de España acometimos esta investig-acion que hoy pro-
curamos realizar, tomando á don Alfonso como punto céntrico, lo cual no
podíamos hacer en dicha obra, sin alterar el plan que habíamos trazado. Por
esta razón pues ofrece dicha tarea toda novedad é interés, y está convidando
á los que se precian de entendidos en el cultivo de las ciencias '.
1 Este magnifico Ms., formado sin duda durante el reinado del mismo
don Alfonso, con admirable lujo y pulcritud, fué designado en la antigua Bi-
blioteca Complutense con el título de Tablas Astronómicas, probando así que
Pasados algunos años de escritas estas líneas, decíamos, al escribir la no-
ticia histórica de la solemne regia apertura de la Urdversidad Central en el cur-
so académico de 18.H5 á 1856, dados á conocerlos tratados científicos que en-
cierra el cód. lldefonsino, de que á continuación hablamos: «Es por cierto
"doloroso para todo el que abrigue en su pecho el sentimiento de la dignidad
))nacional, que mientras son los referidos tratados vistos por la crítica litera-
wria como otras tantas joyas del habla castellana, aplicada desde su infancia
))á revelar los misterios de la ciencia, permanezcan ignorados de los hom-
))bres que llevan hoy título de sabios, y continúen siendo un problema en el
«mundo científico, así los esfuerzos del rey don Alfonso como las obras de
«sus protegidos, y cuya existencia se ha llegado alg-una vez á poner en duda»
(pág. 33 y 34). Invitado después por nosotros, para reconocer el referido
códice, el digno profesor de la Universidad Central y académico de la de
Ciencias exactas, don Manuel Rico y Sinobas, resolvióse á estudiarlo, y al-
gún tiempo después proponía á dicha Real Academia la publicación de todos
los libros científicos, escritos bajólos auspicios del Rey Sabio. La Academia
ha obtenido del Gobierno los fondos necesarios al efecto, y según tenemos
entendido dará á luz con las ilustraciones convenientes las referidas obras.
Nos felicitamos pues de que no hayan sido esta vez estériles nuestras indi-
caciones, y confiamos en que la Academia sabrá vindicar al nombre español
de los cargos, y aun acusaciones, que sobre este punto se le han dirigido.
630 HISTOIIIA CniriCA de la LirEnAllRA KSPAÑÜLA.
ro, llevado ú. cabo «en el segundo anno quel noble rey don Fer-
«rando ganó la gibdad de Seuilla», h propiedad de las piedras,
comprendiendo hasta el número de trescientas sesenta, que for-
maban el más completo repertorio hasta entonces conocido. Per-
dida por largo tiempo esta preciosa obra, que habia traído al árabe
de lengua caldea el renombrado Abolays, «quiso Dios que ve-
«niesse á manos del noble rey don Alfonso, fijo del muy noble
»rey don Ferrando et de la reyna donna Beatriz..., en seyendo
)>infante, en uidadel su padre, en el anno que ganó el regno de
«Mursia» [1241]. Adquiriólo en Toledo de un judio que lo tenia
escondido, y cual otro perro de hortelano, ni «queria aprove-
Mcharse del, nin que á otro ouiesse pro»; y sabedor de la materia
que encerraba por medio de su físico, Rabbí Jehudáh Mosca ha-
Qaton, «mandógelo trasladar de aráuigo en lenguaie castellano»,
ordenando que le ayudase Garci Pérez, clérigo del mismo rey,
«que era otrosí mucho entendido en el saber dastronomía» '.
no habia sido examinado. Pero no ha sido esta sola su desventura, pues que
sobre aparecer mutilado, habiendo en él diversos tratados ya incompletos,
ha sido atarazado con impiedad de bárbaros en diversos puutos, recor-
tadas hasta diez y siete láminas ó miniaturas de las que exornaban cada
libro, para demostración de la doctrina; lo cual es por cierto verdadero pa-
drón de ignominia para la escuela de Alcalá, que en los últimos tiempos
lo tuvo en tan vituperable abandono. Subo de punto la indignación que expe-
rimentamos á vista de este atentado, cuando al registrar el códice del Esco-
rial j h 1, reconocemos que fué trasladado de este, por mandado de Felipe II
y bajo el cuidado del docto Honorato Juan, maestro del príncipe don Carlos,
cuidando Juan de Herrera Montaües de la copia de las figuras astronómicas, y
Diego de Valencia de la letra. Este traslado se acabó «en la villa de Alcalá
»de Henares, estando en ella la corte de su alteza el principe don Carlos, en
))la era de 1600, año del nacimiento de Xpo. nro. Señor 1562, y desiseteno
))de la hedad de dicho principe». El Ms., tal como hoy existe, consta de dos-
cientas fojas de pergamino avitelado, y encierra los tratados que iremos indi-
cando. Para terminar esta nota, advertiremos que Honorato Juan declaró, al
disponer la copia, que era el códice en cuestión «el mas principal y mas ne-
Mcesario libro que en esta ciencia se halla». Conocida la declaración de este
sabio, ¿será disculpable el desden con que hasta ahora han oido hablar del
mismo libro nuestros modernos astrónomos?
1 Los Lapidarios iic Rabbí Jehudáh Mosca-ha-Qalon existen en el Esco-
rial en un hermoso códice vitela, señalado j. h. 15., que puede tenerse como
II.'' PARTE, CAP. XII. SEG. TRA3F. ni.L ARTE VULG. ERUD. 631
Compónese dicho tratado, conforme advertimos en nuestros
Estudios sobre los Judíos de España ' , de tres diferentes partes
ó Lapidarios: comprende la primera la descripción de las tres-
cientas sesenta piedras que forman aquella manera de catálogo,
si bien aparece dividida, con arreglo á los signos del zodiaco, en
otras doce partes subalternas: es objeto de la segunda el dar á
conocer las especiales virtudes de cada piedra por la influencia
del sol en las fases de los signos, extendiéndose á sefialar las fi-
guras de las estrellas, el tiempo en que ejercen en las piedras m;ls
ó menos acción, y el en que estas se trasforman ó cambian de
virtudes: explícanse en la tercera las causas principales de tan
singular fenómeno, atendiendo en todo al estado de los planetas,
y bosquejadas las figuras que hay en el ochavo cielo [el firma-
mento], determínase por último el influjo que individualmente al-
canzan en las citadas piedras. Terminado el libro do Abolays,
añadiéronle los traductores el Lapidario de Mahomad-Aben-
Quich, obra muy estimada en aquellos dias y escrita «segund'el
))saber de los libros de los sabios» y su propia experiencia. So-
metida al orden alfabético, muy usual entre los mahometanos,
abraza como los tres Lapidarios anteriores, cuanto se refiere á
la descripción y virtudes de las piedras, conforme al especial co-
lor que «án por natura», fijando al propio tiempo sus relaciones
con las estrellas. y planetas, de acuerdo con los preceptos de la
astrologia judiciaria ^. En tal manera comenzaba esta mentida
ciencia á tener estima entre los vulgares, si bien nunca logró ser
el anterior, por coetáneo de don Alfonso. Las iniciales y figuras astronómi-
cas están diseñadas y miniadas con el mayor esmero; la letra es grande y
bella, y las rúbricas de los capítulos justifican su nombro. También hemos
consultado otro Ms. de la Biblioteca Nacional, marcado L. 3., que al fol. 50
tiene una esmerada copia hecha ¿.principios del siglo XVI. Rodrig-uez de
Castro dá razón del códice escurialense desde la pág. l04 del tomo 1 de su
Biblioteca Española.
i Ensayo (I, cap. IV.
2 Aun cuando reconocemos que todos estos Lapidarios se someten más de
lo conveniente al influjo astrológico, todavía creemos que puede su estudio
ser de grande utilidad para la historia de las ciencias naturales, y en este
concepto llamárnosla atención de nuestros minerólogos. El libro ó traducción
de Aben-Quich existe en el cód. del Escorial, no en el de Madrid.
632 HISiüKIA CIÚTICA l)E LA LlTIiKATUUA ESPAÍÑüLA.
elevada á la categoría de euseñanza universitai-ia, según lo habia
sido entre los sarracenos y lo fué adelante en las más celebradas
escuelas de Europa ' .
Dos años habían apenas trascurrido, cuando. recibieron los doc-
tos rabinos Jehudáh-bar-Moseh-ben-Mosca y Rabbí Zag ben-Za-
(jul-Melolitolah [el de Toledo] el difícil encargo de formar las
Tablas Astronómicas, que tan alta reputación dieron al soberano
de Castilla, siendo el oráculo de las escuelas hasta el siglo XYII -.
Opinión es sin embargo de los más autorizados escritores que
«hizo don Alfonso convocar cuantos hombres insignes se hallaban
«entonces en la astronomía, asi en España como fuera de nues-
»tra provincia, juntándolos en Toledo», donde se dio cima á se-
mejante empresa, en que hubo de invertirse la suma de cuarenta
i La aslrologia judiciaria no solamente corrompió la aslronomia, sino que
pervirtió y llenó de absurdos, con sus extravagantes visiones, los estudios fi-
losóficos. De esta verdad ofrecen lastimosa prueba las Universidades de Bo-
lonia y Pádua, que siendo las dos más famosas de Italia, abrieron sus puer-
tas y erigieron cátedras á tan repugnantes delirios, señalándose entre sus
maestros un Pedro de Abano y un Checo d'Ascoli (Tiraboschi, tomo V, li-
bro II, cap. II). Y tan profundas fueron las raices que echó dicha ciencia en
ci suelo de Italia, que aun en la época del gran Cosme de Médicis, discul-
pándose con el égomplo del Dante y de otros doctísimos varones, se mostró
Marsillq Flcino, cabeza de la Academia platoniana, apasionado de ella (Gin-
guoné, tomo III, pág. 367). Pico de la ]\Iirándula escribió en cambio ocho li-
bros en contra, los cuales produjeron admirable efecto entre los eruditos, á
quienes hablan seducido los errores de Ficino (Ginguené, Hist. litt. d'Italie,
tomo III, pág. 4Ü7).
2 Mosen Diego de Valera manifestaba, al declinar del siglo XV, en su
Doctrinal de Príncipes, dirigido á los Reyes Católicos, «que fué don Alfon-
Mso grand philósopho y cstrólogo é compuso... las Tablas Alfonsls que en
))todos los Estudios Generales se leen» (Bibl. Nac, cód.FIOS, fól. 125 v.).
Gabriel Lasso de la Vega, que florece uu largo siglo adelante, decia también
en los apuntamientos que formó para sus Yarones ilustres: «las Tablas Al-
ytfojisles astronómicas se leen en los estudios y universidades generales» (Bi-
blioleca Escur., cód. iij L. 27). No creemos del todo indiferente advertir que
sólo cuando dejaron de ser estudiadas las referidas tablas, se trocó el título
de Alfonsles, que en su origen recibieron, por el de Alfonsinas, dando lu-
gar á que se equivoquen con los relicarios que el Rey Sabio menciona en
sus Cantigas y fueron legados á la catedral de Sevilla, donde se conservan
con aquel título (Véase nuestra Sevilla Pintoresca, lib. I, pág. 107).
II.'' PARTE, CAP, XII, SEG, TRASF, DEL AP.TE VULG. ERUD. 633
mil escudos '. Mas por grande que sea el respeto que estos cla-
ros varones nos inspiren, como todos afirman que las conferen-
cias habidas en dicha ciudad duraron «desde el año de 1258 hasta
))1262)), dando por resultado las expresadas Tablas, y consta en
ellas que se empezaron y acabaron diez años antes y que las cal-
cularon y escribieron los ya expresados rabinos, no será aventu-
rado sospechar que no examinaron ó vieron con sobrada precipi-
tación la referida obra, Yudáh fi de Mosé, fi de Mosca y Rabbí
ÍJag-aben-Yacub, el de Toledo, explicaban su propósito y daban
cuenta de los medios empleados para llevarlo á cabo, en los tér-
minos siguientes:
«Paresció el regnado fortunado et ayudado de Dios: el regnado del muy
«alto et muy noble sennor rey don Alfonso que Dios mantenga. Et porque
))amaua los saberes et los presciaua, mandónos fazer los estrumentos que
))dixo Ptolomeo en el su libro del Almagesío, segund son las armiellas et
))olros estrumentos. Et mandónos retificar en la cibdat de Toledo ques una
))de las cibdades principales d'Espanna [guárdela Diosl, et en ella fué el
»retificar de Asarquiel. Et esto mandó por enderescar et corregir las di-
Muersidades et las desacordancas que parescieron en algunos logares de
Malgunos de los planetas et en otros mouimientos. Et nos obedeciemos su
wmandado... et refisiémos los estrumentos lo meior que se pudo faser et
))trabajamos de relificar una sacón et seguimos en retificar el sol quanlo
))un anno complido; et ante desto et después relificámoslo todavía quanto
«entraua en las egualdades et en los trópicos et en los otros quartos del
Mcielo, que son el medio del Tauro, et d'Escurpion, et de León, et d'Aqua-
wrio. Et relificamos otrosy algunas coniuncioiies de los puntos quando se
«allegaban á las estrellas fixas. Et retificamos muchas eclypsis de las so-
plares et de las lunares. Et retificamos otros reüficamientos muchas vega-
»das, por quitar la dubda, et non dexamos de buscar ninguna cosa nin de
wynquerirla fasta que nos paresció emendar lo que era razón de emendar.
»Et todo examinado, dexamos por aueriguado lo ques cierto, et lesiémos
«estas Tablas sobre rayses que son sacadas daquellos retificamienlos... Et
wposiemos nombre á este libro Libro de las Tablas Alfonsies, porque fué fe-
»cho et copilado por el su mandado» ^
i Consúltese principalmente el cap. X del lib. VII de las Memorias His-
tóricas de don Alonso, el Sabio, por el erudito Mondéjar, pues que recoge en
él lo más granado que se había dicho hasta su tiempo, y después han acu-
dido á copiarle cuantos han tratado de este punto. Los testimonios irrecusa-
bles que alegamos en el texto, no consienten mayor discusión.
2 El códice, de que tomamos este pasaje es el que en la Biblioteca Nació-
631 HISTORIA CRITICA Dli LA LITICRATL'RA ESPAÑOLA,
Kxpuesla la idea de las diferentes Eras en la misma l'oi*ma que
se hizo poco después en la introducción de las Partidas, y decla-
rado que el nuevo rey don Alfonso sobrepujaba «en saber, sesso
))et entendimiento, ley, bondat, piedat et noblesa á lodos los reys
))sabios)), añadíase que tomaban la Era en el principio de su rei-
nado, dándole el título de alfonsí, «porque durasse la noiniíradia
)>deste noble rey para siempre». «El qni quisier obrar con estas
^)Tablas [proseguían] conuien que primero sepa esta liera, pues
«que las rayses de los medios cursos et de los centros ct de los
«argumentos et de los otros movimientos et de las otras obras
«son puestos en estas Tablas sobre la rays de la hera». Para
desatar cualquiera duda respecto del año en que se hizo tan me-
morable estudio, decian finalmente: «Et este anno que se fesieron
«estas Tablas, fué de mili et doscientos et nouenta de la hera de
«Céssar» [1252] ^ Si pues al verificar todos jos cálculos tomaron
por norma el primer año del reinado de don Alfonso, y declaran'
de un modo tan explícito que los terminaron dentro del mismo,
¿cómo se han podido admitir los asertos que dejamos arriba apun-
tados, sin entera ignorancia de las Tablas Alf'onsksl... Que sólo
se ha escrito de esta obra, así como de otras muchas que exami-
naremos, por simple referencia, pruébalo el no haber indicado
siquiera el punto de partida, ni señalado tampoco el meridiano
que adoptaron tan ilustres rabíes para ajusfar á uno y otro dato
sus importantes especulaciones. El meridiano de Toledo y el ad-
venimiento al trono del Rey Sabio, son los dos polos sobre que
giran las Tablas Alfonsíes, monumento de la ciencia astronómica,
que no solamente aventajaba á los del mismo género, compuestos
en siglos anteriores, sino que eclipsaba también las famosas Ta-
blas de Abulabbas Ahmed-ben-Mahoraad Ebn-Othman Alazadí,
nal lleva la marca L 97, y comprende también la mayor parle de las obras
astronómicas que vamos a examinar. Es en su mayor parle copia del si-
glo XV. También hemos consultado los Mss.L. 184,— T. 273 y K 196, y en
la Biblioteca Escurialense el designado iij. Q. 26. En este último so contie-
nen además los u cánones ordenados de Juan de Saxonia para las Tablas del
»rrcy don Alfonso» (fól. 120), libro que llegó á tener no menos cclcbíidad
que las mismas Tablas Alfonsíes.
1 Capítulo I de las referidas Tablas, cód. L 97.
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 633
publicadas un año después del nacimiento del soberano de Cas-
tilla '.
Contiénase toda la doctrina de las Alfonsíes en cincuenta y
cuatro capítulos: dedicados los cinco primeros á concertar la
nueva Era y año alfonsí [1252] con las Eras y años hebreos, ára-
bes, persianos y latinos, explícanse las relaciones de los meses y
dias en cada uno de estos sistemas; y no olvidada la consonancia
del año bisiesto con la novísima Era, se establece la entrada del
natural conforme á las precitadas, apreciando la diversidad de los
tiempos, de acuerdo siempre con la alfonsí. Averiguase después
el valor de cada Era por la cuarta de otra y aun por los dias; y
fijas las diferencias que todas ofrecen con la escogitada para, las
Tablas, se definen y exponen las ecuaciones del sol, de la luna y
de los planetas 2, tratándose de la declinación del sol, de la lati-
tud de la luna y de la respectiva de los planetas citados, con su
retrogradacion , su oposición [oponimiento], aparición [paresci-
miento], ocultación [abscondimiento] y ascenso [alcamiento] . La
conjunción de dias y de noches, la oposición y catamiento de la
luna en todo tiempo y lugar, y los eclipses solares y lunares pre-
ceden finalmente á la explicación del uso de las Tablas y de los
signos en ellas convenidos, dando su aplicación por resultado el
conocimiento exacto de las alturas y latitudes en cualquier hora y
situación, de las horas temporales é iguales, de las revoluciones
de los años, de la declinación universal de los signos y de las som-
bras, según el sistema de Mahomad-ben-Giaber (Albategui), y
determinando por último el dia en que caen los miércoles de Ce-
niza y de Pascua, para fundar el ciclo. No otro es en suma el
1 Estas celebradas Tablas salieron á luz en 1222, año 619 de la égira, y
don Alfonso nació el 23 de noviembre de 1221. Mucho antes se habian
divulgado entre los doctos las Tablas de AUnamun, formadas de orden de
aquel príncipe por Jahia Ben Abi Mansur, y eran asimismo conocidas las
Tablas de Azzarcal, que utilizó años adelante el mismo Rabbí Zag-ben-Ya-
cub, y el compendio de las de Albategui y las Tablas de Mahomad ben Musa,
ilustrados uno y otras por Moslemá ben Ahmad Abul-cassem Magrití. Los
trabajos de los ilustres rabinos toledanos fueron más completos que todos
los anteriores á su época.
2 Caps. XVI y XVH,
630 HISTORIA CRITICA DE U LITERATURA ESPAÑOLA.
objeto y la materia de las Tablas Alfonsíes, de todos aplaudidas
y de pocos ó ninguno examinadas; obra que, reconociendo por
base la doctrina de Tolomeo, aspira con razón al título de origi-
nal, mostrando la ciencia que en el siglo XIII alcanzaban los ju-
díos españoles y la nobilísima protección que les concedía el Rey
Sabio *.
, Daba esta, estimulada por el éxito de producciones tan no-
tables, si no más granados, mi'is abundantes frutos en aquella
serie de tratados, que por fortuna se custodian- en el códice Ilde-
fonsino, formando un solo cuerpo de doctrina. «Este libro del sa-
))ber de astrologia, que mandó componer de los libros do los sa-
))b¡os antigos, que fablaron en esta scien(^ia, don Alfonso, por la
))graQÍa de Dios, rey de Castiella et de León, etc., fijo del muy
Mnoble rey don Ferrando et de la reyna donna Beatriz..., fabla
i En orden á la protección que otorgó don Alfonso a los judíos pueden
verse, demás de lo que del presente se deduce, los capítulos 11 y III del I.*""
Ensayo, y III y IV de nuestros Estudios, antes de ahora recordados. Respecto
de la autoridad de Tolomeo, cúmplenos advertir, para pulverizar la calumnia
fraguada contra la ciencia del rey de Castilla, que tanto él como todos los
rabinos y maestros que llevan á cabo sus proyectos, profesaron á aquel re-
nombrado astrónomo profundo respeto. Don Alfonso, en su libro del Septena-
rio, le tributaba este insigne elogio: «Phtolomeo ffué uno de los grandes plii-
«lósophos que nunca ouo en la arte de astrologia, ca este fabló mas alto en
))fecho de los cielos et lo de las estrellas que otro que ffué, et departió más
))de cosas et fecho de los planetas de los ssignos que otro, ca ffué omc que en-
Mtendió et punnó en saber mas las propiedades de los cielos», etc. Ahora
bien: si con tanta veneración habló el rey don Alfonso de Tolomeo, contribu-
yendo tal vez á que Bruneto Latino, que halló en Castilla ya publicado el
Septenario, le adoptase en su Tesoreto como personificación délas ciencias, y
en especial de la astronomía, cgemplo que un siglo después siguió Fació de gli
Uberti en su Diltamondo, ¿cómo no se ha de condenar, cual despreciable su-
perchería, el dicho que sobre la creación se atribuye al hijo de San Fernando,
y que era en suma la condenación del sistema de Tolomeo?... Al estudiar los
demás libros de astronomía, acabaremos de comprender lo absurdo de seme-
jante patraña. — De la breve exposición que hacemos de las Tablas Alfonsies
se deduce también quo las conocidas generalmente con título de Alfonsi-
nas, escritas en latín y reducidas á simples cuadros de cálculos, no son las
verdaderas que el Rey Sabio alienta y protege, dándoles su nombre. El in-
terés de la ciencia pide un estudio comparativo, en que no podemos entrar
nosotros.
11." PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. C37
))de todas aquellas maneras por qué se puede catar et conoscer et
«entender el nacimiento de todos los gielos que se mueuen et de
))las estrellas que son en ellos, también de las del ochauo cielo
Mcomo de las otra siete, que llaman planetas, porque son moue-
»deras en sí mismas, et otrosy por los cielos en que están que se
))mueuen siempre. Et fizo partir este libro en XYI partes, cada
))una con sus capítulos que muestran Uanamiente las racones que
«en ellas son. Et fizólas olrossi figurar, porque los que esto qui-
«siessen deprender, lo podiessen mas de ligero saber, non tan so-
))lamiente por entendimiento, mas por vista» ^ Prueban estas
palabras, con toda evidencia y en contrario de lo que general-
mente se ha creído, que fué el propósito del rey don Alfonso
reunir en un solo volumen cuantas obras astronómicas tenían en
su tiempo merecida estima, enseñándonos el examen de los diez
y seis tratados comprendidos en esta suerte de florilogio, que se
ensayó también la ciencia de los rabinos españoles en diversas
materias, no tocadas hasta entonces á satisfacción del nieto de
doña Berenguela.
Cuatro años se contaban solamente desde la publicación de las
Tablas Alfonstes , cuando apareció ya el Libro de la ochaua
Sphera et de sus XLY III figuras, traducido «de aráuigo et de
caldeo» por Jehudáh-ha-Cohen , alfaqui del rey don Alfonso, y
Guillen, fí de Remon d'Aspa, so clérigo ^. «Cobdiciando (escribía
))el rey) que las grandes virtudes et maravillosas que Dios puso
»en las cosas quél fizo que fuessen conoscudas et sabudas de los
»omes entendidos de manera que se pudiessen aiudar dellas, por-
))que Dios fuesse de ellos loado, amado et temido; et catando to-
\ El prólog'o general de las obras astronómicas, falto en el códice Ilde-
fonsino, se halla completo en el marcado L. 3 de la Bibl. Nacional, cuya pri-
mera parte, escrita en vitela á principios del siglo XVI, es el Libro de la
Ochaua Sphera, mejor conservado que el del Ms. Complutense. De él tomamos
pues las preinsertas líneas.
2 En el Ms. original se lee d'Aspa, en lugar de Daspaso, donde se han
confundido la preposición, el apellido y el pronombre. Guillen y Johan de
Aspa son designados ambos como capellanes reales [sos clérigos) del rey don
Alfonso. De aquel error nos dejanios vencer en los Estudios sobre los Judíos,
siguiendo á Castro.
G38 HISTÜIUA 'CnlTICA DE LA LITlüRATUKA ESPAÍÑOLA.
))tlas estas razones, mandamos trasUular et componer este libro,
wen que fabla de las virtudes de las estrellas fixas que son en las
)')riguras del ochavo cielo,- et mostramos de qué manera eran fe-
))chas por asmamiento et por uista, segunt ilixcron los sabios an-
))tigos; et qué nombre án et por quíilos razones et do quál grandez
))Son, et de qué ladeza, et de quíil longitud, et de quáles natu-
))ras, et de qué complisiones; et la virtud que a cada una en sí,
))et qué flguras otras sallen dellas, que son partidas por cccLx
«grados» ^ Divídese este libro en dos partes principales que en-
cierran en cuarenta y ocho ruedas la descripción de las estrellas
de Oriente y Ocaso, del Septentrión y Mediodía, abrazando diez y
siete grados más que los comprendidos en el Almagestü de Tolo-
raeo; y como indica el rey don Alfonso, determinada ya la situa-
ción respectiva de las constelaciones y de los signos, y establecida
la relación de sus nombres en latin, griego, árabe y castellano -,
se expone alguna razón do sus virtudes, pagando así tributo á la
ciencia astrológica. Complemento de este tratado fué sin duda la
segunda partida de la colección que vamos examinando, la cual
tenia por título El libro de la Sp/iera Redonda, y se limitaba á
prescribir las reglas «cómo se deue fazer, et cómo deuen obrar
))Con ella» ^.
Tras esta obra aparecia el Libro del Alcora, 6 de la Esfera,
escrito en lengua árabe por el oriental Coslha (Alcozrí-ben-Lu-
cháh), y traducido en la Era de 1297 [1259]. «Mandólo trasia-
))dar de aráuigo en lenguaie castellano el rey don Alfonso, fijo
))del muy noble rey don Ferrando et de la reyna doña Beatriz,...
»á Maestre Johan Daspa, so clérigo, et Hyudá, el Cohem, so alha-
»quim. Et fué fecho yueues YI dias de febrero, en era de mili et
»dozientos et nouaenta et siete annos, el seteno anno del regno
i Cód. L.. 3 de la Bibl. Nacional, fól. 1.» v., col. I."
2 Cualquier capítulo basta para demostrar este aserto, comprobando lo
dicho antes de ahora sobre los estudios filológicos: hablando en el cap. XIII
del Centauro, dice: uCentaurus nombran en latin á esta figura, et en caste-
wllano la llaman centauro, el en griego cantores, et en arábigo ve-el-cahba,
Mque quiere dezir el centauro», etc. — Todas las figuras y estrellas se men-
cionan de igual modo.
3 Cód. L. 3 citado, fól. 1 r., col. 1."
11.' PARTE, CAP. XII. SEO. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 639
»deste rey sobredicho» \ Corno persuade su mismo título, trata
de «todo el ordenamiento del esfera, á que dicen en aráuigo vet~
-^alcorcij», dando el mismo don Alfonso idea cumplida de los
puntos más notables que abraza, en los términos siguientes:
«En esta alcora paresce la forma el el estado del cielo et la diuersidat de
))!os mouimientos del sol et de la luna el de los plan elas et de las otras es
))trellas, según las ladezas de las uillas. El por qué razón meng-ua el día
))et cresce por lodo logar et por toda ladeza. Et por qué razón es siempre
«egual en la lintia equinoclial, do es siempre el dia de XII horas et la no-
))clie dolras XII horas. Et por qué razón se faze en un logar todo el anno
))un d¡a natural que es un dia el una noche; ca todos los seys meses son
))un dia et los seys una noche. Et en otros logares por qué acaesee que
«qualro meses son un día et qualro meses una noche; et en otros dos me-
))ses son un dia, et otros dos meses una noche, el en otros un mes un dia,
))el un mes una noche; et más desto que es dicho et oírossi menos. El en
))olros logares llega el mayor dia á veynle et quatro horas et la mayor no-
))che olrossí á veynle et qualro horas, el más desto el menos deslo», etc.
Hállase toda la obra compartida en setenta capítulos, añadidos
cuatro preliminares y uno fmal al libro de Costha, ti^abajo que
desempeñaron los traductores, de orden del soberano, porque sin
él «non podría seer bien ordenado el libro», y para que fuese esta
obra dell Espera más complida. El último capítulo, escrito por
Rabbí Mosseh ha-Cohen, siguiendo la doctrina de Kermes, tenia
por objeto establecer las reglas para «faser las armiellas et para
))saber ell atagyr, et egualar las casas» 2.
Siguiei^on á este los dos libros del Ástrolahio redondo y del
Astrolabio llano, compuestos ambos por Rabbí Zag, el de Tole-
do, cuya ciencia era aplaudida desde la publicación de las Ta-
blas Alfonsíes y muy acepta á los ojos del Rey Sabio. uDe to-
ados los libros, en que fabla de los estrumentos que pertenescen
1 Cód. Ildefonsino, fól. 23 r.
2 Don Alfonso decía: «Por que fuesse esta obra de la Espera mas com-
wplida, mandamos nos Rey don Alfonso, el sobredicho, annadir hy este ca-
Mpítulo para fazer armiellas en la espera, para saber ell at.acir et egualar las
wcasas, segund la oppinion de Kermes; et mandamos á don Mossé, nuestro
walfaquim, que lo fiziosse» (Cód. Ildefonsino, fol. 36 r.). Debemos notar que
el título de Alfaqui del rey equivaha á Gran Juez de las aljamas en la dióce-
sis, á que correspondía.
6i0 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA5!0LA.
»en la arle de aslrología (observaba este príncipe)- auemos ya
»dicho. Et agora queremos fablar en cómo se deue faser el as-
»luolab¡o redondo, et cómo deuen obrar con él, por que es uno
))de los buenos cstrunienlos que fueron fechos en esla sciencia
))Sobred¡cha. Et porque non fallamos libro que fable de cómo se
))deue fazer de nuevo; por ende nos rey don Alfonso, el sobredi-
»cho, mandamos al dicho Rabbí Cag que lo fiziesse bien conplido
»et bien paladino, de guisa que lo entendiessen aquellos que ouies-
»sen sabor de lo fazer nueuamientre, assi como lo auemos fecho
«en los otros libros que fesiemos de los otros cstrumentos». Casi
las mismas razones alegaba respecto del Asírolabio llano, decla-
rando formalmente que era dicho libro escrito después de termi-
nado el del Alcora y el del Asírolabio redondo \ Consta este de
dos partes, compuesta la primera de veintiséis capítulos, y de
ciento treinta y cinco la segunda; y dados en aquella oportunos
consejos sobre la construcción y uso del referido instrumento,
elevábase en esta á, profundas consideraciones científicas, mos-
trando los grandes é inequívocos conocimientos que poseía en las
ciencias exactas. «Averiguar la altura del sol en todas sus situa-
ciones (escribíamos hace algunos años); señalar la de las estre-
llas; determinar el movimiento de los astros en general; fijar la
duración del tiempo, designando al par sus alteraciones y las cau-
sas de estas; explicar la declinación de cada uno de los signos del
zodiaco y sus relaciones; indicar la manera de conocer las orien-
taciones y latitudes; dar norma segura para comprender las re-
voluciones de los años; medir la distancia de un objeto dado,
comparativa y absolutamente... hé aquí algunas de las cuestio-
nes propuestas y dilucidadas por Rabbí (Jag Hatolaitoláh en el li-
bro del Asírolabio Redondo con tanta copia de erudición como
doctrina» 2.
i El prólogo dice: «Auemos fablado primeramicntre de la Espera... mas
wagora queremos dezir del Asírolabio que fué fecho primeramente redondo...
aet cuerno quier que nos ouiessemos fablado en otro logar del asírolabio...,
»non fablamos de cuerno deue seer fecho, nin de cucmo deuen obrar por éll,
))el por ende qucrcmoslo agora aqui mostrar» (Cód. Ildefonsino, fól. 65 r.).
2 Esludios hist., polits, y lils. sobre los Judias, Ensayo II, cap. III, pági-
na 273.
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 641
Y no era el del Astrolabio Llano menos importante. Consignadas
en su primer capítulo las razones por qué recibe este nombre, á
diferencia del Redondo , trata la primera parte en veinticinco
capítulos, de su coQStruccion, uso y aplicación, determinando
menudamente los objetos de que se compone, desde la red, que
abraza y recoge sus diferentes cercos, hasta la cuerda que lo sus-
pende. La segunda parte, que en cincuenta y siete capítulos en-
seña cómo deben obrar con el asfrolabio, fija y resuelve las mis-
mas cuestiones expuestas en el Libro del Redondo, confirmando
la idea ya indicada de la erudición y talento de Rabbí Zag, el de
Toledo: sus estudios sobre los sistemas astronómicos hasta enton-
ces conocidos, sus observaciones propias y las advertencias de los
demás sabios, con quienes consultaba sus tareas, imprimían á la
ciencia un nuevo carácter, contribuyendo á su adelantamiento,
bien que sin perder de vista á los árabes, ya para adoptar su doc-
trina, ya para desvanecer sus errores ^. Digno es de notarse que
la nomenclatura empleada por Rabbí Zag en este y los demás
tratados, debidos á su pluma, es esencialmente arábiga.
Casi al mismo tiempo que se escribía el del Asfrolabio llano
encargaba el rey de Castilla la traducción del Libro de la Aza~
feha del celebrado Abu Isahak-Ben-Yahia Azzarcall á Maestre Fer-
nando de Toledo: «Dicho auemos fasta aqui (observaba don Al-
))fonso) dell Alcora cómo es fecha et cómo deuen obrar por ella,
))et otrossy dell astrolabio cómo es fecho et de las huebras que
«se pueden fazer por él. Mas agora queremos fablar de la Aza-
'»feha, que fizo Azarquiel, el sabio astrolomiano de Toledo, á onra
wdel rey Almemun, que era entonce sennor dessa gibdat, et nom-
«bróla por ende Almemom'a. Et después fué á Sevilla et fizo esta
nAzafeha misma en otra manera mas complida et mas acabada...
)>Et este libro sobredicho trasladó de arábigo et romaneó Maes-
»tre Fernando de Toledo, por mandado del muy noble rey don
«Alfonso, fijo del muy noble rey don Fernando, et de la reyna
«donna Beatriz», etc. Dos partes, la primera de cuatro capítulos
i En el libro II, cap. CXXXV del Asfrolabio Redondo contradice la doc-
trina del renombrado Nalasor victoriosamente, y lo mismo observamos en
varios pasajes respecto de otros astiónúmos.
TOMO 111. 41
6i2 HISTOUIA ClllTlCA DE LA LITEll ATURA ESPÁTULA.
y la segunda de ciento, componen la Aznfeha, que, según lian
mostrado antes de ahora entendidos bibliólogos, examinando la
obra de Azzarcall, abraza las nociones más generales de la as-
tronomía y resuelve los problemas que mayor, interés ofrecían en
los tiempos medios ^ Aspiraba de este modo el Rey Sabio á ro-
bustecer los esludios hechos bajo sus auspicios, y no satisfecho de
la versión de Maestre Fernando, mandaba trasladar tan celebrada
producción «otra vez en Burgos, meior et mas complidamente, á
«Maestre Bernaldo, el arábigo, et á don Abrahem, su alfaqui, en
»el XXYI anno de so regno, que andana la era de fésar en mili
))et CCC et XV anuos» [1277]. Esta parece pues ser la traducción
que en el códice lldefonsino ha llegado á nuestros dias ^.
En seis libros se divide el que tiene por asunto la Lámina Uni-
versal, obra encomendada por el rey de Castilla después de tra-
ducida la Azafrha al ya citado Rabbí Zag Ilatolaitoláh, según
declara el mismo principe en estas palabras: «Agora queremos
))fablar de como deuen fazer la Lámina Universal, que fué fecha
))en Toledo, donde fué sacada la Acafefa del Zarquiel; et el sabio
))que fizo esta lámina sobredicha, non fizo libro de cómo se deue
wfazer de nueuo: por ende Nos don Alfonso, el sobredicho, man-
))damos al nuestro sabio Rabi (:ag, el de Toledo, que lo fiziesse
«bien complido con sus pruebas et sus figuras». Siguiendo el mé-
todo adoptado para las obras precedentes y el mandato expreso
del monarca, explica Rabbí Zag el modo de construir la Lámina
en el primero de dichos seis libros, dejando hablar en los siguien-
tes al autor musulmán, que se atribuye la gloria de haber inven-
tado aquel instrumento astronómico. Alí-ben-Halaf, que tal es su
nombre, advertido por el estudio de Tolomeo de que era posible
i Casiri, Biblioth. arábico-hispana, tomo I, cód. CMLVII, pág. 392 y
siguientes.
2 El erudito Baycr dio en sus Notas á la Bibliotheca Veíus alguna noticia
de la segunda traducción de la Azafeha (lib. VIH, cap. 5, pág. 84), manifes-
tando que el Ms. de la Biblioteca Nacional que la encierra, era de letra ut vi-
detur XIV saeculo exarala. El prólogo, que también se pone en boca del Rey
Sabio, es absolutamente distinto, y en lo demás, fuera de la doctrina, no hay
mayor semejanza. En el códice lldefonsino precede á la Azafeha el tratado
de la Lámina, pero indebidamente, como veremos en el prólogo de este.
II. PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 043
allanar la esfera, et sennalar linnas que sean semeiantes á las
linnas que son sennaladas en la sobre f a:: de la espera, objeto
que no llenaba cumplidamente el astrolabio, por necesitar una
lámina á cada ladeza, inventó pues el indicado instrumento. aYo
))pensé (dice) de cómo se puede fazer un estrumente que cumple
wá todas las ladezas, por toUer la lazería de fazer cada ladeza
))una lámina; et tanto pensé en ello fata que entendí cómo se
«puede fazer un estrumente pora toda la tierra que non aya en
))él mas de una lámina et una red, et puslo nombre el Orhon
r)Uniuersal. Et álcelo pora mi sennor el rey Meymon, et fiz este
wlibro, en que fabla de cómo se deue fazer» *. Tan importan-
te obra, escrita desde el año 455 al 470 de la égira ^, en que
reinó en Toledo Yahya I, apellidado por excelencia Al-mamwi
billáh, era una verdadera novedad en la historia de la astrono-
mía: encaminábase á resolver sin más auxilio que el de la lámina
ó planisferio cuantas cuestiones habían tenido hasta entonces
satisfactoria explicación, ya por medio de la esfera, ya por medio
de los astrolabios. Determinar hasta qué punto se logra este pro-
pósito con el tratado de Ali, tarea es más propia de los que se
consagran al estudio de la expresada ciencia, quienes utilizando
el instrumento por él inventado, tienen la obligación de discernir
el galardón que al referido escritor corresponde en sus anales.
Para nuestro intento bastan las indicaciones apuntadas.
El noveno tratado de los científicos dados á luz bajo los auspi-
cios del X Alfonso, séptimo de los que figuran en el hermoso có-
dice lldefonsino, apareció también como una novedad, al comenzar
el último tercio del siglo Xlll. Explicada por Tolomeo la manera
en que debia construirse la esfera armilar, y no habiéndose escrito
hasta el año 1277 sobre la apUcacion de la misma, decia el rey
en el prólogo que encabeza las dos partes del Libido de las Ar-
miellas: «Tenemos por razón demostrar del... estrumente que
»fizo Ptholomeo, á que dizen en arábigo det alhalac y en latin
))armiellas. Et mostraremos otrossi en quál guisa deuen obrar
))Con ellas, maguer este libro de cómo obran con ellas non era
1 Cód. lldefonsino, fól. 82 r.
2 De 1043 á 1077 de Cristo.
fi44 HISTORIA CKlTICA DE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
Mlallado en esta nuestra sazón: el por ende mandamos á nuestro
«sabio Rabbí Cag, el de Toledo, que lo fiziesse bien complido et
))bien llano, en guisa que pueda obrar con él qual omne quier que
))cate este libro» *. Aplicando la doctrina del mismo Toloraeo. y
teniendo presente la de llermes y la de los renombrados árabes
Albategní y Aben Mobat, daba el esclarecido hebreo razón cum-
plida de todas las operaciones que se ejecutaban por medio de la
citada esfera, desde el movimiento de los astros y la situación de
las estrellas fijas hasta la averiguación del crecimiento del dia y
de la noche, determinando el sohimicnto del aluor et el poni-
miento del crepúscid. Rabbí Zag-ben-Yacub-ha-Tolailoláh, que
gozaba ya merecida reputación de astrolomiano, acrecentábala
con el Libro de las Armiellas, que no fué por cierto el último
debido á su erudición y á su ciencia.
No consta en el de los Láminas, que' sigue en orden cronoló-
gico *, si fué traído al habla castellana por aquel docto toledano:
adviértenos sólo el rey que la primera parte de este libro estaba
tomada del escrito por Ali Bcn Alhassan Abulcassim, uno de los
más claros astrónomos de su tiempo, manifestando al par que di-
cha primera parte «fabla de cómo puede el omne fazer una lámi-
))na á cada planeta», demostrando la segunda «cómo puede el
womne fazer una lámina para todas las planetas». Anunciado así
el propósito, dábanse las reglas para construir individualmente
las expresadas láminas en diez y seis capítulos, dedicándose otros
once á determinar la forma en que «podían excusarse» todas sie-
te, fabricando una sola para estudiar la posición, movimiento y
demás accidentes de los planetas.
Seis breves tratados, debidos al tantas veces citado Rabbí Zag,
y compuestos desde 1277 en adelante ^, completan, con otro en-
comendado por don Alfonso á Rabbí Samuel ha Leví, el de To-
i Cód. Ildef., ful. i38 V.
2 Id. id.,fól. 1S3.
3 Eli el prólogo del Libro del Quadrante leemos: «El esto fue quando
»andaua la era de nro. Scnnor Ihu. Xpo. en mil et ce et Lx.wn annos ella
»de (^ésar en mil el ccc et xv» (cód. Ildef., fól. i67 v.). En los demás se
declara que fueron compuestos después.
II.* PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 64o
ledo, la peregrina colección del códice Ildefonsino. Tratan los
primeros del Quadrante, de la Piedra de la Sombra, del Relogio
del Agua, del de Argent vivo [azogue], del Palacio de las Ho-
ras * y del Atazir, preciándose el rey más de una vez de que se
hubieran perfeccionado en su tiempo y aun por su diligencia al-
gunos de los referidos instrumentos. Hablando del Libro del Qua-
drante, se expresaba en este sentido, diciendo: «Porque esta
«parte primera deste libro non fué fallada en esta sazón dagora
«cierta et conplida, assi como deue seer, por ende Nos rey don
«Alfonso, el sobredicho, mandamos á nuestro sabio Rabí Cag, el
«de Toledo, que lo fiziesse bien cierto et bien conplido». Refirién-
dose al Libro de la Sombra, observaba: aPorque non fallamos
«en el hecho de la piedra de la Sombra libro que faesse conplido
«por sy, de guisa que non ouiesse menester en su obra otro libro,
«por ende Nos el rey don Alfonso, el sobredicho, touiemos por
«bien et mandamos al dicho Rabí (.'ag que feziesse este libro bien
))Conplido«. En orden al del Relogio del Agua, anadia: «Lo que
«fallamos escripto en los libros que flcieron los sabios antiguos
«era muy minguado... et Nos touimos por bien de fazer este re-
«logio de otra manera, de guisa que non aya y yerro ninguno...
«que non fué fecho tal como este en los tiempos que son passa-
«dos; et mandamos á Rabí Qag que lo feziesse bien cierto et bien
«conplido et que posies' en él quantas maestrías podies' poner,
«quier por arte de las aguas, quier por arte de astrologia« ^. No
i El erudito Pérez Bayer manifestó que este libro era incerto auctore
(Bibl. Vet., tomo H, libro VJII, cap. 5). En el prólogo del mismo escribió,
sin embargo, don Alfonso: «Mandamos al sobredicho Rabicag- que fiziesse
«este libro, en que muestre cómo se deue fazer este Palacio» (Cód. Ildcfons.,
fól. 198 r.).
2 Abú Abdalla ben Abí Becr Az-zahri en su libro de Geograña, titulado:
Descripción del mundo y de sus regiones habitadas (^ ULxsr'i >, jL^r
o.^jI i:a.'w*w=) atribuye no obstante áAz-zarcal lainvencion de lasclepsi-
dras, que existían en Toledo, diciendo: «Lo que hay de maravilloso y sor-
wprendente en Toledo, tanto que no creemos que haya en todo el mundo ha-
wbitado ciudad alguna que se le iguale en esto, son unas clepsidras ó relojes
))de agua que fabricó el famoso astrónomo Abu-1-casem Abdo-r-rahman, más
«conocido por el nombre de Az-zarcal. Cuentan que este Az-zarcal cómo
646 HISTORIA CRITICA m LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sucedió así con todos los referidos tratados, pues que el del lie-
logio del Argent vivo era formulado «por la arle del libro que
»fizo Yran, el philosoplio, en que fabla de cuerno se pueden alear
))las cosas pesadas», siendo los restantes principalmente el del
Átacir, tomados de los antiguos matemáticos árabes. A ellos acu-
día también sin duda Rabbí Samuel ha Leví, al componer el Li-
bro del Relogio de la Candela, que forma con los ya menciona-
dos la curiosa serie de relojes astronómicos, con que termina el
códice Ildefonsino. Dar más amplias noticias de estos instrumen-
tos después de fijar la época en que fueron compuestos ó ilustra-
dos por los rabinos que protege el Rey Sabio, sobre dislraernoá
más de lo conveniente, seria ya materia adecuada á la historia de
las ciencias, y no muy propia de la de las letras españolas.
Mas no son estos los únicos libros astronómicos que atesoró la
lengua castellana durante el reinado y por disposición del rey
don Alfonso: con los nombres de Cánones de Albateni, de Libro
Cumplido de los iudicios de las estrellas j Libro de las Tres
Cruces, se han trasmitido también á nuestros dias tres diferentes
tratados, relativos á la expresada ciencia y á la astrologia judi-
ciaria ^ Debido el primero á Mahomad-ben-Giaber, según denota
«oyese de cierto talismán que hay en la ciudad de Arin, en la India oriental,
»y del cual dice Masiidi (en sus Prados dorados, ^ ^j}\ -> «w/») que sefia-
"jaba las horas por medio de unas aspas ó manos desde que salla el sol hasta
«queso ponia, determinó fabricar un artificio, por medio del cual supiesen las
«gentes qué hora del dia ó de la noche era, y pudiesen calcular el dia de la
»iuna. Al efecto hizo cavar dos grandes estanques en una casa á orillas del
»Tajo, no lejos del sitio llamado Babo-d-dabbagum , ó puerta de curtidores,
«haciendo de suerte que se llenasen de ag-ua ó se vaciassen del todo, según
«la creciente ó menguante de la luna» {Toledo Pintoresca, II." Parte, pá-
gina 304). No haciendo el rey don Alfonso mención alguna de estos relojes,
es casi evidente que ya no existían en su tiempo; pero comparado su Libro
con la descripción que hace Az-zahrí de las clepsidras de Az-zarcal, parece
demostrado que la teoria, en que este se fundaba, se había perfeccionado no
poco en el siglo XIII.
i Entro los Mss. de la Biblioteca Escurialcnse se conserva también un
códice signado h. j. 16, bajo el titulo de Formas 6 imagines de los cielos, em-
pezado por disposición de don Alfonso en el año XXII de su reinado «Era de
Il/ PARTE. CAP. XII. SEG. TRASK. DEL ARTE VULG. ERUD. 647
SU título, y enriquecido con algunas tablas delAzzarcall, era tra-
ducido por el renombrado Rabbi Zag , quien recibía al propio
tiempo el encargo de aducir «sobre cada razón su prueba de geu-
«metria et de astrologia, por toller la dubda et porque se pares-
wciese la certidumbre». Divídese en dos partes, destinadas á tra-
tar del cuadrante movible y del cuadrante fijo, explicando todas
las operaciones que se realizaban á la sazón por medio de uno y
otro '. Fruto el segundo de Alí Aben-Ragel, poníalo en lengua
vulgar Yehudáh Bar Mosseh-ha-Cohen, y trasladábanlo al latin
por mandado del mismo don Alfonso, el maestro Gil de Tebaldos
y Pedro del Real, haciendo adelante otra versión Alvaro Hispano,
criado del rey. Compuesto de ocho diferentes libros, hablábase en
los dos primeros de los signos y naturalezas de los planetas y de
sus virtudes; y expuestas algunas nociones rudimentales necesa-
rias para el estudio formal de la astrologia, dedicaba los restantes
á los conocimientos y natividades, y á las conjunciones y revolu-
«César de mili et trescientos e catorce annos» (1274) y terminando en el
ano XXVI [ de su reinado, ó lo que es lo mismo, en 1279. Trata principal-
mente este peregrino libro ade las uertudes et de las obras que salen dellas
»en los cuerpos que son de yuso el cielo de la luna», y se divide en once
partes, tomadas las diez primeras cada cual de un sabio ó phUosopho nnüguo ,
figurando sucesivamente Abolays, Timtim, Pitágoras, Yluz, Belyenus, Plinio,
Utarit, Rag-iel, Yacoth y Aly. — Tócanse en este libro cuestiones tan peregri-
nas como la de «cambiarse en forma de quál ome ó de quál mugier» que se
quisiere, la de «fazer á qui quisieres que semeie perro et que anden aderredor
«muchos perros; la de auer semeianca de mugier et la mugier semeianza de
Mvaron» (I.* Parte, caps. 18, 21 y 24); y otras extravagancias y donosuras
de igual jaez y corte, que muestran á qué punto hablan llegado los delirios
de los astrólogos judiciarios entre los árabes y demás pueblos orientales.
El Ms. consta de diez y nueve fojas útiles, y es de letra de fines del siglo Xlll
ó principios del XIV.
1 Don Nicolás Antonio, Bibl. Vet., lib. VIII, cap. S, pág. 82 y 83, dá
alguna razón de este tratado, que poseía el docto bibliólogo don Juan Lúeas
Cortés: corapónese de cincuenta y siete capítulos, y forma parte del cód.
L. 9. 7 de la Biblioteca Nacional. Su título dice: «Aquí comienca el Libro de
■fíCánones de Albateni, que mandó escrevir el muy noble rey don Alfonso, a
))quien Dios dé uida et salut por mucho tiempo». Y después en el prólogo
se lee, hablando ya el rey: «Nos don Alphonso mandamos á Rabicag de To-
»ledo, nto. sabio», etc.
f.J8 HISTORIA CRÍTICA HE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Clones de los años, concluyendo con señalar las del mundo ^ Co-
nocido el tercero como obra de Obéid-Alláh, trataba de los cuatro
planetas superiores, investigando los accidentes que causa en la
naturaleza, y más inmediatamente en el hombre, la diversidad de
sus aspectos. La suerte de los imperios y de los reyes, la desdicha
ó prosperidad de los capitanes y conquistadores y hasta la mala
ventura ó felicidad de cada individuo, todo está sujeto, según la
doctrina de este raro libro, al movimiento, conjunción, color y
demás propiedades de los indicados planetas, mostrando así que
es una de las más exageradas aplicaciones de la astrologia. Man-
dólo el rey trasladar á Maestre Johan d'Aspa, y á Yehudáh-bar-
Mosséh-ha-Cohen, é hízolo compartir en sesenta y dos capítulos,
en los primeros dias de 1259, sétimo año de su reinado -.
De la sencilla exposición de todos estoslibrosse deduce: 1.° Que
llamaron constantemente la atención del Rey Sabio los estudios
astronómicos, promoviéndolos y premiándolos desde antes de su-
bir al trono desús mayores: 2.° Que no sólo mandó traducirlas
obras que más fama alcanzaban entre los astrónomos y astrólogos
i Cita Bayer el códice que encierra este tratado, en sus eruditas Anotacio-
nes, declarando que pertenece al sig-lo XIÍI. Custodiase también en la Biblio-
teca Nacional,
2 En la Biblioteca Nacional existe un bellísimo cód. de este raro libro,
signado Bb. 119. También posee una copia, aunque incompleta, del si-
glo XVI, la Real Academia de la Historia, con la marca E. 26. g. 7.^* D.
n.* 181. Al terminar esta noticia de las obras científicas llevadas á cabo bajo
los auspicios de Alfonso, X, parccenos conveniente mencionar las traducpio-
nes latinas del Quadripartito de Toloraeo, que se conserva en la Biblioteca
del Escorial, E. III. 4, exornada de las glosas de Alí Aben Ragel, y del ci-
tado Libro de los Juicios, que se guarda entre los prohibidos con el n.° 10 y
el título De Judiciis asírologiae Hali AbenragheUs filii. Hizo la primera Gil de
Tebaldos, y ayudóle en la segunda Pedro del Real. No juzgamos fuera de
propósito el apuntar aquí que entre los Mss. del Marques de Santillana, que
existen hoy en la Biblioteca del señor Duque de Osuna, hay un tratado de as-
tronomía con el título de Micrólogo, sacado «del Almagesti etde Alfragano et
»de Mosséh Alakc et de Emebriz», que habla del curso de los planetas. No
consta que se escribiese por mandado del Rey Sabio; pero no creemos repug-
nante el sospechar que pudo serlo en su tiempo (Véase el n.° LXXVII de la
Bibl. del Marqués de Santillana, pág. 621 de sus Obras).
11." PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 649
árabes, sino que procuró ilustrarlas connuevos tratados, impulsan-
do de esta suerte los adelantos de la ciencia ': 3." Que así paralas
versiones como para las obras originales, se valió de los más doc-
tos rabinos españoles, empleando al propio tiempo los más insig-
nes cultivadores de las disciplinas eclesiásticas, entre los cuales
se contaron alguna vez entendidos extranjeros: 4.° Que en todos
estos trabajos, notabilísimos por la época y por el pensamiento
ilustrado que los anima, aparece don Alfonso como director in-
mediato, trazando y escribiendo los prólogos de cada libro, y se-
gún se ha notado antes de ahora y advierte el mismo rey, corri-
giendo el lenguaje y poniéndolo en castellano derecho ^. Los
nombres de Rabbí Jehudáh Mosca, Rabbí Zag-ben-Yacub-IIato-
laitoláh, Rabbí Jehudáh-bar-Mosséh-ha-Cohen, Rabbí don-x\bra-
hem y Rabbí Samuel-ha-Levi, figuran dignamente al lado de los
de Maestre Guillen y Maestre Johan d'Aspa, Maestre Fernando de
Toledo, Maestre Bernaldo, el arábigo, y el clérigo Garci Pérez,
personificando en este sentido el avenimiento y fusión que en
aquella edad se opera entre las ciencias orientales y las ciencias
hasta entonces cultivadas por los cristianos. Porque recordemos
cuanto sobre este punto llevamos asentado: las disciplinas ense-
ñadas en las escuelas monacales y clericales, siendo una deriva-
ción inmediata ó más bien una interpretación de las Etimologías
de San Isidoro, no hablan admitido ni podido admitir la influencia
místico-cabalística que de tiempo antiguo caracterizaba todos los
estudios de los árabes. Cierto es que tampoco habían podido ha-
cer notables adelantos, si bien no les faltaron celosos cultivado-
res ^; mas ni el elixir de vida, ni la piedra filosofal hablan ex-
i Dando crédito al prólogo del Libro de la ochava Sphera, que equivocó
don Nicolás Antonio, y con él cuantos han hablado de estas materias, con el
intitulado de las Armellas, tuvo el rey por «ayudadores á Maestre Johan de
wMessina et á Messer Johan de Cremona», así como se valió de Gil de Tebal-
dos Parmense. Mas debe tenerse entendido que estos escritores italianos se
emplearon principalmente en poner en latin las obras traídas ya al lenguaje
vulgar por los rabinos y los clérigos, doctos en el hebreo y el árabe.
2 Prólogo del Libro de la Ochava Sphera, cód. L.3. de la Bibl. Nacional,
fól. 1 v.
3 Entre los muchos cultivadores que tuvo desde principios del siglo la
650 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
traviado su enseñanza ni sus especulaciones, libres aun las pros-
cripciones de la medicina del inílujo de las estrellas, jio envilecida
la física con los fantasmas de la magia, desconocidos al par los
delirios de la alquimia y exenta la astronomía -de las aberraciones
astrológicas. Sólo cuando el anhelo del saber impulsa al Rey Sa-
bio en todos los caminos, y deseando recabar para su patria la
ciencia de los orientales, manda trasladar al habla de Castilla los
libros mencionados, comienzan á tener entre los discretos alg-un
valor las artes difundidas en las antiguas escuelas cordobesas,
bien que modificadas siempre por la doctrina defendida por la
Iglesia ^ y templadas por la tradicional de San Isidoro, cuyos res-
petados Orígenes enriquecían al propio tiempo, según queda ya
consignado, la numerosa biblioteca española del rey don Alfonso.
Pero no se olvide que este era, y no otro, el carácter de los
estudios y de las letras bajo los auspicios de tan magnánimo prín-
cipe: explorar todos los campos, recoger en ellos cuantas flores
podían embellecer el de la literatura y las ciencias castellanas, to-
mando por instrumento de buena ley el idioma de la muchedum-
bre..., tal fué el pensamiento que concibe y realiza en su largo
reinado, á pesar de los disturbios que lo alteran, promovidos por
la ambición y aun la ignorancia de los magnates, que ceden al
cabo al intlujo de la civilización, á pesar de sus feroces instintos,,
según adelante mostraremos ^. El Oriente y el Occidente se ha-
blan acercado en el suelo de España, para fundir en uno todos
los tesoros de sus distantes civilizaciones; y penetrando en letras
y en ciencias aquel espíritu de investigación que animaba á los
árabes y habia trascendido á los hebreos, aparecían revestidos de
filosofía aristolólica, tal como se conocía en las escuelas cristianas, no dche
olvidarse á Pedro Hispano, muy celebrado al mediar aquella centuria, porsu
Dialéctica y su Parva Logicalia. Su autoridad fué acatada, tanto dentro como
fuera de España, durante toda la edad media.
1 No se olvide lo dicho en el capítulo XIV de la I.'* Parte, respecto del
libro de Virgilio Cordobés, traducido al latín precisamente en la época del
rey don Alfonso. El ars notoria no penetró, ni podía en modo alguno pene-
traren las escuelas cristianas, porque como la geomancia y nigromancia, era
contraria al'dogma católico.
2 Véase el cap. I del siguiente volumen.
II. PARTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. 651
singular carácter, aspirando, bien que por diverso sendero, al fin
de la enseñanza. Adviértenlo así con entera certidumbre los li-
bros simbólicos y los meramente didácticos, no menos que los
científicos examinados en el presente capítulo; siendo ya imposi-
ble vacilar sobre la época, el camino y el modo cómo se refleja en
la literatura vulgar de los españoles la literatura de los orienta-
les, cuya influencia se limita sin embargo al círculo de los más
discretos. Porque, necesario es dejarlo consignado para evitar
nuevos errores: si fué posible al rey de Castilla traducir los libros
de filosofía moral, en una y otra forma; si logró otro tanto con
los científicos, recibiendo la doctrina de ambas fuentes en las obras
que salen de su pluma ', ni la poesía popular, cuya significación
dejamos ya reconocida, ni la poesía erudita, cuyas producciones
quedan ampliamente caracterizadas, se resintieron de esa imita-
ción por entonces, conservando su espíritu y sus formas cristia-
nas, como que no era cosa tan fácil, ni estaba sujeto á la volun-
tad de un solo hombre el cambiar en un dia el aspecto de la so-
ciedad, de que tomaba aquella inspiración y vida. Negar que des-
de este momento comienza á insinuarse en la poesía castellana
cierta tendencia oriental, más decidida que la comunicada antes
por los Sagrados Libros, seria no obstante en nosotros voluntario
error, desconociendo la estrecha relación de las ideas, y más que
todo olvidando el comercio de nuestros populares con las comar-
cas mahometanas y con los árabes sometidos en las regiones an^
daluzas al dominio del cristianismo. Análoga influencia se descu-
bre también en las artes liberales; y á pesar de esto no pudiera
asentarse sin doloroso extravio que cedió la arquitectura cristiana
\ Notable es que el Rey Sabio, comparando en la ley 28 del tít. IX de
la II. '^ Partida la corte de los reyes al mar, emplee para perfeccionar aquel
símil las siguientes palabras, tomadas ya en consideración por uno de los
hombres más doctos de nuestros dias: ((Bien assi commo los marineros se
«guian en la noche escura por el aguja que les es medianera entre la estre-
))lla et la piedra et les muestra por do vayan, también en los malos tiempos
))como en los buenos, otrossí los que han de ayudar et de conseiar al rey, se
«deben siempre guiar por la justicia que es medianera entre Dios et el mun-
))do». — Al leer este y otros pasajes de las Partidas, ¿quién no reconoce el
carácter científico de la época, en que fueron escritas?
652 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ú la sarracena, ni aun que inlerrnmpió aquella tradición majes-
tuosa que une las catedrales de Uürgos y Toledo con el magní-
fico templo de Sevilla ^
Mas el fenómeno literario do mayor bulto que se liabia operado
en medio de tantas y tan colosales empresas, era conforme lleva-
mos repetidamente advertido, el prodigioso desarrollo de la prosa
castellana. Al comenzar del siglo, prestábase esta apenas á la
ruda y desconcertada redacción de los cronicones: bajo el reinado
de Fernando 111 ensayábase ya en la narración bistúrica, aspiraba
á servir de intérprete á la legislación, y aparecía con cierto ca-
rácter didáctico, en los libros de filosofía moral, imitados de los
orientales: impulsada en todos tres senderos por don Alfonso,
mostrábase al declinar el mismo siglo, enriquecida de graciosos,
elegantes y pintorescos giros, y haciendo gala al propio tiempo
de no escasa severidad y sencillez, ofrecía una sintaxis fija y bien
determinada, multiplicando los tesoros de la dicción con el egem-
plo de otras literaturas. Las lenguas griega y latina, hebrea y
árabe concurrian al par á la realización de este hecho, memora-
ble en nuestros fastos literarios, perfeccionando y dando flexibili-
dad, soltura, riqueza y pulcritud ai romance castellano, según de-
jamos ya advertido. Y era este resultado natural consecuencia de
los ilustrados esfuerzos del rey de Castilla; porque dirigiéndose al
par á todas las literaturas, para transferir á la castellana sus
más preciadas joyas, pidiendo á unas las formas poéticas, deman-
dando á otras las enseñanzas de la filosofia y de la moral, y bus-
cando en otras la tecnología y las prescripciones de la ciencia,
hubo menester de nuevas y numerosísimas voces para expresar
las ideas por él y por sus ayudadores adquiridas, legitimándolas
i Respecto de esta importante observación pueden verse los capítulos V
y XVI del Ensayo Iñslórico sobre los diversos géneros de arquitectura en Es-
paña, por don José Caveda (pág-s. 129 y 26S), sin olvidar lo ya indicado por
nosotros respecto del estilo mudejar, que logra cumplido desarrollo al pro-
pio tiempo. Esta dualidad de la manifestación artística, en arquitectura, no
puede aparecer más conforme con la que ofrece el desarrollo de las letras en
ci suelo español desde el memorable reinado, cuya influencia en la historia
de nuestra civilización hemos procurado bosquejar bajo tan varios como in-
teresantes aspectos.
11." PAUTE, CAP. XII. SEG. TRASF. DEL ARTE VULG. ERUD. C33
con el estudio de !as etimologías, ya comprobado, y harto pere-
grino en verdad á mediados del siglo XIII ^. Observar debemos
sin embargo que, así como la influencia oriental, tan clara y pal-
pable en esta época, se limita y circunscribe á los libros de los
doctos, así también esta influencia filológica se refiere principal-
mente á las producciones de los eruditos, si bien, vinculada ya
en sus obras, aparece cual legítima herencia de los escritores vul-
gares, que suceden al Rey Sabio en este y en el siguiente siglo ^.
No fué en efecto estéril para la literatura nacional el loable
egemplo de tan ilustrado monarca, aunque generalmente se ha
creído así por los escritores de más autoridad, tanto propios como
i Bocaccio, que florece un siglo después, mostró igual empeño en el es-
tudio de las etimologías, como acreditan todas sus obras, y en especial sus
églogas latinas; pero si este esclarecido ingenio se preció de erudito en el
griego y el latin, ni él ni otro alguno de los varones distinguidos que pro-
ducen las letras italo-lalinas poseyó en hebreo y árabe los conocimientos que
ostentó don Alfonso. Sus estudios filológicos fueron el alma de aquel prodi-
gioso desarrollo que recibió de sus manos la lengua castellana, si bien no
pueden hoy aceptarse, según ya advertimos, todas sus explicaciones etimo-
lógicas. El anhelo de buscar etimologias, ocasionado en toda edad y en cual-
quier estado de cultura á los más donosos errores, por lo mismo que tanto se
interesa en él clamor propio y aun la vanidad personal, no podia dejar de
ofrecer los mismos peligros en la época del Rey Sabio. Conveniente juzgamos
advertir no obstanle que se mostró con frecuencia mucho más acertado en las
equivalencias arábigas y hebreas que en las griegas y latinas, lo cual deter-
mina perfectamente la naturaleza de sus esludios, caracterizando al par á sus
ayudadores.
2 Que la lengua arábiga no comunicó desde luego á la castellana todo el
caudal de voces que hoy reconocemos, lo prueba el traductor castellano déla
Divina Commedia, citado antes de ahora, quien escribiendo á principios del
siglo XV, decia estas textuales palabras: «Ay infinitos uocablos que unos
jmon dizen como otros, nin los usan como en Castilla los asturianos é galle-
))gos; é de cada parte áy sus diferencias como del Andaluzia á Castilla la
«Vieja, ó de Toledo á Zamora, donde non saben qué quiere des'ir alhamud
))nin azendoque, nin oatí, nin alboíidiga, nin alcuscú, nin otros infinitos, por
«que estos son nombres moriscos» (Bibl. Escur., cód. ij. S. i 3, fól. 36 v.).
Si pues en el siglo XV no se habia logrado esa fusión en el idioma popular,
¿cómo es posible que la supongamos en el XIIl?... Este irrecusable testimo-
nio es de mucho peso para la historia de la lengua castellana, según adver-
timos oportunamente.
654 HISTORIA CRtTlCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
extraños *. El movimiento que imprime ¡lias ciencias y á las letras,
contradicho primero por la insurrección de su hijo don Sancho, y
segundado después con notable aliento por el mismo príncipe, al
asegurarse en el trono de Castilla, — se proixiga á las edades ve-
nideras, conservando el carácter que recibe de manos de Alfon-
so X, quien daba en los últimos instantes de su vida triste y do-
lorosa prueba de su varonil y rara elocuencia 2. Echadas estaban
pues las vividoras semillas; recogido en parte el fruto de tantos y
tan meritorios desvelos, y conquistado por el nieto de doña Ce-
renguela el más envidiable de los laureles. Su principal, su más
constante anhelo se habia cifrado en labrar la cultura de sus na-
turales y vasallos: los medios, en cuanto atañe á la liistoria de
las letras patrias, quedan ya detenidamente reconocidos: los. efec-
tos, producidos en la sociedad y en las mismas letras, ofreciendo
larga materia de estudio , serán considerados y quilatados por
nosotros en el siguiente volumen.
1 Véase el tomo siguiente, donde explanaremos esta importante idea.
2 Aludimos al testamento, que ofrecepasajes escritos con tanta vehemen-
cia como melancolia, sobre todo en lo relativo á la maldición de don San-
cho.— El P. Sarmiento indica que el rey don Alfonso escribió en los últimos
instantes de su vida una Vision que tuvo en Sevilla en 12 de abril de 1284, y
sospecha que tal vez sea la de la cueva de S. Patricio, de que habló en el Sep-
tenario (núm 659 de sus Memorias). Declarando que existia en la Biblioteca
Nacional, según le comunicó don Juan Iriarle, hemos buscado en vano esta
producción y el códice que la encierra; pero si no nos es dado dar razón de
ella, podemos asegurar que no tiene que ver nada con la Vision de S. Patri-
cio: el Septenario se escribió sobre treinta años antes que la Vision citada por
Sarmiento, si en realidad existe.
ILUSTRACIONES.
í.
SOBRE EL POEMA DE LOS REYES MAGOS,
conservado en la Biblioteca Toletana.
iVlanifestamos oportunamente, al dar cuenta de este singular mo-
numento en la exposición histórica (cap. I, págs. 17, 24 y siguien-
tes) que era uno de los más antiguos poemas, escritos en lengua
vulgar, de cuantos han llegado á los tiempos modernos. Indicamos
al propio tiempo la idea de que pudo ser una de aquellas represen-
taciones litúrgicas, con que la Iglesia atendía desde siglos anterio-
res á tener despierto en los fieles el sentimiento religioso; y esta in-
dicación merece llamar algún tanto la atención de los lectores, por
la misma razón de aparecer tan peregrino misterio en el idioma del
vulgo.
Que se halla animado de intención dramática, no puede ponerse
en tela de juicio por cuantos hayan leido la exposición que en el ca-
pítulo I del presente volumen dejamos hecha: nada hay en efecto
en todo lo conservado de dicho monumento que revele la interven-
ción del autor, como en los poemas narrativos: la forma expositiva
es puramente la del diálogo; y en tal manera aparece este dividido
636 HISTOIIIA CRITICA DE LA LITERATUIU ESPAÑOLA.
por signos exteriores, aun dada la rudeza de la copia (de que ofrece
cumplida idea el facsímile que acompañamos) que el docto don Fe-
lipe Fernandez Vallejo, en sus Memorias y disertaciones sobre la
Iglesia de Toledo, escribía al mencionar dicho poema estas notables
palabras: — «Si fuesen de fácil reducción á la imprenta los puntos,
))señales, círculos, semicírculos y cruces que tiene en el original, se
«percibiría desde luego la divarsidad de interlocutores ó personas
«que forman el diálogo, la diferencia de scenas y las advertencias de
»inílexiones de voz y actitudes de cuerpo que señala: téngola (añade)
«por una de las representaciones poéticas del templo de las más an-
«tiguas de nuestra nación,» etc. (Disert. VI, Sobre las Representa-
y>ciones poélicas en el Templo, etc.).
No hemos descubierto nosotros en el Ms. original, que examina-
mos ya en 184o y copiamos en 1849, según en su lugar adverti-
mos, tantos signos como juzgó ver el diligente arzobispo de San-
tiago: la división de las escenas, deterrhinada por medio de cruces
y puntos agrupados en la forma que señalamos al reproducir tan
raro poema, es innegable; y teniendo muy presente la declaración
hecha por San Isidoro, al tratar De Nolis sententiarum , respecto
de las que se empleaban en su tiempo para separar el diálogo de
comedias y tragedias, conforme vimos en su día (tom. I, cap. X,
pág. 444); considerando la influencia que alcanza en toda la edad
media la obra inmortal de las Etimologías, siendo el libro maestro
de las escuelas clericales, no es por cierto maravilla que en un mis-
terio 6 representación litúrgica del siglo XII se hallen indubitables
vestigios de aquella tradición literaria, si bien sustituida la figura
del diple tó6£>,c;ij.£V7] de los antiguos por las cruces indicadas. Mos-
traba, sin embargo, esta variación meramente formal, la naturaleza
especial de la obra dramática, que bajo las alas de la Iglesia y para
ilustración de la muchedumbre, pretendía servir de intérprete á uno
de los más grandes misterios del cristianismo: por manera que lejos
de ser contradictoria del hecho, consignado por San Isidoro en sus
Orígenes, venia á demostrar que adoptado el uso de las notas pa-
leográficas, para determinar la división de las escenas, por los nue-
vos cultivadores del arte dramática, sometida á aquella nueva ley
de vida, no desdeñaban estos la enseñanza de otras edades, como no
la desdeñaron tampoco los demás poetas vulgares, al adoptar para
sus producciones la lengua hablada por el pueblo.
Ni son indiferentes estas observaciones para confirmar la antigüe-
dad de tan peregrino monumento. Sobre advertirnos efectivamente
PARTE II.* ILUSTRACIONES. 657
de que es sin duda una de las primeras representaciones, en que se
refleja aquella tradición, aserto que recibe no poca fuerza del estado
en que aparecen en ella las formas artísticas {metro y rima), es muy
digno de repararse que destinada á labrar cierta enseñanza en el áni-
mo de la muchedumbre, adquiere bajo este concepto singular esti-
mación, como obra de la poesía popular, condición que cuadra por
excelencia ala poesía dramática. Ruda, inexperta, ingenua y hasta
pueril aparece esta en la representación de los Reyes Magos: no
de otra manera debía ser en verdad, para interpretar los sentimien-
tos populares del siglo XÍI, y sólo á este título podría hoy merecer
la consideración de quien anhele sorprender, bajo aquella rusticidad
de las formas, el espíritu de tan apartadas generaciones.
La representación de los Reyes Magos, salvada de ía oscuridad
de los tiempos, como indicamos ya, merced al feliz cuanto fortuito
empeño manifestado por el que la traslada á las hojas sobrantes del
códice bíblico de Pedro de Riga, es pues en varios conceptos digna
de la crítica; convencimiento que sobre habernos movido á darla á
conocer en el capítulo citado arriba, nos lleva á trasladarla á es-
te lugar, tal como ha llegado á nuestros dias. No juzgamos ne-
cesario insistir en las razones que nos han obligado á escribir los
versos en la forma que á continuación aparecen, conocida ya de los
lectores la única teoría que sobre este punto se conforma con la
historia. Escrito el poema, cual prosa, por el que acertó á resca-
tarlo de perpetuo olvido, no hay para qué decir tampoco que mu-
chos versos se ofrecen ya trastrocados y aun faltos de alguno de sus
hemistiquios. Algunas de estas imperfecciones hemos suplido, guia-
dos de la mucha práctica en la lectura de este linaje de monumen-
tos: otras nos han parecido de tal naturaleza que habría peligro en
remediarlas, decidiéndonos por tanto á guardar toda fidelidad, á fin
de conservar su especial carácter al Ms. — Como quiera, su antigüe-
dad, su significación en la historia de las letras patrias, cualquiera
que sea el punto de vista en que nos coloquemos al examinarlo, y
lo peregrino de su trasmisión á nuestros dias, son todas razones que
nos han decidido á publicarlo, como no indiferente ilustración de
nuestra Historia critica. Lástima que el cansancio del trasladador,
ó su falta de memoria no le consintiera fijarlo todo por medio de la
escritura. Hé aquí pues el ya citado poema:
TOMO m. 42
CüS llISTOniA CnlTir.A he la LITF.nATlIRA ESI'AÑOLA.
LOS REYES MAGOS.
(Hibliotcca Toletana, cap. 6, n.° 8.)
© f Deus criador, qual marauela . non se qual es acliesta strela.
Agora primas la ó veida . poco tiempo á ques nacida.
Nacido es el Criador ques de las gentes Sénior.
Non es vertat nin se que digo . todo esto non val un figo.
5 Otra nocte me lo catare . si es uertad bien lo sabré.
Bien es rertat lo que ¡o digo . en todo, en todo lo profijo.
Nin pued ser otra senial ; acliesto es et non es Ci],
Nacido es Deus por ves . de fenbra, en acheste mes
De decembre; ala iré . o que fure adóralo é.
iO Por Deus de todos lo terne.
:f : Esta strela non se do uiene . quien la trae nin qui la tiene.
Por qué es aquesta sennal? En meos dias non vi atal.
Certas nacido es en tierra aquel qui en pace et en guerra
Sénior á á seer da oriente de todos bata in ociidente.
13 Por tres noctes me lo ueré . et mas de uero so sabré - ". •
En todo en todo es nacido, non se si algo é veido.
Iré, lo aoraré, et pregare et rogaré
Eu al criador.... atal facinda....
Fu nunquas alguandre talada ó en scriptura trobada.
20 Tal estrela non es in celo desto so jo bono strellero
Bien lo veio sine scarne, uno home es nacido de carne.
Ques sénior de tod'el mondo, asi como el cielo es rredondo.
De todas yenles Sénior será et todo seglo vigará.
Es nascudo que uerlat es
2o Uerlo é otra vegada si es uertad ó si es nada.
Nacido es el criador, de todas las gentes major.
Bien lo veio ques uertat, iré ala por caridat.
•}• Deus uos salve, sennor: sodes uos strelero?
Emoslradme la uertad; de vos sábelo quiero.
30 Nacido es el Criador, que de la yentes es Sénior
Iré, lo aoraré, jo otrosi rogaré.
Séniores h mañana quiero andar:
Querédes yr conmigo al Criador rogar?
Auedeslo veido?. Jo lo ui [siiie dubdar]
3o t Nos ymos otro si, sil' podremos falar:
•}• Andemos tras el strela , veremos el logar.
— Cuerno podremos prouar 1 si es borne mortal,
O si es rrey de tierra ó si es celestial!..
— Querédes bien saber cuerno lo saberemos?
PARTE H. ILUSTRACIONES i 659
40 Oro , mirra é acenso (sic) á el ofreceremos.
Si fure rey de tierra, el oro querrá
Si fure orne mortal, la mirra tomará,
Si rey celestial, estos los dexará;
Tomará el encenso quel pertenecerá.
45 • i • Andemos á asil' íagamos [logo sine tardar].
— Sáluete el Criador Deus et te curie de mal:
Vn poco te dineremos , ante queremos ál.
Deus te dé longa vita et te curie de mal.
— Ymos en romería á aquel rey á adorar
SO Ques nacido intra térra, nol' podemos fallar,
■':'• — Qué decides? oydes? ¿A quin ides buscar?
De quál tierra venides? ¿ó queredes andar?
Decitme vostros nombres, nom' los querades celar.
•f- A mi disen Gaspar,
58 Estotro Melchior ad acheste Baltasar.
Rey unic es nacido ques Sénior de tierra,
Que mandará el sedo en gran pace sines guerra.
— Es asi por uertad? — Si es, Rey, por caridat.
— Et cuerno lo sabedes et aprovado lo avedes?
GO — Rei, uertad te dizremos, que prouado lo avemos.
— Esto es grant marauila. f Una strela es nacida.
Senial face ques nacido e in carne humana uenido.
— Quánto ía que la uistes et que lapercebistes
— XIII dias á é mais non auerá
65 Que la auemos ueida et bien apercebida.
— Pus andat y e buscat é á él adorad:
E por aqui tornad:
Jo ala yré é adóralo é.
t Qui vio nunquas tal mal sobre mi otro tai?
70 Aun non so io morto | nin só la tierra posto,
Rei otro sobre mi!. Nunquas atal non ui.
El seglo ía acaga : ja non se que me faga.
Por uertat non lo creo ata quejo lo ueo.
Uenga mió majordoma qui mios aueres toma.
75 Itme por mios abades et por mis podestades
Et por mios screuanos et por mios gramatgos,
Et por mios strelleros é por mios retóricos:
Desirman la uertat, si jace y scripto,
O si lo saben elos o si lo han sabido.
80 ■ ; - Rey, qualque te place? henos aqui venidos
— Y traedes nostros scriptos?.
— Rei, si traemos los meiores que nos auemos.
Pus catat et decidme la uertad.
fifiO HISTORIA CRITICA RE LA LITERATURA ESPASOLA.
Si es aquel omrae nacido que estos tres rees man dicho.
S3 Di, Rabi la uertad, si tú lo as sabido.
— Por uertat vos lo digo que non es en scripto.
— Hamihalá ¿cuerno eres enartado!.
Porque eres Rabi clamado?
Non entendtís las prophesias, las que nos dio leremías.
90 — Por mi lei nos somos errados, porque non somos acordados,
Por que non deximos vertat, jo non la sé por caridat,
Por que non la aueinos usada, nin en nuestras bocas es falada..
II.
SOBRE LA ESTORIA DE LOS GODOS DEL ARZOBISPO DON RODRIGO.
1.
Hemos procurado dar á conocer en lugar oportuno (cap. VIII,
pág. 4:21) el códice original de la Estoria de los godos existente en
la Biblioteca Toletana, caracterizándolo en lo posible bajo el aspec-
to paleográfico, al propio tiempo que examinábamos diclia Estoria,
literariamente considerada. Las pruebas alegadas en el indicado ca-
pitulo Vm, para demostrar que era esta la historia castellana, tan-
tas veces atribuida vagamente al arzobispo don Rodrigo, no con-
sienten, en nuestro sentir, duda alguna, quilatadas maduramente
las razonesen que se fundan. Prometimos allí no obstante (pág. 423,
nota), en gracia de la novedad é importancia de la investigación,
consagrar á este punto la Ilustración presente; y para desempeñar
cumplidamente nuestra palabra, ningún medio más eficaz que ex-
poner ahora el Índice de los capítulos de la Estoria de los godos^
en cuadro comparativo con los de la Historia golhica y la prime-
ra versión que de esta se hace el cuarto año del reinado de don
Alfonso X (1256).
Antes añadiremos sin embargo una observación de extraordina-
rio peso respecto de la época en que hubo de escribirse la mencio-
nada Estoria de los godos. Del examen de sus capítulos, resulta
que trata el último (que es el CIV) de la toma ó prisión de Cór-
doua, acaecida en 1236: en el texto latino se añaden á este dos ca-
pítulos que tratan De reslauratione et dote Ecclesiae cordiibensis,
etc., y De tradiictione secundae uxoris reginae loannae y lo mismo
vemos en la versión de 1256. El arzobispo, narradas las segundas
PARTE II* ILUSTRACIONES. 661
nupcias de San Femando, que se celebraron en 1237, y dada razón
de la nueva prole que el rey tuvo en doña Juana (los infantes don
Fernando, doña Leonor y don Luis), manifiesta que puso fin á la
Historia góthica en 1245. Ahora bien: si la Estoria de los Reyes
godos, tal como se conserva en la Biblioteca Toletana, hubiera si-
do una traducción de la latina, ¿cómo se habrian omitido esos ca-
pítulos y esos hechos que completaban la narración del "arzobis-
po?... ¿Cómo escrita ó extractada después por otro cronista, hubie-
ra este prescindido de aquellos acaecimientos, á los cuales ponia
don Rodrigo digna corona, mencionando la rendición de Ecija, Al-
modovar, Luque, Lucena, Estepa y otras muchas ciudades, villas,
castillos y fortalezas que constituían el antiguo reino de Córdoba?. . .
Cierto es, como hemos ya advertido en la exposición histórica, que
al final de la Estoria de los Reyes godos se declara que el arzobis-
po puso fin á su libro en 1243; pero en lugar de hablar en la indi-
cada nota el mismo autor, como sucede en la historia latina, di-
ciendo: IIoc opiisculiim, ut scivi et polui, consumavi, se declara que
fata allí escripso el arzobispo don Rodrigo (págs. 420 y 421), lo
cual nos induce á creer que dicha nota fué puesta por el copiante,
con noticia de ia latina, y no por el arzobispo, que no tenia motivo
para variar de lenguaje, cuando en el prólogo, distinto del latino,
había hablado en primera persona. ¿Pudiera en vista de todo supo-
nerse que la Estoria de los Reyes godos fué compuesta en el inter-
medio de 1236 á 1243, en que se acabó la Historia góthica'!... La
afirmativa no seria muy aventurada en nuestro concepto, dadas las
circunstancias indicadas, y teniendo sobre todo muy preséntela di-
ferencia que existe entre una y otra redacción, si bien ambas apa-
recen animadas de un mismo espíritu y conspiran á un mismo ob-
jeto.
A nuestros lectores toca pues pronunciar el fallo decisivo, dado
el examen comparativo de los índices que á continuación coloca-
mos, y ponderadas maduramente las razones expuestas. La Historia
Góthica del digno prelado, á quien tanto debió la civilización espa-
ñola, como libro que recordaba hasta en el título los ensayos histó-
ricos del grande Isidoro (págs. 568 y siguientes del tomo I), y obra
destinada á servir de estímulo y modelo á los cronistas de los si-
glos XIII y XIV, logrando no escasa^autoridad en los futuros, mere-
cía en verdad toda consideración y cuidado por nuestra parte, dán-
donos por contentos, si logramos que nuestros lectores formen cabal
juicio de la m'isma, por medio de nuestro estudio.
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PARTE II. ILUSTRACIONES. 677
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QIH HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
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SOBRE EL LIBRO POÉTICO DEL TESORO, ATRIBUIDO AL REY SABIO.
Digno es por cierto de tenerse muy en cuenta que mientras el
docto Moratin, confundiendo bajo un mismo anatema este del Te-
soro y el Libro de las Querellas, los conceptúa escritos dos siglos
adelante, tanto por el estado de la lengua, como por el de la metri-
ticacion castellana {Origines del teatro español, pág. i5, nota), ape-
nas hay un crítico, ya nacional ya extranjero, que no hable de este
singular poema del Tesoro como de obra del Rey Sabio; y no sola-
mente le atribuyen dicha producción poética sobre la alquimia, si-
no que, colocado ya don Alfonso entre los trasmutadores de meta-
les, le adjudican asimismo otro libro, á que dan título de Canda-
do, dejándose llevar más de lo justo de las palabras de Ortiz de Zú-
ñiga, citadas y aun explicadas por Sánchez en su Colección de poe-
sías castellanas (Zúñiga, Alíales civiles y eclesiásticos de Sevilla^
año díí84 — ; S:mchez, tomo I, pág. lo2). Así cunden pues, se ar-
raigan y perpetúan los errores, siendo por extremo difícil erradicar-
los, una vez hechos patrimonio de los doctos.
Pero que el Libro del Tesoro, á que ahora nos referimos, tratan-
do de la llamada piedra filosofal ó trasmutación de los metales en
oro, no pudo ser obra del Rey Sabio, lo dejamos plenamente pro-
bado con la simple exposición de lo que don Alfonso creyó y dijo
(le los alquimistas en el código inmortal de las Partidas; y lo con-
firman hasta la evidencia los groseros errores cometidos por quien,
haciendo mercancía de la propia astucia y de la ajena creduli-
dad, no vaciló en cargar al hijo de San Fernando culpas y peca-
dos que tan hidalga y discretamente había condenado el mismo
rey. — Parto de una época, en que padecieron notables varones de
la dolencia de los alquimistas, no se equivocó en verdad Moratin,
al juzgar que el Libro del Tesoro pertenecía al siglo XV, pues que
nadie como el arzobispo don Alfonso Carrillo acogió y premió este
linaje de embaydores, quienes asiéndose del nombre de don Enri-
que de Aragón ó de Villena, no escrupulizaron tampoco el man-
char su fama con la sospecha de que había aparecido entre sus li-
bros el poema, de que tratamos.
En el texto y notas del capítulo X queda manifestado cuanto, en
PARTE II.* ILUSTRACIONES. 679
nuestro juicio, conviene saber para rechazar esta doble superche-
ria, que por ser engendrada de falaz codicia, merece ser duramen-
te condenada, pues el Libro del Tesoro no es simple fruto de un
capricho literario. No nos adelantaremos nosotros hasta declararlo
indudable hechura de aquel desventurado Alarcon, á quien retrata
de mano maestra Alfonso de Falencia en sus Décadas latinas, y
que salió á la vergüenza en la plaza de Zocodover de Toledo, para
ver trocadas en trágicas veras sus lucrativas burlas, cayendo su
desdichada cabeza al golpe del verdugo en una espuerta de paja;
pero dado que sus engaños le pusieran en trance tal y que fuera
tan fecunda su inventiva, no habria repugnancia en tenerle por
amparador, ya que no por legítimo padre de aquel engendro. Co-
mo quiera, conocidos estos hechos, estudiado con la madurez de-
bida el Libro del Tesoro, ya respecto del asunto rechazado por el
Rey Sabio, como indigno de todo hombre entendido, ya respec-
to de los accidentes históricos, torpemente barajados en el prólogo
y en la suscripción final, ya en fin, respecto del estilo y del len-
guaje, poco acomodado el primero á cuanto en el siglo XIII se es-
cribe, y cargado el segundo de voces modernas ó desmañadamente
salpicado de palabras gallegas, como para autorizar con ellas aquel
pobre remedo, no hay conciencia literaria que haga al nieto de doña
Berenguela responsable de semejante libro, que no fué por cierto el
único destinado á extraviar la credulidad pública á fines del siglo
XV y á principios del siglo XVI.
Don Tomás Antonio Sánchez cita en efecto la primera estrofa de
otro poema sobre la llamada piedra filosofal, de que pareció hacer
mérito el diligente Sarmiento en sus Memorias: apuntó el colector
de las Poesías Castellanas que eran las veintisiete octavas de que
aquel se componía, «muy semejantes en el estilo á las del Libro
del Tesoro-» y manifestó que se hallaban entre las obras del bolo-
nes Leonardo Fioravanti dedicadas en 1581 á Felipe II, sospechan-
do si pudieran formar la segunda parte del expresado Libro del Te-
soro (Notas al tomo I, pág. 164). La solución á las dudas de este en-
tendido investigador puede ya felizmente darse. El poema sobre la
piedra filosofal que insertó Fioravanti entre sus obras, desfigurando
el lenguaje, era fruto de un Luis Centellas que vive en el último ter-
cio del siglo XV y primera mitad del XVI, y sus versos del todo di-
ferentes de lo que pudiera llamarse segunda parte del Libro del Te-
soro.
De lo primero atestigua el códice L. 112 de la Biblioteca Na-
C80 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
oional. (loiiíio al fijlio 447, bajo el epígrafe de Coplas de Luis de
(Jentellas sobre la piedra phiíosoplial, hallamos hasta veintiocho
octavas de arte mayor, que tratan de la famosa trasmutación de
los metales en oro. La primera dice asi:
Toma la dama que mora en el cielo
ques hija del sol, sin duda ninguna,
y aquesta prepara en baño de luna,
(lo lave su cara de su negro velo.
Después, si pudieres, al sol y al hielo
en el mismo banno la tenga (5ic) en prisión
hasta que purgada de su imperfection,
nos sea lucera acá en este suelo.
La XXVIII y última está concebida en estos términos:
No quiero me culpes en lo que he fablado,
pues cierto te digo que es cierta verdad
ni en estos mis versos no ay contrariedad
ni, como los otros, lo digo doblado:
procura entender con mucho cuydado
el vaso y materias, en que se ha de obrar
y no lo haciendo, tú te as de engañar,
y te hallarás del todo burlado.
Como se vé, el autor, que termina su libro, escribiendo solemne-
mente: Fmís veritatis, queria ser creído por su palabra, pues que
lio hablaba ccn doblez como los oíros que habían tratado de igual
materia.
De lo segundo dá razón el mismo Libro del Tesoro, tal como lo
insertamos á continuación, compuesto no ya de las doce coplas que
publicó Sánchez (ubi supra, págs. iol y siguientes), sino de cua-
renta y seis; número que no se conforma con el de las octavas ci-
fradas que ofrece el Ms. de la Biblioteca Nacional, excediéndolas,
como excede de cuanto hasta ahora se conocía del referido poema.
Hallámosle felizmente el año de 1839 en manos del muy erudito
don Manuel Maria del Mármol, quien lo donó en 31 de enero
de 1840 á la K(;al Academia Sevillana de Buenas Letras, de que
era á la sazón director: consta el Ms. de 76 fojas; es un cuaderno
en 4.° de letra al parecer del último siglo, y entre algunos ex-
tractos de libros de abjuímia, recogidos bajo el pseudónimo de He-
lianlo Torodonijaco, encierra el libro tantas veces atribuido al Rey
don Alfonso. Si el entendido Sánchez hubiera logrado este Ms.,
es indudable que hubiese planteado la cuestión crítica en muy di-
PARTE II. ILUSTRACIONES. 681
verso terreno, y que ilustrado este punto con la claridad que otros
por él tocados, no habrían caido en la tentación de seguir adjudi-
cando al Rey Sabio este poema, que no vacilamos en calificar de
apócrifo, muy doctos críticos extranjeros." Hé aquí ya el
LIBRO DEL TESORO.
Tratado del Tesoro, llamado por su difícil inteligencia el Candado,
que escribió el Rey don Alonso el Sabio.
Fecho por mi, don Alonso Rey de España, que he sido Emperador, por-
que aealando en como después de las garandes misericordias quel Señor
Dios me tiene fechas, e que la mayor fue darme el saber de la su sancta fe,
é el de las cosas naturales, é después del Reyno de mis padres, para me-
jor lo sostener, quiso darme el alto bien é aver de la piedra de los filósofos,
ca yo non la buscaba. Por lo cual fallándome tenudode le servir, fiz algu-
nos fechos de caridad con las sus riquezas. E maguer sea dicho en los libros
de los sabios, ca el orne que oculta el tesoro non face de caridad, bien que
yo non sea menguado desta, quise ocultar este ca non fuese entendido salvo
de om.e bueno é sabio ■(ca non ser puede la sabiduría sin la bondad, como lo
dixo Salomón) porque yo dixe, ca seyendo común llegarla á las manos de
los omes non buenos. E para que sepades en como fui sabidor deste alto sa-
ber, yo vos lo diré en trovas. Ca sabed que el verso face excelentes, é mas
bien oydos los casos, ca sabemos en como Dios dellos asaz le place, ca asi
lo fizo el Rey David en el su salterio. Yo fui sabido en este gran tesoro en
poridad é lo fiz, é con él aumenté el mi aver, é non cuydeis, ca si vos su-
pieredes la su cifra, fallareis el fecho de la verdad bien esplanado, ansi en
como yo lo supe del mi maestro á quien siempre calé cortesía, ca non sera
justo reprochar al maestro, si la su doctrina non es de honrra é pro. En ei
nombre de Dios fago principio á la obra.
AVE MARIA, ETC.
i.
Llegada la fama á los mis oídos,
que en tierra de Egipto un sabio vivía
con tanto saber que facer podía
presentes los casos que no eran venidos.
Los astros juzgara, ca estos movidos
por disposición del cielo, fallaba
los casos que el tiempo futuro ocultaba.
682 HISTORIA CRITICA DE L\ LITERATURA ESPA?50LA.
bien fuesen presentes antes entendidos.
2.
Codicia del sabio movió mi afición,
mi pluma, mi lengua, y con iiumildad
postrada la alma de mi Magestad,
que tanto poder tiene una pasión.
Con ruegos le bice la mi petición,
y le mandé por mis mensajeros
haveres, facienda, y muchos dineros
alli le ofreci con sana intención.
3.
Respondióme el Sabio con gran cortesia:
maguer vos, Señor, seáis tan gran Rey,
yo no paro miente, ni voy por la ley
ni plata, ni oro de grande valia;
serbiros, Señor, á gracia tendria,
ca no busco aquello que á mí me sobró;
y vuestros baveres os hagan la pro:
que vuestro siervo mayor ' vos queria.
4.
De las mis naves mandé la mejor,
y llegada al puerto de Alexaiidria,
el Fisico Astrólogo en ella subia;
como fué llegado cortes con amor,
habiendo sabido su grande primor
en los movimientos que face la esphera,
acate el siempre en grande manera
ca siempre á los sabios se de ve el honor.
La piedra que llaman Philosophal
sabia facer y me la enseñó,
1 En el códice de la Biblioteca Nacional, dice: mais vos querría, afectan-
do un no sé qué de gallego en el lenguaje, que repite en oíros puntos, co-
mo para legitimar la invención. El autor del Tesoro sabia sin duda que don
Alfonso habia escrito sus Cantigas en romance gallego.
PARTE II. ILUSTRACIONES. 683
fecimosla juntos, después solo yo,
conque muchas vezes creció mi caudal;
é viendo se puede facer otra tal,
de otras materias mas suprema cosa,
yo os pongo la menos... penosa
por mas excelente y mas principal.
6.
Tuve diversos estudios de gentes
de varias naciones, mas no que en tal caso
de los Caldeos fice yo caso
ni de los Árabes, nación diligente,
Egypcios, Siriacos, y los del Oriente
que el Árido havitan, y los Sarracenos
que honran la parte de nuestro Occidente.
7.
El tiempo presente me ha conocido
de crédito sano y bien verdadero,
para que vos deis crédito entero
é no vos parezca que en algo he mentido:
lo que yo quiero es que no sea perdido
el grande valor de mi Magisterio,
mas no queria dar un tan gran Imperio
á hombre que en letras no fuese sabido.
Por ende fixime la Esphinge Tebana
y dentro de cifras propuse verdades,
y dixe lo cierto, por ende sepades
que las sus verdades no es cosa vana:
si habéis entendido esta grande arcana
no la poDgades en conversación,
dexadla en la cifra de aquesta impresión,
maguer que entendáis como esto se aplana.
Mi alma presume y lo pronostica,
según que los Astros halla en tal sazón,
«8 i IIISTOIUA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
que aquel á quien diera el Cielo este don,
á ser cümo Rey el Cielo le aplica;
porque siendo cosa de suyo muy cliica
el que este tesoro habrá de tener
de muy poca prú, ca es menester;
mas que fue Midas, su prez sera rica.
10.
Finida esta obra por el Orizonte,
subi á la imagen del Deucalion,
el qual dominante por aplicación
cataba el Señor del décimo monte:
este promete corona en la fronte
y gran principado por su catamiento,
y dar el tesoro al su nacimientos,
que aunque la íigura en algo los monte.
H.
Si sois de mi Patria, ó de mi Parentela,
consejo vos quiero dar no pequeño,
que si de la cifra no fuereis dueño
le deis el tesoro á quien lo rebela:
con eso seredes de aquesta tutela
Señor, si la dais á quien fuere perito,
pues claro os lo é dado en aqueste escrito
y seréis librado de toda procela '.
1 Hasta aquí alcanza lo publicado por Sánchez como libro I del Tesoro.
Del II, añadió la primera copla, cifiéndose al Ms. de la Bibholeca Nacional:
la expresada estrofa, que no se halla en el Ms. que seguimos, dice así:
La obra pasada del Lapis muy para,
atau infinita es en multiplicar,
ca nunca se arredra de dar é mas dar;
es á semejanza de la levadura.
Mas si TOS queredes de otra fecbura
los quatro elementos veer apartados,
catad como sigue en versos trovados,
asi es de facer mas breve e segura.
A esta copla siguen las veintisiete en cifra, de que hemos hecho mención,
y acabadas, se lee esta nota, que tan fatal había de ser para la autenticidad
del poema: «Sea alabado Dios. Fecho este libro en el año de la nuestra sa-
lud. MCCLXXIl.»
PARTE II. ILUSTRACIONES. 685
i2.
Esta materia del Lapis llamada
de diversos nombres por hombres prudentes,
ya questo fue causa que los no sapientes
cuidaron ser cosa en cosas hallada,
y la su materia á tanto igualada
en húmedo y seco, ca no quiere dar
lo uno sin lo otro, ca en singular
contiene dos cosas de una vegada.
13.
Supremo es el grado del seco que tiene
el húmedo en grado supremo se halla,
el calido y frió en esta batalla
en grado supremo también se contiene:
de aquesta igualdad el nombre le viene
y cada qual destas y su calidad,
.que el húmedo junto con la sequedad
cada cual de estos una contiene.
14.
El nuestro Kermes dice que es Cielo
y tierra y mar, otros que es hombre y muger:
de tal matrimonio se suelen hacer
otras enigmas, ca sirven del elo:
la gloria é infierno mostrada en el suelo
la llaman algunos de agua y de tierra,
otros el frió que el calido encierra;
tanto los sabios varían el zelo.
15.
Al antiguo Chaos á mi parecer
de quatro elementos conglutinados
aqueste compuesto es asemejado,
quando discurro se viene á facer:
el Cielo y la tierra por si viene á ser;
una quinta essencia es en grado lodo,
mas esta materia tiene en .'■í tal modo
que todas las cosas viene á comprehender.
486 HISTORIA CTllTlCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
En esla materia se hallan unidos
los quatro elementos en partes iguales, .
ca, si unos caminan, los otros son tales
que aquestos de aquellos van siempre seguidos,
y tanto se igualan con sus parecidos
en qual vegetal, animal, ó minero
podéis hallar cosa mejor, como espero
que á vos sera nota, como á los sabidos.
17.
Tomad el mercurio asi como sale
de minas de tierra con mucha limpieza,
pasadlo por cuero por la su maleza,
porque mas limpieza que aquesta no cabe:
haced que su peso á tanto se iguale
con onzas doce al dicho compuesto,
en vaso de vidrio después sea puesto
con otra materia, ca otra no vale.
18.
Y porque este vaso conviene que tenga
espherica forma y larga garganta,
la anchura calad que venga á ser tanta
que dentro un gran puño cerrado contenga;
la su garganta maguer sea luenga
no pase de un palmo de la vuestra mano,
para que el sigilo del Egipciano
calle su boca, cual mas le convenga.
19.
Y en vaso de tierra poned desta cosa
adonde cenizas circulen el vaso
hasta la garganta, y no sea escaso
en las apretar con mano preciosa;
y luego con mano muy artificiosa
un horno de barro le fabricareis,
tan ancho en redondo, ca un brazo pondréis
de grueso y medida la mas anchurosa.
PARTE II. ILUSTRACIONES. 687
20.
En olla pondréis, no en el fondo de aqueste,
mas solo en su canto esté perpendida
sobre dos hierros, ca la su medida
hagan diámetro en cruz medio de este;
porque el calor en todo le preste,
y luego la olla poned de carbones
en fuego tan manso que las sus pasiones
no empeze la mano, maguer que la evite.
21.
El vaso del fuego asi sea arredrado
que un pie puede aver, de yuso asta suso;
esté bien cerrado el horno y recluso
y el manso calor le haga buen grado:
el nuestro sentido no sea turbado,
empiezo por este fuego primero;
ca, si lo hazeis igual al postrero,
y habréis echo un fecho de hombre alentado.
22.
Aura dos vegadas pasada la Luna
por los Animales, ca facen el mes
al Sol, acatando el grado, ca es
llamado Sextil, sin duda ninguna
fara la su ifaestra, é vos con cuidado
sabréis que lo húmedo ya le es menguado;
aquesta materia tan sola que es una.
23.
Tal cual el tiempo en la mina hace
del Sol ayudado, y de otros influxos
quando despide á la tierra su influxo
y el húmedo exala, ca en sus venas yace,
en tanto de aqueste ella se desplace,
ca en sulphur convierte la parle que fue
concluido antes, qual todo se ve
como á la Madre natural le place.
888 HISTORIA CalTICA OE LA LITERATURA ESPASoLA
24.
Aqiiesta es la parle que llamaron tierra
ó sulphur muger, lo calido es seco, .
porque quando hizo su primero trueco
la parte faltó, ca el húmedo encierra:
el qual la materia, á quien hizo guerra
la ausencia que Ulises hizo de su Itaca:
tal esta viuda esférica y flaca
aguarda al marido que se le destierra.
25.
Ponedle otro peso igual al primero
de timido azogue de minas muy puro;
con esta mistura obrad muy seguro
en vaso de mano de buen vidriero;
porque el primer vaso como el postrero
avrá de ser uno ó su semejante,
inas si lo podéis pasar adelante
el vientre primero es mas verdadero.
26.
Faced en tal guisa la obra siguiente,
ca la cimentéis al fuego de antes,
porque es á saber ca es mucho bastante
ca, si no le deis el fuego creciente;
mas antes haced que no sea ardiente
y vayan pasando noches y dias,
ca, si vos facedes aquestas porfías
ellas os darán señal excelente.
27.
É veredes la obra en suma negrura
trocando aquel ser de como nació,
ca no seria ya la cosa que obró
en sus entrañas la Madre natura;
é la que antes era tan liquida é pura
en la semejanza sera de la tinta;
tanto sera la forma dislinla
de aquel ser primero de aquesta criatura.
PARTE II. ILUSTRACIONES. 0^9
28.
No viste la casa, ca fizo la seda
por si el gusanillo adonde murió,
alli su cadáver por muerto fincó
en casa, ca fizo en donde se enreda:
ca á la corrupción en esta non veda
en se refugir en forma distinta
de la su primera, pues nace y le pinta
y vive con alas en forma mas feda.
29.
Asi nuestra obra comienza á vivir
de espíritu nuevo en nueva sustancia,
donde dispone la perseverancia
de cuerpo á quien sangre le vino á servir:
non consintades os vuelvo á decir,
ca mayor fuego la faga combusta
ca asi la fará colérica, adusta
y al cuerpo la sangre vendrá á destruir.
30.
En donde veréis el mas excelente
secreto de aqueste que es obra divina;
maguer que al olfato parezca a retina,
supuesto que olor muy malo se siente,
señal es llegando á aqueste accidente
el punto mas grave de aquesta lavor;
y asi sustentad el mismo calor
en su primer grado permaneciente.
31,
Después de pasado el primer color
veréis otros muchos en sus diferiencias
ca, son semejantes en sus dependiencias
al arco de Yris en su resplandor:
con la sequedad del liquido humor
viene á ser esto de varia pintura
hasta llegar á suma blancura,
adonde aumentad un poco el calor.
TOMO III.
090 niSTORlA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
32.
Non vos fatigue, amign, la obra
ni se desatine la vuestra paciencia;
ca, este es el vinculo de vuestra herencia
quando á la piedra lo hianco le sobra:
ca la fixacion entonces se obra
y no puede ser jamas desunida
é aunque por fuego fuere ella encendida,
pues su fixacion entonces se cobra.
33.
Creced, como os digo, el fuego en un grado
hasta llegar á tanta blancura
que se asemeje á la nieve muy pura
la qual Elixir de plata es llamado:
mes por ser el Sol metal mas preciado,
dexadlo en el vaso con el mismo fuego
fasta la piedra venir á ser luego
en color cetrino el blanco-mudado.
34.
Ende creced el fuego otro grado
hasta llegar al roxo muy puro,
en todo uniforme mostrándoos seguro
el cuerpo en lo alto del vaso elevado:
sera duro y leve según he notado
diaphano y claro color de Rubi
porque el gran Dios de mi sea alabado.
35.
En vaso de barro aquesta metedla
que tenga cubierta de oro cual él,
como cazuela, y de este y de aquel
ca junta con lienzo, y con barro asida
en que tres vegadas pueda ser metida
por el cuerpo la piedra para su grandor
y al reverbero del fuego y calor
de llamas de leña haréis sea cocida.
PARTE n. ILUSTRACIONES. 691
36.
Aqui pues la piedra se hará calcina
dentro de diez paralelos del Sol
y al fin sacadla de aqueste crisol,
sera echo polvo la gran Medicina;
primera materia que á todo se inclina,
do no ay calidad por ser quinta esencia,
ca todo se aplica y tiene potencia
para toda cosa á que se encamina.
37.
En este principio de naturaleza
no es oro, ni plata, ni otro mineral
ni forma sujeta á algún vegetal,
mas disposición que á todo endereza:
si al oro se aplica, del toma firmeza
para convertir en oro las cosas;
si al hombre, lo mismo por obras famosas
le da suavidad con suma certeza.
38.
Debaxo de este oro que es impalpable
catad que se falla una tierra luciente,
empero muy negra y resplandeciente,
mas no es para cosa que sea loable:
bien que es menguado de toda fusión
é si en los metales no hace impresión,
ca su sequedad es mucho admirable.
39.
Mas sed vos quitado de restituir
á la sequedad del húmedo, quando
por partes iguales se viene ajustando
quanto es la materia de vuestro Elyxir:
limpio el azogue habéis de añadir
de pesos iguales, y todo en mistura
en el mismo vaso, ó otros su hechura
tenudo seréis de lo recluir.
«92 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
40.
Y como primero hicisteis del fuego
asi lo faced en este camino:
que en tiempo mas breve el negro divino
veréis, y colores de su primer fuego;
y hasta llegar al roxo que luego
en piedra se torna mas que el Rubí
de vista excelente cual es la que vi:
el que no lo cree, sabed que va ciego.
41.
Por claras palabras la verdad os digo
y como lo hice, y vi su valor
asi lo faced con grande primor,
ca no es engaño pues yo soy testigo;
y al Dios de las gentes por ello bendigo
ca, como sabéis, me hizo abastado
de ciencia, y riqueza, de amor y estado,
pues de estos jamas anduve mendigo.
42.
Y si vos queréis que aquesto convierta
en ciento una parte aquesto infinito
é antes que tenga fermento oscito,
seredes tenudo por cosa muy cierta:
á ciento de azogue en luna no muerta
estando caliente, ponedvos ayna
una de aquesto, sera Medicina
ca sin para oro, no cierra la puerta.
43.
Del Sol calcinado juntad una parte
con quatro de azogue bien puro y purgado
y á quatro de aqueste le serán juntado
una de vuestro Elixir, según arte:
en vidrio lutado ponedln á una parte
é encendedle de suso fuego de carbones
é diez dias, si sufre aquestas passiones,
para convertirle será grande parte.
PARTE II. ILUSTRACIOEES. 693
44.
Y vos si queréis hacer proyección,
poned en crisol cien partes pesadas
de azogue con brasas de fuego inflamadas,
le fagan sentir la su inflamación;
y quando el azogue padezca passion
y en horno comienze á quererse ir,
echadle una parte de vuestro Elyxir;
en somo ponedle de barro un tapón.
45.
A poco de rato dexadlo enfriar,
sera para muchos de gran Medicina,
cien partes de azogue purgado domina
en oro muy puro lo hace tornar;
mas si vos queréis mas escatimar,
en plomo faredes esta operación:
que no se recela por la su impresión
« á todo metal en oro tornar.
46.
A todo se aplica, y en sí lo convierte
en un natural bien complexionado,
la mitad de un grano de aquesto tomado .
por boca le hace al hombre ser fuerte:
que tanta salud no tubo ninguno,
y el tiempo que á todos es importuno
aqueste le lleva sano hasta la muerte.
Hasta aquí el Ms. de la Real Academia Sevillana de Buenas Le-
tras. El códice de la Biblioteca Nacional, demás de las doce octa-
vas, ya conocidas, ofrece las siguientes, escritas en metros de arte
real, los cuales son nuevo testimonio de la superchería que todo el
Libro del Tesoro revela:
El mayor de los supremos
convidará en su morada
la mayor infortunada,
894 HISTORIA CRÍTICA DK LA LITERATURA ESPAÍ^OLA.
junl.índoso dos extremos:
después de lo qual veremos
quen su mayor dignidad
estará la magestad
del que mas distante vemos.
Calad que del agua salen
é vuelven á entraren fuego,
é si vos veis este juego
non vos otras cosas caben:
ochocientos años salen
desde una á otra vegada,
porque siendo esta llegada,
veréis lo que aquestos valen.
Entonces será llegado
el fatal tiempo de uerme
á mi Tesoro cogerme,
ca ya non será eclipsado:
é vos catad con cuidado
que en aquesta oscuridad
veréis una claridad
onde un mudo es bien fablado.
Lo repetimos: imposible nos parece que sólo con leer el llamado
Libro del Tesoro, pueda seguirse diciendo que es obra del Rey Sa-
bio. Las razones y pruebas aducidas en el texto y ampliadas un tan-
to en la presente Ilustración, no menos que el examen de todo el
expresado poema, ya considerado respecto de su fondo, ya respecto
üe sus formas, inclinarán sin duda el ánimo de los doctos á reco-
nocer la verdad; y si bien, estudiadas las Cantigas, no afirmarán
con Moratin que los metros en que está escrito, son improj)ios del
siglo XÍÍI, tendrán por seguro que fué compuesto el Libro del Te-
soro dos centurias adelante, siendo por tanto realmente apócrifo.
FIN DEL TOMO III.
IIIS'IOKU CHUICA IIK I A lirKl!\TI'IJA INIVWUIA
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/j^OífiíJJiO £j^ Ólnjjn^. LMJí^J!0°E^^TIllñl^j^ Y MIL£S£J.
índice.
Páginas.
Advertencia V
CAPITULO I. Primeros monumentos escritos de la poesía cas-
tellana.— Consideraciones generales sobre la índole y carácter
de la primitiva poesía vulgar. — Sus condiciones de existencia. —
Sus relaciones con las creencias, los sentimientos y las costum-
bres del pueblo castellano. — Primeros monumentos escritos. — Poe-
mas religiosos. — El libro de los Reys d'Orient. — Su examen, — El
poema de los Reyes Magos. — Forma especial de esta obra. — Si pue-
de ser considerada como una representación litúrgica. — La Vida de
Madona Santa Maña Egipgiaqua. — Análisis filosófico y literario de
esta obra. — Importancia y representación de la poesía vulgar re-
ligiosa durante el siglo XIL — Su manifestación heroica. — Noticia
de algunos poemas históricos anteriores á los del Cid 3
CAPITULO II. Primeros monumentos escritos de la poesía caste-
llana.— Poemas heroicos. — Héroe de los mismos. — Ruy Diaz de
Vivar. — Causas de su exaltación poética. — Estado político de Cas-
tilla á fines del siglo XI. — Los monjes de Cluny y la curia roma-
na.— Introducción del rito galicano en la Península. — Alianzas do-
mésticas de Alfonso VI. — Tentativas para establecer en Castilla el
feudalismo extranjero. — Protesta del sentimiento nacional. — Per-
sonificación de esta protesta. — El Cid poético. — Épocas de su vida.
— La Crónica ó Leyenda de las Mocedades de Rodrigo. — Juicio y
análisis de la misma. — Su significación tradicional, en orden á las
creencias y sentimientos populares. — Su valor literario. — Sus for-
mas artísticas. — Resumen 51
CAPITULO III. Primeros monumentos escritos de la poesía cas-
tellana.— Poesía heroica. — El Poema de Mió Cid. — Caracteres ge-
nerales del mismo. — Juicios contradictorios de la crítica respecto
de su significación artística. — Época en que se compone. — Expo-
sición y examen de su argumento. — Caracteres literarios del mis-
mo.— Interés que inspira la figura de Mío Cid, como creación de la
696 msTORiA crItfca de la literatura española.
musa popular. — Resumen H5
CAPITULO IV. PuiMEnos monumentos escritos de la poesía cas-
tellana.— Prosigúese el examen del Poema de Mió Cid. — Estudios
sobre los caracteres. — Tipos especiales de los primeros caudillos. —
Alvar Fanez de Minaya. — Pero Bermudez. — Martin Antolinez. —
Felcz Muñoz.— Muño Guslioz. — El obispo don Gerónimo. — Los
infantes de Carrion y las hijas de Mió Cid.— El Cid, doña Jimena
y el rey don Alfonso. — Condiciones artísticas dei Poema. — Su di-
visión.— Medios expositivos del mismo. — Medios artísticos. — Re-
sumen ili
CAPITULO V. Primeros monumentos eruditos de la poesía vul-
gar.— Primera Irasformacion del arte vulgar. — Causas que la pro-
ducen.— Movimiento general de la civilización española á fines del
siglo XII y principios del XIII. — Maravilloso progreso de la re-
conquista.— Nueva dirección y desarrollo de los estudios. — Esta-
blecimiento de escuelas públicas; — en Castilla, — en León, — en A.ra-
gon.— Influencia de tan memorables sucesos en la sociedad y en la
esfera del arte. — Carácter de esta influencia. — Contradicciones en-
tre el instinto de la ciencia y la actualidad poética de Castilla. —
Divorcio entre doctos y populares: en el fondo; en las formas. —
Monumentos intermedios. — Examen del poema anónimo sobre la
Diputación del Cuerpo y del Alma. — Primer poeta erudito de
nombre conocido: Gonzalo de Berceo. — Sus 'obras. — Medios expo-
sitivos de las mismas. — Situación literaria de Berceo. — Su repre-
sentación moral y religiosa respecto de la sociedad española. — Su
mérito literario. — índole principal de sus producciones. — Formas
poéticas que en ellas dominan. — Formas de lenguaje.— Nueva fi-
sonomía del habla castellana, erigida ya en lengua literaria. — Re-
sumen 219
CAPÍTULO VT. Primeros monumentos eruditos de la poesía vul-
gar.— Poesía heróico-erudita. — Errores de la critica al juzgarla. —
Poemas coetáneos de Berceo. — Los libros de Apollonio y de Alexan-
dre: su antigüedad respectiva. — Fuentes literarias del libro de Apo-
llonio.— Modificación de las mismas por el sentimiento nacional. —
Examen y exposición de este poema. — Su juicio. — Su influencia
en las literaturas modernas. — Episodio y carácter de Tarsiana. —
Caracteres de Apolonio y su esposa. — Anchilrastes y Antinágo-
ras. — El poema de Alexandre. — Su representación entre los doc-
tos,— Su autor. — División y análisis de este monumento. — Situa-
ción del poeta.— Carácter de Alejandro. — Sus analogías con los
héroes castellanos.— Carácter de Darío.— Dotes poéticas que en el
poema se revelan. — Pasajes y rasgos notables del mismo. — Obser-
vaciones generales sobre el estado de la lengua castellana en esta
edad 277
ÍNDICE. 697
CAPITULO VU. Primeros monumentos eruditos de la poesía cas-
tellana.— Prosig-ue el examen de la poesía heróico-erudita. — In-
fluencia de los poemas ya examinados en los escrilos durante la
primera mitad del siglo XIII. — El Poema de Ferran González. —
Época y comarca donde se escribe. — Opiniones de los críticos na-
cionales y extranjeros. — Pruebas sacadas del mismo poema, en
comprobación de que es posterior al de Alexandre. — Gerarquia de
su autor. — Examen literario del mismo. — Carácter de Fernán Gon-
zález, comparado con el de Alejandro. — Puntos en que discrepan.
— Nueva faz de la poesía heróico-erudita. — Relaciones entre los va-
sallos mudejares y los cristianos. — Segundan los primeros el movi-
miento literario, inaugurado por Berceo. — El Poema de Yuauf. —
índole erudita del mismo. — Tiempo y región en que hubo de ser
compuesto. — Exposición de su argumento. — Caracteres artísticos
del Poema. — Influencia de las costumbres cristianas. — Carácter de
Jacob: — de Joseph. — Tipo de Zaleikha.— Comparación entre la
mujer árabe y la cristiana: — doña Sancha en el Poema de Ferran
González. — Consideraciones generales sobre la poesía heróico-
erudita 335
CAPITULO VIII. Primeros historiadores t prosistas vulgares. —
Aparición de la prosa castellana. — Los fueros.— No son monumen-
tos literarios. — La poesía popular: su influencia en la historia: tes-
timonios de su existencia en la primera mitad del siglo XIU. —
Primera manifestación de la historia en la lengua vulgar. — Los
anales. — Carácter de los mismos: en el fondo: en la forma. — Ana-
les toledanos: de Aragón y Navarra: de los Reyes Godos. — Rela-
ciones y genealogías. — Progreso notable del romance castellano. —
Influencia de los estudios latinos en el desarrollo de la historia vul-
gar.—Don Lúeas de Tuy: sus crónicas. — El arzobispo don Ro-
drigo: sus historias. — Notable influjo de la Gothica en los estudios
históricos: su examen. — Redacción castellana de la misma. — Prue- •
bas de su autenticidad. — Su estilo y lenguaje. — Elementos popu-
lares que la caracterizan. — Imitaciones y traducciones de la Histo-
ria Gothica. — La Chrónica de los Rcys d'Espanna. — Versión com-
pleta de las obras históricas de don Rodrigo. — Traducción caste-
llana del Fuero Juzgo.— El libro de Los Doce Sabios y las Flores de
Philosophia. — Juicio de estos tratados.— Carácter de los mismos. —
Estado de la prosa castellana al mediar del siglo XIII. — Resumen. 393
CAPITULO IX. Segunda transformación del arte vulgar erudito.
— Don Alfonso el Sabio. — Su representación en la historia de las
letras. — Sus empresas literarias. — Introducción déla forma lírica en
la poesía erudita. — Triple fuente de donde pudo derivarse: los pro-
venzales acogidos en la corte de Castilla: los catalanes en relación
con la España Central: los gallegos. — Momento en que pudo ha-
r.98 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf501.A.
L'crse sensible la poesía de lodos estos pueblos en el parnaso cas-
tellano.—Aparición de la forma simbólica. — Aute oriental. — Su
trasmisión á los árabes y hebreos españoles. — Importancia de la
tradición latino-eclesiástica respecto del arle simbólico. — Los libros
del Panlha-Tantra y de Sendebar. — Trasládanse á la lengua de
Castilla. — Empresas científicas. — Academias de Córdoba traslada-
das á Toledo. — Escuelas cristianas. — Su doctrina respetada por el
Rey Sabio. — Estudios de Sevilla: su carácter. — Obras legales. —
Introducción á las mismas: el Septenario. — Obras históricas. — Pen-
samiento que las inspira. — Obras de recreación.— Últimos años
del Rey don Alfonso. — Sus poesías elegiacas. — Noticia de otras
producciones del Rey Sabio. — Caracteres generales de todas sus
obras.— Clasificación de las mismas 447
CAPITULO X. Segunda transformación del arte vulgar erudito.
— Don Alfonso el Sabio. — Sus Obras pokticas. — Las Cantigas. — Su
clasificación y juicio. — El libro poético del Tesoro. — No es de don
Alfonso. — Las Querellas. — Muestras de las que han llegado á nues-
tros dias. — Libros orientales: arte simbólico. — Examen de Calila y
Dimna. — Su inlluencia en las literaturas meridionales. — Egemplo
de sus apólogos. — Análisis de ios Engarnios et Assayamienlos de las
mugieres. — Carácter de la mujer oriental, pintada en este libro. —
Egemplo de sus fábulas. — Forma didáctica: el libro del Bonium ó
Bocados de oro. — Exposición de su idea y argumento. — Su analo-
gía con el libro de la Sauiesa del rey don Jaime I. — Poridat de Po-
ridades. — Su estructura y doctrina. — Obras de recreación: el Libro
de lus Juegos. — Su origen oriental. — Noticia de los tratados que en-
cierra.— El Libro de la Montería. — Su autenticidad. — Su análisis. —
Obras histórico-filósoficas: el Septenario.— Maleñas de que trata
lo conservado: doctrinas del Rey Sabio respecto de la retórica y la
astrologia. — Juicio de tan peregrino libro 499
CAPITULO. XI Segunda transformación del arte VULGAR erudito.
— Don Alfonso el Sabio. — Obras históricas. — LaEstoriadeEspanna.
— Duda de los críticos sobre su verdadero autor y la época en que
se escribe. — Declaración del Rey sobre uno y otro punto. — Plan de
la Estoria de Espanna. — Diversas fuentes de la misma: — los escrito-
res de la antigüedad: — los cronistas cristianos: — las tradiciones po-
pulares:— los historiadores árabes y hebreos. — Criterio histórico del
Rey Sabio. — Juicio de don Juan Manuel respecto de la Estoria de
Espanna: — de la crítica moderna. — Corrupción de la misma histo-
ria en la edición de Ocampo. — División que este le atribuye. — Su
análisis. — Comprobación de la doctrina expuesta.— La Grande et
General Estoria. — Acopia el rey multitud de libros para llevarla á
cabo. — Pensamiento filosófico que la anima. — Su división y exa-
men.— InHucncia de los diversas elementos que la componen: — los
índice. 699
libros orientales; — aparición en ella del apólogo indiano;— historias
maravillosas de los árabes; — los libros latinos y los mitos gentílicos.
— Medios expositivos de ambas historias. — Don Jaime I de Aragón
asociado al movimiento histórico. — Su Chrónica: exposición y jui-
cio de la misma. — Influencia de ambos soberanos en el cultivo de
la historia S65
CAPÍTUTO XU. Segunda transformación del arte vulgar eru-
dito.— Don Alfonso el Sabio. — Obras Científicas. — Juicio de la
edad media y de los tiempos modernos sobre las mismas. — Obras
Jurídicas. — Las Partidas: diversas opiniones sobre sus autores. —
Examen de este celebrado código, como obra literaria. — Sus fuen-
tes: los libros de filosofía moral: las Sagradas Escrituras: los Pa-
dres.— Análisis de las Partidas. — Comparación entre la doctrina
de los libros orientales y la del Libro de las Leyes. — Obras minera-
lógicas Y ASTRONÓMICAS. — Número y orden cronológico de las ge-
nuinas. — Examen expositivo de los tres Lapidarios de Abolays. —
De las Tablas Alfonsies. — Del libro de la Ochava Sphera.— ídem de
la Sphera Redonda. — Ídem del Aleara. — ídem de los libros del Astro-
labio.— láem de la Azafeha. — L^ Lámina Universal. — El libro de las
Armiellas. — El de las Láminas de los Planetas. — Los seis libros del
Quadrante, de los Relogios y del .4/fl5¿r.— Los Cánones de Albateni.
— El Libro de los Juicios. — El de las Tres Cruces. — Carácter de las
ciencias derivadas de los árabes. — Su relación con los demás estu-
dios del Rey Sabio. — Observaciones generales 613
ILUSTRACIONES. I. Sobre el poema de los reyes magos 635
II. Sobre la estoria de los godos del arzobispo don rodrigo... 660
IH. Sobre el libro poético del tesoro, atribuido al rey sabio. . 678
ERRATAS QUE SE HAN NOTADO.
PÁGINA. LINEA. DICE. LÉASE.
58 56 fundado infundado
61 39 arcliiepiscopus archiepiscopi
103 35 tindicada indicada
id. 37 minians minitans
158 33 inae meae
211 39 1207 1307
217 31 en él hallar hallar en él
417 11 Pantha Panctha
472 3(í Dulcins Dulcius
525 21 engaños ect engáñesete
531 14 manteca una. manteca en una
539 13 Algaruaty. Algarnaty
553 17 también tan bien
56 1 21 toda fuerza toda la fuerza
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SEÑORES SUSCRITORES
A LA
HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
(continuación.)
MADRID.
Zorrilla, D. Fernando Luis.
Antuñano, D. Anacleto.
Descansa, D. Regino.
Duelta, D. Anacleto.
Canapa, D. Juan.
Correa, D. Ramón.
Corro, D. Julián del.
Cueto y Rivero, D. Manuel.
Fernandez, D. Miguel.
Fourquet, D.Juan (Catedrático de la
facultad de Medicina de la Uni-
versidad Central).
Gil, D. Pablo.
Lavine, D. Pedro.
Martínez Pisón, D. Bernardo.
Montalvo y Jardín, D. Luis.
Navarro Villoslada, D. Francisco.
Octavio, D. José Maria.
Parrilla, D. Manuel.
Pérez Dubrull, D. Regino.
Pirala, D. Antonio.
Richi, D. Baltasar
Sainz Rueda, D. Teodoro.
\allés, Exorno. Sr. D.José (Capellán
de Honor y Receptor de la Real
Capilla, Chantre de la Santa Igle-
sia Catedral de Lérida, caballero
gran cruz de Isabel la Católica y
Comendador de número de la de
Carlos III).
Ubao, D. Juan.
ALICANTE.
Granados, D. Victoriano (Secretario
del Gobierno civil).
ALMERÍA.
Aguirrezabal, D. Antonio.
Jorero, D. Manuel.
Torres Aguilar, D. Salvador.
BARCELONA.
Amer, D. Victoriano.
El Ateneo Catalán.
Balaguer, D. Victor.
Bertrán, D. Joaquín.
Bonnaga, D. Pedro.
Campaner, D. J. Ramón.
Camps y Fabrer, D. Antonio.
Castell, D. Ignacio.
El Círculo del Liceo.
La Escuela Normal.
El Instituto de segunda enseñanza.
Peñalver, Excmo. Sr. D. Nicolás
(Regente de la Audiencia).
Sisear, D. Ramón.
Valls y Bonet, D. Pablo.
Vidal y Valenciano, D. Cayetano
(Villafranca del Panadas).
702
SEÑORES SUSCRITORES.
BALEARES.
CANARIAS.
Barceló, 1). Amirés (Catedrático
del Instituto).
Bastida, Sr. Marqués de la.
Ferrer, D. Bartolomé.
Fiol, D. Joaiinin (Abogado).
Gual, D. Joacjuiíi.
Herreros, í). Francisco Manuel (Di-
rector del Instituto).
O'Neille, D. Juan.
Peña, D. Miguel (Presbítero).
Socies, D. Cayetano (Notario).
Sureda y Yillaionga, D. Juan (Abo-
gado).
BURGOS.
Delgado, D. Celedonio (Biblioteca-
rio de la tertulia de Aranda de
Duero).
CÓRDOBA.
La Biblioteca del Instituto.
La Biblioteca provincial.
Fernandez Molina, D. Antonio.
Maraver, D. Luis.
Martel y Fernandez, D. Teodoro.
Peré, D. Eufjenio.
Rivera y Romero, D. Victoriano.
Rodríguez Módene, D. Juan.
Sierra y Ramírez, D. Rafael.
Cuellar, D. Pedro Alcántara (Cas-
tro del Rio).
CORUÑA.
Muñoz, D. Laureano Maria.
CUENCA.
Olivares, D. Juan Viconle (Villar
de Cañas).
El Seminario Conciliar de Las Pal-
mas.
GRANADA.
Agreda y Moreno, D. Mariano.
Arredondo García, D. Agustín.
Delgado Jiménez, D. Joaquín.
España, D. Miguel.
Góngora Martin, D. Manuel.
Lahittet Roncal, D. Pedro.
Ledesma, D. Mariano.
Martínez, D. Manuel Sicilio.
Medina, D. Ramón.
Moreno Díaz, D. .Antonio.
Pérez, D. José.
Rojas, D. Trinidad.
Salvador de Salvador, D. José.
Sánchez, D. Federico.
JAÉN.
Almendros Aguilar, D. Antonio.
Camps, D. Mariano J.
Marios, D. José Maria.
Rodríguez Calvez, D. Antonio.
Rubio Duran, D. Agustín.
El Seminario Conciliar de Baeza.
Lanuza, D. Gregorio (Canónigo de
la Santa Iglesia de Jaca).
Arredondo, D. Diego (Torre de Pedro
Gil).
LEÓN.
»
Castrillon, D. Juan L.
Diez Canseco, D. Vicente.
LÉRIDA.
Ferrer y Garcés, D. Miguel.
Á LA HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
MÁLAGA.
703
Bessieres, Excmo, Sr. D. Luis (Go-
bernador militar).
Escholte, D. Ricardo.
MURCIA.
Enriquez, D. Joaquín.
El Instituto.
Mendoza, D. Federico.
NAVARRA.
Arraiz, D. Pablo (Pamplona).
PONTEVEDRA.
Alvarez Giménez, D. Emilio.
La Escuela Normal.
Oominguez, D. Antonio José.
Rodríguez Seoane, D. Luis.
SALAMANCA.
El Seminario Conciliar.
Gómez Rodríguez, D. Telesforo
(Peñaranda de Bracamonte).
SANTANDER.
Carral de Caming, D. Francisco.
SEVILLA.
La Academia de Bellas Artes.
Gabriel, D. Fernando.
Garcia Rodríguez, D. Manuel.
Giménez Placer, D. Carlos.
Laffite, D. Rafael.
Merri, D. Manuel.
Remisa, D. Alejandro
Reina y Alvarez, D. Diego de (Ara-
hal).
Rojo, D, José Maria.
Segovia, D. Gonzalo.
Tapia, D. Diego de (.Arabal).
TOLEDO.
El Seminario Conciliar.
VALENCIA.
Atard, D. Eduardo.
Bellet, Sr. Marqués de.
Campo Olivar, Sr. Barón de.
Caro, D. Carlos.
El Círculo Valenciano.
El Director del Colegio de San Pa-
blo.
El Instituto.
Navarro, D. Vicente.
Nuñez de Prado, D. José.
Parsent, Sr. Conde de.
El Rector del Seminario Conciliar.
Velazco y Santos, D. Miguel.
VALLADOLID.
El Seminario Conciliar de Plasen-
cia.
ZARAGOZA.
Aibar y Villarroya, D. Ignacio.
Casermeiro, D. Antonio.
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